Tercer medio de los conjurados, extincion de todas las órdenes religiosas

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(Capítulo sexto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Reconvenciones que se hacen á los Religiosos. — Proyectos de Federico sobre los Religiosos. — Proyecto que se siguió en Francia sobre los religiosos. — Brienne continua el proyecto contra los religiosos. — Inteligencia de Brienne con d’Alembert. — Se introdujeron muchos desórdenes en los claustros. — Medios inútiles de Brienne contra las religiosas.

Reconvenciones que se hacen á los Religiosos.

cardenal-arzobispo Étienne-Charles de Loménie de Brienne: auténtico lobo con piel de cordero que acabó su vida como público apóstata.cardenal-arzobispo Étienne-Charles de Loménie de Brienne: auténtico lobo con piel de cordero que acabó su vida como público apóstata.

Los enemigos de los regulares han tomado á empeño el representarlos como cuerpos del todo inútiles á la religion, y principalmente al estado. No sé que derecho pueda tener la Europa á quejarse de unas sociedades á las cuales debe no ser lo que eran los antiguos Galos, Tudescos y Bretones. En aquellos tiempos no tenian estas regiones la tercera parte de las tierras cultivadas que tienen en el dia. Las ciudades que habia eran bastante reducidas, y mucho menor el número de las poblaciones, porque las tierras producian menos para la subsistencia con respecto á los muchos bosques, pantanos y arenales incultos; ni sé como el estado puede mirar como inútiles á unos hombres, que sin contradiccion son los mejores cultivadores de las tierras que desmontaron su fundadores, y que por lo mismo suministran á la poblacion una gran parte de su subsistencia; hombres que deberian nombrar con reconocimiento y gratitud aquellos al menos que les deben hasta el nombre de su patria, ciudad ó pueblo, y que sino hubiese habido regulares, no habrian existido; hombres en fin sin los cuales, segun todas las historias, nos hallaríamos en el estado de ignorancia de nuestros padres en los siglos bárbaros, hasta no saber leer. Y tal vez en esto los 92 regulares por desgracia se han excedido en los servicios que han hecho. Ellos enseñaron á leer á nuestros padres, pero nosotros hemos aprendido á leer mal. Les enseñaron el dogma y la moral; y nosotros nos olvidamos de lo uno y de lo otro. Abrieron el templo de las ciencias; y nosotros con toda nuestra presuncion y boato no habemos entrado sino á medias. El hombre mas pernicioso en cualquier facultad, no es el que no sabe; es el que sabe mal; es principalmente el que sabiendo poco pretende saberlo todo. Bajo de este aspecto deben mirarse los que sin saber el orígen, progresos y servicios de los regulares, los miran como inútiles y aun perniciosos.

Alegar por motivo de la aversion que se tiene á los religiosos, la pretensa ignorancia de algunos, es valerse de un pretexto insubsistente. Los frailes mas ignorantes estan á lo menos tan instruidos como el comun de los seglares, incluyendo en esta clase á muchos que han tenido buena educacion. Esta acusacion es tan infundada, como seria poco decorosa si los religiosos la hubiesen merecido. He tratado á muchos de los que se despreciaban como ignorantes, pero he visto que sabian cuanto debian saber; y si eran ignorantes en las ciencias humanas, principalmente en el filosofismo, tanto mejor para ellos y para la sociedad, pues poseyendo la ciencia de su estado, son felices, é ignorando el filosofismo, no causan daño á sus prójimos. (*) He visto muchos escritos de esta época contra frailes; pero me veo en la precision de repetir, «que nada he visto producido todavia contra estos institutos, en que brille la verdad, la veracidad, el desinteres, la noble imparcialidad, y un ánimo recto de convencer sólidamente al entendimiento y mover eficazmente el corazon.» He visto, sí, que se han reproducido las antiguas calumnias y sofismas de Joviniano, Vigilancio, Guillermo de Sancto Amore, Wikleff, Lutero y otros sectarios, que acallaron San Atanasio, San Basilio, San Gerónimo, San Agustín, San Juan Crisóstomo, Santo Tomas, San Buenaventura, los concilios, y Sumos Pontífices… Pero ya se sabe, que los filósofos leen y estudian los argumentos contra la religion y sus ministros usque ad solvuntur argumenta, exclusivè… Súprimanse los frailes, y se perderán las Américas… Súprimanse los frailes, y se realizarán los proyectos de Federico y de Voltaire, que va á manifestar el autor de estas memorias. He visto casi en todos los claustros hombres dignos de toda estimacion, tanto por sus conocimientos como por su piedad, y estos en mayor número, á proporcion, que en el siglo. El hombre sensato no ha de tomar partido contra los religiosos por las declamaciones, que se oyen y se leen en los sofistas de estos tiempos. A estos se les ha contextado de modo que les es imposible impugnar la 93 respuesta (*). Pero Voltaire, aunque derrotado mil veces en su guerra contra la religion, volvia á nuevos ataques con su desmontada y clavada artillería. Lo propio han hecho y harán los filosofistas herederos de su espíritu. El que quiere proceder de buena fe, que lea las historias, mire los hechos de los regulares, y hallará otras tantas pruebas auténticas de sus servicios. Al que con esto no quede satisfecho, le diré, si aun tiene sentimientos de religion, que consulte los anales y archivos de los impíos conjurados contra Jesucristo y su Iglesia, y en la misma persecucion que por esta causa padecen los regulares, hallará su apología, y descubrirá su mérito y su mayor gloria.

Proyectos de Federico sobre los Religiosos.

Ya los Jesuitas estaban, no solo expulsos sino tambien extinguidos; pero veían los conjurados que el cristianismo aun subsistia, y al verlo, dijeron: aun nos queda destruir á los cenobitas, pues que mientras 94 estos existan, en vano pretendemos triunfar. Este proyecto llamó seriamente las atenciones de Federico. Una carta de Voltaire (1) le proporcionó ocasion para desenvolverle. «Hércules (escribia el sofista de Ferney) combatió con los asesinos, y Belerofonte con las quimeras. No sentiria yo ver Hércules y Belerofontes, que purgasen la tierra de asesinos y quimeras católicas.» La respuesta de Federico está concebida en estos términos: (2) «No está reservado á las armas destruir al infame: él perecerá por el brazo de la verdad y por la seduccion del interés. Si quereis que yo desenvuelva esta idea, he aqui lo que pienso. He reparado, y otros como yo, que en los lugares en donde hay mas conventos, está el pueblo mas ciegamente adicto á la supersticion. (**) ¿Y como que lo es? Dos son los motivos principales que tiene el filosofismo para exterminar los frailes. La predicacion, á la cual se reducen todas las instrucciones religiosas. Por esto, en caso de que no se pueda acabar con todos, sean todos legos. Y los bienes que poseen, que la filosofia emplearia mejor, llenando su bolsillo: Auri sacra fames!
Lo cierto es, que bajo de cualquier aspecto que se miren los bienes de los regulares, es un manifiesto robo desposeerlos de ellos. Si se consideran como consagrados á Dios, es un robo sacrílego. Si se consideran como propiedad de los mismos regulares, es una notoria violacion del sagrado derecho de propiedad. Bajo de este aspecto, tan señor propietario es una comunidad religiosa, como cualquiera duque, conde ó marques, etc. «Y si una posesion tan antigua y pacífica, por tantos siglos (prescindiendo de otras muchas razones), no basta para librarla de cualquiera pretension ó invasion, ninguna posesion, ninguna propiedad, ningun derecho estará ya seguro y permanente entre los hombres.» Pio VII. En su instruccion del 22 de Mayo de 1808.
Ello es cierto que si se logra destruir estos asilos del fanatismo, el pueblo se volverá indiferente y tibio por lo relativo á estos objetos, que en el dia son de su veneracion. Se debe tratar de destruir los conventos, á lo menos de minorar su número. Este momento ha llegado ya, porque el gobierno francés y el de Austria están adeudados, y en tal modo, que habiendo agotado los manantiales de la industria para pagar las deudas, aun no lo han podido conseguir. El cebo de las abadías ricas y de los conventos de muchas rentas es un poderoso atractivo (**). 95 Representando el daño que los Cenobitas hacen á la poblacion de sus estados; el abuso del gran número de encapillados, que llenan las provincias, y al mismo tiempo la facilidad de pagar en parte sus deudas, aplicando los tesoros de las comunidades, que no tienen sucesores (***), creo que hará se resuelvan á empezar la reforma; y es de presumir que despues de haber disfrutado de la secularizacion de algunos conventos, su codicia tragará lo restante. (***) Si las comunidades no tienen sucesores, tampoco los tiene ningun cuerpo, tampoco los tiene la nacion. Si no tener sucesores da derecho á otro para robar, se seguirá lo que es muy fácil inferir. El no tener sucesores no priva del derecho de propiedad. ¿Quien es el Sr. propietario del tesoro nacional, el de las escuadras nacionales, de las fortalezas nacionales, etc? Todo gobierno que se resuelva á esta obra, será amigo de los filósofos y participará de todos los libros, que impugnarán las supersticiones populares, y el falso zelo que se le queria oponer. He aqui un pequeño proyecto, que sujeto al exámen del patriarca de Ferney. A él toca, como padre de los fieles, rectificarle y ejecutarle. El patriarca tal vez me objetará: ¿Que se ha de hacer de los Obispos? respondo, que aun no es hora de tocar este asunto. Es preciso empezar por la destruccion de los que atizan el fuego del fanatismo en el corazon del pueblo. Cuando este se haya enfriado, los Obispos quedarán reducidos á unos niños, de los cuales con el tiempo, dispondrán los soberanos á su voluntad.» Estos consejos eran muy del gusto de Voltaire, para que no los 96 apreciase, y así respondió al rey de Prusia: (3) «Vuestra idea de atacar por los regulares la supersticion cristícola, es de un gran capitan; porque no hay duda que, destruidos los regulares, el error está expuesto al desprecio universal. Bastante se escribe ya en Francia sobre esta materia, de la cual todo el mundo habla: pero no se cree que este negocio esté bastante maduro. En Francia no hay bastante atrevimiento; y los devotos aun tienen crédito.»

Cuando de hayan leido estas cartas, ya no habrá motivo para preguntar: ¿De que sirven los frailes á la iglesia católica? Es verdad que muchos con el tiempo han decaido de su primitivo fervor; ¿y que estado hay que no cuente con muchos indignos? Pero Federico, que con toda su política á buscando las causas que retardan los progresos de la conspiracion contra el cristianismo, solo las halla en el zelo, en el ejemplo y en las instrucciones de los Regulares, á pesar de su decadencia; y cree imposible abatir el edificio de la iglesia antes de derribar este muro. Y Voltaire en esta idea descubre un gran capitan, que posee todo el arte de la guerra contra la supersticion cristícola, como lo poseia en sus prolongadas guerras con el Austria y la Francia.

Eran pues aun útiles para algo los cuerpos religiosos, acusados con tanta frecuencia de ignorantes y ociosos, pues eran una barrera insuperable á la impiedad. Federico estaba tan persuadido de esta verdad, que cinco meses despues insistió en que se derribase esta barrera antes de atacar directamente á los Obispos y el cuerpo de la plaza, aunque la incredulidad hubiese ya 97 entonces ocupado las avenidas del trono. Voltaire le escribió (4): «Esperamos en Francia que la filosofía, que ya se halla cerca del trono, dentro de poco tiempo estará dentro. Pero esto no es mas que esperanza, y muchas veces engaña. Hay tantas personas interesadas en sostener el error y la necedad; hay tantas dignidades y riquezas anexas á este oficio, que hay motivos para temer que los hipócritas triunfen de los sabios. ¿Vuestra Alemania no ha creado soberanos de vuestros principales eclesiásticos? ¿Pues y cual es el elector ú obispo entre vosotros, que tome el partido de la razon contra una secta que les rinde cuatro ó cinco millones de renta?»

A Federico no le acomodaban aun estos ataques directos contra los obispos; pero insistiendo en la guerra á los regulares, respondió á Voltaire de esta manera (5): «Cuanto nos decís de nuestros obispos teutónicos es muy cierto: pero tambien sabeis que en el sacro imperio romano la práctica antigua, la bula de oro, y otras semejantes tonterías hacen respetar los abusos introducidos. Los vemos, encogemos los hombros, y las cosas siguen el mismo camino. Si se quiere disminuir el fanatismo, no se ha de empezar por los obispos: pero si se logra disminuir los regulares, sobre todo las órdenes mendicantes, el pueblo se entibiará; este, menos supersticioso, permitirá á las potestades disponer de los obispos como mejor les parezca para el bien de sus estados. Este es el camino que se ha de seguir: socavar á la sordina el edificio de la sinrazon, y esto lo precisará á que se desplome». Si en esta correspondencia de los impios no ve el lector demostrada, cuanto permite la materia, la existencia y los medios de una 98 conspiracion contra el cristianismo, le preguntaré: ¿que cosa es conspiracion, si esta no se descubre en este camino que se ha de seguir para reducir á escombros el edificio de la religion, que siempre va expresado bajo los odiosos nombres de infame, supersticion cristícola, fanatismo, sinrazon, para llegar por aquel camino al término propuesto de la destruccion de los obispos, y separar lentamente los pueblos de su adhesion al Evangelio? Que se me diga, pues, ¿que cosa es conspiracion, si no la hay en estas consultas clandestinas, que no impide la distancia de los lugares, pasando desde Ferney á Berlin, y de Berlin á Paris por Ferney? Muy cortos son los alcances del que en el idioma, en el objeto, en los medios, en los manejos y consultas de estos impíos no vea que para establecer el imperio de su razon, conspiran los incrédulos á la destruccion del cristianismo. Yo no puedo tener la menor duda sobre la conspiracion, y me admiro de que los mismos conjurados hayan procedido con tan poca cautela.

Proyecto que se siguió en Francia sobre los religiosos.

Por lo demas, Voltaire tenia razon para escribir á Federico que en Francia se trabajaba mucho en la destruccion de los regulares. Despues de la expulsion de los Jesuitas, varios miembros del ministerio, amantes y amados de los conjurados, proseguian con teson el proyecto. Se dió principio á su ejecucion, fijando la profesion religiosa á la edad de veinte y un años. Los ministros la habian querido prorogar á los veinte y cinco. Esta providencia debia producir el efecto que de cien jóvenes con vocacion á este estado, apenas unos ó dos podrian seguirla, pues ya se ve que á pocos padres habria acomodado ver á sus hijos en esta edad, sin haber ya tomado estado. Pero las reclamaciones de personas 99 piadosas obtuvieron que la edad fija para la profesion solemne fuese la de diez y ocho años para religiosas, y la de veinte y uno para religiosos. Muchas personas miraron este edicto como un atentado contra el derecho de ciudadanos, quienes ciertamente le tienen para consagrarse á Dios cuando se sienten llamados, y apartarse del peligro en la edad, en que las pasiones se desenvuelven con mayor energía. Se vió en este edicto ademas un atentado contra Dios, que tiene derecho al sacrificio de los que quiere que se le consagren en el tiempo de su beneplácito, para que se formen con las virtudes religiosas. Fue un atentado tambien contra los derechos de la iglesia, á la que solamente toca fijar el tiempo para la profesion religiosa: pues que el último Concilio general habia señalado la edad de diez y seis años cumplidos, cuando ya la juventud tiene el conocimiento y libertad, que se requieren para contraer las obligaciones de los votos, concediendo á mas de esto la iglesia cinco años de tiempo para reclamar contra la profesion, en caso de no haberse hecho esta con la correspondiente libertad. (Véase sobre esto el discurso de Chapelain). Hubiera sido muy ridículo en Francia alegar que la profesion privaba al estado de sus súbditos; porque segun las máximas de la religion, los hombres que se consagran y dedican á las obras de piedad, de edificacion é instruccion de los pueblos, son muy útiles á las naciones. Á mas de esto, era notorio que la Francia, á pesar del gran número de conventos, tenia siempre una poblacion mas considerable que la mayor parte de los otros estados; y no se reparaba en que habia un gran número de aquellos célibes mundanos, que son el escándalo de los pueblos, y que deberian llamar las atenciones del gobierno, antes de pararse en el celibato religioso (****). 100 (****) Ya es decrépita esta cantinela filosófica, pues San Agustin (de bono conjug. cap. 10.) San Ambrosio (de virg. cap. 7.) San Gerónimo (contra Javin. lib. I.) hablan de esto. Lean los filósofos á Mirabeau, el amigo de los hombres (traité de pop. chap. 2.), donde verán que el celibato religioso no es el que perjudica á la poblacion. Lo que verdaderamente daña á su progresion y aumento es, el libertinage, los divorcios, la intemperancia y el celibato criminal de los filósofos. En el exterminio de este deberian ocuparse los que tanto declaman contra el de los religiosos. Pero ya se sabe que este no es mas que un pretexto para perseguirlos. Los 50,000 monges de la Tebaida son objeto de admiracion y respeto para los mismos hereges; pero para los filósofos célibes, de abominacion: no porque eran célibes, sino porque eran célibes religiosos. Pero todo esto fue inútil, y no se podia ni debia esperar menos de una junta; cuyo presidente era la impiedad y esta, porque no pudo mas en aquellas circunstancias, prorogó la profesion religiosa de los hombres á la edad de veinte y un años.

De esta providencia necesariamente se habia de seguir lo que los ministros dirigidos por los sofistas deseaban que se siguiese. En muchos colegios los Jesuitas fueron muy mal reemplazados; y los jóvenes privados de una educacion cuidadosa, abandonados á las pasiones, ó pensando que perdian el tiempo en esperar el señalado para la profesion, no se acordaron mas del estado á que habian sido llamados. De los que aun entraban en religion, los unos lo hacian acosados de la miseria, mas para asegurar su subsistencia que para servir á Dios; y los otros con inclinaciones viciosas, no tenian disposiciones para someterse al yugo de la religion. Aunque no hubiese habido abusos en los claustros, se habrian así introducido. Á proporcion que se disminuia el número de los religiosos ancianos, se aumentaban los desórdenes con el ingreso de estos jóvenes, que habian tenido sobrado tiempo para corromperse en el siglo. Pero esto era lo que querian los ministros para tener pretextos para la supresion, y aun lo querian mas los sofistas, que eran 101 las palancas que movian á los ministros. Antes que la profesion se prorogase, podian los regulares aceptar para el hábito jóvenes bien morigerados, á quienes aun no se habia pegado el contagio de la disolucion; y por lo mismo, los excesos ó desórdenes de los regulares eran tan raros, que no podian servir de pretexto para la supresion; pero los impíos y los agentes querian pretextos, y para tenerlos cometieron un atentado contra Dios, contra la Iglesia y contra la libertad que todo hombre tiene para elegir y tomar estado. Introdujeron el desórden y la relajacion en los claustros, y siendo la misma relajacion y desórden efecto necesario de las providencias de los agentes de los conjurados, la tomaron por pretexto para proceder contra los regulares. Con esto tuvieron los impíos bastantes materiales para publicar una inmensa multitud de escritos cuyo objeto era hacer ridículos á los regulares con sarcasmos y desprecios.

Brienne continua el proyecto contra los religiosos.

El que cooperó mas que otro alguno á la intencion de los conjurados, fue un personage que tuvo la fortuna de que sus cofrades pensasen que tenia algun talento para el gobierno, pero que concluyó su carrera con el deshonor de haber merecido que le pusiesen en el catálogo de aquellos ministros á quienes la ambicion hizo imbéciles. Este personage era Brienne arzobispo de Tolosa, despues arzobispo de Sens, luego ministro principal, y últimamente público apóstata, que murió en tal desprecio y execracion, que á lo menos iguala á la de Necker. Brienne, aunque tan deshonrado y aborrecido, no lo es tanto como merece. Se sabe que fue amigo y confidente de d’Alembert, y que, tanto en la iglesia como en la asamblea de comisarios encargados de la reforma de los 102 regulares, fue lo que habria sido d’Alembert arzobispo. Pensó el clero que debia entender en esta reforma de los regulares, para restablecer su primitivo fervor. La corte aparentó que se conformaba con este modo de pensar, pues nombró consejeros de estado, para que deliberasen sobre este asunto con los obispos de la comision, llamada de regulares. ¿Pero que sucedió? Lo que habia de suceder por precision en una junta cuyos miembros en sus consultas y deliberaciones tenian miras enteramente opuestas, unos las del siglo, y otros las de la iglesia. Las opiniones se cruzaron muchas veces; sin embargo se convino, ó se creyó convenir en varios artículos. Muchos obispos se disgustaron y renunciaron á la comision. Formóse otra nueva, la que componian M. de Dillon, arzobispo de Narbona; M. de Boisgelin, arzobispo de Aix; M. de Cicé, arzobispo de Burdeos, y en fin el famoso Brienne, arzobispo de Tolosa.

El primero de estos, M. de Dillon, atendiendo á la nobleza de su porte y magestad de su elocuencia, era mas á propósito para representar dignamente al rey en los estados de Languedoc, que á San Francisco ó á San Benito en una comision religiosa. M. de Boisgelin con los talentos que ha descubierto en la asamblea llamada nacional, con el zelo que manifestó á favor de los derechos de la Iglesia en el establecimiento y conservacion de un estado consagrado á la perfeccion evangélica, tenia en esta comision las intenciones del órden y las de dar buenos consejos; pero la corte no tenia intencion de seguirlos. En cuanto á M. de Cicé, que despues fue guardasellos de la revolucion, debo decir que su arrepentimiento y retractacion manifiestan que pudo padecer engaño firmando la sancion que se dió en aquella época, é imprimiendo los sellos á los decretos constitucionales; y esto prueba que habria convenido menos en los 103 proyectos destructores de los regulares, si los hubiese conocido mejor.

Inteligencia de Brienne con d’Alembert.

En esta comision pues de regulares, los ministros solo escuchaban á Brienne, quien sabia sus secretos como los de d’Alembert. Este conocia tan á fondo lo que los conjurados podian esperar de los servicios del prelado filósofo, que en el momento en que Brienne fue agregado á la academia francesa, d’Alembert se apresuró á notificarlo á Voltaire en estos términos (6): «Tenemos en él un socio muy bueno, que ciertamente será útil á las letras y á la filosofía, con tal que la filosofía no le ate las manos con algun exceso que cometa en lo que le permite, ó que el clamor general no le precise á obrar contra su voluntad». Era decir en términos equivalentes: tenemos en Brienne un sugeto que piensa como nosotros, y que será para nosotros y nuestros manejos lo mismo que seria yo, ocultando mi intencion, si me hallase ocupando su lugar. D’Alembert conocia muy bien á los socios, y estaba tan seguro de Brienne, que en cierta ocasion creyendo Voltaire que podia quejarse de este monstruoso prelado, d’Alembert no dudó en responderle (7): «Os pido por favor que no precipiteis vuestro juicio… Yo apostaria ciento contra uno que os han informado mal, ó á lo menos que os han exagerado mucho sus defectos. Sé muy bien su modo de pensar, para estar seguro de que en esta ocadion ha hecho lo que no podia dejar de hacer». Las quejas de Voltaire provenian de una providencia, que habia dado Brienne contra el iniciado Audra, quien siendo público profesor, 104 daba en Tolosa lecciones de impiedad en lugar de darlas de historia. Despues de haber practicado d’Alembert sus diligencias, se supo que Brienne, á favor del citado Audra, habia resistido un año entero á los clamores del parlamento, de los obispos y de la asamblea del clero, y que Brienne se vió precisado á impedir que la juventud de su diócesis recibiese semejantes lecciones: por eso su apologista añade: Estad seguro, y os lo repito, que jamas la razon (sofista) tendrá que quejarse de él (8). Tal era el malvado hipócrita mitrado, al que la intriga habia introducido en una junta encargada de la reforma de las órdenes religiosas. De esta comision supo valerse para desordenar y destruir.

Apoyado del ministerio y burlándose de los otros obispos de la comision, se lo apropió todo, y él solo fue quien dispuso y mandó en esta imaginaria reforma. Al edicto que prorogaba la profesion religiosa, añadió otro nuevo, con que mandó suprimir todos los conventos de las ciudades que tuviesen menos de veinte religiosos, y en las otras partes á todos los que tenian menos de diez, bajo el capcioso y especioso pretexto de que la regla se observaba mejor con mayor número de religiosos (*****). (*****) Parece que muchos de los artículos que presentó el Excmo. Sr. ministro de Gracia y Justicia á las Córtes sobre reforma de regulares, se han vaciado en los moldes de Brienne. Los Obispos, y mas que todos el Cardenal de Luynes, se vieron precisados á representar los servicios que los conventos pequeños hacian en las campañas, ya para ayudar á los curas, ya para suplir su falta. Pero á pesar de estas reclamaciones, el pretexto y decreto de Brienne subsistieron, y este se entendió tan bien con los sofistas, que antes de la revolucion ya habia en Francia mil y quinientos conventos suprimidos 105, y mas de treinta mil religiosos menos. Su modo de proceder era tal, que en breve no habria habido necesidad de suprimir. Recogiendo, y aun solicitando quejas y recursos de los jóvenes (que habian entrado despues del decreto de próroga de la profesion) contra los ancianos, que querian contenerlos; de los inferiores contra los superiores; resistiendo y coartando el mismo Brienne las elecciones de los superiores, sembraba y fomentaba la discordia, el desórden y la anarquía en los claustros. Por otra parte sus aliados los conjurados inundaban el público con tantos libros contra los religiosos, los hacian tan ridículos, que apenas se presentaba algun joven á pedir el hábito para reemplazar los muertos. De los que quedaban, unos se avergonzaban de vestir un hábito cubierto de oprobio (9). y otros, seducidos con los artificios de Brienne, pedian la supresion.

Se introdujeron muchos desórdenes en los claustros.

Los buenos religiosos, sobre todo los ancianos, lloraban lágrimas de sangre, viendo esta persecucion de Brienne. En pocos años él solo habria ejecutado en Francia cuanto Federico y Voltaire habian proyectado contra los religiosos. Su decadencia era á no poder mas sensible en muchos conventos; era un prodigio que hubiese algunos fervorosos; pero fué aun mayor el prodigio, cuando la fé del mayor número de estos religiosos, de los mismos que antes habian pedido la supresion, se reanimó en los dias de la revolucion. Sé de cierto que el número de estos fué á lo menos tres veces mayor que el de los que hicieron el juramento constitucional. El momento de la apostasía les causó 106 horror, y aunque la persecucion subterránea de Brienne los habia hecho titubear, la persecucion manifiesta de la asamblea nacional los reanimó, manifestándoles el fin á que se ordenaba la supresion de los regulares, meditada tanto tiempo habia como uno de los grandes medios filosóficos para destruir del todo el cristianismo. Voltaire y Federico no vivieron lo bastante para ver su proyecto consumado en Francia; pero Brienne lo vió, y cuando queria hacerse honor de haber sido el ministro ejecutor, no cogió mas que oprobios. Los remordimientos y la infamia le condujeron á donde le estaban esperando los que habian concebido el proyecto.

Medios inútiles de Brienne contra las religiosas.

La impiedad y conspiracion de Brienne se extendió tambien contra las vírgenes consagradas á la vida religiosa; pero este corsario se encalló dando caza á esta preciosa porcion de la Iglesia. Como las religiosas la mayor parte estaban sujetas á los Obispos, no pudo sembrar entre ellas la discordia y anarquía, pues velaban sobre ellas eclesiásticos escogidos, á quienes se habia encargado su direccion. Por otra parte, no se habia prorogado tanto la edad para la profesion, que hubiese dado tiempo á las pasiones para desplegarse. Su educacion se consumara en lo interior de los monasterios, á excepcion únicamente de las que estaban dedicadas al servicio de los pobres y enfermos, cuya caridad y modestia eran, en medio del mundo, un espectáculo digno de los mismos ángeles. Las otras, retiradas en sus santas clausuras, tenian en ellas un asilo inaccesible á la corrupcion de las costumbres y á la impiedad. Brienne de hilaba los sesos para obstruir este manantial á la Iglesia; pero hasta los pretextos le faltaron. Para disminuir el número de las verdaderas religiosas, pensó que tendrian menos 106 novicias, estableciendo y propagando otra especie de asilo, que queria hacer medio mundano y medio religioso. A este fin multiplicó aquellas canonesas, cuya regla parece que exige menos fervor, porque las deja en libertad para tratar con el mundo. Por una necedad inexplicable, sino hubiese tenido su objeto secreto, exigia pruebas de nobleza para admitirlas á unos asilos á los cuales se habian aplicado fundaciones que pertenecian á todas las clases de los ciudadanos. Parecia que Brienne con esto queria á un mismo tiempo hacer despreciables las verdaderas religiosas á la nobleza, y á esta odiosa á los demas ciudadanos, pues aplicaba exclusivamente á sus canonesas rentas á las que todos tenian derecho. Pero estas reflexiones no las hacia la cabeza de Brienne. Este solo tendia la red, mientras d’Alembert se sonreia, prometiéndose que en breve tiempo ni habria canonesas ni religiosas. Pero aqui ambos se engañaron y perdieron el tino, pues las unas y las otras frustraron los proyectos de los impíos, y fué necesario todo el despotismo de los constituyentes para sacar de sus celdas y monasterios á estas santas vírgenes, cuya piedad y constancia honran su sexo, y que entre los mártires de Setiembre son la porcion mas hermosa de la revolucion.

Hasta la publicacion de estos decretos, dignos de Neron, ni el número ni el fervor de las religiosas habia disminuido. Pero al fin la asamblea llamada nacional, envió sus decretos, sus satélites y hasta sus cañones. Treinta mil religiosas se arrancaron de sus monasterios, á pesar de otro decreto de la misma asamblea que las permitia acabar sus dias en sus retiros. Desde esta época no ha habido en Francia mas conventos ni de religiosos, ni de religiosas. Ya habia mas de cuarenta años que el proyecto de su destruccion lo habia dictado el filosofismo á los ministros de un rey cristianísimo. En 108 el mismo momento de la consumacion del proyecto (¡ó justos juicios del Altísimo!) acabaron los mismos ministros del rey cristianísimo, y este rey cristianísimo estaba preso en la torre del Temple de donde salió para el cadalso. El objeto tan deseado del filosofismo, que se habia de lograr por medio de la expulsion y abolicion de las órdenes religiosas, ya se conseguia. La religion sufria en sus ministros, profesores y templos la mas atroz de las persecuciones; pero para que el triunfo de la impiedad fuese completo, habia esta, en el transcurso de tantos años, empleado otros medios que daré á conocer.


1 Carta del 3 de Marzo de 1767.

2 Carta del 24 de Marzo de 1767.

3 Carta del 5 Abril de 1767.

4 Carta del 29 Julio de 1775.

5 Carta del 13 Agosto de 1775.

6 Cartas del 20 Junio, y del 21 Diciembre de 1770.

7 Carta del 4 Diciembre de 1770.

8 Carta del 21 Diciembre de 1770.

9 Voltaire, carta 15 al R. de P.