Quinto medio de los conjurados, honores académicos

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(Capítulo octavo del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Primer objeto de las Academias. — Proyecto de d’Alembert sobre las academias. — Intrigas para la admision de Diderot. — Éxito de los conjurados en las academias, y lista de los principales académicos.

Primer objeto de las Academias.

La proteccion que concedian los reyes á las ciencias y artes hacia muy estimados los literatos, mientras la supieron merecer, conteniéndose en su esfera, sin abusar de los talentos contra la religion ni contra la política. La academia francesa, en este particular, era la cátedra del honor y el grande objeto de la emulacion de los oradores y poetas, de todos los escritores que se habian distinguido en la carrera de la historia y en cualquiera otro ramo de la literatura francesa. Corneille, Bossuet, Racine, Massillon, La Bruyere, La Fontaine y cuantos ilustraron el siglo de Luis XIV, tuvieron por grande honor concurrir á las sesiones que se tenian en este santuario de las letras. Las costumbres y las leyes parece que se habian convenido, para que nunca llegasen á profanarle los impíos. Cualquiera nota pública de incredulidad era un título de exclusion, y lo fue aun por mucho tiempo en el reinado de Luis XV. Hasta el célebre Montesquieu tuvo un tiempo la exclusiva, á causa de las sospechas que de su ortodoxia dieron ciertos artículos de sus Cartas persianas. Fue necesario para que le admitiesen abjurar la impiedad y manifestar sentimientos mas religiosos. Voltaire pretende que Montesquieu engañó al Cardenal de Fleury, para que este consintiese á su admision, y que le habia presentado una nueva edicion de sus Cartas persianas, en las que 116 suprimió cuanto podia autorizar la oposicion de este primer ministro. Pero esta supercheria es indigna de Montesquieu: parece que no se le exigió mas que el arrepentimiento, del que en lo sucesivo dió muestras sinceras. Boindin, cuya incredulidad, por notoria, no daba lugar á exámen, se vió absolutamente excluido por esta academia, aunque fue miembro de otras (1). Tambien Voltaire se vió por mucho tiempo excluido, y no habria superado los obstáculos si no hubiese tenido grandes protectores, y no se hubiese valido de los medios hipócritas que aconsejó á los otros. D’Alembert, que sabia preveerlo todo, tuvo el miramiento de guardar secreto, hasta que se vió admitido; pero en esta época los sectarios que tenia la incredulidad en la corte y entre los ministros facilitaban la entrada.

Proyecto de d’Alembert sobre las academias.

Pensó d’Alembert que con el tiempo no seria imposible cambiar los títulos de exclusion, y que esta misma academia que excluia á los impíos, podria con intrigas no admitir sino á estos, y ofrecer sus sillones y condecoraciones á aquellos solos iniciados que fuesen mas sobresalientes en los manejos de la conjuracion. Las intriguillas, á las que se puede dar el nombre de táctica que observaba d’Alembert en estos campos de batalla, le proporcionaban la admision de nuevos académicos. tanto se habilitó en estas intriguillas ó táctica, que cuando terminó sus dias, se podia decir sin mucha impropiedad, que los títulos de académico y de impío eran sinónimos. Es verdad que mientras vivió, no tuvo siempre tan buen éxito en sus empresas como deseaba; pero la trama que urdió con 117 Voltaire para que fuese admitido Diderot á la academia, basta para manifestar cuan interesantes creian los conjurados estas condecoraciones para acreditar su impiedad.

Intrigas para la admision de Diderot.

D’Alembert hizo las primeras proposiciones; Voltaire las adoptó como quien conocia su importancia y contextó: Quereis que Diderot entre en la academia, y es preciso conseguirlo. La aprobacion de la eleccion pertenecia al rey, y d’Alembert temia la oposicion del ministerio. Voltaire, para que no desmayase, le manifestó todo lo que el filosofismo podia esperar de Choiseul. Le aseguró, no una sola vez, que este ministro muy lejos de oponerse á estos manejos, se haria un mérito de protegerlos. «En una palabra (dijo), es preciso que Diderot entre en la academia; esta será la mayor venganza que se puede tomar del chasco que se han llevado los filósofos. La academia está indignada contra Le-Franc de Pompignan, y con el mayor placer le dará un bofeton con toda su fuerza… Haré luminarias cuando tenga la gozosa noticia de que Diderot queda nombrado. ¡Ah! ¡y que completo seria el placer, si á un tiempo me llegase la noticia de que Diderot y Helvecio estan admitidos (2)!» Este triunfo habria sido de tanta satisfaccion para d’Alembert, como lo podia ser para Voltaire; pero d’Alembert estaba á la vista, y viendo las grandes dificultades que se ofrecian en la corte, especialmente de parte del Delfin, de la Reina y del Clero, respondió á Voltaire: «Tengo mas ganas que vos de que Diderot entre en la academia, y sé todo el bien que de ahí resultaria á la causa comun; pero esto es mas imposible de lo que podeis imaginar (3).» 118

Bien instruido Voltaire de que el ministro Choiseul y la cortesana marquesa de Pompadour habian ya ganado otras victorias sobre el Delfin, animó á d’Alembert para que no desesperase. El mismo se puso al frente de la intriga, y esperó un buen éxito contando con el favor de la cortesana. «Aun hay algo mas: (dice Voltaire) posible es, que ella (la Pompadour) se haga un mérito y un honor de sostener á Diderot, que desengañe al rey sobre su palabra, y que se complazca en confundir una cábala que ella desprecia (4).» Lo que d’Alembert no se atrevia á hacer acerca del ministro, Voltaire lo encargó á los cortesanos, y principalmente al Conde d’Argental. «Mi divino angel, (dice Voltaire á d’Argental) introducid á Diderot en la academia; esto es lo mejor que podeis hacer á favor del partido de la razon, que lucha con el fanatismo y la tontería: (es decir del filosofismo que lucha con la religion y la piedad) imponed por penitencia al Duque de Choiseul, el que haga entrar á Diderot en la academia (5).» Voltaire, no satisfecho aun con todo esto, llamó en su socorro al secretario de la academia, y prescribió á Duclos el modo como se habia de portar para que tuviese buen despacho el memorial que iba á presentarse á favor de Diderot. «¿No podríais representar (pregunta á Duclos) ó hacer representar lo necesario que os es este hombre para perfeccionar una obra muy interesante? ¿Y no podriais, después de haber asestado á la sordina esta bateria, congregaros siete ú ocho escogidos, y hacer una diputacion al rey para pedirle á Diderot, como sugeto el mas capaz para ayudaros en vuestra empresa? ¿El señor Duque de Nivernois no os auxiliará en este proyecto? No podrá 119 encargarse de dirigir con vos la palabra? Dirán los devotos (los católicos ó cristianos) que Diderot ha compuesto un tratado de metafísica, que ellos no entienden; pero no hay mas que responder: que Diderot no le ha compuesto, y que es un buen católico, pues le está tan bien el ser católico (6).»

Tal vez el lector é historiador se admirarán al ver á Voltaire tan interesado en este negocio, valerse de tantas intrigas, acudir á un mismo tiempo á los duques, á los cortesanos y á sus cofrades, y sin avergonzarse de aconsejar la hipocresía mas ruin y el mas vil disimulo, sin otro objeto que la admision de uno de sus conjurados á la academia francesa: pero tanto el lector, como el historiador deben pesar estas palabras de d’Alembert: sé todo el bien que de ahí resultaria á la causa comun; es decir: lo útil que será en la guerra que nosotros con nuestros iniciados hemos jurado al cristianismo; y con esto será facil comprender que Voltaire y los suyos no tenian por ociosa alguna maquinacion ni intriga, y que todo les era lícito, disimulos, hipocresia, imposturas, mala fé y cuanto hay de más abominable entre los hombres, tanto les interesaba ser miembros de aquella academia. Y en efecto, admitiendo en esta á un hombre reconocido públicamente por el mas insolente y atrevido de los incrédulos, ¿no era poner el sello á la desidia (ó algo peor) con que el gobierno se habia dejado engañar con las demostraciones hipócritas de d’Alembert y de Voltaire? ¿No era esto abrir de par en par la puerta á los triunfos literarios de la impiedad mas escandalosa? ¿No era esto declarar abiertamente que en adelante la profesion pública del ateismo, lejos de mirarse como tacha en la sociedad, disfrutaria pacíficamente de los honores decretados para las 120 ciencias y letras?… ¿A lo menos no era esto una especie de proclama en favor de la indiferencia en materia de religion? Pero la política de Choiseul y de la Pompadour les manifestó que no era aun tiempo de conceder este triunfo á los conjurados. El mismo d’Alembert temió los clamores que la admision de Diderot habria excitado, y este temor le hizo desistir. En esta ocasion se verifica singularmente lo que escribió d’Alembert: que los ministros con una mano protegian á los mismos que parecia rechazaban con la otra. Pero d’Alembert no perdió del todo las esperanzas, y le pareció que con ciertos manejos no seria imposible llegar al mismo fin, y excluir de los honores académicos á cuantos escritores no hubiesen consagrado de algun modo sus plumas á la filosofía anticristiana, y es cierto que lo consiguió.

Éxito de los conjurados en las academias, y lista de los principales académicos.

A contar desde la época en que d’Alembert concibió cuan útil seria á los conjurados transformar la academia francesa en un verdadero club de sofistas irreligiosos, atienda el lector á los títulos de los que fueron admitidos, y hallará á su frente á Marmontel, el mas unido en opiniones y sentimientos con Voltaire, d’Alembert y Diderot. Verá que van á sentarse en los sillones de la misma academia la Harpe (7), iniciado favorito de Voltaire; Champfort, iniciado coadjutor semanario de marmontel y de la Harpe; Lemierre, á quien Voltaire dá el título de un buen enemigo del infame ó de Cristo (8); el abate Millot, aceptó á d’Alembert, 121 porque se habia olvidado del todo que era eclesiástico, y conocido en el público, porque supo transformar la historia de Francia en historia de antipapa (9); Brienne, conocido mucho tiempo habia de d’Alembert como un enemigo de la iglesia en el seno de la misma iglesia; Suard, Gaillard, y en fin Condorcet, cuya admision por sí sola bastaria para demostrar la soberanía con que el ateismo habia de mandar en la academia. No sé porque motivo Turgot no obtuvo aquellos honores, habiendo intrigado tanto en su favor Voltaire y d’Alembert. (10) Para formar idea del interés que tenian en llenar aquel Sanedrin filosófico de sus sectarios, es preciso leer sus cartas. Hay mas de treinta en las que se ven sus consultas, ya sobre aquellos prosélitos cuya admision á la academia se habia de agenciar, ya sobre los medios de que se habian de valer para excluir de este honor á los escritores religiosos. Sus manejos é intrigas en este negocio tuvieron un éxito tan completo, como que al cabo de pocos años el título de académico se confundia y equivocaba con el de deista ó atéo. Si aun habia entre ellos algunos hombres, particularmente Obispos, de otro temple que Brienne, fue por una cierta deferencia al título de académico, en otros tiempos tan honorífico; aunque les habria sido mas decoroso separarse del lado de d’Alembert, Marmontel, Condorcet y sus semejantes.

Sin embargo, en esta academia de los cuarenta habia un seglar muy respetable por su piedad. Era este Mr. Beauzée. Le pregunté en cierta ocasion, ¿como podia componerse que el nombre de un sugeto como él, se hallase en la lista de tantos personages tenidos por impíos? 122 Me respondió: «La pregunta, que me haceis, la hice yo mismo á d’Alembert. Viéndome en nuestras sesiones casi solo creyente en Dios, le dije un dia ¿como habeis podido pensar en mí, sabiendo que mi modo de pensar se aviene tan poco con el vuestro y de los señores vuestros cofrades? D’Alembert (añadió M. Beauzée) no tardó en responderme: sé muy bien, dijo, que esto os admira; pero necesitábamos de un gramático; entre nuestros iniciados no le habia que tuviese crédito en esta facultad. Sabíamos que creiais en Dios, pero sabiendo que erais un hombre muy bondadoso, pensamos en vos, porque nos faltaba un filósofo que supliese vuestra falta.» De este modo el cetro de los talentos y ciencias pasó á las manos de la misma impiedad. Voltaire habia querido poner los conjurados bajo la proteccion del sofista coronado Federico de Prusia; d’Alembert impidió su transmigracion y tuvo habilidad para hacerlos triunfar bajo la proteccion de unos monarcas cuyo principal y mas honorífico título era el de Reyes Cristianísimos. Esta trama, que d’Alembert supo urdir mejor que su patriarca Voltaire, ponia en las cabezas de sus secuaces las coronas de la literatura, mientras se condenaba al desprecio y á la zumba á los escritores religiosos. La academia francesa, trasformada en club de impiedad, era mas interesante á los sofistas conjurados contra el cristianismo, que la tan suspirada colonia de Voltaire. Ella corrompió á los literatos; estos la opinion pública de la Francia, y esta ha contagiado á la Europa comunicándola el pus virulento por medio de tantos escritos antireligiosos que debian disponer los pueblos á una apostasía universal segun los proyectos y calculos de aquellos gefes.


1 Este Boindin es uno de los únicos hombres del siglo de Luis XIV, dignos, segun Diderot, de trabajar en la Enciclopedia.

2 Carta del 9 Julio de 1760.

3 Carta del 18 Julio de 1760.

4 Carta del 28 Julio de 1760.

5 Carta 153 del año 1760.

6 Carta del 11 Agosto de 1760.

7 Se convirtió en la revolucion, y ha escrito á favor de la religion.

8 Carta á Damilaville de 1767.

9 Carta de d’Alembert del 27 Diciembre de 1777.

10 Carta de Voltaire del 8 Febrero de 1776.