Clase de literatos

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(Capítulo decimoquinto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Rousseau. — Buffon. — Freret. — Boulanger. — El Marqués d’Argens. — La Metrie. — Marmontel. — La Harpe. — Condorcet. — Helvecio. — Otros literatos impíos.

Las pasiones y la facilidad de satisfacerlas, cuando se ha sacudido el yugo de la religion, agregaron á los conjurados casi todos aquellos personages, de que he hablado hasta el presente, que brillan en el mundo con las distinciones del poder, de los títulos y de las riquezas. El humo de la reputacion les agregó presto otros que pretendian distinciones no menos lisonjeras por la superioridad de sus luces, del espíritu é ingenio. Los talentos de Voltaire y sus resultados, tal vez superiores á sus talentos, le confirieron el mando de un imperio que nadie se atrevió á disputarle en la clase de los literatos. Él vió y tuvo la satisfaccion de ver, que estos iban en su seguimiento con una docilidad que nadie debia esperar de unos hombres que mas que otros muchos blasonan de que piensan por sí mismos. Casi no tuvo necesidad sino de entonar, y á semejanza de lo que pasa en las naciones frívolas, en donde las reinas de las Lais (*), (*) Famosa meretriz de Corinto. Véase á Ambrosio Calepino á la voz Lais. solo con la eficacia de su ejemplo, hacen que pasen á ser moda hasta los trages de la deshonestidad, Voltaire, con manifestarse impío, hizo que el imperio de las letras se poblase de escritores que hacían gala de la impiedad. 248

Rousseau.

Entre la muchedumbre de escritores iniciados, hay uno que pudo disputar á Voltaire la gloria del ingenio, y que tal vez le fue superior, y quien á lo menos no tenia necesidad de ser impío, para llegar á ser célebre; este es Juan Jacobo Rousseau. Este famoso ciudadano de Ginebra, sublime cuando quiere serlo, en la prosa, como Milton ó Corneille en la poesía, podia haber sido para el cristianismo otro Bossuet; pero la gloria con que habria podido brillar padeció un continuo eclipse, efecto de su conocimiento y trato con d’Alembert, Diderot y Voltaire. Fue por algun tiempo aliado de estos gefes de la conjuracion, y convino con ellos en valerse de todos los medios para destruir la religion de Jesucristo. En esta sinagoga de impíos, como en la de los judíos, no se convinieron los pareceres, y se dividieron los corazones. Aunque tan contradictorios en sus opiniones y escritos, no por eso se acercaron mas á Jesucristo, que siempre fue el objeto de su odio y conspiracion. Lo sentia mucho Voltaire, y por eso escribió á d’Alembert: «Es muy sensible que Juan Jacobo, Diderot, Helvecio y vos, con otros hombres de vuestro carácter, no os hayais entendido para aplastar el infame. Mi mayor sentimiento es ver á los impostores unidos, y á los amigos de la verdad divididos (1).» Separándose Rousseau del conciliábulo de los sofistas, no abandonó los errores de estos ni los suyos. Hizo su guerra aparte y la admiracion de los iniciados se dividió; pero la impiedad en estas dos escuelas no hizo sino variar el uso de sus armas, pues las opiniones no fueron menos inconstantes ni menos impías. 249

Voltaire era ágil; pero los discípulos de Juan Jacobo tenian á este por mas valiente, y si tuvo la fuerza de Hércules, tambien tuvo sus delirios. Voltaire se burlaba de las contradicciones, pues su pluma volaba segun la direccion de los vientos; Rousseau insistia en sus paradojas conforme á su genio; agitando su clava, descargaba golpes sobre lo verdadero y sobre lo falso. Voltaire fue la veleta de la opinion, y Rousseau el Protéo del sofisma. Ambos querian poner los cimientos y primeros principios de la filosofía, ambos abrazaron alternativamente el y el no, y se vieron condenados á la inconstancia mas humillante. Voltaire no sabiendo á que atenerse sobre Dios y sobre el destino de la otra vida, acudió á sofistas que estaban igualmente perplejos y extraviados, y se quedaba en su inquietud. Rousseau aun en la edad de las puerilidades se dijo á sí mismo: «Me voy á tirar esta piedra al árbol que está delante de mí; si lo acierto es señal de salud, si lo yerro es señal de condenacion.» Rousseau acertó el árbol y con esto se aseguró de que se salvaria; y esta prueba le bastó á este filósofo mucho tiempo despues de la edad de las puerilidades, pues era ya viejo cuando añadió: desde entonces acá no he dudado de mi salud (2).

Voltaire creyó un dia que tenia demostrada la existencia del autor de la naturaleza, y creyó en un Dios todo poderoso y remunerador de la virtud (3). Al dia siguiente toda esta demostracion para Voltaire se redujó á probabilidades y dudas, que le parecia ridículo querer resolver (4). La misma verdad le pareció un dia demostrada á Rosseau. En este dia no dudó de la existencia de Dios, y despues de haberla él mismo 250 demostrado, veia á Dios en su alrededor, le sentia dentro de sí mismo, en toda la naturaleza y exclamó: Estoy muy cierto de que Dios existe por sí mismo (5). Al siguiente dia se le desapareció toda esta demostracion y escribió á Voltaire: Confieso ingenuamente, que (sobre la existencia de Dios) ni el pro ni el contra me parecen demostrados. Tanto para Rousseau como para Voltaire, el deísta y el atéo solo fundaban su opinion sobre probabilidades (6). Ambos, Voltaire y Rousseau, creyeron en una ocasion que habia un solo principio ó un solo motor (7), y ambos creyeron en otra ocasion que muy bien podian existir dos principios ó dos causas (8). Voltaire despues de haber escrito que el ateísmo poblaria la tierra de bandidos, malvados y monstruos (9), absolvió á Espinosa del ateísmo, se le permitió al filósofo (10), y llegó al extremo de profesarle, escribiendo: No conozco sino á Espinosa que haya discurrido bien (11), que es decir en otros términos: No tengo por filósofo verdadero, sino al que cree que no hay otro Dios sino este mundo y toda la materia. Despues de haber asi aprobado todos los partidos, instaba á d’Alembert para que formase una sola legion de los atéos y deístas, para pelear contra Cristo. Rousseau habia escrito que los atéos merecian castigo, que eran perturbadores de la pública tranquilidad, y por lo mismo reos de muerte (12). Y él mismo 251 pensando en dar cumplimiento á los deseos de Voltaire, escribió al ministro Vernier: «Declaro que mi objeto en la nueva Heloisa era hacer que se avinieran los dos partidos (ateos y deistas) en un amor recíproco, y con el fin de enseñar á los filósofos que es posible ser incrédulo (ó no creer en Dios) sin ser un pícaro (13).» Y aun el mismo escribió á Voltaire, «que el ateo no puede ser culpable delante de Dios; que si la ley fulminaba pena de muerte contra los ateos, era necesario empezar con hacer quemar como tal á cualquiera que denunciase á otro (14).»

Voltaire blasfemaba de la ley de Cristo y se retractaba, comulgaba y exhortaba á los conjurados á aplastar el infame, ó á Jesucristo. Rousseau abandonaba y volvia á abrazar el cristianismo de Calvino; hizo de Jesucristo el mas sublime elogio que jamas ha formado la elocuencia humana, y concluyó este elogio con la blasfemia de hacer de Cristo un visionario (15); pero él mismo acudia á la cena ó comunion de los calvinistas, por cuyo motivo d’Alembert escribió á Voltaire: «Le tengo lástima; pero si para ser feliz necesita de acercarse á la santa mesa, y de llamar santa una religion, como él lo hace, despues de haberla vilipendiado, conozco que disminuye mucho su crédito (16).» Es muy cierto que d’Alembert habria podido decir lo mismo de las comuniones de Voltaire; pero no tuvo valor para tanto. Bien se ve que cuando escribió esto á Voltaire, era con el fin de ponerle á cubierto de la censura que merecia su atroz 252 hipocresía; pero añadiendo: «Tal vez no tengo razon; porque al fin sabeis mejor que yo los motivos que os han determinado á hacerlo.» Se guardó muy bien de decirle como debía, que aquellas comuniones no le hacian honor, sino que disminuian su crédito; pero esto poco le importaba, y Voltaire se quedó para d’Alembert su querido é ilustre maestro. Si la revolucion anticristiana debia llevar á Voltaire al Panteon, Rousseau habia adquirido el mismo derecho á la inauguracion de los sofistas impíos; ya le verémos algun dia adquirirlos aun mayores á la de los sofistas sediciosos. Si el uno, bajo mano, hacia solicitar las suscripciones de los reyes para su estatua, el otro escribió públicamente que en Esparta hubiera él tambien tenido la suya.

Aunque estos dos héroes de los conjurados se conviniesen tanto en sus blasfemias y contradicciones, tuvo cada uno su carácter propio. Voltaire aborrecia al Dios de los cristianos, y Rousseau le admiraba al mismo tiempo que blasfemaba de él. Lo que obraba la soberbia en el espíritu de Rousseau lo obraba en el de Voltaire la envidia y el odio. Pasará mucho tiempo hasta que se pueda averiguar cual de los dos hizo mas daño al cristianismo, Voltaire con sus sátiras atroces y veneno del ridículo, ó Rousseau con sus sofismas revestidos con el trage de la razon. Despues de sus divisiones, Voltaire detestó á Rousseau, se mofó de él, y harbia querido que le hubiesen atado como á un vil insensato (17); pero se complacia en que toda la juventud aprendiese á leer en el símbolo de este vil insensato (Rousseau), y en su profesion de fe del Vicario Saboyardo (18). En la misma época Rousseau detestó los gefes de los conjurados, les quitó la máscara, y fue detestado por ellos. Conservó 253 y se atuvo á los mismos principios: solicitó de nuevo su afecto y estimacion, en particular la de su héroe (19). Si es difícil hacer la definicion del sofista de Ferney, no es mas fácil dibujar el retrato del de Ginebra. Rousseau amó las ciencias, y ganó el premio de los que hablan mal de ellas; escribió contra los espectáculos, y compuso óperas; buscó amigos, y se hizo famoso con los rompimientos de la amistad; celebró la hermosura de la honestidad, y puso sobre el altar la prostituta de Vareus; creyó que era, y se dió el nombre del mas virtuoso de los hombres, y bajo el título modesto de Confesiones, se complacia en su vejez con los recuerdos de sus torpes conquistas; dió á las tiernas madres los mas sensibles consejos de la naturaleza, y él mismo sofocó en sí la voz de ella. Para olvidarse de que era padre relegó á sus hijos á la casa de los expósitos, que es el asilo de los que nacen de padres no conocidos. El temor de ver á sus hijos le hizo inexorable á las almas sensibles que querian cuidarse de su educacion, y hacer menos dura su suerte (20). Fue pródigo perpetuo de inconsecuencias hasta en sus últimos momentos. Escribió contra el suicidio, y hay motivos para pensar que él mismo se preparó el veneno que le mató (21). Á pesar de tan monstruosas inconsecuencias, el error del sofista de Ginebra se remontó y tuvo aceptacion, en tanto, que hizo apostatar á muchos que habrian resistido á otros ataques. Para hacerse secuaz de Voltaire no se necesitaba sino amar sus pasiones; pero para no seguir á Rousseau era preciso analizar y descomponer el sofisma. Aquel guataba mas á la juventud, y este engañaba mas en la 256 edad madura. Ambos hicieron innumerables iniciados que les debieron su apostasía.

Buffon.

Tal vez los mánes de Buffon se sublevarán al ver escrito su nombre á continuacion del de Rousseau en el catálogo de los iniciados conjurados. Sin embargo, no es fácil que el historiador hable de los literatos que sedujo Voltaire, sin compadecerse del Plinio frances. Es verdad que Buffon mas fue víctima del filosofismo que aliado de los enemigos del cristianismo; pero ¿y como se puede ocultar el influjo que tuvo el filosofismo sobre sus escritos? La naturaleza le habia entregado su pincel; pero no se satisfizo con retratar los objetos que le ponia á la vista, y pretendió remontarse hasta los tiempos misteriosos, cuando el velo que los cubre solo le puede rasgar la revelacion. Aspirando á la celebridad, le pareció que aumentaba su gloria siguiendo ya los pasos de Maillet, ya de Bonlanger. Trazando en su escuela el origen de las cosas para darnos una historia de la naturaleza, rasgó la historia de la religion. Se hizo el héroe de aquellos hombres que d’Alembert enviaba á escudriñar los montes ó las entrañas de la tierra, para desmentir á Moises y á las primeras páginas de la sagrada Escritura. Tuvo que consolarse con los sofistas á causa de las censuras de la Sorbona; mas su castigo consistió en su propia culpa. Desmintió su fama y la idea que el público habia concebido de sus conocimientos sobre las leyes de la naturaleza. Parece que las habia olvidado todas, cuando formó su tierra por las aguas y por el fuego en sus eternas épocas. Para contradecir á la sagrada Escritura, hizo de la naturaleza como de sí mismo el juguete de las contradicciones. Su estilo siempre elegante y noble fue objeto de admiracion; pero no impidió que los físicos 255 se burlasen y riesen de sus opiniones. Una gran parte de su gloria se desvaneció como su cometa en los desvaríos de la incredulidad. Dichoso él, si, retractando sus errores, hubiese podido destruir la manía de los iniciados, á quienes enseñó á estudiar la naturaleza en el espíritu de d’Alembert, aunque este con Voltaire se reia de todos los vanos sistemas de Buffon y de Bailly sobre la imaginaria antigüedad del mundo y de su poblacion, dándoles el nombre de tonterías, pobrezas, suplementos de ingenio, ideas vacías, vanos y ridículos esfuerzos de charlatanes (22). Pero al mismo tiempo se guardó muy bien d’Alembert de publicar su modo de pensar sobre estos sistemas. Desacreditándolos, habria temido acobardar á los iniciados que él mismo enviaba para forjar otros nuevos, y buscar de este modo en las topineras del Apenino con que desmentir á Moises, rasgar las primeras páginas de la sagrada Escritura y destruir la religion.

Freret.

Despues de estos dos literatos, que se distinguieron por la nobleza de su estilo, los demas iniciados no tienen otro derecho á la fama, que una medianía de talentos, pero exaltada por la audacia de la impiedad. Sin embargo aun hay dos, que si su erudicion hubiese sido mejor dirigida, habrian podido hacer honor á las ciencias. Uno es Freret que ejercitó su prodigiosa memoria estudiando á Bayle, cuyo Diccionario sabia casi de memoria. Sus cartas á Trasíbulo, que son el fruto de su ateismo, manifiestan que aquel exceso de memoria fue abundantemente compensado con la falta de juicio. 256

Boulanger.

Fue el otro Boulanger, jóven que tenia la cabeza rellena de latin, hebreo, griego, siríaco y árabe. Cayó tambien en las extravagancias del ateismo, que abjuró en sus últimos años, detestando juntamente la secta que le habia extraviado. Ya verémos que ninguna de las obras póstumas que se han atribuido á estos dos eruditos de la impiedad, salió de sus plumas.

El Marqués d’Argens.

El marques d’Argens salió tambien á representar papel entre los sofistas eruditos. Bayle contribuyó con los gastos para la ciencia que afectaba, y de que dió pruebas d’Argens en sus cartas chinescas y cabalísticas (lettres chinoises et cabalistiques) y en su filosofía del buen sentido (Philosophie du bon sens). Fue por mucho tiempo amigo de Federico, y tuvo méritos para serlo como los demas impíos. Sé de la misma boca del presidente de Eguille su hermano, que el marqués d’Argens, despues de largas discusines con los hombres mas instruidos que Federico en la religion, se rindió á las luces del Evangelio, y acabó su vida pidiendo encarecidamente al sacerdote que habia enviado á llamar á que le ayudase á enmendar los yerros de su pasada incredulidad con actos de fé.

La Metrie.

Este médico se dejó ver como el mas loco de los ateos, porque fue el mas sincero de todos. Su Hombre máquina y su Hombre planta llenaron de oprobio la secta, porque dijo sin rodeos, lo mismo que esta no se atrevia á decir siempre, aunque lo ha dicho alguna vez con espresiones no menos claras que aquel médico. 257

Marmontel.

Los sofistas armados contra Jesucristo pudieron blasonar de tener en su catálogo y á su disposicion los talentos de Marmontel, hasta el momento en que llegó la revolucion francesa. No es justo aumentar el dolor de un hombre, que parece que no necesitó sino de los primeros dias de la revolucion para avergonzarse de los errores y conspiraciones que la habian causado. De cuantos sofistas han sobrevivido á Voltaire, tal vez ninguno como Marmontel ha procurado separarse mas de los impíos, y hecho que se olvidasen los enlaces que con ellos tenia, siendo así que mas debe á estos su fama, que á sus Incas, Belisario y cuentos salpimentados de filosofismo. En vano desearia yo pasarle en silencio, pues las cartas de Voltaire recuerdan al pueblo, que hubo tiempo, y largo, en que este iniciado abochornado hizo otro papel entre los conjurados. Voltaire en aquel tiempo conocia tan bien el zelo de Mr. Marmontel, que pensando que le llegaba su última hora, le recomendó la Harpe. El testamento estaba concebido en estos términos: «Os recomiendo la Harpe cuando ya no existiré. Él será una columna de nuestra iglesia. Será necesario hacerle miembro de la academia. Despues de haber costado tanto, justo es que sea de algun provecho (23).»

La Harpe.

Con el gusto de la literatura y sus talentos, que á pesar de sus críticas le distinguen entre los escritores de este tiempo, habria podido ser muy útil; pero desde su juventud le echó á perder Voltaire. En esta 258 edad muchos piensan que son filósofos, solo porque no creen lo que enseña el catecismo. Aqui se hallaba la Harpe, cuando emprendió y siguió la carrera que le señaló su maestro; y sino llegó ser columna, á lo menos llegó á ser el trompeta de aquella iglesia que es una congregacion de conjurados impíos. La Harpe sirvió de un modo muy particular á esta congregacion por medio del Mercurio, periódico famoso en Francia, cuyos elogios ó críticas semanales decidian casi siempre de la suerte de las producciones literarias. Los periódicos del dia nos aseguran que Mr. la Harpe se ha convertido en la cárcel, gracias á las instrucciones del Ilustrísimo Señor Obispo de Saint-Brieux. No me causaria esto mucha admiracion, porque por una parte la vida ejemplar de este prelado, y por otra los resultados filosóficos de la revolucion deben hacer mucha impresion en un sugeto que tiene bastante juicio para cotejar las instrucciones y promesas de sus antiguos maestros, con lo que sus ojos han visto en estos últimos tiempos. Si esta noticia fuese verdadera, me habria ocupado en retratar á Mr. la Harpe con la pluma en la mano, y que se dedica á sostener la religion que le ha ilustrado (**).

(**) En efecto, se convirtió Mr. la Harpe. Tengo en esta biblioteca su tratado du fanatisme, que es un excelente escrito contra los jacobinos, y en favor de la religion. Le tengo traducido y tal vez saldrá al público. Los elogios que Voltaire tributaba á aquel Mercurio periódico desde que la Harpe era su redactor principal, (24) manifiestan que los gobiernos no se hen hecho bastante el cargo del influjo que tienen estos escritos sobre la pública opinion. Contaba el Mercurio con mas de diez mil suscriptores, y un número aun mas crecido le leia. Suscritores y lectores recibian las 259 impresiones del redactor, y poco á poco se transformaban en filósofos ó en impíos que es lo mismo, como el sofista que los publicaba. Los conjurados anticristianos conocieron el partido que podian sacar, si llegaban á poderse valer de su publicacion. La Harpe ejerció en él su imperio por espacio de bastantes años; Marmontel y Chamfort les comunicaban sus luces, y Remí, que no era mejor que los tres, le habia compuesto antes. Pregunté un dia á este, ¿como se habia atrevido á insertar en su periódico un prospecto tan perverso, pérfido y falso de una obra de simple literatura, cuando él mismo la habia alabado tanto? Me respondió: Este artículo le ha compuesto un amigo de d’Alembert, y á este debo yo mi periódico, que es decir mi fortuna. El asunto no pasó de aquí. El escritor al verse tan injustamente ultrajado, queria insertar en el mismo periódico su defensa; pero no le fué posible (***). (***) Esto mismo ha sucedido ya muchas veces en España; lo hemos visto con el Diario de Mallorca, y con la Aurora. De esto se puede colegir el partido que sacaban los sofistas de estos periódicos; y ello es muy cierto, que se valian de estos medios para dirigir la opinion pública é inclinarla hácia el objeto de su conspiracion. Valiéndose del arte de elogiar ó criticar segun y conforme sus intereses, la secta daba ó quitaba el crédito y estimacion á un escrito. Sus periódicos les proporcionaban dos ventajas; una era dar de comer á los escritores de su partido, pues publicando estos sin economizar alabanzas, y no publicando los del partido contrario, ó llenándolos de dicterios, precisaban en cierta manera á la compra de aquellos, y no de estos.

La otra ventaja era, que publicando solamente los escritos de sus partidarios, derramaban el veneno en toda la sociedad. Ocasion hubo en que los conjurados se valieron de su poderosa proteccion, para excluir las 260 personas religiosas de tener parte en los periódicos. Cuando se supo que Mr. Clement debia suceder en este empleo á Mr. Freron, quien habia consagrado su periódico á la defensa de la verdad, Voltaire no reparó en acudir á d’Alembert, á fin de que este recurriese al canciller y prohibiese á Mr. Clement la continuacion del periódico de Mr. Freron (25). Con este artificio los la Harpes de este tiempo aceleraban la conjuracion, tanto ó mas que los sofistas mas activos y escritores mas impíos. El iniciado autor trituraba y condensaba el veneno en su libro; el iniciado diarista ó periodista le proclamaba y distribuia por las esquinas de la capital y hasta los confines de las provincias. El que habria ignorado que hubiese en el mundo tal libro irreligioso ó sedicioso, ó el que no se hallaba en estado de gastar el tiempo ó el dinero comprándole, ya se tragaba una buena dósis, solo con leer sus extractos en los diarios ó periódicos que hacian los redactores sofistas.

Condorcet.

Fue un demonio que aborreció mas á Jesucristo, que todos los iniciados juntos, y aun mas que el mismo Voltaire. Solo con oir nombrar la divinidad se horrorizaba este monstruo, y podia muy bien decirse, que deseaba vengarse de los cielos, porque le habian dado un corazon. Duro, ingrato, insensible, asesino á sangre fria de la amistad y de sus bienhechores, si hubiese podido habria tratado á Dios del mismo modo que trató al desgraciado Rochefoucault, á quien hizo asesinar. El ateismo en la Metrie fué tontería, y locura en Diderot; pero en Condorcet fue á un mismo tiempo una fiebre habitual del odio, y el fruto de su orgullo. Cuanto habia en el mundo no era bastante, para que 261 Condorcet no creyese que el hombre que creia en Dios fuese un bestia. Voltaire que le trató cuando aun era jóven, no fué capaz de prometer á los conjurados la mitad de los servicios que en algun tiempo les haria, aunque ya esperaba mucho de él, cuando escribió á d’Alembert: «El consuelo que tendré cuando yo muera, es que sosteneis el honor de nuestros pobres Weiches, y que Condorcet os auxiliará muy bien (26).» Voltaire no fundaba estas esperanzas sobre los talentos de Condorcet, pues no fué capaz para aprender mas que la geometría como se la enseñó d’Alembert, y no tuvo luces para llegar á la segunda clase. Su estilo era defectuoso como de un hombre que no sabia su propia lengua, y sus frases parecian sofismas, que es necesario desenmadejar para entenderlas. El odio hizo en él, lo que la naturaleza hace en otros. Á fuerza de ocultar sus blasfemias, llegó á contraer el hábito de expresarlas con mas claridad, y solo con esto se puede declarar la notable diferencia entre sus primeros y últimos escritos; diferencia que es aun mas sensible en su ensayo póstumo sobre los progresos del espíritu humano. Ya no se reconoce su pluma en este escrito, á excepcion de muy pocas páginas. Allí se descubre que su espíritu como toda su vida, estudios, escritos y conversaciones, todo lo encaminaba al ateismo; pues no tuvo otro objeto que valerse de toda la historia para inspirar á sus lectores todo su odio y frenesí contra Dios.

Ya habia tiempo que esperaba la caida de los altares, como que habia de ser el espectáculo mas agradable para su corazon; la vio, y la siguió de cerca, pero le sucedió lo que al impío errante y vagamundo, pues sucumbió á las congojas, á la miseria y á los terrores 262 de Robespierre. No reconoció la mano que le habia descargado el golpe, pues murió como vivió; y el primer instante de sus remordimientos fue cuando vió que los demonios confesaban la existencia de aquel Dios que él habi negado. Habria querido poderles hacer resistencia y vencerlos, y en medio de las llamas vengadoras, si le hubiese sido posible, habria gritado, No hay Dios; pero no pudo, y este tormento fue ya para él un infierno. Su odio contra Dios fue tal, que para libertar á los hombre del temor de un Ser inmortal en los cielos, esperó que su filosofía los haria inmortales sobre la tierra. Para desmentir á Moises y los profetas, se alzó profeta de la demencia. Moises nos manifiesta que los dias del hombre se abreviaban insensiblemente hasta llegar al término que Dios les ha prefijado, y este, nos dice Davide, que es setenta años, a lo mas ochenta, y mas allá todo es trabajo y dolor (****). (****) Salmo 89 v. 10 Á este oráculo del Espíritu Santo opone Condorcet el suyo, y calculando los frutos de su revolucion filosófica, que tuvo su ejecucion enviando millares de hombres al sepulcro, añade el simbolo de su extravagancia, que dice así: «Debemos creer que esta duracion de la vida del hombre se ha de aumentar sin cesar, si las revoluciones físicas no lo estorban: pero ignoramos cual sea el término que nunca pasará; tambien ignoramos si las leyes generales de la naturaleza han señalado algun término que nunca pueda pasar.» Así se expresa (27) despues de haber desfigurado la historia á su modo, para hacinar todas las calumnias de su odio contra la religion, y persuadir á que se busque la felicidad en el ateismo. De sofista mentiroso se hizo profeta, y prometió estos 263 resultados cuando su filosofía llegase á triunfar. El momento en que esta volcó los altares de la divinidad, fue el que escogió para decir á todos los hombres: De aquí en adelante, el hombre feliz verá crecer sus dias, y crecerán tanto, que no se podrá decir que la naturaleza les haya puesto término; en lugar de creer que hay un Dios eterno en los cielos, el hombre por sí mismo llegará á hacerse inmortal sobre la tierra. De este modo al mismo tiempo en el que el filosofismo celebraba sus triunfos, debia el orgullo de la secta verse humillado por la aberracion y extravagancia mas impía del mas querido de los iniciados. La vida de Condorcet no fue mas que un tejido de blasfemias, y debia acabar con el delirio. Ya volverá á dejarse ver en estas Memorias, y cuando esto suceda, verá el lector, que tanto aborreció á las leyes como á Jesucristo. Ya Helvecio y otros, antes de Condorcet, habian experimentado que el arte de la secta era muy conducente para inspirar este odio compuesto en los corazones menos dispuestos para tales empresas.

Helvecio.

Este infeliz, hijo de un padre virtuoso, conservaba aun los principios de su buena educacion, cuyos eran frutos de una piedad ejemplar, cuando tuvo la desgracia de conocer á Voltaire. Al principio solo le miró bajo el punto de vista de un excelente maestro de poesía, á la que tenia mucha aficion. Este fue el motivo de enlazarse con Voltaire, pero no podia tratar con un maestro mas pérfido; pues en lugar de lecciones de poesía, se las dió de incredulidad, y se esmeró tanto en sus progresos, que al cabo de un año le tuvo impío consumado y ateo mas resuelto y decidido que él mismo. Helvecio era rico, y por esto fue el Milord 264 de la secta, siendo á un mismo tiempo actor y protector. Cesando de creer al Evangelio, hizo lo que la mayor parte de los sofistas que se llaman espíritus fuertes, quienes para no dar fe á los misterios revelados, no solo dan crédito á los misterios mas absurdos del ateismo, sino que se hacen el juguete de una credulidad pueril sobre todo lo que se pueda oponer á la religion. Su libro del Espíritu, al que el mismo Voltaire daba el nombre de la Materia, está atestado de cuentos ridículos ó de fábulas, que Helvecio da como si fuesen historias, y que suponen que no tenia conocimiento de la crítica; á mas de que esta es obra de un sugeto que pretendia reformar el mundo, valiéndose para el intento, no tanto del absurdo de su materialismo, como de la licenciosa obscenidad de su moral.

Escribió tambien Helvecio sobre la felicidad; pero parece que no supo hallarla. Toda su filosofía se expuso á la censura mas bien merecida; con esto perdió el sosiego, se puso á viajar, y á su vuelta se ocupó en empollar el odio que tenia al clero y á los reyes. Era de natural honrado y de costumbres suaves; pero su obra del hombre y de su educacion manifiesta que el filosofismo habia mudado su caracter; pues se abandonó á las injurias mas groseras y á unas calumnias que exceden toda verosimilitud, teniendo valor para desmentir los hechos cotidianos y de notoriedad pública. Yo habria querido poder aliviar á Helvecio de la carga de este escrito póstumo, pues me parecia produccion de aquella junta de comision de que hablaré en el capítulo 17, y que fue el origen de otras muchas impiedades que se atribuyeron á difuntos: pero no me ha sido posible; pues Voltaire habla de ella á los iniciados de Paris como de una obra que podia no serles conocida, siendo así que si hubiese sido parto de aquella comision, por 265 precision la habian de conocer. Á mas de que Voltaire en tres cartas consecutivas la atribuye constantemente á Helvecio, haciéndole sobre la historia las mismas reconvenciones que le hago; y d’Alembert que debia estar mejor instruido, no le desengaña. Me veo pues en la precision de dejar para Helvecio toda la infamia del citado escrito. Debo añadir que Helvecio escribió en Paris, en donde el Arzobispo y los pastores eran muy dignos de atencion por su cuidado y caridad con los pobres. En esta misma ciudad estaban los curas siempre rodeados de pobres y ocupados en distribuirles socorros. Sin embargo en esta misma ciudad se atrevió á escribir que los sacerdotes tenian el corazon tan duro, que nunca se veia que los pobres les pidiesen limosna. (Del hombre y de su educacion). No creo que en alguna ocasion el odio á Jesucristo y sus sacerdotes haya podido inspirar una calumnia mas atroz y mas desmentida cada dia por los hechos, tanto en Paris como en toda la Francia. Con mas verdad habria dicho, que muchos pobres acudian á los sacerdotes ó á los conventos, porque no tenian la misma confianza para pedir limosna á otros.

Otros literatos impíos.

Ya he hablado de Raynal; no creo que deba resucitar á Delisle, ya tan sepultado en el olvido como su Filosofía de la naturaleza; de Robinet y de su libro de la naturaleza, ya no hay quien se acuerde sino para reir al ver que explica su entendimiento por las fibras ovales, su memoria por las fibras torneadas, su placer y dolor por manojos de sensibilidad, su erudicion por sus protuberancias de entendimiento, y otras mil inepcias aun 266 peores, si es posible (28). Diré una palabra de Toussaint, porque la suerte de este iniciado manifiesta el estado á que llegó el ateismo entre los conjurados. Toussaint se habia encargado de corromper las costumbres, y afectando un carácter de moderacion lo consiguió, enseñando á la juventud que nada habia que temer del amor, que esta pasion no podia hacer otra cosa que perfeccionarlos; que ella sola basta para suplir el título de esposos en el comercio de los dos sexos; (29) que los hijos no deben mas reconocimiento á sus padres por el beneficio del nacimiento, que por el vino de Champaña que han bebido, ó por los minuetes que han querido bailar; (30) que no pudiendo Dios ser vengativo, los hombres mas malos nada tienen que temer de cuanto se dice de los castigos del otro mundo (31). Con toda esta doctrina Toussaint no fue para sus cofrades sino un iniciado tímido, porque admitia aun un Dios en el cielo, y un alma en el hombre; los sofistas le castigaron esta cobardía con llamarle el filósofo capuchino: pero Toussaint lo acertó mejor, pues despidiéndose de ellos, retractó sus errores (32).

En vano nombraria yo una muchedumbre de otros escritores de la secta. Voltaire dió tanto despacho á sus producciones anticristianas, que llegó este género de literatura á ser un recurso ó suplemento á la fortuna de aquellos miserables escritorcillos, que solo se sustentan de las ganancias que les rinden sus blasfemias. La Holanda, aquel pantano cenagoso, fue el asilo para estos 267 impíos hambrientos. Allí el demonio de la avaricia que poseía el corazon de algunos libreros, habria vendido por un óbolo todas las almas y todas las religiones al demonio de la impiedad. Entre los libreros que daban de comer por sus blasfemias á estos hambrientos, el mas notable era un tal Marcos Miguel Rey; este tenia á su sueldo á un otro tal Mathurin du Laurens, refugiado en Amsterdam, autor de una teología portátil y de tantos otros libros recomendados muchas veces por Voltaire, y autor tambien del Compère Matthieu (El Compadre Mateo). Este Mathurin tenia otros asociados, á quienes Marcos Miguel pagaba las infamias á tanto la hoja. Voltaire es quien lo dice, y él mismo es quien encargaba se repartiesen estas infames producciones como otras tantas obras de filosofía, que comunicaban nuevas luces al universo (33). Luego verémos que los conjurados añadieron á las prensas de Holanda las de su cofradía secreta, para inundar la Europa de todas las producciones de esta especie. Tanto las multiplicaron y acreditaron, que muchos años antes de la revolucion, casi no habia versista ó romancero que no pagase su tributo á la impiedad y filosofismo. Parecia que el arte de escribir, ó de hacerse leer consistia en las sátiras y zumbas contra la religion, y parecia tambien que las ciencias que tienen menos enlace con las opiniones religiosas, habian conspirado contra Dios y su Cristo.

La historia de los hombres no era otra cosa que el arte de trastornar los hechos para dirigirlos contra el cristianismo, ó contra la primera de las revelaciones. La física ó la historia natural tenia sus sistemas antimosaicos. La medicina tenia su ateismo; Petit le 268 profesaba en las escuelas de cirugia. Lalande y Dupuis le introdujeron en la astronomía, y hubo quien le llevase á la escuela de gramática. Condorcet, proclamando los progresos del filosofismo, se jactaba de haberle visto bajar de los tronos del norte á las universidades (34). Los discípulos de esta nueva legislacion seguian á sus maestros y llevaban despues al foro todos los principios, que la habladuría de los abogados debia desenvolver en la asamblea constituyente. Los amanuenses de los procuradores y notarios, los mozos de escritorio de los mercaderes y arrendadores, cuando salian de los colegios, parecia que solo habian aprendido á leer para farfullar Voltaire ó Rousseau. De estas escuelas salió aquella nueva generacion literaria, que despues del buen éxito que tuvieron los sofistas con la expulsion de los antiguos maestros de la juventud, no solo habia de abrir las puertas á la revolucion, sino que habia de ser su principal apoyo, aliado y cooperador. De allí mismo salieron los Mirabeau, los Brissot, los Carra, los Garat, los Mercier, los Chenier y otros. De la misma en fin, toda esa clase de literatos franceses, que abrazaron con entusiasmo la revolucion, y dieron al través con lo mas precioso y amable que tienen los hombres. Es cierto que una apostasía de tanta extension no prueba que las ciencias y las letras son nocivas por sí mismas: pero esta apostasía ha demostrado que los literatos sin religion forman la clase de ciudadanos mas perversa y dañosa. Es verdad que esta clase no sacó de su seno los Jourdan y los Robespierre: pero fueron suyos Pethion y Marat, y sus principios, sus costumbres y sus sofismas concluyeron 269 con producir los Jourdan y los Robespierre; y cuando estos devoraban los Bailly, encadenaban los la Harpe, llenaban de espanto á Marmontel, no espantaban, encadenaban y devoraban sino á sus padres y maestros.


1 Carta 156 á d’Alembert del año 1756.

2 Véanse sus Confesiones, libro 6.º

3 Voltaire, de l’athéisme.

4 Véase el mismo artículo, y de l‘Âme par Soranas.

5 Emilio, y carta al Arzobispo de Paris.

6 Carta á Voltaire, tomo 12, edicion en 4.º de Ginebra.

7 Voltaire, principe d’action; Rousseau, Emilio, tomo 3.º, pág. 115, carta al arzobispo de Paris.

8 Voltaire, Quest. encyclopediques, tomo 9; Rousseau, Emilio, tomo 3, pág. 61, y carta al arzobispo de Paris.

9 Voltaire, de l’athéisme.

10 Axioma 3.

11 Carta á d’Alembert de 16 Junio de 1773.

12 Emilio, tom. 4.º pág. 68. Contrato social, cap. 8.

13 Carta á M. Vernier.

14 Carta á Voltaire tomo 12, y en la nueva Heloisa.

15 Véanse sus Confesiones y la profesion de fe del Vicario Saboyardo.

16 Carta 105 del año 1762.

17 Carta á Damilaville del 8 Mayo 1761, y guerra de Ginebra.

18 Carta al Conde d’Argental del 26 Setiembre de 1766.

19 Véanse sus cartas y la vida de Seneca por Diderot.

20 Léanse sus Confesiones.

21 Véase su vida escrita por el Conde Barruel de Beauvert.

22 Carta á Voltaire del 6 Marzo de 1777.

23 Carta de Voltaire á Marmontel, del 21 Agosto de 1767.

24 Carta á d’Alembert.

25 Carta del 12 Febrero de 1773.

26 Carta 101 del año 1773.

27 Esquisse d’un tableau philosophique des progrès de l’esprit humain, époque 10, pág. 382.

28 De la nature, tom. 1. liv. 4. chap. 11.

29 Les Mœurs, part. 2. et 3.

30 Allí mismo part. 3. art 4.

31 Allí mismo part 3. art. 4.

32 Véanse sus explicaciones sobre el libro citado, les Mœurs, (las costumbres).

33 Carta al conde d’Argental del 26 Setiembre de 1761, á d’Alembert del 13 Enero de 1768, y á Mr. Desb. del 4 Abril de 1768.

34 Véase su artificiosa edicion de Pascal, advertencia pág. 5.

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