Segundo medio de los conjurados, extincion de los Jesuitas

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(Capítulo quinto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Extincion de los Jesuitas. — Primer plan de Federico para arruinar la Iglesia. — Efecto de este plan en la corte de Versalles. — Proyecto del ministro d’Argenson contra los Religiosos. — Choiseul se entiende con los filósofos. — Como hizo decretar la destruccion de los Jesuitas, y porque empezó por ellos. — ¿Que cosa era el cuerpo de los Jesuitas?. — Parecer de los Obispos sobre los Jesuitas. — Declaracion de Voltaire.

Extincion de los Jesuitas.

La hipocresía de d’Alembert y Voltaire habia triunfado de todos los obstáculos. Tuvieron tal arte y maña en representar como bárbaros y fanáticos á los enemigos de la Enciclopedia, y hallaron sucesivamente en los ministros d’Argenson, Choiseul y Malesherbes protectores tan poderosos, que toda oposición del gran Delfin, del clero y de los escritores religiosos no pudo estorbar que aquel depósito de todas las impiedades se mirase como una obra necesaria. Logró esta tal aceptacion, que se tuvo en cierta manera por el fundamento de todas las bibliotecas públicas y particulares, no solo en Francia, sino tambien en todos los paises extrangeros. Para todo se acudia á la Enciclopedia. Al mismo tiempo que los impíos tenian reunidas alli todas sus armas contra la religion, los sencillos, pensando instruirse, tragaban sin advertirlo, el veneno de la incredulidad. Los conjurados se daban el parabien por el buen éxito de este su primer medio; pero no podian disimular, y sabian que habia hombres, cuyo zelo, ciencia, reputacion y autoridad podían hacer abortar la conjuracion. La Iglesia tenia sus defensores en los obispos y en el clero de segundo órden. Habia, á mas de esto, un gran número de institutos religiosos, á los que el clero secular podia mirar como tropas auxiliares siempre ejercitadas y dispuestas á unirse 69 á él para defender la causa del cristianismo. Antes de manifestar los medios de que se valieron los conjurados para quitar á la Iglesia todos sus defensores, debo hacer presente el proyecto que formó Federico II, rey de Prusia, para arruinar la misma iglesia, de donde veremos originarse la resolucion de dar principio por la destruccion de los Jesuitas, para llegar sucesivamente á la de los otros cuerpos religiosos, y luego á la de los obispos y de todo el sacerdocio.

Primer plan de Federico para arruinar la Iglesia.

En el año de 1743 fue comisionado Voltaire para una negociacion secreta con el rey de Prusia. Entre las cartas, que escribió en aquella época, desde Berlin, hay una dirigida al ministro Amelot (1), concebida en estos términos: «En la última conferencia que tuve con su magestad prusiana, le hablé de un impreso que ha seis semanas que corre en Holanda, en que se propone el medio de pacificar el imperio, secularizando los principados eclesiásticos á favor del Emperador y de la reina de Hungria. Le dije, que yo desearia, de todo mi corazon la ejecucion del proyecto; que seria dar al César lo que es del César; que la iglesia no debia mas que rogar á Dios y á los príncipes; que los Benedictinos no habian sido instituidos para ser soberanos; y que esta opinion, en que yo abundara siempre, me habia conciliado muchos enemigos en el clero. Me confesó que él mismo habia hecho imprimir el proyecto. Me hizo entender, que no sentiria verse comprendido en las restituciones, que los eclesiásticos, en conciencia dijo, deben hacer á los reyes; y que él, con mucho gusto, hermosearia á Berlin con los bienes de la iglesia. Ello 70 es cierto que quiere llegar á este término, y no procurará la paz hasta que logre estas ventajas. Dejo á vuestra prudencia aprovecharos de este designio secreto que solo á mí ha confiado.»

Efecto de este plan en la corte de Versalles.

Al tiempo que se recibió esta carta, la corte de Luis XV estaba llena de ministros que pensaban como Voltaire y Federico sobre la religion. No habia en Francia electores eclesiásticos á quienes invadir y despojar; pero viéranse un gran número de religiosos, cuyas posesiones podrian suministrar grandes riquezas. Concibieron los ministros que si el plan de Federico no podia seguirse por entonces, á lo menos, con el tiempo, no era imposible sacar un buen partido para la Francia. El marques d’Argenson, consejero de estado y ministro de negocios extrangeros, era uno de los mayores protectores de Voltaire, y fue el primero en adoptar su proyecto de despojar á la Iglesia; él trazó el plan que se debia seguir para destruir á los religiosos.

Proyecto del ministro d’Argenson contra los Religiosos.

Los progresos de este plan debian ser lentos y sucesivos, para no alarmar los ánimos. Al principio no se habian de secularizar y destruir sino las órdenes menos numerosas. Poco á poco se habia de hacer mas dificil el ingreso en religion, no permitiendo la profesion hasta una edad en que el hombre, por lo regular, ya ha tomado otro estado. Los bienes de los conventos suprimidos deberian al principio destinarse á obras pias, ó reunirlos á los obispados; pero tambien debia llegar el tiempo en que, suprimidas todas las órdenes religiosas, se habian de hacer valer los derechos del rey, como 71 gran señor, y aplicar á su dominio todo lo que le habia pertenecido, y aun todo lo que por el pronto se hubiese reunido á los obispados. El ministerio en Francia se muda y cambia á menudo, decia un Legado observador; pero los proyectos, si una vez se han admitido por la corte de Francia, perseveran y se perpetuan hasta el momento propicio á su ejecucion. El que habia formado d’Argenson para destruir los cuerpos religiosos, ya estaba extendido antes del año 1745. Aun estaba en el escritorio del primer ministro Maurepas, cuarenta años despues. Lo sé de un monge benedictino llamado Bevis, sabi distinguido, á quien estimaba M. de Maurepas, y tanto, que lo solicitó varias veces á que se saliese de su órden para conferirle un beneficio secular. El benedictino nunca admitió estas ofertas, y Maurepas para precisarle, le dijo que tarde ó temprano se habria de resolver; y á este fin le dió á leer el plan de d’Argenson, que estaba resuelto á seguir ya habia tiempo, y que debia ejecutarse dentro de breves dias.

Es evidente que la avaricia sola no dictó este plan, porque no solo comprendia las órdenes que tienen rentas, sí también á las que no poseyendo cosa alguna, nada les ofrecia que robar con su destruccion. Acelerar la ejecucion de este proyecto, ó solo manifestarle antes que los sofistas de la Enciclopedia hubiesen preparado los ánimos para aceptarle, era exponerse á grandes dificultades. Estuvo pues sepultado algunos años en la oficina de Versalles, entre tanto que los ministros Voltairianos cooperaban, bajo mano, á los progresos de la incredulidad. De una parte parecia que perseguian á los filosofistas, y de la otra los estimulaban. No permitian á Voltaire que volviese á Paris; pero Voltaire al mismo tiempo estaba inundado de alegría, recibiendo una patente del rey, con la que se le reintegraba la pension, desde 72 doce años suprimida (2). Algunos de los primeros secretarios y ministros le permitian usar de sus nombres y sellos para corresponderse con todos los impíos de Paris, y para los manejos anti-religiosos, de los cuales ellos sabian todos los secretos (3). Esta es aquella parte de la conspiracion anticristiana, cuyas maniobras describe Condorcet con estas palabras: «Muchas veces un gobierno recompensaba con una mano á los filósofos, mientras que con la otra pagaba á sus calumniadores; los desterraba, y se honraba con que la suerte los hubiese hecho nacer en su distrito: los castigaba por sus opiniones, y se habria avergonzado de que se dudase que era de su partido (4)».

Choiseul se entiende con los filósofos.

Esta pérfida inteligencia de los ministros de un rey cristianísimo con los conjurados anticristianos apresuraba los progresos de la secta. En fin, el mas impío y déspota de estos ministros creyó que habia llegado ya el tiempo, en que se podia dar el golpe decisivo para destruir los cuerpos religiosos. Este ministro era el duque de Choiseul. De cuantos protectores ha tenido la impiedad fue este en todo el tiempo de su poder, con quien Voltaire contó mas. Por esto Voltaire, escribiendo á d’Alembert, le decia: «No temais en algun modo que el duque de Choiseul se os oponga; os lo repito, y no os engaño; él tendrá á gran dicha serviros (5)». «Nos hemos visto algo alarmados á causa de ciertos terrores pánicos, decia Voltaire á Marmontel (6); pero nunca temor fue 73 mas infundado. El señor duque de Choiseul y madama Pompadour saben el modo de pensar del Tio y de la Sobrina. Se nos puede enviar cualquiera cosa sin peligro». Tal era la confianza que los sofistas tenian de la proteccion del Duque contra la Sorbona y la Iglesia, que Voltaire en sus arrebatos exclamó: Viva el ministerio de Francia, y viva mas que todos el señor duque de Choiseul (7).

Como hizo decretar la destruccion de los Jesuitas, y porque empezó por ellos.

El ministro Choiseul merecia muy bien esta confianza que de él tenia el patriarca de los conjurados, pues habia adoptado el proyecto de d’Argenson. En este proyecto creyeron los ministros hallar un manantial inagotable de riquezas para el estado. Sin embargo, muchos estaban distantes de buscar la destruccion de la religion por la de los religiosos, y aun pensaron algunos que no podria la nacion desprenderse de todos; y por lo mismo al principio exceptuaron de la proscripcion á los Jesuitas. Pero precisamente por estos queria empezar Choiseul. Su intencion se habia manifestado por una anécdota que sabian los Jesuitas. Les he oido referir, que un dia Choiseul estando en conversacion con tres embajadores, uno de estos le dijo: que si en alguna ocasion llegaba á tener valimiento, que destruiria todos los cuerpos religiosos, exceptuando únicamente á los Jesuitas, porque á lo menos son útiles para la educacion. «Pero yo (respondio Choiseul) á la hora que pueda, solo destruiré los jesuitas; porque suprimida su educacion, los demas cuerpos religiosos caerán por sí mismos». Esta política era profunda; pues es constante que 74 destruyendo en Francia un cuerpo encargado de la mayor parte de los colegios, era obstruir en un instante el manantial de aquella educacion cristiana que proporcionaba á las otras órdenes mayor número de individuos.

A pesar de la excepcion del consejo á favor de los Jesuitas, Choiseul no desesperó de inclinarle á su opinion. Los Jesuitas ya estaban arraigados en Francia, y por lo mismo no se podia esperar que cooperasen á la destruccion de los otros cuerpos religiosos: por el contrario, estaban prontos á representar y sostener los derechos de la iglesia, y á conservar aquellos cuerpos con todo el influjo que tenian en la opinion del público, fuese por sus discursos, ó fuere por sus escritos. Pero por lo mismo le fue fácil á Choiseul hacer entender al consejo, que si este queria aplicar al estado los socorros que deberian provenir de las posesiones religiosas, era preciso empezar por los jesuitas. Aunque he sabido por ellos solos esta anécdota, los resultados la han hecho muy verosimil. Debo añadir que mi objeto no es examinar si los Jesuitas merecieron ó no la suerte que experimentaron, sino manifestar únicamente la mano oculta y los sugetos que, segun la expresion de d’Alembert, habian dado las órdenes conducentes á la destruccion de esta sociedad. La respuesta á esta pregunta: ¿Es verdad que la destruccion de los Jesuitas fue concebida, meditada y dirigida por los conjurados, y mirada como uno de los medios mas eficaces para llegar al término de la destruccion del cristianismo? es lo único que debo averiguar como historiador por lo relativo á esta conspiracion anticristiana. Para esto es necesario saber el fin á que estaban destinados los Jesuitas, y que el concepto que de ellos se tenia entonces los hacia generalmente odiosos á los conjurados; y con toda particularidad es necesario saber de la boca de los mismos conjurados la parte que tuvieron y el interes que tomaron en la destruccion de esta sociedad. 75

¿Que cosa era el cuerpo de los Jesuitas?

Los Jesuitas formaban un cuerpo de veinte mil religiosos repartidos en todos los paises católicos. Estaban especialmente dedicados á la instrucción de la juventud; se ocupaban tambien en la direccion de las almas y en la predicacion. Por un voto particular se obligaron á hacer las funciones de misioneros en cualquiera parte á donde los Papas los enviasen á predicar el Evangelio. Aplicados al estudio, habian producido un gran número de autores, y sobre todo de teólogos, que sin cesar combatian los errores contra la iglesia. En estos últimos tiempos, principalmente en Francia, tenian por enemigos á los Jansenistas, y á los que se llaman filósofos. Su zelo por la iglesia católica era tan notorio y activo, que el rey de Prusia los llamaba: Los guardias de corps del Papa (8).

Parecer de los Obispos sobre los Jesuitas.

La junta del clero compuesta de cincuenta prelados, cardenales, arzobispos y obispos franceses, consultados por Luis XV, cuando se trataba de destruir esta sociedad, respondió expresamente: «Los Jesuitas son muy útiles á nuestras diócesis para la predicacion, para la direccion de las almas, para establecer, conservar y renovar la fe y la piedad por medio de las misiones, congregaciones y ejercicios, que hacer con nuestra aprobacion, y bajo nuestra autoridad. Por estos motivos, Señor, pensamos que prohibirles la instruccion seria causar un notable perjuicio á nuestras diócesis, y que en cuanto á la instruccion de la juventud, seria muy difícil reemplazarlos con la misma utilidad, 76 principalmente en las ciudades de las provincias en donde no hay universidades (9)». Esta era la idea, en general, que tenian los católicos de estos religiosos, y por lo mismo no se debe omitir, para que se vea, que la destruccion de esta sociedad debia naturalmente entrar en el plan que trazaban los conjurados anticristianos.

Tiempo hubo en que la destruccion de esta compañía se atribuyó á los Jansenistas, y es cierto, que estos se mostraban muy empeñados en ella. Pero el duque de Choiseul, y aquella famosa cortesana la marquesa de Pompadour, que entonces reinaban en Francia, bajo el nombre y sombra de Luis XV, no amaban mas á los Jansenistas que á los Jesuitas. El duque y la marquesa cortesana sabian todos los secretos de los conjurados, y los sabian porque eran depositarios del secreto de Voltaire (10), y este, como él mismo se explica, habria querido que á cada Jesuita le hubiesen precipitado en el fondo del mar con un Jansenista al cuello (11). Los Jansenistas pues no fueron sino alanos lanzados y azuzados por Choiseul, la Pompadour y los filosofistas contra los Jesuitas. Pero á Choiseul y á la Pompadour ¿qué les interesaba, ó que mano los empujaba? El ministro de entonces era uno de aquellos hombres, cuya conducta descubria con evidencia su impiedad. La cortesana queria vengarse del Jesuita Sacy, quien rehusaba administrarle los sacramentos, si apartándose de la corte, no reparaba los escándalos de su vida disoluta con Luis XV. Ambos, segun las cartas de Voltaire (12), habian sido siempre grandes protectores de los nuevos sofistas; el ministro, sobre todo favorecia, bajo mano, todos sus manejos, en 77 cuanto las circunstancias lo permitian á su política. He aqui pues el secreto de los conjurados por lo relativo á los Jesuitas. No se necesita mas que oir á los unos despues de los otros para descubrirle.

Leamos en primer lugar lo que d’Alembert escribia á Voltaire, presintiendo su victoria sobre los Jesuitas, y las grandes ventajas, que de su caida, sacaria la conjuracion (13). «Destruid el infame, me repetís sin cesar (que era decir, destruid la religion cristiana). Eh, Dios mio! dejadla, que se desplome spor sí misma; ella corre con mas prisa al precipicio, de lo que pensais. ¿Sabeis lo que dice Astruc? No son los Jansenistas los que matan a los Jesuitas; es la Enciclopedia, voto a tal, es la Enciclopedia. Bien podria ser, y el pícaro de Astruc es como Pasquin, que habla algunas veces con bastante seso. Yo que en este momento lo veo todo de color de rosa, estoy mirando desde aqui á los Jansenistas, que el año que viene tendrán una buena muerte, despues de haber muerto en este año violentamente á los Jesuitas. La tolerancia se establece, los protestantes han sido llamados, los sacerdotes se casan, la confesion queda abolida y el fanatismo (ó el infame) aniquilado, sin que se advierta.» Este es el idioma de los conjurados, que manifiesta la parte que tuvieron en la muerte de los Jesuitas. Esta es la verdadera causa, y estas las esperanzas que tenian. Ellos inspiraron el odio y pronunciaron la sentencia de muerte. Los Jansenistas, despues de haber servido tan bien á los conjurados, perecerán sin remedio. Los Calvinistas, sí que volverán á Francia; pero á su tiempo acabarán. Todo lo que los sofistas llaman fanatismo, toda religion cristiana ha de ser aniquilada, y solo quedarán los de la conjuracion y sus iniciados. 78

D’Alembert no descubria en los parlamentos sino magistrados ciegos, quienes con la destruccion de los Jesuitas, cooperaban sin advertirlo, á las intenciones de los filosofistas. En este sentido escribia á Voltaire (14): «Los Jesuitas ya no tienen los burlones á su favor, desde que estos se han enredado con la filosofía. Al presente estan en guerra con los miembros del Parlamento, que son de parecer que la sociedad de Jesus es contraria á la sociedad humana, así como los Jesuitas creen que el órden del Parlamento no es el órden de los que piensan con rectitud; y la filosofía juzgará que la sociedad de Jesus y el Parlamento tienen razon.» En este mismo sentido, comunicando su modo de pensar á voltaire, dijo (15): «La evacuacion del colegio de Luis el Grande (colegio de Jesuitas de Paris) llama nuestra atencion mucho mas que la de la Martinica. A fe que es este un asunto muy sério, y que las salas del Parlamento no van de burlas. Ellos creen servir á la religion; pero ellos sirven á la razon, sin que se pueda dudar. Ellos son los ejecutores de la alta justicia á favor de la filosofía, de la cual reciben las órdenes sin que lo sepan.» Embelesado con esta idea, cuando descubrió el momento en que las órdenes contra la Enciclopedia iban á ejecutarse, manifestó abiertamente los motivos de su venganza; acudió hasta al mismo Dios cuya existencia no creia, paraque no se le escapase la presa de las garras. «La filosofía, dice (16), parece que llega al momento en que se vengará de los Jesuitas. Pero, ¿y quien la vengará de los otros fanáticos? Roguemos á Dios, querido cofrade, paraque la razon, en nuestros 79 dias, alcance este triunfo.» Llegó el dia de este triunfo, y d’Alembert lo anunció como objeto el mas deseado. «En fin, exclamó (17), dia seis del mes que viene nos veremos libres de la canalla jesuítica: ¿pero la razon lo pasará mejor, y el infame lo pasarán peor?»

De este modo la abolicion de la religion cristiana, significada siempre por la sacrílega fórmula y bajo la expresion del infame, en el idioma de los conjurados, anda siempre unida á los deseos y al gozo que sienten en la destruccion de los Jesuitas. D’Alembert estaba tan persuadido de la importancia de su triunfo sobre esta sociedad, que, temiendo en cierta ocasion (como se lo habian dicho) que Voltaire se manifestase agradecido á los Jesuitas, que habian sido sus primeros maestros, se apresuró á escribirle (18): «Sabeis lo que dijeron ayer? que los Jesuitas os causaban lástima, y que estais casi tentado á escribir en su favor, si aun fuese posible se tome interés por unas gentes que habeis ridiculizado tanto. Creedme: nada de flaqueza humana; permitid que la canalla jansenista nos deshaga de la canalla jesuítica, y no impidais que estas arañas se devoren las unas á las otras.»

Declaracion de Voltaire.

Nada habia menos fundado que este temor de la flaqueza de Voltaire. Es verdad que él no componia las acusaciones de los fiscales del parlamento, como se decia haberlo hecho d’Alembert con Mr. de la Chalotais, el mas astuto y maligno de cuantos se dejaron ver contra los Jesuitas; pero Voltaire no trabajaba con menos eficacia en su perdicion. Él componia y hacia circular 80 memorias contra ellos (19). Si entre los grandes conocia á algunos protectores de los Jesuitas, hacia cuanto podia para volverlos contra ellos. De este modo, por ejemplo, escribió al Duque de Richelieu (20): «Señor me han dicho que habeis favorecido á los Jesuitas en Burdeos. Procurad quitar todo el crédito á los Jesuitas.» Asi no tuvo empacho de reconvenir al Rey de Prusia, porque este habia ofrecido un asilo á estas desgraciadas víctimas de la conspiracion (21). Su corazon tan lleno de ódio como el de d’Alembert manifestaba con las injurias mas groseras todo su gozo, cuando tenia noticia de sus desgracias; y por sus cartas se descubre con que sectarios le comunicaba y partia, cuando escribió al Marqués de Villevielle (22): «Me regocijo con mi bravo caballero sobre la expulsion de los Jesuitas. El Japon ha sido el primero en sacar á estos bribones de Loyola. Los Chinos han imitado al Japon. Francia y España imitan á los Chinos. ¡Pudiésemos exterminar á todos los frailes, que no valen mas que estos pícaros de Loyola! Si se dejase subsistir á la Sorbona, llegaria á ser peor que los Jesuitas. Estamos rodeados de monstruos. Abrazamos á nuestro digno caballero y le exortamos á que oculte su marcha al enemigo.»

¡Que ejemplos cita aqui el filósofo de Ferney! El del Japon, es decir, el de su feroz Taicofama, que no sacó, ó no sacrificó á los misioneros Jesuitas, sin derramar en su imperio la sangre de miles de mártires para acabar con el cristianismo (23). El de la China, sin duda, mas moderado; pero en donde la persecucion contra los mismos 81 misioneros ha sido siempre, ó precedida ó seguida de la prohibicion de predicar el Evangelio. El hombre que se apoya sobre tales autoridades, ¿no es evidente que ha formado la misma resolucion? Merece notarse que Voltaire no se atreve aqui á citar el ejemplo de Portugal, ó del tirano Carvalho. La verdadera causa de este silencio es, que el mismo Voltaire, con toda la Europa, se veia obligado á convenir en que la conducta de este ministro, por lo relativo á Malagrida, y á la imaginaria conspiracion de los Jesuitas en Portugal, era el exceso de lo ridículo unido al exceso del horror (24). He visto personas instruidas, que piensan que la persecucion que se movió en Portugal contra los Jesuitas, tenia relacion con la conspiracion filosófica, y que no era mas que el primer ensayo de lo que la secta podria intentar contra ellos en otras partes. Esto muy bien puede ser; la política é influjo de Choiseul, el caracter de Carvalho son bastante conocidos para no oponerse á este modo de pensar; pero no tengo pruebas sobre la inteligencia secreta de estos ministros. Por otra parte la ferocidad y perversidad de Carvalho se han manifestado tanto, hizo morir y tuvo en un largo y cruel cautiverio tantas víctimas que se han declarado inocentes por el decreto del 8 de Abril de 1771, que no tenia necesidad sino de sí mismo para todos los crímenes y tirania que componen el tejido de su abominable ministerio. (Véanse las memorias y anécdotas de M. de Pombal, y los discursos sobre la historia, por el conde de Albon).

Conviene tambien se observe que habiendo los sofistas conjurados, y sobre todos Damilaville, hecho lo posible para atribuir á los Jesuitas el asesinato de Luis XV, Voltaire respondió: «Hermanos, debiais haber observado que en nada he reparado mientras sea contra los 82 Jesuitas; pero yo sublevaria toda la posteridad á su favor, si se les acusase de un delito del cual los ha justificado la Europa y Damiens… Yo no seria mas que un vil eco de los Jansenistas si hablase de otra manera (25)». A pesar de esta diferencia de pareceres en las acusaciones contra los Jesuitas, d’Alembert, bien asegurado de que Voltaire no estaba menos empeñado que él en esta guerra, le envió su pretendida historia de estos religiosos; obra sobre la cual es necesario oir sus propias expresiones, para descubrir el arte con que la atroz hipocresía se habia dedicado al grande objeto de la conspiracion. «Recomiendo este libro á vuestra proteccion (escribia á Voltaire); pues creo que en efecto podrá ser útil á la causa comun, y que la supersticion, con todas las reverencias que aparentemente le hago, no lo pasará mejor. Si me hallase como vos, bastante lejos de Paris para darle buenos palos, aseguro que los daria de todo mi corazon, con toda mi alma y con todas mis fuerzas, del mismo modo que se pretende que se ha de amar á Dios; pero mi situacion no me permite darle mas que algunas papirotadas, pidiéndole al mismo tiempo perdon de mi gran libertad; y me parece que no lo he hecho mal (26)». No es únicamente la bajeza de las expresiones lo que irrita en esta correspondencia; es principalmente la grandísima hipocresía, traicion y artificio con que proceden, y que mutuamente se comunican estos pretendidos filósofos. Ello es cierto que si los artificios y astucias mas abominables y cobardes son los grandes medios de los conjurados, con dificultad se hallarán ejemplos mas odiosos, ni declaraciones mas evidentes que estas. 83

Conducta extraña y declaracion de Federico.

Federico en esta guerra antijesuítica se portó de tal modo, que nadie, sino él mismo, lo puede declarar. Veia que los Jesuitas eran los guardias de corps del Papa, los granaderos de la religion, y como á tales los aborrecia, y cooperaba á su destruccion. Se unia á los conjurados para que estos triunfasen; pero tambien descubria en esta misma sociedad un cuerpo muy útil y aun necesario á sus estados, y como tales los conservó algunos años, resistiendo á las solicitudes de Voltaire y de todo el filosofismo; y aun se podria decir que los queria y amaba cuando contestó á Voltaire en estos términos (27): «En cuanto á mí no tengo motivo para quejarme de Ganganelli; él me deja mis queridos Jesuitas, perseguidos en todas partes. Yo los conservaré para dar semilla á los que quieran cultivar en sus tierras esta planta tan rara». El mismo Federico se dignó entrar en pormenores de mas expresion con Voltaire, como para justificarse de la resistencia que oponia á los proyectos y solicitudes de los conjurados. «He conservado, decia Federico (28), este órden bueno ó malo, tan herege como soy, y aun incrédulo. Y estos son los motivos: en nuestros paises no se halla algun literato católico sino entre los Jesuitas. No teníamos persona capaz para enseñar los cursos. ni teníamos Padres del oratorio, ni de las escuelas pias. Era pues necesario, ó conservar los Jesuitas, ó permitir que pereciesen todas las escuelas. Debia pues subsistir este órden, para proveer de profesores, á proporcion que se disminuyan los Jesuitas. Ellos pueden subsistir con los productos 84 de su fundacion; pero estos mismos productos no bastarian para dotar profesores laicos. Á mas de esto, en la universidad de los Jesuitas es donde se instruyen los teólogos para los curatos. Si se hubiese suprimido este órden, no habria subsistido la universidad, y nos habríamos visto precisados á enviar los Silesianos á estudiar su teología en Boemia, lo que habria sido contrario á los principios fundamentales del gobierno».

De este modo manifestaba Federico su modo de pensar, cuando hablaba como rey, y cuando creia poder exponer las razones políticas de su conducta; y bien se deja ver que habia escogido muy bien los motivos que le obligaban á desistir, en este particular, del objeto de los conjurados: pero ya se ha dicho que en Federico habia dos hombres; habia en él un hombre que era rey, y que por lo mismo se creia obligado á conservar los Jesuitas; habia en él otro hombre que era sofista, y como tal conspiraba con Voltaire y demas conjurados á la destruccion de un órden, del cual, en su concepto, dependia la religion. En esta calidad de impío se explicaba Federico con mas libertad con sus aliados. Federico se daba el parabien, lo mismo que d’Alembert, contemplando en la abolicion de los Jesuitas un presagio, para él seguro, para él seguro, de la destruccion de todo el cristianismo. En tono de zumba la mas insultante escribió (29): «¡Que siglo tan desgraciado para la corte de Roma! La tacan abiertamente en Polonia; Francia y Portugal han expelido sus guardias de corps; parece que se hará otro tanto en España. Los filósofos socaban abiertamente los fundamentos del trono apostólico: se burlan del libro del mago (el Evangelio); difaman al autor de la secta; se predica la tolerancia; todo está perdido. Es necesario un milagro para salvar la iglesia; la infeliz 85 está herida de un ataque de apoplexia. Y vos, Voltaire, tendréis el consuelo de enterrarla y hacer su epitafio, como en otra ocasion lo hicisteis para la Sorbona».

Cuando Federico vió cumplido cuanto habia previsto de los Españoles, no pudo contener su alegría. «He aqui una nueva ventaja, decia á Voltaire (30), que habemos logrado en España. Los Jesuitas han sido expelidos de aquel reino. Aun hay mas: las cortes de Versalles, Viena y Madrid han pedido al Papa la supresion de un gran número de conventos. Se dice que el Santo Padre se verá precisado á consentir, aunque rabiando: ¡cruel revolucion! ¡Que no ha de esperar el siglo que seguirá al nuestro! La segur está á la raiz del árbol. De una parte los filósofos se levantan contra los abusos de una supersticion reverenciada; de otra parte los abusos de la disipacion, precisan á los príncipes á apoderarse de los bienes de los regulares, que son los apoyos y trompetas del fanatismo. Este edificio, zapado en sus fundamentos, va á desplomarse, y las naciones publicaran en sus anales, que _Voltaire fue el promotor de esta revolucion que se hizo en el espíritu humano en el siglo diez y nueve».

Declaraciones nuevas de Voltaire y de d’Alembert.

Combatido Federico por mucho tiempo de la diversidad de estas opiniones, ya como sofista, ya como rey, aun no cedia á las instancias de los conjurados. Las de d’Alembert, en particular, eran vivas y frecuentes. De ningun modo se puede formar juicio de lo importante que le parecia el éxito, sino atendiendo á sus propias 86 palabras. «Mi respetable patriarca, escribia á Voltaire (31), no me acuseis de que no sirvo á la buena causa; tal vez ninguno le hace tan buenos servicios como yo. ¿Sabeis en que estoy ahora ocupado? En hacer sacar de Silesia la canalla jesuítica, de la que tiene muchas ganas de deshacerse vuestro antiguo discipulo, atendiendo á las traiciones y perfidias, que como me ha dicho, ha experimentado en esta última guerra. No escribo carta á Berlin, en la que no diga que los filósofos de Francia se admiran de que el rey de los filósofos, el protector ilustrado de la filosofía, tarde tanto en imitar á los reyes de Francia y de Portugal. Estas cartas se leen al rey, y como es tan sensible á lo que los verdaderos creyentes piensan de él, como lo sabeis, esta semilla producirá sin duda su fruto, mediante la gracia de Dios, que, como dice la escritura, cierra y abre el corazon de los reyes como una llave de fuente». Mucho me cuesta trasladar estas soezes bufonadas, con que d’Alembert reviste la perversidad de su conspiracion, y la sangre fria con que procede en sus maquinaciones clandestinas contra una sociedad cuyo único crímen, por lo relativo al mismo d’Alembert, no es otro que no pensar como él en materia de religion. Quiero evitar á mis lectores la molestia que les causarian otras expresiones de este jaez, y aun mas indecentes. Ha sido preciso que á lo menos alguna vez se descubran estos grandes hombres al natural, para que se vea cuan pequeños son, y cuan viles y despreciables, á pesar de su altivez y orgullo. Sin embargo, á despecho de todas las instancias, Federico, contra las esperanzas de d’Alembert, conservaba sus queridos Jesuitas quince años despues. Esta expresion de Federico por una parte, y por otra el haberse 87 dejado al fin vencer de las intrigas, callando absolutamente las traiciones, de que se acusaba á estos religiosos, prueban lo bastante que no era mas difícil á d’Alembert apoyarse sobre calumnias de imaginarios agenos testimonios, que calumniar él por sí mismo; porque, como él mismo dice (32), «Federico no era un hombre: que pudiese tener reservados en su corazon real los motivos de queja que hubiese tenido contra ellos,» como se habia hecho en España, cuya conducta pareció sobre este particular tan reprensible, aun á los mismos conjurados (33).

Inquietud de los conjurados sobre la vuelta de los Jesuitas.

Sea lo que fuere, no les bastó haber logrado de tantos reyes la expulsion de los Jesuitas; se necesitaba aun algo mas, y habiendo tenido sus conciliábulos, salieron de sus cavernas los desaforados gritos con que se pidió á Roma la extincion total de la Compañía. Voltaire consideraba que esta extincion era de tanta importancia, que hasta que se logró fue el único objeto de sus ocupaciones. Y se logró… La Francia descubrió entonces la profunda herida que la falta de los Jesuitas habia hecho á la pública educacion. Algunas personas poderosas, sin manifestar que querian hacer un movimiento retrógrado, se empeñaron en remediar el daño, creando una nueva sociedad cuyo único objeto fuese la educacion de la juventud, á la que se debian admitir con preferencia los Ex-Jesuitas, como mas ejercitados en este servicio público. Á la primera noticia de este proyecto se sobresalta d’Alembert, y le parece que está viendo á los Jesuitas resucitados. Escribe y vuelve á escribir á Voltaire, 88 dándole hasta el tema para proceder contra el nuevo plan de educacion. Quiere, con toda particularid, que se insista en manifestar el peligro á que se expone el estado, el rey y el duque de Aiguillon, bajo cuyo ministerio se habia consumado la grande obra de la destruccion de los Jesuitas. Todavía mas; es preciso insistir tambien, dice, en manifestar el inconveniente que resultaria de fiar la juventud para su instruccion á una comunidad de sacerdotes, cualquiera que sea. Que se represente que los eclesiásticos son ultra-montanos y anti-ciudadanos por principios. Bertrand (d’Alembert) concluye con decir á Raton (Voltaire): Esta castaña pide un fuego encubierto y una pata tan diestra como la de Raton, y con esto beso sus queridas patas (34).

Voltaire, tan sobresaltado como d’Alembert, emprende la obra, y pide nuevas instrucciones. Medita que giro podrá dar á este negocio. Le parece sobradamente serio para colocarle en la esfera de lo ridículo. D’Alembert vuelve á la carga, y mientras que Voltaire escribe desde Ferney contra el proyecto, los conjurados no omiten diligencia, ni en Paris, ni en la Corte. Los ministros se corrompen de nuevo; el plan se desecha; la juventud queda sin maestros, y Voltaire puede escribir á d’Alembert: Querido amigo, no sé lo que me sucederá; pero entretanto disfrutemos del placer de haber visto expeler á los Jesuitas. (35).» Este placer se ve aguado de nuevo con falsas noticias, y d’Alembert se asusta. «Se asegura, escribe á Voltaire (36), que la canalla jesuítica va á restablecerse en Portugal á excepcion del hábito. Esta nueva reina me parece que es una supersticiosa magestad. Si el rey de España llega á morir, 89 no puedo prometer que este reino no imite al Portugal. La razon está perdida, si el ejército enemigo gana la batalla.»

A fin de demostrar el empeño de los conjurados en la destruccion de los Jesuitas, que miraban como esencial cuando formaron el proyecto de aniquilar al imaginario infame, prometí valerme de los mismos archivos y confesion de los impíos conjurados. Creo que he cumplido mi palabra, y aunque omito otras muchas cartas que podian aumentar la demostracion, no me parece deba omitir del todo la que escribió Voltaire quince años despues de la expulsion de los Jesuitas de Francia, gloriándose de que por medio de la corte de Petersburgo haria expeler á los mismos de la China, alegando por único motivo, que los Jesuitas que el emperador de la China habia tenido la bondad de conservar en Pekin, son mas convertidores que matemáticos (37). Si los sofistas hubiesen manifestado menos interés y actividad en la expulsion de esta sociedad religiosa, yo habria insistido menos en su demostracion.

Error de los conjurados sobre esta destruccion.

Creo debo advertir que esta guerra de los sofistas contra los Jesuitas provenia de una idea, no solo falsa, sino tambien injuriosa á la religion. Los conjurados se persuadian que la iglesia cristiana es obra de hombres; y por lo mismo la mayor parte de ellos creia que expelidos los Jesuitas, se socababan los fundamentos de la iglesia, y que por precision esta se habia de desplomar. Pero si el infierno en alguna ocasion puede extender su imperio, no puede este prevalecer contra la iglesia. El poder y los manejos de los ministros en 90 Francia, los de Choiseul y de la Pompadour, ligados con Voltaire, los de un Aranda en España, amigo público de d’Alembert y de todos los impíos, los de un Carvalho, el feroz perseguidor de los hombres de bien en Portugal, los de tantos otros ministros coligados con la impiedad, mas que con la política, pudieron amenazar al Papa con un cisma universal si no extinguia esta compañía. Estas amenazas pudieron contribuir á arrancar a Ganganeli el decreto de extincion de una sociedad que tantos otros Papas habian mirado con el mas alto aprecio; pero sabia este Sumo Pontífice, y lo saben todos los cristianos, que el Evangelio no está fundado sobre los Jesuitas, sino sobre las promesas de su divino autor Jesucristo; que esta religion indefectible habia existido por el tiempo de mas de catorce siglos, antes de los Jesuitas, y que puede existir sin los Jesuitas hasta la consumacion de los siglos. No hay duda que este cuerpo compuesto de veinte mil religiosos repartidos en el cristianismo, aplicados á la educacion de la juventud, al estudio de las humanidades y ciencias religiosas, era de grande utilidad á la iglesia y á los estados; pero los mismos impíos conjurados no tardaron en convencerse de que la religion tenia otros recursos para subsistir. Habian hecho sobrado honor á los Jesuitas encarnizándose de tal modo, como si habiéndolos destruido hubiese habido de quedar destruida la Religion; pero se desengañaron y conocieron que era preciso emprender una nueva guerra de exterminio para acabar con los demás cuerpos religiosos. 91


1 Correspondencia general, carta del 8 Octubre de 1743.

2 Carta á Damilaville del 9 de Enero de 1762.

3 Carta á Marmontel del 13 Agosto de 1760.

4 Esquise d’un tableau historique, par Condorcet, 9. Époque.

5 Carta 68 del año 1760.

6 Carta á Marmontel del 13 Agosto de 1760.

7 Carta del 2 Setiembre de 1767.

8 Carta 154 á Voltaire.

9 Avis des Évéques an. 1761.

10 Carta de Voltaire á Marmontel del 13 Agosto de 1760.

11 Carta á Chabanon.

12 Carta á Marmontel del 21 Agosto de 1767.

13 Carta 100.

14 Carta 98 del año 1761.

15 Carta 200.

16 Carta 90 del año 1761.

17 Carta 102.

18 Carta del 15 Setiembre de 1762.

19 Carta al marques d’Argens de Dirac, del 26 Febrero de 1762.

20 Carta del 27 Noviembre de 1761.

21 Carta del 5 Noviembre de 1773.

22 Carta del 27 Abril de 1767.

23 Historia del Japon por Charlevoix.

24 Siglo de Luis XV. Cap. 33

25 Carta á Damilaville, del 2 Marzo de 1763.

26 Carta del 3 Enero de 1765.

27 Carta del 7 Julio de 1770.

28 Carta del 8 Noviembre de 1777.

29 Carta 154 del año 1767.

30 Carta del 5 Mayo de 1767.

31 Carta del 15 Diciembre de 1763.

32 Carta del 24 Julio de 1767.

33 Carta de d’Alembert á Voltaire, del 4 Mayo de 1767.

34 Véanse sus cartas del 26 Febrero, 5 y 22 Marzo de 1774.

35 Carta del 27 Abril de 1771.

36 Carta del 23 de Junio de 1777.

37 Carta del 8 Diciembre de 1776.