La caída del Dragón: un resumen del Transhumanismo

Hamilton, P. F., "La Caída del Dragón", Solaris Ficción, vol. 68: La Factoría de Ideas, pp. 576, 2005.

Hace poco apareció una introducción al Transhumanismo en Zenit, muy interesante, que comentaba el ideario y objetivos de una organización, la World Transhumanist Association (WTA), rebautizada hace poco como Humanity+ por razones de imagen, en cuyo primer punto de su declaración de principios (versión de 2002) se deja ya poco sitio a la ambigüedad:

«La humanidad será cambiada radicalmente por la tecnología en el futuro. Prevemos la viabilidad del rediseño de la condición humana, incluyendo parámetros tales como la inevitabilidad de la vejez, las limitaciones de la capacidad intelectual humana y artificial, la psicología no escogida, el padecimiento y nuestro confinamiento en el planeta Tierra.»

¡Toma ya! ¡Casi nada! El tres-en-uno de la impiedad: el «Árbol de la Vida», el «Seréis como dioses» y el Edén, aunque no terrenal (no hay que conformarse con esa nimiedad), sino ya sideral.

Aunque es importante estar en guardia contra esta ideología, pues es en realidad profundamente distópica —y bastante arraigada en las elites intelectuales—, como puede sentar como una patada en el estómago tragarse las mamarrachadas de esos lunáticos eugenetistas extremados (ya comentaré algo más en algún artículo monográfico, pues, aunque con distinto ropaje, viene de lejos, del s. XIX), para abrir boca pueden ver, p. ej., la ya comentada «Los sustitutos (Surrogates)» o, mejor aún, leer una buena y entretenida novela de ciencia-ficción, La caída del Dragón de Peter F. Hamilton, que recorre todos los tópicos del Transhumanismo.

Ya aviso, esta novela no es apta para todos los ojos: son más de quinientas páginas de letra apretada a prueba de hipermétropes. ¿De qué va? Básicamente es una Space opera con un transfondo Hard SF muy evidente, pero con un tratamiento y ambientación muy particulares que la distinguen de la mayoría de las obras del género. Ante todo, es la vida de Lawrence Newton, un sargento veterano y resabiado del ejército particular de una de las pocas empresas, la Zantiu-Braun, que todavía se dejan el capital explorando el universo y fundando colonias en planetas de sistemas remotos y que, por tanto, le permite alcanzar el sueño de su juventud: la exploración del espacio. Las cosas, por supuesto, no son de color de rosa, puesto que la función de ese ejército privado es básicamente la «captación de bienes», un eufemismo para la piratería y el saqueo puro y duro de las colonias semiemancipadas de la empresa que ya no rinden («tributan») los beneficios suficientes como para rentabilizar el viaje espacial, de por sí muy costoso, ni, por supuesto, la inversión inicial de colonización. Como los planetas generalmente no se muestran dóciles a las demandas y, además, la Tierra está muy lejos, en las captaciones de bienes se emplean métodos coercitivos tales como la amenaza de exterminio de poblaciones con baños de rayos gamma, collares de buena fe (explosivos) en personas eminentes o sus familiares y, por supuesto, la ocupación militar con tropas equipadas con la más alta tecnología, en particular los cueros, un traje semibiológico que da a las tropas gran fuerza, resistencia e invulnerabilidad.

La novela se estructura en dos hilos argumentales paralelos con una subtrama y relato espacial intercalado en uno de ellos; sólo trazaré un esbozo para no fastidiarla. Uno de ellos arranca con el joven Lawrence, un niño bien de la oligarquía de Amethi, un mundo helado en plena terraformización, cuyo padre es un Consejero de la empresa propietaria del planeta; un joven tímido, imaginativo, solitario e inadaptado, cuyos sueños de exploración y aventuras son casi una obsesión. El problema está en que la empresa del padre es una de las muchas que, en la práctica, ya han abandonado el viaje y la exploración espacial salvo para contactos esporádicos con la Tierra; nada la ata ya con el planeta madre pues han conseguido la emancipación con la recompra de las acciones. La cosa cambia cuando encuentra al amor de su vida, Roselyn, una irlandesa recién llegada (sí, los estados-nación todavía existen en la Tierra, pero no pintan ya nada; el poder y el futuro está en las corporaciones) que lo abre al mundo y a la sociedad.

El otro hilo argumental es el del sargento Newton, ya maduro y resabiado, soltero, a quien la realidad de su oficio lo ha desengañado de sus sueños, que se da cuenta que ha malgastado su vida y se encuentra vitalmente en un callejón sin salida. En su planeta pertenecía a la elite, pero en Zantiu-Braun no ha podido arrancar más que como soldado ni progresar más que como suboficial; su capital y anterior estatus (la empresa del padre, en la Tierra, no pinta nada) no da para más y carece de las influencias para llegar a ser oficial. Se ha dado cuenta que el viaje interestelar no es más que ir enlatado con estrecheces e incomodidades en naves gigantescas «tragándose los pedos de los demás» (sic) y someter el cuerpo a la acción deletérea de los rayos cósmicos durante varios meses; nada parecido a los de la saga espacial a la que tanto era aficionado en su juventud. Roselyn todavía está presente en su memoria, pero ya no la odia, la recuerda más bien con nostalgia agridulce. Es cuando empieza a tramar un golpe al margen de Zantiu-Braun, puesto que conoce los recovecos y agujeros de la empresa —y qué teclas tocar y a quién sobornar— además de poseer un código de programa muy sofisticado (el Principal) que le permite acceder y reventar discretamente los códigos de seguridad, y planea una campaña privada aprovechando que se va a realizar una segunda captación de bienes en un planeta, Thallspring, ya visitado por él en la anterior cuando era soldado, y del que tiene información privilegiada, desconocida para la empresa, que espera le permitirá enriquecerse y retirarse. Intercalada en este hilo se narra la subtrama de Thallspring, en donde Denise, una maestra de escuela que conoció en su niñez a Newton en la primera campaña de captación, cuando éste la salvó de ser violada por la soldadesca, originaria de las inhóspitas (en apariencia) tierras interiores donde sólo se encuentra flora autóctona, ponzoñosa para la vida terrícola, va narrando a sus alumnos en distintos episodios el cuento de Mozark y Endoliyn, del extinto Imperio del Anillo. En realidad esa profesión es la tapadera de su actividad real, la de cabecilla de una célula resistente clandestina (hasta para su Gobierno) que se ha estado preparando para la lucha y el sabotaje contra Zantiu-Braun, pues saben que, más pronto o más tarde, regresarán.

Y ya no continúo. Como se pueden imaginar, sólo he resumido el esquema general del planteamiento de la obra; el nudo, como seguramente adivinarán, se desarrollará en Thallspring, y el desenlace… ¡ah, el desenlace! ¡Sorpresa, sorpresa! Seguro que no lo adivinan, y les voy a dejar con las ganas. Eso sí, advierto a los más impresionables que en esta obra abunda el lenguaje cuartelero y se narran obscenidades propias de la soldadesca, aunque también aviso que no es nada del otro mundo para todos aquellos que hayan hecho la mili.

Me he dejado para el final el trasfondo de la obra, que es lo que guarda relación con el tema del comienzo de este artículo: el Transhumanismo. Aparecen prácticamente todos los tópicos de esta corriente ideológica: mejora genética mediante verscritura, selección eugenésica, implantes cerebrales de bancos de memoria, nanobots operativos a escala molecular, ampliación y modificación sensorial, reencarnación tecnológica mediante clonación corporal y de memoria… y también los problemas derivados de todo esto: proletarización y marginación de los no modificados y el despotismo continuo y perpetuado de unos pocos, porque, independientemente de la valoración moral, sólo se halla al alcance de unos cuantos privilegiados (¿se imaginan a un Stalin o un Mao Tsé-Tung viviendo eternamente? Para echarse a temblar).

El gran acierto del autor es que sumerge al lector en este mundo sin pontificaciones ni utopismos de tres al cuarto, que es el auténtico coñazo de la mayoría de los escritores de ciencia-ficción actuales. De hecho, este universo es corrupto hasta la médula y ciertamente muy sórdido, pero ofrece aspectos entrañables precisamente por lo que tiene de humano y no de tecnológico: el amor, la amistad, el compañerismo, la lucha, el odio… Es, en definitiva, un relato de imaginación desbordada que tiene algo de culebrón masculino y mucho de novela de aventuras que —esto sí que lo adelanto— tiene final feliz.