Progresos de la conspiracion bajo Voltaire

Imagen de javcus


(Capítulo duodécimo del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Clase primera. Discipulos protectores. Iniciados coronados. — Primer iniciado, José II. — Catalina II, Emperatriz de Rusia. — Cristiano VII, Rey de Dinamarca. — Gustavo III, Rey de Suecia. — Poniatowski, Rey de Polonia.

Clase primera. Discipulos protectores. Iniciados coronados.

El grande objeto que se propuso Voltaire, fué separar de Cristo é inspirar todo su odio al Dios del Evangelio y su religion, á todas aquellas clases de personas que los conjurados llaman honradas, y no dejar para Jesucristo sino el populacho, en suposicion de que fuese imposible borrar en él toda idea del Evangelio. Estas clases de personas honradas comprendian, ya á las que brillan en el mundo por su poder, carácter y riquezas, y ya á los literatos y ciudadanos decentes que son de una gerarquía superior á la que Voltaire daba el nombre de canalla, lacayos, cocineros, ect. Debe observar el historiador, que los progresos de la conjuracion anticristiana comenzaron por la mas elevada de estas clases, por los emperadores, reyes, príncipes y testas coronadas, ministros, magistrados y demás que podemos comprender bajo la expresion de grandes señores. Si el escritor no tiene valor para decir estas verdades, que deje la pluma, pues es muy cobarde y nada á propósito para dar las lecciones mas interesantes de la historia. El que teme decir á los reyes, Vuesas Magestades han sido los primeros que han entrado en la conjuracion contra Jesucristo, y este mismo Jesucristo ha permitido que los conjurados amenazasen, hiciesen balancear y 176 socavar á la sordina vuestros tronos y en seguida burlarse de vuestra autoridad; el que no tenga valor, repito, para decir estas verdades, dejará las potestades del mundo en una fatal ceguedad. Ellas continuarán en dar oidos al impío, en proteger la impiedad, en permitir que domine en sus alrededores, que circule, y se extienda desde los palacios á las ciudades, de estas á los pueblos y de los pueblos á la campaña; en que pase de los magistrados á los súbditos, de los nobles á los plebeyos, de los ricos á los pobres, de los sabios á los ignorantes, de los amos á los criados y del señor á sus vasallos. Muchos delitos tendrá que castigar el cielo en las naciones para no permitir el lujo, la discordia, la ambicion, las conspiraciones y otras plagas que las destruyen. ¿Que pretenden acaso los monarcas poder insultar impunemente en sus estados al Dios que los ha hecho reyes, y que les ha dicho que serán castigados por sus delitos y por los que por su culpa cometen los pueblos, y que los crímenes del que manda no recaerían sobre sus súbditos, ni los de los príncipes sobre el pueblo? Repito, que si el historiador no tiene valor para decir estas verdades, vale mas que calle.

Buscará las causas de la revolucion en sus agentes, y hallará Nekers, Briennes, Felipes de Orleans, Mirabeaus y Robespierres; hallará el desórden en el consejo de Hacienda, partidos entre los grandes, insubordinacion en los ejércitos, inquietud, agitacion y seduccion en el pueblo; pero no verá ni hallará quien es el que ha hechoy producido los Neckers, los Briennes, los Felipes de Orleans, los Mirabeaus y los Robespierres; no verá ni hallará al que ha introducido el desórden en la Hacienda, al que ha excitado el espíritu de partido, que ha causado la insubordinacion y ha fomentado la inquietud, agitacion y seduccion del pueblo. Llegará 177 hasta el último hilo de la trama, y creerá haber desenredado la madeja; presenciará la agonía de los imperios; pero no manifestará la fiebre lenta que los consume, y que reserva la violencia de sus acciones y la disolucion para sus últimas críses. Hará la descripcion de un mal que todo el mundo ha visto; pero permitirá que se ignore su remedio. Si teme revelar el secreto de los señores de la tierra, que lo revele para el bien de los mismos, y para librarles de una conspiracion que recae sobre ellos. ¿Pero y que secreto? ¿Somos acaso nosotros los que le violamos? Yo le he hallado en unos escritos públicos, en donde está registrado ha mas de diez años, que son su correspondencia con el gefe de los conjurados; ya no pudiera acusársenos de falsedad. Estas cartas y correspondencia se han impreso y publicado para escándalo de los pueblos, y para manifestar que el impío gozaba de todo el favor de los soberanos. Cuando manifestamos á los mismos soberanos castigados por esta proteccion que han concedido á los conjurados, no intentamos deshonrarlos por esta condescendencia, sino manifestarles las causas verdaderas de sus desgracias y de la de los pueblos, para que el verdadero remedio á tantos males, y aun el preservativo de otros mayores, se manifieste por sí mismo; y este motivo es superior á cuantos pudieran prescribirnos el silencio.

Primer iniciado, José II.

En la correspondencia de los conjurados, hay mas de una carta que depone, con toda la evidencia que es posible en esta clase de monumentos, que Federico II inició al emperador Josef II en los misterios de la conspiracion anticristiana. Voltaire en una de sus cartas dió a d’Alembert la noticia de esta conquista en estos términos: «Me habeis dado un verdadero placer, 178 reduciendo el infinito á su justo valor. Pero he aqui una cosa mas interesante: Grimm asegura que el emperador es de los nuestros. Esta circunstancia es feliz, porque la Duquesa de Parma, su hermana, está contra nosotros (1).» En otra carta en que Voltaire se da á sí mismo el parabien por una conquista tan importante, dice á Federico: «Un natural de Bohemia, llamado Grimm, que tiene bastante espíritu y filosofía, me ha hecho saber, que vos me habíais iniciado al emperador en nuestros santos misterios (2).» En fin en una tercera carta, despues de haber hecho Voltaire una enumeracion de los príncipes y princesas que ya cuenta en el catálogo de sus iniciados, prosigue de esta manera: «Tambien me habeis lisonjeado mucho con decirme que el emperador estaba en camino de perdicion. He aqui una excelente cosecha para la filosofía (3).»

Alude esta carta á la que Voltaire habia recibido, pocos meses antes, en la que le decia Federico: «Parto para la Silesia y voy á verme con el emperador, que me ha convidado para su campo de Moravia, no para batirnos como otras veces, sino para vivir como buenos vecinos. Este príncipe es muy amable y lleno de mérito; ama vuestros escritos, y los lee cuanto puede: Nada es menos que supersticioso. En fin es un emperador cual no le ha habido desde mucho tiempo ha en Alemania, ni el uno ni el otro amamos los ignorantes ni los bárbaros; bien que no sea esta una razon suficiente para exterminarlos (4).»

El que sabe lo que significa, segun el diccionario de Federico, ser nada menos que supersticioso, y que lee 179 á Voltaire cuanto puede, facilmente entenderá el significado de estos elogios. En efecto ellos manifiestan un emperador, cual no le habia habido hacia mucho tiempo en Alemania; que es decir, un emperador tan irreligioso como el rey Federico. La fecha y últimas palabras con que concluye esta carta, bien que no sea esta una razon suficiente para exterminarlos, nos recuerdan aquel tiempo en que le parecia á Federico, que los filósofos iban muy de prisa, y con aquella exhortacion queria contener la imprudencia de algunos conjurados, que podian trastornar todo el sistema de los gobiernos políticos. Aun no habia llegado el tiempo de emplear una fuerza mayor, ni de fulminar la última sentencia. De lo que se infiere, que la guerra que declararon José y Federico á Jesucristo, no fué por entonces una guerra de exterminio, ó una guerra como la de los Nerones y Dioclecianos; pero fué una guerra de minar á la sordina y poco á poco. Esta fué la de José, á la cual dió principio, luego que la muerte de María Teresa le dejó en libertad. Desde el principio fué una guerra de hipocresía; porque José, aunque tan incrédulo como Federico, continuó representando el papel de príncipe religioso, y protestó que estaba muy distante de querer alterar cosa alguna del verdadero cristianismo. Viajando por Europa, continuó en frecuentar los sacramentos con una apariencia exterior de piedad, que no manifestaba el que en Viena y Nápoles cumpliese con el precepto de comulgar por la pascua, cual lo hiciera Voltaire en Ferney. Supo ocultar tan bien sus sentimientos, que atravesando la Francia, rehusó pasar por Ferney, de donde distaba poco y en donde Voltaire esperaba recibirle. Y aun hay quien diga, que al alejarse de aquel camino, afectó decir: que no podia ver á un hombre, que, calumniando la religion, habia hecho tanto daño á la humanidad. No sé que 180 crédito merezcan estas palabras. Lo cierto, es que los filósofos estaban bien seguros de José, y facilmente le perdonaron la desatencion de no haber rendido sus homenages á Voltaire, publicando al mismo tiempo que no por eso dejaba el emperador de continuar admirando al corifeo de la impiedad, y que si se abstuvo de hacerle una visita como lo deseaba, fué por respeto á su madre, que, á instancias de los clérigos, le hizo prometer que no pasaria á verle en su viage (5).

A pesar de toda esta reserva y disimulo, la guerra que José hizo á la religion, pasó dentro de poco tiempo á ser guerra de autoridad, y aun de opresion, de rapiña y de violencia, y poco faltó para que tambien lo fuese de exterminio para sus vasallos. Dió principio por la supresion de un gran número de monasterios; y ya se sabe que era este el plan de Federico, y aun su parte mas esencial, para llegar al aniquilamiento del cristianismo. Se apoderó de una gran parte de los bienes eclesiásticos, conforme á los deseos de Voltaire, que repetia, Yo estimaria mas despojarlos. José II expelió de sus celdillas hasta á aquellas Carmelitas, cuya pobreza no ofrecia pretexto alguno á la avaricia, y cuyo fervor angélico no daba lugar alguno á reformas. El fue el primero que dió á su siglo el espectáculo de precisar á estas santas vírgenes á ir errantes por los reinos estrangeros, para hallar hasta en Portugal un asilo á su piedad. Trastornándolo todo en la iglesia segun su voluntad, ensayó el primero aquella famosa constitucion llamada civil por los legisladores jacobinos, y que ha hecho en Francia todos los mártires de los Carmelitas. El Sumo Pontífice se creyó obligado á ausentarse de Roma, y á pasar al Austria para representar, como padre comun de los fieles, al Emperador, ya la fe, 181 ya los derechos de la iglesia. José II le recibió con respeto, y permitió que le rindiesen todo aquel homenage de pública veneracion, que igualmente exigian las virtudes y la suprema dignidad de Pio VI; pero José continuó así mismo su guerra de opresion. No expelió los obispos; pero los afligió erigiéndose él mismo, en cierta manera, superior de los seminarios, pretendiendo precisar á los eclesiásticos á tomar lecciones de maestros que él mismo señaló, y cuya doctrina como la de Camus se dirigia á preparar los ánimos para la grande apostasía.

Sus persecuciones clandestinas y destrucciones hicieron estallar los murmullos. El Brabante cansado se sublevó; y despues le hemos visto llamar á los Jacobinos franceses, que le prometian la libertad de su religion, pero que, mas seductores aun que José, consumaron su obra. Si el Brabante hubiese sido provincia del iniciado Federico, ni habria padecido tanto por su religion, ni habria sacudido su yugo, como lo hizo con la casa de Austria. Si el emperador José no se hubiese demostrado tan inexorable y hubiese sabido merecer su amor, las virtudes de Francisco II, su sucesor, habrian podido contar con aquella provincia, y esta habria opuesto mayores obstáculos á la invasion que se extendió hasta el Danuvio. Si la historia reconviene los manes de José, que remonte no menos al tiempo en que fue iniciado en los misterios de Federico y de Voltaire, y el Emperador iniciado no saldrá inocente de la guerra de exterminio, que ha amenazado hasta su trono. Mas adelante veremos á José, que, descubriendo la guerra que le hacia el filosofismo como á su trono, se arrepintió de la que habia hecho á Cristo. Probó de corregir sus yerros, pero ya era demasiado tarde y fue su triste víctima.

La correspondencia de los conjurados manifiesta que hubo otros soberanos que entraron con la misma 182 imprudencia en todas estas maquinaciones contra Cristo. D’Alembert se lamentaba á Voltaire sobre los obstáculos (que él llamaba persecuciones) que la autoridad aun ponia de cuando en cuando á los progresos de la impiedad, pero se consolaba diciendo: «Tenemos en nuestro favor á la Emperatriz Catalina, al Rey de Prusia, al Rey de Dinamarca, á la Reina de Suecia y su hijo, á muchos príncipes del imperio, y á toda la Inglaterra (6).» Pocos dias antes Voltaire escribió á Federico: «No sé lo que piensa Mustafá (sobre la inmortalidad del alma); yo pienso que él no piensa. En cuanto á la Emperatriz de Rusia, á la Reina de Suecia vuestra hermana, al Rey de Polonia, al príncipe Gustavo, hijo de la Reina de Suecia, yo imagino que sé lo que piensan (7).» En efecto Voltaire lo sabia. Las cartas de estos reyes no le permitian ignorarlo: y aun cuando no pudiésemos alegar estas cartas, ya descubriríamos un emperador y una emperatriz, cuatro reyes y una reina á quienes los conjurados anticristianos cuentan entre sus iniciados.

Guárdese el historiador, cuando revele este horrible misterio de iniquidad, de dar lugar á falsas declamaciones y a consecuencias aun mas falsas. Guárdese de decir al pueblo: Vuestros reyes han sacudido el yugo de Jesucristo; justo es que vosotros sacudais el de su imperio. Estas consecuencias serian otras tantas blasfemias contra el mismo Jesucristo, su doctrina y sus ejemplos. Dios, para felicidad de los pueblos, para preservarlos de revoluciones y de los desastres de la rebelion, se ha reservado castigar á los apóstatas coronados. Resistan los cristianos á la apostasía; pero esten sumisos á sus príncipes. Añadir á la impiedad de estos la sublevacion, no 183 seria evitar el azote religioso, sino que seria añadir á este la anarquía, que es el mas terrible azote político. Esto es precisamente lo que experimentó el Brabante cuando se sublevó contra José II. Pensaban que tenian derecho para rechazar su legítimo soberano, y ahora se hallan subyugados por los Jacobinos. Ellos llamaron la insurreccion en socorro de la religion, cuando la religion proscribe toda insurreccion contra las legítimas potestades. En el momento en que escribo, salen de la Convencion los decretos fulminantes, con los que el culto religioso, los privilegios y las iglesias del Brabante se ponen al nivel de la revolucion francesa. Dijo Buonaparte «que tenia su política peculiar, de que no debia dar cuenta á nadie, que los intereses de las naciones no deben decidirse en el tribunal de la justicia.» Estas han sido y serán siempre las bases de todas las negociaciones jacobinas. Han prometido, sin pensamiento de cumplir su promesa; han hecho solemnes tratados, que al instante han rescindido: para engañar á las partes contratantes, han propuesto indemnizaciones, que nunca han verificado. Asi purgan su error, y asi se observan las capitulaciones. (*) Cuando pues el historiador revele los nombres de los soberanos que se conjuraron contra Cristo, ó fueron admitidos al secreto de la conspiracion, sea toda su atencion reducir los reyes á la religion, evitando con todo cuidado las consecuencias falsas y perniciosas á la quietud de las naciones. Y entonces mas que en cualquiera otra ocasion, insista en los deberes que la religion impone á los pueblos en órden á los Césares y á toda pública autoridad.

Catalina II, Emperatriz de Rusia.

No todos los coronados protectores de Voltaire fueron conjurados, como el patriarca de los impíos, Federico y José. Aunque todos habian bebido el veneno en la copa 184 de la incredulidad, no todos pretendieron inficionar con él á sus pueblos. Era inmensa la diferencia entre Federico y aquella Emperatriz de Rusia, de la que tanto confiaban los conjurados. Seducida por los homenages y talentos del primero de los impíos, Catalina halló en él el primer móvil de su gusto por las letras. Habia leido con el mayor ahinco aquellos libros que ella creia que eran las obras maestras de la historia y de la filosofia, sin saber que eran la impiedad en realidad, disfrazada de historia; y ateniéndose al elogio seductor de los falsos sabios, pensó que todos los milagros del mundo no eran capaces de lavar la imaginaria mancha de haber impedido la impresion de la Enciclopedia (8). Pero nadie la ha visto, que ofreciese á los sofistas aquel incienso grosero. Catalina leia los escritos de los sofistas; Federico los hacia circular, se ocupaba en componer otros, y habria querido que el pueblo los hubiese leido. Federico proponia medios para destruir la religion cristiana; pero Catalina desechaba los planes de destruccion que proponia Voltaire. Ella por carácter era tolerante; Federico solo lo era por necesidad, y habria dejado de serlo, si hubiese podido enlazar con la política su odio, para valerse de la fuerza mayor á fin de destruir el cristianismo.

Los literatos al formar juicio de la correspondencia de Catalina II, hallarán mucha diferencia entre sus cartas y las del rey de Prusia. Las primeras son de una muger de talento, que con mucho donaire se burla algunas veces de Voltaire, y sabe conservar la nobleza y dignidad de su carácter; á lo menos que nunca se abate á usar de injurias y blasfemias. Las cartas de Federico son propias de un sofista pedante, tan sin pudor en su impiedad, como sin dignidad en sus elogios. Voltaire escribió á 185 Catalina: «Somos tres, Diderot, d’Alembert y yo, que os levantamos altares.» La contextacion de Catalina fue: «Dejadme estar, si os place, sobre la tierra, pues así estaré en mejor disposicion para recibir vuestras cartas y las de vuestros amigos (9).» No se hallará una expresion tan bella en todos los escritos de Federico. Solo es sensible que dirigiese esta respuesta á los impíos. Catalina escribia con todo primor la lengua de Voltaire; pero Federico seria un héroe muy diminuto, si no hubiese manejado mejor su espada que su pluma. Sin embargo, Catalina no por eso dejó de ser una iniciada sobre el trono. Ella sabia el secreto de Voltaire, y celebraba al mas famoso de los impíos (10), y aun llegó al estado de querer encargar á d’Alembert la instruccion del heredero de su cetro. Los impíos siempre ponen su nombre en el catálogo de las iniciadas protectoras, y el historiador no puede borrarle de aquella lista.

Cristiano VII, Rey de Dinamarca.

Los derechos de Cristiano VII, rey de Dinamarca, al título de iniciado coronado se hallan tambien en sus cartas á Voltaire. Entre los servicios que prestó d’Alembert á la conjuracion, se pueden contar las diligencias que practicó, para que los potentados y grandes señores se suscribiesen á la ereccion de una estatua en honor de Voltaire. Yo habria podido manifestar al modesto sofista de Ferney instando á d’Alembert á que recogiese las suscripciones, en particular la del rey de Prusia, que no esperó estas solicitudes. Era muy interesante á los conjurados este triunfo de su Gefe, y Cristiano VII se dió mucha prisa en enviar su contingente. Su primera carta y algunos 186 cumplimientos que hace á Voltaire no bastarian para tenerle por iniciado; pero el mismo Voltaire ponia en esta clase al rey de Dinamarca; y he observado que, entre los cumplimientos que este le hace, hay uno hecho á gusto y vaciado en los moldes del estilo de Federico. «Os ocupais, dice á Voltaire, en libertar á un gran número de hombres del yugo de los eclesiásticos, que es el mas duro de todos; porque solo la cabeza de estos señores conoce los deberes de la sociedad, mas nunca lo siente su corazon. Esto bien vale la pena de vengarse de los bárbaros (11).» ¡Infelices monarcas! Tambien fue este el lenguage de que usaban los impíos con Maria Antonieta, en el tiempo de su prosperidad. (**) Reyna de Francia muger de Luis XVI, que fue guillotinada públicamente despues de haber estado presa con su marido, cuñada é hijos en el Temple, y últimamente en la Conciergerie. Fue esta desgraciada, como todo el mundo sabe (**); pero vió, al tiempo de sus desgracias, la sensibilidad y fidelidad de estos pretensos bárbaros, y levantando la voz en las Tullerías, exclamó: Ay! ¡que nos habian engañado! Ahora vemos como se distinguen los sacerdotes entre los vasallos fieles del Rey (12). ¡Quiera Dios que el Rey seducido por el filosofismo nunca se vea en semejante apuro, y que se aproveche de las lecciones que le ha dado una revolucion que ha demostrado lo bastante que hay otro yugo mas pesado y duro que el de los eclesiásticos, á quienes su maestro Voltaire le ha enseñado á calumniar! Pero es preciso decir aquí, en honor de este príncipe y de tantos otros 187 seducidos por los conjurados, que los sofistas se hicieron dueños de él en su juventud. En esta edad, Voltaire y sus escritos facilmente alucinaban á unos hombres, que no por ser reyes saben mejor que los otros lo que no han aprendido, y que no se hallan aun en estado de discernir entre el error y la verdad, principalmente cuando se trata de aquellos objetos en que la falta de estudio no es tan temible, como lo son las inclinaciones y pasiones.

Cristiano, cuando vino á Francia, no tenia mas que 17 años, y ya tuvo valor, como dice d’Alembert, para decir en Fontainebleau, que Voltaire le habia enseñado á pensar (13). Varias personas de la Corte de Luis XV, que pensaban muy de otra manera, querian impedir aquella jóven magestad de pensar al modo de Voltaire, y de que tratase en Paris con los iniciados ó principales discípulos; pero estos supieron lograr audiencia, y para que se vea su resultado, no hay mas que oir á d’Alembert escribiendo á Voltaire: «Vi á este príncipe en su casa con otros muchos amigos vuestros; me habló mucho de vos, de los servicios que vuestros escritos habian hecho, de las preocupaciones que habíais desvanecido, y de los enemigos que vuestra libertad de pensar os habia hecho. Supongo que pensais cuales serían mis respuestas.» (14) D’Alembert vuelve á ver al príncipe, y escribe de nuevo á Voltaire: «El rey de Dinamarca casi no me ha hablado sino de vos… Os aseguro que mas le habria gustado veros en Paris, que todas las fiestas con que le han abrumado.» Esta conversacion fue corta, y d’Alembert suplió su brevedad con un discurso que pronunció en la academia sobre la filosofía, á presencia del jóven monarca. Todos los iniciados, que 188 habian acudido de tropel le celebraron, y tambien le celebró el jóven monarca (15). En fin, él se fué con tal idea de esta imaginaria filosofía, gracias á las instrucciones de d’Alembert, que á la primera noticia de que se habia de erigir una estatua en honor del héroe de los impíos conjurados, envió una bella suscripcion, que Voltaire reconoció, que se debia á las lecciones que el iniciado académico habia dado al príncipe (16). No sé si su magestad Cristiano VII habrá en el dia olvidado aquellas lecciones; pero sé, que desde que su magestad danesa aprendió de Voltaire á pensar, han sucedido muchos acontecimientos que le habrán instruido á mirar con mucha indiferencia aquellos imaginarios servicios, que los escritos de su maestro han hecho á los imperios.

Gustavo III, Rey de Suecia.

Los mismos artificios y errores hicieron de Gustavo, rey de Suecia, un iniciado protector. Este príncipe tambien habia venido á Paris á recibir los homenages y las lecciones de los que se llamaban filósofos. No era mas que príncipe real, cuando, celebrándole ya como uno de los iniciados cuya proteccion habia adquirido la secta, d’Alembert escribió á Voltaire: «Amais la razon y la libertad, querido cofrade, pues no es fácil amar la una sin la otra. ¡Y bien! aí teneis un digno filósofo republicano, que os presento, quien hablará con vos filosofía y libertad. Es Mr. Jennings, gentilhombre de cámara del rey de Suecia. Tiene á mas de esto que cumplimentaros de parte de la reina de Suecia y del príncipe real, quienes en el Norte protegen la filosofia, tan mal acogida por los príncipes del Mediodia. Mr. 189 Jennings os dirá los progresos que hace la razon en Suecia bajo estos felices auspicios (17)» Cuando d’Alembert escribía esta carta, Gustavo no sabia que sus principales favoritos fuesen filósofos republicanos, y que con esta filosofía no solo perderia los derechos á la corona, sino tambien su vida, muriendo víctima del filosofismo. Si lo hubiese sabido cuando subió al trono, no es regular que escribiese á Voltaire: «Pido todos los dias al Ser de los Seres, que prolongue vuestros dias preciosos á la humanidad, y tan útiles á los progresos de la razon y de la verdadera filosofía (18).» Parece que la providencia escuchó esta oracion de Gustavo, pues se prolongaron los dias de Voltaire, pero el que debia repentinamente cortar los dias del mismo Gustavo, ya habia nacido, y dentro de poco habia de salir con la tras-escuela de Voltaire. Cuide el historiador, para instruccion de los príncipes, de tejer aqui la genealogía filosófica de este desgraciado rey, y la del iniciado que fué su asesino.

Uldarica de Brandemburgo fué iniciada en los misterios de los sofistas conjurados por el mismo Voltaire. Ella muy distante de desechar sus principios, ni aun se habia dado por ofendida, cuando Voltaire, en cierta ocasion, tuvo el atrevimiento de manifestarle su pasion (19). Habiendo llegado á ser reina de Suecia, instó mas de una vez al impío para que pasase á la corte á acabar allí sus dias á su lado (20). Le pareció á esta reina que no podia manifestar mejor su adhesion á los principios que le habia enseñado Voltaire, cuando estaba de asiento 190 en Berlin, que comunicándolos con la leche al Rey su hijo. Ella misma inició á Gustavo, y quiso tener la complacencia de ser madre de un sofista, como lo era de un rey. Por eso vemos que siempre madre é hijo se hallan juntos en el catálogo de los iniciados de quienes confiaban mas los conjurados. Esta fué pues la genealogía filosófica de este desgraciado rey de Suecia. Voltaire habia iniciado á la reina Uldaríca, y Uldaríca inició á Gustavo su hijo. Por otra parte voltaire inició á Condorcet, y Condorcet, presidiendo en el Club de los jacobinos, inició á Ankastrom. Uldaríca discípula de Voltaire enseñó á Gustavo á burlarse de los misterios y altares de Cristo. Condorcet discípulo de Voltaire, enseñó á Ankastrom á burlarse del trono y de la vida de los reyes. Con que de estos dos primos hermanos en la genealogía filosófica, el uno mató al otro. ¿Y cual fue el motivo? En el momento en que las noticias públicas anunciaron que Gustavo III debia mandar en gefe los ejércitos coligados contra la revolucion francesa, Condorcet y Ankastrom eran miembros del gran club, y en este gran club resonaban las voces de librar la tierra de sus reyes. Señalaron á Gustavo para que fuese la primera víctima, y Ankastrom se ofreció para ser el primer verdugo. Salió este de Paris, y Gustavo murió á sus manos (21). Los jacobinos acababan de celebrar la deificacion de Voltaire, y celebraron tambien la de Ankastrom. Voltaire habia enseñado á los jacobinos, que el primer rey fue un soldado feliz, y los jacobinos enseñaron á Ankastrom, que el primer héroe fue el asesino de los reyes, y colocaron su busto al lado del de Bruto. Los reyes se habian suscrito para la estatua de Voltaire, y los jacobinos se suscribieron para la de Ankastrom. 191

Poniatowski, Rey de Polonia.

En fin, la correspondencia secreta de Voltaire pone á Poniatowski rey de Polonia en el catálogo de los protectores iniciados. En efecto, este rey, para quien la filosofía fué tan funesta, trató á los filósofos en Paris, y rindió homenage á su gefe, escribiéndole: «Mr. de Voltaire, Todos los contemporáneos de un hombre como sois vos que saben leer, que han viajado y que no os han tratado, deben considerarse infelices. Estais autorizado para decir: Las naciones harán rogativas para que los reyes me lean (22).» Hoy que el rey Poniatowski ya las ha habido con aquellos hombres que, como él, habian leido á Voltaire y le celebraban, y que ensayaron en Polonia la revolucion francesa; hoy en que él es víctima de esta misma revolucion; que ha visto rompérsele el cetro entre sus manos á causa de los resultados de la misma revolucion, es muy regular que haga rogativas por otras cosas bien diferentes. No dudo que desearia el que las naciones nunca hubiesen conocido á Voltaire, y que los reyes, en especial, nunca le hubiesen leido. Pero los tiempos que anunciaba d’Alembert, y que él mismo habría querido ver, han llegado, sin que los reyes protectores hayan sabido preverlos. Cuando las desgracias de la religion recaen sobre ellos, que, lean muchas veces estos votos de d’Alembert, que en su estilo muchas veces bajo y vulgar, manifestó á Voltaire: «Vuestro ilustre y antiguo protector (el rey de Prusia) ha empezado el vaiven; el rey de Suecia le ha continuado; Catalina imita á los dos y puede ser que haga algo mas. Yo reiria mucho si viese en mi vida, deshilarse el rosario (23).» En efecto, el rosario se deshiló: 192 el rey Gustavo murió asesinado, el rey Luis XVI, guillotinado; el rey Luis XVII, envenenado; el rey Poniatowski se vé destronado; el Stathouder expelido; y los iniciados hijos de d’Alembert y de su escuela se rien, como él mismo lo habria hecho, de los reyes, que protegiendo la conspiracion del impío contra el altar, no supieron prever la conspiracion de los hijos del impío contra los tronos.

Estas reflexiones anticipan á pesar mio lo que tengo que manifestar sobre esta segunda conspiracion; pero es tal la union entre los sofistas impíos y los sofistas sediciosos, que casi es imposible exponer los progresos de los unos, sin hablar de los estragos y crímenes de los otros. Son los mismos hechos, que intimamente enlazados, nos precisan á darles á los monarcas protectores unas instrucciones que, son las mas interesantes de cuantas han dado las historias hasta nuestros tiempos. No concluiré este capítulo sin observar que, entre los reyes del Norte cuya proteccion fué tan gloriosa para los sofistas, nunca leemos se haga mencion del rey de Inglaterra. Este silencio que guardan los conjurados, equivale á los mayores elogios. Si los sofistas hubiesen tenido necesidad de un rey amado de sus vasallos y digno de serlo, de un rey bueno, justo, sensible, bienhechor, zeloso de conservar la libertad de las leyes y la felicidad de su imperio, Jorge III habria sido su Antonino, su Marco Aurelio ó su Salomon del Norte. Pero descubrieron que era demasiado sabio para confederarse con unos viles conjurados, que no conocen mas méritos que la impiedad. Y he aquí la verdadera causa de su silencio. Es de mucho honor para un príncipe no representar algun papel en la historia de aquellas conspiraciones, cuando la de la revolucion le representa tan activo para atajar los desastres, tan grande 193 y generoso en la compasion y consuelo de sus víctimas. En cuanto á los reyes del Mediodia (España y Portugal), la historia les hará justicia de hacer saber á toda la posteridad, que los sofistas, en lugar de contarles entre sus iniciados, se quejaban amargamente al contemplarles tan distantes del filosofismo.


1 Carta del 28 Octubre de 1769.

2 Carta 162, del mes de Noviembre de 1769.

3 Carta del 21 Noviembre de 1770.

4 Carta de Federico del 18 agosto de 1770.

5 Véase la nota á la carta del Conde de Tomaille del 6 Agosto de 1777, en la correspondencia general de Voltaire.

6 Carta de 28 Noviembre de 1770.

7 Carta de 21 Noviembre de 1770.

8 Véase su correspondencia con Voltaire, cartas 1, 2, 3, y 8.

9 Cartas 8 y 9.

10 Véanse las cartas del 26 Diciembre de 1773 y la 134 del año 1774.

11 Carta á Voltaire del año 1770.

12 Estas palabras de Maria Antonieta me las refirieron en lo mas encendido de la revolucion. Necesitaba yo de saberlas, para creer que se habia desprendido de las preocupaciones que le habian comunicado contra el clero, y que se habian aumentado despues del segundo viage del Emperador su hermano.

13 Carta de d’Alembert del 12 Noviembre de 1768.

14 Carta del 6 Diciembre de 1768.

15 Carta del 17 Diciembre de 1768.

16 Carta de Voltaire á d’Alembert del 5 Noviembre 1770.

17 carta del 19 Enero de 1769.

18 Carta del rey de Suecia á Voltaire de 10 enero 1772.

19 Para esta princesa compuso Voltaire el madrigal: Souvent un peu de vérité, etc.

20 Véanse sus cartas á Voltaire de los años 1743 y 1751.

21 Vease el Diario de Fontenay.

22 Carta del 21 Febrero de 1767.

23 Carta del 6 Setiembre de 1762.

Esta imagen aparece en...