Sexto medio de los conjurados, inundación de libros anticristianos

(Capítulo noveno del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Concierto de los gefes para sus producciones anticristianas. — Astucia particular de d’Alembert sobre los sistemas. — Escritos de Voltaire dirigidos por d’Alembert. — Consejos y concierto de Voltaire en estas producciones. — Exhortaciones para extender los escritos. — Excusas de d’Alembert. — Circulacion de estos escritos protegida por los ministros. — Convenio de Voltaire con Federico sobre el mismo objeto. — Doctrina de los escritos recomendados por los conjurados. — Doctrina de estos escritos sobre Dios. — Sobre el Alma. — Sobre la Moral.

Concierto de los gefes para sus producciones anticristianas.

Por ser notorio no hay necesidad de pruebas para demostrar que la Europa en el espacio de cuarenta años, y en particular en los últimos veinte de la vida de Voltaire, se ha visto inundada de una multitud de producciones anticristianas en folletos, sistemas, romances, historias fingidas y bajo de todas formas. No diré aun aqui todo lo que puedo sobre el asunto, y solo manifestaré la liga y concierto de los capataces de la conjuracion, en órden al rumbo que se habian propuesto seguir con estas producciones anticristianas, y su mutua inteligencia para multiplicarlas y hacerlas circular, á fin de inficionar la Europa con su impiedad.

Astucia particular de d’Alembert sobre los sistemas.

El método que se debia observar, le concertaron en sus propios escritos entre sí, especialmente Voltaire, d’Alembert y Federico. Su correspondencia nos los manifiesta atentos en darse noticia los unos á los otros de los libelos que preparaban contra el cristianismo, de los efectos que esperaban de su publicacion y de los medios de que se habian de valer para asegurar el éxito. Era tal esta coalicion y concierto, que en su íntima correspondencia los hallamos muchas veces que se rien de 124 las asechanzas que ponian á la religion, particularmente en aquellos escritos y sistemas que pretendian se mirasen como indiferentes á la religion, ó mas como favorables que contrarios á la misma. En esto d’Alembert es muy sobresaliente. El historiador y el lector, por el ejemplo que voy á proponerles, formarán concepto de la astucia con que este sofista tiende los lazos.

Se sabe cuanto se han ocupado los filósofos del siglo de Voltaire en sus imaginarios sistemas físicos sobre la formacion del universo; se sabe cuanto han trabajado para darnos teorías y genealogías del globo terrestre. Los hemos visto andar á gatas por las minas, disecar los montes, taladrar su superficie para hallar conchas, delinear los viages del Océano y formar épocas. El objeto de estas investigaciones y de tantos trabajos no era mas, si se les da crédito, que hacer descubrimientos interesantes á la historia natural y á las ciencias meramente profanas. La religion en particular no debia ser menos respetada por estos fabricantes de épocas, y aun debemos creer que muchos naturalistas no tenian mala intencion: por el contrario muchos de ellos, sabios verdaderos, ingenuos en sus investigaciones, grandes observadores y capaces de combinar y cotejar las observaciones con sus viages, estudios, trabajos y descubrimientos nos han suministrado armas para defender la religion de estos vanos sistemas. Pero no eran estos los intentos de d’Alembert y sus sectarios. Vió aquel que todos estos sistemas y sus épocas llamaban la atencion de los teólogos, que deben sostener la verdad de los hechos y la autenticidad de los libros de Moises, que son el fundamento y principio de la revelacion. Para vengarse de la Sorbona y de todos los defensores de la sagrada Escritura, compuso un escrito con el título capcioso de Abusos de la crítica, que es una verdadera apología de aquellos sistemas que 125 atribuyen á la tierra mas antigüedad que le da Moises. El grande objeto de este escrito, aparentando un gran respeto á la religion, era probar que la revelacion y honor de Moises en nada se comprometian con aquellas teorías y épocas, y que, los temores de los teólogos no eran mas que alarmas falsas.Aun se atrevió á mas; llenó muchas páginas y produjo argumentos para probar que estos sistemas son muy á propósito para formar ideas grandes y sublimes, y que muy distantes de oponerse al poder y sabiduría de Dios, servian para descubrir mejor estos atributos del Ser supremo. En fin pretendia, que atendido el objeto de estos sistemas, no tocaba á los teólogos sino á los físicos su decision. A los primeros trató de espíritus angostos, pusilánimes y enemigos de la razon, que se asustaban de un objeto que en manera alguna les tocaba; y escribiendo contra estos imaginarios terrores pánicos, dijo, entre otras cosas: «Han querido enlazar con el cristianismo los sistemas mas arbitrarios de la filosofía. En vano la religion, que es tan sencilla y precisa en sus dogmas, ha rechazado constantemente una liga que la desfigura. Muchos han creido que atacando la liga se ha atacado la religion cuando menos lo ha sido (1)».

¿Quien no habria creido que d’Alembert estaba persuadido de que todos estos sistemas pretensos físicos, todas estas teorías y ese tiempo mas dilatado, en lugar de derribar el cristianismo, servian para dar una idea mas grande y sublime del Dios de los cristianos y de Moises? Sin embargo el mismo d’Alembert es quien, esperando descubrir las pruebas de un tiempo mas dilatado, celebraba anticipadamente á sus viageros iniciados que tenian la comision de desmentir á Moises y á la 126 revelacion. El mismo d’Alembert recomienda á Voltaire como hombres preciosos á la filosofía, aquellos prosélitos que iban á correr los Alpes y el Apenino con aquella intencion. Y él mismo es quien despues de haber hablado en público del modo que se expresa en su Abuso de la crítica, dice en secreto á Voltaire: «Esta carta, querido cofrade, os la entregará Desmarest, hombre de mérito y buen filósofo, quien desea cumplimentaros, mientras pasa á Italia con el fin de hacer observaciones de historia natural, que podrian muy bien desmentir á Moises. Nada dirá de esto al Maestro del Sacro Palacio; pero si por casualidad llega á descubrir que el mundo es mas antiguo de lo que pretenden los Setenta, él os comunicará el secreto (2).»

Escritos de Voltaire dirigidos por d’Alembert.

He aquí á un asesino que esconde la mano, al mismo tiempo que empuja á otro asesiono para que descargue el golpe. D’Alembert dirigia la pluma de Voltaire, para que este desde Ferney disparase los tiros contra la religion, á lo que él no se atrevia desde Paris. Desde esta capital aun cristiana enviaba el bosquejo, para que Voltaire le diese el colorido y la última mano. Cuando en el año 1773 publicó la Sorbona aquella famosa conclusion que vaticinaba á los reyes lo que la revolucion ha manifestado y cumplido en órden á la destruccion de los tronos que debia causar la filosofía moderna, d’Alembert se apresuró á ponerlo en noticia de Voltaire, manifestándole cuanto interesaba borrar la impresion que contra los conjurados habia causado aquella conclusion. Instruyó á Voltaire en el modo como se habia de gobernar para alucinar á los reyes, y hacer que las 127 sospechas y temores que la Sorbona infundia contra la filosofía de los impíos, recayesen contra la iglesia. Le dió por tema lo que ya podia llamarse obra magistral de la astucia y artificio. Le sugirió que renovase aquellas contextaciones entre el imperio y el sacerdocio, que tanto habian indispuesto los ánimos, y que por fortuna ya habia tiempo que habian cesado. Instruyóle en el arte de hacer al clero sospechoso y odioso (3). Entre sus cartas se hallan otros planes semejantes que trazó d’Alembert al filósofo de Ferney, conforme las circunstancias (4), y en ellas vemos, segun su modo de producirse, las castañas que Bertrand (d’Alembert) ponia debajo el rescoldo, y sacaba Raton (Voltaire) con sus patas delicadas.

Consejos y concierto de Voltaire en estas producciones.

Si d’Alembert instruia á Voltaire, este no dejaba de darle parte y á los otros iniciados de los escritos que producia ó de las diligencias que practicaba con los ministros, para que los apoyasen. Así sucedió, cuando, ensayando con anticipacion los decretos espoliadores de la revolucion, tuvo cuidado de hacer saber al Conde d’Argental el manifiesto que enviaba al Duque de Praslin, para empeñar el ministerio á que privase al clero de su subsistencia desposeyéndole de los diezmos (5). Todo se obraba de concierto entre los conjurados, las anecdotas verdaderas ó falsas (6), las sonrisas, las agudezas soezes, las sátiras, cuanto podia ser útil á la conjuracion no salia al público, antes de haberse convenido 128 Voltaire y d’Alembert. Sabiendo aquel mejor que cualquier otro el ascendiente del ridículo, recomendaba á sus sectarios el uso de esta arma, fuese en las conversaciones, fuese en los libros. «Procurad conservar vuestro buen humor (escribia d’Alembert) y procurad siempre destrozar el infame. No os pido mas que cinco ó seis agudezas cada dia, y esto basta. Portaos como Democrito, reid, y hacedme reir, y triunfarán los sábios (7).»

Sin embargo, este modo de atacar la religion no le pareció siempre á Voltaire el mas á propósito para gloria de los filósofos y destruccion del cristianismo. Constante en dirigir los ataques, manifestó los deseos que tenia de que saliese al público, despues de aquel diluvio de majaderias y zumbas, algun escrito serio que mereciese ser leído, con el cual quedasen justificados los filósofos y confundido el infame (8). Este es el solo escrito que nunca ha visto el público, á pesar de las exhortaciones de Voltaire y de su coalicion con los conjurados.

Exhortaciones para extender los escritos.

Pero la secta para llenar este vacío, daba á luz cada dia folletos, con los que el deismo y muchas veces el brutal ateismo destilaban contra la religion todo el veneno de la calumnia y de la impiedad. Con toda particularidad en Holanda salia cada mes, y aun cada semana, alguna de estas producciones de la pluma de los impíos mas insolentes. Se dejaron ver entre otras, el Militar filósofo, las Dudas, la Impostura sacerdotal, la Tunantería descubierta (9), producciones las mas 129 monstruosas de la secta. Parecia que Voltaire era el presidente de este comercio de la impiedad; tal era su zelo para que se propagasen estos escritos. Luego que tenia aviso de las ediciones, avisaba á sus cofrades de París, exhortándoles á que se los procurasen y los hiciesen circular; por la menor omision los reprehendia, y él la suplia repartiéndolos en sus alrededores (10). Para mas obligar á que se procurasen estos escritos, les escribió, que en ellos aprendia á leer toda la juventud de Alemania y que eran el catecismo universal desde Báden hasta Moskow. (11)

Temiendo que no bastase la Holanda para inficionar la Francia, entresacaba y remitia á d’Alembert las producciones mas impías, para que se cuidase de hacerlas reimprimir en Paris y repartir á miles sus ejemplares, como sucedió entre otras con el pretenso Exámen de la religion por Dumarsais. «Me han enviado, escribia Voltaire á d’Alembert, la obra de Dumarsais, atribuida á St. Evremont; es una excelente obra (y era de las mas impías). Os exhorto, carísimo hermano, para que hagais que alguno de nuestros amados fieles la haga reimprimir, pues puede hacer mucho bien (12).» Las mismas exhortaciones, y aun mas urgentes, hizo para que se reimprimiese y multiplicase el Testamento de Juan Meslier, famoso cura de Etrépigni, cuya apostasía y blasfemias podian causar mayor impresion en los espíritus del populacho. Se lamentaba Voltaire de que en Paris no hubiese á lo menos tantos ejemplares de este testamento impío, como habia repartido y hecho 130 circular por las cabañas de las montañas de la Suiza (13).

Excusas de d’Alembert.

Eran tantas las instancias é importunaciones de Voltaire, que d’Alembert se vió precisado á responderle como si hubiese procedido con tibieza, en particular por no haberse atrevido á imprimir en Paris y repartir cuatro ó cinco mil ejemplares del testamento de Juan Meslier.

Su excusa fué la que puede dar un conjurado que sabe esperar la ocasion y tomar sus precauciones para lograr poco á poco el éxito que no se lograria con la precipitacion (14). Él, que sabia tan bien como Voltaire lo que se puede esperar del pueblo comunicándole á tiempo las producciones impías, estaba aguardando el momento que le pareciese mas á propósito para el éxito. No solo esto, sino que tambien sabia acomodar los escritos á las circunstancias y carácter de las personas. Se descubre esto en el consejo que da á Voltaire sobre una obra maestra de la impiedad, que tiene por título: El buen sentido. Esta produccion, decia á Voltaire, es un libro aun mas terrible que el sistema de la naturaleza. Y tenia razon que lo era, pues con mas arte y menos acaloramiento insinuaba el mas refinado ateismo. Pero por lo mismo que d’Alembert conocia su importancia para el logro de sus intentos, habria querido que se redujese á menor volúmen, y ya era bastante reducido para que no costase mas de diez sueldos, y le pudiesen comprar y leer hasta las cocineras (15). 131

Circulacion de estos escritos protegida por los ministros.

Los medios que tenian los conjurados para inundar la Europa con estas producciones anticristianas, no se reducian solo á estas intrigas clandestinas y al arte de eludir la vigilancia de la ley. Ellos tenian en la misma corte personages poderosos, ministros iniciados, que sabian imponer silencio á la misma ley, ó que en algunas ocasiones no la permitian hablar, sino para favorecer bajo mano y con mayor eficacia el comercio de impiedad y seduccion que proscribian los magistrados. El Duque de Choiseul y Malesherbes eran con toda particularidad los promotores de este medio tan eficaz para separar los pueblos de su religion, é insinuarles todos los errores del filosofismo. El primero con toda aquella confianza que le daba el despotismo de su ministerio, amenazaba á la Sorbona con su indignacion, cuando con sus públicas censuras prevenia los pueblos contra los escritos del tiempo. Voltaire, viendo con complacencia este extraordinario uso (le llamaríamos abuso) que hacia el ministro de su autoridad, exclamaba: «Viva el ministerio de Francia, y viva sobre todos el Señor Duque de Choiseul (16).» Malesherbes, que con la superintendencia de la imprenta, se hallaba con la mejor proporcion para eludir á cada instante la ley, estaba muy acorde con d’Alembert para permitir la introduccion y circulacion de los escritos impíos. Ambos, Choiseul y Malesherbes, habrian querido que los apologistas de la religion no hubiesen tenido libertad de hacer imprimir sus respuestas á la legion de impios que cada dia tomaba mayor ascendiente en Francia. Pero aun no habia llegado este momento tan deseado de los conjurados. 132 Voltaire, que tanto suspiraba por la tolerancia, rabiaba al ver que, bajo un ministerio filosófico, tuviesen los apologistas de la religion libertad para levantar la voz y declamar contra la impiedad. D’Alembert, para calmar á Voltaire, le escribió que si Malesherbes permitia se publicasen escritos contra los filósofos, era muy á pesar suyo y de órden superior, cuyo cumplimiento no habia podido impedir. (17).

Convenio de Voltaire con Federico sobre el mismo objeto.

No se sosegó con esto Voltaire, ni se dió por satisfecho con que á él y á los suyos les permitiesen publicar sus impiedades; queria algo mas, y era, que la pública potestad autorizase su zelo, y para esto acudió á Federico. Estaba inconsolable contemplando el ningun éxito que habia tenido en su tan deseada colonia filosófica, de la cual como de un volcan habian de salir las lavas incendiarias de la impiedad. Por esto escribió al rey de los sofistas estas expresiones tan lastimeras: «Si yo fuese menos viejo y gozase de salud, dejaria sin sentimiento este palacio que he edificado, y estos árboles que he plantado, para ir á acabar mis dias en el pais de Cléves con dos ó tres filósofos, á fin de consagrar los restos de mi vida, bajo de vuestra proteccion, á la publicacion de algunos libros útiles. Pero, Señor ¿no podeis sin comprometeros animar algunos impresores de Berlin, para que los impriman y estiendan por toda Europa, á un precio tan bajo que facilite su venta (18) ?» Esta propuesta de Voltaire, que conferia á su Magestad Prusiana el distinguido empleo de buhonero en gefe de todos los folletos anticristianos, 133 no desagradó á la magestad protectora de la impiedad, y así contextó á Voltaire: «Podeis serviros de nuestros impresores conforme vuestros deseos, pues gozan de una entera libertad, y coo tienen correspondencia con los impresores de Holanda, Francia y Alemania, no dudo que tendrán proporcion para hacer que lleguen los libros á donde juzguen á propósito (19).»

Hasta en Petersburgo tenia Voltaire cooperadores á sus fervientes deseos de inundar la Europa con estas producciones anticristianas. Con la proteccion é influjo del Conde de Schouvalow, pidió la Rusia á Diderot permiso para honrarse con la impresion de la Enciclopedia. Voltaire recibió el encargo de dar aviso de este triunfo á Diderot (20). El escrito mas impío y sedicioso de Helvecio se reimprimió en la Haya, y el príncipe de Galitzin tuvo valor para dedicarle á la emperatriz de Rusia. Voltaire aunque deseaba tanto la propagacion de esta clase de escritos, no dejó de admirarse al ver dedicado el de Helvecio á la potencia mas despótica del mundo; pero al mismo tiempo que se burlaba de la imprudencia y tontería de su iniciado Galitzin, estaba inundado de gozo contemplando como la grey de los sabios se aumentaba á la sordina, pues hasta los príncipes se manifestaban tan interesados como él en hacer circular las producciones mas anticristianas. Tal era su satisfaccion, que hasta tercera vez comunicó en sus cartas á d’Alembert esta tan plausible noticia, como medio el mas eficaz para borrar en el público toda idea del cristianismo. Hasta el presente solo he manifestado los deseos y medios que tuvieron y de que se valieron los capataces de la conjuracion para inficionar el público con el 134 veneno de sus escritos. Ya se proporcionará ocasion (cap. 17) para descubrir los medios de que se valió la secta para introducir el contagio de la incredulidad hasta en las cabañas mas humildes, y seducir la ínfima clase del pueblo.

Doctrina de los escritos recomendados por los conjurados.

Para complemento de este capítulo, y satisfaccion de aquellos lectores que solo quedan satisfechos con la mas evidente demostracion, quiero hacer algunas observaciones sobre la doctrina de aquellos escritos, que sin ser producciones de los gefes de la conjuracion, procuraron estos propagar para seducir todas las clases de la sociedad. No han faltado quienes hayan dicho que la conspiracion de los gefes solo tenia por objeto los abusos y no la religion; que su odio á lo mas se extendia solo al catolicismo, pero en ningun modo á las varias sectas de protestantes de Ginebra, Alemania, Suecia é Inglaterra. Este alegato de los que pretenden excusar á los gefes de la conjuracion, á mas de ser falso, se ve que es absurdo, si se reflexiona el contenido de los mismos escritos que hicieron circular. Sin duda, cuando extendian estas producciones, su zelo no tenia otro objeto que extender tambien las opiniones que en ellas se predicaban. Consultémoslas pues, y veamos si hay una sola que se dirija á la reforma de los abusos, ó solo á la destruccion del catolicismo. Estos escritos tan celebrados y recomendados, en particular por Voltaire y d’Alembert, son los de Freret, Boulanger, Helvecio, Juan Meslier, Dumarsais y Maillet, cuyos nombres llevan; y son tambien el Militar filósofo, el Buen sentido, las Dudas, ó el Pirronismo del sabio, cuyos autores se ignoran. Quiero poner á la vista del lector las varias opiniones de estos escritos tan celebrados de los conjurados, para que vea si con ellos no se destruyen hasta los primeros 134 fundamentos del cristianismo, y de aqui inferirá, si el objeto de la conjuracion eran ó no los abusos, ó solo el catolicismo.

Doctrina de estos escritos sobre Dios.

Todas las ramas del cristianismo (doy el nombre de ramas á las varias sectas) suponen á lo menos la existencia de la divinidad. ¿Y cual es la doctrina de los impíos tan celebrados y recomendados por los gefes de la conjuracion? Freret dice expresamente: «La causa universal, este Dios de los filósofos, de los judíos y de los cristianos, no es mas que una quimera y un fantasma.» El mismo autor insiste en lo dicho: «La imaginacion produce cada dia nuevas quimeras que excitan los movimientos del terror, y tal es el fantasma de la divinidad (21).» — El autor del Buen sentido (le Bon sens) ó de aquel escrito que d’Alembert habria querido mas reducido para poderle vender á diez sueldos á la clase del pueblo menos instruida y rica, no se declara tanto como Freret, pero enseña al pueblo «Que los fenómenos de la naturaleza solo prueban la existencia de Dios á algunas personas llenas de falsas preocupaciones… Que las maravillas de la naturaleza, lejos de anunciar á un Dios, no son mas que efectos necesarios de una materia prodigiosamente diversificada (22).» — El Militar filósofo (le Militaire philosophe) no niega la existencia de Dios; pero su primer capítulo es una monstruosa comparacion de Júpiter y del Dios de los cristianos, y en esta comparacion se lleva la ventaja el Dios del paganismo. — En el Cristianismo descubierto (Christianisme dévoilé), que suena con el 136 nombre de Boulanger, se lee: Es mas racional admitir con Manés dos dioses que el Dios de los cristianos (23). — El autor de las Dudas, ó del Pirronismo (les Doutes, ou le Pirronisme du sage), enseña que no es posible saber si existe un Dios, ni si hay alguna diferencia entre el bien y el mal, el vicio y la virtud. Y á esto se reduce toda su doctrina (24).

Sobre el Alma.

Asi como la doctrina de estos impíos, hablando de Dios, se opone á la de todos los cristianos, asi se opone á la de estos la de aquellos sobre el alma. Freret dice que todo lo que se llama espíritu ó alma no tiene mas realidad que los fantasmas, las quimeras y las esfinges. (25) — El sofista del imaginario Buen sentido hacia argumentos para demostrar que el cuerpo es el que siente, piensa y juzga, y que el alma no es mas que un ente quimérico (26). — Helvecio nos dice, que es error hacer del alma un ente espiritual, y que nada hay mas absurdo; que esta alma no es algun ser distinto del cuerpo (27). — Boulanger decide que la inmortalidad del alma, lejos de ser un motivo para practicar la virtud, no es mas que un dogma bárbaro, funesto, desesperante y contrario á toda legislacion (28).

Sobre la Moral.

Si de estos dogmas fundamentales y esenciales á todo el cristianismo pasamos á la moral, hallaremos á Freret 137 que dice á los pueblos: las ideas de justicia é injusticia, de virtud y de vicio, de gloria y de infamia, son puramente arbitrarias y dependen de la habitud (29). — Helvecio, en una ocasion, dice que la sola regla para distinguir las acciones virtuosas de las viciosas es la ley del príncipe y el interés público; y en otra, asegura que la virtud, la probidad, con respecto al particular, no es otra cosa que la habitud de las acciones personalmente útiles; que el interes personal es el único y universal apreciador del mérito de las acciones de los hombres; y en fin dice que si el hombre virtuoso no es feliz en este mundo, puede exclamar: ¡ó virtud! tú no eres mas que un sueño vano (30)! — El mismo sofista sostiene que el fruto de las pasiones, á las que se da el nombre de locura, son la virtud sublime y la sabiduria ilustrada; que el hombre se vuelve estúpido luego que deja de ser apasionado; que querer refrenar las pasiones, es la ruina de los estados (31); que la conciencia y los remordimientos no son otra cosa que la prevision de las penas físicas á las que nos expone el delito; que el hombre superior á las leyes comete sin remordimiento la accion viciosa que le es útil (32); y que poco importa que los hombres sean viciosos; basta que sean ilustrados (33). Al otro sexo le dice que el pudor ú honestidad no es otra cosa que una invencion de la sensualidad refinada; que nada pierden las costumbres por el amor; y que esta pasion forma los ingenios y personas virtuosas (34). Dice á los hijos que el precepto de amar á sus padres mas es obra de la 138 educacion que de la naturaleza (35). Y dice en fin á los esposos que la ley que los precisa á vivir juntos es bárbara y cruel, luego que acaban de amarse (36).

En los otros escritos que procuraron extender los gefes de la conjuracion, no se hallan principios de una moral mas cristiana. Dumarsais, como Helvecio, no conoce mas virtud ni mas vicio que lo que es útil ó nocivo al hombre sobre la tierra (37). — El Militar filósofo cree que los hombres, lejos de poder ofender á dios, se ven forzados á ejecutar sus leyes (38). El autor del Buen sentido, tan estimado de los gefes de la conjuracion, dice que creer que el hombre puede ofender á Dios, es creer que es mas fuerte que Dios (39). Instruye á los impíos para que nos digan: si vuestro Dios da libertad á los hombres para que se condenen ¿que os importa? ¿Pretendeis acaso ser mas sabios que este Dios, cuyos derechos quereis vindicar (40)? — Boulanger en aquel escrito tan celebrado por Voltaire y Federico enseña que el temor de Dios, lejos de ser el principio de la sabiduría, seria el principio de la locura (41).

No hay necesidad de alegar mas citas. El que desee verlas y muchas mas, que lea las cartas Helvianas (lettres Helviennes). Á decir la verdad, sobran las producidas para demostrar que los conjurados que tanto se interesaban en la circulacion de estos escritos, no se limitaban á la extirpacion de los abusos ó al solo exterminio de la religion católica. El lector menos contentadizo ve que la conspiracion era contra el cristianismo, y no solo contra el catolicismo, aunque mas odiado de los gefes de la conjuracion. Habria bastado recordar el proyecto de hacer circular y distribuir cuatro ó cinco mil ejemplares del testamento de Juan Meslier, para que se viese que el designio de los propagandistas era borrar hasta los últimos vestigios del cristianismo; pues este testamento es una declamacion la mas grosera contra todos los dogmas del Evangelio. ¿Y no habria bastado tener presente la contraseña de los conjurados: destrozad el infame?


1 Véase Abus de la critique, núm. 4, 15, 16 y 17.

2 Carta 137, del año 1763.

3 Cartas de d’Alembert del 18 Enero y 9 Febrero de 1773.

4 Véanse principalmente las cartas del 26 Febrero y 22 Marzo de 1774.

5 Carta al Conde d’Argental del año 1764.

6 Cartas á d’Alembert 18 y 20.

7 Carta 128 á d’Alembert.

8 Carta 67 á d’Alembert.

9 Le Militaire philosophe, les Doutes, l’Imposture sacerdotale, le Poiissonisme dévoilé.

10 Véanse las Cartas al Conde d’Argental, á madama de Defian, á d’Alembert, y en particular la carta 2 del año 1769.

11 Carta al Conde d’Argental del 26 Setiem. de 1766.

12 Carta 122 á d’Alembert.

13 Cartas de Voltaire á d’Alembert del 3 Jul. y del 15 Sep. de 1762.

14 Carta 102 á Voltaire.

15 Carta 140 á Voltaire.

16 Carta de Voltaire á Marmontel, año de 1767.

17 Carta del 15 Enero de 1767.

18 Carta del 5 Abril de 1767.

19 Carta del 5 Mayo de 1767.

20 Carta de Voltaire á Diderot.

21 Carta de Trasíbulo á Leucipo, pag. 164 y 254.

22 Núm. 36 y con mucha frecuencia.

23 Christianisme dévoilé, pag. 101.

24 Veanse particularmente los núm. 100 y 101.

25 Carta de Trasíbulo.

26 Veanse los núm. 20 et 100.

27 Extrait de l’Esprit, et de l’Homme et de son éducation, núm. 4 y 5.

28 Antiquité dévoilée, pag. 15.

29 Carta de Trasíbulo.

30 Helvetius, de l’esprit, discours 2 et 4.

31 Disc. 2 y 3 cap. 6, 7, 8 y 10.

32 De l’Homme, tom. 1 sec. 2 cap. 7.

33 Allí mismo n. 9 cap. 6.

34 De l’esprit, disc. 2 cap 4, 15 etc.

35 De l’homme, cap. 8.

36 De l’homme, sec. 8.

37 Essai sur les préjugés, chap. 8.

38 Cap. 20.

39 Sect. 67.

40 Le Bon sens, pág. 135.

41 Christianisme dévoilé, pág. 163 en la nota.