Progresos generales de la conjuracion en toda la Europa. Triunfo y muerte de los gefes de la conjuracion

Imagen de javcus


(Capítulo decimoctavo del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Esperanzas de los conjurados. — Sus progresos en las provincias de Europa. — Sus progresos en Francia. — Triunfo de Voltaire. — Muerte de Voltaire. — Carta de Mr. de Luc sobre la muerte de Voltaire. — Le sucede d’Alembert, y muere. — Muerte de Diderot.

Esperanzas de los conjurados.

A proporcion que los sofistas de la impiedad perfeccionaban los medios de seduccion, correspondian los funestos resultados que aumentaban sus esperanzas. Estos ya eran tales, que pocos años despues de haberse dejado ver la Enciclopedia, d’Alembert escribió con confianza á Voltaire: «Dejad obrar á la filosofía, y dentro de veinte años la Sorbona, toda la Sorbona tal cual ella es, sobrepujará á Lausana (1).» El sentido de estas palabras es que la misma Sorbona, en el espacio de veinte años, seria tan incrédula y anticristiana como un cierto ministro de Lausana, que enviaba por medio de Voltaire los artículos mas impíos para insertarlos en la Enciclopedia. Poco tiempo despues Voltaire, ateniéndose á la profecía de d’Alembert, le contextó: «De aqui á veinte años Dios tendrá bien en que entender (2); es decir, de aqui á veinte años veréis que no queda un solo altar al Dios de los cristianos.

Sus progresos en las provincias de Europa.

En efecto, todo en cada provincia de Europa parecia que anunciaba la próxima llegada del reino de la 304 impiedad. La mision de que principalmente se habia encargado Voltaire, hacia progresos tan visibles, que aun no habian pasado los veinte años desde la profecía, cuando escribió que no habia un solo cristiano desde Ginebra hasta Berna (3). En todas las otras partes, segun su modo de explicarse, el mundo se desengañaba de tal modo, que anunciaba una grande revolucion en los espíritus (4). En particular, la Alemania le daba sobre esto las mas lisonjeras esperanzas (5). Federico que la observaba, no menos que Voltaire á los Suizos sus vecinos, escribió: «La filosofía se ha introducido hasta en la supersticiosa Bohemia, y en Austria que era la antigua morada de la supersticion (6).»

Los iniciados daban aun mejores esperanzas sobre la Rusia y los Escitas que alli protegian el filosofismo, y consolaban á Voltaire, cuando le veian perseguido en otras partes (7). No cabia en sí de gozo, cuando creyó poder asegurar á d’Alembert, que en Petersburgo se favorecia mucho á sus hermanos, dándole por noticia que los protectores Escitas, en un largo viage que iban á emprender desde su corte, se habian repartido los capítulos de Belisario, para que, á modo de pasatiempo, los tradujesen en su lengua; que la Emperatriz tambien se habia encargado de traducir el suyo, y que se habia tomado el trabajo de coordinar toda la traduccion de una obra que la Sorbona en Paris habia censurado (8). 305

En España, escribia tambien d’Alembert (9), el filosofismo penetra á la sordina, al rededor de la Inquisicion; y Voltaire ya habia dicho antes (10), que se hacia una muy grande revolucion en los espíritus, lo mismo que en Italia. Algunos años despues esta Italia, segun la relacion que hacian los conjurados, estaba llena de gentes que pensaban como Voltaire y d’Alembert, y que solo el interes estorbaba que se declarasen manifiestamente impíos (11).

La Inglaterra era para los filósofos una conquista, para la cual no practicaban diligencia alguna; pues decian que estaba llena de aquellos Socinianos que se mofan de Jesucristo, y le aborrecen y desprecian del mismo modo que Juliano Apóstata le despreciaba y aborrecia, y que solo en el nombre se diferenciaban de la secta filosófica (12).

En fin, segun los cálculos de los conjurados, la Baviera y la casa de Austria (mientras vivió Maria Teresa) eran las solas potencias que sostenian á los teólogos y á los apologistas de la religion. La emperatriz de Rusia no les tenia consideracion alguna; se acercaba su último dia en Polonia, gracias al rey Poniatowski; habia ya llegado en Prusia, gracias á Federico II; y se consolidaba cada dia mas en la Alemania septentrional, gracias á los desvelos de los landgraves, margraves, duques y príncipes iniciados protectores (13). 306

Sus progresos en Francia.

No sucedió asi en Francia. Vemos muchas veces á Voltaire y d’Alembert, que se quejan amargamente de los obstáculos que hallaban en este reino, siendo asi que este era el teatro favorito y el principal objeto de su conjuracion. Las continuas reclamaciones del clero, los decretos y providencias de los parlamentos y la autoridad de que hacian uso los ministros, aunque muchos eran amigos ocultos de los conjurados, no dejaban de tener algun efecto. El cuerpo de la nacion conservaba su adhesion á la fe. La clase de ciudadanos, que llamamos pueblo, llenaba los templos en los días festivos, á pesar de los artificios de la academia secreta. En el mismo Paris, no todos los de las clases superiores estaban contaminados. Irritado Voltaire de estos obstáculos y de tanta lentitud, no cesaba de provocar á sus compatriotas, á quienes por desprecio llamaba entonces sus pobres Welches; no obstante, en alguna ocasion se manifestó satisfecho de estos Welches, y por eso escribió á su querido marques de Villevielle: «El pueblo es muy tonto, y sin embargo la filosofía penetra hasta él. Estad bien seguro que en Ginebra (pongo por ejemplo) no hay veinte personas que no abjuren tanto de Calvino, como del Papa; y que hay filósofos hasta en las tiendas de Paris (14).» Pero hablando en general, sus quejas sobre la Francia sobresalen en su correspondencia con los conjurados; y ocasiones hubo, en que parecia que desconfiaba del todo poderla sugetar al imperio del filosofismo. D’Alembert que miraba las cosas de mas cerca, pronosticaba de otro modo, y aunque no le salia todo como deseaba, creyó que podia 307 asegurar á Voltaire, que la filosofía podia muy bien padecer aun algun descalabro, pero que nunca seria vencida (15).

Cuando d’Alembert escribió estas cláusulas, es decir hácia el fin del año 1776, ya era muy cierto que el filosofismo podia gloriarse de triunfar al fin de la adhesion que la nacion francesa tenia á la religion. Diez ó doce años despues, la impiedad habia redoblado sus progresos; una nueva generacion formada por los nuevos maestros habia pasado de los colegios á la sociedad casi sin conocimientos, ni sentimientos de religion, ni de piedad. Este en verdad era el tiempo en que, segun la expresion de Condorcet, el filosofismo habia bajado desde los tronos del Norte, hasta las universidades (16). La generacion religiosa se acababa; las palabras razon, filosofía, preocupaciones, iban ocupando el lugar de las verdades reveladas; las excepciones que se podian hacer en la corte, en los tribunales y en todas las clases superiores, se disminuían cada dia. La impiedad se pegó de la capital á las provincias, de los señores y nobles á los ciudadanos, y de los amos á los criados: solo la impiedad se veia honrada con el nombre de filosofía; ya no se querian sino ministros filósofos, magistrados, señores, militares y literatos filósofos. un cristiano para cumplir con sus deberes religiosos, tenia que exponerse á las zumbas é irrisiones de una multitud de estos que se llaman filósofos, y que los habia en todas las clases. Entre los grandes principalmente, para decir uno, que era cristiano, necesitaba casi ya de tanto valor, como antes de la conjuracion habria necesitado de temeridad y audacia para decir que era ateo ó apóstata. 508

Triunfo de Voltaire.

Se hallaba ya Voltaire en la edad de ochenta y cuatro años. No podia volver á Paris, despues de su largo destierro, sino para justificarse de las impiedades que habian motivado la sentencia que fulminó contra él el parlamento. D’Alembert y su academia secreta se resolvieron á vencer este obstáculo. Á pesar de algun miramiento que aun se tenia á la religion, les fue fácil obtener que el primer autor de sus conjuraciones viniese al fin á ponerse en medio de ellos, para gozar de los resultados, y recibir los homenages que todos le debian. Ministros que la mayor parte eran iniciados, rodeaban el trono de Luis XVI. Este monarca, siempre religioso, y que siempre se inclinaba á la parte de la clemencia, se dejó persuadir de que un largo destierro ya habia castigado bastante á Voltaire; y no esperando ver en este gefe de los impíos sino á un anciano octogenario, consintió en que volviese, perdonándole sus extravíos, en atencion á sus antiguos trofeos literarios. Se convino en que á su arribo callarian las leyes y no se hablaria de la sentencia del parlamento: pareció que los magistrados ya no se acordaban de que la habian pronunciado. Esto era lo que querian los conjurados; y la llegada de Voltaire á Paris fue su mayor triunfo. Este hombre, cuya vida no habia sido sino una guerra contínua, ya pública ya subterránea contra el cristianismo, fue recibido en la capital de un rey cristianísimo, con todas las aclamaciones que se pueden dar á los héroes de vuelta de sus victorias sobre los enemigos de la patria. Una inumerable multitud de iniciados y curiosos, acudia á todas las partes en que sabian se podria ver á Voltaire. Todas sus academias celebraron su llegada, y la celebraron en el Louvre, en aquel palacio de los reyes en donde bien 309 presto, se habia de ver preso Luis XVI para ser víctima de la conjuracion que ya estaba tan adelantada contra su persona. Los teatros decretaron coronas al gefe de los conjurados, las fiestas se sucedieron para honrarle; su orgullo, aunque embriagado con el incienso de sus iniciados temió que le llegase á sufocar.

Muerte de Voltaire.

En medio de tantas aclamaciones y coronaciones, exclamó: ¡Quereis pues, hacerme morir de gloria! La religion, solo la religion estaba cubierta de luto en los dias de estos triunfos; pero su Dios la supo vengar. El impío que temia morir de gloria, habia de morir de rabia y desesperacion, aun mas de vejez. En medio de sus triunfos le asaltó una violenta hemorragía, que llenó de temor á todos. D’Alembert, Diderot y Marmontel (*) (*) Este dijo á Voltaire: En fin, êtes-vous russasié de gloire? Ah mon ami, s‘écria-t-il, vous me parlez de gloire, et je suis au supplice, et je meurs dans des tourmens affreux! «En fin, ¿estais harto de gloria? ¡Ah amigo, exclamó, me hablais de gloria, cuando me veo en el suplicio, y cuando muero con tan terribles tormentos!» Véanse las memorias que el mismo Marmontel, escribió de su vida para instruccion de sus hijos, tomo 3. lib. 10. pág. 208. edicion de Paris de 1804. acudieron para sostener su constancia en estos últimos momentos, y solo lograron ser testigos de la ignominia de su maestro y de la suya. No tema el historiador, que por mucho que diga no exagerará. Cualquiera que sea el cuadro que diseñe de los furores, remordimientos, reconvenciones, gritos y blasfemias que por el tiempo de una larga agonía se sucedian en el lecho del impío moribundo, no tema que le desmientan ni sus propios compañeros en la impiedad. El vergonzoso silencio á que se ven reducidos, los muchos testigos y monumentos que deponen sobre esta muerte, la 510 mas horrible de cuantas han acometido á los impíos, ó por mejor decir, solo ese silencio de parte de unos hombres que tienen tanto interes en desmentir á todos aquellos, es la confirmacion mas auténtica. Ni siquiera uno de los sofistas se ha atrevido á decir, que el gefe de su conspiracion ha manifestado la menor firmeza ó gozado de un solo instante de sosiego, en el intervalo de mas de tres meses que se pasaron desde su coronacion en el teatro frances, hasta su muerte. Este silencio manifiesta cuanto les humilla esta.

Al volver del teatro y emprendiendo nuevas tareas para merecer nuevos aplausos, advirtió Voltaire que llegaba al término de la dilatada carrera de su impiedad. Á pesar de que todos los impíos acudieron para animarle en los primeros dias de sus dolores, manifestó ya que queria restituirse a aquel Dios, que descargaba sobre él su justísima indignacion. Envió á llamar sacerdotes de Jesucristo, de aquel que habia tratado de infame y que tantas veces habia jurado aplastar. Se aumentaron los peligros y escribió al abate Gualtier el siguiente billete: «Señor, me habeis prometido que vendriais á oirme; os suplico que os tomeis la molestia de venir tan pronto como os sea posible. Firmado = Voltaire. En Paris á 26 de febrero de 1778.» = Pocos días despues, escribió en presencia del citado eclesiástico Gaultier, del abate Mignot y del marques de Villevieille la siguiente declaracion, que se ha copiado del proceso verbal que se depositó en poder de M. Momet notario en Paris: «Yo el infraescrito, declaro que estando cuatro dias ha enfermo con vómito de sangre, en edad de ochenta y cuatro años, y no habiendo podido ir á la iglesia, el señor cura de San Sulpicio queriendo añadir á sus buenas obras la de enviarme el señor Gualtier sacerdote, me he 311 confesado con este, y que si Dios ha dispuesto que muera de esta enfermedad, muero en la santa Iglesia católica, en que he nacido, esperando de la divina misericordia que se dignará perdonarme todos mis yerros; y que si acaso he escandalizado á la Iglesia, pido perdon á Dios y á ella. 2 Marzo de 1778. Firmado = Voltaire, en presencia del señor abate Mignot mi sobrino, y del señor marques de Villevielle mi amigo.» Habiendo estos dos testigos firmado la declaracion, Voltaire añadió estas palabras que se han copiado del mismo proceso verbal: «Habiéndome advertido el señor abate Gualtier mi confesor, de que en cierta corria la voz de que yo protestaria contra todo lo que hubiese practicado á la hora de mi muerte, declaro; que nunca he estado en ánimo de hacer tal cosa; y que es una antigua impostura que ha mucho tiempo que se atribuye falsamente á otros sabios mas ilustrados que yo.»

¿Que fue tambien esta declaracion un juego de su antigua hipocresía? Esto es de lo que por desgracia hay muchos motivos para sospechar, despues de lo que hemos visto de sus comuniones y de otros actos exteriores de religion explicados por él mismo. Sea lo que fuere, á lo menos es un homenage público que ha prestado á esta misma religion, en la que declaró que queria morir, y contra la cual habia conspirado con tanta constancia durante su vida. El marques de Villevielle, que hubo de firmar la retractacion de su maestro, es aquel mismo iniciado conjurado, á quien Voltaire once años antes, habia escrito exhortándole á que ocultase su marcha á los enemigos, cuando se esforzaba en aplastar el infame (17). Voltaire permitió que llevasen 312 su declaracion al cura de San Sulpicio y al arzobispo de Paris, para saber si era suficiente. Cuando Mr. Gaultier volvió con la respuesta, ya le fue imposible acercarse al enfermo, pues los conjurados habian redoblado sus esfuerzos para impedir que su gefe consumase su retractacion; y lo lograron, pues todas las puertas se cerraron al sacerdote, á quien habia hecho llamar Voltaire. De aqui adelante, solo los demonios tuvieron libre acceso, y luego empezaron las escenas del furor y de la rabia, que se sucedieron hasta sus últimos dias. Entonces d’Alembert, Diderot y otros veinte conjurados, que tenian sitiada su ante-cámara, solo se le acercaron para ser testigos de su propia humillacion viendo la de su maestro, que muchas veces los desechaba con sus maldiciones y reconvenciones. «Retiraos, les decia, vosotros teneis la culpa de que me veo en este estado. Retiraos: yo podia pasar sin vosotros; mas vosotros no podiais pasarlo sin mi; ¡que desgraciada gloria me habeis preparado!»

Á estas maldiciones que lanzaba contra sus iniciados, se seguian los crueles recuerdos de su conjuracion. Entonces le oyeron, en medio de su turbacion y sobresaltos, llamar, invocar y blasfemar alternativamente á aquel Dios, que tanto tiempo habia que era el objeto de sus maquinaciones y odio. Con los acentos prolongados por los remordimientos, ya exclamaba: ¡Jesucristo! ¡Jesucristo! y ya se lamentaba de verse abandonado de Dios y de los hombres. La mano que en otro tiempo escribió la sentencia contra un rey impío en medio de sus festines (**), (**) Daniel, cap. 5. v. 25. parece que escribia delante de los ojos de Voltaire moribundo, aquella antigua fórmula de sus blasfemias: Aplasta pues el infame. En vano procuraba el apartar 513 de sí estos horribles recuerdos, porque ya habia llegado el tiempo de verse él mismo aplastado por la mano de aquel á quien habia tratado de infame, y que le habia de juzgar. Sus médicos, en especial Mr. Tronchin, iban para sosegarle; pero salian horrorizados, asegurando que nunca habian visto una imágen tan terrible de un impío moribundo. En vano el orgullo de los conjurados queria ocultar estas declaraciones: Mr. Tronchin dijo que los furores de Orestes (***) (***) Scelerum furiis agitatus Orestes. daban una idea muy débil en comparacion de los de Voltaire. El mariscal de Richelieu, testigo del espectáculo, huyó diciendo: En verdad, esto es muy fuerte, y no es posible presenciarlo (18). Asi murió, dia 30 de Mayo del año 1778, el conjurado mas encarnizado contra los altares de Jesucristo, que ha habido desde el tiempo de los apóstoles. Murió consumido por sus propios furores, mas que debilitado por el peso de sus años. Sus persecuciones, mas dilatadas y pérfidas que las de los Nerones y Dioclecianos, no habian hecho aun mas que apóstatas; pero el número de estos, excedió al que hicieron de mártires los antiguos perseguidores.

Carta de Mr. de Luc sobre la muerte de Voltaire (****).

«Señor mio: (****) El autor trae esta carta al principio de su tercer tomo, y me ha parecido que debia insertarla aqui, que es el lugar que le corresponde. Dió ocasion á esta carta, otra que el anónimo D. J. envió á los redactores de un periódico inglés titulado: British Critic, en que pretende que es calumnia y rumor popular cuanto se ha dicho sobre la muerte de Voltaire. A esta carta del anónimo D. J. dió motivo Mr. Monke, oficial de marina inglés, quien tradujo en esta lengua la vida de Voltaire, que compuso Mr. Villete, que equivale á Condorcet. El Autor no tenia necesidad de la carta de Mr. de Luc para justificarse, despues de haber presentado los documentos, que se acaban de alegar: pero como el mérito de Mr. de Luc es tan notorio, no dejará de confirmar cuanto va expuesto. Habiendo tenido ocasion de hablar de vuestras Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 314 se opuso que la pintura de Voltaire, fundamental en esta obra, era tan diferente de lo que han publicado otras historias de su vida, que el público extrangero no sabia á que atenerse; se habló en particular de la diferencia que hay entre vuestra relacion de su muerte, y la que se halla en la vida de Voltaire traducida en inglés por Mr. Monke y publicada en Londres año 1787, lo que me precisó á buscar esta obra… Solo la juventud de Mr. Monke y su falta de experiencia pueden disimular su empresa; pues para hacer á sus compatriotas participantes de los progresos que hizo entonces en Paris, les propinó con esta traduccion todo el veneno que en aquella época se derramaba, para que se produjese los efectos que experimentamos, y á los que, creo, cobrará horror.

»Nada os diré de esta vida de Voltaire, cuyo orígen sabeis muy bien, y que solo ha podido seducir á jóvenes que no teniendo conocimiento de nuestro siglo, son aun susceptibles de una especie de admiracion por lo grande, aunque sea en el vicio y en el crímen: pero como es un artificio de los impíos, representar á sus campeones muriendo en el lecho del honor y de la paz, me veo en la precision de apoyar lo que habeis dicho sobre la muerte de Voltaire, en unas circunstancias que se enlazan con las demas.

»Hallándome en Paris año de 1781, traté varias veces 315 á una de aquellas personas que habeis citado como testigo, despues de la voz pública, quiero decir á Mr. Tronchin, que ya conocia á Voltaire en Ginebra, de donde vino á Paris para primer médico del penúltimo duque de Orleans: le llamaron en esta última enfermedad de Voltaire, y sé de él cuanto se dijo entonces en Paris y en lugares distantes, sobre el estado horrible en que se hallaba el alma de este malvado en las cercanías de la muerte. Como médico, hizo el Sr. Tronchin cuanto pudo para sosegarle, porque sus violentas agitaciones impedian todo efecto á los remedios; pero no lo pudo lograr, y se vió precisado á abandonarle á causa del horror que le causaba el carácter de su frenesí.

»Un estado tan violento en un cuerpo que se deteriora, no puede durar mucho tiempo; el estupor, presagio de la disolucion de los órganos, se ha de seguir naturalmente, como sigue de ordinario á los movimientos violentos ocasionados por el dolor; y á este último estado de Voltaire han decorado con el nombre de calma. Mr. Tronchin no permitió que en esto hubiese engaño, y por lo mismo luego publicó en calidad de testigo las circunstancias que habeis referido; y lo hizo como que era una leccion muy interesante para los que esperan el lecho de la muerte, para examinar las disposiciones con que les conviene morir. No es solamente el estado del cuerpo, que puede frustrar la esperanza de hallarse en disposicion de poder hacer aquel exámen, porque Dios es justo y santo tanto como bueno; y algunas veces para dar á los hombres advertencias sensibles, permite que las penas que estan decretadas para los que se han hecho tan culpables, ya tengan principio antes de acabar su vida, con el tormento de los remordimientos. 316

»El autor de la obra citada no es solo culpable de la infidelidad con que refiere las circunstancias de la muerte de Voltaire; él ha suprimido otras muchas bien notorias sobre su primer movimiento para volver á la Iglesia, y las declaraciones á este efecto que habeis alegado, conformes á los documentos auténticos que se hicieron, y que precedieron sus angustias, las que han querido ocultar sus cooperadores y de lo cual probablemente tuvieron la culpa. Ellos le sitiaron, y de este modo le separaron de aquel que solo era capaz de sosegar su alma, dirigiéndola á que reparase, á lo menos en el poco tiempo que le quedaba de vida, el mal que habia hecho. Pero esta superchería no ha podido engañar á los que sabian la historia de Voltaire; porque, dejando á parte los actos de hipocresía que hacia algunas veces por temor de perder la vida, son bien sabidos los que le inspiraron los temores repentinos de la muerte y de la eternidad. Quiero citaros un ejemplo que en Gottinga en diciembre de 1776 me dió Mr. Dieze bibliotecario segundo de esta universidad, del que haréis el uso que os parezca. Cuando Voltaire se hallaba en Sajonia, siendo su secretario Mr. Dieze, cayó enfermo de peligro. Luego que conoció su estado, envió á llamar á un sacerdote, se confesó y le instó á que le administrase el viático, que recibió en efecto con actos de penitencia, que solo duraron tanto como el peligro. Luego que se creyó libre, haciendo como que se burlaba de lo que él llamaba su pequeñez, dijo á Mr. Dieze: ¡Amigo, vos habeis visto la debilidad del hombre!

»Tambien los seguidores de este impío han atribuido á la debilidad humana aquellos temores que le agitaron, y á otros cómplices suyos; la enfermedad, dicen, 317 debilita el espíritu como el cuerpo, y causa muchas veces la pusilanimidad. Es cierto que estos actos de arrepentimiento de los impíos en las cercanías de la muerte, son síntomas de una grande debilidad; pero ¿en donde se halla esta debilidad? ¿Se halla en su entendimiento? No, porque entonces este desprende de cuanto le habia ofuscado durante la vida; toda esta debilidad está y consiste en la propia persuasion de que han pecado. Estos hombres, arrastrados por la vanidad ó por otra pasion viciosa, intentan hacer sectarios; las pasiones é ignorancia de otros hombres les proporcionan algun suceso; en la embriaguez de su triunfo creen que son capaces de ser los legisladores del mundo; lo prueban, y una multitud de ciegos los sigue. Llegando de este modo á la cumbre de la felicidad de las almas orgullosas, se abandonan á la fogosidad de sus deseos y pensamientos: el mundo entonces, que está delante de ellos, les ofrece nuevos placeres, cuya legitimidad no tiene mas regla que sus inclinaciones, y se embriagan mas y mas con el incienso que les prodigan los mismos á quienes han eximido de toda regla positiva.

»Pero si una enfermedad peligrosa empieza con echarles á las espaldas todo aquel cortejo de sus admiradores, el apetito de los placeres y la esperanza de nuevos triunfos: cuando contemplan, que adelantan solos y desnudos hácia lo venidero, que habian retratado segun su antojo, no solo para ellos, sino tambien para los que han seducido con sus ficciones; si en este formidable momento, en que el orgullo ya no tiene cosa que le sostenga, reflexionan las razones sobre que han apoyado los insultos que han hecho á la fe pública y á la revelacion, que la providencia ha destinado para que sirva á los hombres de 518 regla positiva y comun; la debilidad de aquellas razones, que ya no se representan revestidas del sofisma, los aterra, y nada (si conservan el juicio) es entonces capaz de apartarles la idea congojosa de la cuenta que van á dar al autor de la misma revelacion.

»Esta es la debilidad real de los gefes anticristianos; es preciso descubrirla en la historia, para bien de los que sin exámen se dejan seducir por unos hombres, que no son capaces de persuadirse lo que dicen y enseñan á los otros. Es preciso, digo, y esencial manifestar que estos hombres no han tenido, y que sus imitadores y seguidores no tienen persuasion real; que sostienen las quimeras fatales, solo por un efecto narcótico que les causa el incienso de sus admiradores. Por esto me he propuesto publicar con la posible brevedad, en confirmacion de lo que habeis dicho de Voltaire, lo que bajo de este aspecto me han hecho conocer las relaciones, que en otro tiempo tuve con él. El tiempo en que nos hallamos precisa á cuantos han visto de cerca la trama que urdió la secta contra la revelacion, á rasgar el velo que cubria la atrocidad, y manifestar las circunstancias infames que muchos voluntariamente ignoran. Esto es, Señor lo que me precisa á tributaros con todos los verdaderos amigos de la humanidad, la admiracion y agradecimiento, que se os deben por vuestra noble ocupacion en esta carrera tan caritativa. Soy etc. Windsor 23 Octubre de 1797. Vuestro muy humilde servidor = firmado = De Luc.» Despues de este testigo, que vengan aun á hablarnos de Voltaire que muere á lo heróico.

Le sucede d’Alembert, y muere.

Los conjurados, perdiendo á Voltaire, todo lo perdieron en cuanto á talentos: pero les quedaban sus 319 armas en sus voluminosas impiedades. Las astucias y artificios de d’Alembert servian por otra parte de algo mas que de suplemento del ingenio del fundador de la secta, y esta le confirió sus primeros honores. La academia secreta de Paris para la educacion, los conventículos de las campañas y la correspondencia con los maestros lugareños le debian su orígen, y para propagar la impiedad continuó en dirigir la mísma academia secreta, hasta que le llegó el plazo de comparecer, como Voltaire, á la presencia del mismo Dios. Murió en Paris cinco años despues de Voltaire, esto es: en Noviembre del año 1782. Condorcet, temeroso de que los remordimientos no acudiesen en sus últimos momentos para dar á sus iniciados el espectáculo humillante de sus retractaciones, se encargó de hacerle inaccesible, sino al arrepintimiento, á lo menos á los que podian influir con sus exhortaciones á la detestacion de sus delitos.

Cuando el cura de San German se presentó en calidad de pastor para reducir á d’Alembert, corrió Condorcet á la puerta, y no le permitió entrar en el cuarto del enfermo. Era él el mismo demonio que velaba sobre su presa; pero apenas la hubo devorado, cuando el orgullo de Condorcet publicó el secreto. D’Alembert en efecto habia sentido los remordimientos que le habian de atormentar tanto como á Voltaire; estaba ya resuelto á rendirse, y á recurrir al único medio que le quedaba para su salvacion, que eran los ministros de Jesucristo; pero Condorcet tuvo la ferocidad de combatir este último arrepentimiento del moribundo, y se glorió de haber sabido forzar á d’Alembert para que espirase impenitente. Toda la historia de este horroroso combate entre d’Alembert que quiere ceder á sus remordimientos, y Condorcet que le precisa á morir como impío á pesar de todos sus remordimientos, está comprendida 320 en estas palabras que se le escaparon á Condorcet, hablando de su horroroso triunfo. Dando esta noticia de la muerte de d’Alembert, y refiriendo sus circunstancias, no reparó, vanagloriándose, en añadir: «Si no me hubiese hallado alli, se habria chapuzado (19).» Verdad es que Condorcet, sonrojado de haber revelado el secreto de los remordimientos de su cofrade, probó á destruir su efecto; es verdad que, habiéndole preguntado sobre las circunstancias de esta muerte, respondió con su jerga filosófica: «que no habia muerto á lo cobarde»: y es verdad en fin, que en su primera carta al rey de Prusia (20), representa á d’Alembert que muere con un ánimo tranquilo, con tanta intrepidez y presencia de espíritu, cual nunca habia tenido: pero ya no era tiempo de engañar sobre esto á Federico, á quien habia escrito el iniciado Grimm, diciéndole: «Que la enfermedad, en sus últimos tiempos, habia debilitado el espíritu de d’Alembert (21).»

Ya se habia dicho que el dia en que los primeros gefes de la conjuracion contra Jesucristo se verian citados á comparecer delante del juez de vivos y muertos, seria tambien el dia en que el desprecio que habian hecho del infame haria lugar al terror de sus juicios, y solo se debe exceptuar á Federico que logró, ó á lo menos decia que habia logrado convencerse de que la muerte seria para él un sueño eterno.

Muerte de Diderot.

Diderot, el mismo Diderot, aquel héroe de los ateos, aquel conjurado, que habia tantos años que ejercitaba su odio contra Dios y Jesucristo, que llegó á ser una 321 verdadera locura, este fué, entre todos los impíos, el que llegó mas de cerca á una verdadera expiacion de sus blasfemias y de la prolongada guerra que habia hecho á Jesucristo. Este es otro de aquellos misterios de iniquidad que es necesario sacar de las densas tinieblas en que pretendieron sepultarle los conjurados anticristianos. La emperatriz de Rusia cuando compró la biblioteca de Diderot, le concedió su uso por todo el tiempo de su vida. La generosidad de la misma emperatriz le puso en estado de poder tener á su lado á un jóven en calidad de bibliotecario, pero que estaba muy distante de participar de la impiedad de sus sentimientos. Diderot le queria mucho, y el buen jóven habia sabido merecerse este afecto con los continuos servicios que le prestaba con ocasion de su última enfermedad, pues él era el que por lo ordinario le curaba las llagas de sus piernas. Asustado de los síntomas que observó en cierta ocasion, fue á ponerlo en noticia de un digno eclesiástico llamado el abad Lemoine, que residia entonces en la casa llamada de las Misioneras extranjeras, calle del Bac, arrabal de San German. Por consejo de este eclesiástico, pasó el buen jóven á una iglesia y se puso en oracion, pidiendo á Dios con las mas humildes y eficaces instancias que le inspirase lo que habia de decir, y lo que debia hacer para la salud de un hombre, cuyos principios religiosos él detestaba, pero que no podia dejar de mirar como á su bienhechor. Concluida su peticion, volvió á casa de Diderot; y en el mismo dia, con ocasion de curarle las llagas, le habló de esta manera:

«Señor Diderot, hoy me veis mas conmovido sobre vuestra suerte que en ninguna otra ocasion, y no os admireis; sé cuanto os debo, pues subsisto por 322 vuestro beneficios; os dignais honrarme con una confianza que yo no debia esperar; me es muy dificil ser ingrato, y lo seria, si permitiese que ignoraseis mas el peligro en que os hallais, segun lo manifiesta el estado de vuestras llagas. Señor Diderot, teneis de que disponer, y sobre todo debeis tomar vuestras precauciones en órden al mundo en el cual vais á entrar. Soy jóven, ya lo sé; ¿pero estais seguro con vuestra filosofía para no reconocer un alma que se deba salvar? Yo no pienso así, y por lo mismo me es imposible pensar en la suerte que espera á mi bienhechor, y no aconsejarle el que evite una infelicidad eterna. Señor, repared que aun es tiempo. Perdonad este aviso que os doy y que debo daros, pues así lo exige el reconocimiento que debo á la amistad que me profesais.» Diderot escuchó este lenguage con ternura, y dejó caer algunas lágrimas; agradeció al jóven bibliotecario su ingenuidad, y el interes que le manifestaba por su suerte; le prometió que pensaria muy bien lo que le habia dicho, y que deliberaria sobre el partido que habia de tomar en un negocio de tanta importancia.

El jóven esperaba con impaciencia el resultado de sus deliberaciones, y el primero fue conforme á sus deseos. Pasó á dar aviso á Mr. Lemoine, diciéndole que Diderot pedia un sacerdote para ponerse en estado de comparecer delante de Dios. Mr. Lemoine envió á Mr. Tersac cura de San Sulpicio. En efecto Diderot trató no solo una, sino muchas veces con este eclesiástico, y ya se preparaba á extender por escrito la retractacion de sus errores, cuando, por su desgracia, advirtieron alguna cosa los iniciados que observaban á su antiguo corifeo. La entrada de un eclesiástico en la casa de Diderot les causó horror, y pensaron que toda 323 la secta quedaria deshonrada, si un gefe de tanta importancia se les escapaba. Acudieron luego á su casa, y le representaron que le engañaban; que no se hallaba tan malo como le habian dicho, y que no tenia necesidad de otra cosa sino de tomar los aires del campo para restablecer su salud. Diderot resistió algun tiempo á sus importunaciones, y á cuanto le proponian para recordarle su filosofismo; pero al fin se dejó persuadir de probar á lo menos los aires del campo. Se puso mucho cuidado en ocultar su partida: los malvados, que se le llevaban casi arrastrando, sabian que no podia vivir mucho tiempo. Los sofistas confidentes hacian como que aun vivia en su casa, y todo Paris lo creía por las noticias que hacian correr del estado en que se hallaba. Los que le acompañaron al campo, no se apartaron de él hasta que le vieron muerto, lo que sucedió dia 2 Julio de 1784. Aun continuaron en engañar al público, y llevando los iniciados carceleros su cadáver ocultamente á Paris, hicieron correr la voz, que la muerte le habia sorprendido en la mesa. Publicaron por todas partes que el ateo mas famoso habia muerto sosegadamente, y sin remordimientos en su ateismo. El público lo creyó, y este ardid de la maldad, que arrastró á Diderot á los infiernos con positiva repugnancia suya, fortificó la impiedad de aquellos á quienes este arrepentimiento habria podido reducir (*****). (*****) Véase una obrita en 8.º impresa en Madrid año 1792, titulada: El éxito de la muerte correspondiente á la vida de los tres supuestos héroes del siglo XVIII, Voltaire, d’Alembert y Diderot.

Véase pues, como en esta conspiracion, desde su orígen mismo hasta la muerte de sus principales gefes, todo fue un juego y combinacion de la astucia, del artificio, de la seduccion y de los medios mas tenebrosos, falsos y escandalosos que podia conocer el arte horrendo 324 de seducir á los pueblos. Sobre este arte fundaron Voltaire, d’Alembert y Diderot su principal esperanza de arrastrar á todo el mundo hacia la apostasía; pero Dios que iba á vengarse de estos impíos y de sus conjuraciones, permitió que los discípulos de la impiedad se valiesen de las mismas armas para perder eternamente á sus maestros. Dios en aquel momento del cual pende la eternidad, y en que ya llegaba á su fin la gloria de los gefes de la secta, y se desvanecia el humo del aplauso adquirido con la mentira, permitió que los discípulos seducidos dispusiesen de sus maestros seductores con erreglo á los principios y máximas que estos les habian enseñado. En aquel instante en que la razon despejada levantaba el grito, á fin de que se aprovechasen de sus luces para acudir á su único refugio y consuelo Jesucristo, sacrificaron hasta sus propios remordimientos, que serán eternos, al servil respeto de la vanidad de sus escuelas. Se estremecian al contemplar el mal que con su valor y esfuerzos habian hecho contra Dios, y habrian dado cuanto tenian para volver á Dios; pero no tuvieron mas que el temor, y la debilidad de los esclavos. Domados por sus mismos prosélitos, murieron en una impiedad que su mismo corazon maldecia, y aprisionados con las cadenas que ellos mismos habian forjado.

En el dia en que bajaron al sepulcro ya no era solo la conjuracion contra el altar, y el odio que habian jurado contra Jesucristo la heredad que dejaban á sus discípulos. Voltaire, que se habia erigido en patriarca de los sofistas impíos, no habia aun salido del mundo cuando ya se vió corifeo de los sofistas rebeldes. Dijo á sus primeros iniciados: Destruyamos los altares, y no dejemos al Dios de los cristianos ni un solo templo ni un solo altar, ni un solo adorador; y sus discípulos 525 no tardaron en decir: Rompamos todos los cetros, derribemos todos los tronos, y no les quede á los reyes ni un solo vasallo. De la union de estos principios y máximas habia de nacer aquella doble revolucion que con las mismas segures habia de hacer astillas en Francia los altares de la religion y el trono de sus reyes, y habia de derribar las cabezas de los pontífices y sacerdotes y la de Luis XVI, amenazando con el mismo destino á todas las iglesias y sacerdotes y á todos los príncipes de la Europa. Ya he manifestado la conspiracion y medios de los sofistas de la impiedad: pero antes de pasar á manifestar la conspiracion de los sofistas de la rebelion, que será en el tomo siguiente, séame permitido hacer algunas reflexiones sobre la extraña ilusion que ha causado el filosofismo en las naciones, á la cual se deben la mayor parte de los resultados que han tenido la secta y sus maquinaciones.


1 Carta del 28 Julio de 1757.

2 Carta del 25 Febrero de 1758.

3 Carta á d’Alembert del 8 Febrero de 1766.

4 Carta del 2 Febrero de 1765.

5 Allí mismo.

6 Carta 143 á Voltaire, del año 1766.

7 Carta á Diderot del 25 Diciembre de 1762.

8 Carta de Voltaire á d’Alembert, del mes de Julio de 1767.

9 Carta del 3 Mayo de 1773.

10 Carta á Mr. le Riche del 1 Marzo de 1768.

11 Carta de Voltaire á d’Alembert del 16 Junio de 1773.

12 Carta al Rey de Prusia del 8 Noviembre de 1773.

13 Carta de Voltaire á d’Alembert del 4 Setiembre de 1767.

14 Carta del 20 Diciembre de 1768.

15 Carta del 5 Noviembre de 1776.

16 Véase el prólogo de su edicion des Pensées de Pascal.

17 Carta del 27 Abril de 1767.

18 Véase, Circunstances de la vie et de la mort de Voltaire, y Lettres Helviennes.

19 Diccionario histórico, art. d’Alembert.

20 Del 22 Noviembre de 1783.

21 Véase la carta del rey de Prusia á Grimm, de 11 de Noviembre de 1783.