Primer medio de los conjurados, la Enciclopedia

Imagen de javcus


(Capítulo cuarto del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

La Enciclopedia. — Proyecto de la Enciclopedia. — Objeto supuesto de la Enciclopedia. — Objeto secreto de la Enciclopedia. — Medios y artificios de la Enciclopedia. — Pruebas de hecho. — Artificios de la Enciclopedia sobre el artículo Dios. — Sobre el artículo Alma. — Sobre el artículo Libertad. — Pruebas de la intencion. — Obstáculos que se opusieron á la Enciclopedia. — Cooperadores de la Enciclopedia. — Juicio que de la Enciclopedia formó Diderot.

La Enciclopedia.

Para aniquilar el infame, en el sentido de Voltaire, y para llegar á la ejecucion de destruir los altares y culto del Dios que predicaron los apóstoles, era indispensable mudar ú oprimir la opinion pública y la fe de los pueblos que con el nombre de cristianos cubren la superficie de la tierra. Cuando se formó la coalicion anticristiana no era posible ejecutar el proyecto á viva fuerza; era preciso precediese una revolucion ó trastorno en las ideas religiosas, con tal órden y progresion que llegase al estado en que las hallaron los legisladores jacobinos. Era necesario que la incredulidad contase con tal número de iniciados, que mandase en las cortes, en los senados, en los ejércitos, y en las diversas clases de los pueblos. Para llegar á esta corrupcion é impiedad, se suponian tantos años, que Voltaire y Federico no se atrevieron á prometerse el gozo y complacencia de presenciarlas (1). Ya se ve pues que las deliberaciones de estos conjurados, en aquella época, no tenian cotejo con las de los conquistadores Carmañoles; y por lo mismo no debo hablar aqui de guillotinas, de requisiciones á viva fuerza y de batallas que se dieron despues para derribar los altares del cristianismo. Los primeros medios de los sofistas debian ser menos tumultuosos, mas sordos, subterráneos y lentos, pero que con toda su lentitud no fuesen menos insidiosos y eficaces. Era necesario que la opinion pública muriese de cierta gangrena antes que las segures hiciesen astillas de los altares. Esto es lo que Federico aconsejaba á Voltaire: minar á la sordina y sin estrépito el edificio, y asi se desplomaria por si mismo. (2). D’Alembert aun lo previó mejor: pues, viendo que Voltaire se apresuraba, le escribió, que si el género humano se ilustraba, era porque se tomaba la precaucion de ilustrarle poco á poco (3).

Proyecto de la Enciclopedia.

La necesidad de esta precaucion inspiró á d’Alembert el proyecto de la Enciclopedia, como que seria el gran medio de ilustrar poco á poco el género humano y destrozar el infame. D’Alembert concibió el proyecto, Diderot lo adoptó con entusiasmo, y Voltaire le sostuvo con tanto teson, que si no hubiese sido por él, d’Alembert y Diderot le habrian abandonado.

Objeto supuesto de la Enciclopedia.

Para comprender cuanto interesaba al designio del gefe y sus cómplices el éxito de la empresa de los conjurados sobre la publicacion de este famoso diccionario, es preciso saber el plan sobre que lo formaron, y como su ejecucion debia, segun sus cálculos, ser el principal y mas infalible medio para alterar poco á poco la opinion pública, insinuar todos los principios de la incredulidad, y trastornar sucesivamente todos los del cristianismo. Desde el principio se anunció la Enciclopedia como que debia ser una compilacion y un tesoro el mas completo de todos los conocimientos humanos. Religion, Teología, Física, Historia, Geografia, Astronomía, Comercio, cuanto puede ser objeto de una ciencia; Poesía, Elocuencia, Gramática, Pintura, Arquitectura, Manufacturas, todo lo que es objeto de las artes útiles y agradables; en una palabra, todo, hasta las instrucciones y maniobras de las artes mecánicas, debia hallarse reunido en aquella obra. Debia ella equivaler á las mas copiosas bibliotecas y suplir por todas. Ella debia ser el resultado de los desvelos y estudios de una sociedad de hombres escogidos entre cuantos contenia la Francia de mas célebres en cada facultad. El prospecto con que la anunció d’Alembert estaba formado con tal arte, le habia pesado y meditado tan bien, habia enlazado las ciencias y eslabonado los progresos del espíritu humano con tanto primor, supo con tal finura apropiarse la filiacion de las ideas que analizaron Chambers y el canciller Bacon, y revestirse este grajo plagiario de las relucientes plumas de aquellos pavos, que el prospecto de la Enciclopedia se miró como una obra maestra, y su autor como un hombre el mas digno del mundo de figurar en la portada de una obra tan estupenda.

Objeto secreto de la Enciclopedia.

Pero fue promesa de impíos; promesa que no estaban en ánimo de cumplir. La intencion era, y tambien la ejecucion fue, hacer de la Enciclopedia un depósito ó una asquerosa sentina de todos los errores, sofismas y calumnias que desde la primera escuela de la impiedad se habian inventado y escrito contra la religion, hasta el momento en que se formó esta enorme compilacion; pero colocados con tal arte y ocultando tanto el veneno, que se insinuase este insensiblemente en el espíritu de los lectores, sin poderlo casi percibir. Para abusar de la credulidad de los lectores, nunca se debia descubrir el error; este debia ocultarse con mucho artificio en los artículos en que se pudiese presumir que se hallaria. Debia la religion aparecer respetada y aun defendida en las discusiones que la miran mas directamente. Algunas veces las objeciones debian refutarse de tal modo como si la intencion fuese desvanecerlas; pero en la realidad se habian de presentar con su mayor malignidad, aunque con la apariencia de combatirlas. Aun hay algo mas; los autores que debian auxiliar a d’Alembert y Diderot en esta inmensa compilacion, no todos eran sospechosos en materia de religion. La probidad de algunos, como, por ejemplo, de M. de Jancour (sabio que ha atestado la Enciclopedia de artículos), era tan notoria, que parecia debia servir de garante contra las asechanzas de la astucia y perfidia. En fin se prometió que teólogos conocidos por su sabiduría y ortodoxía discutirian los objetos religiosos. Todo esto podia ser verdad sin dejar por esto la Enciclopedia de ser menos pérfida y seductora, pues aun quedaban á d’Alembert y Diderot tres recursos para llenar el objeto de la conspiracion anticristiana.

Medios y artificios de la Enciclopedia.

El primer recurso consistió en el arte de insinuar el error y la impiedad en aquellos artículos en donde menos se podia buscar y esperar, como en las partes de la historia, de la física, química y geografía, que se creia poderse leer con menos peligro. El segundo consistió en el arte de remitir al lector á otro artículo, para que se acabe de instruir. Este arte tan precioso es, en la Enciclopedia, al fin de los artículos religiosos, el arte de seducir, pues envia los lectores á artículos impíos. Algunas veces el mismo mote de la remision ya es una sátira ó zumba; y para esto bastaba poner al fin de un artículo religioso este mote: Véase el artículo Preocupacion, ó bien véase Supersticion, véase Fanatismo. En fin si el sofista temía que esta astucia no bastase, podia alterar las discusiones y artículos de un cooperador honrado y religioso, y podia añadir á los mismos artículos alguna refutacion bajo el aspecto de prueba. Para decirlo en compendio, el velo debia ser bastante transparente para que se descubriese la impiedad, y no lo habia de ser tanto, que no diese lugará excusas y efugios.

Este era principalmente el arte del sofista zorro d’Alembert. Á Diderot, mas atrevido, se le permitia desplegar toda su impiedad; pero cuando á sangre fria se reflexionaban sus artículos y parecia conveniente retocarlos, á él mismo se le daba el encargo, y cumplia añadiendo alguna restriccion aparente á favor de la religion, que consistia en algunas expresiones de respeto que no disminuian la impiedad. Pero si Diderot se resistia, entonces corria á cuenta de d’Alembert hacerla como revisor general. En los primeros tomos de la Enciclopedia se debian tratar las materias con prudencia y miramiento para no alborotal al clero y á los que los conjurados llaman hombres preocupados. Á proporcion que se adelantase la impresion, debia crecer el atrevimiento, y si las circunstancias no permitian publicar con claridad las opiniones, quedaba el recurso de los suplementos, ó el de nuevas ediciones hechas en paises extrangeros, menos costosas para que se hiciesen mas comunes, con lo que se comunicase el veneno á toda clase de personas, aun á las menos acomodadas. La Enciclopedia, á fuerza de alabanzas y recomendacion de parte de los iniciados, debia colocarse en todas las bibliotecas, y con esta sola diligencia la república literaria debia transformarse en república anticristiana. Este era el proyecto de los Enciclopedistas impíos. No podian concebirlo mejor para llegar al término de la conjuracion, y era casi imposible ejecutarlo con mayor exactitud. La historia suministra pruebas de hecho y pruebas de intencion que lo demuestran.

Pruebas de hecho.

En cuanto á las pruebas de hecho, basta pasar la vista por varios artículos de la Enciclopedia y cotejar cuanto se dice con precision en órden á los principales dogmas del cristianismo y aun de la religion natural, cotejar, digo, estos artículos con aquellos á los cuales los sofistas envian los lectores. Se verá que se trata de la existencia de Dios, de la espiritualidad del alma y de la libertad, con poca diferencia del mismo modo que tratan de estos asuntos los filósofos religiosos; pero el lector cuando lea los artículos Demostracion, Corrupcion, á los que le remiten d’Alembert y Diderot, verá que desaparece cuanto se habia sentado ó establecido en los artículos religiosos. Para destruir la doctrina religiosa, los dos sofistas remiten el lector á artículos escépticos, espinosistas, fatalistas y materialistas.

Artificios de la Enciclopedia sobre el artículo Dios.

Que se lea el artículo Dieu (Dios) en la Enciclopedia de la edicion de Ginebra, y se hallarán en él ideas muy sanas, y la demostracion directa física y metafísica de su existencia. Habria sido muy ageno de este artículo manifestar la menor duda ó inclinacion al ateismo, espinosismo ó epicureismo; pero al fin de este artículo, ve el lector que lo remiten al artículo Démonstration (Demostracion), y en este desaparece cuanto le parecia incontrastable en la demostracion física y metafísica de la existencia de Dios. En este artículo, dicen al lector que todas las demostraciones directas suponen la idea del infinito, y que esta idea no es muy clara, sea para los físicos, sea para los metafísicos. Con esta sola cláusula queda destruido todo lo que en órden á demostraciones se habia sentado en el artículo Dios. Alli mismo dicen que un solo insecto prueba con mas evidencia a un filósofo la existencia de Dios, que todas las pruebas metafísicas; pero, pasando el lector al artículo Corruption (Corrupcion) al que le remiten, lee: Es preciso abstenerse de asegurar de un modo positivo que la corrupcion nunca pueda engendrar cuerpos vivientes;… que esta produccion de cuerpos animados por la corrupcion, parece que está apoyada sobre las experiencias cotidianas; y estas imaginarias experiencias cotidianas sobre la generacion de los insectos, son precisamente el grande argumento de los ateos, pues que de ellas infieren que no hay necesidad de Dios para la creacion de los hombres y animales. Seducido ya el lector, y preocupado de que las pruebas de la existencia de Dios no son demostraciones, pasa á los artículos Enciclopédie, Epicuréisme (Enciclopedia, Epicureismo) á los cuales le han remitido; y en el primero lee: No hay algun ser en la naturaleza al que se le pueda dar el nombre de primero ó último; y una máquina infinita en todo sentido ocupará el lugar de la divinidad; y en el segundo, ve que el átomo es Dios. Este átomo es la primera causa de todo; por él existe todo lo que existe, y tiene ser todo lo que tiene ser; es activo; es sencialmente por sí mismo; solo él es inalterable, eterno, inmutable. Con esto el lector, en lugar del Dios del Evangelio, solo puede escoger entre el Dios de Espinosa y el de Epicuro.

Sobre el artículo Alma.

Del mismo artificio seductor usan hablando del Alma. Cuando los sofistas conjurados tratan directamente de su esencia, proponen las pruebas ordinarias de su espiritualidad é inmortalidad; y añaden que no se puede suponer que el alma sea material, ó reducir las bestias á la cualidad de máquinas, sin exponerse á hacer del hombre un autómata. (Art. Bète. Bestia). Dicen despues que si las determinaciones del hombre, y aun sus oscilaciones se derivan de algun principio material que sea exterior á su alma, no habrá bien ni mal, justo ni injusto, ni obligacion de derecho. (Art. Droit naturel. Derecho natural). Toda esta doctrina desaparece (Art. Loke), cuando en tono de pregunta, dicen: ¿Que importa que la materia piense ó no piense? ¿que tiene que ver esto con la justicia é injusticia, con la inmortalidad y demas verdades del sistema, sea político, sea religioso? He aqui al lector, que, en su cualidad de ser pensador, no hallando ya mas las pruebas de un ser espiritual, no sabe si debe considerarse que solo es materia; pero para sacarle de esta perplejidad, le dicen (art. Animal), el ser viviente y animado no es mas que una propiedad física de la materia. Temiendo que el lector no se resienta al verse tan humillado, como ser semejante á la planta y al animal, le enseñarán á que no se avergüenze, asegurándole que la sola diferencia que hay entre ciertos vegetales y animales como nosotros, consiste en que aquellos duermen, y nosotros velamos; que nosotros somos animales que sentimos, y aquellos son animales que no sienten (art. Enciclopedia y Animal); ó bien le dirán, que la diferencia entre una teja y el hombre consiste en que la teja siempre cae, y el hombre no cae de la misma manera (art. Animal); y el lector, recorriendo de buena fe estos diversos artículos, se hallará al fin de ellos el mas perfecto materialista.

Sobre el artículo Libertad.

Aun se valen de las mismas astucias y artificios hablando de la Libertad. Cuando tratan directamente de esta facultad del alma, permiten que sus apologistas digan: «Quitad la libertad, y toda la naturaleza humana quedará trastornada, y ya no habrá algun órden en la sociedad….. Las recompensas son ridículas, los castigos injustos….. La ruina de la libertad trastorna consigo todo órden, toda policía, y autoriza toda infamia por monstruosa que sea….. Una doctrina tan monstruosa no debe examinarse en las escuelas; los magistrados la deben castigar». ¡O libertad! exclaman ellos mismos, ¡ó libertad, don del cielo! ¡Libertad de hacer y de pensar! Tú sola eres capaz de obrar grandes cosas. Asi exclaman (Art. Autorité (Autoridad) y en el Discurso preliminar.) Pero en otra parte toda esta libertad de pensar y obrar no es otra cosa que un poder sin ejercicio, y que no puede conocerse por el ejercicio. (Art. Fortuit. Casual). Mas adelante, Diderot, aparentando que sostiene la libertad, dice que todo este encadenamiento de causas y efectos que han imaginado los filósofos para formarse ideas representativas del mecanismo del universo, no tienen mas realidad que los Tritones y Nayadas. (Art. Evidence. Evidencia). Á pesar de esto, cuando d’Alembert y Diderot hablan de este encadenamiento, ya son de otro parecer. D’Alembert (Art. Fortuit. Casual) dice, que aunque este encadenamiento sea muchas veces imperceptible, no es menos real; que todo lo ata en la naturaleza; que de él dependen todos los acontecimientos, como todas las ruedas de un relox dependen las unas de las otras; que despues del primer instante de nuestra existencia, en ninguna manera somos dueños de nuestros movimientos; que si mil mundos existiesen á un mismo tiempo, todos semejantes á este y gobernados por las mismas leyes, en todos sucederia absolutamente lo mismo; que los hombres, en virtud de estas mismas leyes, harian al mismo tiempo las mismas acciones en cada uno de los mundos. Con esto se descubre que es imaginaria toda la libertad de que pueda usar el hombre en este mundo, pues en manera alguna la puede ejercitar. Diderot, que en el art. Evidencia tenia por fingido este encadenamiento como los Tritones y Nayadas, cuando vuelva á hablar de él en el art. Fatalité (Fatalidad), prueba con mucha extension la existencia de aquel encademaniento, y dice que no se puede disputar ni en el mundo físico, ni en el mundo moral é inteligible. Ella ya se ve que Diderot, tanto si niega como si sostiene el encadenamiento de las causas y efectos, niega aquel don del cielo, la libertad de pensar y hacer; niega lo justo é injusto y la obligacion y el derecho; pero tambien es verdad que es muy contradictorio en sus principios.

Los ejemplos alegados, á los cuales se podrian añadir otros, bastarán para que se descubra el plan sobre el cual se ha levantado el edificio de la Enciclopedia, y se vea si corresponde á la idea que he dado de ella. Creo que queda bien demostrado que sus célebres autores y redactores se han esmerado en esparcir en ella las semillas del ateismo, materialismo, fatalismo, y de todos los errores mas incompatibles con aquella religion que tanto prometieron respetar. Estos artificios y astucias de los Enciclopedistas no se ocultaron á la penetracion y observaciones de autores religiosos (4). Voltaire por su parte tomó á su cuenta vengar la Enciclopedia de las reclamaciones, representando los autores como enemigos del estado y malos ciudadanos (5). Ya se sabe que eran estas sus armas ordinarias; y si habia logrado alucinar á alguno, bastaba entrar en la correspondencia que tenia con los autores de aquella compilacion para saber si se le atribuian estas intenciones con bastante fundamento.

Pruebas de la intencion.

Á las pruebas de hecho se siguen las de intencion de los enciclopedistas. Voltaire, que se hallaba á cien leguas de Paris, y lejos de los obstáculos que encontraba d’Alembert, hubiera querido que este hubiese manifestado las intenciones de los redactores, por medio de ataques mas directos. El patriarca aborrecia ciertas restricciones familiares á d’Alembert, y en particular le reconvino por la que puso en el artículo de Bayle. D’Alembert le respondió: «Por una fruslería os emberrenchinais como un Tudesco, con motivo del diccionario de Bayle. En primer lugar debeis advertir que yo no he dicho dichoso él, si hubiese respetado mas la religion y las costumbres; mi expresion es mas moderada. A mas de esto ¿quien hay que ignore que el maldito pais en que escribimos, aquellas expresiones son de estilo de notario y solo sirven de pasaporte á las verdades que se quieren establecer por otra parte? Ni siquiera hay uno que se haya engañado (6)». En este tiempo en que Voltaire estaba tan ocupado en componer los artículos que enviaba á d’Alembert para la Enciclopedia, no pudiendo ocultar mas sus deseos de que se atacase directamente la religion, y que se dejasen á un lado todos estos miramientos que se tenian aun por ella, le escribió de esta manera: «Me ha oprimido el corazon lo que me han dicho sobre los artículos de Teología y Metafísica. Es muy cruel é insoportable verse en la precision de imprimir lo contrario de lo que se piensa (7)». Pero d’Alembert mas astuto y mas fino conocia que era necesario usar de aquella circunspeccion para no ser tratado de loco por los mismos que se intentaba convertir (es decir hacer apostatar); pues preveia el tiempo en que podria responder: Si el género humano está en el dia tan ilustrado, es porque se tuvo la precaucion ó la dicha de ilustrarle poco á poco (8).

Voltaire estaba obstinado, y bajo el nombre de un clérigo de Lausana, enviaba artículos tan insolentes, que d’Alembert se vió aun precisado á decirle: «Reciibiremos con reconocimiento cuanto nos venga de la misma mano. Solo pedimos permiso á vuestro herege para llevar nosotros la mano blanda en aquellos parages en que él manifiesta demasiado las uñas; nos hallamos en el caso de recular para saltar mejor (9)». Este para demostrar que no olvidaba el arte de recular para saltar mejor, respondió á los cargos que Voltaire le hacia sobre el Art. Enfer (infierno), en esta forma: «Tenemos sin duda, malos artículos de Teologia y Metafísica; pero, ¿y que se puede hacer con censores teólogos, y un privilegio real? Apuesto que no los haríais mejores. Sabed que hay otros artículos mas disimulados, en donde todo está reparado (10)». ¿Y como se puede dudar de la intencion decidida de los enciclopedistas, cuando se ve que Voltaire exhorta y escribe formalmente á d’Alembert á que aproveche el tiempo en que, ocupadas las autoridades en otros asuntos, atendian menos á los progresos de los impíos? «Durante la guerra de los parlamentos y obispos (decia), los filósofos deben hacer su negocio. Ahora tendréis ocasion para atestar la Enciclopedia de verdades que, veinte años ha, no habria habido valor para decir (11)». Fácilmente se comprenden todas estas solicitudes é intrigas de Voltaire, atendiendo al buen éxito que de la Enciclopedia esperaba en su conspiracion. «Mucho me intereso, escribia á Damilaville (12), en una buena pieza de teatro; pero apreciaria aun mas un buen libro de filosofia que aplastase para siempre al infame. Pongo todas mis esperanzas en la Enciclopedia». ¿Quien hay que despues de una declaracion como esta, pueda dudar que los impíos conjurados destinaban la Enciclopedia para que fuese el arsenal de todos los sofismas contra la religion?

Diderot, mucho menos reservado hasta en sus mismas emboscadas, manifestaba lo que sentia verse precisado á usar de astucias y disimulos. Deseaba poder introducir sus principios con menos reserva, y él mismo manifiesta cuales eran estos principios, cuando dice: Todo el siglo de Luis XIV solo ha producido dos hambres dignos de trabajar en la Enciclopedia. Estos dos hombres fueron Perrault y Boindin. No se sabe lo bastante porque el primero hubiera sido digno de esta ocupacion; el segundo sí. Boindin, que habia nacido en 1676, acababa de morir con tal fama de ateo, que no se permitió enterrarle con las ceremonias cristianas. Esta fama de ateo lo excluyó de la academia francesa; pero esta misma le daba derecho para cooperar á la Enciclopedia, si hubiese vivido. Tal era pues el objeto de la obra, y tal la intencion de sus autores conjurados. Segun su propia declaracion, lo esencial de la Enciclopedia no era la reunion de lo que podia hacer de ella un tesoro de las ciencias, sino hacer de ella un depósito de las pretendidas verdades, es decir, de todas las impiedades que no se habrian atrevido á decir, cuando la autoridad velaba sobre sus propios intereses y sobre los de la religion; de hacer pasar todas estas impiedades bajo la mascarilla y pasaporte de la hipocresía; de decir con repugnancia algunas verdades religiosas, ó, segun su expresion, de imprimir lo contrario de lo que pensaban sobre el cristianismo, para aprovechar la ocasion de imprimir todo lo que se pensaba contra él.

Obstáculos que se opusieron á la Enciclopedia.

Sin embargo, á pesar de todas las astucias de los conjurados, varias personas zelosas de la religion se levantaron contra la Enciclopedia, principalmente el Delfin, que obtuvo por algun tiempo la suspension de su publicacion y continuacion. Los autores y redactores impíos de esta compilacion tuvieron mucho que sentir en varias ocasiones. Parecia que d’Alembert estaba tan cansado que queria abandonar la empresa. Pero Voltaire, que mas que otro alguno sabia cuanto importaba este primer medio de los conjurados, tomó á su cuenta el reanimarlos. No se satisfizo con esto: él mismo trabajaba, pedia y enviaba sin cesar nuevos artículos. Les ponia delante el grande honor que les resultaria de la perseverancia en una empresa tan gloriosa. En particular á d’Alembert y Diderot les aseguraba que la resistencia que se les oponia seria el mayor oprobio de sus enemigos (13). No satisfecho aun con todo esto, les pedia con el mayor encarecimiento, y aun queria precisarles á título de amistad, y en nombre de la filosofía, á que venciesen los disgustos, y no se acobardasen en una carrera tan bella (14). Al fin salió con la suya; se concluyó la Enciclopedia y se manifestó al mundo con el sello de un privilegio público. Este primer triunfo de los impios les pronosticó todos los otros resultados felices que se podian prometes en su guerra contra la religion (*). (*) F… B… no obstante su perspicacia, conocimientos y firmeza de carácter, tuvo que ceder á las importunas pretensiones del embajador de Francia, para que se imprimiese en Madrid el extracto de todas las heregías y el aborto de todos los filósofos franceses, la abominable Enciclopedia. El capuchino Villalpando, á quien se dió á revisar, suplió la debilidad del señor M…, resistió constantemente su aprobacion, se negó al plan propuesto por el ministro para que aprobase su lectura é impresion con notas marginales. Ni los agentes franceses, ni sus partidarios españoles lograron la aprobacion de este sabio. — Preservativo contra la irreligion, impresion de Cadiz, pág. 70.

Cooperadores de la Enciclopedia.

Pero aun debe saber mas el que quiera componer la historia del jacobinismo. Debe apurar la intencion que presidió á esta enorme compilacion, y adelantará mucho sabiendo y observando que cooperadores elegieron d’Alembert y Diderot para trabajar en la parte religiosa. El primer teólogo de la Enciclopedia fue Raynal. Los jesuitas, que habian descubierto en él inclinaciones á la impiedad, le expelieron de su compañía. He aqui el brillante título, y la condecoracion mas honorífica para que d’Alembert lo eligiese. Sabe todo el mundo como Raynal, con sus atroces declamaciones contra la religion, ha justificado la sentencia de expulsion que contra él fulminaron los Jesuitas, y la eleccion que de él hizo d’Alembert; pero no todos saben, y es bueno que sepan la anecdota que borró á Raynal del catálogo de los cooperadores de la Enciclopedia y eslabona su historia con la del segundo teólogo de las misma, quien, sin ser impío se dejó por un momento arrastrar y conducir por las sociedades filosóficas.

Este segundo teólogo era el Abate Ivon, metafísico sobresaliente, pero muy bondadoso y cándido, quien siendo sobremanera pobre se valía de su pluma, mientras la podia tomar con honradez, para ganarse la vida. Con su genial buena fe habia defendido al Abate de Prades; y yo mismo le vi desafiar á un teólogo á que no le manifestaria error alguno en sus escritos; pero se dió por concluido al momento. Al mismo le he oido referir con la mayor sencillez el modo como que se dejó obligar para trabajar en la Enciclopedia. «Yo tenia, me dijo, necesidad de dinero. Raynal me encontró y exhortó á componer algunos artículos, añadiendo que me los pagarian bien. Acepté la oferta, y Raynal envió mi trabajo á la oficina, y me dió veinte y cinco luises. Me tenia por bien pagado, cuando un librero de la Enciclopedia, á quien manifesté mi buena fortuna, se sorprendió al oir que los artículos que Raynal habia enviado á la oficina no eran de este. Se irritó sobre manera, y al cabo de algunos dias me llamaron á la oficina en donde Raynal, que habia recibido mil escudos dando mi trabajo por suyo, salió condenado á restituirme los cien luises que habia embolsado.» Esta anécdota no sorprenderá por cierto á los que saben los plagios de Raynal, bien conocidos por ellos. La oficina le despidió y no quiso contar mas con él; pero su constante adhesion á la impiedad lo reconcilió con d’Alembert y Diderot. En honor del Abate Ivon debo decir que sus artículos sobre Dios y el Alma, que se hallan en la Enciclopedia, son los que oprimieron mas el corazon de Voltaire; pero d’Alembert y Diderot suplieron superabundantemente esta falta, remitiendo los lectores á otros artículos.

El tercer teólogo de la Enciclopedia (el segundo en el catálogo de d’Alembert, quien, en honor del buen Abate Ivon, no se atreve á mentarle á Voltaire) es aquel famoso Abate Prades, que se vió obligado á refugiarse en Prusia, por haber tenido la osadía de querer sorprender la Sorbona, sosteniendo y sustituyendo las conclusiones mas impías á otras religiosas. El artificio de estas conclusiones fue lo que engañó al bondadoso Ivon. Lo descubrió el parlamento y castigó á su autor; pero Voltaire y d’Alembert lo recomendaron al Rey de Prusia (15). El honor de este Prades exige que yo revele aquí lo que no se halla en la correspondencia de sus protectores. Tres años despues de esta su apostasía pública, Prades retractó públicamente sus errores por una declaracion firmada de su mano en 6 de Abril de 1754, detestando su enlace con los sofistas, añadiendo que no le bastaba una vida para llorar su pasada conducta. Murió en 1782 (16).

Otro teólogo ó lectoral de la Enciclopedia fue el Abate Morellet, hombre muy querido de d’Alembert, y aun mas de Voltaire quien le llamaba Mord-les (muérdelos), porque, so pretexto de declamar contra la inquisicion, habia mordido rabiosamente la iglesia (17) (**). (**) Lo mismo se puede decir de cuantos han escrito en España contra la Inquisicion en estos últimos tiempos. Lo cierto es que nada hemos visto producido todavía contra la Inquisicion, en que brille la verdad, la veracidad y el desinterés, la noble imparcialidad, y un ánimo recto de convencer sólidamente al entendimiento y mover eficazmente el corazon… Tal vez se escribiria menos contra este tan censurado tribunal, si se leyera con una despreocupacion verdaderamente filosófica, la obra de un fraile franciscano, aquella obra llena de una inmensa erudicion, la obra del grande Alfonso de Castro, De justa hæreticorum punitione. Allí aprenderian estos críticos fastidiosos á escribir con solidez y con crítica. Pero alli verian igualmente que se les quitaba la máscara, que se les descubrian sus ardides, que se daba completa solucion á los argumentos que hoy se intenta producir como nuevos é irresistibles… quítese la Inquisicion, y será todavía mas difícil atajar el impetuoso torrente del libertinage. — A. M. y C. — Procurador general, núm. 13.

La mayor parte de los escritores legos, coadjutores de la Enciclopedia, era mucho peor. No haré mencion sino de Dumarsais, impío famoso y tan mal reputado, que la autoridad pública se vió precisada á destruir la escuela que habia ya abierto para inficionar á sus discípulos con el veneno de la impiedad. Este infeliz retractó tambien sus errores, pero en el lecho de la muerte. La eleccion que d’Alembert hizo de su pluma, manifiesta la intencion de los Enciclopedistas y la impiedad de sus cooperadores. El lector no debe confundir con estos impíos á cuantos tuvieron parte en la Enciclopedia, en especial á M. Formey y á M. Jaucourt. Este último como he dicho suministró muchos artículos, y solo se le puede reconvenir por haber continuado en suministrarlos, cuando advirtió como debia advertirlo, el abuso que se hacia de su zelo, pues eslabonaron sus piadosas producciones con los sofismas de la impiedad.

Juicio que de la Enciclopedia formó Diderot.

Á excepcion de los dos, que acabo de nombrar y de algunos otros pocos, puede el historiador reunir á los demas Enciclopedistas en el cuadro que bosquejó el mismo Didedot «Toda esta raza detestable de trabajadores, que sin saber nada se jacta de saberlo todo, solo ha aspirado á distinguirse por una especie de manía de parecer universales, y que pretendiendo tratar de todo, todo lo ha confundido, todo lo ha echado á perder, y _ha hecho de este imaginario depósito de las ciencias un sumidero, ó mejor un cajon de sastre, en donde todo está mezclado, indigesto é insulso, bueno y malo, pero siempre incoherente (18)». Esta declaracion de Diderot es preciosa en cuanto al mérito intrínseco de la Enciclopedia. He aquí á este pontífice de la impiedad, que como Caifas dice la verdad, pero no segun su intencion. En cuanto á esta, en el mismo lugar citado de sus escritos se halla otro pasage aun mas precioso, en donde manifiesta el trabajo que le ha costado, y la molestia que ha sufrido, para insinuar lo que no se podia decir con claridad, sin sublevar las preocupaciones, es decir, segun su estilo, las ideas religiosas, y trastornarlas sin que se advirtiese.

Tan sumidero, ó cajon de sastre, como era la Enciclopedia, fue muy útil á los conjurados. Se acinaban los materiales, y apresuraban la publicacion de sus volúmenes. Voltaire, d’Alembert y Diderot, por su parte, no cesaban de insertar, á diestro y á siniestro, en cada volúmen, lo que se dirigia al grande objeto. Al fin, se concluyó la Enciclopedia. Todos los periódicos y las cien trompetas de la fama del partido de los conjurados la celebraron en todo el mundo. Todo el mundo queria tener la Enciclopedia; pero la república literaria se encontró bien burlada. Se hicieron ediciones de todos tamaños y precios, y so pretexto de corregir, fue mayor la insolencia. En el momento en que la revolucion de la impiedad estaba ya casi completa, apareció la Enciclopedia por órden de materias. Cuando se empezó, fue preciso tener agun miramiento por lo tocante á la religion. Un hombre de muy gran mérito, M. Bergier, canónigo de Paris, creyó que debia ceder á las urgentes instancias que de todas partes se le hacian, para que se encargase de la parte religiosa de la Enciclopedia, y no permitiese la tratasen sus mayores enemigos. Sucedió lo que era fácil preveerse. Los desvelos de este sabio tan conocido por sus excelentes escritos contra Rousseau, Voltaire y demas impios del tiempo, no sirvieron mas que de pasaporte á esta nueva coleccion, llamada Enciclopedia metódica. Cuando se dió principio á esta, se hallaba la revolucion francesa en el momento de hacer su explosion. Con esto los impíos que se encargaron de hacer la edicion, fueron de parecer de que ya no habia necesidad de respetar la religion, como lo habian hecho sus predecesores. Á pesar del elogio que se merecen los desvelos d M. Bergier y sus cooperadores, la nueva Enciclopedia no salió mejor, sino mucho peor que las anteriores; pues los sofistas posteriores consumaron lo que emprendieron y no pudieron ejecutar los anteriores, Voltaire, d’Alembert, Diderot y sus cómplices, por lo relativo á este primer medio de los conjurados anticristianos.


1 Carta de Federico á Voltaire del 5 Mayo de 1767.

2 Carta del 29 de Julio de 1775.

3 Carta del 31 de Julio de 1762.

4 La religion vengée, Gauchat, Bergier, Lettres Helviennes.

5 Carta 18 á d’Alembert.

6 Carta de d’Alembert del 10 Octubre de 1764.

7 Carta del 9 Octubre de 1755.

8 Carta del 16 de Julio de 1762.

9 Carta de d’Alembert del 21 Julio de 1757.

10 En la misma carta.

11 Carta de Voltaire a d’Alembert del 13 Noviembre de 1756.

12 Carta del 23 Mayo de 1764.

13 Véanse sus cartas de los años 1755 y 1756.

14 Véanse sus cartas del 5 Setiembre de 1752, del 13 Noviembre de 1756, y principalmente la del 8 Enero de 1757.

15 Correspondencia de Voltaire y d’Alembert, cartas 2 y 3.

16 Diccionario histórico de Feller.

17 Véase correspondencia de d’Alembert, carta 65 y 96, y carta á Tiriot del 26 Enero de 1762.

18 El texto de Diderot sobre los vicios de la Enciclopedia es mas dilatado; lo que aqui se produce es de su artículo en el diccionario de los hombres ilustres de Feller, nueva edicion.