«La Pilarica» y Santiago

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Las bombas del milagro de El Pilar de Zaragoza, el 3 de agosto de 1936: colgadas a modo de exvoto, bajo las banderas de Haití, Costa Rica, México, Perú y El Salvador. (Más detalles.)Las bombas del milagro de El Pilar de Zaragoza, el 3 de agosto de 1936: colgadas a modo de exvoto, bajo las banderas de Haití, Costa Rica, México, Perú y El Salvador. (Más detalles.)

¡Que tengan un feliz año nuevo 2011! Hoy se acaba el año 2010, un año de eventos importantes para España: unos, religiosos, como el año santo Jacobeo, el 250.º aniversario de patronazgo de la Inmaculada Concepción y otros, deportivos, como el campeonato del Mundo de Fútbol… y de calamidades importantes, como la crisis económica que asuela nuestra economía y el anticlericalismo, impiedad, injusticia, desvergüenza y sectarismo que impera en muchos niveles de la sociedad, obra y gracia de los anticristos de pacotilla que nos gobiernan y sus secuaces: el Misterio de Iniquidad operando abierta y descaradamente, pero en versión cañí y olé. Casi da la impresión que estamos inmersos en un proceso profundo de purificación del que se saldrá fortalecido; al menos, eso espero.

Desde hacía tiempo tenía pensado escribir algo sobre nuestros dos patrones, Santiago y la Purísima; de la última, ya he escrito mucho en el poco tiempo de vida de este blog (todavía no ha cumplido dos años), pero del pobre Santiago, nada. Tampoco de la Pilarica, la Virgen del Pilar, que es patrona de la Hispanidad y con motivo. Y como ambos, Santiago y el Pilar, están estrechamente relacionados —la Tradición señala a Santiago como el fundador de El Pilar de Zaragoza por indicación de la Virgen, aún en vida terrenal—, y se han considerado de largo protectores nuestros y de la fe (la foto de la derecha dice mucho), me ha parecido muy adecuado cerrar el año con algún documento que explique los sucesos que la tradición fija el 2 de enero del año 40 de Nuestro Señor. Además, se celebra ayer mismo (30 de diciembre) la festividad de Santiago según el santoral mozárabe —ahora me entero—, por lo que viene que ni pintado.

Es por esto que en lo que sigue se transcribe el fragmento de Mística Ciudad de Dios de la venerable sor María de Jesús de Ágreda —la mística que evangelizó, en bilocación, a los indios de lo que es actualmente Nuevo México, Texas y Arizona—, contenido en la Tercera Parte, titulada: «Contiene lo que hizo después de la ascensión de su Hijo Nuestro Salvador hasta que la Gran Reina murió y fue coronada por Emperatriz de los Cielos», y en donde se narran el viaje apostólico de Santiago en España que, según la venerable, comenzó en la zona de Granada, donde sufrió persecución de la comunidad judía, y de la aparición de la Sma. Virgen María en Zaragoza, pocos días antes del viaje de Jerusalén a Éfeso con San Juan, el hermano de Santiago, en donde fijó su residencia definitiva. El libro completo se encuentra disponible en la Página Mariana del Padre Antonio Canuto Trimakas, en formato PDF y MS Word. Es muy interesante porque, aun siendo una revelación privada, contiene algunos datos que la tradición no recoge, como la evangelización de la zona de Granada y el hecho de que en España el apóstol que ganó seguidores para Cristo y, por tanto, no éramos tan duros de corazón como se cree. Cierra cada capítulo una breve explicación doctrinal de lo expuesto.

Libro VII
Contiene cómo la diestra divina prosperó a la Reina del Cielo de dones altísimos, para que trabajase en la santa iglesia; la venida del Espíritu Santo; el copioso fruto de la Redención y de la predicación de los Apóstoles; la primera persecución de la iglesia; la conversión de San Pablo y venida de Santiago a España; la aparición de la Madre de Dios en Zaragoza y fundación de Nuestra Señora del Pilar.

(…)

Capítulo 16
Conoció María santísima los consejos del demonio para perseguir a la Iglesia, pide el remedio en la presencia del Altísimo en el cielo, avisa a los Apóstoles, viene Santiago a predicar a España, donde le visitó una vez María santísima.

(…)

§319. Santiago el Mayor estaba más lejos que ninguno de los Apóstoles, porque fue el primero que salió de Jerusalén a predicar, como dije arriba (Cf. supra n. 236), y habiendo predicado algunos días en Judea vino a España. Para esta jornada se embarcó en el puerto de Jope, que ahora se llama Jafa. Y esto fue el año del Señor de treinta y cinco, por el mes de agosto, que se llamaba sextil, un año y cinco meses después de la pasión del mismo Señor, ocho meses después del mar­tirio de San Esteban y cinco antes de la conversión de San Pablo, conforme a lo que he dicho en los capítulos 11 y 14 de esta tercera parte. De Jafa vino San Jacobo [Santiago] a Cerdeña y, sin detenerse en aquella isla llegó con brevedad a España y desembarcó en el puerto de Cartagena, donde comenzó su predicación en estos reinos. Detúvose pocos días en Cartagena, y gobernado por el Espíritu del Señor tomó el camino para Granada, donde conoció que la mies era copiosa y la ocasión oportuna para padecer trabajos por su Maestro, como en hecho de verdad sucedió.

§320. Y antes de referirlo advierto que nuestro gran Apóstol San­tiago fue de los carísimos y más privados de la gran Señora del mundo. Y aunque en las demostraciones exteriores no se señalaba mucho con él, por la igualdad con que prudentísimamente los tra­taba a todos, como dije en el capítulo 11 (Cf. supra n. 180), y porque Santiago era su deudo; y aunque San Juan Evangelista, como hermano suyo, también tenía el mismo parentesco con María santísima, corrían diferentes razo­nes, porque todo el colegio sabía que el mismo Señor en la Cruz le había señalado por hijo de su Madre purísima, y así con San Juan Evangelista no tenía el inconveniente para los Apóstoles, como si con su hermano Santiago o con otro se señalara en demostraciones exteriores la prudentísima Reina y Maestra; pero en el interior tenía especialísimo amor a Santiago, de que dije algo en la segunda parte (Cf. supra p. II n. 1084), y se le ma­nifestó en singularísimos favores que le hizo en todo el tiempo que vivió hasta su martirio. Mereciólos Santiago con el singular y pia­doso afecto que tenía a María santísima, señalándose mucho en su íntima devoción y veneración. Y tuvo necesidad del amparo de tan gran Reina, porque era de generoso y magnánimo corazón y de ferventísimo espíritu, con que se ofrecía a los trabajos y peligros con invencible esfuerzo. Y por esto fue el primero que salió a la predicación de la fe y padeció martirio antes que otro alguno de todos los Apóstoles. Y en el tiempo que anduvo peregrinando y pre­dicando, fue verdaderamente un rayo, como Hijo del trueno, que por esto fue llamado y señalado con este prodigioso nombre (Mc 3, 17) cuando entró en el apostolado.

§321. En la predicación de España se le ofrecieron increíbles trabajos y persecuciones que le movió el demonio por medio de los judíos incrédulos. Y no fueron pequeñas las que después tuvo en Italia y el Asia Menor, por donde volvió a predicar, y padecer mar­tirio en Jerusalén, habiendo discurrido en pocos años por tan distantes provincias y diferentes naciones. Y porque no es de este in­tento referir todo lo que padeció Santiago en tan varias jornadas, sólo diré lo que conviene a esta Historia. Y en lo demás he enten­dido que la gran Reina del cielo tuvo especial atención y afecto a Santiago por las razones que he dicho (Cf. supra n. 320) y que por medio de sus Ángeles le defendió y rescató de grandes y muchos peligros y le consoló y confortó diversas veces, enviándole a visitar y a darle no­ticias y avisos particulares, como los había menester más que otros Apóstoles en tan breve tiempo como vivió. Y muchas veces el mismo Cristo nuestro Salvador le envió Ángeles de los cielos, para que de­fendiesen a su grande Apóstol y le llevasen de unas partes a otras guiándole en su peregrinación y predicación.

§322. Pero mientras anduvo en estos reinos de España, entre los favores que recibió Santiago de María santísima fueron dos muy señalados, porque vino la gran Reina en persona a visitarle y defen­derle en sus peligros y tribulaciones. La una de estas apariciones y venida de María santísima a España es la que hizo en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], tan cierta como celebrada en el mundo, y que no se pudiera negar hoy sin destruir una verdad tan piadosa, confirmada y asentada con grandes milagros y testimonios por mil seiscientos años y más; y de esta maravilla hablaré en el capítulo siguiente. De la otra, que fue primera, no sé que haya memoria en España, porque fue más oculta, y sucedió en Granada, como se me ha dado a entender. Fue de esta manera: Tenían los judíos en aquella ciudad algunas sinagogas desde los tiempos que pasaron de Palestina a España, donde por la fertilidad de la tierra y por estar más cerca de los puer­tos del mar Mediterráneo, vivían con mayor comodidad para la co­rrespondencia de Jerusalén. Cuando Santiago llegó a predicar a Gra­nada, ya tenían noticia de lo que en Jerusalén había sucedido con Cristo nuestro Redentor. Y aunque algunos deseaban ser informados de la doctrina que había predicado y saber qué fundamento tenía, pero a otros, y a los más, había ya prevenido el demonio con impía incredulidad, para que no la admitiesen ni permitiesen se predicase a los gentiles, porque era contraria a los ritos judaicos y a Moisés, y si los gentiles recibían aquella nueva ley destruirían a todo el judaísmo. Y con este diabólico engaño impedían los judíos la fe de Cristo en los gentiles, que sabían cómo Cristo nuestro Señor era judío, y viendo cómo los de su nación y de su ley le desechaban por falso y engañador, no tan fácilmente se inclinaban a seguirle en los principios de la Iglesia.

§323. Llegó el Santo Apóstol a Granada, y comenzando la predi­cación salieron los judíos a resistirle, publicándole por hombre ad­venedizo, engañador y autor de falsas sectas, hechicero y encanta­dor. Llevaba Santiago doce discípulos consigo, a imitación de su Maestro. Y como todos perseverasen en predicar, crecía contra ellos el odio de los judíos y de otros que los acompañaron, de manera que intentaron acabar con ellos, y de hecho quitaron luego la vida a uno de los discípulos de Santiago, que con ardiente celo se opuso a los judíos. Pero como el Santo Apóstol y sus discípulos no sólo no temían a la muerte, antes la deseaban padecer por el nombre de Cristo, continuaron la predicación de su santa fe con mayor esfuerzo. Y habiendo trabajado en ella muchos días y convertido gran nú­mero de infieles de aquella ciudad y comarca, el furor de los judíos se encendió más contra ellos. Prendieron a todos y para darles la muerte los sacaron fuera de la ciudad atados y encadenados y en el campo les ataron de nuevo los pies para que no huyesen, porque los tenían por magos y encantadores. Estando ya para degollarlos a todos juntos, el Santo Apóstol no cesaba de invocar el favor del Altísimo y de su Madre Virgen, y hablando con ella la dijo: Santí­sima María, Madre de mi Señor y Redentor Jesucristo, favoreced en esta hora a vuestro humilde siervo. Rogad, Madre dulcísima y clementísima por mí y por estos fieles profesores de la santa fe. Y si es voluntad del Altísimo que acabemos aquí las vidas por la gloria de su santo nombre, pedid, Señora, que reciba mi alma en la presencia de su divino rostro. Acordaos de mí, Madre piadosísima, y bendecidme en nombre del que os eligió entre todas las criaturas. Recibid el sacrificio de que no vea yo vuestros ojos misericordiosos ahora, si ha de ser aquí la última de mi vida. ¡Oh María, oh María!

§324. Estas últimas palabras repitió muchas veces Santiago, pero todas las que dijo oyó la gran Reina desde el oratorio del cenáculo donde estaba mirando por visión muy expresa todo lo que pasaba por su amantísimo Apóstol San Jacobo [Santiago Mayor]. Y con esta inteligencia se con­movieron las maternas entrañas de María santísima en tierna com­pasión de la tribulación en que su siervo padecía y la llamaba. Tuvo mayor dolor por hallarse tan lejos, aunque, como sabía que nada era difícil al poder divino, se inclinó con algún afecto a desear ayu­dar y defender a su Apóstol en aquel trabajo. Y como conocía tam­bién que él había de ser el primero que diese la vida y sangre por su Hijo santísimo, creció más esta compasión en la clementísima Madre. Pero no pidió al Señor ni a los Ángeles que la llevasen a donde Santiago estaba, porque la detuvo en esta petición su admira­ble prudencia, con que conocía que nada negaría la Providencia divina ni faltaría si fuese necesario, y en pedir estos milagros regu­laba su deseo con la voluntad del Señor, con suma discreción y me­dida, cuando vivía en carne mortal.

§325. Pero su Hijo y Dios verdadero, que atendía a todos los de­seos de tal Madre, como santos, justos y llenos de piedad, mandó al punto a los mil ángeles que la asistían ejecutasen el deseo de su Reina y Señora. Manifestáronsele todos en forma humana y la dije­ron lo que el Altísimo les mandaba y sin dilación alguna la recibie­ron en un trono formado de una hermosa nube y la trajeron a Es­paña sobre el campo donde estaban Santiago y sus discípulos apri­sionados. Y los enemigos que los habían preso tenían ya desnudas las cimitarras o alfanjes para degollarlos a todos. Vio sólo el Apóstol a la Reina del cielo en la nube, de donde le habló y con dulcísima caricia le dijo: Jacobo, hijo mío y carísimo de mi Señor Jesucristo, tened buen ánimo y sed bendito eternamente del que os crió y os llamó a su divina luz. Ea, siervo fiel del Altísimo, levantaos y sed libre de las prisiones.—A la presencia de María se había postrado el Apóstol en tierra, como le fue posible estando tan aprisionado. Y a la voz de la poderosa Reina se le desataron instantáneamente las prisiones a él y a sus discípulos, y se hallaron libres. Pero los judíos, que estaban con las armas en las manos, cayeron todos en tierra, donde sin sentidos estuvieron algunas horas. Y los demonios, que los asistían y provocaban, fueron arrojados al profundo, con que Santiago y sus discípulos pudieron libremente dar gracias al Todo­poderoso por este beneficio. Y el mismo Apóstol singularmente las dio a la divina Madre con incomparable humildad y júbilo de su alma. Los discípulos de Santiago, aunque no vieron a la Reina ni a los Ángeles, del suceso conocieron el milagro, y su maestro les dio la noticia que convino para confirmarlos en la fe y esperanza y en la devoción de María santísima.

¡Santiago y cierra, España!: Grito de batalla empleada en la batalla de las Navas de Tolosa, que se ha de entender como: «¡Por Santiago, al combate españoles!».¡Santiago y cierra, España!: Grito de batalla empleada en la batalla de las Navas de Tolosa, que se ha de entender como: «¡Por Santiago, al combate españoles!».

§326. Fue mayor este raro beneficio de la Reina, porque no sólo defendió de la muerte a Santiago, para que gozara toda España de su predicación y doctrina, pero desde Granada le ordenó su pere­grinación y mandó a cien Ángeles de los de su guarda que acompa­ñasen al Apóstol y le fuesen encaminando y guiando de unos lugares a otros y en todos le defendiesen a él y a sus discípulos de todos los peligros que se les ofreciesen, y que habiendo rodeado a todo lo restante de España le encaminasen a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania]. Todo esto ejecu­taron los cien ángeles, como su Reina se lo ordenaba, y los demás la volvieron a Jerusalén. Y con esta celestial compañía y guarda peregrinó Santiago por toda España, más seguro que los israelitas por el desierto. Dejó en Granada algunos discípulos de los que traía, que después padecieron allí martirio, y con los demás que tenía, y otros que iba recibiendo, prosiguió las jornadas predicando en mu­chos lugares de la Andalucía. Vino después a Toledo, y de allí pasó a Portugal y a Galicia, y por Astorga y divirtiéndose a diferentes lugares llegó a la Rioja y por Logroño pasó a Tudela y Zaragoza, donde sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. Por toda esta peregrinación fue Santiago dejando discípulos por Obispos en dife­rentes ciudades de España y plantando la fe y culto divino. Y fueron tantos y tan prodigiosos los milagros que hizo en este reino, que no han de parecer increíbles los que se saben, porque son muchos más los que se ignoran. El fruto que hizo con la predicación fue inmenso, respecto del tiempo que estuvo en España, y ha sido error decir o pensar que convirtió muy pocos, porque en todas las partes o lugares que anduvo dejó plantada la fe, y para eso ordenó tantos Obispos en este Reino, para el gobierno de los hijos que había en­gendrado en Cristo.

§327. Y para dar fin a este capítulo quiero advertir aquí que por diferentes medios he conocido las muchas opiniones encontradas de los historiadores eclesiásticos sobre muchas cosas de las que voy escribiendo, como son, la salida de los Apóstoles de Jerusalén a predicar, el haberse repartido por suertes todo el mundo y ordenado el Símbolo de la fe, la salida de Santiago y su muerte. Sobre todos éstos y otros sucesos tengo entendido que varían mucho los escrito­res en señalar los años y tiempos en que sucedieron y en ajustarlo con el texto de los Libros Canónicos. Pero yo no tengo orden del Señor para satisfacer a todas estas y otras dudas ni componer estas controversias, antes desde el principio he declarado (Cf. p. I n. 10, etc.) que Su Ma­jestad me ordenó y mandó escribir esta Historia sin opiniones, o para que no las hubiese con la noticia de la verdad. Y si lo que escribo va consiguiente y no se opone en cosa alguna al texto sagrado y corresponde a la dignidad de la materia que trato, no puedo darle mayor autoridad a la Historia, y tampoco pedirá más la piedad cristiana. También será posible que se concuerden por este orden algunas diferencias de los historiadores, y esto harán los que son leídos y doctos.

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima

§328. Hija mía, la maravilla que has escrito en este capítulo de haberme levantado el poder infinito a su real trono para consultar­me los decretos de su divina sabiduría y voluntad, es tan grande y singular, que excede a toda capacidad humana en la vida de los viadores y sólo en la patria y visión beatífica conocerán los hombres este sacramento con especialísimo júbilo de gloria accidental. Y por­que este beneficio y admirable favor fue como efecto y premio de la caridad ardentísima con que amaba y amo al sumo bien y de la humildad con que me reconocía esclava suya, y estas virtudes me levantaron al trono de la divinidad y dieron lugar en él cuando vivía en carne mortal, quiero que tengas mayor noticia de este misterio, que sin duda fue de los más levantados que en mí obró la omnipotencia divina y de mayor admiración para los Ángeles y Santos. Y la que tú tienes quiero que la conviertas en un vigilantísimo cuidado y en vivos afectos de imitarme y seguirme en los que merecieron en mí tales favores.

§329. Advierte, pues, carísima, que no fue sola una vez sino mu­chas las que fui levantada al trono de la Beatísima Trinidad en carne mortal, después de la venida del Espíritu Santo hasta que subí des­pués de mi muerte para gozar eternamente de la gloria que tengo. Y en lo que te resta de escribir mi vida, entenderás otros secretos de este beneficio. Pero siempre que la diestra del Altísimo me le con­cedió, recibí copiosísimos efectos de gracia y dones por diferentes modos que caben en el poder infinito y en la capacidad que me dio para la inefable y casi inmensa participación de las divinas perfec­ciones. Y algunas veces en estos favores me dijo el Eterno Padre: Hija mía y esposa mía, tu amor y fidelidad sobre todas las criaturas nos obliga y nos da la plenitud de complacencia que nuestra volun­tad santa desea. Asciende a nuestro lugar y trono, para que seas ab­sorta en el abismo de nuestra divinidad y tengas en esta Trinidad el lugar cuarto, en cuanto es posible a pura criatura. Toma la pose­sión de nuestra gloria, cuyos tesoros ponemos en tus manos. Tuyo es el cielo, la tierra y todos los abismos. Goza en la vida mortal los privilegios de bienaventurada sobre todos los santos. Sírvanse todas las naciones y criaturas a quien dimos el ser que tienen, obedézcante las potestades de los cielos y estén a tu obediencia los supremos serafines, y todos nuestros bienes te sean comunes en nuestro eterno consistorio. Entiende el gran consejo de nuestra sabiduría y volun­tad y ten parte en nuestros decretos, pues tu voluntad es rectísima y fidelísima. Penetra las razones que tenemos para lo que justa y santamente determinamos, y sea una tu voluntad y la nuestra y uno el motivo en lo que disponemos para nuestra Iglesia.

§330. Con esta dignación tan inefable como singular gobernaba mi voluntad el Altísimo para conformarla con la suya y para que nada se ejecutase en la Iglesia que no fuese por mi disposición, y ésta fuese la del mismo Señor, cuyas razones, motivos y convenien­cias conocía en su eterno consejo. En él vi que no era posible por ley común padecer yo todos los trabajos y tribulaciones de la Iglesia, y en especial de los Apóstoles, como deseaba. Y este afecto de caridad, aunque era imposible ejecutarle, no fue desviarme de la voluntad divina, que me le dio como en indicio y testimonio del amor sin medida con que le amaba, y por el mismo Señor tenía tanta caridad con los hombres que deseaba padecer yo los trabajos y penalidades de todos. Y porque de mi parte esta caridad era ver­dadera y estaba mi corazón aparejado para ejecutarla si fuera posi­ble, por esto fue tan aceptable en los ojos del Señor y me la premió como si de hecho la hubiera ejecutado, porque padecí gran dolor de no padecer por todos. De aquí nacía en mí la compasión que tuve de los martirios y tormentos con que murieron los Apóstoles y los demás que padecieron por Cristo, porque en todos y con todos era afligida y atormentada y en algún modo moría con ellos. Tal fue el amor que tuve a mis hijos los fieles, y ahora, fuera del padecer, es el mismo, aunque ni ellos conocen ni saben hasta dónde les obliga mi caridad para ser agradecidos.

§331. Estos inefables beneficios recibía a la diestra de mi Hijo santísimo, cuando era levantada del mundo y colocada en ella, go­zando de sus preeminencias y glorias en el modo que era posible comunicarse a pura criatura. Y los decretos y sacramentos ocultos de la Sabiduría infinita se manifestaban en primer lugar a la huma­nidad santísima de mi Señor, con el orden admirable que tiene con la divinidad a quien está unida en el Verbo Eterno. Y luego, mediante mi Hijo santísimo, se me comunicaba a mí por otro modo. Porque la unión de su humanidad con la persona del Verbo es inmediata y sustancial, intrínseca para ella, y así participa de la divinidad y de sus decretos con modo correspondiente y proporcionado a la unión sustancial y personal. Pero yo recibía este favor por otro orden admi­rable y sin ejemplar, más de en ser con criatura pura y sin tener divinidad, pero como semejante a la humanidad santísima y después de ella la más inmediata a la misma divinidad. Y no podrás ahora entender más, ni penetrar este misterio, pero los Bienaventurados le conocieron cada uno en el grado de ciencia que le tocaba y todos entendieron esta conformidad y similitud mía con mi Hijo santí­simo y también la diferencia; y todo les fue motivo, y lo es ahora, para hacer nuevos cánticos de gloria y alabanza del Omnipotente, porque esta maravilla fue una de las grandes obras que hizo conmigo su brazo poderoso.

§332. Y para que más extiendas tus fuerzas y las de la gracia en afectos y deseos santos, aunque sea en lo que no puedes ejecutar, te declaro otro secreto. Este es que, cuando yo conocía los efectos de la Redención en la justificación de las almas y la gracia que se les comunicaba para limpiarlas y santificarlas por la contrición, o por el bautismo y otros sacramentos, hacía tanto aprecio de aquel beneficio, que tenía de él como una santa emulación y deseos. Y como yo no tenía culpas de qué justificarme y limpiarme, no podía recibir aquel favor en el grado que los pecadores le recibían. Mas porque lloré sus culpas más que todos y agradecí al Señor aquel beneficio hecho a las almas con tan liberal misericordia, alcancé con estos afectos y obras más gracia de la que fue necesaria para justificar a todos los hijos de Adán. Tanto como esto se dejaba obligar el Altísimo de mis obras y tanta fue la virtud que les dio el mismo Señor para que hallasen gracia en sus divinos ojos.

§333. Considera ahora, hija mía, en qué obligación estás, deján­dote informada e ilustrada de tan venerables secretos. No tengas ociosos los talentos, ni malogres y desprecies tantos bienes del Se­ñor; sígueme por la imitación perfecta de todas las obras que de mí te manifiesto. Y para que más te enciendas en el amor divino, acuérdate continuamente de cómo mi Hijo santísimo y yo en la vida mortal estábamos anhelando siempre y suspirando por la sal­vación de las almas de todos los hijos de Adán y llorando la perdi­ción eterna que tantos con alegría falsa y engañosa para sí mismos procuran. En esta caridad y celo quiero que te señales y ejercites mucho, como esposa fidelísima de mi Hijo, que por esta virtud se entregó a muerte de cruz, y como hija y discípula mía, que si no me quitó la vida la fuerza de esta caridad fue porque me la conservó el Señor por milagro, pero ella es la que me dio lugar en el trono y consejo de la Beatísima Trinidad. Y si tú, amiga, fueres tan dili­gente y fervorosa en imitarme y tan atenta para obedecerme como de ti lo quiero, te aseguro participarás de los favores que hice a mi siervo Jacobo, acudiré a tus tribulaciones y te gobernaré, como mu­chas veces te lo he prometido; y a más de esto el Altísimo será más liberal contigo de lo que tus deseos pueden extenderse.

Capítulo 17
Dispone Lucifer otra nueva persecución contra la Iglesia y María santísima, manifiéstasela a San Juan Evangelista y por su orden determina ir a Efeso, aparécesele su Hijo santísimo y la manda venir a Za­ragoza [Caesaraugusta in Hispania] a visitar al Apóstol Santiago y lo que sucedió en esta venida.

§334. De la persecución que movió el infierno contra la Iglesia después de la muerte de San Esteban hace mención San Lucas en el capítulo 8 de los Hechos apostólicos (Act 8, 1), donde la llama grande, porque lo fue hasta la conversión de San Pablo, por cuya mano la ejecutaba el Dragón infernal; y de esta persecución hablé en los ca­pítulos 12 y 14 de esta parte. Pero de lo que en los capítulos inmedia­tos queda dicho, se entenderá que no descansó este enemigo de Dios ni se dio por vencido para no levantarse de nuevo contra su Santa Iglesia y contra María santísima. Y de lo que el mismo San Lucas refiere (Act 12, 1ss.) en el capítulo 12 de la prisión que hizo Herodes de San Pedro y Santiago, se conocerá que fue de nuevo esta persecución después de la conversión de San Pablo, cuando no dijera expresa­mente que el mismo Herodes envió ejércitos o tropas para afligir a algunos hijos de la Iglesia. Y para que mejor se entienda todo lo que queda dicho y adelante diré, advierto que estas persecuciones eran todas fraguadas y movidas por los demonios que irritaban a los perseguidores, como diversas veces he dicho (Cf. supra n. 141, 186, 205, 250). Y porque la Pro­videncia divina a tiempos les daba este permiso y en otros se les quitaba y los arrojaba al profundo (Cf. supra n. 208, 297, 325, etc.), como sucedió en la conversión de San Pablo y en otras ocasiones, por esto la Iglesia primitiva go­zaba algunas veces de tranquilidad y sosiego, como en todos los siglos ha sucedido, y otros tiempos, acabándose estas treguas, era molestada y afligida.

§335. La paz era conveniente para la conversión de los infieles y la persecución para su mérito y ejercicio, y así las alternaba y alterna siempre la sabiduría y Providencia divina. Y por estas causas después de la conversión de San Pablo tuvo algunos y muchos meses de quietud, mientras Lucifer y sus demonios estuvieron oprimidos en el infierno, hasta que volvieron a salir, como diré luego (Cf. infra n. 336). Y de esta tranquilidad habla San Lucas (Act 9, 31) en el capítulo 9 después de la conversión de San Pablo, cuando dice que la Iglesia tenía paz por toda Judea, Galilea y Samaría, y se edificaba y caminaba en el temor del Señor y consolación del Espíritu Santo. Y aunque esto lo cuenta el Evangelista después de haber escrito la venida de San Pablo a Jerusalén, pero esta paz fue mucho antes, porque San Pablo vino entrados cinco años después de la conversión a Jerusalén, como diré adelante (Cf. infra n. 487); y San Lucas, para ordenar su historia, la contó anticipada­mente tras de la conversión, como sucede a los Evangelistas en otros muchos sucesos, que los suelen anticipar en la historia, para dejar dicho lo que toca al intento de que hablan, porque ellos no escriben por anales todos los casos de su historia, aunque en lo esencial guardan el orden de los tiempos.

§336. Entendido todo esto, y prosiguiendo lo que dije en el capí­tulo 15 del conciliábulo que hizo Lucifer después de la conversión de San Pablo, digo que aquella conferencia duró algún tiempo, en que el Dragón infernal con sus demonios tomó y pensó diversos medios y arbitrios con que destruir la Iglesia y derribar, si pudiera, a la gran Reina del estado altísimo de santidad en que la imaginaba, aunque ignoraba infinito más de lo que conocía esta serpiente. Pa­sados estos días en que la Iglesia gozaba de sosiego, salieron del profundo los príncipes de las tinieblas, para ejecutar los consejos de maldad que en aquellos calabozos habían fabricado. Salió por caudillo de todos el dragón grande Lucifer, y es cosa digna de aten­ción que fue tanta la indignación y furor de esta cruentísima bestia contra la Iglesia y María santísima, que sacó del infierno mucho más de las dos partes de sus demonios para esta empresa que intentaba; y sin duda dejara despoblado todo aquel reino de tinieblas, si la misma malicia no le obligara a dejar allá alguna parte de estos infernales ministros para tormento de los condenados, porque a más del fuego eterno que les administra la justicia divina, y que no les podía faltar, no quiso este Dragón que tampoco les faltase la vista y compañía de sus demonios, para que no recibiesen este pequeño alivio los hombres por el tiempo que estuviesen fuera del infierno los demonios. Por esta causa nunca faltan demonios en aquellas cavernas, ni quieren perdonar este azote a los infelices condenados, aunque sea para Lucifer de tanta codicia destruir a los mortales que viven en el mundo. A tan impío, tan cruel, tan in­humano señor sirven los desdichados pecadores.

§337. La ira de este Dragón había llegado a lo sumo y no ponderable, por los sucesos que iba conociendo en el mundo, después de la muerte de nuestro Redentor, y la santidad de su Madre y el favor y protección que en ella tenían los fieles, como lo había experimen­tado en San Esteban, San Pablo y en otros sucesos. Y por esto Luci­fer tomó asiento en Jerusalén, para ejecutar por sí mismo la ba­tería contra lo más fuerte de la Iglesia y para gobernar desde allí a todos los escuadrones infernales, que sólo guardan orden en hacer guerra para destruir a los hombres, cuando en lo demás to­dos son confusión y desconcierto. No les dio el Altísimo la permi­sión que su envidia deseaba, porque en un momento trasegaran y destruyeran el mundo, pero dióseles con limitación y en cuanto convenía, para que afligiendo a la Iglesia se fundase con la sangre y merecimientos de los santos y con ellos echase más hondas las raíces de su firmeza, y para que en las persecuciones y tormentos se manifestase más la virtud y sabiduría del piloto que gobierna esta na­vecilla de la Iglesia. Luego mandó Lucifer a sus ministros que ro­deasen toda la tierra, para reconocer dónde estaban los Apóstoles y discípulos del Señor y dónde se predicaba su nombre, y le diesen noticia de todo. Y el Dragón se puso en la ciudad santa lo más lejos que pudo de los lugares consagrados con la sangre y misterios de nuestro Salvador, porque a él y a sus demonios les eran formidables y al paso que se acercaban a ellos sentían que se les debilitaban las fuerzas y eran oprimidos de la virtud divina. Y este efecto ex­perimentan hoy y le sentirán hasta el fin del mundo. ¡Gran dolor, por cierto, que aquel sagrado para los fieles esté hoy en poder de paganos enemigos, por los pecados de los hombres, y dichosos los pocos hijos de la Iglesia que gozan este privilegio, cuales son los hijos de nuestro gran Padre y reparador de la Iglesia San Francisco!

§338. Informóse el Dragón del estado de los fieles y de todos los lugares donde se predicaba la fe de Cristo, por relaciones que le trajeron los demonios. Y dioles nuevas órdenes para que unos asis­tiesen a perseguirlos, asignando mayores o menores demonios, según la diferencia de los Apóstoles, discípulos y fieles. A otros ministros mandó que fuesen y viniesen a darle cuenta de lo que fuese sucedien­do y llevasen órdenes de lo que habían de obrar contra la Iglesia. Se­ñaló también Lucifer algunos hombres incrédulos, pérfidos y de malas condiciones y depravadas costumbres, para que sus demonios los irritasen, provocasen y llenasen de indignación y envidia contra los seguidores de Cristo. Y entre éstos fueron el rey Herodes, por el aborrecimiento que tenían contra el mismo Señor a quien habían crucificado, cuyo nombre deseaban borrar de la tierra de los videntes (Jer 11, 19). También se valieron de otros gentiles más ciegos y asidos a la idolatría, y entre unos y otros investigaron estos enemigos con desvelo cuáles eran peores y más perdidos, para ser­virse de ellos y hacerlos propios instrumentos de su maldad. Y por estos medios encaminaron la persecución de la Iglesia, y siempre ha usado de esta arte diabólica el Dragón infernal para destruir la vir­tud y el fruto de la Redención y sangre de Cristo. Y en la primitiva Iglesia hizo grande estrago en los fieles, persiguiéndolos por diver­sos modos de tribulaciones que no están escritas ni se saben en la Iglesia, aunque, por mayor, lo que dijo San Pablo en la carta de los Hebreos (Heb 11, 37) de los antiguos santos sucedió en los nuevos. Y sobre estas persecuciones exteriores afligía el mismo demonio y los demás a todos los justos, Apóstoles, discípulos y fieles con tentaciones ocul­tas, sugestiones, ilusiones y otras iniquidades, como hoy lo hace con todos los que desean caminar por la divina ley y seguir a Cristo nues­tro Redentor y Maestro. Y no es posible en esta vida conocer todo lo que en la primitiva Iglesia trabajó Lucifer para extinguirla, como tampoco lo que hace ahora con el mismo intento.

§339. Pero nada se le ocultó entonces a la gran Madre de la sa­biduría, porque en la claridad de su eminente ciencia conocía todo este secreto de las tinieblas, oculto a los demás mortales. Y aunque los golpes y las heridas, cuando nos hallan prevenidos, no suelen hacer tan grande mella en nosotros, y la prudentísima Reina estaba tan capaz de los trabajos futuros de la Santa Iglesia y ninguno le podía venir de improviso y con ignorancia suya, con todo eso, como tocaban en los Apóstoles y en todos los fieles, la herían el corazón, donde los tenía con entrañable amor de Madre piadosísima, y su do­lor se regulaba con su casi inmensa caridad, y muchas veces le cos­tara la vida si, como he repetido en diversas partes, no la conservara el Señor milagrosamente. Y en cualquiera de las almas justas y per­fectas en el amor divino hiciera grandes efectos el conocimiento de la ira y malicia de tantos demonios, tan vigilantes y astutos, contra tan pocos fieles sencillos, pobres y de condición frágil y llena de mi­serias propias. Con este conocimiento olvidara María santísima otros cuidados de sí misma y todas sus penas, si las tuviera, por acudir al remedio y consuelo de sus hijos. Multiplicaba por ellos sus peticiones, suspiros, lágrimas y diligencias. Dábales grandes consejos, avi­sos y exhortaciones para prevenirlos y animarlos, particularmente a los Apóstoles y discípulos. Mandaba muchas veces con imperio de Reina a los demonios, y les sacó de sus uñas innumerables almas que engañaban y pervertían y las rescataba de la eterna muerte. Y otras veces les impedía grandes crueldades y asechanzas que ponían a los ministros de Cristo, porque intentó Lucifer quitar luego la vida a los Apóstoles, como lo había procurado por medio de Saulo, y arriba se dijo (Cf. supra n. 252), y lo mismo sucedió con otros discípulos que predicaban la santa fe.

§340. Con estos cuidados y compasión, aunque la divina Maestra guardaba suma tranquilidad y sosiego interior, sin que la solicitud de oficiosa Madre la turbase, y en el exterior conservaba igualdad y serenidad de Reina, con todo eso las penas del corazón la entriste­cieron un poco el semblante en la esfera de su compostura y apacibilidad. Y como San Juan Evangelista la asistía con tan desvelada atención y dependencia de hijo, no se le pudo ocultar a la vista de esta águila perspicaz la pequeña novedad en el semblante de su Madre y Señora. Afligióse grandemente el Evangelista y, habiendo conferido consigo mismo su cuidado, se fue al Señor y pidiéndole nueva luz para el acierto le dijo: Señor y Dios inmenso y reparador del mundo, con­fieso la obligación en que sin méritos míos y por sola Vuestra digna­ción me pusisteis, dándome por Madre a la que verdaderamente lo es Vuestra, porque os concibió, parió y alimentó a sus pechos. Yo, Señor, con este beneficio quedé próspero y enriquecido con el mayor tesoro del cielo y de la tierra. Pero vuestra Madre y mi Señora quedó sola y pobre sin vuestra real presencia, que ni pueden recompensar ni suplir todos los Ángeles ni los hombres, cuanto menos este vil gusano y siervo Vuestro. Hoy, Dios mío y Redentor del mundo, veo triste y afligida a la que os dio forma de hombre y es alegría de Vuestro pueblo. Deséola consolar y aliviarla de su pena, pero soy insuficiente para hacerlo. La razón y amor me solicitan, la venera­ción y mi fragilidad me detienen. Dadme, Señor, virtud y luz de lo que debo hacer en Vuestro agrado y servicio de Vuestra digna Madre.

§341. Después de esta oración quedó San Juan dudoso un rato, sobre si preguntaría a la gran Señora del cielo la causa de su pena. Por una parte lo deseaba con afecto, por otra no se atrevía, con el temor santo y el respeto con que la miraba; y aunque alentado in­teriormente llegó tres veces a la puerta del oratorio donde estaba María santísima, le detuvo el encogimiento para no entrar a pre­guntarla lo que deseaba. Pero la divina Madre conoció todo lo que San Juan hacía y lo que pasaba por su interior. Y por el respeto que la celestial Maestra de la humildad tenía al Evangelista como Sacerdote y ministro del Señor, se levantó de la oración y salió a donde estaba y le dijo: Señor, decidme lo que mandáis a vuestra sierva —Ya he dicho otras veces (Cf. supra n. 99, 102, 106, etc.) que la gran Reina llamaba señores a los Sacerdotes y ministros de su Hijo santísimo. El Evangelista se consoló y animó con este favor, y aunque no sin algún encogimiento respondió: Señora mía, la razón y el deseo de serviros me ha obligado a reparar en vuestra tristeza y pensar que tenéis alguna pena, de que deseo veros aliviada.

§342. No se alargó San Juan en más razones, pero la Reina co­noció el deseo que tenía de preguntarla por sus cuidados, y como prontísima obediente quiso responderle a la voluntad, antes que por palabras se la manifestase, como a quien reconocía por superior y le tenía por tal. Volvióse María santísima al Señor y dijo: Dios mío e Hijo mío, en lugar Vuestro me dejasteis a vuestro siervo Juan, para que me acompañase y asistiese, y yo le recibí por mi prelado y superior, a cuyos deseos y voluntad, conociéndola, deseo obedecer, para que esta humilde sierva Vuestra siempre viva y se gobierne por Vuestra obediencia. Dadme licencia para manifestarle mi cuidado, como él desea saberlo.—Sintió luego el fiat de la divina voluntad. Y puesta de rodillas a los pies de San Juan Evangelista, le pidió la bendición y le besó la mano, y pidiéndole licencia para hablar le dijo: Señor, causa tiene el dolor que aflige mi corazón, porque el Altísimo me ha manifestado las tribulaciones que han de venir a la Iglesia y las per­secuciones que han de padecer todos sus hijos, y mayores los Após­toles. Y para disponer en el mundo y ejecutar esta maldad, he visto que ha salido a él de las cavernas de lo profundo el Dragón infernal con innumerables legiones de espíritus malignos, todos con implaca­ble indignación y furor, para destruir el cuerpo de la Iglesia Santa. Y esta ciudad de Jerusalén se turbará la primera, y más que otras, y en ella quitarán la vida a uno de los Apóstoles y otros serán presos y afligidos por industria del demonio. Mi corazón se contrista y aflige de compasión, y de la contradicción que harán los enemigos a la exaltación del nombre santo del Altísimo y remedio de las almas.

§343. Con este aviso se afligió también el Evangelista y se turbó un poco, pero con el esfuerzo de la divina gracia respondió a la gran Reina, diciendo: Madre y Señora mía, no ignora Vuestra sabiduría que de estos trabajos y tribulaciones sacará el Altísimo grandes frutos para su Iglesia y sus hijos fieles y que les asistirá en su tribulación. Aparejados estamos los Apóstoles para sacrificar nuestras vidas por el Señor, que ofreció la suya por todo el linaje humano. Hemos reci­bido inmensos beneficios y no es justo que en nosotros sean ociosos y vacíos. Cuando éramos pequeños en la escuela de nuestro Maestro y Señor, obrábamos como párvulos, pero después que nos enrique­ció con su divino Espíritu y encendió en nosotros el fuego de su amor, perdimos la cobardía y deseamos seguir el camino de su Cruz, que con su doctrina y ejemplos nos enseñó, y sabemos que la Igle­sia se ha de plantar y conservar con la sangre de sus ministros e hijos. Rogad, vos, Señora mía, por nosotros, que con la virtud divina y Vuestra protección alcanzaremos victoria de nuestros enemigos y en gloria del Altísimo triunfaremos de todos ellos. Pero si en esta ciudad de Jerusalén se ha de ejecutar lo fuerte de la persecución, paréceme, Señora y Madre mía, que no es justo la esperéis en ella, para que la indignación del infierno, por medio de la malicia humana, no inten­te alguna ofensa contra el tabernáculo de Dios.

§344. La gran Reina y Señora del cielo, con el amor y compasión de los Apóstoles y todos los otros fieles, se inclinaba sin temor a que­darse en Jerusalén para hablar, consolar y animar a todos en la tribu­lación que les amenazaba. Pero no manifestó al Evangelista este afecto, aunque era tan santo, porque salía de su dictamen y le cedió a la humil­dad y obediencia del Apóstol, porque le tenía por su prelado y su­perior. Y con este rendimiento, sin replicar al Evangelista, le dio las gracias por el esfuerzo con que deseaba padecer y morir por Cristo; y en cuanto a salir de Jerusalén, le dijo que ordenase y dispusiese aquello que juzgaba por más conveniente, que a todo obedecería como súbdita, y pediría a nuestro Señor le gobernase con su divina luz, para que eligiese aquello que fuese de su mayor agrado y exaltación de su santo nombre. Con esta resignación de tanto ejemplo para no­sotros y reprensión de nuestra inobediencia, determinó el Evange­lista que se fuese a la ciudad de Efeso, en los términos del Asia Meñor. Y proponiéndolo a María santísima, la dijo: Señora y Madre mía, para alejarnos de Jerusalén y tener fuera de aquí ocasión opor­tuna para trabajar por la exhaltación del nombre del Altísimo, me parece nos retiremos a la ciudad de Efeso, donde haréis en las almas el fruto que no espero en Jerusalén. Yo deseara ser uno de los que asisten al trono de la Santísima Trinidad para serviros dignamente en esta jornada, pero soy un vil gusano de la tierra, mas el Señor será con nosotros y en todas partes le tenéis propicio, como Dios y como Hijo Vuestro.

§345. Quedó determinada la partida de Efeso en acomodando y disponiendo lo que en Jerusalén convenía advertir a los fieles, y la gran Señora se retiró a su oratorio, donde hizo esta oración: Altí­simo Dios eterno, esta humilde sierva Vuestra se postra ante Vuestra real presencia y de lo íntimo de mi alma os suplico me gobernéis y encaminéis a Vuestro mayor agrado y beneplácito; esta jornada quie­ro hacer por obediencia de Vuestro siervo Juan, cuya voluntad será la Vuestra. No es razón que esta sierva y Madre Vuestra, tan obligada de Vuestra poderosa mano, dé un paso que no sea para mayor gloria y exaltación de Vuestro santo nombre. Asistid, Señor mío, a mi deseo y peticiones, para que yo obre lo más acertado y justo.—Respondióla el señor luego y la dijo: Esposa y paloma mía, mi voluntad ha dispuesto la jornada para mi mayor agrado. Obedeced a Juan y caminad a Efeso, que allí quiero manifestar mi clemencia con algunas almas por medio de vuestra presencia y asistencia, por el tiempo que fuere conveniente.—Con esta respuesta del Señor quedó María santísima más consolada e informada de la divina voluntad y pidió a Su Ma­jestad la bendición y licencia para disponer la jornada cuando el Apóstol la determinase; y llena de fuego de caridad se encendía en el deseo del bien de las almas de Efeso, de quien el Señor la había dado esperanzas se sacaría fruto de su gusto y agrado.

§346. Viene María santísima de Jerusalén a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] en España, por voluntad de su Hijo nuestro Salvador, a visitar a Santiago, y lo que sucedió en esta venida y el año y día en que se hizo.—Todo el cui­dado de nuestra gran Madre y Señora María santísima estaba em­pleado y convertido a los aumentos y dilatación de la Santa Iglesia, al consuelo de los Apóstoles, discípulos y de los otros fieles, y a defen­derlos del infernal Dragón y sus ministros en la persecución y ase­chanzas que, como se ha dicho (Cf. supra n. 337), les prevenían estos enemigos. Con su incomparable caridad, antes de venir a Efeso ni partir de Jerusalén, ordenó y dispuso muchas cosas, en cuanto le fue posible, por sí y por ministerio de los Santos Ángeles, para prevenir todo lo que en su ausencia le pareció conveniente, porque entonces no tenía noticia del tiempo que duraría esta jornada y la vuelta a Jerusalén. Y la mayor diligencia que pudo hacer fue su continua y poderosa oración y peticiones a su Hijo santísimo, para que con el poder infinito de su brazo defendiese a sus Apóstoles y siervos y quebrantase la sober­bia de Lucifer, desvaneciendo las maldades que en su astucia fabricaba contra la gloria del mismo Señor. Sabía la prudentísima Madre que de los Apóstoles el primero que derramaría su sangre por Cristo nuestro Señor era San Jacobo [Santiago Mayor], y por esta razón, y por lo mucho que la gran Reina le amaba, como dije arriba (Cf. supra n. 320), hizo particular oración por él entre todos los Apóstoles.

§347. Estando la divina Madre en estas peticiones, un día, que era el cuarto antes de partir a Efeso, sintió en su castísimo corazón alguna novedad y efectos dulcísimos, como le sucedía otras veces para algún particular beneficio que se le acercaba. Estas obras se llaman palabras del Señor en el estilo de la Escritura, y respondiendo a ellas María santísima, como maestra de la ciencia, dijo: Señor mío, ¿qué me mandáis hacer y qué queréis de mí? Hablad, Dios mío, que vues­tra sierva oye.—Y en repitiendo estas razones vio a su Hijo santísimo que en persona descendía del cielo a visitarla en un trono de inefable majestad y acompañado de innumerables Ángeles de todos los órdenes y coros celestiales. Entró Su Majestad con esta grandeza en el oratorio de su beatísima Madre, y la religiosa y hu­milde Virgen le adoró con excelente culto y veneración de lo íntimo de su purísima alma. Luego la habló el Señor y la dijo: Madre mía amantísima, de quien recibí el ser humano para salvar al mundo, atento estoy a vuestras peticiones y deseos santos y agradables en mis ojos. Yo defenderé a mis apóstoles e Iglesia y seré su padre y protector, para que no sea vencida, ni prevalezcan contra ella las puertas del infierno (Mt 16, 18). Ya sabéis que para mi gloria es necesario que trabajen con mi gracia los Apóstoles y que al fin me sigan por el camino de la cruz y muerte que padecí para redimir al linaje huma­no. Y el primero que me ha de imitar en esto es Jacobo [Santiago Mayor] mi fiel siervo, y quiero que padezca martirio en esta ciudad de Jerusalén. Y para que él venga a ella y otros fines de mi gloria y vuestra, es mi voluntad que luego le visitéis en España, donde predica mi santo nombre. Quiero, Madre mía, que vayáis a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], donde está ahora, y le ordenéis que vuelva a Jerusalén y antes que parta de aquella ciudad edifique en ella un templo en honra y título de vuestro nombre, don­de seáis venerada e invocada para beneficio de aquel reino y gloria y beneplácito mío y de nuestra Beatísima Trinidad.

§348. Admitió la gran Reina del cielo esta obediencia de su Hijo santísimo con nuevo júbilo de su alma. Y con el rendimiento digno respondió y dijo: Señor mío y verdadero Dios, hágase Vuestra vo­luntad santa en Vuestra sierva y Madre por toda la eternidad y en ella os alaben todas las criaturas por las obras admirables de Vues­tra piedad inmensa con Vuestros siervos. Yo, Señor mío, Os magnifico y bendigo en ellas y os doy humildes gracias en nombre de toda la Santa Iglesia y mío. Dadme licencia, Hijo mío, para que en el Templo que mandáis edificar a Vuestro siervo Jacobo pueda yo pro­meter en Vuestro santo nombre la protección especial de Vuestro brazo poderoso, y que aquel lugar sagrado sea parte de mi herencia para todos los que en él invocaren con devoción Vuestro mismo nombre y el favor de mi intercesión con Vuestra clemencia.

§349. Respondióla Cristo nuestro Redentor: Madre mía, en quien se complació mi voluntad, yo os doy mi real palabra que miraré con especial clemencia y llenaré de bendiciones de dulzura a los que con humildad y devoción vuestra me invocaren y llamaren en aquel templo por medio de vuestra intercesión. En vuestras manos tengo de­positados y librados todos mis tesoros, y como Madre que tenéis mis veces y potestad podéis enriquecer y señalar aquel lugar y prome­ter en él vuestro favor, que todo lo cumpliré como fuere vuestra agradable voluntad.—Agradeció de nuevo María santísima esta promesa de su Hijo y Dios omnipotente, y luego, por mandato del mismo Señor, grande número de los Ángeles que la acompañaban formaron un trono real de una nube refulgentísima y la pusieron en él como a Reina y Señora de todo lo criado. Cristo nuestro Señor con los demás Ángeles se subió a los cielos, dándola su bendición. Y la purí­sima Madre, en manos de serafines y acompañada de sus mil Ángeles con los demás, partió a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], en España, en alma y cuerpo mor­tal. Y aunque la jornada se pudo hacer en brevísimo tiempo, ordenó el Señor que fuese de manera que los Santos Ángeles formando co­ros de dulcísima armonía viniesen cantando a su Reina loores de júbilo y alegría.

§350. Unos cantaban el Ave María, otros Salve Sancta parens y Salve Regina, otros, Regina cœli lætare, etc. Alternando estos cánti­cos a coros y respondiéndose unos a otros con armonía y consonan­cia tan concertada, cuanto no alcanza la capacidad humana. Respon­día también la gran Señora oportunamente, refiriendo toda aquella gloria al Autor que se la daba, con tan humilde corazón, cuanto era grande este favor y beneficio. Repetía muchas veces: Santo santo, santo Dios de Sabaot, ten misericordia de los míseros hijos de Eva. Tuya es la gloria, tuyo es el poder y la majestad, tú sólo el Santo, el Altísimo y el Señor de todos los ejércitos celestiales y de lo criado. Y los Ángeles respondían también a estos cánticos tan dulces en los oídos del Señor, y con ellos llegaron a Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] cuando ya se acer­caba la media noche.

§351. El felicísimo Apóstol Santiago estaba con sus discípulos fue­ra de la ciudad, pero arrimado al muro que correspondía a las már­genes del río Ebro, y para ponerse en oración se había apartado de ellos algún espacio competente, quedando los discípulos algunos dur­miendo y otros orando como su maestro; y porque todos estaban desimaginados de la novedad que les venía, se alargó un poco la pro­cesión de los Santos Ángeles con la música, de manera que no sólo Santiago lo pudiese oír de lejos, sino también los discípulos, con que despertaron los que dormían y todos fueron llenos de suavidad interior y admiración, con celestial consuelo que los ocupó y casi enmudeció, dejándolos suspensos y derramando lágrimas de alegría. Reconocieron en el aire grandísima luz, más que si fuera al medio­día, aunque no se extendía universalmente más que en algún espacio, como un gran globo. Con esta admiración y nuevo gozo estuvieron sin menearse hasta que los llamó su Maestro. Con estos maravillosos efectos que sintieron, ordenó el Señor que estuviesen prevenidos y atentos a lo que de aquel gran misterio se les manifestase. Los San­tos Ángeles pusieron el trono de su Reina y Señora a la vista del Apóstol, que estaba en altísima oración y más que los discípulos sentía la música y percibía la luz. Traían consigo los Ángeles preve­nida una pequeña columna de mármol o de jaspe, y de otra materia diferente habían formado una imagen no grande de la Reina del cielo. Y a esta imagen traían otros Ángeles con gran veneración, y todo se había prevenido aquella noche con la potencia que estos divinos espíritus obran en las cosas que la tienen.

§352. Manifestósele a Santiago la Reina del cielo desde la nube y trono donde estaba rodeada de los coros de los Ángeles, todos con admirable hermosura y refulgencia, aunque la gran Señora los ex­cedía en todo a todos. El dichoso Apóstol se postró en tierra y con profunda reverencia adoró a la Madre de su Criador y Redentor y vio juntamente la Imagen y columna o pilar en mano de algunos Án­geles. La piadosa Reina le dio la bendición en nombre de su Hijo san­tísimo y le dijo: Jacobo [Santiago Mayor], siervo del Altísimo, bendito seáis en su diestra; Él os salve y manifieste la alegría de su divino rostro.— Y todos los Ángeles respondieron: Amén.—Prosiguió la Reina del cielo y dijo: Hijo mío Jacobo [Santiago Mayor], este lugar ha señalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo, para que en la tierra le consagréis y dediquéis en un Templo y casa de oración, de donde debajo del tí­tulo de mi nombre quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido y que los tesoros de su divina diestra se comuniquen, franqueando liberalmente sus antiguas misericordias con todos los fieles y que por mi intercesión las alcancen, si las pidieren con verdadera fe y piadosa devoción. Yo en nombre del Todopoderoso les prometo gran­des favores y bendiciones de dulzura y mi verdadera protección y amparo, porque éste ha de ser Templo y casa mía y mi propia he­rencia y posesión. Y en testimonio de esta verdad y promesa quedará aquí esta columna y colocada mi propia imagen, que en este lugar donde edificaréis mi templo perseverará y durará con la santa fe has­ta el fin del mundo. Daréis luego principio a esta casa del Señor, y habiéndole hecho este servicio partiréis a Jerusalén, donde mi Hijo santísimo quiere que le ofrezcáis el sacrificio de vuestra vida en el mismo lugar en que dio la suya para la Redención humana.

§353. Dio fin la gran Reina a su razonamiento, mandando a los Ángeles que colocasen la columna y sobre ella la santa Imagen en el mismo lugar y puesto que hoy están, y así lo ejecutaron en un momento. Luego que se erigió la columna y se asentó en ella la sa­grada Imagen, los mismos Ángeles, y también el Santo Apóstol, reconocieron aquel lugar y título por casa de Dios, puerta del cielo y tierra santa y consagrada en templo para gloria del Altísimo e in­vocación de su beatísima Madre. Y en fe de esto dieron culto, adora­ción y reverencia a la divinidad, y Santiago se postró en tierra, y los Ángeles con nuevos cánticos celebraron los primeros con el mis­mo Apóstol la nueva y primera dedicación de Templo que se instituyó en el orbe después de la Redención humana y en nombre de la gran Señora del cielo y tierra. Este fue el origen felicísimo del santuario de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], que con justa razón se llama cámara angelical, casa propia de Dios y de su Madre purísima, y digna de la veneración de todo el orbe y fiador seguro y abonado de los beneficios y favores del cielo, que no desmerecieron nuestros pecados. Paréceme a mí que nuestro gran patrón y Apóstol el segun­do Jacobo dio principio más glorioso a este templo que el primer Jacobo al suyo de Betel, cuando caminaba peregrino a Mesopotamia, aunque aquel título y piedra que levantó (Gen 28, 18) fuese lugar del futuro templo de Salomón. Allí vio en sueños Jacob la escala mística en fi­gura y sombra con los Ángeles, pero aquí vio nuestro Jacobo la escala verdadera del cielo con los ojos corporales, y más Ángeles que en aquélla. Allí se levantó la piedra en título para el templo que mu­chas veces se había de destruir y en algunos siglos tendría fin, pero aquí, en la firmeza de esta verdadera columna consagrada, se aseguró el templo, la fe y culto del Altísimo hasta que se acabe el mundo, subiendo y bajando Ángeles a las alturas con las oraciones de los fieles y con incomparables beneficios y favores que distribuye nues­tra gran Reina y Señora a los que en aquel lugar con devoción la invocan y con veneración la honran.

§354. Dio humildes gracias nuestro Apóstol a María santísima y la pidió el amparo de este reino de España con especial protección, y mucho más de aquel lugar consagrado a su devoción y nombre. Y todo se lo ofreció la divina Madre, y dándole de nuevo su ben­dición, la volvieron los Ángeles a Jerusalén con el mismo orden que la habían traído. Pero antas, a petición suya, ordenó el Altísimo que para guardar aquel santuario y defenderle quedase en él un Ángel Santo encargado de su custodia, y desde aquel día hasta ahora per­severa en este ministerio y le continuará cuanto allí durare y permaneciere la Imagen sagrada y la columna. De aquí ha resultado la maravilla que todos los fieles y católicos reconocen de haberse con­servado aquel santuario ileso y tan intacto por mil seiscientos [dos mil] años entre la perfidia de los enemigos de la santa fe, la idolatría de los romanos, la herejía de los arríanos y la bárbara furia de los moros y paganos [y modernos comunistas]; y fuera mayor la admiración de los cristianos, si en particular tuvie­ran noticia de los arbitrios y medios que todo el infierno ha fabrica­do en diversos tiempos para destruir este santuario por mano de todos estos infieles y naciones. No me detengo en referir estos suce­sos, porque no es necesario y tampoco pertenecen a mi intento. Basta decir que por todos estos enemigos de Dios lo ha intentado Lucifer muchas veces, y todas lo ha defendido el Ángel Santo que guarda aquel sagrario.

§355. Pero advierto dos cosas que se me han manifestado para que aquí las escriba. La una, que las promesas aquí referidas, así de Cristo nuestro Salvador como de su Madre santísima, para con­servar aquel templo y lugar suyo, aunque parecen absolutas, tienen implícita o encerrada la condición, como sucede en otras muchas promesas de la Escritura Sagrada, que tocan a particulares bene­ficios de la divina gracia. Y la condición es, que de nuestra parte obremos de manera que no desobliguemos a Dios para que nos prive del favor y misericordia que nos promete y ofrece. Y porque Su Majestad en el secreto de su justicia reserva el peso de estos pecados con que le podemos desobligar, por eso no expresa ni declara esta condición; y porque también estamos avisados en su Santa Iglesia, que sus promesas y favores no son para que usemos de ellos contra el mismo Señor, ni pequemos en confianza de su liberal misericordia, pues ninguna ofensa tanto como ésta nos hace indignos de ella. Y tales y tantos pueden ser los pecados de estos reinos y de aquella piadosa ciudad de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], que lleguemos a poner de nuestra parte la condición y número por donde merezcamos ser privados de aquel admirable beneficio y amparo de la gran Reina y Señora de los Án­geles.

§356. La segunda advertencia no menos digna de consideración es, que Lucifer y sus demonios, como conocen estas verdades y promesas del Señor, ha pretendido y pretende siempre la malicia de estos Dragones infernales introducir mayores vicios y pecados en aquella ilustre ciudad y en sus moradores con más eficacia y as­tucia que en otras, y en especial de los que más pueden desobligar y ofender a la pureza de María santísima. El intento de esta serpien­te antigua mira a dos cosas execrables: la una que, si puede ser, desobliguen los fieles a Dios para que les conserve allí aquel sagrado y por este camino consiga Lucifer lo que por otros no ha podido; la otra, que si no puede alcanzar esto, por lo menos impida en las almas la veneración y piedad de aquel templo sagrado y los grandes beneficios que tiene prometidos en él María santísima a los que dig­namente los pidieren. Conoce bien Lucifer y sus demonios que los vecinos y moradores de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] están obligados a la Reina de los cielos con más estrecha deuda que muchas otras ciudades y provincias de la cristiandad, porque tienen dentro de sus muros la ofi­cina y fuente de los favores y beneficios que otros van a buscar a ella. Y si con la posesión de tanto bien fuesen peores, y despreciasen la dignación y clemencia que nadie les pudo merecer, esta ingratitud a Dios y a su Madre santísima merecería mayor indignación y más grave castigo de la Justicia divina. Confieso con alegría a todos los que leyeren esta Historia, que por escribirla a solas dos jornadas de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] tengo por muy dichosa esta vecindad [en Soria] y miro aquel san­tuario con gran cariño de mi alma, por la deuda que todos cono­cerán tengo a la gran Señora del mundo. Reconózcome también obligada y agradecida a la piedad de aquella ciudad, y en retorno de todo esto quisiera con voces vivas renovar en sus moradores la cordial e íntima devoción que deben a María santísima y los favores que con ella pueden alcanzar y con el olvido y poca atención des­merecer. Considérense, pues, más beneficiados y obligados que otros fieles. Estimen su tesoro, gócenle felizmente y no hagan del propicia­torio de Dios casa inútil y común, convirtiéndola en tribunal de justicia, pues la puso María santísima para taller o tribunal de mi­sericordias.

Actual Basílica de Ntra. Sra. del Pilar.Actual Basílica de Ntra. Sra. del Pilar.

§357. Pasada la visión de María santísima, llamó Santiago [Mayor] a sus discípulos, que de la música y resplandor estaban absortos, aunque ni oyeron ni vieron otra cosa. Y el gran maestro les dio noticia de lo que convenía, para que le ayudasen en la edificación del sagrado templo, en que puso mano y diligencia; y antes de partir de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] acabó la pequeña capilla donde está la santa Imagen y columna, con favor y asistencia de los Ángeles. Y después con el tiempo los ca­tólicos edificaron el suntuoso templo y lo demás que adorna y acom­paña aquel tan celebrado santuario. El Evangelista San Juan no tuvo por entonces noticia de esta venida de la divina Madre a España, ni ella se lo manifestó, porque estos favores y excelencias no pertene­cían ala fe universal de la Iglesia y por esto las guardaba en su pecho; aunque declaró otras mayores a San Juan y a los otros Evangelistas, porque eran necesarias para la común instrucción y fe de los fieles. Pero cuando Santiago [Mayor] volvió de España por Efeso, entonces dio cuenta a su hermano Juan Evangelista de lo que había sucedido en la peregrinación y predicación de España, y le declaró las dos veces que en ella había sido favorecido con las visiones de la beatísima Madre y de lo que en esta segunda le había sucedido en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], del Templo que dejaba edificado en esta ciudad. Y por relación del Evangelista tuvieron noticia de este milagro muchos de los Apósto­les y discípulos a quien se lo refirió él mismo después en Jerusalén para confirmarlos en la fe y devoción de la Señora del cielo, y en la confianza de su amparo. Y fue así, porque desde entonces los que conocieron este favor de Jacobo [Santiago Mayor] la llamaban y la invocaban en sus trabajos y necesidades, y la piadosa Madre socorrió a muchos, y a todos en diferentes ocasiones y peligros.

§358. Sucedió este milagroso aparecimiento de María santísima en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], entrando el año del nacimiento de su Hijo nuestro Salvador de cuarenta, la segunda noche de dos de enero. Y desde la sa­lida de Jerusalén a la predicación habían pasado cuatro años, cuatro meses y diez días, porque salió el Santo Apóstol año de treinta y cin­co, como arriba dije (Cf. supra n. 319), a veinte de agosto; y después del apareci­miento gastó en edificar el templo, en volver a Jerusalén y predicar, un año, dos meses y veinte y tres días; murió a los veinte y cinco de marzo del año cuarenta y uno. La gran Reina de los Ángeles, cuan­do se le apareció en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], tenía de edad cincuenta y cuatro años, tres meses y veinte y cuatro días; y luego que volvió a Jerusalén partió a Efeso, como diré en el libro y capítulo siguiente; al cuarto día se partió. De manera que se le dedicó este templo muchos años antes de su glorioso tránsito, como se entenderá cuando al fin de esta Historia (Cf. infra n. 742) de la gran Señora declare su edad y el año en que murió, que desde este aparecimiento pasaron más de los que de or­dinario se dice. Y en todos estos años ya en España era venerada con culto público y tenía templos, porque a imitación de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] se le edificaron luego otros, donde se le levantaron aras con solemne ve­neración.

§359. Esta excelencia y maravilla es la que sin contradicción en­grandece a España sobre cuanto de ella se puede predicar, pues ganó la palma a todas las naciones y reinos del orbe en la veneración, culto y devoción pública de la gran Reina y Señora del cielo María santí­sima, y viviendo en carne mortal se señaló con ella en venerarla [con culto de hiperdulía] e invocarla más que otras naciones lo han hecho después que murió y subió a los cielos para no volver al mundo. En retorno de esta an­tigua y general piedad y devoción de España con María santísima, tengo entendido que la piadosa Madre ha enriquecido tanto a estos reinos en lo público, con tantas imágenes suyas aparecidas y san­tuarios como hay en ellos, dedicados a su santo nombre, más que en otros reinos del mundo. Con estos singularísimos favores ha querido la divina Madre hacerse más familiar en este reino, ofreciéndole su amparo con tantos templos y santuarios como tiene, saliéndonos al encuentro en todas partes y provincias, para que la reconozcamos por nuestra Madre y Patrona, y también para que entendamos la obligación de esta nación en la defensa de su honor y la dilatación de su gloria por todo el orbe.

§360. Ruego yo y humildemente suplico a todos los naturales y moradores de España y en el nombre de esta Señora les amonesto despierten la memoria y aviven la fe, renueven y resuciten la devo­ción antigua de María santísima y se reconozcan por más rendidos y obligados a su servicio que otras naciones; y singularmente tengan en suma veneración el santuario de Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania], como de mayor dig­nidad y excelencia sobre todos y como original de la piedad y vene­ración que España reconoce a esta Reina. Y crean todos los que le­yeren esta Historia, que las antiguas dichas y grandezas de esta mo­narquía las recibió por María santísima y por los servicios que le hicieron en ella, y si hoy las reconocemos tan arruinadas y casi per­didas, lo ha merecido así nuestro descuido, con que obligamos al desamparo que sentimos. Y si deseamos el remedio de tantas cala­midades, sólo podemos alcanzarle por mano de esta poderosa Reina, obligándola con nuevos y singulares servicios y demostraciones. Y pues el admirable beneficio de la fe católica y los que he referido nos vinieron por medio de nuestro gran patrón y Apóstol Santiago, renuévese también su devoción e invocación, para que por su inter­cesión el Todopoderoso renueve sus maravillas.

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.

§361. Hija mía, advertida estás que no sin misterio en el discurso de esta Historia te he manifestado tantas veces los secretos del in­fierno contra los hombres, los consejos y traiciones que fabrica para perderlos, la furiosa indignación y desvelo con que lo procura, sin perder punto, lugar ni ocasión y sin dejar piedra que no mueva, ni camino, estado o persona a quien no ponga muchos lazos en que caiga y, más peligrosos y más engañosos por más ocultos, los de­rrama contra los que cuidadosos desean la vida eterna y la amistad de Dios. Y sobre estos generales avisos se te han manifestado mu­chas veces los conciliábulos y prevenciones que contra ti confieren y disponen. A todos los hijos de la Iglesia les importa salir de la ig­norancia en que viven de tan inevitables peligros de su eterna perdi­ción, sin conocer ni advertir que fue castigo del primer pecado per­der la luz de estos secretos y después, cuando podían merecerla, se hacen incapaces y más indignos por los pecados propios. Con esto, viven muchos de los mismos fieles tan olvidados y descuidados como si no hubiera demonios que los persiguieran y engañaran, y si tal vez lo advierten es muy superficialmente y de paso y luego se vuelven a su olvido, que pesa en muchos no menos que las penas eternas. Si en todos tiempos y lugares, en todas obras y ocasiones, les pone asechanzas el demonio, justo y debido era que ningún cristiano diera un solo paso sin pedir el favor divino, para conocer el peligro y no caer en él. Pero como es tan torpe el olvido que de esto tienen los hijos de Adán, apenas hacen obra que no sean lastimados y heridos de la serpiente infernal y del veneno que derrama por su boca, con que acumulan culpas a culpas, males a males, que irritan la justi­cia divina y desmerecen la misericordia.

§362. Entre estos peligros te amonesto, hija mía, que como has conocido contra ti mayor indignación y desvelo del infierno, le ten­gas tú con la divina gracia tan grande y continuo desvelo, como te conviene para vencer a este astuto enemigo. Atiende a lo que yo hice cuando conocí el intento de Lucifer para perseguirme a mí y a la Santa Igle­sia: multipliqué las peticiones, lágrimas, suspiros y oraciones; y porque los demonios se querían valer de Herodes y de los judíos de Jerusalén, aunque yo pudiera estar con menor temor en la ciudad y me inclinaba a esto, la desamparé para dar ejemplo de cautela y de obediencia: de lo uno alejándome del peligro y de lo otro gober­nándome por la voluntad y obediencia de San Juan Evangelista. Tú no eres fuerte y tienes mayor peligro por las criaturas y a más de esto eres mi discípula, tienes mis obras y vida por ejemplar para la tuya; y así quie­ro que en reconociendo el peligro te alejes de él, si fuere necesario, cortes por lo más sensible y siempre te arrimes a la obediencia de quien te gobierna como a norte seguro y columna fuerte para no caer. Advierte mucho si debajo de piedad aparente te esconde el ene­migo algún lazo; guárdate no padezcas tú por granjear a oíros. Ni te fíes de tu dictamen, aunque te parezca bueno y seguro; no dificultes obedecer en cosa alguna, pues yo por la obediencia salí a peregrinar con muchos trabajos y descomodidades.

§363. Renueva también los afectos y deseos de seguir mis pasos y de imitarme con perfección, para proseguir lo que resta de mi vida y escribirlo en tu corazón. Corre por el camino de la humildad y obe­diencia tras el olor de mi vida y virtudes, que si me obedecieres, como de ti quiero y tantas veces te repito y exhorto, yo te asistiré como a hija en tus necesidades y tribulaciones y mi Hijo santísimo cumplirá en ti su voluntad como lo desea, antes que acabes esta obra, y se ejecutarán las promesas que muchas veces nos has oído, y serás bendita de su poderosa diestra. Magnifica y engrandece al Altísimo por el favor que hizo a mi siervo Jacobo [Santiago Mayor] en Zaragoza [Caesaraugusta in Hispania] y por el Templo que allí me edificó antes de mi tránsito y todo lo que de esta maravilla te he manifestado, y porque aquel Templo fue el pri­mero de la Ley Evangélica y de sumo agrado para la Beatísima Tri­nidad.

(Fin del libro VII)