Representacion, mision, servicios y medios particulares de cada uno de los gefes de la conjuracion anticristiana

Imagen de javcus


(Capítulo undécimo del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Servicios de Voltaire. — Hipocresia de Voltaire. — Exhortaciones urgentes á sus iniciados. — Su correspondencia. — Servicios de Federico. — Servicios de Diderot. — Servicios de d’Alembert. — Su mision especial para la juventud. — Como sirvió á Voltaire por su espionage. — Proyecto para reedificar el templo de Jerusalén.

Servicios de Voltaire.

Para llegar al término que se habian propuesto los conjurados de destruir la religion de Jesucristo, contra la cual habian concebido el odio mas irreconciliable, no les bastaron los medios generales en que se habian convenido, y de los cuales he tratado hasta el presente. Cada cual debia cooperar de un modo particular, valerse de sus medios, hacer uso de sus respectivas facultades segun su situacion personal, ó segun los destinos que le señalaba su mision. Voltaire reunia en sí casi todos los talentos que pueden distinguir á un hombre en la carrera literaria, y luego que la conjuracion contra Jesucristo estuvo formada, los dedicó todos á esta guerra. En los últimos veinte y cinco años de su vida no atendió á otro objeto, pues decia que lo único que le interesaba era envilecer el infame (1). Hasta entonces habia dividido sus ocupaciones dedicándose ya á la poesía ya á la impiedad; pero despues no fue mas que impío sin ocuparse en otra cosa. Parece que habia tomado á empeño de dar él solo mas batallas, y vomitar mas blasfemias y calumnias que todos los Porfirios y Celsos de todas las edades. En la numerosa coleccion de sus escritos, hallamos mas de 149 cuarenta tomos en octavo, que contienen novelas, diccionarios, historias, cartas, memorias, comentarios que dictó su rabia, su odio y la resolucion frenética de aniquilar á Jesucristo. Prevengo al que quiera leer esta enorme coleccion, á que no busque en ella el sistema particular del deista, del materialista ó del escéptico. Todos los hallará reunidos, pues como hemos visto, conspiró con d’Alembert á reconciliar entre sí á estos sistemáticos, para que reunidos hiciesen la guerra á Cristo; y esta reunion ya la él hecho en su mismo corazon. No se para en mirar quien le suministra armas: las toma de cualquiera mano que se las presenta, y mientras que tenga que disparar contra el cristianismo, su autor, sus altares y ministros, poco le importa aunque se las den los atéos. Los escritores y apologistas de la religion, y yo tambien, le representamos adoptando á cada hora del dia una opinion nueva, y este retrato es sacado de sus escritos (2). Parece que son veinte hombres, pero igualmente llenos de odio. El fenómeno de sus contradicciones se explica por el de su rabia, y el de su hipocresia no se deriva de otro principio; pero como este último fenómeno no es bastante conocido, es preciso consignarle en la historia; y para que ninguno dude de su singularidad, será el mismo Voltaire quien nos instruirá sobre su intencion, extension y causas.

Hipocresia de Voltaire.

Durante esta inundacion de libros anticristianos, la autoridad en Francia trató con algun rigor, aunque no como debia á sus pastores. El mismo Voltaire, á causa de sus primeras producciones impías, salió condenado. Cuando se vió capataz de los gefes anticristianos, le 150 pareció que era necesario usar de mas precaucion para evitar á lo menos toda prueba legal de su impiedad. Para asestar sus tiros con mas seguridad y destruir el cristianismo, se disfrazó de cristiano, frecuentó sus templos, asistió á sus misterios, comulgó, recibiendo en su boca al mismo Dios que él blasfemaba… diré mejor: no comulgó ni cumplió con el precepto de la iglesia, sino para blasfemarle con mayor atrevimiento. Si le parece al lector que la acusacion es monstruosa, le presento una prueba que no admite réplica. En 15 Enero de 1761, envió Voltaire á una hembra iniciada, aquella condesa d’Argental á la que llamaba su ángel, no sé que escrito, aunque su editor conjetura que es la carta á Clairon, famosa actriz de estos últimos tiempos, el que es seguramente una de sus producciones mas escandalosas, pues Voltaire no se atreve á comunicarla sino á los escogidos de entre los escogidos. Cualquiera que sea el objeto de haberle enviado este papel, he aqui la carta con que le acompañó: «¿Quiere Vmd. divertirse leyendo este papelujo? ¿Quiere Vmd. leerle á la señorita Clairon? Solo Vmd. y el señor duque de Choiseul tienen copia de él. Sé que Vmd. me dirá que me vuelvo atrevido, y algo perverso en mi vejez. ¡Que perverso! No señora; soy un Minos, que juzgo los perversos… Esté Vmd. sobre sí; porque hay gentes que nada perdonan…. lo sé; yo soy tambien como ellos. Tengo sesenta y siete años y voy á la misa parroquial, doy ejemplo al pueblo, comulgo, he edificado una iglesia, en la que me haré enterrar, ¡vive Dios! á despecho de los hipócritas. Creo en Jesucristo consustancial á Dios, y en la Virgen María su madre. Viles perseguidores ¿que teneis contra mí!… Pero vos, dicen, habeis hecho la Poncella (Pucelle)… Y yo digo que no la he hecho; vosotros sois sus autores; vosotros habeis puesto 151 las orejas á la cabalgadura de Juana. Yo soy buen cristiano, buen servidor del rey, buen señor de parroquia, buen preceptor de doncellas. Hago temblar Jesuitas y Curas; hago lo que me da la gana de mi pequeña provincia grande como la palma de la mano (su hacienda tenia dos leguas de extension), y soy capaz de meter al Papa en mi manga, cuando me dé la gana. ¿Pues bien, galopos, que teneis que decirme? He aquí, queridos ángeles, lo que yo responderia á los Fantins, á los Grisels, á los Guyons y al pequeño mono negro.»

Las señoras iniciadas podian reir con las chufletas de esta carta; pero atendiendo á su fondo ¿los lectores de juicio descubren otra cosa que un viejo insolente, que cuenta con sus protectores, y que está resuelto á mentir sin pudor, á hacer la profesion de fe mas cristiana, si los autores religiosos le acusan de impiedad, y á oponer á las leyes sus negativas mentirosas, sus comuniones y exterioridades religiosas? ¡Y este impio tiene valor para tratar á otros de hipócritas y galopos! Parece que el mismo conde d’Argental se irritó en vista de estos tan odiosos artificios; pues vemos que Voltaire le escribe en 16 de Enero del siguiente año 1762 en esta forma: «Mis ángeles, si yo pudiese disponer de cien mil hombres, sé muy bien lo que haria; pero como no los tengo, comulgaré por pascua, y me trataréis de hipócrita cuanto os dé la gana. Sí, ¡vive Dios! comulgaré con madama Denis y la señorita Corneille, y si me apurais, pondré en rimas consonantes el Tantum ergo sacramentum.» Parece tambien que otros iniciados se avergonzaban de esta cobardía de su gefe, pues se vió obligado Voltaire á escribir á d’Alembert, diciéndole: «Sé, que hay personas que hablan mal de mis pascuas, es una penitencia que debo aceptar para satisfacer por mis pecados… Sí, he cumplido con la pascua, y lo que es 152 mas, yo en persona he ofrecido el pan bendito. Y despues de esto tengo valor para desafiar á Jansenistas y á Molinistas (3).» Si estas últimas palabras aun no demuestran con toda evidencia los motivos que tenia el impío hipócrita, se manifiestan estos sin duda alguna en la carta que poco despues escribió al mismo d’Alembert: «En vuestro concepto, preguntaba Voltaire, ¿que han de hacer los sabios cuando se ven rodeados de bárbaros insensatos? Ocasiones hay en que es preciso imitar sus contorsiones y hablar su lenguage. Mutemus Clypeos (cambiemos nuestros broqueles); lo que he hecho en este año, ya lo he hecho muchas veces, y si place á Dios, aun lo volveré á hacer (4).» En esta carta encarga especialmente Voltaire que no se divulguen los misterios de Mitra, y concluye esta misma carta con estos votos contra el cristianismo: Es preciso que haya cien manos invisibles que traspasen el monstruo, y que al fin caiga herido por mil partes.

Si he de hacer asenso á personas que conocieron á Voltaire en los primeros años de sus triunfos literarios, no era la hipocresía un nuevo artificio de su conducta. He aquí á lo menos un hecho que sé por personas que le tenian bien conocido. Voltaire tenia un hermano, el Abate Arouet, zeloso jansenista, quien observaba en sus costumbres toda la austeridad que afectaba esta secta. Este Abate, que era heredero de una fortuna considerable, rehusaba ver á un hermano tan impío, y decia públicamente que no dispondria de alguna cosa de sus bienes en su favor. El abate Arouet gozaba poca salud, lo que anunciaba una próxima muertem y Voltaire tenia ganas de ser su heredero. A este fin se fingió jansenista, y se puso á representar el papel de devoto. En 153 un momento adoptó el trage rigorista, se presentó con el gran sombrero de alas caídas, y se puso á frecuentar las iglesias. Acudia con singular diligencia á las mismas, y en las horas que el Abate Arouet; y allí con toda la apariencia de la contriccion y humildad del diácono Páris, hincado de rodillas en medio de la nave, ó bien inclinado con las manos juntas al pecho, fijos los ojos sobre el altar, ó mirando con atencion al predicador, oraba ó escuchaba el sermon con todas las apariencias de un pecador arrepentido. El abate Arouet creyó que su hermano se habia convertido, le exhortó á la perseverancia, le hizo heredero de todos sus bienes y murió. Pero Voltaire nada conservó de su conversion sino los doblones de su hermano jansenista.

Exhortaciones urgentes á sus iniciados.

Con este profundo disimulo se combinó en Voltaire toda la actividad clandestina que podia inspirar á este capataz de la conjuracion, el juramento y deseos que habia hecho y tenia de destrozar al Dios de los cristianos. Poco satisfecho de lo que obraba contra Dios, instigaba, animaba y estimulaba sin cesar aquellas legiones de iniciados, que repartidos desde el oriente hasta el occidente, hacian la misma guerra á Jesucristo. Presente en todas partes, á causa de su correspondencia, escribia á unos: Inducid á todos los hermanos á que persigan al infame de palabra y por escrito, sin permitirle un momento de sosiego. Si descubria iniciados menos activos de lo que él mismo era, extendia á todos sus reconvenciones; Se descuida, decia, que la principal ocupacion es la de destruir al monstruo. Ya se sabe, que en su boca tanto el monstruo como el infame era siempre Jesucristo y su religion (5). En la guerra que 154 emprendieron los demonios contra los cielos, Satanás no pudo inspirar á sus legiones mas rabia, corage y furor contra el Verbo eterno, ni pudo valerse de una proclama mas enérgica que la de que se valió Voltaire: O hemos de triunfar, dijo, ó seremos infames. A esto equivalen sus expresiones escribiendo á d’Alembert: «Es tal nuestra situacion, que serémos la execracion del género humano, si en esta guerra contra Cristo no tenemos á nuestro favor las personas honradas. Es preciso atraerlas á nuestro partido á toda costa. Aplastad el infame, aplastad el infame, os digo (6).»

Su correspondencia.

Este zelo le hizo el ídolo del partido. Los iniciados concurrian de todas partes para tratarle, y se volvian llenos del mismo corage, rabia y deseos de aplastar á Jesucristo. Los que no se le podian acercar, le consultaban, le exponian sus dudas, le preguntaban si habia realmente un Dios, ó si ellos tenian un alma. Voltaire que nada sabia de esto, estaba gozosísimo, y aun haciendo zumba de su propio imperio, solo contextaba que era preciso destrozar el Dios de los cristianos. Cada ocho dias recibia cartas de este tenor (7). El mismo escribia un prodigioso número llenas de exhortaciones para exterminar el infame. Es necesario haber visto la coleccion de sus cartas para creer que el corazon y la rabia de un solo hombre las haya podido dictar, ó que su pluma las haya podido escribir, no comprendiendo en esta compilacion tantos otros escritos llenos de blasfemias. Es preciso que en su caverna de Ferney recibiese noticias de todo, lo supiese y viese todo y dirigiese todo lo que 155 tenia relacion con la conjuracion. Reyes, príncipes, duques, marqueses, literatos, ciudadanos, siendo impíos, podian escribirle, y él á todos respondia y á todos fortificaba y animaba. Su vida, hasta su última decrepitez, fue la vida de cien demonios, todos siempre ocupados en cumplir el juramento de aplastar á Jesucristo y derribar sus altares.

Servicios de Federico.

El iniciado Federico II de Prusia, el Rey sofista, no fue menos activo empuñando la espada que manejando la pluma. Este hombre, que hacia por sus estados y por si solo, cuanto pueden hacer los reyes, y aun mas que lo que suele hacer la mayor parte de aquellos por medio de sus ministros, hizo tambien él solo contra Cristo cuanto hacen los sofistas. En calidad de gefe de los conjurados, su oficio, ó mejor su locura, era verlos á todos, protegerlos á todos, é indemnizarlos de lo que perdian por las que llamaba persecuciones del fanatismo. El Abate de Prades para eludir las censuras de la Sorbona y decretos del parlamento, se refugió á Berlin, y el Rey sofista en recompensa le proveyó un canonicato de Breslaw (8). Un joven sin seso se escapó del poder de los magistrados, que estaban resueltos á castigar los ultrages que habia hecho á los monumentos públicos de la religion, y el mismo Rey sofista le acogió y le honró con el grado de porta-estandarte en su ejército (9). En el mismo momento en que parecia que sus erarios estaban exhaustos á causa de los grandes gastos que ocasionaban sus ejércitos, halló recursos para los iniciados. En lo mas encendido de sus guerras, las pensiones que les hacia, en especial á 156 d’Alembert, eran las mas sagradas de sus deudas. En algunas ocasiones se acordó de que un monarca no debia confundirse con tan viles sofistas, y aun pensó que estos solo eran un hato de pícaros presumidos y visionarios (10). Pero estos eran caprichos que le perdonaban los sofistas: y en efecto, luego volvia á preocuparle el filosofismo, y su odio contra Cristo le arrebataba. Volvia á reunirse á los conjurados, emprendia de nuevo la guerra contra la religion, y como si Voltaire no estuviese poseido de bastante odio ni hubiese sido bastante activo, Federico le excitaba y empujaba esperando con impaciencia todos sus escritos anticristianos, y cuanto mas impíos, mas los celebraba. Con esto llegó, como Voltaire y d’Alembert á abatirse, hasta valerse de artificios. Aprobó el método de tirar la piedra y esconder la mano, ó, para valerme de sus mismas expresiones, el método de dar papirotes á las narices del infame, colmándole de cortesías (11).

Vil adulador de Voltaire, hizo de este el Dios de la filosofía, y le contempló inundado y harto de gloria, y que vencedor del infame, subia al Olimpo sostenido por los génios de Lucrecio, Sófocles, Virgilio y Loke, y colocado entre Newton y Epicuro sobre un carro brillante de resplandor (12). «Le rindió el homenage de la revolucion anticristiana que se iba preparando (13).» No pudiéndose prometer de triunfar él mismo con todos estos títulos, probó de tener el mérito de un laborioso impío. Los escritos que en esta clase se publicaron en prosa y verso con su nombre, no son las solas producciones de este sofista coronado; pues hay muchas mas que salieron 157 anónimas, y que no se habian creido de un hombre que tenia tanto á que atender como rey. Tal es aquel extracto de Bayle, aun mas impío que el mismo Bayle, en donde omite los artículos inútiles para condensar el veneno de los otros. Tal es aquel Akakia y los discursos para servir á la historia de la Iglesia, discursos y prólogo tan celebrados por el corifeo de los impíos. Y tales son tambien otras muchas producciones en las que Voltaire no halla otro defecto sino el de las suyas, esto es el de repetir hasta el fastidio los mismos argumentos contra la religion (14). Asi es, que no le bastó á Federico ser consejero de los conjurados, ú ofrecer asilo á los iniciados, sino que aspiró y llegó á ser en efecto uno de los principales gefes de la conjuracion anticristiana, por su aplicacion y obstinacion en inficionar la Europa con sus impiedades. Si no igualó á Voltaire, no fue por falta de odio sino de talentos, y se debe decir, porque es verdad, que Voltaire no habria hecho tanto daño sino hubiese tenido en Federico un excitador, un apoyo, un consejero y un cooperador. Federico, á pesar del secreto de la conspiracion, habria querido iniciar á todos los reyes en sus misterios; pero á lo menos él fue quien cooperó mas con los capataces. Aun no fue tan útil á la conjuracion con su proteccion y escritos, como lo fue por sus escándalos, pues mientras reinó, fue siempre el impío coronado.

Servicios de Diderot.

Diderot y d’Alembert, aunque colocados en una esfera mas oscura, dieron principio á su mision y á representar su papel por un juego, el cual desde luego ya 158 manifestó el carácter de estos dos apóstoles. Ambos estaban ya animados del mas ardiente zelo, pero no tenian aquella reputacion que despues debieron mas á su impiedad que á sus talentos. Los cafés de Paris fueron los primeros teatros en donde representaron. Sin ser conocidos, ya en un café, ya en otro, dirigian la conversacion á asuntos religiosos. Diderot atacaba, y d’Alembert sostenia. La objecion siempre se proponia con toda su fuerza, y Diderot con su tono triunfante parecia que la hacia insoluble. La respuesta que daba d’Alembert era débil, pero aparentaba todo el aire de un buen cristiano que desea sostener el honor y la verdad de su religion. Los ociosos de Paris, para quienes los cafés son el punto de reunion, eran espectadores de este entremés impío, y segun sus talentos é inclinaciones se ingerían en la controversia, mientras que unos escuchaban y otros se admiraban. Diderot insistia, replicaba y esforzaba el argumento; d’Alembert concluia con decir que el argumento parecia insoluble, y se retiraba como avergonzado y desesperado de que su teología y amor á la religion no le ofreciesen respuestas mas satisfactorias. Luego estos dos amigos volvian á verse, y se daban el parabien de la impresion que su fingida disputa habia hecho en la multitud de los oyentes ignorantes y engañados con este charlatanismo. Volvian á convenirse, y señalando punto de reunion se entablaba de nuevo la disputa; el abogado hipócrita de la religion manifestaba siempre el mismo zelo; pero siempre se dejaba vencer del abogado del ateismo. Cuando la policía, noticiosa de este juego, quiso ponerle fin, llegó tarde: los sofismas ya habian entrado en las tertulias, de donde nunca salieron; y de aqui se originó en la juventud de Paris esta mania, que se convirtió en moda, de disputar contra le religion, y el delirio de tener por insolubles 159 las objeciones que se desvanecen cuando se estudia seriamente la verdad, principalmente si se desea conocerla y seguirla, á pesar de cuanto contiene contrario á las pasiones.

Mientras estas disputas de café, el teniente de policía vituperó á Diderot el atrevimiento de predicar el ateismo; pero este insensato le respondió con altivez: es verdad, soy ateo, y me glorio de serlo. A lo que replicó el ministro: si estuvieseis en mi lugar, seríais de parecer que si no hubiese Dios, seria preciso inventarle. Diderot con todo su entusiasmo de atéo se vió en la precision de renunciar á su apostolado de los cafés, por temor de la Bastilla. El ministro habria hecho mejor si le hubiese amenazado con la casa de locos, y puede verse en la obra titulada cartas Helvianas los derechos que tenia á ella (15). El fué á la verdad el loco gracioso de los conjurados. Estos necesitaban de un hombre de este carácter para decir todas las impiedades mas absurdas y contradictorias, que pudieran pasarle por la cabeza. Con estas atestó sus producciones; tales son los pensamientos que llama filosóficos, tal es su carta sobre los ciegos, y tal su código ó sistema de la naturaleza. Este escrito por ciertos motivos que haré presentes cuando trataré de la conspiración contra los reyes, irritó á Federico quien pensó que le debia refutar. Por esto d’Alembert no quiso se supiese quien era su autor, aparentando hasta al mismo Voltaire, que lo ignoraba, aunque este despues lo llegó á saber con toda certeza como yo mismo. Diderot no habia trabajado solo en este famoso sistema; para formar este caos de la naturaleza, que sin inteligencia ha hecho al hombre inteligente, se asoció otros dos sofistas, que no me atrevo á nombrar, por motivo de que, cuando supe esta anécdota, no me interesé 160 bastante en saber los nombres de estos viles cooperadores, para estar hoy seguro de que no los erraria. En cuanto á Diderot estoy bien seguro, y yo ya lo sabia antes. El fué quien vendió el manuscrito por cien doblones; lo sé del mismo que los pagó, y este me lo aseguró en ocasion en que ya conocia mejor toda esta sociedad de impíos.

A pesar de todos estos delirios, Diderot fué para Voltaire el filósofo ilustre, el valiente Diderot, y uno de los Caballeros mas útiles de la conjuracion (16). Los conjurados le proclamaban como si fuese algun grande hombre; le enviaban á las córtes estrangeras como un personage admirable, aunque hubo ocasion en que á causa de sus necedades no se atrevian á hablar de él, como sucedió con toda particularidad con lo de la Emperatriz de Rusia. En otros tiempos los príncipes en sus cortes tenian locos para divertirse: pero era la moda en el Norte tener filósofos franceses. Ya se vé que con esto poco se habia ganado de parte del buen sentido. La Emperatriz Catalina no tardó en descubrir el peligro que con esta gente corria la pública tranquilidad. Ella habia enviado á llamar á Diderot, y desde el principio le pareció de una imaginación inagotable, y le colocó entre los personages mas estraordinarios que jamas hubiese habido (17). La Emperatriz tuvo razon: pues que Diderot se demostró tan extraordinario, que se vió precisada á remitirle con toda brevedad al mismo lugar de donde habia venido. Diderot se consoló en esta desgracia, contemplando que los Rusos no estaban aun en sazon para recibir la sublime filosofía. Se puso en camino de vuelta hacia Paris, viajando con un gorro en la cabeza y en bata. Su criado iba delante, y cuando habian de pasar 161 por alguna ciudad ó pueblo, decia á los que se admiraban de ver aquel figuron: Este que pasa, es el grande hombre M. Diderot (18). Con este equipage, desde San Petersburgo llegó á Paris. Aqui no dejó de ser el hombre extraordinario, ya escribiendo en su oficina, ya esparciendo en las tertulias todos sus desatinos filosóficos, siendo siempre el grande amigo de d’Alembert y la admiracion de los otros sofistas. Concluyó su apostolado por la vida de Séneca y sus nuevos pensamientos filosóficos. En aquel escrito dice, que entre él y su perro no halla otra diferencia que el vestido; en este hace de Dios el animal protótipo, y de los hombres otras tantas partecillas del grande animal; partecillas que se transforman sucesivamente en toda especie de animales hasta la fin de los siglos, en cuya época se reunirán todos en la sustancia divina, de donde emanaron en su orígen (19).

Diderot en calidad de loco decia los mayores desatinos, como los decia Voltaire en calidad de impío. Ninguno habia que creyese ni uno de aquellos desatinos; pero muchos dejaban de creer las verdades religiosas, contra las cuales se dirigian aquellos absurdos adornados de cierta elocuencia y con todo el aparato filosófico. Muchos dejaban de creer la religion de Jesucristo, porque siempre la veian ultrajada en aquellas producciones; y esto era lo que querian los conjurados. Por esto apreciaron tanto la mision de Diderot, á pesar de sus absurdos. El lector que explique como podrá este zelo anticristiano de Diderot, zelo que siempre fue fervoroso y enfático, cuando su imaginacion se exaltaba; ello es cierto que Diderot fue lo que he dicho, y lo demuestran sus escritos; 162 pero tambien es verdad que este mismo hombre tenia algunos momentos de admiracion ingenua contemplando el Evangelio. Referiré lo que he oido contar á un académico que fue testigo. Este es M. Beauzée, quien fue un dia á visitar á Diderot, y le halló que explicaba á su hija un capítulo del Evangelio, con tanta seriedad é interes como lo pueda hacer un padre verdaderamente cristiano. M. Beauzée manifestó la sorpresa que le causaba aquella ocupacion de Diderot. Á lo que este respondió: Sé lo que me quereis decir; pero hablando con verdad ¿que mejores lecciones le puedo yo dar? ¿O en donde las hallaré mejores?

Servicios de d’Alembert.

D’Alembert no habria hecho esta declaracion de Diderot. Aunque fue amigo constante de este en su mision filosófica, fueron siempre tan diferentes como lo habian sido en sus principios. Diderot siempre dijo lo que en el momento de hablar sentia en su interior; pero d’Alembert nunca dijo sino lo que queria decir. Apuesto que en ninguna parte manifiesta su modo de pensar sobre Dios y el alma, sino en su íntima correspondencia con los conjurados. Sus escritos tienen toda la astucia de la impiedad; pero es zorra que inficiona con su hedor y huye. Seria mas fácil seguir las vueltas del movimiento tortuoso de la anguila ó de la serpiente que se esconde en la yerba, que las vueltas y revueltas que da su pluma en los escritos que reconoce como suyos. Segun el examen que he hecho de sus obras en mis Cartas Helvianas, he aqui lo que resulta. D’Alembert nunca dijo que era escéptico, ó que no sabia si hay ó no Dios. Permitió que pensasen que creia en Dios; pero impugnó desde el principio ciertas pruebas de la divinidad; dijo que las impugnó por amor á la misma divinidad, alegando que 163 es necesario saber escoger entre las mismas pruebas; pero concluyó impugnándolas todas; y ya con un sobre un objeto, y ya con un no sobre el mismo, embarazó y enredó de tal modo el espíritu de los lectores, y les hizo nacer tantas dudas, que riéndose los llevó, sin que lo advirtiesen, al término que se habia propuesto. Nunca dijo á otros que impugnasen la religion; pero presentó un manojo de armas para combatirla (20). Se guardó muy bien de declamar contra la moral de la Iglesia y de los mandamientos de la ley de Dios; pero dijo que aun no hay un solo catecismo de moral para la instruccion de la juventud, y que era de desear que viniese algun filósofo y nos hiciese este regalo (21). Pretendió no hablar contra la felicidad de la virtud; pero enseñó, que todos los filósofos habrian conocido mejor nuestra naturaleza, si se hubiesen contentado con limitar á la exencion del dolor el soberano bien de la vide presente (22). No puso á la vista descripciones obscenas; pero dijo: los hombres estan acordes sobre la naturaleza de la felicidad; y todos convienen en que es lo mismo que el deleite, ó á lo menos que la felicidad debe al deleite lo que tiene de mas deliciosa (23). De este modo su discípulo, sin advertirlo, se transformaba en un pequeño Epicuro.

Ninguno mejor que d’Alembert cumplió con el precepto de Voltaire, Herir y esconder la mano. La declaracion que él mismo hizo de sus reverencias á la religion, en el mismo momento en que con mas ahínco la pretendía destrozar (24), eximen al historiador de presentar todas 164 las pruebas que sobre el particular se hallan en los escritos de este sofista. Para indemnizarse de la violencia que padecia por su disimulo en sus propios escritos, apeló al arbitrio de expresar con mas libertad sus pensamientos por boca de otros iniciados, ó de los discípulos jóvenes de la secta. Haciendo el oficio de revisor de los escritos de estos, insinuaba ya un artículo, ya un prólogo, con lo que expuso alguna vez al seducido á un castigo, que era tan sensible como el padecer no por culpa propia, sino de su seductor. Morellet, que aun era jóven aunque teólogo de la Enciclopedia, acababa de publicar su ensayo filosófico, que es un escrito manual que embelesaba al mismo Voltaire. Lo que mas apreciaba era su prólogo en donde descubria el mejor mordiscon que habia dado Protágoras. El joven iniciado Morellet estuvo preso en la Bastilla, y Protágoras (d’Alembert), que le habia enseñado á morder, le dejó padecer, y se guardó muy bien de decir que él habia dado el mordiscon (25).

Su mision especial para la juventud.

Si d’Alembert se hubiese atenido á su pluma, habria hecho muy pócos servicios á los conjurados. Á pesar de su estilo quisquilloso y con todas sus zumbas, era muy pesado y molesto, y esto era un cierto contra-veneno para sus lectores. Voltaire, destinándole á otra mision, acertó con su genio. Ya habia el Patriarca tomado por su cuenta á los ministros, los duques, los príncipes y los reyes, y aquella casta de iniciados que estaban mas adelantados para entrar en los secretos de la conjuracion. Dió á d’Alembert el encargo de formar los iniciados jóvenes, y á este fin le escribió con toda formalidad: «Procurad 165 de vuestra parte ilustrar la juventud, cuanto podais (26).» Nunca misionero alguno ha cumplido sus funciones con mas habilidad, zelo y actividad que d’Alembert. Se debe observar, que habiendo guardado antes tanto secreto en los servicios hechos á favor de la secta, en este de su nueva mision no hizo caso de que se tuviese noticia de su zelo. Se hizo el protector de cuantos jóvenes iban á Paris que tenian talentos; á los que llegaban con algun caudal, les enseñaba las coronas, los premios y los sillones académicos, de que disponia casi como soberano, ya porque era secretario perpetuo, ya con sus intriguillas, en las que era excelente. Ya he dicho que era empeño de los conjurados, llenar con sus iniciados esta especie de tribunal de los mandarines literarios de Europa. El influjo y manejos de d’Alembert en esta materia no se ceñian al recinto de Paris. Acabo (escribió á Voltaire) de hacer entrar en la academia de Berlin á Helvecio y al caballero de Jancourt (27).

Á los iniciados, de quienes se cuidaba mas d’Alembert, los destinaba para formar otros iniciados, y llenar las funciones de preceptores, maestros y profesores; á unos para las casas públicas de educacion, y á otros para la instruccion particular de los niños, poniendo singular cuidado en los que por su nacimiento prometian á los conjurados que tendrían en ellos unos protectores, y cuya opulencia daba esperanzas al maestro iniciado de que se le recompensarian con mas generosidad sus desvelos. Era este un medio muy eficaz para insinuar en la misma niñez todos los principios de la conjuracion. D’Alembert, mejor que cualquier otro, sabia la importancia de este servicio; él lo hizo tan bien, que logró, segun los escritores de su vida, derramar esta raza de preceptores y 166 maestros por todas las provincias de Europa, mereciendo por esto que el filosofismo le mirase como á uno de los mas felices propagadores. Las pruebas que de sus progresos alegaba el mismo d’Alembert, bastan para dar una idea de la eleccion que habia sabido hacer. «He aquí (escribió á Voltaire rebosando de gozo), el discurso que un profesor de historia que he dado al Landgrave, ha pronunciado en Cassel, dia 8 de Abril, en presencia del Landgrave de Hesse-Cassel, de seis príncipes del imperio y del mas numeroso concurso.» El discurso que aqui tanto celebra d’Alembert, era una pieza llena de groseras invectivas contra la Iglesia y el clero. Fanáticos oscuros, habladores afectados con báculos ó sin mitras, con capucha ó sin capucha, etc. Este era el estilo del profesor dado y celebrado por d’Alembert, pero tambien es una prueba que alega para demostrar la victoria que sus favoritos lograban sobre las ideas religiosas, y los sentimientos que inspiraban á la juventud (28).

Lo que llamaba con preferencia la atencion de los conjurados, era destinar ayos ó preceptores iniciados para la educacion de los príncipes é infantes que con el tiempo gobernarian los pueblos. Estaban persuadidos d’Alembert y Voltaire de la importancia de este medio, y por lo mismo, como consta de su correspondencia, ninguna diligencia omitieron que pudiese ser al intento. La corte de Parma buscaba hombres que fuesen dignos de presidir á la educacion del jóven infante. Se creyó haber acertado nombrando por directores de los ayos al Abate Condillac y á M. de Leire. Ya se ve que cuando se eligieron á estos dos sugetos, en nada se pensaba menos que en llenar la cabeza del príncipe jóven de todas las ideas antirreligiosas de los sofistas del tiempo. El concepto 169 que generalmente se tenia del Abate Condillac no era el de un filósofo enciclopedista tenaz; sin embargo ya fue un poco tarde cuando se advirtió el error de tal eleccion, pues fue preciso para corregirle, destruir cuanto habian edificado los dos directores. Nada de esto habria sucedido si se hubiese previsto que Condillac singularmente era intimo amigo de d’Alembert, quien le miraba como á uno de los personages preciosos al partido que se llamaba filosófico, y que la elección de estos dos sugetos era el fruto de un manejo, que celebraba Voltaire escribiendo á d’Alembert como se sigue: «Me parece que el infante parmesano estará bien rodeado. Tendrá un Condillac y un de Leire. Si con esto es santurron, será necesario que la gracia de Dios sea bien eficaz (29).»

Estos votos y artificios de la secta se transmitieron tambien á los conjurados, que, á pesar de la adhesion de Luis XVI á la religion, nada omitieron para poner nuevos Condillacs cerca del heredero de su corona. Con varios pretextos lograron que ningun obispo cuidase de la educacion del jóven Delfin; y aun habrian querido separar de ella á todo eclesiástico. No pudiendo lograr esto, se empeñaron en que recayese la eleccion en alguno de aquellos eclesiásticos dispuestos, como Condillac, á inspirar á su ilustre discípulo todos los principios de los sofistas. Conozco á uno de estos hombres á quien tuvieron el atrevimiento de tentar. Le propusieron el empleo de ayo del Delfin, afirmando que estaban seguros de que se le procurarian y que harian por esta carrera su fortuna; pero con la condicion, de que cuando enseñaria su catecismo al jóven príncipe, tuviese cuidado de insinuarle que toda aquella doctrina religiosa y todos los misterios del cristianismo eran preocupaciones y errores populares, 168 que un príncipe debe conocer, pero que no debe creer; y de que le daria por doctrina verdadera en sus lecciones secretas todo su filosofismo. Pero el eclesiástico, que era piadoso, respondió que no sabia hacer su fortuna á costa de su deber; y fue gran dicha que Luis XVI no patrocinase esas intrigas. El señor duque de Harcourt nombrado presidente de la educacion del Delfin, consultó los obispos; y para dar á su augusto discípulo lecciones religiosas, eligió á un eclesiástico de los mas aptos para llenar estas funciones, pues era entonces rector del colegio de la Fleche. ¡Que lástima! nos vemos en la precision de la enhorabuena á este jóven príncipe por su prematura muerte. Los sofistas de la incredulidad le preparaban sus venenos para hacer de él un impío. ¡Dichoso él, que murió! Si cuando llegó la revolucion le hubiese esta hallado con vida, ¿habria podido librarse mas que su hermano menor de los sofistas de la rebelion?

Con la misma actividad y zelo de colocar el filosofismo sobre el trono, y de disponer los ánimos para la revolucion anticristiana, obraban del mismo modo otros iniciados en diversas córtes. Hasta en San-Petersburgo tenian sitiada á su emperatriz; pues habian logrado persuadirle que debia fiar la educacion de su hijo á uno de los conjurados de primera clase, y d’Alembert fue nombrado. El señor conde de Schouvalow tuvo la comision de hacerle la propuesta de parte de su soberana. D’Alembert se contentó al ver en estos ofrecimientos una prueba de que Voltaire no debia estar malcontento de su mision; que la filosofía empezaba ya muy sensiblemente á conquistar los tronos (30). Á pesar de lo que d’Alembert podia prometerse con este nuevo empleo, tuvo la prudencia de no aceptarle: el pequeño imperio que ejercia 169 en Paris como gefe de los iniciados, le pareció preferible al favor variable de las córtes, principalmente de aquella, que, apartándole tanto del centro de los conjurados, no le permitia representar entre ellos el mismo papel. Como rey de los jóvenes iniciados, no se reducia su zelo á proteger solamente á los que catequizaba en París. Los acompañaba en sus progresos y destinos hasta el centro de la Rusia, y cuando experimentaban algun revés, ensayaba de alargar su mano protectora para darles auxilio: si este no bastaba, recurria á la poderosa intercesion de Voltaire, y le escribia de este modo (valga por ejemplo): «Este pobre Bertrand no es feliz: él ha pedido á la bella Cateau (Catalina emperatriz de Rusia) que ponga en libertad á cinco ó seis pobres atronados de Welches, y para lograrlo, la ha conjurado en nombre de la filosofía; él ha hecho en nombre de esta misma filosofía el mas elocuente informe que se haya hecho desde que se tiene noticia de las monas; pero Cateau hace como que no lo entiende (31).» Esto era decir á Voltaire, probad si seréis mas feliz, haciendo por ellos lo que ya habeis hecho por otros iniciados cuyas desgracias os he notificado.

Como sirvió á Voltaire por su espionage.

Esta inteligencia de Voltaire y de d’Alembert se extendia á todo lo que decia relacion al grande objeto de la conjuracion. No satisfecho d’Alembert con apuntar los escritos que segun su parecer se debian impugnar, ó de suministrar la idea de alguna nueva impiedad que se debia fraguar, era él con toda verdad el espia contra todo autor religioso. Causa admiracion hallar en Voltaire tantos pormenores relativos al estado y vida 170 privada de las personas que pretende refutar. D’Alembert era quien le suministraba tantas anécdotas, muchas veces calumniosas, algunas veces ridículas y siempre agenas de la cuestion. Verdaderas ó falsas, escogia las que podian hacer ridículos á los autores, porque sabia muy bien todo el partido que sacaba de ellas Voltaire para que sirviesen de suplentes á la razon y á la solidez de sus pruebas. Las diligencias oficiosas del espionage de d’Alembert se descubren con toda particularidad, en cuanto Voltaire dice del P. Bertier y del abate Guenée, hombres de tan gran mérito que no podia dejar de admirarles el mismo Voltaire; y se descubren tambien en lo que este escribió de M. le Franc, Caveyrac, Sabbatier y otros muchos, á quienes por lo ordinario, no respondió sino con lo que le habia suministrado d’Alembert.

Voltaire de su parte, nada omitia para acreditar á d’Alembert. Le recomendaba á sus amigos, era su introductor en los corrillos y hasta en los pequeños clubs filosóficos, que ya se formaban en Paris, para formarse de ellos á su tiempo el gran club. Los habia tambien de los que la revolucion llamó aristocratas. Este era el punto de reunion semanal de los condes, marqueses y caballeros que ya se consideraban personages de tan alta gerarquía, que no debian hincarse de rodillas delante de los altares. Alli se hablaba mucho de preocupacion, supersticion y fanatismo; se reían de Jesucristo, de sus sacerdotes, y del bondadoso pueblo que tributaba á aquel sus adoraciones. Tambien alli mismo se trataba de sacudir el yugo de la religion, no dejando de ella mas que lo muy preciso para contener á la canalla en la sumision. Y alli en fin presidia entre otras una hembra iniciada, llamada la condesa de Deffant, á la que dirigió Voltaire en su curso filosófico, estudiando de órden suya á Rabelais, Bolimbroke, Hume, el Conde 171 de Tomeau y otros romances de esta ralea (32). D’Alembert no se curaba de introducirse en estos clubs aristocratas, y por otra parte no tenia aficion á su presidenta la iniciada; pero Voltaire que sabia lo que se podia prometer de estas sociedades, franqueó con sus cartas sus puertas á d’Alembert, en donde queria que ocupase su lugar. No costó tanto introducirle en otros clubs, principalmente en el de la dama Necker, cuando esta arrancó el cetro de la filosofía á todas las iniciadas de su sexo (33).

Proyecto para reedificar el templo de Jerusalén.

Estos dos gefes, Voltaire y d’Alembert, se auxiliaban mutuamente, comunicándose sus proyectos para separar los pueblos de su religion. Hay uno entre otros, que manifiesta muy bien el carácter del que le concibió, la extension de sus miras y de los otros conjurados, y por lo mismo debe ocupar su lugar en estas Memorias. D’Alembert no fue el primero que le concibió; pero conoció muy bien el partido que de él podia sacar su filosofía, y aunque le pareció muy extraño, se lisonjeó de que se podria ejecutar. Es bien sabida la evidente demostracion que, á favor de la religion cristiana, se deduce del cumplimiento de las profecias, principalmente de las de Daniel y del mismo Jesucristo tocante la suerte de los judíos y de su templo: se sabe que Juliano Apóstata, para desmentir á Jesucristo y á Daniel, ensayó de reedificar el templo de Jerusalen; que se lo impidieron las llamas que varias veces abrasaron y consumieron á los trabajadores 172 empleados en esta empresa: d’Alembert sabia muy bien que una multitud de testigos oculares habian justificado esta prueba de las venganzas del cielo; á lo menos habia leido este acontecimiento y sus pormenores en Ammiano Marcelino, autor irrecusable, amigo de Juliano y pagano como él mismo; sin embargo d’Alembert no dejó de escribir á Voltaire la siguiente carta:

«Creo que sabeis que se halla actualmente en Berlin un incircunciso, que, mientras esperaba el paraíso de Mahoma, ha ido á visitar á vuestro antiguo discípulo (Federico II.) de parte del Sultan Mustafá. El otro dia escribí á aquel pais, que si el Rey quisiese decir una sola palabra, seria esta una buena ocasion para mandar reedificar el templo de Jerusalén (34).» Pero el antiguo discípulo no quiso decir al incircunciso aquella palabra, y el motivo que tuvo para no decirla lo expresa d’Alembert en estos términos: «No dudo que lograríamos hacer reedificar el templo de los judíos, si vuestro antiguo discípulo no temiese perder en este negocio algunos circuncisos acomodados, que sacarian de sus estados treinta ó cuarenta millones (35).» De este modo los deseos de desmentir al Dios de los cristianos y á sus profetas, todo, hasta el interes de los mismos conjurados, ha servido para confirmar la verdad de aquellos oráculos. Ocho años despues Voltaire aun no habia abandonado el proyecto, ni perdido las esperanzas de poderle ejecutar. Viendo que d’Alembert nada habia logrado del Rey de Prusia, acudió á la Emperatriz de Rusia, y le escribió: «Si vuestra magestad mantiene una correspondencia seguida con Aly Bey, imploro vuestra mediacion para con él. Tengo que pedirle un pequeño favor, y es, hacer reedificar el 173 templo de Jerusalén y convocar á todos los judíos, quienes le pagaran un gran tributo y haran de él un gran Señor (36).»

Tenia Voltaire casi ochenta años, y aun quería valerse de este medio para hacer ver á los pueblos, que el Dios de los cristianos y sus Profetas eran unos impostores. Federico y d’Alembert tambien estaban muy adelantados en su carrera, y se les acercaba el tiempo en que debian comparecer á la presencia de aquel Dios á quien habian tratado de infame, y contra cuya religion tantos años habia que conspiraban. He manifestado los medios de que se valieron, y el teson con que continuaron en el empeño de aniquilar su imperio, su fé, sus sacerdotes y altares, y hacer que al culto del universo cristiano sucediese el odio y su ignominia. Tanto por lo que mira á su extension y sus medios no me he atenido á rumores públicos ó á simples imputaciones; las pruebas que he alegado, las he sacado de los archivos de los mismos conjurados, y no he hecho otra cosa que entresacar y cotejar los documentos que he presentado, copiándolos de sus propias confidencias. Sobre todos estos objetos, no he prometido tanto una historia como una demostracion. Me parece que he cumplido mi palabra. Entre tanto mis lectores podrán cotejar esta conjuracion y sus medios con la revolucion que han hecho los jacobinos del dia; y pueden ya ver como estos, derribando los altares de Jesucristo, no han hecho mas que ejecutar el gran proyecto de los sofistas sus primeros maestros. Ya no queda un solo templo que destruir, ni una sola espoliacion que decretar contra la iglesia, cuyo plan de destruccion y decretos de espoliacion no se hallen en los archivos de los 174 sofistas. Los Robespierres y los Marats son aquellos Hércules y Belerofontes que tanto ansiaba Voltaire; no hay nacion alguna que destruir, en odio del cristianismo, que d’Alembert no haya querido ver aniquilada. Todo nos demuestra que el odio de los padres se aumentó y reconcentró en los hijos; que las maquinaciones se aumentaron y propagaron; que de una generacion impía habia de nacer una generacion brutal y feroz, cuando el poder y la fuerza pudiesen auxiliar la impiedad. Pero este poder y fuerza que habian de adquirir los conjurados, suponia progresos sucesivos. Era necesario para llegar á verla estallar, que los sucesos de la conjuracion aumentasen el número de los iniciados y les asegurase los brazos de la multitud. Quiero pues manifestar cuales fueron progresivamente estos sucesos en las diversas clases de la sociedad bajo el reinado de la corrupcion, viviendo Voltaire y los otros gefes, y con esto el historiador concebirá y explicará mejor con el tiempo, cuales fueron bajo del reinado del terror y de los desastres.


1 Carta á Damilaville del 15 Juni de 1762.

2 Veanse les Helviennes, especialmente las cartas 34 y 42.

3 Carta á d’Alembert del 27 Abril de 1768.

4 Carta del 1 Mayo de 1768.

5 Veanse las cartas á Thiriot, a Saurin, á Damilaville y á otros.

6 Carta 129 á d’Alembert.

7 Carta á Madama Deffant del 22 Julio de 1761.

8 Correspondencia de d’Alembert y Voltaire, cartas 2 y 3.

9 Allí mismo, carta 211.

10 Véanse sus diálogos de los muertos.

11 Carta del 16 Marzo de 1771.

12 Carta del 25 Noviembre de 1766.

13 Carta 154 del año 1767.

14 Véase la correspondencia del Rey de Prusia, y de Voltaire, y las cartas 133, 151, 159 etc.

15 Véanse lettres Helviennes cartas 57 y 58.

16 Carta de Voltaire á Diderot del 25 Diciembre, y del mismo á Damilaville del año 1765.

17 Véase su correspondencia con Voltaire, carta 134 del año 1774.

18 Artículo, Diderot, del Diccionario de hombres ilustres por Feller.

19 Véase Nouvelles pensées philosoph., pág. 17 y 18 y Lettres Helviennes, carta 49.

20 Véanse sus Elémens de Philosophie, y les Helviennes, carta 37.

21 Elémens de Philosophie núm. 12.

22 Prefacio de la Enciclopedia.

23 Enciclopedia, Artículo, Bonheur.

24 Carta 151 á Voltaire.

25 Véanse las cartas de d’Alembert á Voltaire del año 1760, y de Voltaire á Thiriot del 26 Enero de 1761.

26 Carta del 15 Setiembre de 1762.

27 Carta del 8 Abril de 1763.

28 Carta 78 del año 1772.

29 Carta 77 de Voltaire á d’Alembert, y 151 de d’Alembert.

30 Cartas 106 y 107 del año 1762.

31 Carta 83 del año 1773.

32 Véanse las cartas de Voltaire á esta iniciada, en particular la del 13 Octubre de 1759.

33 Véase la correspondencia de d’Alembert, carta 77 y siguientes; carta de Voltaire á Madama Fontaine del 8 Febrero de 1762 y del mismo á d’Alembert, la 3.ª del año 1770.

34 Carta del 18 Diciembre de 1763.

35 Carta del 29 Diciembre de 1763.

36 Carta del 6 Julio de 1771.