La grande ilusion que ha causado el éxito de los sofistas de la impiedad en su conjuracion contra el altar

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(Capítulo decimonono del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Ilusion y engaño sobre esta palabra Filosofía. — Ilusion con que se pensó que era filosofía el delirio y el odio. — Deseos de los verdaderos filósofos. — Deseos de Voltaire. — Ilusion de la ignorancia. — Ilusion de la corrupcion tomada por la virtud. — Ilusion de la perversidad.

En esta primera parte de las Memorias sobre el Jacobinismo, debia yo demostrar la existencia, y poner en descubierto los autores, medios y progresos de una conjuracion (que han formado unos hombres que se llaman filósofos) contra la religion cristiana, sin distincion de católicos ó protestantes, y sin excepcion de aquellas sectas tan numerosas, que se hallan ya en Inglaterra, ya en Alemania, ya en otras partes del mundo y que aunque separadas de Roma, conservan la fe al Dios del cristianismo. Para rasgar el velo que cubria este misterio de la impiedad, debia principalmente sacar mis pruebas de los mismos archivos de los conjurados, es decir de sus íntimas confidencias, de sus cartas, de sus escritos y de sus declaraciones. Creo que he cumplido mi palabra, y mas de lo que el lector mas difícil de persuadir podia exigir para tener una verdadera demostracion histórica; pues creo que he elevado mis pruebas hasta la misma evidencia. Ahora se me ha de permitir el que yo me pare un poco en contemplar á los autores de esta conjuracion de la impiedad, y examine los títulos y derechos que tienen al dictado de filósofos, sobre el cual, como hemos visto, han fundado todas sus maquinaciones contra Jesucristo, sus ministros y sus templos. 327

Ilusion y engaño sobre esta palabra Filosofía.

No fue el menos peligroso de los artificios de que se valieron los conjurados, afectar un nombre ó dictado que los elevaba al grado de maestros de la sabiduria, y de doctores de la razon. El comun de los hombres se deja engañar de los títulos, y atiende muchas veces mas á los nombres que á las cosas. Si Voltaire, d’Alembert y sus cómplices hubiesen tomado el título de incrédulos ó de enemigos del cristianismo, habrian recibido su merecido; pero ellos se dieron el nombre de filósofos, y la lástima estuvo en que muchos creyeron ser asi. Con este nombre de que se decoraron, pasó á su secta la veneracion y respeto debidos á la verdadera filosofía, y aun en este tiempo, á pesar de todas las maldades y desastres de la revolucion que se siguió y que naturalmente debia seguir á aquella conjuracion; aun á este mismo siglo de su impiedad y de sus maquinaciones se le da hoy el nombre de siglo de la filosofía, y á cuantos piensan como ellos en materias religiosas, se les da el tratamiento de filósofos. Esta ilusion por sí sola les ha dado, y aun les da tal vez, mas iniciados que todos los artificios de la secta. Mucho interesa, y mas de lo que se piensa, que este prestigio, ilusion y fantasma se disipe. Mientras que se mirará la escuela de los conjurados anticristianos como si fuese la de la razon, habrá siempre una multitud de insensatos que se creerán sabios solo con pensar como Voltaire, Federico, d’Alembert, Diderot y Condorcet sobre la religion cristiana, y conspirarán como estos impios contra Jesucristo. Las revoluciones contra Jesucristo llevarán consigo los desastres y las atrocidades contra los tronos y la sociedad. Despues de haber 328 descubierto los juramentos, las maquinaciones y demas artificios de los conjurados, séanos permitido sin faltar á las obligaciones de historiador, quitarles la máscara de su pretendida sabiduría, desengañar á esta multitud de iniciados que aun en el dia pretenden elevarse sobre el vulgo, á causa de la admiracion que este tributa á la escuela de su pretendida filosofía.

Voltaire y sus secuaces pretendieron que eran sabios y que los otros los tuviesen por tales, solo por el desprecio con que miraron y el odio con que persiguieron á Jesucristo; pero es ya tiempo que sepa todo el mundo que á pesar de su altivez y orgullo no fueron mas que unos ignorantes. Es tiempo que sepa, que vea y confiese á que punto ha llegado la ilusion y el engaño de los que se han dejado seducir con las magníficas expresiones de razon, filosofía, y sabiduría. Dígnense por un momento los seguidores del filosofismo de prestar atencion á las demostraciones que con tanta claridad les hemos puesto delante los ojos, y que merecen se reflexionen. Sepan que ninguna exageracion hay cuando les decimos: «Vosotros, en la escuela de los conjurados contra Jesucristo, pensabais escuchar los oráculos de la razon, pero no habeis oido mas que lecciones de un odio delirante; la locura y extravagancia, cubiertas con el manto de la sabiduría, os han alucionado; os ha engañado la ignorancia, porque se apropiaba el nombre de la ciencia, y estais preocupados de todos los artificios de la maldad, porque sus agentes se presentaron á vuestros ojos afectando zelo por la filosofía» Para tener derecho de usar de este lenguage con los iniciados, no disputaré los talentos á su maestro, y solo diré, que si para ensalzarle me presentan su ingenio poético, responderé, que sobre 329 el Pindo (*) (*) Monte de Tesalia consagrado á Apolo y á las Musas. ó á la orilla del Permeso (**) (**) Rio de la Beocia consagrado á Febo y á las Musas. se le permite que use de la ficcion poética; pero que no dé por verdades, lo que solo son entusiasmos y quimeras de su imaginacion. Cuanto mas son del ingenio sus errores, tanto menos me admiro si se hunde y pierde, cuando se desvia. La estupidez es un extremo, el medio es la razon, y pasando al otro extremo, es delirio. El gigante, en los accesos de una fiebre ardiente, aumentará sus fuerzas mas que nunca; podrá romper cadenas, y arrojar peñascos; pero estos furores no por esto dejan de ser el espectáculo mas humillante de la razon. En las conspiraciones de Voltaire contra Jesucristo, no puedo alegar en su favor otra escusa, ni puedo prestarle otro homenage. Los iniciados, que aun en los accesos de frenesí de su maestro Voltaire, le contemplan filósofo, no harán poco si hallan en sí mismos motivos para admirarle, y harán mucho si nos alegan sus derechos á la escuela de la razon.

Ilusion con que se pensó que era filosofía el delirio y el odio.

En primer lugar, ¿que cosa es en Voltaire, que se llama filósofo, aquel odio tan extraño que ha concebido contra el Dios del cristianismo? Que un Neron haya podido hacer el juramento de acabar con los cristianos y su Dios, no causa dificultad; pues fácilmente se concibe que esta resolucion puede tener cabida en el corazon de un monstruo, solo porque es furioso. Que un Diocleciano haya podido jurar la misma guerra á Cristo, no causa dificultad atendiendo á la idea que tenia de sus dioses, y á los derechos que pensaba tener un tirano idólatra para vengar sus glorias y apaciguar 330 sus iras. Que un Juliano bastante loco para restablecer el culto de los ídolos, jure tambien aniquilar al Dios del cristianismo, es un delirio que se explica por otro delirio. Pero que un pretendido sabio, que no cree en los dioses del paganismo, ni en el Dios de los cristianos, que no sabe en que Dios ha de creer, escoja á Jesucristo, para hacerle objeto de su odio, de toda su rabia y de todas sus maquinaciones, no lo entiendo. El que pueda, explique este fenómeno de la filosofía moderna; en cuanto á mí, solo puedo decir que es resolucion de un impío delirante.

Deseos de los verdaderos filósofos.

No pretendo que todo hombre que no ha tenido la dicha de creer en la religion cristiana, haya perdido sus derechos á la escuela de la razon. Al mismo tiempo que le compadezco de no haber conocido bastante las pruebas demostrativas de la verdad de esta religion y la plenitud de la divinidad de su autor, permitiré que le señalen lugar despues de un Epicteto ó de un Séneca, como lo hubo para los sabios antes del cristianismo al lado de Sócrates ó de Platon. Pero yo veo en la escuela de esta filosofía de la razon, que sus verdaderos discípulos desean que venga aquel mismo á quien Voltaire quiere destruir. Veo al mayor de los discípulos de Sócrates suspirar para que venga aquel hombre justo que deberá disipar las tinieblas y dudas de los sabios. Les oigo exclamar: «Que venga pues el que nos podrá enseñar el modo como nos hemos de gobernar para con los dioses y para con los hombres. Que venga inmediatamente, que estoy dispuesto á hacer cuanto me ordene, y espero que me hará mejor.» (1) En estos deseos descubro y reconozco á un filósofo de la razon. 331 Aun le descubro y reconozco, cuando le oigo que contemplando á este justo por quien suspira, prevee, penetrado de afliccion su corazon, que si este justo llega á dejarse ver sobre la tierra, será denostado por los malvados, herido, apaleado y tratado como el último de los hombres (2). Pero este justo por quien suspiraba tan ardientemente la filosofía de los paganos, se ha dejado ver sobre la tierra; Voltaire, d’Alembert y sus cómplices le han denostado, han conspirado y conspiran contra él, le detestan y han jurado destruirle. Y en vista de esto; ¿puedo yo reconocer que Voltaire, d’Alembert y sus cómplices son los hombres de la razon y de la filosofía?

Deseos de Voltaire.

Que se presenten los iniciados de estos pretendidos filósofos, y que respondan por su maestro; nos limitarémos á decirles como á Voltaire: Si el hijo de María no es para vosotros el hijo del Eterno, reconocedle á lo menos por el justo de Platon, y combinad despues, si podeis, vuestras conspiraciones con la voz de la razon. Si Voltaire no quiere ver el sol, que se eclipsa en el plenilunio, los muertos que resucitan, el velo del templo que se rasga, que venga y mire al mas santo y justo de los hombres, el prodigio de la dulzura, de la bondad y de la beneficiencia, el apóstol de todas las virtudes, el milagro de la inocencia oprimida que pide perdon por sus verdugos; y si aun conserva algun rastro de filosofía, que diga ¿de donde se originan estas maquinaciones contra el Hijo del hombre? Qué, ¿y Voltaire es filósofo? séalo: pero ni si quiera lo es como Júdas; pues no dirá, como este traidor, que la sangre de este 332 hombre es la sangre del justo. Él solamente es filósofo como la sinagoga de los judíos y como su vil populacho, pues grita con aquella y con este, que sea crucificado, que aplasten el infame. Si, Voltaire es filósofo como toda esa nacion proscrita y dispersada, pues al cabo de cerca diez y ocho siglos, se encarniza como ella contra el Santo de los Santos; persigue su memoria; une sus silbidos á los silbidos de los judíos, sus sátiras, dicterios, ultrages, conjuraciones y rabias á las sátiras, dicterios, ultrajes, conjuraciones y rabias de la nacion proscrita. No se diga que este odio de Voltaire solo recae sobre la religion de Jesucristo, y no sobre el mismo Jesucristo; porque todas las sátiras y blasfemias de Voltaire se dirigen á la persona de Jesucristo; su memoria es la que él persigue, y quiere hacer infame; quiere hacer de el un objeto de desprecio, de burla y de escarnio. Cuando comete la desvergüenza de llamarse y de firmar sus cartas con esta sacrílega expresion: Chist-moque (burlon de Cristo), como firmaba, écrasez l’infame (aplastad el infame) (3) ¿de quien se burla y á quien desprecia este frenético, sino á Jesucristo, el Dios á lo menos de toda virtud, de toda sabiduría y de toda bondad, cuando los sofistas no le quisiesen reconocer como Dios de infinito poder?

Á mas de esto, ¿y con que título la razon y la filosofía han de hacer de la religion de Jesucristo, mas que de su persona, el objeto de su conspiracion? ¿Ha ocurrido á algun filósofo, despues de Cristo, la idea de alguna virtud, que esta religion no mande, ó de la cual no suministre ejemplares? ¿Hay algun vicio, hay algun delito que esta religion no condene? ¿Por ventura ha visto el mundo algun sabio que nos haya dado 333 preceptos mas santos con motivos mas eficaces? Ántes ó despues de Cristo, ¿ha gobernado en alguna parte del mundo leyes mas propias para hacer felices las familias y los imperios? ¿Acaso las hay en donde los hombres aprendan mejor á amarse? ¿Hay alguna que les obligue con mas rigor á auxiliarse mutuamente con la beneficencia? Que se presente este filósofo que pretenda poder añadir á la perfeccion de esta religion; le escucharémos, y juzgarémos su doctrina; pero si el filósofo solo quiere destruirla, ya está juzgado como Voltaire y sus iniciados; no será otra cosa para nosotros que un filósofo delirante, ó un enemigo del género humano.

No excusa este delirio el que piensa que Voltaire y sus iniciados, conspirando contra esta religion, solo las habian contra sus altares y misterios, y no contra su moral. En primer lugar, no es verdad que se limitan á ir contra sus templos y blasfemar su memoria; ya hemos visto, y lo volveremos á ver, que tanto conspiraron contra la virtud y moral del Evangelio, como contra los altares y misterios. Pero aun suponiendo que Voltaire solo aborreciese nuestros misterios, ¿qué cosa son, ó que hay en estos misterios que merezca de parte de un filósofo que discurre, el odio y las maquinaciones contra la religion que los cree? Entre todos estos misterios ¿se halla acaso alguno, que fomente ó proteja los delitos ó defectos del hombre? ¿Que le haga menos bueno para sus semejantes, menos cuidadoso de sí mismo, menos fiel á la amistad, al reconocimiento, á la patria y á sus deberes? ¿Hay alguno de estos misterios de que no se valga la religion como de un poderoso motivo ya de admiracion y agradecimiento á su Dios, ya de interes de la propia felicidad de cada uno, y ya del afecto á sus hermanos? Este hijo de Dios que expira 334 entre los mas exquisitos tormentos, para abrir las puertas del cielo al hombre, á fin de enseñarle lo que ha de temer, si sus delitos se las vuelven á cerrar; aquel pan de ángeles, que solo se ofrece al hombre purificado de todas sus manchas; aquellas palabras de bendicion, que solo se pronuncian sobre el pecador arrepentido, y pronto á morir antes que cometer un nuevo pecado; aquel aparato y magestad con que se nos representa á un Dios que ha de venir á juzgar á los hombres, y que destina para su gloria á los que han amado, vestido, sustentado y socorrido á sus hermanos, y que condena á las llamas inextinguibles al ambicioso, al traidor, al tirano, al rico avariento, al mal siervo, al esposo infiel y á todos los que no han amado y socorrido á sus semejantes; ¿todos estos misterios merecen el odio de un filósofo? ¿y justifican á los ojos de la razon las maquinaciones contra la religion de Jesucristo?

Á mas de que, si Voltaire y sus iniciados rehusan creer estos misterios, ¿qué les importa si los otros hombres los quieren creer? ¿Que acaso les soy mas temible, porque creo que el Dios que me prohibe hacer daño á mi prójimo, es el mismo Dios que me juzgará, y á mi prójimo? ¿El Dios que yo adoro, deja de ser menos terrible para el malo, y menos propicio para el justo, porque yo creo, sobre su palabra, la unidad de su esncia y trinidad de personas? He aqui que el pretexto de Voltaire y sus iniciados para conspirar contra la religion cristiana á causa de sus misterios, es un verdadero delirio del mismo odio. Estos pretensos filósofos detestan y aborrecen lo que, aunque fuese falso, no podrian ser para el incrédulo objeto digno de un odio racional. Pero lo sumo del delirio de estos filósofos está, en que de una parte exaltan sin cesar la filosofía 335 tolerante de los antiguos, quienes sin creer los misterios del paganismo, se guardaban muy bien de quitar al pueblo su religion, y de otra parte no cesan de conspirar contra el cristianismo, so pretexto de que esta religion tiene sus misterios (***). (***) Véanse en el Tomo 1. De vera Religione del Abate Bergier, cap. 7. art. 1. § 6. y 7, los símbolos, ó profesiones de fe de los materialistas y deistas. Procuren estos filósofos que su filosofía sea mas coherente, si quieren que sea para nosotros la escuela de la razon.

La revelacion es para estos filósofos otro pretexto, y al mismo tiempo es para nosotros otra prueba del delirio y extravagancia que preside á sus maquinaciones. La religion cristiana, dicen, hace hablar al mismo Dios, y cuando el hombre ha oido la revelacion, ya no le queda libertad para sus opiniones religiosas; el filósofo que debe predicar á los hombres la libertad y la igualdad, está por consiguiente autorizado por toda razon á armarse contra esta religion de Cristo y sus misterios. He aqui su grande argumento; y he aquí nuestra respuesta: Que se abran todas las puertas de la casa de los locos á d’Alembert, á Diderot y á Voltaire, cada vez que en nombre de esta libertad é igualdad convocan á sus iniciados para destruir á Jesucristo y su religion. Grande es preciso que sea la dósis de heléboro para unos hombres que siempre hablan de libertad y tolerancia religiosa, jurando al mismo tiempo de aplastar la religion, arruinar los templos y volcar los altares del Dios de los Católicos, de los Luteranos, de los Calvinistas; de los Romanos, Españoles, Alemanes, Ingleses, Rusos, Suecos y de toda la Europa. ¿Y habrá quien crea que conservan algun vestigio de razon, cuando á un mismo tiempo exaltan y recomiendan la libertad de los cultos, y se ocupan en maquinar contra el culto mas universal 336 de las naciones? Hemos visto que Voltaire convocaba Belerofontes y Hércules para aplastar el Dios de los cristianos; hemos visto á d’Alembert expresar formalmente sus deseos de ver á toda una nacion aniquilada, solo porque persiste en la adhesion á este Dios y su culto; hemos visto en el largo espacio de medio siglo á estos hombres y sus iniciados valerse de todas las asechanzas y artificios para separar el universo de su religion; ¿y cuando pronuncian libertad, igualdad, tolerancia, creerémos que oimos á filósofos que hablan? Que se mude el significado que hasta el presente han tenido aquellas expresiones. De aqui en adelante filosofía no significa sino locura, extravagancia, absurdo; el significado de esta palabra razon, sea demencia y delirio; al oir libertad de cultos, entiéndase, Reniega, sino te mato; cuando dirán igualdad, sea entendido que el filósofo siempre ha de subir, y el cristiano siempre ha de bajar. Cuando aquellas palabras tengan estos significados, tendré á Voltaire, á d’Alembert y á sus iniciados por filósofos.

Quisiera no verme en la precision de hablar aqui de Federico, rey de Prusia; pero si fue rey, fue rey sofista, y como á tal le toca tener aqui lugar, para que se vea que esta imaginaria filosofía de los impíos sabe abatir los reyes hasta igualarles con el último de sus iniciados. Federico escribió mucho; ¿pero y á que fin escribia? No lo sé. ¿Escribia para engañar al pueblo, ó para engañarse á sí mismo? Que lo resuelva quien pueda, aunque yo creo, que queria lo uno y lo otro; y lo consiguió. Federico, como sus cómplices, escribió algunas veces á favor de la tolerancia, y por esto hubo quien creyó que era tolerante. Tengo á la vista un periódico inglés, Monthly Review (revista de mes), de Octubre de 1794. pág. 154. y veo que propone á Federico como 337 un modelo de tolerancia, citando este rasgo de sus escritos: «Nunca causaré molestia á causa de las opiniones en materia de religion; temo mucho las guerras religiosas; he sido bastante feliz, pues ninguna de las sectas que hay en mis estados, ha alterado en alguna ocasion el órden civil. Es preciso dejar al pueblo los objetos de su fe, formas de su culto, y hasta sus preocupaciones; por este motivo he tolerado los sacerdotes y monges, á despecho de Voltaire y d’Alembert, que se me han quejado muchas veces. Respeto mucho á nuestros filósofos modernos; pero, á decir verdad, reconozco que una tolerancia general no es la virtud dominante de estos señores.» Sobre esto los periodistas ingleses hacen excelentes reflexiones, oponiendo esta doctrina y sabiduria de Federico á la atroz intolerancia y ferocidad de los sofistas de la revolucion francesa. Pero yo, que me he visto en la precision de alegar tantas exhortaciones de Federico para aplastar el infame y destruir la religion cristiana; yo, que me he visto obligado á poner á la vista de los lectores el proyecto trazado y recomendado por Federico como el medio único para aniquilar la religion, los sacerdotes, los frailes y los obispos; este proyecto, que empieza principalmente con la destruccion de los religiosos y monges, para destruir en seguida, y con menos estorbo, el resto de la religion (****); (****) Véase el cap. 6 . yo, que he visto á Federico resolver que nunca tendria fin la revolucion anticristiana que tanto deseaba, sino por una fuerza mayor, que se necesitaba de una sentencia del gobierno para acabar con ella; y yo en fin, que he visto al mismo Federico, que se lamentaba de que no seria espectador de este momento tan deseado (4); yo, que he visto todas estas pruebas 338 de su intolerancia celebradas por Voltaire como proyectos de un gran capitan, ¿que puedo pensar sobre la pretendida sabiduría y tolerancia del rey sofista? Lo mismo que los periodistas ingleses dicen de los sofistas carmañolas, digo del rey sofista: «Cuando vemos hombres de esta especie, que nos presentas sus acciones ó su práctica para que aprendamos la perfeccion de su teoría, no sabemos cual de los dos sentimientos, si el asco ó la indignacion ha de prevalecer.» Pero no; respetemos al rey, aunque sea sofista y recaiga nuestra justa indignacion y desprecio sobre aquella filosofía insensata, que iguala los iniciados coronados y sentados sobre sus tronos hasta con los iniciados y maestros en la oscuridad de sus clubs, ó en sus sanedrines y academias secretas, sin que se halle en alguna de estas partes el menor vestigio de un hombre que discurre.

Si hay aun algo que añadir á la locura de estos maestros, es el imbécil orgullo de los iniciados en ocasion que creian haber conseguido el objeto de sus maquinaciones. Condorcet al ver destruidos en Francia los altares de Jesucristo, celebrando el triunfo de Voltaire, exclamó: «Al fin, aqui ya es permitido proclamar altamente el derecho, tanto tiempo ha desconocido, de sugetar todas las opiniones á nuestra propia razon, es decir, de emplear para seguir la verdad, el solo instrumento que nos ha sido dado para reconocerla. Todos los hombres aprenden con un cierto orgullo que la naturaleza no los tenia en manera alguna destinados para creer sobre la palabra de otro. La supersticion de la antigüedad y el abatimiento de la razon en el delirio de una fe sobrenatural, han desaparecido de la sociedad, como de la filosofía (5).» 339 Cuando Condorcet escribia estas palabras, creia sin duda que la razon habia triunfado de la revelacion y de toda la religion cristiana. Los iniciados creyeron, y celebraron tambien este triunfo, como si lo hubiese logrado la verdadera filosofía; pero esta no gemia menos que la religion en aquellas victorias. ¿Y es verdad que los sofistas fueron tan constantes en su conspiracion contra la religion de Jesucristo, para restituir al hombre sus derechos de someter todas sus opiniones á la razon? ¿Y que entiende este sofista por someter todas sus opiniones á la razon? Si pretende decir con esto, que nada se ha de creer, sin que la razon satisfecha se incline á creerlo, podria muy bien haber omitido sus maquinaciones; pues la religion de Jesucristo no manda que el hombre crea, lo que su razon ilustrada le enseña que no ha de creer. Por esta razon se presenta el cristianismo con todo el aparato de sus pruebas y demostraciones; por esta misma razon Jesucristo y sus Apóstoles obraron tantos prodigios, á fin de que viese y juzgase lo que debia creer. Por este motivo la misma razon distingue entre lo que se le ha probado y lo que no se le ha probado. La religion en sus anales conserva aquellos monumentos, y sus doctores convidan á todos para que los estudien y reflexionen. Para que la fe sea racional, y no ignorante ó perezosa, exponen con sus discursos las grandes pruebas de esta religion. En una palabra: el precepto de los Apóstoles es, que la fé y el obsequio sean racionales (*****), (*****) Ad Romanos cap. 12. esto es, que la fe esté apoyada sobre las averiguaciones que exige la razon para quedar convencida, Rationabile obsequium vestrum. ¿Y cree el sofista, que sean necesarias sus maquinaciones para que la razon conserve 340 todos sus derechos, cuando da ascenso á la religion? Que estudie la religion, y esta le enseñará que su Dios es el Dios de la razon; la religion empieza por confirmar todas las verdades y todos los derechos de la razon; y si á su conocimiento natural añade verdades que son de otro órden, sabe que al sabio no le convencen los sofismas é ilusiones, y que le convencen y deben convencer las pruebas multiplicadas del poder, santidad, sabiduría y sublimidad del Dios que le habla, y de la autenticidad de su palabra.

Y si el sofista, por aquel derecho de someter todas las opiniones á su razon, entiende que nada se ha de creer, sino lo que concibe la razon, y deja de ser misterioso para ella, el objeto de su conspiracion está aun mas inmediato al delirio. Con este nuevo derecho el hombre no podrá creer que hay un sol que le ilumina y una noche que le rodea de tinieblas, hasta que su razon comprenda la naturaleza de la luz, y que su accion sobre el cuerpo y el espíritu del hombre deje de ser un misterio. No podrá creer que el arbol vegeta, que la flor se abre y adquiere su colorido; no podrá creer que hay movimiento, entes que se reproducen y se perpetuan de generacion en generacion; nada podrá creer de la naturaleza, ni siquiera su propia existencia; porque toda la naturaleza, la existencia del hombre, su alma, su cuerpo, su mutua union y relaciones son un abismo de misterios. Se sigue pues, que para tener el placer y la gloria de ser incrédulo, es necesario empezar por se loco y delirante.¡Y de cuando acá la medida de nuestra inteligencia lo es de las cosas, de sus naturalezas, de su posibilidad y de su realidad! La razon del sabio verdadero habla de otra manera. Ella me dice, que estando probada la existencia de los objetos, por misteriosos que sean, los debo creer, bajo 341 pena de ser absurdo; porque entonces creeria que existen, porque su existencia está demostrada, y no creeria que existen, porque no puedo concebir su naturaleza.

Pero Condorcet celebra aun otro triunfo no menos extraño; celebra el derecho de emplear, para escoger la verdad, el solo instrumento que nos ha dado la naturaleza. Y si la naturaleza me ha dejado entre tinieblas, ó en la incertidumbre sobre los objetos que mas me interesan sobre mi futura suerte, sobre lo que debo hacer para evitar un destino que temo, y para alcanzar una felicidad que deseo ¿que he de hacer? El que tenga la bondad de disipar las tinieblas de mi ignorancia ó incertidumbre, ¿violará mis derechos? ¿Pues y porque no dice el imbécil sofista que el ciego tiene derecho á atenerse al solo instrumento que le ha dado la naturaleza, y que nunca debe guiarse por el que tiene ojos? ¿Porque no dice, que el ciego ha aprendido con un cierto orgullo, que la naturaleza no le ha destinado á creer bajo la palabra de otro que hay luz? ¿Y es filosófico este orgullo del sofista? Cree abatida su razon por la fe sobrenatural, y cree que el cristianismo deprime la razon elevándola sobre todo lo de este mundo; cree que el Dios de los cristianos envilece y abate al hombre hablando de sus maravillas en prueba de su palabra: ¡y esta pretension ha sido el grande motivo que ha tenido para conspirar contra el cristianismo! ¡Se atreve aun á invocar la razon! ¡Y hay quien le haya creido filósofo! ¡Y aun hay quien se deje seducir con este engaño! Pero volvamos á sus maestros Voltaire, d’Alembert y Diderot. Es preciso descubrir en sus iniciados á unos miserables seducidos por la ignorancia mas crasa, decorada con el título de filosofía; para esto no necesito sino de atenerme á 342 las declaraciones mas formales y correspondencias mas íntimas de estos pretensos filósofos.

Ilusion de la ignorancia.

¿Hay un Dios, ó no le hay? ¿Tengo una alma capaz de salvacion, ó no la tengo? Esta vida ¿la debo consagrar toda á los intereses presentes, ó si debo pensar en una suerte futura? Y este Dios, esta alma, este destino ¿son lo que oigo decir, ó es preciso que yo crea otra cosa? Hé aqui unas cuestiones que ciertamente son las elementales de la ciencia verdadera y de la filosofía mas interesante al género humano, tanto por lo que son en sí mismas, como por sus consecuencias. ¿Y que responden á todas estas cuestiones tan interesantes los pretendidos sabios, al mismo tiempo que agitan su conspiracion contra Jesucristo? Estos hombres que se dan por maestros de la sabiduría, de la razon y de la ilustracion, ¿como se responden mutuamente? Hemos leido sus cartas, y hemos puesto á la vista de los lectores sus mismas expresiones ¿y que han visto? Á unos hombres, que pretenden gobernar y enseñar á todo el mundo, y que se hacen mutuamente la declaracion formal y reiterada de que no han podido conseguir el formar una sola opinion fija sobre alguno de estos objetos. Si los príncipes y ciudadanos consultan sobre estas cuestiones á Voltaire, este acude á d’Alembert para saber de él si debe creer que tiene una alma, y si hay un Dios. Ambos concluyen la consulta con decir, Non liquet, no consta, no lo sé. ¿Pues y que filosofía es la de estos maestros tan peregrinos que no saben resolver las cuestiones elementales de la filosofía? ¿Con que derechos se levantan á maestros del universo, á oráculos de la razon, si su razon no ha llegado á las puertas de la ciencia que enseña las costumbres, los principios, las bases de la sociedad, los deberes 343 del hombre, del padre de familia, del ciudadano, del príncipe, del vasallo y la conducta y felicidad de todos? ¿Cual es pues en ciencia sobre el hombre, si ni aun saben lo que es el hombre? ¿Y que instrucciones pueden ellos dar á los hombres sobre sus deberes y mayores intereses, si no saben el destino de los hombres? ¿Y que filosofía es esta que enseña que no se puede saber, lo que mas importa saber, cuando los que no siguen su filosofía lo saben?

D’Alembert, para ocultar lo vergonzoso de su ignorancia absoluta sobre estos objetos que deben ocupar las primeras atenciones del sabio verdadero, responde: Poco importa que el hombre no pueda resolver estas cuestiones sobre su Dios, su alma y su propio destino (6). Voltaire dice que nada se sabe de estos primeros principios; conviene en que esta perplexidad no es muy placentera, pero se atrinchera en esta incertidumbre, añadiendo, que la seguridad es un estado ridículo ó de charlatan. (7). He aquí á lo que se reduce toda la ciencia de estos pretendidos maestros de la razon y de la filosofía: el uno confiesa su ignorancia y pretende escusarla con un absurdo; el otro pretende que nada sabe, y trata de charlatan al que pretende saberlo. ¡Es pues absurdo y ridículo que yo no me contente con una incertidumbre que da tanto tormento! Porque el filósofo d’Alembert no sabe si hay ó no hay un Dios, si tiene ó no tiene una alma, ¡será preciso creer que poco le importa á un hombre saber si todos sus intereses se limitan á algunos dias de esta vida mortal, ó si ha de atender á una suerte en lo por venir, que ha de durar tanto como la eternidad misma! Porque Voltaire atormentado de 344 su ignorancia no sabe que partido tomar, ¡será preciso que yo desprecie y evite al que me puede comunicar sus luces y libertarme del tormento de esta inquietud habitual! ¡Será preciso que yo aplaste á Jesucristo y al Apóstol que vendrán á disipar estas inquietudes y libertarme de dudas sobre mis mayores intereses! Aqui ya no es solo la ignorancia de estos pretendidos maestros, es toda la soberbia y locura de la mayor ignorancia que pretende detenerme en las tinieblas, porque aborrece la luz.

Ilusion de la corrupcion tomada por la virtud.

Hay muchos que no lo quieren ver; pero no por eso deja de ser muy cierto. Aborrecer, detestar, envidiar, destruir, aplastar, hé aquí toda la ciencia de estos pretendidos sabios. Aborrecer el Evangelio, calumniad á su autor, volcad sus altares, y ya sabréis lo bastante para ser filósofo. Sed deista, ateo, escéptico, espinosista, sed todo lo quisiereis; negad ó afirmad, tened un sistema de doctrina ó culto que oponer á la doctrina y religion de Jesucristo, ó bien nada tengais que oponerle, poco importa, pues la secta no lo exige, y Voltaire no necesitaba de esto para gloriarse con el nombre de filósofo. Cuando se le preguntó que era lo que substituia á la religion de Jesucristo, dijo que los sacerdotes de esta religion eran otros tantos médicos; y despues de esta asercion le pareció que tenia derecho para preguntar: ¿Que es lo que quieren de mí? Les he quitado los médicos, ¿que otro servicio me piden (8)? En vano le responderíamos: Les habeis quitado los médicos; pero los dejais con todas sus pasiones: les habeis comunicado la peste, ¿que remedio dais para curarla? 345 En vano les hacemos objeciones, pues ni Voltaire ni su panegirista Condorcet se tomarán el trabajo de respondernos. Obrad pues como ellos, dad á todas las verdades religiosas los odiosos nombres de errores, mentiras, preocupaciones populares, supersticion, fanatismo (******) (******) De este idioma usan en el dia los sabios reformadores de que tanto abunda nuestra España. y despues jactaos de haber destruido; no os tomeis el trabajo de sustituir á aquella imaginaria ignorancia alguna ciencia, á aquellas mentiras alguna verdad; contentaos con haber destruido, y ya mereceréis el honroso título de filósofo.

Vendiendo estos honores á un precio tan bajo, ya no me admiro si encuentro tantos filósofos de esta ralea en todos los estados, edades y sexos; pero tambien al mismo precio se venden la estupidez y orgullo insensato que caracterizan á aquella filosofía. Cesen Voltaire y sus iniciados de vanagloriarse; pues la ciencia, que solo consiste en detestar y destruir, en burlarse y reirse, y en blasfemar de los objetos religiosos, se adquiere con mucha facilidad. No sé porque Voltaire al principio de su predicacion se limitó á enseñar y dar preceptos á los reyes, nobles y ricos, excluyendo á los ruines y á la canalla. Un lacayo puede ser tan filósofo como su amo, solo con que sepa sonreirse al oir alguna blasfemia. Fácilmente aprenderá á burlarse de su cura, de los obispos, de los altares y del Evangelio. Aquel bandido de Marsella, que destrozaba los altares y asesinaba los sacerdotes, luego blasonó como Condorcet de que habia sacudido las preocupaciones del vulgo, y como Voltaire, dió á la revolucion los nombres de triunfo de la razon, de las luces y de la filosofía. Arengad al mas vil populacho, y decidle que sus sacerdotes le engañan; que el infierno no es mas que una 546 invencion suya; que ya es tiempo de sacudir el yugo de la supersticion y del fanatismo; de recobrar la libertad de la razon; y en tres ó cuatro minutos de tiempo estos zafios paisanos serán tan filósofos como vuestros iniciados coronados. El lenguage no será el mismo, pero lo será su ciencia; aborrecerán lo que aborreceis; destrozarán lo que destrozais, y cuanto mas ignorantes y bárbaros, mas fácilmente adoptarán todo vuestro odio y toda vuestra ciencia. Si deseais tener iniciados del otro sexo, fácilmente aumentaréis con las hembras el número de vuestros sabios. La hija de Necker, sin añadir cosa alguna á su ciencia, solo viendo á d’Alembert, y aprendiendo de este un dicharacho sacrílego contra el Evangelio, hétela ahí tan filósofa como el que se la ha enseñado. Sor Guillermina, (Guillermina de Bareith) con solo sacudir las preocupaciones religiosas, se transforma en una iniciada de un mérito sobresaliente. No sabíamos como nuestros sabios modernos tenian tantas iniciadas y tantos jóvenes tunantes filósofos, ya ántes que pudiesen haber leido algun lubro de filosofía; pero hemos llegado á saber que se hicieron sabios y sabias, leyendo dos ó tres folletos impíos. Hé aquí que con esto fácilmente se explican las copiosas luces filosóficas del siglo ilustrado.

¿Con que tambien serán filósofos todos los jóvenes y viejos, machos ó hembras, que despreciando la religion, y afectando burlarse de sus dogmas y preceptos, aunque nunca los hayan sabido, siguen las inclinaciones del apetito? En efecto: todo marido ó muger que se burla de la fidelidad conyugal; todo hijo rebelde, que pierde el respeto y sumision á sus padres; todo cortesano sin costumbres… en una palabra todos y todas, que descaradamente rompen el freno de las pasiones, tambien son filósofos. Todos deben gloriarse de este título, 347 pues Voltaire es tan cortés, que á ninguno de estos despide de su escuela, aunque pide una condicion; esto es, que todos estos vicios y crímenes vayan acompañados de la gloria de haber sacudido el yugo de la religion, de saberse burlar de los misterios, insultar á los sacerdotes y despreciar al Dios del Evangelio; porque si aquellos vicios y desórdenes solo provienen del ardor juvenil, de falta de reflexion ó de flaqueza humana, no bastan para hacer á uno filósofo. En verdad, aquí ya no se trata de los engaños de la ignorancia que aparentan los conocimientos de la ciencia; de las tinieblas que pretenden ocupar el lugar de la luz ni del delirio del odio que pretende remedar la sabiduría de la razon; se trata de la escuela de la corrupcion, que pretende serlo de la misma virtud. Si se pretende escusar la locura, manía, fiebre y accesos de aquel odio extravagante de Voltaire, cuando trama sus conjuraciones contra Cristo, podré en algun modo disimularlo; porque cuando contemplo á Voltaire, que escribiendo á d’Alembert, de aquí á veinte años Dios tendrá mucho en que entender, ó Dios tendrá mal pleito, insulta á los mismos cielos; ó que escribiendo á Damilaville, aplastad, destruid, aniquilad al infame, vomita espumarajos de rabia, me le represento como un frenético digno mas de lástima que de indignacion. Si: que escusen cuanto les dé la gana á Voltaire, y que escusen á sus iniciados, á aquella multitud de nobles, de ciudadanos y de ministros, que, no teniendo idea de filosofía, se creian filósofos, solo porque una tropa de conjurados impíos les decia que lo eran. Me prescindo por ahora de esto; y así no insistiré en el título de filósofo, sabiendo que este bastó á Federico y Voltaire para que sus secuaces los tuviesen por maestros de una facultad, que consiste en ignorar y despreciar. No diré á los iniciados que 348 si Federico ha podido ser maestro en el campo de Marte y formar grandes guerreros; que si Voltaire ha podido juzgar á Corneille, y dar instrucciones á los poetas, no por esto deben ser oráculos en materia de religion; pues esta ciencia, no menos que las otras, pide su estudio. Ni diré que es muy absurdo en materia de religion, como en cualquiera otra facultad, elegir por maestros y guias á unos hombres que blasfeman de lo que ignoran y que nunca han querido saber: hombres que muchas veces se han hecho semejantes á aquellos niños que farfullan pequeños sofismas, creyendo que son dificultades insolubles, y que despedazan un relox, porque no pueden descubrir su resorte. Sí; quiero dejar á parte todas estas reflexiones que puede hacer cualquiera, y que debian haber bastado á los iniciados para que mirasen la escuela de sus sabios, sino como absurda y ridícula, á lo menos como sospechosa en los combates de Federico contra la Sorbona, de Voltaire contra Santo Tomas, de d’Alembert contra San Agustin, y de Sor Guillermina contra San Pablo.

Quiero creer que cuando estos grandes maestros del filosofismo hablaban de teología, religion ó dogma, sus iniciados los tuvieron por doctores verdaderos: pero cuando estos mismos hombres, hablando de virtudes y moral en su escuela, pretendian dar reglas de conducta apoyadas sobre la ley natural, ¿como han podido creer que escuchaban lecciones de filosofía? Aquí la ilusion pierde hasta las apariencias de pretexto. No tenian mas que hacer sino dar una mirada á su escuela, y preguntar si entre los iniciados habia alguno que hubiese apostatado de la religion, con el fin de ser bajo la enseñanza y conducta de Voltaire ó de d’Alembert, mejor hijo, mejor padre, mejor esposo, mas hombre de bien ó mas virtuoso. Bastaba reflexionar que esta pretendida 349 escuela de filosofía de la virtud fue habitualmente el refugio, el último asilo, y la mas poderosa escusa para todo hombre, que era conocido por el desprecio descarado que hacia de todo lo que se llama obligacion y virtud. Cuando reconveníamos á estos iniciados y discípulos de aquellos maestros echándoles en cara la perversidad de sus costumbres, la gran respuesta era decir sonriéndose; estas reconvenciones tienen lugar y solo son buenas para hacerlas á los que no han sacudido las preocupaciones de vuestro Evangelio; somos filósofos, y sabemos á lo que nos debemos atener. Los hechos son tan públicos, que no es posible ocultarlos. La esposa que se burlaba de la fidelidad conyugal, el jóven que ya no conocia freno á sus pasiones, el que se valia igualmente de los medios lícitos é ilícitos para lograr sus fines, hasta los libertinos mas escandalosos y mugeres mas infames, decian Somos filósofos; esta era su excusa; y ni uno ha habido que se haya atrevido á justificar la menor falta, diciendo Soy cristiano, creo en el Evangelio.

Los maestros no tienen que corregir aquí algun error ó ignorancia de sus discípulos. Sabia muy bien el iniciado que el nombre de virtud sonaba aun en su escuela; pero tambien sabia el significado que le daban sus maestros. Cuanto mas adelantaban en su ciencia, tanto mas se apropiaban sus principios, y con estos despreciaban las reconvenciones del hombre virtuoso y los remordimientos de su propia conciencia. Sabian que sus maestros no juzgaban aun fuese á propósito la desvergüenza de blasfemar sin reserva de la moral del Evangelio: pero habian visto que sus maestros habian borrado de su código todo lo que el Evangelio llama virtud, y todas las que la 350 religion hace bajar de los cielos. Habian oido leer en su escuela la lista de aquellas virtudes que ella llama estériles, imaginarias, virtudes de preocupacion, y en la que habian suprimido la honestidad, la continencia, la fidelidad conyugal, el amor filial, la ternura paternal, el agradecimiento, el desprecio de las injurias, el desinterés y hasta la probidad (9). En el lugar de estas virtudes habia visto el discípulo, que habian puesto la ambicion, el orgullo, el amor de la gloria, de los placeres, y todas las pasiones. Sabia que la virtud, segun la moral de sus maestros, no es otra cosa que lo que es nocivo en este mundo; y que la virtud no es mas que un sueño, si el hombre virtuoso es despreciado (10). No cesaban de repetirle, que el interes personal es el único principio de todas las virtudes filosóficas. Sabia que sus maestros hablaban mucho de beneficencia; pero sabia tambien que esta beneficencia no conservaba entre ellos el nombre de virtud, sino para eximirse de la obligacion de practicar las otras virtudes: Amigo, háganos bien y con esto le eximimos de todo lo demás. Esta era instruccion expresa de Voltaire (11); pero no era la única. Era preciso conducir los iniciados á un tal estado, que no supiesen si era posible que hubiese virtud, ni si habia algun bien moral que se diferenciase del mal, y esta fue una de aquellas cuestiones que propusieron á Voltaire, á la que respondió, non liquet, no lo sé (12). Aun fue necesario hacer algo mas, y decidir que todo 351 lo que se llama perfeccion, imperfeccion, justicia, maldad, bondad, falsedad, sabiduría, locura, no se diferencia sino por las sensaciones del placer ó del dolor (13); y que cuanto mas el filósofo examina las cosas, tanto menos se atreve á decir, que dependa mas del hombre ser pusilánime, colérico, voluptuoso y vicioso, que ser bizco, giboso ó cojo (14). Estas eran las lecciones de los sofistas conjurados; ¿y los que las recibian podian pensar aun que estudiaban en la escuela de la virtud y de la filosofía?

El iniciado ¿que concepto podia formar sobre la virtud y el vicio, cuando sus maestros le confundian sus diferencias y enseñaban, que habia nacido para la felicidad y que ésta consistia en el placer ó en la exencion del dolor (15)?, ¿y cuando omitiendo toda solicitud por su alma, le decian, que la divisa del sabio era atender á su cuerpo (16)? ¿ó cuando le aseguraban que Dios le llama á la virtud por medio del palcer (17)? Pues estas eran las lecciones que le daban los gefes de la conjuracion d’Alembert, Diderot y Voltaire. ¿Y qué motivos para practicar la virtud daban estos mismos héroes de la filosofía á sus iniciados? Les enseñaban que Dios no atiende á sus virtudes ni á sus vicios; que el temor de este Dios no es mas que verdadera locura, y para sufocar hasta los remordimientos, les decian que el hombre sin temor es superior á las leyes; que toda accion, aunque deshonesta, pero útil, se comete sin remordimientos; que los remordimientos solo deben consistir en el temor á otros hombres y á sus leyes. Llevando 252 adelante sus instrucciones hasta mas allá del absurdo, ya ensalzaban, sin cesar, la libertad de las opiniones, para que escogiesen siempre la mas falsa, y ya la abatian tanto, que llegaron hasta negar que tuviesen poder sobre las acciones, para de este modo quitarles los remordimientos de las mas culpables (18). Esta era la doctrina de todos estos conjurados, y ya no es posible negarla, pues esta registrada en cadi todos los escritos de la secta, principalmente en los que ella recomendaba como obras maestras del filosofismo. ¿Qué habian de hacer mas estos grandes filósofos, y como se habian de gobernar mejor para hacer de toda su moral el código de la corrupcion y de la maldad? ¿Y de que otra cosa se necesita para demostrar que este pretendido siglo de la filosofía y de la virtud, es el siglo de todos los vicios y crímenes, erigidos en principios y preceptos del malvado a quien pueden serle de provecho?

Ilusion de la perversidad.

Lo que menos puede excusar el crimen de la ilusion con que los gefes engañaron á la multitud de iniciados, que se llaman filósofos, es aquella constancia y artificios de que tuvieron que valerse para lograr el éxito de las maquinaciones. ¿Pero y que es su filosofía con todas esta maquinaciones y artificios? Supongamos por un momento que el mundo hubiese tenido conocimiento de las intenciones y medios de Voltaire, Federico, d’Alembert y sus cómplices, mientras estos vivian, y antes de que los corazones se hubiesen corrompido hasta el exceso de blasonar de la misma corrupcion. Supongamos tambien que se tenia noticia de aquel aviso, 353 que mútuamente y con tanta instancia, se daban los conjurados de herir y esconder la mano; y que los pueblos tenian conocimiento de todas estas maniobras tenebrosas de que se valian para seducirlos á la sordina; ¿habrian el mundo y los pueblos reconocido en estos procederes los caractéres de la verdadera filosofía? ¿Habria podido el filosofismo hacer progresos, si se hubiese conocido su hipocresía en aquel perpetuo disimulo, somo sus asechanzas y trampas á las cuales solamente debieron el éxito de su conspiracion? Si cuando d’Alembert, Condorcet, Diderot, Federico, Turgot y demas cómplices se reunian en aquel palacio de Holbach, con el nombre de economistas, y so pretexto de atender á los intereses del pueblo, hubiese este sabido que se congregaban para combinar entre sí los medios de engañarle y volverle tan impío como eran ellos mismos, quitarle sus sacerdotes, derribarle sus altares y destruir su religion; si este mismo pueblo hubiese podido saber que sus pretendidos maestros, encargados de instruir á sus hijos, eran unos emisarios hipócritas de d’Alembert enviados para corromper la niñez y la juventud; que todos aquellos buhoneros de la secta que vendian sus libros á precio tan bajo eran unos corruptores pagados por la academia secreta, para hacer que circulase el veneno de las ciudades á los pueblos, y hasta las cabañas; si todo esto se hubiese sabido, ¿habria podido la secta atribuir á estos medios todo aquel respeto y veneracion que habia ella usurpado? ¿Y descubierta la perversidad de sus maquinaciones, habrian podido los conjurados presentarse como maestros sabios, y dar al siglo en que vivieron el renombre de siglo filosófico? Es muy cierto que no; el mas justo horror habria ocupado el lugar que ocupó la admiracion; y cuando las leyes hubiesen callado, la indignacion pública habria 354 bastado para vengar la filosofía misma de la infamia y maquinaciones á que la hacian servir.

Humíllese este siglo tan orgulloso con su imaginaria filosofía, avergüéncese, arrepiéntase y sacuda esta ilusion y engaño con que los impíos le han preocupado; ilusion y engaño que debe á sus vicios, á su corrupcion y á sus propios deseos de dejarse alucinar, que tal vez han influido mas que los artificios de que han usado los impíos para engañarle. Ese pueblo sencillo, esa multitud idiota, que confiesa su falta de luces y esperiencia en los manejos de los sofistas, y que por un cierto instinto de virtud ha sido la última clase que ha prevaricado, ese pueblo, repito tiene escusa; pero esos millares de iniciados, en las cortes, en los palacios de los grandes, en los liceos de las ciencias, que entren en sí mismos y que reflexionen. Pensaban hacerse filósofos haciéndose impíos. Renunciando á las leyes del Evangelio y á sus virtudes, aun mas que á sus misterios, han tenido por razones convincentes y profundas las palabras preocupacion y supersticion, que son el grande argumento de que se valieron los sofistas para hacerlos de su partido (*******). (*******) ¿Y quien no sabe que este es tambien el grande argumento de que se valen los sofistas Españoles? Apenas se halla página de estos sabios en donde no se lean las mismas expresiones, preocupacion, supersticion,… Sin saber siquiera que preocupacion es una opinion destituida de pruebas, se han hecho unos viles esclavos de la preocupacion, desechando una religion cuyas demostraciones (como ellos mismos blasonan) han estudiado tan poco, y que no han visto ni leido, mientras que con el mayor ahinco leian las producciones y calumnias de sus enemigos. — Si les parece que no he hecho una exacta enumeracion de todos sus títulos y derechos á la filosofía, que registren los 355 iniciados los senos de su corazon, el fin de sus intenciones y el objeto de sus cálculos, y que presenten otros títulos y derechos. Que se pregunten ingenuamente á sí mismos si no ha sido la relajacion y tedio á las virtudes evangélicas lo que les ha sugerido aquella admiracion estúpida hácia los conjurados contra el Evangelio; si no es el amor y desahogo de sus pasiones mas que los sofismas, las maquinaciones y asechanzas de los impíos, lo que los ha hecho incrédulos. No puedo creer que el que no era perverso hubiese podido mirar tanta felicidad y gloria en el seguimiento de los perversos. A lo menos es cierto que era muy poco filósofo el que creyó que eran filósofos unos sugetos que no eran mas que una congregacion de trapaceros, cobardes y conjurados.

Cualesquiera que sean las causas, ya se habia dicho que un siglo engañado con los artificios y conjuraciones de una escuela dedicada del todo á la impiedad, pondria toda su gloria en llamarse el siglo de la filosofía. Tambien se habia dicho que este mismo siglo engañado con el delirio y rabia de esta misma impiedad, la miraria como si fuese la razon, y engañado con el voto de destruir la religion, miraria aquel juramento y este voto como si fuesen el de la tolerancia, de la igualdad, y de la libertad religiosa. Las mas densas tinieblas le han parecido luz, la ignorancia ciencia, y la que fue escuela de todos los vicios le pareció que lo era de todas las virtudes. Se le engañó con los artificios y maquinaciones, con todas las tramas de la perversidad, que han tomado por consejos y como medios de la misma sabiduría. Sí: ya se habia dicho que este siglo, que se ha dejado seducir tan groseramente en materia de religion, tambien se dejaria engañar en materia de subordinacion; pues creeria que las maquinaciones de 356 la rebelion contra los tronos eran amor á la sociedad y el establecimiento de la felicidad pública.

La conjuracion contra el altar y el odio que los gefes de los conjurados votaron contra Jesucristo, no fueron la sola herencia que los héroes de la pretendida filosofía dejaban á su escuela. Voltaire, que se habia hecho Patriarca de los sofistas de la impiedad, aun no habia muerto, cuando se halló que tambien lo era de los sofistas de la rebelion. Dijo á sus primeros iniciados: Derribemos los altares, no quede un solo templo, ni adorador al Dios de los cristianos; y su escuela no tardó en añadir: Rompamos los cetros, y no quede sobre la tierra un solo trono, ni un solo vasallo. De su enlace y combinacion viéramos salir esa multitud de iniciados que la filosofía del siglo habia desgraciadamente dispuesto y preparado á internarse y chapuzarse en las cavernas masónicas, para aprender allí á repetir sus sacrílegos votos y juramentos contra los altares y los tronos. Ya ninguna otra cosa nos restará que hacer, sino poner de manifiesto cuanto la secta de los Iluminados de Baviera hubo de añadir á los infames medios y arterías de los sofistas de Holbach y de los hermanos Kadosch.


1 Platon en su segundo de Alcibíades.

2 Platon, en el mismo diálogo.

3 Carta al Marques d’Argens del 2 Marzo de 1763.

4 Carta del 24 Marzo de 1767, y del 13 Agosto de 1775.

5 Esquisse sur le progrès de l’esprit, époque 9.

6 Cartas á Voltaire del 25 Junio y del 4 Agosto de 1770.

7 Carta á Federico Guillermo príncipe real de Prusia, del 28 Noviembre de 1770.

8 Véase su vida escrita por Condorcet, edicion de Kell.

9 Véase el tomo 5 de las cartas Helvianas, en donde se hallarán los textos mismos de los filósofos.

10 De l’Esprit de l’homme…., Essai sur les préjugés…, Système de la nature…, Morale universelle etc.

11 Fragments sur divers sujets, art. Vertu.

12 Diccion. philos. art. Tout est bien.

13 Carta de Trasíbulo.

14 Enciclopedia art. Vice, edicion de Ginebra.

15 Enciclopedia art. Bonheur, y en el prólogo.

16 D’Alembert, Eclaircis. sur les élém. du philos. núm. 5.

17 Voltaire, Disc. sur le bonheur.

18 Véanse los textos de Voltaire, de d’Alembert y de Diderot en el tomo. 3. de las cartas Helvianas.

Fin del primer tomo