Tercera clase de iniciados protectores

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(Capítulo decimocuarto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Ministros, Grandes señores y Magistrados. — Malesherbes antes de la revolucion. — Libertad de imprenta, nociva especialmente en Francia. — Ministros de Luis XVI. — Maurepas. — Turgot. — Necker. — Brienne. — Lamoignon. — Maupeou. — Duque de Usez. — Otros señores. — Conde d’Argental. — Duque de la Rochefoucault. — Rasgo del Abate Terrai.

Ministros, Grandes señores y Magistrados.

En Francia fue en donde el filosofismo tomó todas las formas de una verdadera conspiracion. Tambien fue en Francia en donde la clase de los ciudadanos ricos ó poderosos, aumentando el buen suceso de la misma conspiracion, pronosticó de un modo mas particular sus triunfos y estragos. No pudieron gloriarse los conjurados de ver á la impiedad sentada sobre el trono de los Borbones, como lo estaba sobre muchos tronos del Norte; pero (no lo puede disimular la historia) Luis XV, sin ser impío y sin que se le pueda contar en el número de los iniciados, fue una de las grandes causas de los progresos de la conjuracion cristiana. No tuvo la desgracia de perder la fe, y se debe decir que amó la religion; pero en los últimos treinta y cinco años de su vida, esta misma fe estaba tan muerta en su corazon y era tan poco activa; la disolucion de sus costumbres, la publicidad de sus escándalos, el triunfo de sus cortesanas correspondia tan poco al título de rey cristianísimo, que casi habria sido lo mismo si hubiese profesado el mahometismo. Los soberanos no saben lo bastante el daño que les causa la apostasía en las costumbres. No quieren perder la religion, que saben que es un freno para sus vasallos. ¡Desgraciados los que no la ven bajo otro punto de vista! Aun pueden hacer algun bien, conservando 211 los dogmas en su corazon; pero es el ejemplo el que ha de mantener aquella. Despues del de los sacerdotes, es principalmente el ejemplo de los reyes el que contiene á los pueblos. Cuando la religion no es para los reyes y gobiernos mas que un negocio de estado, presto lo conoce así y la desprecia hasta el mas vil populacho; pues mira la religion como una arma, de que usa la potestad contra los súbditos; y si la mira como una arma, tarde ó temprano la rompe, y entonces el rey y el estado no son nada. Si el que gobierna pretende vanamente creer en la religion sin tener sus costumbres, el pueblo tambien creerá que es religioso, aunque no tenga costumbres. ¿Y cuantas veces se ha dicho que nada son, y que de nada sirven las leyes sin las costumbres? Por precision ha de llegar un tiempo, en que el pueblo mas consiguiente que el gobierno abandonará las costumbres y el dogma, y cuando esto suceda ¿en que parará el gobierno?

Los oradores cristianos repitieron con mucha frecuencia estas lecciones á Luis XV; pero inútilmente. Luis XV, sin costumbres, colocó á su lado ministros sin fe, que le habrian engañado mucho menos, si su amor á la religion hubiera sostenido sido por la práctica. Aun despues de la muerte del cardenal Fleury, tuvo sin que se pueda dudar, algunos ministros buenos, como el mariscal de Belle-Isle ó M. de Bertin, que no deben confundirse con los de la clase de iniciados; pero tuvo despues á M. Amelot, ministro de negocios extrangeros, al conde de Argenson en el mismo ministerio, los duques de Choiseul y de Praslin y á Malesherbes. Tuvo la marquesa de Pompadour mientras vivió, y todos aquellos tenian relaciones íntimas con Voltaire y su conjuracion. Ya le hemos visto dirigirse á M. Amelot, para que admitiese sus proyectos, á fin de arruinar el clero. Este ministro tuvo bastante confianza de Voltaire para darle una comision 212 importante acerca del rey de Prusia. Voltaire tenia bastante conocimiento de su comitente, para manifestarle que sabria valerse de la misma comision contra la iglesia. No contaba menos con aquel duque de Praslin, á quien dirigia sus memorias, que tenian por objeto privar al clero de la mayor parte de su subsistencia con la abolicion de los diezmos (1). Esta confianza del gefe de los conjurados manifiesta lo bastante la conformidad de sus sentimientos con los de aquellos hombres á quienes los manifestaba, y á quienes los dirigia para la ejecucion de sus proyectos.

El marques d’Argenson, á quien hemos visto trazar el plan que se debia seguir para extinguir todos los institutos religiosos, fue un ministro, que, á causa de la continuacion en su correspondencia con Voltaire, estaba el mas acorde con todo su filosofismo. Él con la famosa cortesana la marquesa de Pompadour, fueron los primeros protectores de la conjuracion anticristiana, y aquel con toda particularidad fue uno de los discípulos mas impíos de Voltaire. He aqui el motivo porque este siempre le escribió como á un iniciado, de quien mas confiaba, y aun parece por su correspondencia, que M. d’Argenson era mas resuelto y decidido en sus opiniones antireligiosas que el mismo Voltaire; que su filosofía se asemejaba mas á la del rey de Prusia, quien estaba íntimamente convencido de que no era doble ó compuesto, y que nada tenia que temer ó esperar su alma, cuando se entregase al sueño eterno (2).

El duque de Choiseul, aun mas zeloso y activo á favor del reino de la impiedad que el mismo d’Argenson, conoció y cooperó con mas eficacia á los secretos de 213 Voltaire. Ya hemos visto como este celebraba las victorias que alcanzaba sobre la Sorbona, bajo los auspicios de tan poderoso protector. Hemos visto el motivo porque este mismo Duque apresuró todos los proyectos de d’Argenson para destruir todos los institutos religiosos, comenzando por la expulsion de los Jesuitas. No quiero pararme mas en este ministro. Es sobradamente conocido por uno de los impíos mas resueltos que haya habido jamas.

Malesherbes antes de la revolucion.

Esta sucesion de ministros impíos iba preparando la ruina de los altares, y cada uno hacia algo en favor de la impiedad, para que á la época de los Jacobinos hallasen estos menos estorbos, y tuviesen menos que hacer en la revolucion. Esta á ninguno debió tanto como á Malesherbes. Este fue el protector mas inmediato de la conjuracion contra Jesucristo. Todos los impíos le pagaron el tributo de sus elogios; él fue el testigo de todos los horrores de la revolucion, y al fin él fue víctima de la misma. Sé muy bien que el nombre de este sugeto recuerda algunas virtudes morales; sé que se le puede agradecer mucho lo que hizo para suavizar el rigor de las prisiones, y para corregir el abuso de las órdenes reservadas; pero tambien sé que la Francia á ninguno puede culpar tanto por la pérdida y ruina de sus templos como á Malesherbes, y nunca hubo ministro que abusase mas de su poder para establecer en aquel imperio el reino de la impiedad. D’Alembert, que le conocia muy bien, asegura constantemente que nunca puso en ejecucion las órdenes superiores favorables á la religion, sino muy á pesar suyo, y que hizo por el filosofismo todo lo que le permitieron las circunstancias. ¡Y como, por desgracia de la nacion, supo aprovecharse de las 214 circunstancias (3)! Por su ministerio debia hacer observar las leyes de imprenta, y se portó tan mal, que las derogó todas, dando motivo que todo libro, fuese impío, fuese religioso, fuese sedicioso, no era otra cosa que un negocio de comercio.

Libertad de imprenta, nociva especialmente en Francia.

Es de desear que los políticos discurran sobre esta materia, no perdiendo de vista la experiencia que ha demostrado los malos resultados de la libertad de imprenta. Es constante por los hechos, que el abuso de la prensa ha inundado la Europa con un diluvio de libros, al principio impíos, y despues impíos y sediciosos. Á esta inundacion debe principalmente la Francia todas las desgracias de su revolucion. Es verdad que en Francia concurrieron otras causas; pero tambien es cierto que el abuso de la prensa fue la proclama mas enérgica para reunir los ánimos y los brazos contra los altares y tronos (*) (*) En los dos primeros años de nuestra gloriosa revolucion, no se manifestaron entre nosotros estos hombres intruidos, que desde la libertad de imprenta se han hecho famosos por sus ideas liberales y por sus escritos. Se buscaron firmas por los cafés y tertulias; y se expuso, que la nacion aspiraba á una libertad que no conocía… Nuestros liberales datan desde el 10 de Noviembre de 1810, la época de la libertad de España. Desde esta época no se ha cesado de adelantar la obra en perjuicio de nuestra santa religion… Los papeles públicos llevaron el terror y la desolacion por todas las provincias de Francia. Y este ejemplo tan criminal se sigue en España. — V.Velez. Preservativo contra la irreligion. Sin que yo pretenda elevar los escritores franceses sobre los de las otras naciones, se puede observar y lo dicen los mismos extrangeros, que los franceses tienen un cierto carácter de claridad, un cierto órden en las 215 materias, y proceden con tal método, que ponen sus libros mas á los alcances del comun de los lectores, los hacen en cierta manera mas populares, y por lo mismo son mas nocivos cuando son malos. La ligereza francesa es un defecto; pero este mismo defecto hacia que los franceses buscasen un libro con mas ahinco, que todos los ingleses con la profundidad de sus meditaciones. Ni la verdad, ni el error ocultos gustan á los franceses; quieren verlo todo claro, y aman las sátiras, las zumbas y las agudezas. Hasta las mismas blasfemias revestidas con la gracia del idioma, como las prostitutas con sus atractivos, no desagradan á una nacion que tiene la desgracia de burlarse de los objetos mas serios, y que fácilmente todo lo perdona al que la divierte. A esto deben su éxito las producciones impías que en tanto número salieron de la pluma de Voltaire.

Sea cual fuere la causa, lo cierto es que los Ingleses tienen libros contra la religion cristiana; tienen sus Collins, sus Hobbes, sus Woolstons y otros muchos, que contienen en sustancia todo lo que los sofistas franceses no han hecho mas que repetir á su modo, es decir, con el arte de hacerlo inteligible á los espíritus mas vulgares. Pero los Collins y los Hobbes son tan poco leidos en Inglaterra, que casi estan olvidados. Bolimbrocke y los otros escritores de la misma raléa, aunque tienen mas mérito literario en Londres, no son muy conocidos del pueblo, que sabe ocuparse en otros objetos mas interesantes. Los impíos franceses, en particular Voltaire, son leidos en Francia por todos los estados, desde el marques y la condesa ociosa, hasta los amanuenses de los procuradores, los mozos de escritorio de los comerciantes y aprendices de oficios, quienes muy bien podrian ocuparse en otra cosa; pero quieren manifestar que tienen conocimiento del libro de 216 moda, y quieren tener el placer de decir su parecer sobre él. En Francia, por lo general, el pueblo es mas leedor. El mas simple ciudadano tiene biblioteca, y por lo mismo, contando solo con Paris, todos los libreros estaban seguros de despachar tantos ejemplares del escrito mas miserable, cuantos se despachan en Londres de una utilidad comun, para toda la Inglaterra. Los franceses se apasionan á sus escritores como á sus modas; los ingleses que se dignan leerlos, forman de ellos su juicio, y se manifiestan insensibles. ¿Es eso tener mas juicio? ¿Será indiferencia? ¿O será juntamente lo uno y lo otro? A pesar de la beneficiencia inglesa, no me atrevo á decidir; no puedo ser adulador ni crítico, y me basta que el hecho sea verdadero.

Esto debia bastar á Malesherbes, para advertir que en Francia, mas que en cualquiera otra parte del mundo, un libro impío ó sedicioso no podia mirarse como un simple objeto de comercio. Cuanto el pueblo francés es mas leedor, ligero y razonador, tanto debia el ministro inspector de la imprenta observar y hacer observar las leyes intimadas contra su abuso. Pero él hizo todo lo contrario, y le protegió con todo su poder. La condenacion de su conducta se halla en los mismos elogios que le prodigaban los conjurados, quienes, sabiendo apreciar este servicio que les hacia, descubrian en él un hombre que habia roto las cadenas de la literatura (4). En vano se dirá que el ministro concedia la misma libertad á los escritores religiosos; porque, á mas de que esto no fué siempre verdad, pues Malesherbes solo dejaba imprimir las apologías de la religion que no podia impedir (5), un ministro no queda cubierto, permitiendo se venda publicamente el veneno, con el 217 pretexto de que no impide se venda tambien el antídoto. A mas de que, por excelente que sea un libro religioso, no estan á su favor las pasiones, y se necesita de un talento superior para hacar amable su lectura. Un necio basta para persuadir al pueblo á que acuda á los espectáculos; pero se necesitan Crisóstomos para retraerle. Con igualdad de talentos, el que aboga en favor del libertinage ó de la impiedad, seduce muchos mas que el orador mas elocuente y religioso convierte. Los apologistas religiosos piden una lectura séria y reflexionada, y una voluntad que desee conocer el bien. Este estudio es cansado, y no es necesario fatigarse para corromperse. En fin, mas fácil es irritar y sublevar los pueblos, que sosegarlos y pacificarlos.

Malesherbes al ver que la revolucion se consumaba con la muerte de Luis XVI, manifestó una sensibilidad tardía. Su zelo en este momento precisó á algunos que no ignoraban su anterior conducta, á decirle: «Oficioso defensor, ya no es tiempo de abogar por este rey á quien vos mismo habeis hecho traicion. Cesad de declamar contra esta legion de rigicidas que piden su cabeza. No es Robespierre su primer verdugo; sois vos quien preparasteis de lejos su cadalso, cuando permitiais se vendiesen públicamente, hasta en la entrada de su palacio, todos los escritos que convidaban al pueblo para destruir el altar y el trono. Este desgraciado príncipe os habia honrado con su confianza, os habia comunicado parte de su poder para reprimir los escritos impíos y sediciosos, ¿y vos que hicisteis? En lugar de cumplir con estos deberes, permitisteis que su pueblo se saborease con la blasfemia y odio de los reyes en las producciones de Helvecio, de Raynal, de Diderot; ¿qué no era tambien esto mas que un negocio de comercio? Hoy, cuando este mismo 218 pueblo embriagado con el veneno que vos mismo habeis hecho circular, pide frenético la cabeza de Luis XVI, ya no es tiempo de honraros con su defensa y de resistir á los jacobinos.» Hombres reflexivos previeron mucho antes estas reconvenciones que algun sia la historia haria á Malesherbes. Nunca pasaron por debajo la galeria del Louvre, sin que anticipadamente se la hiciesen, diciendo con amargura de su corazon: ¡Desgraciado Luis XVI.! ¡Mira como te venden en la puerta de tu palacio!

Habiendo sido separado Malesherbes del ministerio, sus sucesores, atendiendo á las reclamaciones de personas religiosas, quisieron, ó á lo menos aparentaron que querian renovar las leyes en órden á la libertad de imprenta: pero los sofistas acudieron luego, y bajo el título de apólogos continuaron en derramar el veneno. D’Alembert satisfecho del buen éxito que lograba por este medio, escribió á Voltaire: «Lo mejor es, en que estos apólogos que son mucho mejores que los de Esopo, se venden aqui (en Paris) con bastante libertad. Creo que la imprenta nada habrá perdido con el retiro de Mr. de Malesherbes. (6).» En efecto perdió tan poco la imprenta, como que solo los defensores del altar y del trono fueron los que no tuvieron libertad para publicar sus escritos. Me consta que libros muy buenos, como por ejemplo, el Catecismo filosófico de Féler, no pudo lograr libre introduccion en Francia, y solo porque contenia una excelente refutacion de los sistemas impíos. Sé que ha sucedido lo mismo á otros escritores religiosos, y sobre el particular puedo citarme á mí mismo, para quien se demostraron mas severos que la misma ley, mientras que públicamente la violaban 219 en favor de los libros impíos. El censor de mis Cartas Helvianas tuvo que valerse de todo su tesón para conservar sus derechos y los mios, á fin de que se publicase esta obra, que los sofistas pretendian suprimir antes que se hubiese impreso la mitad del primer tomo. Lo mas digno de reparo, es que el mismo censor, Mr. Lourdet, profesor en el colegio real, reclamó en vano todas las leyes para impedir la publicacion de las obras de Raynal. Este escritor sedicioso tuvo la desvergüenza de someter á la censura su Historia llamada filosófica; en lugar de aprobacion, tuvo que sufrir la repulsa de la mas justa indignacion. ¿Y qué sucedió? Que á despecho del censor y de las leyes, se dejó ver al dia siguiente la obra de Raynal, y se vendió públicamente.

Ministros de Luis XVI.

Entretanto los conjurados calculaban con mucha exactitud sus progresos bajo la proteccion del ministerio. En el momento en que Luis XVI subió al trono, eran ya tales los progresos, que Voltaire, escribiendo á Federico, le manifestó con estas palabras sus, esperanzas: «No sé si nuestros rey jóven seguirá vuestras huellas. Pero sé que ha nombrado filósofos para ministros, á excepcion de uno, que tiene la desgracia de ser devoto. Sobresale entre ellos Mr. Turgot, quien es digno de hablar con vuestra magestad. Los sacerdotes se desesperan; y hé aquí el principio de una grande revolucion (7).» Esta última expresion de Voltaire era verdadera en todo el rigor de su significado. Tengo presente haber visto en aquel tiempo á sacerdotes venerables que lloraban la muerte de Luis XV, mientras que toda la Francia y nosotros mismos nos lisonjeábamos 220 con la esperanza de ver dias mas serenos. Aquellos sacerdotes nos decian: El rey que acabamos de perder, no se puede negar que tenia muchos defectos de que purgarse; pero el que ocupa su lugar es muy jóven y está expuesto á muchos peligros. Tenian razon; y previendo esta revolucion que Voltaire pronosticaba á Federico, lloraban amargamente. Pero el historiador no debe dar la culpa á este príncipe jóven de una eleccion que tan satisfactoria fue para Voltaire. Luis XVI, atendiendo á la cortedad de sus propios conocimientos, para acertar hizo cuanto debia hacer en favor de la religion y de sus vasallos. La demostracion de esta su conducta se descubre en la condescendencia á las últimas instrucciones que le dió su padre, que fue aquel Luís Delfin de Francia, cuyas virtudes habian sido el objeto de la admiracion de todo el reino, y cuya muerte cubrió de luto todos los corazones de los buenos. La prueba de esto está en aquel conato con que Luis XVI se apresuró á llamar para el ministerio á aquel hombre de quien Voltaire nos dice que tenia la desgracia de ser devoto. Este era el señor mariscal de Muy. El historiador, despues de haber descubierto al rededor del trono á tantos otros pérfidos agentes de la autoridad, debe explayarse en los elogios de la piedad, intrépidez, fidelidad y demas virtudes de un ciudadano como fue el Mariscal, tan digno de la memoria de los buenos. El señor de Muy fue el compañero y el amigo de corazon del Delfin, padre de Luis XVI, y esta amistad le mereció los desprecios y ultrages de Voltaire. El mariscal de Sajonia pretendia para uno de sus favoritos el empleo de menino del príncipe jóven: supo que para ocuparle estaba nombrado el señor de Muy, y respondió: « No quiero causarle al señor Delfin el perjuicio de privarle de la compañía de un hombre tan virtuoso como el 221 caballero de Muy, quien puede ser muy útil á la Francia.» Aprecie la posteridad este voto, y avergüénzense los mánes del sofista.

El señor de Muy fue el hombre que mas se asemejó al Delfin su amigo. Se descubria en ambos la misma regularidad de costumbres, la misma humanidad, la misma beneficiencia, la misma aplicacion al bien público y el mismo zelo de la religion. Él se hacia ojos por su príncipe, quien no pudiendo ver por sí mismo el estado de las cosas, le enviaba á visitar las provincias, examinar las quejas y desgracias del pueblo para darle cuenta y preparar juntos los medios para ponerle remedio; pero ¡y que lástima! una muerte prematura privó á la Francia de un príncipe tan amable. Cuando la guerra precisaba al señor de Muy á dar otras pruebas de su fidelidad en Crevelt y Warbourg, el Delfin cada dia arrodillado hacia esta súplica: «Dios mio, defended con vuestra espada, y cubrid con vuestro escudo al conde Felix de Muy, á fin de que si vuestra providencia quiere que en algun tiempo cargue con el peso de la corona, pueda él sostenerme con sus virtudes, instrucciones y ejemplos.» Cuando Dios para vengarse de la Francia, extendió el velo de la muerte sobre el Delfin, estaba el señor de Muy al lado de Luis moribundo derramando lágrimas, efectos de su fiel amistad. El príncipe al mirarle le dijo con una voz que rompia el corazon: «No os abandoneis al dolor; conservad vuestra vida para servir á mis hijos; ellos tendrán necesidad de vuestras luces y de vuestras virtudes; sed para ellos lo mismo que habríais sido para mí; dad á mi memoria esta señal de vuestra ternura, y principalmente en su juventud, en que espero de Dios les protegerá; no os aparteis de ellos.»

Luis XVI al subir al trono recordó estas palabras al señor de Muy, obligándole á aceptar el ministerio. Muy 222 que lo habia rehusado en el reinado anterior, no pudo resistir á las instancias del hijo de su amigo. En medio de una corte sitiada por la impiedad, le enseñó que el héroe cristiano no sabe avergonzarse de su Dios. Siendo comandante de la Flandes, habia tenido el honor de recibir al duque de Glocester, hermano del rey de Inglaterra, en ocasion en que la Iglesia prohibe comer carne. Fiel á su obligacion, condujo al príncipe á su mesa, diciéndole: «Mi ley se observa exactamente en mi casa. Si yo hubiese tenido la desgracia de haberla quebrantado en alguna ocasion, la observaria hoy de un modo muy particuloar, teniendo el honor de tener por testigo á un príncipe que seria censor de mi conducta. Los ingleses observan fielmente su ley; yo por respeto á vos mismo, no daré el escándalo de ser un mal católico, que tiene el atrevimiento de violar la suya á vuestra presencia.» Si el filosofismo no tiene otro nombre que dar á la religion de este Mariscal, sino llamándola desgracia de ser devoto, que procure informarse de los millares de infelices, á quienes consoló esta misma religion por las manos del señor de Muy; de los soldados que comandaba, mas con el ejemplo que con el rigor del precepto y de la disciplina; de la provincia que gobernó, y en donde la revolucion, que parece haber sido generalmente la escuela de la ingratitud, no ha sido capaz de borrar el reconocimiento y las bendiciones (8).

Maurepas.

Una de las grandes desgracias de Luis XVI fue perder tan presto á aquel virtuoso ministro. Maurepas en ningun modo era á propósito para reemplazarle en la 223 confianza del Rey jóven. La de su mismo padre, que en su testamento le señaló como capaz de ayudarle con sus consejos, habia padecido engaño; pues creyó que Maurepas era bueno porque habia manifestado aversion á la señora de Pompadour. Un prolongado destierro de muchos años no habia producido en este viejo los efectos que el señor Delfin suponia. La docilidad del Rey jóven á los consejos de su padre, manifestó que deseaba rodearse de ministros capaces de cooperar á sus intentos para el bien de su pueblo. Pero habria sido mejor servido, si hubiese podido saber lo que engañó al Delfin su padre. Maurepas era un viejo decrépito con todos los defectos de la juventud. Voltaire le pone en el catálogo de los filósofos; pero lo fué solamente por su ligereza é indolencia. Era incrédulo; pero sin ódio contra el altar, como sin amor á los sofistas. Con la misma indiferencia habria dicho un chiste contra un obispo, como contra d’Alembert. Habia hallado el plan de d’Argenson para destruir los institutos religiosos, y le siguió; pero se habria deshecho de aquel plan tan odioso, si hubiese conocido que conspiraba contra la religion del estado. Fue siempre enemigo de sacudimientos violentos, y careciendo de principios fijos sobre el cristianismo, miraba como un procedimiento impolítico el deseo de destruirle. No era capaz de atajar una revolucion; pero tampoco era capaz de acelerarla; permitia sí el mal que lo hacia, y por desgracia, el mal que permitia era grande. En el tiempo de su ministerio hizo el filosofismo horrendos progresos, y nada lo prueba tanto, como la eleccion de aquel Turgot, cuyo ministerio, como dice Voltaire, fue el principio de una grande revolucion. 224

Turgot.

Mucho se ha hablado de la filantropía de este hombre, siendo así que fue la de un hipócrita. Para formar juicio de ella, basta oir á d’Alembert escribiendo á Voltaire: «Os hago saber que dentro de poco tiempo tendreis otra visita, que será de Mr. Turgot, relator en el consejo, lleno de filosofía, de luces y conocimientos, y uno de mis mejores amigos, quien desea veros á hurtadilla. Digo á hurtadillas, porque propter metum judæorum, es preciso que no de jacte de ello, ni vos tampoco (9).» Si hay alguno que no entienda el significado de este temor de los judíos, d’Alembert se lo explicará, haciendo el retrato de su amigo. «Este Mr. Turgot,(escribe á Voltaire) es un hombre de espíritu, muy instruido y muy virtuoso; en una palabra, es un Cacouac muy honrado, pero que tiene motivos para no manifestarlo demasiado; harta experiencia tengo yo para saber que la cacouaquería (el filosofismo) no guia á la fortuna, y él merece hacer la suya (10).» En efecto Vortaire vió á Turgot, y le penetró tan bien, que contextó á d’Alembert: «Si teneis muchos maestros de esta especie en vuestra secta, temo por el infame (por la religion); él está perdido para la buena compañía (11).» El que entiende estas expresiones y elogios de d’Alembert y Voltaire, sabe que significan: Turgot es un iniciado secreto, ambicioso, hipócrita, perjuro, traidor á un mismo tiempo á la religion, al rey y al estado; pero que no por eso deja de ser uno de aquellos hombres, á quienes damos el nombre de nuestros muy virtuosos; pues es uno de los 225 conjurados, tal cual lo necesitamos, para que nos lisonjéemos de destruir cuanto antes el cristianismo. Si Voltaire y d’Alembert hubiesen habido de retratar un sacerdote ó apologista de la religion, con todas estas virtudes de Turgot, le habrian pintado como un monstruo. Sea el historiador mas imparcial que los sofistas panegiristas, y diga: Turgot, rico mas que la mayor parte de los ciudadanos, y aun aspirando á la fortuna y á los empleos, no es por cierto uno de los hombres que se pueden llamar filósofos. Turgot, iniciado de los sofistas conjurados y relator del Consejo, es ya un perjúro; y lo será mas cuando llegue al ministerio: porque segun las leyes que regian en aquel tiempo, no podia obtener alguno de estos empleos sin atestiguar y jurar su fidelidad al rey y á la religion del estado. Fue traidor á la religion, lo fue á las leyes, y lo será (en el ministerio) á su rey. Fue individuo de aquella secta de economistas que, detestando la monarquía francesa, no queria al rey sino para hacer de él lo mismo que hicieron los primeros rebeldes de la revolucion.

Habiendo llegado al ministerio por medio de las intrigas de la secta, se valió de su reputacion para inspirar al jóven monarca su aversion á la monarquía, y sus principios contra la autoridad de un trono que habia jurado sostener como ministro. Cuanto era de su parte, queria hacer del jóven un jacobino; pues le iba preparando y disponiendo á todos los errores que ponen el cetro en manos de la multitud, á fin de volcar en pocos años el altar y el trono. Si estas son las virtudes de un ministro, digo que son las mismas de un traidor; si son errores de espíritu, digo que son los mismos de un mentecato. Turgot siempre fue lo uno y lo otro. La naturaleza le habia dado alguna inclinacion para consolar á sus hermanos, y escuchando 226 las declamaciones de los sofistas contra los restos del antiguo feudalismo que pesaba sobre el pueblo, hizo por sensibilidad sobre la suerte de este, lo mismo que en los sofistas no era mas que odio a los reyes. Vió lo mismo que todos veian en cuanto á las servidumbres corporales; y no vió que le decia la historia que los monarcas hasta entonces no habian podido conseguir librar al pueblo de tantos otros vestigios del feudalismo sino con la sabiduría y madurez de los consejos, que previendo los inconvenientes, hicieron las supresiones á proporcion de los medios para reemplazarlas. Todo lo quiso apresurar, y lo echó todo á perder. Los sofistas dijeron que habia sido despedido demasiado presto; pero ciertamente fue demasiado tarde. Habia elevado hasta el trono todas las insolencias de los clubs relativas al pueblo soberano; y no advirtiendo que dando la soberanía al pueblo, le sujetaba á sus propios caprichos, pretendia hacerle feliz, entregándole las armas de las cuales se valdria con el tiempo para quitarse la vida. (**) (**) Sobre el particular de la Soberanía del pueblo, véase el en segundo tomo el Prólogo del traductor. Creia que si se daba á las leyes su verdadero origen, no aprenderia el pueblo á sacudir el yugo de las mismas, y abusando del candor de un monarca demasiado jóven para desenredar los sofismas de la secta, se valió de la bondad de su corazon para engañarle. Luis XVI, en los imaginarios derechos del pueblo, solo descubrió que habia de sacrificar sus propios derechos, y he aqui el origen de sus desgracias. Las instrucciones jacobinas de Turgot precisaron á este desgraciado príncipe á reconocer que era deber su facilidad, y obligacion su condescendencia. Su facilidad y condescendencia tuvieron que coligarse con su paciencia, viendo á un populacho que se habia hecho soberano, 227 y que á él, su muger y hermana los llevaba al cadalso.

Turgot fue el primero que subiendo al ministerio llevó consigo el plan y resolucion de una conspiracion anticristiana y antimonárquica juntamente. Choiseul y Malesherbes fueron tan impíos como Turgot, y el primero tal vez fue peor; pero aun ho habia habido ministro tan necio, que hubiese sido capaz de destruir en el espíritu del mismo rey los principios de la autoridad que ellos reciben. Se ha dicho que Turgot se arrepintió cuando vió un tumulto del pueblo soberano que se dirigia contra eĺ; cuando vió que el mismo pueblo soberano que se lamentaba de la hambre, se echó sobre los mercados y almacenes para arrojar el pan y el trigo en el rio; se ha dicho, repito, que en este momento conoció al fin su necedad y manifestó á Luis XVI los proyectos de los sofistas, y que por lo mismo estos habian agenciado para abatir al mismo que habian exaltado. Esta anécdota, que hace honor á Turgot, por desgracia es falsa. Él habia sido el ídolo de los sofistas antes de su elevacion al ministerio y lo fue hasta su muerte. Mereció que Condorcet se hiciese su historiador y panegirista; y es muy cierto que no habria perdonado á su iniciado un arrepentimiento como este.

Necker.

Las plagas se sucedian en Francia durante la revolucion, y se sucedian en el ministerio en el reinado de Luis XVI antes de la revolucion. Necker apareció despues de Turgot, y volvió á aparecer despues de Brienne. Los sofistas hablaban tambien mucho de sus virtudes, y casi tanto como él mismo. Esta es tambien una de aquellas reputaciones que el historiador conocerá por los hechos, no á fin de darse el placer maligno de 228 humillar los hipócritas conjurados, sino porque todas estas reputaciones han sido un medio para lograr el éxito de su conspiracion. Necker no era mas que mozo de escritorio de un banquero, cuando ciertos especuladores le eligieron por su confidente y agente en un negocio que en un instante debia aumentar mucho sus caudales. Ellos tenian noticia secreta de la próxima paz, que daria valor á los vales del Canadá. Una de las condiciones de esta paz era el pago de los que habian quedado en Inglaterra, y para esto confiaron su secreto á Necker, y se convinieron en que, para su ganancia de compañía, escribiria á Londres, á fin de comprar todos aquellos vales á un precio muy bajo, al cual la guerra los habia reducido. Necker se convino con la compañía, se valió en Londres del crédito de su amo, é hizo comprar los vales para hacer monopolio con ellos. Los demas de la compañía acudieron á Necker para saber en que estado se hallaba el negocio de la comision, y Necker les respondió muy á lo concienzudo, que la especulacion le parecia mala, y que por lo mismo habia desistido y contramandado la compra. Llegó la paz, cuando ya Necker tenia los vales en su arca, pues los habia comprado de su cuenta, y con esto se halló rico con tres millones de caudal (12). Tal era la virtud de Necker, cuando no era mas que mozo de escritorio.

Este repentino milord franqueó su mesa á los filósofos, y fue para estos uno de aquellos clubs semanarios, en donde pagaban al Mecénas con elogios empalagosos las comilonas que les daba. D’Alembert y los principales sofistas de Paris acudian todos los viernes á estas asambleas (13). 229 Necker solo con oir el nombre de filosofía, se halló tan repentinamente filósofo como milord. La intriga y los elogios del partido hicieron de él un Sully protector. Luis XVI oyendo hablar tanto de los talentos de este hombre para el consejo de hacienda, le destinó á la contraloria general. Uno de los medios mas eficaces é infalibles para acelerar la revolucion meditada por los conjurados, era destruir el tesoro público. Necker lo logró, valiéndose de empréstitos tan excesivos, que manifestaban su objeto, si el público no se hubiese dejado alucinar con los elogios afectados que le tributaban los conjurados. Sea que Necker como imbécil no obrase sino por el impulso de los conjurados, sin saber adonde le empujaban; sea que él mismo abriese el abismo sabiendo su profundidad, su imaginaria virtud no pudiera contrastar la deformidad del proyecto. El que habiendo sido llamado al ministerio tuvo el pensamiento de introducir la hambre en Francia en medio de la misma abundancia, para precisarla á la revolucion, podia muy bien ya en el principio tener la intencion de destruir el tesoro público, con el mismo objeto de la revolucion. Su virtud pues se combinaba con las maniobras de la mas profundam maldad.

En el tiempo en que Necker volvió al ministerio para reemplazar á Brienne, publicaba y hacia publicar sus imaginarios esfuerzos y generosidades para dar pan al pueblo; y al mismo tiempo tenia inteligencia con Felipe de Orleans para reducir el pueblo á todos los extremos de la hambre, y con esto arrastrarle á la insurreccion contra el rey, los nobles y el clero. El virtuoso asesino estancó el trigo, le tenia encerrado en los pósitos ó le hacia pasear de una parte á otra en barcas, con prohibicion á los intendentes de permitir su venta, hasta el momento que él mismo señalaria. Los pósitos permanecian cerrados, los barcos continuaban en errar de un puero á otro, 230 el pueblo pedia pan á gritos, pero en vano. El parlamento de Ruan, precisado de la extrema necesidad en que se hallaba la Normandía, encargó á su presidente escribiese al ministro Necker, para que permitiese la venta de una grande cantidad de trigo que habia en la provincia; pero Necker no contestó. Volvió á escribir el presidente, insistiendo en hacer presente la extrema necesidad del pueblo; Necker le contestó, que ya tenia dadas sus órdenes al intendente. Este para justificarse delante del parlamento, presentó las órdenes que habia recibido de Necker, y éstas, lejos de mandar la venta del trigo, exhortaban á diferirla, á buscar medios dilatorios, escusas y pretextos para eludir las solicitudes de los magistrados y librar á Necker de sus instancias.

Entre tanto los barcos cargados de trigo se paseaban desde el Océano á los rios, de estos al Océano, y muchas veces por el interior de las provincias. En el momento en que Necker fué por segunda vez despedido de su empleo, el pueblo aun estaba sin pan. El parlamento habia adquirido noticias de que los mismos barcos cargados del mismo trigo, ya medio podrido, habian ido de Ruan á Paris, y de Paris á Ruan, reembarcado en Ruan para el Havre, y del Havre vuelto á Ruan. El procurador general se valió del retiro de Necker para escribir á todos sus sustitutos en la provincia, á fin de impedir aquellas maniobras y exportaciones, y dar libertad al pueblo para comprar aquellos granos. El populacho estúpido, soberano de Paris, tomó á mal la deposicion de Necker, acudió á las armas, pidió su restablecimiento, llevando por las calles su busto y el de Felipe de Orleans. Jamas dos asesinos merecieron tanto verse acoplados en su triunfo, y fué preciso devolver á aquel populacho su verdugo, 231 que él llamaba su padre; y Necker lo hizo tan bien, que á su restablecimiento hizo cuanto estuvo de su parte para matarle aun de hambre. Apenas supo las órdenes que habia dado el procurador general del parlamento de Normandía, cuando luego partió de Paris para Ruan una compañía de bandidos, alarmaron al pueblo contra el magistrado, robaron ó destruyeron todo lo de su casa, y pregonaron su cabeza. Tales fueron las virtudes de Necker iniciado, cuando llegó á ser protector y ministro.

El historiador citará como testigos de stos hechos á todos los magistrados del parlamento de Ruan. Si para dar á conocer su autor me he visto precisado á invertir el órden de los tiempos, es porque Necker fue uno de aquellos iniciados cuya conspiracion era á un mismo tiempo contra el trono y el altar; pues era un sugeto cual le necesitaban los sofistas para atraer á los calvinistas. Dejando á estos que creyesen que él pensaba como un natural de Ginebra, Necker realmente no tenia otra fe que un deista. Si no hubiesen querido alucinarse al contemplar á este hombre, facilmente lo habrian descubirto los calvinistas, no solo por su coalicion con todos los impíos, sino tambien por sus producciones, porque este ente no era otra cosa que un globo lleno de viento, con pretensiones de bueno para todo. Él fue mozo de escritorio, contralor y sofista; pensó que era teólogo, publicó un libro sobre las opiniones religiosas, y no contenia sino el deismo, y aun con esto se le hace merced, porque se puede ver que Necker no tenia por demostrada la existencia de Dios. ¿Y que religion puede ser la de un hombre que permite dudar si Dios existe? De este modo, Necker, como autor, se vió premiado por el Sanhedrin académico, porque con este escrito habia dado á 232 luz la mejor produccion del tiempo; es decir, un escrito en que manifestando menos la impiedad, la insinuaba mejor.

Brienne.

Despues de lo que tengo dicho de Brienne, el íntimo confidente de d’Alembert; despues de que todo el mundo sabe su perversidad, ya no hablaria mas de él, si no tuviese que rasgar el velo que cubre una intriga, de la cual por honor del género humano, no se hallará un ejemplar sino en los anales de los sofistas modernos. Los filósofos conjurados (reunidos con el nombre de economistas en una sociedad secreta, que luego daré á conocer), esperaban con impaciencia la muerte de Mr. de Beaumont Arzobispo de Paris, para darle un sucesor de cooperar á la conjuracion. Este sucesor debia, so pretexto de humanidad, de bondad y de tolerancia, demostrarse tan paciente y suave á favor del filosofismo, jansenismo y demas sectas, como Mr. de Beaumont se habia manifestado lleno de zelo y fervor para conservar la religion. Este sucesor debia principalmente manifestarse muy indulgente con los eclesiásticos de las parroquias, á fin de que se relajase la disciplina hasta dejarla perecer dentro de pocos años; y en favor del dogma no debia demostrarse mas severo. Por el contrario, debia contener á los que parecieran tener el zelo mas activo, suspenderlos, y aun privarlos de sus beneficios, como hombres demasiado fogosos y verdaderos perturbadores. Debia atender á todas las acusaciones de esta especie, proveer las vacantes, principalmente de las primeras dignidades, en sugetos recomendados y dispuestos al intento. Con arreglo á este plan, las parroquias de Paris, que hasta entonces las habian administrado eclesiásticos los mas edificantes, 233 debian llenarse en breve tiempo de escándalos; el catecismo, las pláticas, los sermones y todas las instrucciones religiosas, siendo mas raras, y declinando poco á poco á no tratar sino de una especie de moral filosófica; multiplicándose sin oposicion los libros impíos; no viendo el pueblo en las funciones eclesiásticas sino sacerdotes despreciables por sus costumbres, y poco zelosos de la doctrina, debia naturalmente separarse, y abandonar por sí mismo las iglesias y su religion. La apostasía de la capital llevaria tras sí la de la diócesis mas respetable, y era muy natural que se estendiese á mayor distancia. De este modo, sin violencia y sin sacudimientos, la religion se veria destruida, á lo menos en Paris, por el disimulo y tolerancia de su primer pastor, quien en el ínterin podria dar algunas pruebas exteriores de zelo, si las circunstancias le precisaban en alguna ocasion á obrar contra su voluntad (14).

Se necesitaba de toda la ambicion de Brienne, de toda su perversidad y de todo el judaismo de su alma, para hacerse arzobispo de Paris bajo de estas condiciones. ¿Pero qué? Él se habria hecho Papa para hacer traicion á Jesucristo y su iglesia; aceptó el pacto y las condiciones, y los sofistas pusieron en movimiento todos sus medios y proteccion. La corte se vió sitiada; un zorro con el nombre de Vermon, que Brienne habia recomendado á Choiseul para que fuese el lector de la reina, se valió de esta ocasion para pagar y corresponder á su primer protector. La reina pensó hacer bien recomendando al protector de Vermon, y el mismo rey creia que haria lo mejor, nombrando para arzobispo de Paris á un hombre de quien habia oido celebrar la prudencia, la moderacion y el ingenio, y con esto Brienne llegó á ser arzobispo de Paris; pero extendiéndose la noticia, se horrorizaron 234 cuantos tenian sentimientos cristianos en la corte y en Paris; las tias del rey, y en particular madama la princesa de Marsan, sintieron toda la inmensidad del escándalo que este nombramiento iba á producir en Francia. El rey precisado por sus súplicas, creyó que debia retractar lo que acababa de hacer, y nombró para arzobispo á un hombre cuya piedad ingenua, modestia, zelo y desinteres hacian el mayor contraste con los vicios de Brienne. Mas para desgracia de la Francia, no bastó esto al rey y á la reina para desconfiar del todo de las imaginarias virtudes de Brienne, y los conjurados no perdieron del todo sus esperanzas de colocarle en lugar eminente. Semejante al rayo que espera la tempestad para brillar, Brienne se mantuvo oculto hasta el uracan, en que salío para primer ministro, en medio de los alborotos de la primera asamblea de notables, convocada por M. de Calonne. Para acelerar los servicios que habia prometido hacer á los conjurados, dió principio por el famoso edicto que Voltaire veinte años antes solicitaba á favor de los Hugonotes, á pesar de que los miraba á todos como locos, y locos que merecian ser atados (15). Este edicto esperaba d’Alembert para tener la satisfaccion de ver los protestantes engañados y todo el cristianismo destruido, sin advertirlo (16). Brienne, hijo de la tempestad, sublevó contra sí mismo á cuantos reclamaron el restablecimiento de Necker; este terminó su carrera entregando el rey, la nobleza y el clero en manos de toda la impiedad de los sofistas y de todos los furores de los gefes de las facciones populares. Brienne murió cubierto de infamia, pero sin remordimientos: se mató de rabia, viendo que no podia causar mas daño. 235

Lamoignon.

Con Brienne elevaron los sofistas al ministerio á un hombre cuyo apellido habia sido en sus antepasados el honor de la magistratura. M. de Lamoignon ocupó el empleo de guarda sellos cuando Brienne fue primer ministro. Este Lamoignon no era simplemente un incrédulo, como lo eran otros señores en aquel tiempo; era algo mas, pues fue uno de los impíos conjurados. Ya hallarémos su nombre en una de sus juntas mas secretas de comision. Este Lamoignon se mató á lo filósofo, despues de su desgracia que siguió de muy cerca á la de Brienne. Dos hombres de esta raléa ocupando los primeros lugares del ministerio; ¡con cuantas combinaciones infernales no podian ellos cooperar á las intenciones de los conjurados anticristianos! No le será fácil á la posteridad concebir que un príncipe tan religioso como Luis XVI estuviese siempre rodeado de estos ministros, que se llaman filósofos no siendo mas que impíos. Esto que parece enigma dejará de serlo cuando el historiador reflexione que el grande objeto de los conjurados desde el principio, era particularmente destruir la religion en las primeras clases de la sociedad; pues desde la fecha mas antigua de sus maquinaciones habian dirigido todos sus esfuerzos hácia aquellas personas que por sus riquezas ó dignidades se distinguian entre la multitud, y estaban mas cercanas al trono de los reyes (17). Agregue el lector á todas las pasiones propias de esta clase los medios y los deseos de satisfacerlas, y luego concebirá con cuanta facilidad aprenderian de Voltaire á burlarse de una religion que todas las mortifica. Habia aun, sin que se pueda dudar, 236 grandes virtudes y personas de una piedad edificante en la nobleza, entre los grandes señores y en la misma corte, y no puedo decir, que de preferencia en la corte habia virtudes eminentes Madama Isabel hermana del rey, las hijas de Luis XV, sus tias, las princesas de Conti y Luisa de Condé, el duque de Penthievre, la princesa de Marsan, el mariscal de Mouchi, el mariscal de Broglio y otros varios, eran de aquellos personages que en los mejores siglos del cristianismo habrían honrado la religion. Entre los mismos ministros tendrá el historiador que exceptuar de la prevaricacion á M de Vergenes, á M. de Saint-Germain, y puede ser á algunos otros, que la impiedad no puede contar por suyos.

En todas las clases de nobles y de ricos estas excepciones serian tal vez mas numerosas de lo que se piensa; pero á pesar de todo esto, es por desgracia verdad que Voltaire podia gloriarse de los progresos que hacia su filosofismo entre los grandes del mundo, y estos progresos manifiestan el desacierto en las elecciones de Luis XVI. Las virtudes desean estar ocultas, la piedad no aspira al brillo de los empleos; y Luis XVI no veia en sus alrededores sino ambiciosos que deseaban servirle para dominar. Los sofistas conocian muy bien el carácter de cada uno, sabian y tenian medios para que las elecciones recayesen en los ambiciosos, que eran mas á propósito, segun su política, á los fines de la conjuracion, y estos eran los iniciados. Hecha la eleccion segun y conforme los deseos de la secta, preocupaba esta la opinion pública, hacia resonar las trompetas de la fama á favor del iniciado que iba á ocupar un lugar tan inmediato al trono. No se limitaban á esto, pues tenian otros agentes y amaños mas reservados que los de los cortesanos. Ello ya se ve que no era sino muy obvio y muy fácil que con tantos medios, con tanto influjo sobre 237 la voz pública y sobre la misma corte, le tuviesen sobre el modo de pensar del mismo rey, quien ya desconfiaba tanto de sus propias luces. Estos enredos del filosofismo, aun mas que los de la ambicion, dieron á Luis XVI los Turgot, los Necker, los Lamoignon, los Brienne, sin hacer mencion de los ministros subalternos y oficiales de secretarias, con cuyos servicios contaban los sofistas conjurados.

Maupeou.

Con estas protecciones, las leyes contra la impiedad se veian precisadas á callar, ó no hablaban sino muy bajo. El clero solicitaba en vano á la autoridad, porque esta estaba en inteligencia con los conjurados. Los escritos de estos circulaban, y sus autores nada tenian que temer. Cuando Voltaire escribia á d’Alembert que, gracias á un sacerdote de la corte, estaba perdido, si no hubiese sido por el señor Canciller, que en todos tiempos le habia manifestado una extrema benevolencia (18), manifiesta que todas las reclamaciones del clero eran inútiles contra el gefe de los conjurados. Esta carta me recuerda otro ministro, y este es Maupeou, que tambien ocupa su lugar en el catálogo de los protectores de la secta. Este es aquel que habia sabido ocultar su ambicion y enlace con los sofistas, bajo la capa y máscara de muy zeloso de la religion. Los grandes servicios que él hizo, no solo á Voltaire, sino tambien á todos sus iniciados, se descubren en la carta que le escribió, hablando del duque de Choiseul. «Le debo, decia, grandes obligaciones; y á él solo debo los privilegios de mi tierra. Cuantas gracias le he pedido para mis amigos, me las ha concedido (19).» 238

Duque de Usez.

Algunos de estos grandes protectores querian tambien tener la gloria de ser autores, y aunque no tuviesen los talentos de Voltaire, ensayaban á veces á dar al pueblo las mismas instrucciones. Entre los autores de esta clase hallo al duque de Usez, bien conocido por la nobleza de su nombre. A este señor le dió tambien la gana de hacerse escritor en favor de la libertad de la razon, y de la igualdad de derechos á creer lo que á cada uno le acomode en materia de religion, sin consultar doctores ni iglesia. El escrito pareció admirable á Voltaire, que no deseaba sino verle perfeccionado para juzgarle tan útil á los otros como al mismo señor duque (20). Pero como este escrito se ha quedado sin título y no se tiene noticia de él, no puedo decir que honor habria hecho su publicacion al señor duque teólogo.

Otros señores.

Recorriendo las cartas de Voltaire, he visto que la lista de los iniciados protectores se aumentaba con los nombres de otros sugetos que ya por otros títulos tenian derecho á la fama. He hallado un descendiente de Crillon puesto al lado de un príncipe de Salm. Estos dos señores, en el concepto de Voltaire, eran dignos de otro siglo. El lector se equivocaria si pensase que Voltaire los juzgaba dignos del siglo de los Bayards y de los valientes caballeros. En la misma lista se halla un príncipe de Ligne en quien confiaba Voltaire para preparar las luces filosóficas en el Brabante, y un duque de Braganza, igualmente celebrado por Voltaire porque pensaba como él mismo. 239

En cuanto á marqueses, condes y caballeros, hay en aquel catálogo un marqués d’Argence de Dirac, Brigadier del ejército, muy zeloso para descristianizar su provincia de Angulema, y hacer de sus compatriotas otros tantos filósofos á la moderna. Hay un marqués de Rochefort, coronel de un regimiento, quien por su filosofismo fue grande amigo de d’Alembert y de Voltaire. Hay el caballero de Chastellux, intrépido, pero mas diestro en la guerra contra el cristianismo. En una palabra, si hubiésemos de dar crédito á Voltaire, deberíamos tener por comprendidos en su lista casi á todos los de la clase que él llamaba de personas honradas. He aquí lo que él escribia á Helvecio: «Estad seguro de que la Europa está llena de hombres racionales que abren los ojos á la luz. En verdad, su número es prodigioso, y no he visto de diez años á esta parte á un solo hombre honrado de cualquier pais ó de cualquiera religion que haya sido, que absolutamente no piense como vos (21)». Es muy verosimil que Voltaire exagerase los resultados y sucesos de su filosofismo, y no es creible que de aquella multitud de señores que iban á Ferney á contemplar el Lama de los sofistas, no hubiese muchos que fuesen mas por curiosidad que por impiedad. La regla mas segura para clasificar los verdaderos iniciados, es la mayor ó menor confianza con que les manifestaba sus pensamientos, ó con que les enviaba ya sus producciones, ya las de los otros impíos. La lista de los iniciados, atendiendo á esta regla, aun seria muy larga. En ella hallaríamos duquesas y marquesas protectoras, tan filósofas como sor Guillermina de Bareith. Abandonémoslas al olvido que se merecen unas iniciadas mas engañadas que maliciosas, y 240 que nunca son mas dignas de lástima, que cuando ellas creen que lo son menos.

Conde d’Argental.

Uno de los protectores de quien con particularidad se ha de hacer mencion, es el conde d’Argental, consejero honorario en el parlamento, tan viejo como Voltaire, de quien siempre fue cordial amigo. Cuanto dice Mr. de la Harpe de este amable conde, puede ser muy cierto; pero no lo es menos, que con todas sus amables cualidades, el conde y la condesa d’Argental fueron unos ilusos por su admiracion y amistad con Voltaire, quien les exhortaba con la misma confianza á aplastar el infame. Los llamaba sus dos ángeles, y se valia del conde como de agente cuando necesitaba de grande proteccion, y pudo contar con pocos amigos tan apasionados y fieles (es decir impíos) como él (22).

Duque de la Rochefoucault.

Uno de los nombres mas importantes que deben ponerse en la lista de los señores iniciados protectores, es el duque de la Rochefoucault. El que sepa cuanto se engañó este desgraciado duque que se creía tan diestro, no se admirará de que haga tan poca figura en la correspondencia de Voltaire; pero la publicidad de sus hechos suple la falta de los escritos. Este señor fue tan bondadoso, que se dejó persuadir que, para ser algo, es necesario ser impío y tener crédito entre los filósofos. Con esto protegió, y se manifestó liberal con ellos, siéndolo con Condorcet. ¡Dichoso él, si para conocer lo que era su filosofía, no hubiese esperado á que le instruyesen sus asesinos, enviados por el mismo Condorcet! 241

En las cortes extrangeras, lo mismo que en Paris, los altos y poderosos señores pensaran, que para distinguirse del resto de los hombres, era necesario manifestar su afecto al filosofismo. El príncipe de Galitzin, cuando hizo imprimir la obra mas impía de Helvecio, teniendo el atrevimiento de dedicarla á la emperatriz de la Rusia, manifestó cuanta admiracion le causaba Voltaire (23). Sabian cuan del agrado era del Conde de Schowallow, protector tan poderoso de los sofistas en la misma corte, y de cuantos habian cooperado al nombramiento de d’Alembert para maestro del heredero de la corona.

La Suecia, de donde habia salido aquel ayuda de cámara Jennings, que pasó á Ferney para relatar los progresos que en su pais hacia el filosofismo bajo la proteccion de la reina y del príncipe real (24), habia producido un iniciado aun mas interesante á los conjurados. Este fue el Conde de Creutz, que primero fué embajador en Francia, y despues en España. El Conde de Creutz habia sabido unir tan bien á su embajada la mision de un apóstol del filosofismo, y Voltaire estaba tan satisfecho de su zelo, que no podia consolarse cuando Creutz se ausentó de Paris. Por esto escribió á madama Geofrin, reina de los filósofos, estas expresiones: «Si hubiese en el mundo un emperador Juliano, habria de ir á él por embajador el señor Conde de Creutz, y no enviarle á gentes que hacen autos de fé. Es preciso que la cabeza se le haya trastornado al senado de Suecia, para no dejar á un hombre como este en Francia. Aqui habria hecho mucho bien, y es imposible que le haga en España (25).» 242

Entretanto, esta España tan desdeñada de Voltaire tenia tambien su de A…() (✠) En la versión inglesa de 1798 ([1]), pág. 277 y 278, se pueden leer los nombres enmascarados en los párrafos dedicados a España:
de A…: D’Arganda;
marqués de M…: Marqués de Mora;
duque de V… H…: Duque de Villa Hermosa;
duque de A…: Duque de Alba;
duque de H…: Duque de Huescar.
, al que llamaba el favorito de la filosofía, y que cada noche iba á reanimar su zelo con d’Alembert, Marmontel y otros iniciados mayores, en casa de la Señorita de l’Espinasse, la mas querida de las hembras iniciadas, y cuyo club casi equivalia á la academia francesa. La España contaba tambien otros duques, marqueses y caballeros, grandes admiradores de los sofistas franceses. Sobre todo, ella tenia el marqués de M… y el duque de V… H… (26). En este mismo pais que los conjurados miraban como poco á propósito para su filosofismo, d’Alembert distinguió de un modo muy particular al duque de A…; sobre este escribió él á Voltaire: «Uno de los mas grandes señores de España, hombre de bastante espíritu, y el mismo que ha sido embajador en Francia con el nombre de duque de H…, acaba de enviarme veinte luises para vuestra estatua. Precisado, me dijo, á cultivar en secreto mi razon, me aprovecharé con entusiasmo de esta ocasion para dar un testimonio público de mi reconocimiento al grande hombre que ha sido el primero en enseñar el camino (27).»

Voltaire al leer estos nombres en la larga lista de sus discípulos, exclamó: «La victoria se declara por nosotros en todas partes. Os aseguro que dentro de poco, no habrá mas que la canalla bajo las banderas de nuestros enemigos (28).» Su prevision no se extendia á mucha distancia, pues esta misma canalla se dejaria alucinar algun dia como los grandes señores: pero en este dia los grandes señores recibirian su merecido de mano de la canalla. D’Alembert tampoco podia 243 contener su gozo ni su estilo, y atendiendo al concurso de sugetos que admiraban á Voltaire, escribió: «¡Que diablos es esto! Cuarenta convidados á vuestra mesa, dos de ellos relatores en el consejo del Rey y un consejero de la sala primera, sin contar los duques de Villar y compañía (29)!» Ello ya se vé que el conato de asistir á la mesa de Voltaire no es una prueba infalible del filosofismo de todos y cada uno de los convidados; pero este concurso no deja de indicar por lo general, unos hombres que iban á contemplar al corifeo de una impiedad que con el tiempo lo perderia. No sin motivo d’Alembert hizo especial mencion del consejero de la sala primera, pues sabia cuanto interesaba á los conjurados tener protectores ó admiradores hasta en el seno de la primera magistratura. Voltaire lo sabia tan bien como él cuando le escribió: «Es gran dicha que en este parlamento (de Tolosa), casi de diez años á esta parte se haya hecho una leva de jóvenes que tienen bastante espíritu, que han leido bien, y piensan como vos (30).» Esta carta sola basta para explicar la flojedad de los primeros tribunales, en los años que precedieron á la revolucion. Ellos tenian todo el poder necesario para proceder con rigor contra los autores y repartidores de escritos impíos y sediciosos; pero permitieron que se envileciese de tal modo su autoridad, que los decretos del parlamento publicados en cumplimiento de su obligacion contra semejantes producciones, no servian de otra cosa que de avisos de su publicacion, y de un nuevo motivo para venderlas mas caras.

No obstante, las conquistas que hacia el filosofismo 246 en los primeros tribunales del reino, no correspondian de mucho á los deseos de Voltaire. Se le vé muchas veces quejarse de estos cuerpos respetables, como que aun contenian muchos magistrados adictos á la religion. En desquite celebraba de un modo particular á los que manifestaban su zelo en los parlamentos del mediodia. «Allí (escribia á d’Alembert), de la casa de Mr. Duché pasais á la de Mr. de Castillon. Grenoble blasona de tener á Mr. Servan. Es imposible que la razon y la tolerancia no hagan grandes progresos con tales maestros (31).» Esta esperanza parecia tanto mas fundada, como que los tres magistrados que aqui nombra Voltaire, eran precisamente los que por sus funciones de procuradores ó abogados generales debian oponerse con mas tesón á los progresos de esta imaginaria razon, que Voltaire siempre confunde con la impiedad; debian delatar las producciones del tiempo, y demandar la ejecucion de las leyes contra sus autores. De todos los abogados generales, el que parece tuvo mas inteligencia con voltaire, es Mr. de la Chalotais del parlamento de Bretaña. De las cartas del filósofo de Ferney á este magistrado se puede colegir la obligacion y reconocimiento que los conjurados le manifestaban por lo relativo á su zelo contra los Jesuitas, como la destruccion de este cuerpo religioso se enlazaba, segun sus proyectos, con la destruccion de los otros institutos religiosos, y la destruccion de todos con la de toda autoridad eclesiástica (32).

A pesar de los progresos del filosofismo, habia entre los magistrados hombres venerables, cuyas virtudes eran el honor de los primeros tribunales. Sobre todo, la 245 gran sala del parlamento de Paris le parecia á Voltaire un cuerpo tan extraño á su impiedad, que desconfiaba de poderle ver filósofo, le hacia el honor de ponerle en la misma clase que á aquel populacho, á aquellas juntas del clero, que desesperaba de poder hacer racionales, es decir impíos (33). Y tiempo hubo en que la indignacion de Voltaire contra los parlamentos se expresó en estos términos en sus cartas á Helvecio: «Creo que los franceses son descendientes de los centauros, que eran medio hombres y medio caballos de litera. Estas dos mitades se han separado, y han quedado algunos hombres como vos, por ejemplo, y algunos mas, y han quedado otros caballos, que han comprado los cargos de consejero (en el parlamento), ó que se han recibido doctores en la Sorbona (34).» Me hago un deber de citar estas pruebas del despecho de los sofistas contra el primer cuerpo de la magistratura francesa; porque á lo menos demuestran que este cuerpo no fue una conquista fácil á la impiedad. Es constante que al acercarse la revolucion habia en los parlamentos de Francia muchos magistrados que, si hubiesen estado mejor instruidos de los artificios de los conjurados, habrian dado mas vigor á las leyes para conservar la religion. Pero hasta sobre los asientos de la sala primera habia intrusos de la impiedad; y allí se hallaba hasta aquel Terrai, ya bastante infame como ministro, pero no bastante conocido como sofista.

Rasgo del Abate Terrai.

Aunque en estas memorias ya he manifestado varias veces los atroces disimulos de los conjurados, pocos hay 246 tan feos como el que voy á referir de este iniciado. Un librero, llamado Leger, vendia publicamente en Paris una de aquellas obras cuyo impío atrevimiento precisaba algunas veces al parlamento á proscribirla. La que se vendia en la tienda de Leger fue condenada á ser quemada, con órden de averiguar quien fuese su autor y vendedores. Terrai se ofreció á practicar las diligencias; fué comisionado al intento, con órden de dar parte al parlamento. Envió á llamar al librero Leger de quien sé todo lo que voy á referir, aunque no me dijo, ó se me ha olvidado el título de la obra. «De órden de Mr. Terrai, consejero en el parlamento, pasé á su casa, me recibió con un semblante grave, se sentó en un sofá y me preguntó: ¿Sois vos, quien vendeis esta obra condenada por un decreto del parlamento? Respondí; sí Señor. — ¿Como os atreveis a vender un libro tan malo y pernicioso? Respondí: así como se venden tantos otros. — ¿Habeis ya vendido muchos? Sí Señor. — ¿Os quedan aun muchos? Cerca de seiscientos ejemplares. — ¿Conoceis al autor de una obra tan mala? Sí señor. — ¿Quien es? Usted, Señor. — ¿Qué, yo! ¿Como os atreveis á decirlo? ¿y de quien lo sabeis? Señor, respondí, lo sé del mismo, de quien he comprado vuestro manuscrito. = Pues si lo sabeis todo está dicho; retiraos, y sed prudente.» Fácilmente se cree que no se dió parte al parlamento del proceso verbal de este interrogatorio. El historiador deducirá los progresos que la conspiracion anticristiana haria en un reino en donde habia tales iniciados, hasta en el santuario de las leyes.


1 Carta al Conde d’Argental del año 1764.

2 Véanse en la correspondencia general las cartas de Mr. d’Argenson.

3 Véanse en la correspondencia de d’Alembert las cartas 21. 24. 121. 128. etc.

4 Correspondencia de Voltaire y d’Alembert. Carta 128.

5 Allí mismo, Cartas 22 y 24.

6 Carta 121.

7 Carta del 3 Agosto de 1775.

8 Véanse les ouvres de Mr. le Tourneur de Tressol, sobre este Mariscal, y su artículo en el diccionario de Feller.

9 Carta 164 del año 1760.

10 Carta 76.

11 Carta 77.

12 Véanse los pormenores de este engaño en Mr. Meaulan, Causes de la revolution.

13 Véase en la correspondencia de Voltaire y d’Alembert la carta 31 del año 1770.

14 Véase mas abajo la declaracion de Mr. le Roy.

15 Carta á Marmontel del 2 Diciembre de 1767.

16 Carta 100 del 4 Mayo de 1762.

17 Cartas de Voltaire á Diderot del 25 Diciembre de 1762, á d’Alemebert, á Damilaville, y con mucha frecuencia.

18 Carta 133 del año 1774.

19 Carta 110 del año 1762.

20 Carta de Voltaire al duque de Usez del 19 Noviembre de 1760.

21 Carta del año 1763.

22 Véase la correspondencia general.

23 Carta 117, á d’Alembert.

24 Carta de d’Alembert del 19 Enero de 1769.

25 Carta á madama Geofrin del 21 Mayo de 1764.

26 Carta de Voltaire de 1 Mayo de 1768.

27 Carta 108 del año 1773.

28 Carta á Damilaville.

29 Carta 76 del año 1766.

30 Carta 11 del año 1769.

31 Carta del 5 Noviembre de 1770.

32 Véase principalmente la carta de Voltaire á la Chalotais de 17 Mayo de 1762.

33 Carta á d’Alembert de 13 Diciembre de 1763.

34 Carta de 22 Julio de 1761.


Referencias

  1. Barruel, A., Memoirs, Illustrating the History of Jacobinism, , 2, vol. Part 1. The Antichristian Conspiracy, no. 1, Lincoln's-Inn Fields, T. Burton, No.11, Gate-street, pp. 401, 1798.