Nuevos y mas profundos medios de los conjurados para seducir hasta las últimas clases de ciudadanos

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(Capítulo decimoséptimo del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Orígen y proyectos de los Economistas. — Su proyecto de escuelas para el pueblo. — Mr. Bertin desengaña á Luis XV. — Descubre el Ministro Bertin los medios de los conjurados para seducir las gentes del campo. — Maestros de escuela en los pueblos. — Junta de comision de d’Alembert para la educacion. — Descubrimiento de la Academia secreta de los conjurados y de sus medios. — Declaracion y arrepentimiento del secretario de esta academia secreta. — Objeto de esta Academia. — Se descubren otros iniciados miembros de la misma Academia.

Cuando Voltaire hizo juramento de aniquilar la religion cristiana, no se lisonjeaba de arrastrar á su apostasía la generalidad de las naciones. Su orgullo, aunque grande, se satisfacia algunas veces plenamente con los progresos que su filosofismo habia ya hecho entre los hombres que gobiernan, ó que han nacido para gobernar, y entre los literatos (1). Por espacio de mucho tiempo se mostró poco zeloso de separar del cristianismo á todas las clases inferiores de la sociedad, que él no comprendia bajo la expresion de gente honrada. Los hechos que voy á alegar, manifiestan, ya la nueva extension que los sectarios conjurados dieron á su zelo, ya que los artificios de que se valieron para no dejar á Cristo ni un solo adorador, aun en las condiciones mas oscuras.

Orígen y proyectos de los Economistas.

Un médico conocido en Francia con el nombre de Quesnay, se habia insinuado tan bien en la gracia y estimacion de Luis XV, que este rey le llamaba su pensador. En efecto, parece que Quesnay habia profundamente meditado todo lo que puede hacer felices 283 á los pueblos; tambien puede ser que ingenuamente lo desease; pero con todo esto, él no fue mas que un vano sistemático y fundador de aquella especie de sofistas á quienes llamaban economistas, porque se ocupaban mucho, ó a lo menos hablaban mucho de la economía y del orden que se habia de establecer para la administracion y otros medios de aliviar al pueblo. Si algunos de estos economistas no extendieron á mayor distancia sus especulaciones, á lo menos es cierto que sus escritores ocultaron muy mal su odio al cristianismo. Estos escritos estan llenos de aquellos proyectos que manifiestan la resolucion de que suceda á la religion revelada, la religion puramente natural (2). El rumbo que habian tomado, hablando siempre de agricultura, administracion y economía les hacia menos sospechosos que los otros sofistas, que no se ocupaban mas que en su impiedad.

Su proyecto de escuelas para el pueblo.

Quesnay y sus iniciados se habian empeñado en dar á entender que los pueblos de la campaña y los artesanos de las ciudades no tenian la instruccion necesaria á su profesion; que las gentes de esta clase, en lugar de aprender en los libros lo que les interesaba saber, se estaban atollados en una ignorancia fatal para su felicidad y bien del estado; que era necesario establecer y multiplicar, sobre todo en las campañas, las escuelas gratuitas, en donde se irian instruyendo los niños en diferentes oficios, y principalmente en los principios de la agricultura. D’Alembert y los otros iniciados volterianos, luego conocieron el buen 284 partido que podrian sacar de estas escuelas. Se unieron á los economistas, y presentaron á Luis XV varios memoriales en que exaltaban las ventajas ya temporales, ya tambien espirituales que sacaria la clase indigente de su reino. El Rey, que amaba verdaderamente al pueblo, abrazó el proyecto con fervor; ya estaba pronto á costear de sus propios fondos la mayor parte de lo necesario para el establecimiento de estas escuelas gratuitas. Se descubrió á Mr. Bertin, á quien honraba con su confianza y á cuyo cargo corria la administracion de su bolsillo secreto. Cuanto he dicho hasta aqui es un extracto de lo que en varias conversaciones he oido á este ministro, y en lo que se sigue es él mismo quien habla.

Mr. Bertin desengaña á Luis XV.

«Luis XV (decia este ministro), habiéndome confiado la direccion de su bolsillo, era muy natural que me hablase de un establecimiento, cuyos gastos habia de suplir. Habia mucho tiempo que yo observaba las diversas sectas de nuestros filósofos; aunque yo tenia muchas reconvenciones que hacerme sobre la práctica de los deberes religiosos, á lo menos habia conservado los principios de la religion, no dudando de los esfuerzos que hacían los filósofos para destruirla. Conocí que su objeto era tener ellos mismos la direccion de estas escuelas, apoderarse con esto de la educacion del pueblo, so pretexto de que los obispos y sacerdotes, encargados hasta entonces de la inspeccion de los maestros, no podian entrar en pormenores impropios de eclesiásticos. Concebí que se trataba mas de impedirles el recibir las instrucciones continuas de su catecismo y de la religion, que de dar lecciones de agricultura á los hijos de los 285 labradores y artesanos. Me resolví pues á declarar al Rey que las intenciones de los filósofos eran muy diferentes de las suyas. Conozco, le dije, á estos conjurados; guardaos, Señor, de atenderles. En vuestro reino no hay falta de escuelas gratuitas, las hay en los pueblos mas pequeños y casi en todas las aldeas; tal vez ya se han multiplicado con demasía. No son los libros los que hacen artesanos y labradores, es la práctica. Los libros y maestros que enviarán estos filósofos harán al paisano mas sistemático que laborioso. Temo que no le vuelvan perezoso, vano, envidioso, luego hablador, sedicioso, y al fin rebelde. Temo que todo el fruto del gasto que quieren haceros suportar, no sea para borrar poco á poco en el corazon del pueblo el amor á su religion y a su Rey.

»Añadí á estas razones cuanto me ocurrió para disuadir á su Magestad. Le aconsejé, que en lugar de maestros elegidos y enviados por los filósofos, emplease los mismos caudales en multiplicar los catequistas, en buscar hombres sábios y pacientes, que su Magestad podria mantener de concierto con los obispos, para enseñar á los pobres paisanos los principios de la religion, y que los aprendiesen de memoria, como lo hacen los curas y vicarios con los niños, que no saben leer. Parecia que mis razones gustaban á Luis XV, pero los filósofos volvieron á la carga. Tenian cerca del Rey hombres que no cesaban de instar con eficacia: por otra parte el Rey no se podia entonces persuadir, que su pensador Quesnay y los otros filósofos tuviesen intenciones tan detestables, y se vió sitiado con tanta obstinacion por aquellos hombres, que en el tiempo de los veinte últimos años de su reinado, en las conversaciones cotidianas con 286 que me honraba, casi siempre estuve ocupado en combatir la falsa opinion que le habian comunicado de sus economistas y asociados.»

Descubre el Ministro Bertin los medios de los conjurados para seducir las gentes del campo.

«En fin, resuelto yo á dar al Rey una prueba cierta de que le engañaban, procuré ganarme la confianza de estos mercaderes que corren las campañas, y venden sus mercaderías en los pueblos y en las puertas de los castillos. Yo tenia sospechas de que algunos que venden libros, eran agentes del filosofismo para con el pueblo sencillo. En mis viages á la campaña me adherí con particularidad á estos últimos. Cuando me ofrecian libros para que se los comprase, les decia yo, ¿y qué libros podeis tener? Sin duda seran catecismos ó libros de oraciones, pues no se leen otros en los pueblos. Á estas palabras ví algunos que se sonreian. No, me respondieron, no negociamos con esos libros; hacemos mejor negocio con los de Voltaire, Diderot y otros filósofos.—¡Como, exclamaba yo, paisanos compran Voltaire y Diderot! ¿Y en donde hallan dinero para comprar unos libros tan caros? La respuesta á esta pregunta fue constantemente: Los tenemos á mejor cuenta que los libros de oraciones; podemos dar á diez sueldos el tomo, y aun ganamos bonitamente. Despues de otras preguntas, llegaron á concederme que aquellos libros nada les costaban; que recibian fardos enteros de ellos, sin saber de donde les venian, con sola la condicion de venderlos al precio mas ínfimo.»

Esta es la relacion que muchas veces hizo Mr. Bertin, particularmente en su retiro de Aix-la-Chapelle; y cuanto referia de estos mercaderes, es exactamente 287 conforme á lo que he oido decir á muchos curas de villas y lugares pequeños, quienes, por lo comun, miraban á estos libreros que corrian los campos, como si fuesen la peste de sus parroquias, y de quienes se valian los que se llaman filósofos para hacer circular de una á otra parte el veneno de su impiedad. Luis XV, convencido con la relacion que le hizo el ministro de su descubrimiento, llegó en fin á concebir que el establecimiento de las escuelas, que con tanto ahinco solicitaba la secta, no serviria de otra cosa que de un medio mas para seducir al pueblos, y abandonó el proyecto; pero rodeado siempre de amigos y protectores de los conjurados, no subió á descubrir el orígen del mal; sólo tomó medidas muy débiles para estorbar los progresos, y los conjurados prosiguieron en valerse de sus buhoneros. Todo esto no fue mas que el primer medio para suplir la falta de sus tan deseadas escuelas de agricultura, cuya dilacion les causaba grande impaciencia. Nuevos sucesos manifestaron que los conjurados sabian suplir aquella falta por otros medios aun mas artificiosos y funestos.

Maestros de escuela en los pueblos.

Muchos años antes de la revolucion francesa, un cura de la diócesis de Embrun tenia frecuentes contestaciones con el maestro de escuela de su pueblo, reconviniéndole con que era un vil corruptor de la niñez, y que repartia libros los mas opuestos á las costumbres y á la religion. El señor del lugar iniciado protector de la secta era el apoyo del tal maestro: el buen cura fue á quejarse al arzobispado; Mr. Salabert d’Anguin, vicario general, encargado de verificar los hechos, quiso ver la biblioteca del maestro, y la halló llena de esta casta de libros. El maestro lejos de negar 288 el uso que de ellos hacia, afectó un tono de buena fe y respondió que habia oido hacer grandes elogios de aquellos libros, y que pensaba que no se los podia dar mejores á sus estudiantes; y aun añadió como los buhoneros, que nada habia gastado por ellos, que muchas veces recibia remesas considerables, sin saber de donde venian. Á una legua de Lieja y en los pueblos circunvecinos, habia maestros aun mas pérfidos, quienes recibiendo las mismas instrucciones, aumentaban los medios de la corrupcion. Estos en ciertos dias y horas señaladas reunian un cierto número de artesanos y paisanos pobres, que no habian aprendido á leer: en estos conventículos, uno de los discípulos del maestro leia en alta voz algunos de los libros, que ya le habian pervertido. Al principio era algun romance de Voltaire, despues el Sermon de los cincuenta, el imaginario Buen sentido y otras obras de la secta, que el maestro tenia cuidado de proporcionarle, en particular los que abundan en declamaciones y calumnias contra el clero. Estos conventículos, que eran los precursores de la revolucion de Lieja, estuvieron ocultos, hasta que al fin un carpintero hombre honrado y religioso, descubrió al señor de un bosque, por quien trabajaba, el dolor que le habia causado el sorprender á sus hijos en el conventículo, ocupados en leer á una docena de paisanos los referidos libros. Con esta noticia se hicieron requisiciones por aquellas inmediaciones, y se hallaron muchos maestros de escuela culpados de la misma infamia; y se observó que estos pérfidos maestros eran precisamente los que mas afectaban cumplir los deberes exteriores de la religion, y por lo mismo eran los menos sospechosos de estas maniobras infernales. Se extendieron las requisiciones y las huellas condujeron hasta d’Alembert; y he aqui lo que resultó de estos 289 conocimientos, que me ha notificado la misma persona con quien se desahogó el carpintero, la que no omitió alguna de las diligencias que pedia un objeto tan importante.

Junta de comision de d’Alembert para la educacion.

Se practicaron las correspondientes diligencias para averiguar quienes eran los que habian recomendado aquellos corruptores de la juventud, y su resultado fue que los protegian bajo mano ciertos personages ya bien conocidos por sus enlaces con los impíos del tiempo, y continuando las averiguaciones, se llegó hasta d’Alembert y su oficina de institucion de maestros. Á esta oficina acudian todos los que ya he mencionado, y que necesitaban de recomendacion de los sofistas para obtener empleo de maestros ó de ayos en las casas ricas y de grandes señores. En este tiempo ya no se limitaba el zelo de d’Alembert á estas instituciones particulares, pues habia entablado correspondencia en todas las provincias, y hasta fuera del reino. Cuando en algun colegio ó pueblo vacaba el empleo de preceptor ó de simple maestro de escuela, los iniciados repartidos en todas partes informaban á d’Alembert y sus coadjutores de las vacantes, de los pretendientes que se presentaban, de los que se debian admitir ó desatender, de las personas á quienes se habia de recurrir, para que se proveyesen las vacantes en iniciados pretendientes, ó bien en los que destinase la oficina de Paris, instruyéndolos en el método que debian observar y reglas que habian de seguir con mayor ó menor precaucion, segun lo exigiesen las circunstancias locales, y atendiendo á los progresos que en sus alrededores hacia el filosofismo. De aquí se derivaba la insolencia de aquel maestro de la diócesis de Embrun, y el 290 disimulo hipócrita de los del pais de Lieja, en donde tenian á un gobierno en todo eclesiástico, y en donde la impiedad no habia hecho los mismos progresos que en Francia.

De este modo d’Alembert, fiel á la mision que le habia dado Voltaire, cuando le encargó de ilustrar la juventud cuanto pudiese (3), habia perfeccionado las maniobras que se ordenaban á seducirla. Voltaire en aquel tiempo ya no tenia motivos para suspirar por su colonia de Cléves; pues la manufactura de toda impiedad á que destinaba aquella colonia, la cofadría filosófica, semejante á la de los mazones, la academia secreta enfin, ocupada en destruir á Jesucristo y su religion, mas que no todas las academias públicas en extender el imperio de las artes y ciencias, ya se habia realizado en Paris. Esta asociacion, la mas tenebrosa de los conjurados, que se habia establecido en medio de un imperio cristianísimo, y por unos medios que solo podia inspirar la rabia contra Jesucristo, apresuraba una revolucion que habia de destruir en Francia, y si hubiese podido en todo el mundo, todos los altares y dogmas del cristianismo. Este es el último misterio de Mitra, y este es el manejo mas secreto de los conjurados. Aun no le habia descubierto algun escritor que yo sepa, y ni de este misterio se descubre algun vestigio en las cartas de Voltaire que los editores iniciados tuvieron á bien publicar, pues tuvieron muchos motivos para suprimir las que trataban del asunto. En el primer momento de la revolucion aun habrian bastado estas cartas para excitar la indignacion del pueblo, pues habria descubierto en ellas la atrocidad de los medios de que se habian valido para arrancarle su religion. 291 Ello es muy cierto que complaciéndose como los demonios en el mal que hacian en la oscuridad de sus congresos, nunca habrian manifestado este misterio de su iniquidad, y habria quedado siempre oculto, si la providencia no se hubiese valido de los remordimientos de un infeliz iniciado que le manifestó, como vamos á ver.

Descubrimiento de la Academia secreta de los conjurados y de sus medios.

Antes de manifestar el secreto de esta academia, debo decir á mis lectores, que me he valido de todas las precauciones para que me constase la verdad de los hechos. Me dió noticia de esta escena un sugeto, cuya probidad me era bastante notoria paraque yo no dudase de la verdad de su relacion, y aunque me la dió firmada de su mano, me pareció que yo debia hacer algo mas. En esta relacion firmada se alegaba un testigo que habia representado en esta misma escena un papel muy semejante al de segundo actor; era hombre de valor, y por sus virtudes y servicios, Luis XVI le habia condecorado con la primera distincion de la nobleza francesa. Se hallaba entonces en Londres, y aun se halla aqui en el momento en que escribo. No dudé pues en dirigirme á él, escuché con la posible atencion la relacion que me hizo, y la hallé en todo conforme á la relacion firmada que tenia en mi poder. Si el lector no lee aquí el nombre de este señor, no es porque él tema que le aleguen, sino porque no le acomoda que le aleguen en un hecho que le aflige mucho sobre la suerte de un amigo, cuyo error mas se debia á la seduccion de los sofistas que á su corazon, y cuyo arrepentimiento ha expiado en algun modo su delito ó delirio. He querido dar esta explicacion para suplir las 292 pruebas que hasta el presente he alegado de los mismos escritos de los conjurados. He aqui el hecho.

Declaracion y arrepentimiento del secretario de esta academia secreta.

Á mediados del mes de septiembre de 1789, es decir unos quince dias antes de las atrocidades del 5 y 6 de octubre, en un tiempo en que ya se descubria que la asamblea llamada nacional, habiendo precipitado al pueblo en los horrores de la revolucion, no ponia ya límites á sus pretensiones, Mr. d’Angevilliers convidó á comer en su casa á Mr. Leroy, ayudante de cazas de su Magestad, y académico. La conversacion fue, segun las circunstancias del tiempo, sobre los desastres que ya habia cometido la revolucion, y sobre los que fácilmente se podian prever. Concluida la comida, el mismo señor que me dió la noticia de este hecho, amigo de Mr. Leroy, pero sentido de haberle visto mucho tiempo aficionado á los sofistas del siglo, pensó en hacerle algunas reconvenciones en estos términos tan expresivos: ¡Y bien, esa es con todo la obra de la filosofía! Aterrado Leroy con esta expresion: Ay! respondió, ¿y á quien lo decis? lo sé demasiado; pero moriré de dolor y de remordimientos. Sobre esta palabra remordimientos, que repetia acabando casi todas sus expresiones, el mismo señor le preguntó: ¿Qué acaso habeis cooperado á esta revolucion, de modo que os veais precisado á haceros estas reconvenciones? «Sí, respondió Leroy, he cooperado, y mas de lo que quisiera. Yo he sido (prosiguió) secretario de una junta de comision, á la que debeis la revolucion: pero cito por testigos á los mismos cielos de que nunca creí que se llegase á este estado. Me habeis visto en el servicio del rey, y sabeis que amo su persona, y no pensaba yo conducir sus vasallos á 293 lo que han llegado; pero moriré de dolor y de remordimientos.»

Precisado Leroy á manifestar que cosa era aquella junta de comision, aquella sociedad secreta, cuya existencia ignoraba toda aquella comitiva, respondió: «Esta sociedad era una especie de club que habíamos formado entre nosotros filósofos, y al que á nadie admitiamos sin que estuviésemos de ellos bien seguros. Nuestras juntas se tenian por lo regular en el palacio del baron de Holbach. Temerosos de que alguno sospechase nuestro objeto, nos dimos el nombre de economistas. Creamos presidente honorario y perpetuo de la sociedad á Voltaire, aunque ausente. Nuestros principales miembros eran d’Alembert, Turgot, Diderot, La Harpe, y aquel Lamoignon, guarda-sellos, quien despues de su desgracia se ha dado la muerte en su parque.»

Objeto de esta Academia.

Toda esta declaracion la interrumpian los suspiros y sollozos; el iniciado profundamente penitente, añadió: «He aqui cuales eran nuestras ocupaciones; la mayor parte de los libros contra la religion, las costumbres y el gobierno, que habeis visto salir de mucho tiempo á esta parte, eran obra nuestra ó de algunos autores nuestros confidentes. Todos los componian ó los miembros de la sociedad, ú otros por órden suya. Nuesto tribunal los recibia todos, antes de darlos á la imprenta. Allí los revisábamos, añadíamos, quitábamos, corregíamos, segun lo pedian las circunstancias. Cuando nuestra filosofía se descubria demasiado, segun el tiempo y objeto del libro, la cubríamos con el velo: pero si pensábamos poder adelantar mas que el autor, hablábamos con mas claridad; en fin hacíamos decir 294 á estos escritores lo que nos daba la gana. Luego salia al público el libro bajo un título ó nombre que escogíamos, para ocultar la mano que le habia escrito. Las que creíais obras póstumas, como le Christianisme devoilé (el cristianismo á descubierto) y otras diferentes atribuidas á Freret y á Boulanger despues de su muerte, no tenian otro orígen que nuestra sociedad. Cuando habíamos aprobado todos estos libros, hacíamos tirar al principio, en papel fino ú ordinario un número suficiente para reembolsar los gastos de impresion, y despues una cantidad inmensa en papel menos caro. Estos los enviábamos á libreros ó buhoneros, quienes los recibian de valde ó casi de valde, con obligacion de repartirlos ó venderlos al pueblo al precio mas bajo. He aquí lo que ha pervertido al pueblo, y le ha conducido al punto en que le veis en el dia. Ya no lo veré mucho tiempo; moriré de dolor y de remordimientos.»

Esta relacion hacia estremecer de indignacion; pero todos se compadecian viendo el arrepentimiento y el estado realmente cruel en que se hallaba Mr. Leroy. Lo que aumentó el horror á una filosofía que habia podido hallar y meditar con tanta constancia estos medios para arrancar al pueblo su religion y sus costumbres, fue lo que añadió el mismo, manifestando el sentido de estas palabras abreviadas, écr. l’inf. (écrasez l’infame), aplastad el infame, con que Voltaire concluyó tantas de sus cartas. Leroy les dió la misma explicacion que yo les he dado en estas Memorias, y que por otra parte el mismo contenido de estas cartas manifiesta con tanta evidencia. Añadió lo que yo no me habria atrevido asegurar, aunque fuese tan verosimil; que todos los que recibian cartas de Voltaire con aquella 295 horrible contraseña, eran miembros de aquella junta secreta ó iniciados de sus misterios. Manifestó tambien, como ya he dicho, el proyecto de los conjurados para que el infame Brienne fuese arzobispo de Paris, y la intencion que tenian en esto. Se extendió en otros muchos pormenores que habrian podido ser de grande utilidad para la historia; pero no los conservaba la memoria de los que habian asistido á esta relacion. No he podido averiguar, en que año tuvo principio esta junta secreta: pero parece cierto por la relacion del ministro Bertin, que ya la habian establecido muchos años antes de la muerte de Luis XV, pues desde entonces se descubre su principal objeto, que era de hacer circular todas aquellas producciones impías que recibian los mercaderes de una mano incógnita, para distribuirlas al precio mas bajo en las campañas.

Creo que para el intento debo citar una carta de Voltaire á Helvecio (4) que dice así: «¿Porqué los adoradores de la razon se paran en el silencio y en el temor? No conocen lo bastante sus fuerzas. ¿Quien les impediria tener en su poder una pequeña imprenta y dar escritos útiles y cortos, de los cuales solos los amigos serian depositarios? De este medio se han valido los que han impreso las últimas voluntades de aquel bueno y honrado cura (habla del testamento de Juan Meslier.) Es cierto que su declaracion es de mucho peso. Es muy cierto, que vos y vuestros amigos podriais hacer mejores obras con la mayor facilidad, y hacerlas despachar sin comprometeros.» Otra carta hay en la que Voltaire, á lo irónico y bajo el nombre de Juan Patourel, ex-jesuita, aparentando felicitar á Helvecio por su imaginaria conversion, describe 296 en estos términos el modo como procedian para hacer circular los escritos y repartirlos en la clase menos instruida, en lo que se manifestaba tan zeloso: «Oponen dice al Pedagogo cristiano y al Piénsalo bien, libros que en otros tiempos hacian tantas conversiones, libros pequeños de filosofía, que se reparten por todo con mucha destreza. Estos pequeños libros se suceden unos á otros con mucha rapidez. No se venden, sino que se entregan á personas de confianza, quienes los distribuyen á los jóvenes y mugeres. Ya es el Sermon de los cincuenta, que se atribuye al rey de Prusia, ya es un estracto del testamento de aquel desgraciado cura Juan Meslier, que á la hora de su muerte pidió perdon á Dios de haber enseñado el cristianismo, y ya es no sé que Catecismo del hombre de bien, compuesto por un cierto abate Durand,» (debe decir compuesto por el mismo Voltaire) (5). Estas dos cartas nos manifiestan muchas cosas. En primer lugar nos decubren á Voltaire trazando el plan de una sociedad secreta, cuyo objeto es el mismo que el de aquella cuyos misterios reveló el iniciado Leroy; y nos descubren una sociedad en todo semejante á aquella que se ocupaba en el mismo objeto, que usaba de los mismos artificios, y que entonces tenia su asiento en Ferney. Nos dicen, en fin, que esta Academia secreta no tenia sus sesiones en Paris, cuando se escribieron dichas cartas, pues Voltaire deseaba su establecimiento. Pero, por otra parte, las pretendidas obras de Freret y Boulanger que el iniciado Leroy declaró haber salido de la academia secreta residente en Paris, en el palacio de Holbach, se dejaron ver en los años 1766 y 1767 (6). De lo que 297 se sigue con evidencia, que esta academia secreta se estableció en Paris entre los años 1763 y 1766. Es decir, que cuando llegó la revolucion ya habia veinte y tres años que trabajaba para seducir á los pueblos, valiéndose de aquellos artificios que causaban tanta vergüenza y arrepentimiento á Leroy, por haber hecho las funciones de secretario en esta academia de tantas manufacturas de la impiedad.

Se descubren otros iniciados miembros de la misma Academia.

El infeliz iniciado Leroy que reveló aquel secreto, dijo verdad cuando repetia que moriria de dolor y remordimientos, pues que apenas sobrevivió tres meses á esta confesion. Este mismo Leroy, como hemos visto, despues de haber nombrado á los principales miembros de aquella su monstruosa academia, añadió que debian tambien comprenderse en ella todos aquellos iniciados favoritos, con quienes Voltaire, en sus cartas, hacia uso de la atroz fórmula, aplastad el infame. Conforme á esta regla el principal de estos iniciados, sin que se pueda disputar, es aquel Damilaville, que se manifestaba tan contento oyendo decir que ya ho habia sino la canalla que creyese en Jesucristo; pues á este sugeto dirigia principalmente Voltaire las cartas que concluia con estas palabras, aplastad el infame. Este Damilaville no era de una clase muy elevada sobre la que llamaba canalla; habia hecho alguna fortuna siendo empleado en la oficina de los veintenos, que le rendia, entre salario y gages, tres ó cuatro mil libras. Su filosofía no le habia enseñado á contentarse con esta medianía, pues vemos que Voltaire se vió precisado á decirle que no le podía procurar un empleo mas lucrativo 298 (7). El carácter particular que Voltaire descubrió en Damilaville, fue aborrecer á Dios. ¿Será por esto que Voltaire le escribia con mas frecuencia y mayor intimidad que á los otros iniciados? Lo cierto es, que se servia particularmente de él para que llegasen á los conjurados sus mas íntimos secretos y producciones mas impías. Aun ignoraríamos sus talentos literarios, si no tuviésemos una carta de Voltaire al marques de Villevieille, en que nos pinta maravillosamente la cobardía de los conjurados, y lo poco que se asemeja su filosofía á la de los sabios verdaderos, que estan prontos á sacrificarlo todo para que triunfe la verdad: «No mi querido amigo (dice Voltaire á su marques), no, los Sócrates modernos no beberán la cicuta. El Sócrates de Atenas era, entre nosotros sea dicho, un hombre muy imprudente y un ergotista despiadado, que se habia grangeado muchos enemigos, y que insultó muy intempestivamente á sus jueces. Nuestros filósofos del dia son mas diestros. No tienen ellos la necia y peligrosa vanidad de poner su nombre á sus escritos: ellos son unas manos invisibles, que traspasan el fanatismo con las flechas de la verdad, desde un extremo á otro de la Europa. Damilaville acaba de morir; él era el autor del Cristianismo á descubierto (Christianisme dévoilé), que se publicó bajo el nombre de Boulanger, y tambien ha sido autor de otros muchos escritos. Esto nunca se ha sabido; sus amigos le han guardado secreto con una fidelidad digna de la filosofía. (8

Este pues fue el autor de este famoso escrito, que los conjurados nos querian dar por produccion de uno de sus sabios. El pretenso Boulanger fue este Damilaville, 299 que desde su oficina de publicano se transformó en un grande hombre de la filosofía moderna, y tal era tambien la intrepidez de este gran filósofo, que en todo semejante á sus cofrades temia que su filosofía no le costase demasiado cara, si la hubiese habido de sostener delante de los tribunales. Temia, sin duda, beber, no en la copa de la cicuta sino en la de la vergüenza é infamia, si le hubiesen conocido por autor de todas las calumnias y errores que contenia este escrito, que es uno de los mas atroces que se han publicado contra el cristianismo. Este iniciado Damilaville, tan digno de los cariños de d’Alembert y de Voltaire, murió habiendo hecho bancarrota, mero dependiente de oficina, y separado de su muger ya habia doce años. Su panegírico le hace el mismo Voltaire en una carta á d’Alembert: «Toda mi vida echaré menos á Damilaville. Yo amaba la intrepidez de su alma, pues tenia el entusiasmo de S. Pablo (que es decir, tanto zelo para destruir la religion, como S. Pablo para propagarla). Era un hombre muy necesario (9).» La decencia no permite que yo copie lo que falta del elogio.

Despues de este vil sofista, cuyo mérito parece que consistia únicamente en haber sido un ateo exaltado, se presenta el conde d’Argental como uno de los mas zelosos miembros de la academia secreta. Ya he hablado de este conde tan querido de Voltaire; no hago aquí memoria de él por otro motivo, sino porque tambien fue uno de los corresponsales con quien Voltaire desahogaba libremente sus intentos de aplastar á Jesucristo, y para conservarle sus derechos á la academia secreta (10).

Con el mismo derecho se debe dar lugar á no sé 300 que erudito llamado Thiriot, que ni fue mas rico ni de una clase mas elevada que Damilaville. Este subsistió mucho tiempo de los beneficios de Voltaire; fue al principio su discípulo y acabó con ser su agente. El hermano Thiriot se volvió muy impío, y fue tan ingrato que Voltaire se quejaba amargamente; pero Thiriot, á pesar de su ingratitud, fue siempre impío, y esta constancia le reconcilió con Voltaire, quien le conservó sus títulos entre los conjurados (11).

Es sensible que entre los sofistas conjurados ocupe tambien su lugar Mr. Saurin de la academia francesa. No son sus escritos lo que causa estos sentimientos, porque si no fuese por su tragedia de Espartaco, no se hablaria mucho ni de sus versos ni de su prosa; pero me han dicho que á pesar de su natural honradez, se enlazó con los conjurados mas por falta de fortuna, que por inclinacion y gusto á la impiedad. Me han asegurado que fue un hombre de una probidad notoria; pero que se dejó llevar á la sociedad secreta por una pension de mil escudos que le hacia Helvecio. No basta esta excusa; pues ¿qué probidad puede tener un hombre que sacrifica la verdad al oro, y que por una pension se une á los conjurados contra el altar? Lo que veo, es que Voltaire cuando escribe á Saurin, le pone en la misma clase que á Helvecio y demás iniciados, pues le confía los mismos secretos y le exhorta á la misma guerra contra Jesucristo (12). Es preciso que haya sufrido la vergüenza de la iniciacion, pues no hemos visto que se haya separado de la sociedad de los impíos. 301

Debe tambien ponerse en la lista á Mr. Grimm, aquel baron de Bohemia, que fue digno amigo y cooperador de Diderot, que como este corrió de Paris á Petersburgo para hacer iniciados, y que volvió á Paris para tener parte en los desatinos de este. Fue del mismo sentir de Diderot, Que entre él y su perro no habia mas diferencia que el vestido. Este fue el que tuvo la satisfaccion de dar la primera noticia á Voltaire, de que el emperador José se habia iniciado en los misterios de la secta.

Tambien se debe añadir aquel aleman baron de Holbach, quien no pudiendo hacer otra cosa mejor, franqueaba su casa á los socios de la academia secreta. En Paris tenian á este sugeto por un amante y protector de las artes; bien que esto se debe á los conjurados, que se interesaban mucho en que el público le tuviese en este concepto, pues era un título para que se reuniesen en su casa sin dar sospechas. El baron no pudiendo aspirar á ser autor como otros conjurados, se hizo su Mecénas. La fama con que le celebraba la secta, la debia como otros á su dinero, y al uso que de él hacia en favor de los impíos. Pero á pesar de los pretextos con que se procuraban encubrir las frecuentes juntas que se tenian en su casa, la voz pública era que se entraba en ella como en el Japon, es decir pisando un Crucifijo.

Este era el carácter de los miembros que componian esta academia secreta, que con el pretexto de conferenciar, en beneficio del pueblo, sobre economía pública ó sobre el adelantamiento de las artes, se ocupaba en inventar medios para seducir al mismo pueblo, y arrastrarle á una apostasía general. Á lo menos podemos contar quince impíos, que eran miembros de aquella academia: Voltaire, d’Alembert, Diderot, 302 Helvecio, Turgot, Condorcet, la Harpe, Lamoignon, el guarda-sellos, Damilaville, Thiriot, el Conde d’Argental, Grimm, el baron de Holbach y el infeliz Leroy, que murió de dolor y remordimientos de haber sido iniciado y secretario de una academia tan monstruosa.

El que desee saber quien fue el verdadero autor de esta academia, es preciso que despues de haber leido la carta que ya he alegado de Voltaire á Helvecio, atienda á lo que escribió Voltaire á d’Alembert: «Que los filósofos hagan cofradía como los francmazones, que se reunan, que se sostengan, que sean fieles á la cofradía, y entonces me dejaré quemar por ellos. Esta academia secreta valdrá mas que la academia de Atenas, y que todas las de Paris. Pero cada uno atiende á su bien estar y se olvida de que la primera obligacion es aplastar el infame.» La fecha de esta carta es del 20 Abril del año 1761. Si se coteja esta carta con la declaracion del iniciado Leroy, fácilmente se descubre la exactitud con que los iniciados de Paris ejecutaron las órdenes de su primer maestro. Mucho sintió Voltaire no poder presidir de mas cerca á las tareas de esta sociedad, y pensó mucho tiempo que la capital de un imperio cristianísimo no era sitio muy favorable á sus designios, y que en ella no se gozaria de toda la libertad que deseaba. Por esto, aun algunos años despues del establecimiento de la academia secreta, insistia en el proyecto de su colonia filosófica, que deseaba establecer en los estados de Federico ó de algun otro príncipe protector. Pero llegó el tiempo en que los buenos resultados de esta academia secreta le consolaron del ningun éxito de su colonia. Triunfando en Paris en medio de sus iniciados, debia recoger los frutos de su constancia en la guerra que de medio siglo á esta parte hacia á Jesucristo.


1 Carta á d’Alembert del 13 Diciembre de 1763.

2 Véase el analísis de estos escritos por Mr. Gros, Preboste de San Luis del Louvre.

3 Carta del 15 Septiembre de 1762.

4 Carta del mes de Marzo de 1763.

5 Carta á Helvecio del 25 Agosto de 1763.

6 Véase l’Antiquité dévoilée, edicion de Amsterdam, año 1766, y Examen des apologistes du christianisme, año 1767.

7 Véase la correspondencia general, carta á Damilaville del 2 Diciembre de 1757.

8 Carta del 20 Diciembre de 1768.

9 Cartas del 13 Diciembre de 1769, y del 13 Enero de 1770.

10 Se pueden ver muchas cartas en la correspondencia general.

11 Véase la correspondencia y una carta á d’Alembert, y otra de la marquesa de Chatelet al rey de Prusia.

12 Carta de Voltaire á Saurin de Octubre 1761, y á Damilaville del 28 Diciembre.