Conducta del clero con los conjurados anticristianos

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(Capítulo decimosexto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Distincion que se ha de hacer en el Clero. — Conducta del clero verdadero, y que reconvenciones se le pueden hacer. — Su resistencia á la impiedad.

Mientras que los palacios de los grandes y los liceos de las ciencias humanas abrian de par en par sus puertas, para dar entrada á la apostasía; mientras que los ciudadanos de todas clases, seducidos los unos por el mal ejemplo y los otros por los sofistas, se separaban del culto, y corrian á alistarse bajo las banderas de la impiedad, no eran no podian ser equívocos los deberes del clero. A él le tocaba formar el muro que cerrase el paso y entrada al torrente de la impiedad, que saliendo de madre amenazaba inundarlo todo. Era de su obligacion impedir con todas sus fuerzas, que el error y la corrupcion arrastrasen la multitud y los pueblos á un desórden, que si bien se considera, es el mayor á que puede estar expuesta la sociedad. Solo el nombre y carácter de eclesiásticos, mejor que el honor y los intereses, recuerdan la estrecha obligacion de conciencia que tienen para rechazar y resistir con todas sus fuerzas y valiendose de todos los medios, la conjuracion contra el altar. La menor omision y cobardía en los pastores, cuando se ofrecen estos combates, equivalen á la traicion y á la apostasía. El historiador que debe tener valor para decir la verdad á los reyes, no ha de ser cobarde para decirla al estado eclesiástico, aunque sea miembro suyo. La verdad se debe decir, ya redunde en gloria del ministerio, ya humille á algunos de sus individuos, pues 271 de cualquier modo será útil á la posteridad. Esta verá lo que se hizo y lo que se debia haber hecho: pues ello es cierto que la conspiracion contra Jesucristo no ha llegado á su fin: puede esta ocultarse, pero luego que se le proporcione ocasion, volverá á cometer los estragos que se vieron en los tiempos de la revolucion francesa. Sepa pues la posteridad lo que puede contener, y lo que puede fomentar esta conjuracion.

Distincion que se ha de hacer en el Clero.

Si hubiésemos de comprender bajo el nombre y estado del clero á cuantos en Francia se presentaban en medio trage eclesiástico, y á todos aquellos á quienes se daba en Paris y en otras ciudades grandes el tratamiento de Abate, podria el historiador decir con mucha verdad que desde el principio de la conjuracion ya hubo en el clero traidores y conjurados. Hubo aquel Abate Prades, que fue el primer apóstata, aunque fue tambien el primer arrepentido. Hubo aquel Abate Morellet, cuya infamia se descubre en los repetidos elogios que de él hicieron d’Alembert y Voltaire (1). Hubo aquel Abate de Condillac, que se encargó de hacer de su príncipe un sofista. Hubo sobre todos, aquel Abate Raynal, cuyo nombre equivale al de veinte energúmenos de la secta. Habia tambien en Paris otra multitud de entes, llamados tambien Abates, del mismo modo que hoy llaman Abate á Bartelemí y á Beaudean, ó á Noel y á Sieyes: pero hasta el pueblo los distinguía, y no confundia á estos Abates con el clero; pues sabia que eran unos intrusos de la avaricia, que anhelando por los beneficios simples de la iglesia, dejaban 272 á parte sus funciones, y que otros adoptando, precisamente por economía, mas apariencia de eclesiástico, deshonraban este estado con la corrupcion de sus costumbres y libertad de sus escritos. El clero, sin que se pueda dudar, cometió la gran falta de permitir que se multiplicasen tanto, particularmente en la capital, estos entes anfibios. Á pesar de la gran diferencia que habia entre estos y el clero ocupado en las funciones de su ministerio, es constante, que, sus escándalos favorecian á la conjuracion de los sofistas, y daban cierto motivo á las sátiras, que recayendo sobre el estado eclesiástico, desacreditaban á los verdaderos ministros del santuario. Muchos de estos Abates, que ni siquiera creian en Dios, eran criaturas de los mismos conjurados, quienes los habian ayudado para meterlos en la iglesia, habian solicitado beneficios para los mismos, á fin de que deshonrasen el clero con sus escándalos é introdujesen en el santuario los principios y máximas de la impiedad. Fueron estos la peste que aquellos enviaron al campo enemigo; pues viendo que no podian batir este ejército del Señor, pretendian comunicarle el contagio.

Conducta del clero verdadero, y que reconvenciones se le pueden hacer.

No contando pues como miembros del clero sino á los que verdaderamente estaban consagrados al servicio del altar, el hecho es, que la impiedad nada pudo conseguir. He registrado los archivos de la secta; he practicado todas las diligencias, para ver si los conjurados contaban con algunos obispos, curas ó eclesiásticos funcionarios, que fuesen iniciados de la secta; y el resultado ha sido, que antes de los tiempos de Perigord d’Autun, antes de la apostasía de Gobet, de 273 Gregoire y de otros Constitucionales, no he hallado mas que uno; este es Brienne. Bastante es, pues fue por espacio de treinta años el Judas del colegio apostólico. En la correspondencia de Voltaire se hallan algunas cartas en que se lisonjea de que tiene en su favor al cardenal de Bernis: pero este cardenal en aquella época no era mas que el favorito de la Pompadour, ó el poeta jóven de las gracias. Estos desvíos de un jóven no bastan para suponer que tuviese inteligencia con los conjurados, á quienes no prestó el menor servicio, aunque cooperó á la destruccion de los Jesuitas. Pero en cuanto á esto, se puede decir de este cardenal lo que d’Alembert decia de los parlamentos: Perdonadles, Señor, porque no saben lo que hacen, ni de quien reciben las órdenes. Las cartas de d’Alembert hablando de Brienne, son de un carácter muy distinto, pues suponen la mas entera connivencia de parte de un traidor verdadero, que hace cuanto puede á favor de los conjurados, no deseando otra cosa mas que no ser conocido del clero (2). He leido tambien algunas cartas en que d’Alemebert se gloria de que el príncipe Luis de Rohan, de coadjutor que era de una iglesia católica, consentia en hacerse coadjutor de la filosofía (3); pero fue esto un error puramente material. El caso es, que d’Alembert se valió de la recomendacion de este príncipe, para que la academia admitiese á Marmontel; y si este príncipe, que era naturalmente noble y generoso, se engañó solo pensando en proteger no mas las letras, en la persona de un iniciado, esto no prueba que él conociese, ni menos que protegiese el secreto de los que, abusando de su proteccion, acabaron con burlarse de su persona. Á 274 Brienne se le podria añadir aquel Meslier, cura de Etrepigni en Champaña, si no constase que los mismos sofistas habian forjado el testamento impío que le achacaron despues de su muerte. En los tiempos mas inmediatos á la revolucion francesa, empezó el filosofismo á introducirse hasta en las comunidades de monges, y se dejaron ver en aquella época el padre Don Gerle y sus secuaces ó aliados; pero estos fueron obra de otra especie de conjurados, que daré á conocer á continuacion de estas Memorias. En todos tiempos conservó el clero su fe. Es cierto que se podia dividir en eclesiásticos zelosos y edificantes, y en eclesiásticos relajados y aun escandalosos; pero nunca se pudo dividir en obispos ó sacerdotes creyentes, y en obispos, curas y sacerdotes incrédulos, sofistas ó impíos. Esta última clase nunca llegó á ser tan numerosa, que diese motivo á los conjurados para jactarse. Si hubiesen visto que el clero perdia su fe, no habrian dejado de autorizarse con esta apostasía, como lo hicieron con la de los ministros de Ginebra (4). Por el contrario, ninguna cosa se descubre mas en sus correspondencias, que declamaciones contra el zelo del clero en la conservacion de los dogmas. Sus sátiras sobre este particular, son el mayor elogio de los pastores de la Iglesia.

Pero aunque el clero se haya mantenido en su fe, no por esto dejará de merecer las mas justas reconvenciones por los progresos que hicieron los sofistas y su conjuracion. No les bastó á los Apóstoles conservar intacto el depósito de las verdades religiosas; mas influjo tiene el ejemplo que nuestras instrucciones, para rechazar la impiedad. Es cierto que el pueblo recibia buen ejemplo de un gran número de sus pastores; pero el ejemplo de la mayor parte no basta. Los que 275 observan la diferencia de ciertas impresiones, saben que un mal sacerdote hace mas mal que pueden hacer bien cien sacerdotes virtuosos.Todos debian ser buenos; pero hubo muchos relajados. Entre los ministros del altar habia hombres cuyas costumbres no eran dignas del santuario. Habia muchos ambiciosos, y los habia que, en lugar de dar pasto á sus ovejas, estimaban mas dedicarse á la intriga y al fausto y lujo de la capital, que á las funciones de sus diócesis. Sus vicios no eran tales que hubieran merecido ser notados en un seglar; pero lo que es de poco momento en un seglar, es muchas veces monstruoso en un eclesiástico. Es cierto que en particular los impíos, con sus depravadas costumbres, no tenian derecho para tachar en el clero aquellas mismas que este condenaba en algunos de sus miembros; y el clero podia muy bien decir á los mundanos: ¿Como es posible que no haya en el santuario hombres cuya conducta nos hace derramar lágrimas, si los enemigos de la Iglesia disponen de todas las protecciones cerca del trono, para traficar impunemente con las dignidades del santuario, y separar de él a los que se harian respetables y temibles por su santidad y doctrina? ¿Como es posible que no los haya malos, si cuando algunos obispos pretendian repeler á un indigno, Choiseul les respondió: Estos hombres son los que queremos, y de estos necesitamos; si muchos señores irreligiosos miraban los bienes de la Iglesia como si fuesen el patrimonio de sus hijos, en quienes muchas veces la misma Iglesia descubria los vicios de sus padres? Es muy cierto que el clero podia dar esta respuesta á sus enemigos; y es tambien cierto que si alguna cosa ofrece la historia que pueda causar admiracion, es que con todas las intrigas de la ambicion, de la avaricia y de la impiedad, eran muy pocos los 276 pastores malos y muchos los buenos, verdaderamente dignos del título y ministerio. Pero el crimen de los que introducian á los escandalosos en el clero, no excusaba el crimen de los que daban el escándalo. Es necesario que el clero vea esta declaracion en la historia, porque debe tener conocimiento de todas las causas que produjeron ó tuvieron algun influjo en la revolucion anticristiana, á fin de que, con el buen ejemplo, rechacen los asaltos de la impiedad, y esta no tenga el menor pretexto para seducir á los pueblos.

Su resistencia á la impiedad.

Pero tambien debe decir la historia, que si habia algunos pastores que con su relajacion favorecian los progresos de la conjuracion, la mayor parte peleó con constancia contra los conjurados. Si el cuerpo del clero tenia sus manchas, tenia tambien su brillo y resplandor en las virtudes sólidas, en la ciencia y zelo de la religion, y en su inviolable adhesion á los principios de la fe. El todo de este cuerpo fue bueno, y debe á los beneficios de aquel Dios que él anunciaba al pueblo, el haberlo sabido manifestar, cuando la impiedad insolente con sus progresos se quitó la máscara. Entonces fue, cuando el clero se manifestó mas valiente que la misma conjuracion. Supo morir sin temor, y mirar sin sobresalto los rigores de un prolongado destierro. Entonces fue, cuando los mismos sofistas se avergonzaron de la calumnia que con tanta frecuencia habian repetido, que los prelados y pastores estaban mas enlazados con las riquezas que con la fe de la Iglesia. Las riquezas se quedaron para los salteadores, y la fe acompañó al convento del Carmen á los arzobispos, obispos, curas y eclesiásticos de todas las órdenes hasta 277 morir bajo los cuchillos de los verdugos, y los acompañó en su destierro y emigracion á Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia, Suiza y España, persesguidos por los ejércitos jacobinos, y proscritos por los decretos de los carmagnolas. Pobres en todas partes, no tuvieron otros recursos que la beneficencia de las naciones extrangeras; pero eran ricos con el tesoro de su fe y el testimonio de su conciencia.

Para manifestar el clero su oposicion á los principios de los conjurados y dar el testimonio mas auténtico de su fe y religion, no esperó á que llegasen los dias de la revolucion, pues empezó la lucha con la misma conjuracion. Luego que la impiedad se dejó oir, hablaron los congresos del clero para confundirla. No habia llegado la Enciclopedia á la mitad de su impresion, cuando ya se vió proscrita por estos congresos; y ni siquiera ha tenido el clero una de estas juntas, en el espacio de cincuenta años, que no haya hecho presentes al rey y magistrados los progresos del filosofismo (5). Al frente de los prelados que se opusieron al filosofismo, estaba el señor de Beaumont, aquel arzobispo de Paris, que la historia no puede pasar en silencio sin hacerle injusticia. Generoso como los Ambrosios, tuvo su mismo zelo y teson contra los enemigos de la fe. Los jansenistas le desterraron, y los conjurados volterianos habrian querido verle muerto: pero si lo hubiesen atentado, habrian visto que los habria arrostrado sobre el cadalso, del mismo modo que lo hizo con los jansenistas en el tiempo de su destierro, del que no volvió sino para tronar de nuevo contra unos y otros. Á su ejemplo muchos otros obispos añadieron á sus costumbres pastorales las instrucciones 278 mas sabias y piadosas. El señor de Pompignan, entonces obispo de Pui, combatió los errores de Rousseau y de Voltaire; el cardenal de Luines precavió sus ovejas contra el sistema de la naturaleza; los obispos de Boloña, Amiens, Auch, y otros muchos, edificaban sus diócesis mas con sus virtudes que con sus escritos. Se pasaron muy pocos años en que de parte de los obispos no saliesen algunas cartas pastorales, que todas se dirigian contra la impiedad de los filósofos conjurados.

No se debe pues atribuir á omision de los prelados eclesiásticos, ni á negligencia de los escritores religiosos la ilusion que causaban los sofismas de los conjurados. La Sorbona les quitaba la máscara en sus censuras; el abate Bergier perseguia el deismo hasta en sus últimos atrincheramientos, y hacia que se avergonzase de sus contradicciones. Á la erudicion postiza y enmascarada de los sofistas, oponia un estudio ingenuo y conocimientos los mas verdaderos de la antigüedad y de las armas que suministra á la religion (6). El abate Guenée con toda su urbanidad y sal ática, precisaba á Voltaire á humillarse por su impericia y crítica de los libros sagrados (7). El abate Gerard santificaba hasta las mismas novelas, y bajo las formas mas amables retraia la juventud de sus desvíos y de los caminos de la mentira, y les dió despues instrucciones de la historia restablecida en su verdad primitiva. El abate Pei reproducia la ciencia de los monumentos eclesiásticos, para restituir á la iglesia sus verdaderos derechos. El abate Feller, ó Flexîer Dureval, reunió bajo la simple forma de un catecismo toda la eficacia de la razon, y los recursos de la ciencia contra toda la escuela de los sofistas. Antes de todos estos atletas el 279 abate Duguet habia manifestado hasta la evidencia los principios de la fe cristiana, y el abate Houteville habia demostrado su verdad con hechos de la historia. Desde el mismo principio de la conspiracion, el diario de Trevoux redactado por el padre Berthier y sus compañeros, se dirigia contra todos los errores de los enciclopedistas. En una palabra, si habia muchos Celsos y Porfirios, tenia tambien la religion sus Justinos, sus Orígenes y sus Athenágoras. En estos últimos tiempos como en los primeros siglos de la iglesia, el que verdaderamente deseaba hallar la verdad, no habria tardado á hallarla en la solidez de las razones que los escritores religiosos oponian á los sofismas de los autores conjurados; y aun se podia decir que los nuevos apologistas de la religion, manifestaron con mas claridad muchas verdades de la religion que los apologistas antiguos.

Los oradores evangélicos, cooperando á los esfuerzos de los obispos y de los escritores religiosos, no cesaron ya desde el principio de la conjuracion de avisar á los pueblos. La refutacion de los sofistas era el asunto mas frecuente de sus instrucciones públicas. El Padre Neuville, y despues de él Mr. de Senez, y mas que todos el Padre Beauregard, se distinguieron por su intrepidez en esta ocupacion. Aun nos acordamos de aquella especie de inspiracion, con que este último se sintió arrebatado, predicando en la Catedral de Paris, y haciendo resonar la bóvedas de aquel templo, trece años antes de la revolucion, manifestando en tono profético los proyectos de la filosofía moderna, y que con tanto sentimiento de la religion ha verificado la revolucion francesa: «Sí (dijo este orador sagrado), al rey, al rey y á la religion atentan los filósofos; ya tienen en sus manos la segur y el martillo; solo 280 esperan el momento favorable para derribar el trono y el altar. Sí; vuestros templos, Señor, serán despojados y destruidos, abolidas vuestras fiestas, blasfemado vuestro nombre, y vuestro culto proscrito. — ¡Pero que es lo que oigo, gran Dios! ¡Que es lo que veo! ¡Á los cánticos inspirados, que hacian resonar estas bóvedas consagradas á vuestro honor, suceden cánticos torpes y profanos! ¡Y tú, divinidad infame del paganismo, deshonesta Vénus, vienes atrevidamente á ocupar el lugar del Dios vivo, á sentarte sobre el trono del santo de los santos, y recibir el abominable incienso de tus nuevos adoradores!» Este discurso le oyó un numeroso auditorio, que habia atraido la piedad y elocuencia del orador; le oyeron tambien muchos iniciados, que habian acudido solo con el fin de sorprender al predicador, y le oyeron muchos doctores de la ley, que he conocido, y que me le repitieron con toda fidelidad, ya ántes que le leyese en los impresos. Los iniciados alzaron la voz y gritaron sedicion y fanatismo, y los doctores de la ley reprendieron el zelo exagerado del orador (*): (*) De semejantes expresiones han usado con sobrada frecuencia los presumidos sábios de estos tiempos, viendo la vigorosa resistencia, que desde los púlpitos han opuesto á sus doctrinas los predicadores. es verdad que estos se retractaron; pero cuando era ya demasiado tarde, es decir despues del suceso.

Estas advertencias y la incesante guerra que hacia el clero, retardaron los progresos de los sofistas; pero no se logró triunfar de la conjuracion. Esta era ya demasiado profunda: el arte de seducir las naciones, de propagar el odio contra Cristo y sus sacerdotes, desde el palacio de los grandes hasta el humilde taller del artesano, desde las capitales de los imperios hasta las 281 aldeas y chozas de los campos, habia llegado á su mayor perfeccion en las cavernas secretas de los conjurados. Sus medios tenebrosos suponian unos misterios, que debo desenvolver: y cuando yo haya descubierto estas últimas sendas de corrupcion que emprendieron los sofistas, los lectores, en lugar de preguntar como la Francia, con el zelo y luces de sus pontífices y pastores, ha visto la destruccion de sus altares y la ruina de sus templos, nos preguntarán, como han tardado tanto los templos á desplomarse, y sus altares á hundirse.


1 Carta 65 de d’Alembert, año de 1760; de Voltaire á Thiriot del 26 Enero de 1762.

2 Véanse entre otras, las cartas 4 y 21 de d’Alembert á Voltaire, año 1770.

3 Carta de d’Alembert del 8 Diciembre de 1763.

4 Véase en la Enciclopedia el art. Genève (Ginebra) y la carta de Voltaire á Mr. Vernes.

5 Véanse las actas del clero, en especial desde el año 1750.

6 Véase le Déisme refuté par lui-mème, y la respuesta á Freret.

7 Cartas de algunos judíos Portugueses.