Segunda clase de protectores

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(Capítulo decimotercero del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Príncipes y Princesas iniciados. — Federico, Land-grave de Hesse-Cassel. — Duque de Brunswick, Luis Eugenio y Luis, Príncipes de Wirtemberg. — Carlos Teodoro, Elector Palatino. — Princesa de Anhalt Zerbst. — Guillermina, Margrave de Bareith. — Federico Guillermo, príncipe Real de Prusia.

Príncipes y Princesas iniciados.

En esta segunda clase de iniciados protectores comprenderé á los que, sin hallarse sobre el trono, gozan de un poder sobre el pueblo, casi igual al de los reyes, y cuya autoridad y ejemplo, unidos á los medios de los conjurados, les hacian confiar de que no habian jurado en vano destruir la religion cristiana.

Federico, Land-grave de Hesse-Cassel.

La correspondencia de Voltaire nos manifiesta con mucha particularidad en esta segunda clase de protectores al Land-grave de Hesse-Cassel. El cuidado con que d’Alembert habia buscado para este príncipe un profesor de historia cual ya le he descrito, bastaria para manifestar cuanto abusaron de su confianza. Esta quedó bien engañada, particularmente la que su Alteza hizo de la filosofía y luces de Voltaire: pues tuvo que sufrir en cierta manera que el gefe de los sofistas dirigiese sus estudios, y ya se ve que con dificultad podia fiarse de un hombre mas pérfido. Una carta basta para manifestarnos el manantial al cual envió Voltaire á su augusto discípulo para tomar lecciones de sabiduría. «Vuestra Alteza Serenísima, escribia este maestro seductor, me parece que tiene deseos de ver los libros modernos que son dignos de vuestra Alteza. Se ha 195 dejado ver uno intitulado, le Recueil nécessaire (la seleccion necesaria). Entre varias cosas contiene una obra de milord Bolimbrocke, que me parece es lo mas fuerte que jamás se ha escrito contra la supersticion. Creo que se halla en Francfort; pero yo tengo un ejemplar á la rústica, y se le enviaré si desea verle». (1) ¡Que lecciones presenta esta coleccion á un príncipe que tiene verdaderos deseos de instruirse! ¿El solo nombre de Bolimbrocke no manifiesta lo bastante que aquella coleccion se ordena á pervertir la religion, sabiendo por otra parte, que el mismo Voltaire publicó bajo este nombre escritos aun mas impíos que los del filósofo inglés, y que él mismo era el autor de muchos que contenia la misma coleccion?

El Land-grave reducido á sí solo para resolver las dudas que le excitaban estos escritos, y por desgracia preocupado contra los que le habrian podido ayudar á resolverlas, se entregó del todo á estas lecciones, que le parecian de la verdad misma y de la mas sublime filosofía. Cuando podia recibirlas de la misma boca de Voltaire, era tal su ilusion, que su Alteza se jactaba y creia ingenuamente que habia hallado el medio verdadero de elevarse sobre el vulgo. Sentia mucho una ausencia que le privaba de las instrucciones de su maestro; creía que le debia muchas obligaciones, y por esto le escribió: «Me he ido de Ferney con mucho sentimiento… estoy muy satisfecho de que esteis contento de mi modo de pensar; procuro desprenderme, cuanto es posible, de preocupaciones; y si con esto mi modo de pensar es diferente del vulgo, lo debo únicamente á las conferencias que con vos he tenido, 196 y á vuestros escritos (2).» Para dar algunas pruebas de los progresos que hacia el ilustre iniciado en la escuela de la filosofía, le pareció que debia dar noticia de sus nuevos descubrimientos, los cuales él miraba como objeciones muy serias contra la autenticidad de los libros sagrados. «He hecho, decia á Voltaire, de algun tiempo á esta parte algunas reflexiones sobre Moises y sobre algunos historiadores del Nuevo Testamento, y me parece que son muy justas. ¿No hay motivo para pensar que Moises fué un bastardo de la hija de Faraon, que esta princesa dió á criar? No es creible que una hija del Rey hubiese tenido tanto cuidado de un niño Israelita, cuya nacion era tan aborrecida de los Egipcios (3).»

Muy fácil le era á Voltaire disipar esta duda, haciendo observar á su discípulo, que calumniaba sin motivo alguno á un sexo bienhechor, sensible é inclinado á enternecerse, contemplando la suerte de un niño expuesto á aquel peligro; y que muchísimas otras mugeres harian lo mismo que la hija del Faraon, y aun lo harian por lo mismo y con mayor cuidado, si el odio nacional aumentase la desgracia del expósito. Si Voltaire hubiese tenido intencion de ilustrar á su discípulo y darle reglas de una crítica sana, le habria hecho observar que en lugar de un hecho muy sencillo y natural, su Alteza imaginaba otro que es verdaderamente increible. Una princesa que quiere dar á su hijo una educacion brillante, y que empieza con exponerle al peligro de sumergirle, para tener el placer de irle á buscar y de hallarle en el parage convenido á la orilla del Nilo; una princesa egipcia que ama á su hijo, que sabe el odio 197 que tienen los de esta nacion á los Israelitas, y que le da á criar á una Israelita, da á entender que cree que el niño es de esta nacion que ella detesta, y así lo da á entender á los mismos Egipcios para hacer odioso y detestable este niño: y lo que parece un misterio aun mas incomprensible es, que cuando este niño llega á ser hombre, es el mas terrible para los Egipcios, sin que haya quien descubra su orígen; toda la corte del Faraon se obstina en creer que es israelita, en un tiempo en que habria bastado decir que Moises era egipcio, para quitarle toda la confianza de los Israelitas y librar al Egipto. He aqui muchas cosas que Voltaire habria podido responder á su Alteza el Land-grave, para manifestarle que no es permitido á las reglas de la crítica oponer á un hecho muy natural y sencillo suposiciones verdaderamente increibles. Pero estas mismas suposiciones alimentaban el odio que Voltaire tenia á Moises y á los libros de los cristianos. Mas estimaba él ver los progresos que sus discípulos hacian en la incredulidad, que explicarles las reglas de una sana crítica.

Voltaire no satisfecho con dejar á su discípulo en sus ilusiones, celebraba sus desvaríos. Esto de ve cuando su Alteza iniciada pretendia que la serpiente de cobre colocada sobre un monte no se asemejaba poco al dios Esculapio, cuando este tenia un palo en una mano y en la otra una serpiente, con un perro á sus pies en el templo de Epidauro; que los querubines, estendiendo sus alas sobre el arca, no se Esemejaban poco al esfinge, que tenia cabeza de muger, cuatro garras en su cuerpo y cola de leon; que los doce bueyes que estaban debajo el mar de cobre, y sostenian aquella grande tina que tenia doce codos de diámetro, cinco de elevacion, y llena de agua servia para las abluciones de los israelitas, se parecia mucho al dios Apis, ó al buey puesto en un altar y 198 mirando á todo el Egipto debajo sus pies (4). De estas premisas inferia el iniciado de Hesse-Cassel, que Moises, al parecer, habia dado á los judíos muchas ceremonias que él habia tomado de los Egipcios (5). Si los conjurados hubiesen sido capaces de alguna sinceridad, habrian desengañado á este pobre príncipe, que en la realidad deseaba instruirse. Mientras nos compadecemos de que el príncipe iniciado tuviese la desgracia de tener tales maestros, debemos hacerle justicia, reconociendo la ingenuidad con que buscaba la verdad; asi dijo á Voltaire: «Por lo que toca al nuevo Testamento, hay en él historias en las cuales desearia yo estar mejor instruido. La mortandad de los inocentes me parece incomprensible. ¿Como el rey Herodes pudo hacer degollar aquellos niños, si no tenia derecho de vida y muerte, como lo descubrimos por la historia de la pasion, en la que fue Poncio Pilatos gobernador de los Romanos quien condenó á Jesucristo á muerte (6)?»

Si el príncipe iniciado hubiese ido á beber en los manantiales de la historia, ó hubiese consultado cualquier otro historiador, menos el profesor que le señaló d’Alembert, ó bien algun maestro que no hubiese sido vano sofista, él que deseaba instruirse bien y era acreedor á este beneficio, habria visto que la dificultad que proponia era de muy poco momento y fácil de desvanecerse. Habria aprendido que Herodes Ascalonita por sobre nombre el grande, y con mejor título el feroz, que mandó la matanza de los inocentes y era rey de toda la Judea y Jerusalén, no era el mismo, sino distinto de aquel Herodes de quien habla la historia de la pasion. Habria aprendido que este, llamado Herodes Antipas, no 199 pudo conseguir de los Romanos mas que la tercera parte de los estados de aquel Herodes su padre; y que siendo solamente tetrarca de Galilea, no podia ejercer la misma autoridad en las otras provincias; y por lo mismo no causa admiracion, que en Jerusalén no tuviese el derecho de vida y muerte, aunque Pilatos le brindó á ejercerle, enviándole á Jesucristo para que le juzgase, como ya antes habia juzgado y mandado degollar á San Juan Bautista. En cuanto al feroz Herodes Ascalonita, habria aprendido el príncipe iniciado, que este Neron anticipado habia mandado matar los inocentes de Belén, como hizo matar á Aristóbulo é Hircano, el uno hermano y el otro abuelo octogenario de la reina; como hizo matar á Mariamne, su esposa, y á dos de sus hijos; á Sohemo su confidente, y á muchos de sus amigos y grandes de la corte, luego que empezó á disgustarse de ellos. Teniendo noticia de tantos homicidios y de tanta tiranía, sabiendo á mas de esto que el mismo Herodes Ascalonita, estando próximo á la muerte, y temiendo que el dia en que esta sucediese lo fuese de regocijo público, mandó encerrar en el circo á todos los principales judios, con órden de que los matasen en el momento en que espirara. Teniendo noticia, repito, de todos estos hechos incontrastables, el ilustre iniciado habria aprendido el como y porqué este Herodes ejercia el derecho de vida y muerte; y no le habria pasado por la cabeza que los Evangelistas hubiesen sido capaces de inventar la matanza de los inocentes; hecho, en aquella época en que le escribieron, tan reciente, que debia contar con muchos judíos vivos que habian sido testigos. Y en fin habria reflexionado, que los impostores no se exponen á que se les desmienta con tanta facilidad en público, y que todas las dificultades sobre la mortandad de los inocentes no son capaces de hacer bambolear la fe del Evangelio. 200

Pero él se sustentaba de las mismas objeciones que su maestro, y leia nuestros libros sagrados con la misma intencion y espíritu; y Voltaire que habia cometido millares de errores groseros sobre estos mismos libros, se guardaba muy bien de enviar sus discípulos á las respuestas que le habian dado los apologistas religiosos (7). Aunque insertamos estas ligeras discusiones en estas Memorias, no insertaré en ellas la amargura de las reconvenciones que en el dia se hacen á si mismos tantos príncipes, á quienes sedujo el gefe de los impios; no les dirémos para renovar su dolor: «¿Que casta de ceguedad es esta, que os ha privado del sentido que se os dió para evitar los peligros? Vuestro deber era leer nuestros libros religiosos, para aprender á ser mejores, y hacer mas felices á vuestros vasallos; ¿pero que habeis hecho? Salir á la palestra con los sofistas, mancomunaros con ellos, y disputar con Cristo y sus profetas. Si os ocurrian dudas sobre la religion, ¿á qué fin recurrir á unos hombres que han jurado su perdicion? Llegará tambien para vosotros el tiempo en que el Dios de los cristianos, cuyos derechos habeis disputado, permitirá se disputen los vuestros, y enviará vuestros pueblos para su resolucion y definitiva á los Jacobinos, cuyos precursores han sido vuestros maestros. Hélos ahí; ya los teneis en vuestros estados, en vuestros palacios, dispuestos á celebrar con Voltaire vuestros argumentos contra Cristo. Responded pues á los puñales con que impugnan vuestros derechos, leyes y propiedades…» Dejemos estas reflexiones y limitémonos á decir con la historia, ¡cuan desgraciados han sido estos príncipes, que deseando instruirse, acudieron 201 á unos hombres que se valieron de ellos mismos para derribar los altares, mientras esperaban el momento de volcar sus tronos!

Duque de Brunswick, Luis Eugenio y Luis, Príncipes de Wirtemberg.

El historiador se verá en la precision de colocar en el catálogo de los iniciados protectores á muchos otros príncipes, cuyos estados prueban en el dia los frutos de la filosofía moderna. En el cómputo que d’Alembert presentó á Voltaire de príncipes extrangeros que viajaron por Francia rindiendo sus homenages á los sofistas conjurados, celebra al duque de Brunswick como que merecia ser festejado, debiéndosele este obsequio principalmente por su oposicion al príncipe de Dos Puentes, que no protegia sino á Frerón y otra canalla, que es decir los escritores religiosos (8). El ejército de los jacobinos demuestra en el dia, cual de estos dos príncipes fue el que mas se engañó, en su proteccion. Aun lo descubrirémos mejor en estas Memorias, cuando lleguemos á descubrir la última y mas profunda conspiracion del jacobinismo.

A este duque de Brunswick, añadimos Luis Eugenio, duque de Wirtemberg, y Luis, príncipe de Wirtemberg. Ambos celebraban igualmente las instrucciones de Voltaire. El primero escribió al segundo: Desde que me hallo en Ferney me contemplo mas filósofo que Sócrates (9). El segundo añadia á los elogios del filósofo, la demanda del libro mas licencioso é impío que Voltaire haya escrito, que es el poema de Juana de Arc, ó la Doncella de Orleans. 202

Carlos Teodoro, Elector Palatino.

Ya pedia al gefe de los impíos la misma obra maestra de obscenidades, ya las mismas instrucciones filosóficas, y ya le rogaba encarecidamente que pasase á Manheim para tenerle en mejor situacion para oir sus nuevas lecciones (10).

Princesa de Anhalt Zerbst.

Las iniciadas debian cerrar los ojos á causa del pudor, y cubrir sus rostros con el rubor de la vergüenza, solo al oir nombrar la Poncela de Orleans: pero la princesa de Anzahlt Zerbst no solo no desechó, sino que agradeció á su autor la desvergüenza de hacerle un regalo digno del Aretino (11). No es justo que el historiador ignore las diligencias que las grandes iniciadas practicaban para lograr un ejemplar de un escrito tan obsceno; pues verá el atractivo que la corrupcion de costumbres comunicaba á las instrucciones de los conjurados. Sabiendo esto, ya no se admirará al ver el gran número que los sofistas seducian; pues ello es cierto, que las instrucciones que empiezan por la corrupcion y perversion del corazon, tienen mucho ascendiente sobre el espíritu. Esta reflexion la presento muy á pesar mio; pero tiene sobrada conexion con la historia del filosofismo, con la conspiracion anticristiana y con las causas de sus progresos para omitirla. Sé respetar los personages de una gerarquía elevada; pero no sé sacrificarles la verdad. Si les parece mal recordar lo que los cubre de ignominia, den la culpa á sus manejos y correspondencia con los conjurados, que se halla en los 203 impresos que lee toda la Europa. El mal estaria en ocultar lo que tanto interesa á sus pueblos, á sus tronos y á los altares.

Guillermina, Margrave de Bareith.

Su Alteza Guillermina, Margrave de Bareith, en la misma clase de iniciadas protectoras, ofrece al historiador un nuevo motivo para desenvolver los progresos de los sofistas anticristianos; pues fué una señora que aumentó la vanidad de la escuela de los conjurados, y les dispensó toda su proteccion para distinguirse del vulgo con esta superioridad de luces. Ello es cierto que no á todos se ha concedido la facultad de discurrir con igual acierto sobre los objetos religiosos ó filosóficos. Sin faltar al respeto que debemos á la preciosa mitad del género humano, creo que podemos decir que por lo comun las mugeres no son tan á propósito para ejercitar su espíritu sobre los mismos objetos, que el filósofo, el metafísico y el teólogo. La naturaleza recompensa en ellas la falta de profundidad en los conocimientos y meditaciones, con el arte de adornar la virtud, y con la dulzura y vivacidad del sentimiento, que algunas veces es una guia mas segura que los raciocinios. Ellas lo que deben hacer lo hacen mejor que los hombres. Los hogares y sus hijos son su verdadero imperio, y las instrucciones que dan acompañadas con el ejemplo valen mas muchas veces que nuestros silogismos. Pero una muger filósofa con la filosofía del hombre, es un prodigio, es un fenómeno y muy raro. La hija de Necker, la muger de Roland, como las señoras de Deffant, las Lespinasse, las Geofrin y muchas otras iniciadas de Paris, á pesar de todas sus pretensiones al bello espíritu, no tienen derecho para que se les exceptúe de la regla general. Si el lector se resiente al ver puesta al mismo nivel á 204 Guillermina, Margrave de Bareith, que dé la culpa al que la inspiró las mismas pretensiones. Fórmese juicio sobre sus maestros, por el tono con que les habla y que la captaban sus aprobaciones.

He aqui un rasgo del estilo de esta ilustre iniciada, que remeda los principios y chanzas de Voltaire, para merecer su voto y aprobacion, á costa de S. Pablo. Dice así: «Sor Guillermina á Fray Voltaire, salud. He recibido vuestra carta consolatoria; os juro (lo que es en mi gran juramento) que me ha edificado infinitas veces mas, que la de S. Pablo á la dama Electa. Esta carta me causaba un cierto sopor, que equivalia al opio, y me impedia descubrir sus bellezas. La vuestra ha causado un efecto contrario; me ha sacado del letargo y ha vuelto á poner en movimiento mis espíritus vitales (12).» No sabemos que haya carta alguna de S. Pablo á la dama Electra. Sor Guillermina, traduciendo á lo burlesco, como Voltaire, lo que no ha leido, quiere hablar de la carta de S. Juan á Electa. Pero esta no contiene otra espresion de obsequio que la de un Apostol que elogia la piedad de una madre que instruye á sus hijos en las sendas de la salud, exhortándola á la caridad, y advirtiéndola que evite los discursos y escuela de los seductores. Es muy sensible que estas instrucciones de S. Juan hagan en Sor Guillermina los efectos del opio. Tal vez Voltaire habria hallado una buena dosis de este narcótico en la carta siguiente, si hubiese venido de otra parte que de la fingida monja iniciada. Sin embargo la copiaremos, como que hace época en los anales filosóficos. En ella se verá á una hembra iniciada que da lecciones de filosofía al mismo Voltaire, que se adelanta á Helvecio, y que á fuerza 205 de ingenio, sin advertirlo, copia á Epicuro. Sor Guillermina, antes de darle estas lecciones, le asegura la amistad del Margrave, y le pide el espíritu de Bayle (13), que ella en cierta ocasion pensó haber hallado todo entero, y con este motivo escribió á fray Voltaire: «Dios, decís voes en el poema de la ley natural, ha dado á todos los hombres la justicia y la conciencia, para manifestarles que les habia dado cuanto les era necesario. Habiendo dado Dios al hombre la justicia y la conciencia, se sigue que estas dos virtudes son innatas al hombre y por lo mismo un atributo de su ser. Se sigue pues necesariamente que el hombre ha de obrar en consecuencia, y que no es capaz de ser justo, ni injusto, ni sentir remordimientos, no pudiendo resistir á un instinto unido á su esencia. Pero la experiencia demuestra lo contrario. Si la justicia fuese un atributo de nuestro ser, no habria trampas legales en los pleitos, y vuestros consejeros del parlamento no se entretendrian en inquietar la Francia por un pedazo de pan concedido ó negado. Los Jesuitas y Jansenistas confesarian su ignorancia, tratando de doctrina… Las virtudes solo son accidentales… La aversion á las penas y el amor del placer han inclinado el hombre á ser justo; la inquietud no puede producir sino penas; el sosiego es la madre del placer. He estudiado con mucho cuidado el corazon humano; formo juicio sobre lo sucedido por lo que veo (14).»

Hay una comedia que tiene por título: La teología en la rueca; esta carta de su Alteza, Margrave de Bareith, transformada en Sor Guillermina, podrá ser que algun dia suministre la misma idea para la filosofía. Dejando á los Molieres del dia el cuidado de divertirse á costa 206 de los Sócrates hembras, el historiador sacará de los errores de Guillermina de Bareith una instruccion mas seria sobre los progresos de la filosofía anticristiana. Descubrirá una nueva causa en los humillantes límites del espíritu humano y en la vanidad de estas pretensiones, que, en ciertas iniciadas, parece que se extienden tanto como los motivos que realmente tienen para la humildad y modestia en la debilidad de su entendimiento. Sor Guillermina teme perder la libertad, si es verdad que Dios ha puesto en el hombre la conciencia y el sentimiento necesario para distinguir entre lo justo é injusto. No sabe esta iniciada que el hombre, con los ojos que Dios le ha dado para ver y distinguir sus rumbos, no deja de ser libre para escoger el que mas le acomode. Dice que ha hecho un estudio particular del corazon humano; y no ha leído en este corazon, que el hombre vé muchas veces lo mejor, y hace lo peor. Imagina hallarse en la escuela de Sócrates; y, á semejanza de Epicuro, no descubre mas que la aversion á las penas y el amor del placer por principio de la justicia y de las virtudes. Nos dice sin que lo sepa y sin que lo advierta, que si aun hay trampas legales, que si nuestros procuradores no aborrecen como deben, la indigencia, y que si nuestras Vestales no todas son castas, es porque tienen poco amor al placer; y es preciso que á su presencia los parlamentos, los Jesuitas, los Jansenistas, y aun toda la Sorbona con toda la teología confiesen su ignorancia, tratando de doctrina. Seria excesiva esta satisfaccion, si sor Guillermina no fuese monja del instituto del Patriarca fray Voltaire.

Federico Guillermo, príncipe Real de Prusia.

Con la poca confianza en sus luces y con el conocimiento de no atenerse á las que podria suministrarla 207 su natural, se nos representa como un iniciado de otra especie. Infatigable en los campos de la victoria, no se atrevia á responder por sí mismo; sabia lo que queria creer, aunque no sabia lo que debia creer, y temió perderse entre los raciocinios. Su alma, toda su alma le decia y clamaba que debia ser inmortal; pero temia que esta voz le engañase, y se vió precisado á acudir á Voltaire para que le evitase el trabajo de decidirse por sí mismo. Para coronarse con los laureles de Marte, de nadie necesitaba, confiaba de sí mismo, y fué un héroe en actividad: pero para resolverse sobre la suerte que le esperaba en el otro mundo, usó de toda la modestia y humildad de un discípulo, y aun se abandonó á la dejadez de un escéptico. Necesitó de un maestro, que con su autoridad le excusase la molestia, que causan las investigaciones; y este maestro fué Voltaire. «Ya que me he tomado la libertad (escribia este iniciado) de entrar en conversacion con vos, permitidme que os pregunte, para mi instruccion, si adelantando en edad no os parece si tendréis algo que mudar en vuestras ideas sobre la naturaleza del alma… No me acomoda enredarme en raciocinios metafísicos; pero desearia no morir del todo, y que un génio como el vuestro no fuese aniquilado. (15).» Voltaire que tenia la habilidad de saber representar cualquier papel, respondió: «La familia del rey de Prusia tiene razon para no querer, que su alma sea aniquilada. Es verdad que no se sabe muy bien lo que es el alma, y nadie jamas la ha visto. Lo que sabemos, es que el Señor eterno de la naturaleza nos ha dado la facultad de sentir y conocer la virtud. No está demostrado que esta facultad viva despues de nuestra muerte; pero 208 tampoco lo contrario está mas demostrado, y solo los charlatanes blasonan de que están seguros. Nada sabemos de los primeros principios… Es cierto que la duda es muy desagradable; pero la seguridad es un estado ridículo (16).»

No sé que impresion hizo esta carta en el serenísimo y respetuoso discípulo; pero á lo menos se descubre que el gefe de los conjurados sabia variar el mando que ejercia sobre los príncipes iniciados, del mismo modo que sobre los vecinos de Harlem. Cuando el Rey Federico le escribió resueltamente que el hombre muere, y que todo se acabó, se guardó muy bien Voltaire de decirle que la seguridad es un estado ridículo; y que solo los charlatanes blasonan de estar seguros pues Federico, Rey de Prusia, fué siempre el primero de los reyes filósofos (17). Y cuando, pocos dias despues, el príncipe real le preguntó si podia estar seguro sobre la inmortalidad de su alma, acudió, á pesar de todas las inquietudes del escepticismo, á las dudas del mismo escepticismo, que proponia como el solo estado racional de los verdaderos filósofos. Esto le bastó para saber que su discípulo no profesaba la religion cristiana; á este estado le queria reducir, para asegurarse de su conquista.

Voltaire, con la admiracion que causaba y los elogios que prodigaba, disponia del rey materialista, aunque este fuese tenaz en su opinion, y aquel no supiese á que atenerse. Fue objeto de admiracion para Eugenio de Wirtemberg, que en todo pensaba como su maestro. Permitió á Guillermina de Bareith que disputase, porque la consideró mas atrevida que él. Con Federico Guillermo hizo el grave, el resuelto, y le 209 amenazó con tenerle por ridículo y charlatan, si creyese que el alma es inmortal. Á aquel le propuso ciertos principios; y á este le dijo: nada sabemos de los primeros principios. Á pesar de todo esto, Voltaire fue el ídolo de estos príncipes, que se declaraban protectores de su persona, escuela y conjuracion. Tal era la satisfaccion de este impío con todas sus contradicciones y desatinos, que escribió á su querido conde de d’Argental: En el dia no hay siquiera un príncipe aleman que no sea filósofo (18). Ya se ve que hablaba de la filosofía de la incredulidad. Y aunque aquella proposicion no fuese tan generalmente verdadera que no tuviese sus excepciones, á lo menos manifestó la satisfaccion que tenian los corifeos de la impiedad, creyendo que podian celebrar sus progresos, contando con tantos príncipes y soberanos, á quienes algun dia la conjuracion precipitaria de sus tronos.


1 Carta de Voltaire del 25 Agosto de 1766.

2 Carta del 9 Setiembre de 1766.

3 Carta 66.

4 Allí mismo.

5 Allí mismo.

6 Allí mismo.

7 Véanse con toda particularidad, les Erreurs de Voltaire (los errores de Voltaire), les Lettres de quelques juifs portugais, (las cartas de algunos judíos portugueses).

8 Carta del 23 Junio de 1766.

9 Carta del 1 Febrero de 1766.

10 Carta del 1 Mayo de 1754 y la carta 38 del año 1762.

11 Cartas 9 y 39 de la princesa de Anhalt á Voltaire.

12 Carta del 25 Diciembre de 1755.

13 Carta del 19 Julio de 1759.

14 Carta del 1 Noviembre de 1759.

15 Carta del 12 de Noviembre de 1770.

16 Carta del 28 Noviembre de 1770.

17 Cartas del 30 Octubre y 21 Noviembre de 1770.

18 Carta del 26 Setiembre de 1766.

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