C. S. Lewis

La travesía del Viajero del Alba

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Cartel de «La travesía del Viajero del Alba».Cartel de «La travesía del Viajero del Alba».

Los que hayan leído la novela homónima de la saga Crónicas de Narnia del escritor C. S. Lewis, puede que se acuerden de cómo empieza:

«Había un niño llamado Eustaquio Clarence Scrubb y casi merecía ese nombre. Sus padres lo llamaban Eustaquio Clarence y sus profesores, Scrubb. No puedo decirles qué nombre le daban sus amigos, porque no tenía ninguno. Él no trataba a sus padres de “papá” y “mamá”, sino de Haroldo y Alberta. Éstos eran muy modernos y de ideas avanzadas. Eran vegetarianos, no fumaban, jamás tomaban bebidas alcohólicas y usaban un tipo especial de ropa interior. En su casa había pocos muebles; en las camas, muy poca ropa, y las ventanas estaban siempre abiertas.

»A Eustaquio Clarence le gustaban los animales, especialmente los escarabajos, pero siempre que estuvieran muertos y clavados con un alfiler en una cartulina. Le gustaban los libros si eran informativos y con ilustraciones de elevadores de grano o de niños gordos de otros países haciendo ejercicios en escuelas modelos.»

Aunque con algunas diferencias de traducción respecto de la versión española —la transcrita es de la chilena, que me hace más gracia— con esta introducción uno ya puede hacerse una idea de cómo se las gastará el primo Eustaquio —el nuevo personaje de la saga, prototipo de niño de familia «higiénica» y progresista de la época, y no muy diferente del escolar actual, maleado ya con el sistema educativo vigente— en un mundo tan poco prosaico y convencional como Narnia.

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