Instrumentum regni

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¿Les sorprende ver el retrato de Hitler como califa islámico? Supongo que no hace falta decir que se trata de un montaje, realizado con un gracioso enturbantizador web y algunos retoques. Lo que sí puede que les asombre es su pensamiento sobre la religión, la Iglesia y la filosofía de partido, tal como cuenta Albert Speer en el capítulo «Obersalzberg» de sus Memorias. Y es que según se desprende de los diálogos de Hitler, era contrario a la espiritualidad pagana de las SS de Himmler y a la imposición de una religión de partido en sustitución del cristianismo, aunque no por motivos religiosos, sino políticos. Uno de los motivos de su desaprobación era el «misticismo» de la nueva religión, algo que consideraba que ya estaba felizmente superado y que no debía reaparecer; no es de extrañar esta aversión, puesto que para Hitler la utilidad de la religión era puramente instrumental, un mero instrumentum regni, un elemento de gobierno necesario para dar cohesión a un pueblo: en esto coincide con Rousseau y otros filósofos.

Lo más curioso de su pensamiento es su actitud ante el Islam —de ahí la inspiración para el turbante de fantasía de la imagen—: habría preferido que la religión nacional alemana, por historia, hubiera sido la musulmana, y Speer deduce que es porque le habría ido como anillo al dedo como religión de Estado, dada las bases doctrinales de su política. Quizá ésta es una de las causas —aparte de su furibundo antisemitismo— del prestigio que goza Mein Kampf (cuya lectura recomiendo para que comprueben lo risible que es) actualmente entre los países islámicos; quizá también, por lo menos hasta que empezó la inmigración masiva en España, sea uno de los motivos por los que ha habido mucho «ultra» converso al Islam.

También se deduce de estas Memorias que, contrariamente a lo que se piensa habitualmente, la ideología nacional-socialista no era un sistema doctrinal cerrado, sino que se fue formando con iniciativas particulares de subalternos de Hitler. Por su interés, se transcribe a continuación el fragmento del capítulo relacionado con el pensamiento religioso de Hitler.

Hitler socavaba con frecuencia el mito de las SS de Himmler:

—¡Qué insensatez! Cuando por fin hemos conseguido dejar atrás toda clase de misticismo, resulta que ése comienza otra vez desde el principio. Para eso ya habríamos podido quedarnos en la Iglesia, que al menos tiene tradición. ¡Imagínese que algún día pudieran llegar a proclamarme «santo de las SS»! ¡Me revolvería en la tumba!

O decía:

—Este Himmler ha vuelto a pronunciar un discurso en el que califica a Carlomagno de «carnicero de sajones». La muerte de los sajones no fue un crimen histórico, como opina él. Carlomagno obró muy acertadamente al someter a Widukind y matar a los sajones, pues con ello hizo posible el reino de los francos y la penetración de la cultura occidental en Alemania.

Himmler encargó excavaciones prehistóricas a los especialistas.

—¿Por qué descubrir a todo el mundo que no tenemos pasado? Como si no bastara con que los romanos levantaran grandes obras mientras nuestros antepasados aún vivían en chozas de barro, ahora Himmler tiene que excavar sus aldeas y mostrarse entusiasmado con cada trozo de cerámica y por cada hacha que encuentra. Lo único que conseguiremos probar con eso es que todavía luchábamos con piedras y nos acurrucábamos al raso alrededor de hogueras cuando Grecia y Roma ya habían alcanzado su más alto grado de civilización. En realidad, tendríamos toda clase de razones para guardar silencio sobre nuestro pasado; sin embargo, Himmler lo pregona a los cuatro vientos. ¡Con cuánto desprecio deben de reírse los romanos de hoy de estos descubrimientos!

Mientras que en Berlín, entre sus colaboradores políticos, Hitler se pronunciaba muy duramente contra la Iglesia, empleaba un tono más suave en presencia de las mujeres, lo que demuestra una vez más su capacidad de adaptarse siempre al entorno.

—No hay duda de que la Iglesia es necesaria para el pueblo. Es un elemento fuerte y conservador —explicó en una ocasión en su círculo privado. Desde luego, al hablar así, se refería a un instrumento que estuviera de su parte—: Si al menos el «Reibi» —así llamaba al Reichsbischof, obispo primado del Reich, Ludwig Müller— diera la talla… ¿A quién se le ocurriría nombrar para este cargo a un sacerdote castrense? De buena gana le prestaría todo mi apoyo. ¡Cuántas cosas haría con él! Conmigo, la Iglesia protestante podría ser la Iglesia del Estado, como en Inglaterra.

Incluso después de 1942 Hitler seguía recalcando, en una de aquellas conversaciones de la hora del té, que consideraba que la Iglesia era absolutamente imprescindible en la vida del Estado. Observó que sería feliz si algún día tropezaba con un clérigo eminente que fuera el apropiado para dirigir una de las dos Iglesias alemanas, la católica o la protestante, o incluso ambas. Todavía lamentaba que el primado Müller no hubiera sido el hombre adecuado para llevar a cabo sus ambiciosos planes. A todo esto, condenaba con dureza la lucha contra la Iglesia, que consideraba un crimen contra el futuro del pueblo, pues en su opinión era imposible reemplazarla por una «ideología de partido». No tenía ninguna duda de que con el tiempo la Iglesia se adaptaría a los objetivos políticos del nacionalsocialismo; bien sabía Dios que la Historia apoyaba su afirmación. Una nueva religión de partido no sería más que un retroceso al misticismo de la Edad Media. Así lo demostraba el mito de las SS y el ilegible libro de Rosemberg El mito del siglo XX.

Si en uno de tales monólogos Hitler se hubiera expresado de forma negativa al referirse a la Iglesia, seguro que Bormann se habría sacado del bolsillo de la americana una de las tarjetitas blancas que siempre llevaba encima, pues anotaba todo lo que le parecía importante de lo que aquél decía; y apenas había nada que absorbiera con más afán que las observaciones despectivas sobre la Iglesia. En aquella época supuse que estaba reuniendo material para escribir una biografía de Hitler.

Cuando hacia 1937 Hitler se enteró de que gran número de sus seguidores, a instancias del Partido y de las SS, se había separado de la Iglesia porque ésta se oponía tercamente a sus directrices, ordenó, por motivos oportunistas, que sus principales colaboradores, sobre todo Göring y Goebbels, permanecieran en su seno. También él siguió siendo miembro de la Iglesia católica, aunque no tenía ningún vínculo espiritual con ella. Y así continuó hasta su suicidio.

Repetía con frecuencia un pensamiento que le había comunicado una delegación de nobles árabes, que reflejaba cómo concebía su Iglesia estatal: cuando en el siglo VIII los musulmanes trataron de avanzar hacia Europa central a través de Francia, fueron derrotados en la batalla de Poitiers. Si los árabes hubieran ganado aquella batalla, el mundo sería ahora musulmán, pues habrían impuesto a los pueblos germánicos una religión cuya doctrina, propagar la fe con la espada y someter a todos los pueblos a ella, habría estado hecha a su medida. A causa de su inferioridad racial, los conquistadores no habrían podido, a la larga, imponerse a los habitantes de los territorios del norte, más vigorosos y habituados a la áspera naturaleza del terreno, por lo que no habrían sido los árabes, sino los germanos musulmanes, los que habrían encabezado el Imperio islámico mundial.

Hitler acostumbraba concluir este relato con la siguiente consideración:

—Y es que, en definitiva, tenemos la desgracia de que nuestra religión no es la mejor. ¿Por qué no será como la de los japoneses, que consideran que lo más elevado es el sacrificio por la patria? Incluso la religión musulmana habría sido mucho más adecuada para nosotros que el cristianismo, débil y tolerante.

Desde luego, sabiendo qué clase de monstruo fue Hitler, su opinión del cristianismo no puede ser más elogiosa; en cambio, si fuera mahometano, me preocuparía.