Un seminarista en las SS

Padre Gereon GoldmannPadre Gereon Goldmann

Estos días de la visita pastoral de S. S. el papa Benedicto XVI a Tierra Santa, están resurgiendo las tonterías de siempre, con las que nos aburre la prensa periódicamente, sobre la presunta —y falsa— pertenencia en su juventud a las Juventudes Hitlerianas. Es que hay muchos que le tienen ganas. Pregunta: ¿En el caso de que así hubiera sido, qué demostraría? Respuesta: absolutamente nada. Y la prueba de ello es la vida del P. franciscano Gereon Goldmann (1916–2003), que, además de seminarista, perteneció ni más ni menos que a las Waffen-SS. No se trata de un converso (la Iglesia tiene páginas gloriosas de personas que fueron hasta encarnizados perseguidores, empezando por uno de sus más grandes apóstoles: S. Pablo); se trata de un católico convencido que, a pesar de defender vehementemente su fe (como franciscano que era) y oponerse radical, pública y explícitamente al nacional-socialismo —aparte de la obediencia incondicional a Dios, consideraba que su defensa del catolicismo y la oposición a la cosmovisión (Weltanschauung) nazi era un asunto de patriotismo—, providencialmente (realmente Dios lo cubrió con su manto protector) se fue librando de procesos —por parte alemana y aliada—, condenas a muerte, masacres en el frente de batalla, conspiraciones y palizas en campos de prisioneros… No sólo eso, sino que confortó a muchos soldados católicos alemanes, en general carentes de sacerdotes, con la administración de la Eucaristía, participó como enlace en la famosa conjura contra Hitler del 20 de julio de 1944, consiguió que lo ordenaran sacerdote sin haber cursado los estudios preceptivos de Teología —por dispensa papal de puño y letra del propio Pío XII, con la condición de que los terminara al acabar la guerra—, se enfrentó y convirtió a muchos nazis recalcitrantes y hasta depravados en los campos de prisioneros inhumanos del sur de Marruecos (en particular, el de Ksar-es-Souk), y fue reconocido, respetado y ayudado por la comunidad católica del norte de África.

Hay que reconocer que el título de la traducción de esta autobiografía tiene «gancho» ([1]), que le obliga a uno a hojearla, que es mucho mejor que la del original The shadow of his wings. Se preguntarán: ¿cómo demonios puede coexistir la palabra ‘seminarista’ junto a ‘SS’ en una misma persona? Si desean abrir boca, aprovechen que está disponible parcialmente en la red: seguro que no podrán resistirse a comprarlo.

Dicen algunos comentaristas que se trata de una autobiografía escrita como una novela. Más bien se trata de la autobiografía de una vida que fue una auténtica novela, porque, aunque las guerras siempre favorecen las situaciones azarosas, no creo que haya muchas personas que acumulen tal cantidad de penalidades y Gracias Divinas. Y es que el libro en cuestión es en realidad un canto al poder de la oración, una demostración de lo que se dice en el Nuevo Testamento: «pedid y se os dará»; no quiero entrar en más detalles, porque si no, les chafaría el suspense de la obra.

Algunos podrían pensar que el P. Goldmann, como franciscano que era, se trataba de alguien de carácter apacible y comprensivo. Nada más lejos de la realidad: en realidad era más bien vehemente, voluntarioso e incluso terco, ¡un carácter «fuerte», vamos!, («tedesco furioso», le llamaba cariñosamente el General de la Orden Franciscana), lo que le acarreó muchos problemas, pero también le ayudó en momentos decisivos; el tiempo le fue limando las aristas del carácter. He de reconocer que es un personaje que me cayó simpático desde el principio (cuando cuenta las diabluras de niño); otro que me cayó muy bien es el pater franciscano Buenaventura, capellán castrense francés, de gran corazón bondadoso y lenguaje cuartelero y soez (me recuerda mucho al pater que tuve en la «mili», muy mal hablado y de gran fe, que me hizo mucho bien), y la «estrella» del reparto es sin duda la mère Monique, la Madre Provincial de las Franciscanas Misioneras de María en Marruecos, una mujer de fe inquebrantable y hacia quien todos manifestaban una especie de terror reverencial (hasta el general y el obispo se andaban con tiento): tan inexorable como una avalancha.

En fin, este libro es uno de los de compra inexcusable, tanto por su testimonio religioso como histórico.


Referencias