III - El Apocalipsis como drama

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III — El Apocalipsis como drama

Entremos ahora en el contenido mismo del Apocalipsis. El libro sagrado nos expone un drama impresionante, el de la secular lucha entre el bien y el mal, ahora llegada a su culminación, y por ende radicalizada. El P. Castellani lo escruta con toda la inteligencia y la inspiración del teólogo y del poeta que es a la vez.

Detengámonos con él en los principales personajes —los dramatis personæ—, que actúan, a veces bajo la forma de símbolos, en este drama teológico.

1. Cristo y el Dragón

En el telón de fondo aparecen los dos grandes protagonistas, por así decirlo. Ante todo Cristo, el Señor de la Historia. Porque no es otro que el Señor, el Kyrios, el Cordero, quien abre el libro sellado, manifestando así su dominio plenario sobre los acontecimientos históricos. Él es el Liturgo que preside en el cielo el majestuoso culto de los ancianos, los ángeles y los seres vivientes. Es también el Guerrero, montado sobre blanco corcel, con su túnica salpicada en la sangre de su martirio victorioso, que galopa seguido por los ejércitos de los cielos, también en caballos blancos, y en cuyo muslo está grabado su nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores.

Frente a Cristo, el Dragón, el demonio, el abanderado de las fuerzas del mal. Aquel que al comienzo no trepidó en gritar Non serviam, encabeza ahora la rebelión decisiva y terminal, escoltado en la demanda por dos auxiliares: la Bestia del Mar, que será el dominador en el plano político (en la Escritura el mar simboliza el orden temporal) y la Bestia de la Tierra, que llevará a cabo la falsificación del cristianismo (la tierra es el símbolo de la religión); ambas Bestias en estrecha conexión y alianza.

Consideremos ahora los personajes subalternos.

2. La Primera Bestia

Y ante todo la Primera Bestia o Anticristo. Con cierto facilismo se creyó reconocer al Anticristo en los enemigos concretos de la Iglesia que se iban presentando a lo largo de la historia. El mismo Juan dio pie a ello cuando en su primera carta dijo que el Anticristo ya estaba en el mundo, así como que había ya en él muchos «anticristos» (cf. 1 Jn 2, 18), denunciando así la analogía entre los malvados de su tiempo, y el último y mayor enemigo venturo del Señor.

Los primeros señalados como tales fueron los emperadores romanos que desencadenaban persecuciones. Así algunos Padres vieron al Anticristo en la persona de Nerón o Diocleciano. No se equivocaban del todo al afirmar tal cosa. Pero recordemos lo que dijimos acerca de los sentidos literales, uno inmediato y otro mediato. El emperador pagano podía ser el «typo» del Anticristo. Pero su «antitypo» estaba aún por venir al fin de los tiempos.

De manera semejante, en el bajo Medio Evo se lo creyó encarnado en Mahoma, ya que el dominio tan extendido del imperio mahometano representó para la Cristiandad un peligro que no parecía ofrecer salida alguna. Esta idea cobra hoy nueva vigencia a raíz de la conjetura de algunos autores, principalmente Belloc, que afirman la posibilidad de que el Islam pueda renacer como Imperio Anticristiano, más poderoso y temible que antes.

Con el advenimiento del Protestantismo se produjo una extraña variación en la exégesis del Anticristo. Lutero aplicó la terrible etiqueta esjatológica al Papado. Sobre la base de que la Iglesia puede corromperse, y de hecho se corromperá en los últimos días, tesis muy delicada, y que debe entenderse con cautela en atención a la indefectibilidad que Cristo le ha prometido, Lutero, interpretando dicha tesis de manera herética, creyó ver en el Papa la Gran Ramera de que habla el Apocalipsis.

Castellani parece sostener una suerte de manifestación gradual del Anticristo. Las Siete Trompetas del Apocalipsis, que simbolizan siete grandes jalones heréticos en la historia de la Iglesia, aludirían a siete sucesivos Anticristos, en el sentido en que habla Juan en su epístola, precursores del Último, al cual preparan sin saberlo, acumulativamente. A medida que se aproximan al «Hombre de Pecado», las herejías van creciendo en fuerza y malignidad. La primera trompeta representaría el arrianismo; la segunda, el Islam; la tercera, el Cisma Griego; la cuarta, el Protestantismo. Aquí se produce una especie de paréntesis, que se puede advertir también en los otros Septenarios antes de la última terna; un águila vuela por lo alto del cielo y amenaza: «Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra»… (Ap 8, 13). Es el aviso de que la catástrofe se avecina. La quinta trompeta sería la Revolución francesa, con su Enciclopedismo. La sexta, el enfrentamiento de los Continentes, la guerra como institución permanente. Y así llegamos a los umbrales del fin, de la época en que se atentará directamente contra el primer mandamiento, la época del odio formal a Dios, el pecado y herejía del Anticristo.

a. El Obstáculo y la aparición del Anticristo

Pero antes de la manifestación del Anticristo deberá ser quitado de en medio un misterioso Obstáculo, de que habla San Pablo: «El misterio de la iniquidad ya está actuando. Tan sólo que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío» (2 Tes 2, 7-8). ¿A qué se refiere el Apóstol? Anteriormente había predicado con tanto vigor en Tesalónica sobre el Misterio de Iniquidad, anunciando su llegada como inminente, que los tesalonicenses pensaron que lo mejor era dejarse estar, ya que el Fin del Mundo se venía encima. Entonces Pablo les escribió diciéndoles que, según lo había predicho Cristo, no se sabía ni el día ni la hora precisa, dado que todavía estaba en pie El-Que-Ataja, el Katéjon, y por ende era necesario perseverar en la arduidad de la fe.

Castellani se detiene, y con razón, en este tema tan misterioso como apasionante. Hay algo que ataja o demora la aparición del Anticristo. San Pablo lo llama el katéjon, el obstáculo, que se concreta en el katéjos, es decir, un ser obstaculizante. Hasta que dicho katéjon no sea «quitado de en medio» no se manifestará el Hombre sin Ley. ¿Cuál es este enigmático Obstáculo? Algunos Padres de la Iglesia pensaron que el Katéjon (en neutro, lo obstaculizante) era el Imperio Romano ya cristianizado, que asentado sobre cuatro columnas, el ejército, la familia, la religión y la propiedad privada, impedía el estallido de la Iniquidad siempre al acecho; y el Katéjos (en masculino, el obstaculizante) era el Emperador. ¿Pero acaso no acabamos de decir que los antiguos consideraban el Imperio Romano como el hábitat de la Bestia, dado que diez Emperadores consecutivos habían perseguido mortalmente a los cristianos? Así es, pero a partir de la conversión de Constantino, las cosas habían cambiado sustancialmente, y de este modo se podía ver en el Imperio, o en lo que de él restaba, la garantía del orden cristiano, como lo proclamó sin ambages el Papa San León Magno en el siglo V. Mucho más adelante, en el siglo XIII, Santo Tomás afirmaría algo semejante, creyendo ver en la Cristiandad medieval la continuación del Imperio Romano. De alguna manera ese Imperio, mal o bien, permaneció hasta hace poco. Para Castellani el Imperio Romano, bautizado en Constantino, restaurado en Carlomagno, triunfante en Carlos V, fue decapitado en 1806 por el sable de un soldado victorioso que encarnaba los principios de la Revolución francesa. Francisco I de Austria habría sido el último Emperador de los Romanos. Así pues, a su juicio, históricamente hablando, el Imperio murió a principios del siglo pasado. ¿No sería mejor decir que desapareció con la Primera Guerra Mundial, y la consiguiente caída de las tres últimas grandes monarquías cristianas, la de Austria, la de Alemania y la de Rusia? Pero ésta es una opinión nuestra, no de Castellani.

Sea lo que fuere, las migajas o lo que resta de ese Imperio habrían impedido hasta el presente la aparición formal del Anticristo, el cual, en su momento, restaurará dicho Imperio, pero a su modo, calcándolo en aquellas viejas estructuras. Será la Ciudad del Hombre de San Agustín, opuesta a la Ciudad de Dios, que hallará finalmente su concreción visible y política en la historia.

Algunos autores han pensado que el katéjon era la misma Iglesia, cuya presencia constituía el último obstáculo para la manifestación del Anticristo. Así opina San Justino, el primer comentador del Apocalipsis, según el cual «Ecclesia de medio fiet», la Iglesia será sacada de en medio. La interpretación es un tanto atrevida. Es claro que no se la puede entender como si se tratase de una extinción de la misma Iglesia sino de una grave decadencia de la misma. Su estructura temporal será arrasada; «fornicará con los reyes de la tierra» (Ap 17, 2), al menos una parte ostensible de ella, y la abominación de la desolación entrará en el lugar santo: «Cuando veáis la desolación abominable entrar adonde no debe, entonces ya es» (Mt 24, 15). También San Victorino aplicó el katéjon a la Iglesia —«la Iglesia será quitada», dice—, pero en el sentido de que volvería a la oscuridad, a las catacumbas, perdiendo todo influjo en el orden social.

En su novela Juan XXIII (XXIV) escribe Castellani que «Iglesia» se dice en tres sentidos: «Hay la Iglesia que es el proyecto de Dios y el ideal del hombre, y está comenzada en el cielo, la “Esposa”, a la cual San Pablo llama “sin mancha”, una; hay la Iglesia terrenal, donde están el trigo y la cizaña mezclados para siempre, pero se puede llamar «santa» por su unión con la de arriba por la gracia, dos; y hay la Iglesia que ve el mundo, “el Vaticano”, que trata con el mundo; que está quizá más unida con el mundo que otra cosa, y que desacredita al todo».

b. La figura del Anticristo

Dejemos el Obstáculo y vayamos ahora a la figura misma el Anticristo, según lo presenta el P. Castellani. ¿Quién será el que asuma ese terrible papel? Inicialmente los Padres consideraron que se trataba de una persona concreta e individual. A partir del Renacimiento surgió la idea de un Anticristo colectivo e impersonal. Ambas cosas son admisibles. Será, por cierto, una atmósfera, un espíritu que se respira en el ambiente, «espíritu de apostasía», según la descripción que de él formula San Juan (cf. 1 Jn 4, 3), un modo de ser que se vuelve corporativo, informando a una multitud de personas. Pero también será un individuo, porque San Pablo lo llama «el hombre impío», «el inicuo», «el hijo de la perdición», quien se levanta «contra todo lo que lleva el nombre de Dios», que llega incluso «a sentarse en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios» (cf. 2 Tes 2, 3-4). Esto no parece poder aplicarse a un cuerpo colegiado de individuos, como podría ser la masonería o el filosofismo del siglo XVIII.

Las dos cosas son, pues, verdaderas, y perfectamente conciliables. Pareciera ser una ley de la historia que siempre un gran movimiento colectivo suscita un jefe que lo comanda, así como un gran dirigente político da forma y cohesión a la multitud que lo sigue. Ningún «espíritu» ambiental existe ni actúa sino encarnado. Todo gran movimiento histórico engendra un caudillo. Ambos se crean mutuamente, en causalidad recíproca.

El nombre de «Anticristo» lo inventó San Juan. San Pablo lo denominó «Ánomos», el sin ley (cf. 2 Tes 2, 8). Cristo lo llamó «el Otro» en aquel texto que ya hemos citado: «Porque yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero Otro vendrá en su propio nombre y a ése le recibiréis» (Jn 5, 43).

Dice el Apocalipsis que la cifra del Anticristo será 666 (cf. Ap 13, 18). En griego, la palabra «Bestia», que es el nombre que le da San Juan, se dice «theríon». Si esta palabra se vierte al hebreo, y se suman los números de cada letra según su lugar en el abecedario de dicha lengua, el resultado es 666.

¿De qué nacionalidad será el Anticristo? Dostoievski lo hace ruso, habiéndolo pintado con los rasgos de Stavroguin en su novela Demonios, que comentamos meses atrás. Benson lo imagina norteamericano, bajo el nombre de Felsenburgh, como lo vimos en su momento. Según algunos Padres y exégetas antiguos, será judío, para mejor emular a Cristo, su antítesis, que también lo fue. El cuerno pequeño que en la profecía de Daniel crece casi de golpe (cf. Dan 7, 8.20), podría ser el reino de Israel, comenzando el Anticristo por constituirse en Rey de los Judíos, quienes se le someterán con gozo, creyéndolo el Mesías esperado, hasta que los desengañe cruelmente, pues llegado a la cúspide, perseguirá a todas las religiones que no se le sometan de manera absoluta, «incluida la de sus padres» (cf. Dan 11, 37). Recordemos que algo semejante imaginaba Soloviev en su Breve relato sobre el Anticristo. Esta última adjudicación se ha visto coloreada en la leyenda popular, hasta llegarse a detalles nimios: sería de la tribu de Dan, hijo de una monja judía conversa y de un obispo, cuando no del demonio, directamente. No tendría ángel de la guarda. Nacería provisto de dientes y blasfemando. Adquiriría con rapidez fantástica todas las ciencias. Describen su corte, sus mujeres, sus maldades felinas, etc. Pero todo esto es leyenda y pura imaginación, que no debe ser tomado en serio.

En realidad el Anticristo no se presentará como un personaje siniestro, la perversidad encarnada. Será, por cierto, demoníaco, pero no aparecerá tal, sino que hará gala de humanitarismo y de humanismo; se fingirá virtuoso, aunque de hecho sea cruel, soberbio y mentiroso; anunciará quizás la restauración del Templo de Jerusalén, pero no será en beneficio de los judíos sino para entronizarse él y recibir allí honores divinos, quizás como Hijo del Hombre, como auténtico Mesías, como el fruto más perfecto de lo humano, soberbiamente divinizado. Porque el Anticristo no se contentará con negar que Cristo es Dios y Redentor, sino que se erigirá en su lugar, cual verdadero Salvador de la humanidad. Tratará incluso de parecerse a Cristo lo más posible. Será «el simio de Dios», el mono de Cristo. Encarnará la hipocresía sustancial de los fariseos del siglo I, que no sólo eran tenidos como santos, sino que ellos mismos se creían tales. Juntará presuntas «virtudes» y un inmenso orgullo.

c. El poder y la obra del Anticristo

La eclosión del Anticristo será fulgurante, si bien a partir de modestos orígenes. Juntando lo revelado por San Juan sobre la Bestia que salió del mar (cf. Ap 13, 1) con lo que Daniel nos relata de su sueño (cf. Dan 7), los antiguos escritores eclesiásticos entendieron que en la consumación del mundo, cuando el Orden Romano se encontrase destruido, habría diez reyes (o varios reyes, como interpreta San Agustín), a quienes la Escritura llama «los diez cuernos» (cuerno significa Poder), que provendrán, por cierto, del Imperio Romano, de su desmembramiento. El Anticristo será el undécimo rey, que al parecer emergerá históricamente como el superviviente de una lucha entre otros reyes. Un «cuerno pequeño», dice el profeta (cf. Dan 7, 8), o sea, un rey oscuro y plebeyo, que quizá crecerá de golpe, en medio de los demás y a la vez como al margen de ellos, porque es el undécimo, el apéndice, fuera del número perfecto. Vencerá a tres reyes (cf. Dan 7, 24), es decir, a los principales, o los más cercanos, y los otros se le someterán. Empezará como «reino pequeño», señala Daniel (cf. 7, 8), y después logrará el dominio sobre los restantes, convirtiéndose en «otro Reino», descomunal y distinto de los demás, cabeza de una confederación de naciones.

El Anticristo llevará a cabo una síntesis mundial de todos los adversarios del cristianismo, tanto en el Oriente como en el Occidente. En su libro sobre el Apocalipsis dice Castellani que logrará realizar una especie de contubernio entre el capitalismo y el comunismo. Ambos buscan lo mismo, el mismo Paraíso Terrenal por medio de la «técnica», en orden a la deificación del hombre. La ideología que los une es común: la de la inmanencia, el paraíso en la tierra, el hedonismo sin límite. «La sombría doctrina del «bolchevismo» —escribe— no será la última herejía, sino su etapa preparatoria y eufórica, «mesiánica». El bolchevismo se incorporará, será integrado en ella». Esta amalgama del Capitalismo y el Comunismo en una unidad englobante será justamente la hazaña del Anticristo. «Se arrodillarán ante él todos los habitantes de la tierra» (Ap 13, 8).

En su libro Los papeles de Benjamín Benavides añade Castellani una observación curiosa, y es la posible integración, en esta amalgama política, del mahometismo. Basándose en una afirmación que hizo el conde de Maistre, a saber, que «el protestantismo vuelto sociniano, no se diferencia ya fundamentalmente del mahometismo», nuestro autor sostiene que el Occidente se está musulmanizando, especialmente los Estados Unidos, cuyo pueblo, lejos de ser amoral o inmoral, tiene una religión, pero ella corresponde, rasgo a rasgo, al mensaje de Mahoma. Los dogmas son comunes: el capitalismo y la esclavitud de los muslimes; la poligamia y el divorcio; la guerra santa y la defensa de la democracia; la creencia común en un Dios inaccesible, lejano y desconocido; el rechazo de la Encarnación y, en general, del misterio; el naturalismo; la falta de «sacramentalismo»; el primado de la acción; el fatalismo y el culto determinista a la «Ciencia». Por lo demás, el mahometismo no carece de semejanzas con el comunismo: ambos buscan «edenizar» la tierra por la violencia. «Son tres líneas que pueden reunirse un día: —tienen un lado y los ángulos adyacentes iguales—, ¿qué digo?, tienen que encontrarse necesariamente, el día que les salga un padre, así como nacieron de una misma madre… —¿Qué madre? —La Sinagoga. Esas tres religiones son herejías judías».

Sea lo que fuere de tales hipótesis, lo importante es que el Misterio de Iniquidad, encamado en un cuerpo político dotado de inmensos poderes, se encarnará en aquel Hombre de satánica grandeza, plebeyo genial y perverso, de maldad refinada, a quien Satanás comunicará su poder y su acumulada furia. Bien ha escrito Donoso Cortés: «En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora; y sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque los Estados eran pequeños y las relaciones universales imposibles de todo punto. Señores, las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso… Ya no hay resistencias ni físicas, ni morales. Físicas, porque con los buques y las vías férreas no hay fronteras, con el teléfono no hay distancia… Y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos están divididos y todos los particularismos están muertos». Recordemos aquel Felsenburgh de Benson, y su fulgurante acceso al trono del mundo. En torno a él se reunirán todos los que Castellani llama los «oneworlders», o sea «mundounistas», los que hoy sustentan el Nuevo Orden Mundial.

Una vez que haya tomado las riendas del poder en sus manos, el Anticristo se abocará a su obra, que a los ojos del mundo aparecerá como «benéfica». No en vano es el Cuarto Caballo del Apocalipsis, que reemplazará a los tres primeros: al Caballo Blanco, desde luego, que representa el Orden Romano, el Katéjon; y luego al Rojo y al Negro, que simbolizan, respectivamente, la Guerra y la Carestía.

Acabará con la guerra, ante todo, cumpliendo el anhelo más profundo de la humanidad, que es la paz universal, una paz sacrílega y embustera, por cierto, la paz del mundo, estigmatizada por Cristo. Castellani opina que esta «concordia» mundial la logrará sobre todo a través del comercio. Porque el comercio moderno, escribe, tiene algo de satánico. El capitalismo se enriquece automáticamente, no expone nada; el oro engendra oro, como si fuese una cosa viva, y ello parece invención de Satanás. El comercio es hoy lo más importante en las relaciones internacionales; lo demás, naciones incluidas, parecieran ser epifenómenos, al decir de Marx.

El Anticristo solucionará igualmente los problemas económico-sociales, ofreciendo no sólo abundancia sino también igualdad, aunque sea la de un hormiguero. Corregirá así la plana a su Rival, consintiendo a las tres tentaciones que antaño Jesús se obstinara en rechazar: «Di que estas piedras se conviertan en pan», y dará de comer al mundo entero; «tírate del Templo abajo, para que todos te aplaudan», y adquirirá renombre universal por los medios de comunicación; «todos los reinos de la tierra son míos y te los daré si me adorares» (cf. Mt 4, 1-11), y los recibirá. Es lo que vio con tanta claridad Dostoievski en su «Leyenda del Gran Inquisidor». Las Tentaciones, rechazadas por Cristo, han quedado como suspendidas en el aire, hasta que, desaparecido el Katéjon, sean formalmente aceptadas por el Vicario del Dragón.

Tratará asimismo de destruir lo que queda de Cristiandad, pero aprovechando sus despojos. Los escombros del orden público, los restos de la tradición cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos supérstites, todo ello será utilizado en la construcción de la nueva Babel, la grande e impía confederación mundial. ¿Cómo, si no, podría levantarse en tan poco tiempo?

Perseguirá sobre todo duramente a la Iglesia y matará a los profetas, porque verá en ellos a quienes denuncian su superchería, los aguafiestas de la felicidad colectiva, los profetas de desgracias. Pero los sustituirá enseguida por profetas mercenarios, dispuestos a cantar la madurez de los tiempos, los encantos del viento de la historia, los mañanas venturosos. Fomentará con predilección el espíritu de inmanencia, en razón de lo cual aborrecerá especialmente a quienes pongan en guardia a la gente dándoles a conocer las profecías del Apocalipsis. Y, como es obvio, no querrá ni oír hablar de la Parusía.

Porque no hay que olvidar que la figura del Anticristo no es primordialmente política, sino teológica. Ello se hace evidente por las metas que la Escritura le atribuye: 1) negará que Jesús es el Salvador Dios (cf. 1 Jn 2, 22); 2) será recibido en lugar de Cristo por la humanidad (cf. Jn 5, 43); 3) se autodivinizará (cf. 2 Tes 2, 4); 4) suprimirá, combatirá o falsificará las otras religiones (cf. Dan 7, 25). Su proyecto es, pues, prevalentemente teológico. El Misterio de Iniquidad, que el Anticristo encarna, se resume en el odio a Dios y la adoración del hombre. Porque, paradojalmente, aquel cuya boca proferirá blasfemias contra todo lo divino (cf. Ap 13, 5-6), por otro lado pretenderá hacerse adorar como Dios (cf. 2 Tes 2, 4). Ello será lo más grave. Castellani advierte cómo los tiempos modernos le están haciendo la cama al Anticristo, propagando sin descanso la Idolatría del Hombre y de las obras de sus manos.

d. La sede del Anticristo

Un último aspecto relativo a la Primera Bestia es la cuestión de la sede y ámbito de su gobierno. Algo de ello nos lo deja traslucir el mismo Apocalipsis, cuando habla de aquella mujer siniestra, que llama la Gran Ramera (cf. Ap 17, 1). Con este nombre se designa a Babilonia, la Meretriz Magna. Es la Ciudad del Mundo, que el Apocalipsis muestra como dividida en tres partes (cf. Ap 16, 19). Castellani aventura que podrían ser Europa, Norteamérica y Rusia. Trátase de una Urbe concreta o un conjunto de urbes, que ha logrado conquistar el poder mundial: «La mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que tiene la soberanía sobre todos los Reyes de la tierra» (Ap 17, 18).

San Juan dice que vio escrito en su frente la palabra «misterio» (cf. Ap 17, 5), y testifica el asombro que dicha visión le provocó. Lleva, sin duda, aquel nombre para indicar que corporiza el Misterio de Iniquidad. Es la ciudad moderna, desacralizada, laicista y socialdemócrata, que comenzando en el Humanismo, desembocó en el Protestantismo y el Enciclopedismo de los llamados «filósofos» del siglo XVIII, o sea en el naturalismo religioso, que se continúa a través de los actuales intentos de homogeneización internacional en la inmanencia. Babilonia es el marco ciudadano de la adoración idolátrica del hombre y el consiguiente odio a Dios, la sede de la Ciudad del Hombre que lucha contra la Ciudad de Dios.

La capital del Anticristo será un gran emporio económico, cabeza de un Imperio sacro falsificado, es decir, de un imperialismo. Babilonia se presenta en el Apocalipsis con los rasgos de una ciudad capitalista, marítima y corrompida. «Los mercaderes de toda la tierra se enriquecieron con su lujo desenfrenado», dice el texto sagrado (Ap 18, 3). San Juan nos la describe como una urbe tecnocrática, encandilante con el resplandor de sus luces, el oro y las joyas que la cubren, poblada de comerciantes. Al decir capitalista no se excluye el designio soviético, ya que el comunismo es un capitalismo de Estado, hijo dilecto del Capitalismo Tecnócrata Liberal, hijo putativo, si se quiere, ya que estamos entre rameras, pero hijo al cabo.

Mas lo principal de Babilonia, y lo que la hace especialmente ramera —y madre de rameras—, es su proyecto de carnalizar la religión, legalizando así los planes del Anticristo. Ciudad adúltera, la llama el Apocalipsis, expresión a que frecuentemente recurre la Escritura para designar el abandono del Esposo divino en favor de los amantes terrenos; amazona desprejuiciada: «Vi una mujer, cabalgando la Bestia color escarlata… se llama Babilonia la Grande, madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra» (Ap 17, 3.5), con la que «fornicaron los reyes de la tierra y todas las naciones se embriagaron con el vino de su fornicación» (Ap 18, 3). Según el lenguaje escriturístico, especialmente de los profetas Isaías, Jeremías y Zacarías, «fornicar» significa «idolatrar», sustituir a Dios, el esposo de Israel, por un ídolo. «Fornicar con los reyes de la tierra» es poner a los poderes políticos en lugar del Dios vivo y trascendente; «embriagarse» es mostrarse satisfecho, petulante y glorioso. O, si se quiere, «fornicar» es poner la religión al servicio de la política del Anticristo, amalgamar el Reino y el Mundo, inmanentizar la fe y la doctrina.

Tal será la sede del Anticristo. ¿Durante cuánto tiempo reinará en ella? Casi todos los comentaristas le atribuyen a su gobierno una duración de tres años y medio. Así parece insinuarlo el profeta Daniel (cf. 7, 25), y lo confirma el Apocalipsis al decir que «se le dio poder de actuar durante cuarenta y dos meses» (Ap 13, 5; cf. también 11, 2).

A su término, la Gran Babilonia caerá de golpe, se desplomará estrepitosamente (cf. Ap 18, 2.9-24), suscitando el llanto de «los mercaderes de la tierra» (Ap 18, 11). Llorarán porque ya nadie negociará su mercancía, sus piedras preciosas.

3. La Segunda Bestia

Como ya lo hemos señalado en conferencias anteriores, junto al Anticristo, el Apocalipsis nos presenta otro personaje fundamental, un Pseudoprofeta. Es la Segunda Bestia, el brazo derecho del Anticristo en su fáustico intento. También él se parecerá a Cristo: «Hablaba como el Dragón, pero tenía dos cuernos como de cordero» (Ap 13, 11). Si la Primera Bestia salió del mar (cf. Ap 13, 1), ésta surge de la tierra firme (cf. Ap 13, 11), es decir, del ámbito religioso, y su propósito será que todo el mundo adore al Anticristo: «Hizo que toda la tierra y sus habitantes adoraran a la Primera Bestia» (Ap 13, 12).

El Apocalipsis lo presenta dotado de poderes taumatúrgicos, con capacidad para realizar «grandes portentos» (Ap 13, 13). No serán verdaderos milagros, pero tampoco meros juegos de prestidigitación. Delante de todos hará bajar fuego del cielo, seduciendo con sus prodigios a todos los hombres (cf. Ap 13, 13-14). Pregúntase Castellani si la Segunda Bestia será la Técnica actual, como aventura Claudel. O si tiene razón Pieper al afirmar que encarnará la propalación pública y sacerdotal de los proyectos del Anticristo, siendo algo así como el Primer Ministro del Emperador, a cargo de todo lo que se refiere a la Propaganda. Sabemos el poder que hoy tiene la propaganda para cretinizar a las masas.

A juicio de nuestro autor, la principal labor que llevará a cabo esta Segunda Bestia será la adulteración de la religión. Las Dos Bestias representarían así el poder político, la primera, y el instinto religioso del hombre, la segunda, vueltos ambos contra Dios. Lo afirma de manera terminante: «Cuando la estructura temporal de la Iglesia pierda la efusión del Espíritu y la religión adulterada se convierta en la Gran Ramera, entonces aparecerá el Hombre de Pecado y el Falso Profeta, un Rey del Universo que será a la vez como un Sumo Pontífice del Orbe, o bien tendrá a sus órdenes un falso Pontífice, llamado en las profecías el «Pseudoprofeta»». No que la Iglesia perderá la fe, pero sí se verá gravemente afectada. Todas las energías del demonio estarán concentradas en pervertir lo que es específicamente religioso. Al demonio no le interesará matar, sino «corromper, envenenar, falsificar».

Lo que Castellani expone en sus libros teológico-exegéticos, lo ha desarrollado también, y de manera insuperable, en sus novelas. Entre ellas, quisiéramos destacar Su Majestad Dulcinea, a nuestro juicio una de sus obras cumbres, donde, retomando la trama de la novela de Benson que hemos comentado anteriormente, imagina los sucesos del Apocalipsis, pero aplicándolos a nuestra patria. También allí reaparece la figura siniestra de Juliano Felsenburgh. Mas lo que allí se describe con pluma maestra —como sabemos, constituye uno de los temas recurrentes en el pensamiento de nuestro autor— es la corrupción en el interior de la Iglesia. A diferencia de los católicos fieles, una minoría cada vez más exigua, la mayor parte de los cristianos adhiere a la corriente política dominante, la política del Señor del Mundo, que no es otro que Felsenburgh, de cuyo Imperio somos una de las colonias. Digamos entre paréntesis que en esta materia del Gobierno Mundial, Castellani fue un verdadero profeta, llegando a predecir hasta el envío de tropas argentinas para operaciones ordenadas por el Poder que ejerce la hegemonía universal. Pues bien, en nuestra patria se va formando en ciertos lugares una Iglesia falsa, que bajo el nombre de Neocatolicismo, Movimiento Vital Católico o Vitalismo Cristiano, llega incluso a inficcionar ciertos espacios de poder de la Iglesia de Cristo y como señalara S. Pío X en su condena al Modernismo, socava las raíces mismas de la fe, y operando «desde dentro», confunde al pueblo cristiano, al mismo tiempo que acosa duramente a los católicos fieles, de modo semejante a como ocurrió en tiempos de Arrio o de otras grandes herejías.

Es la Iglesia de Monseñor Panchampla, obeso obispo a las órdenes del poder imperante, rodeado de su séquito de eclesiásticos serviles. En un acto público se concretó solemnemente la unión de la Iglesia y del Estado, del poder espiritual y temporal, «conciliados cordialmente por obra de la Razón y la Vida por primera vez en la historia de los pueblos», como clamó el Locutor oficial. Y así, la religión adulterada suplió públicamente a la de Cristo. Como la Iglesia decía «Extra Ecclesiam nulla salus», escribe Castellani, esta Contra-Iglesia o Pseudo-Iglesia predica: Fuera de la «democracia» no hay salvación. Trátase, como se ve, de una auténtica defección, o más propiamente, de una «herejía» o «nueva religión». Queda el lenguaje, pero vaciado de sentido; quedan los viejos ritos, pero falsificados. «El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio hacia el Creador en hacia la creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos…, solamente con convertirlos en mitos, es decir, en símbolos de lo divino que es lo humano».

En la ficción de Castellani coexisten dos Papas, el verdadero, León XIV, que reside ocultamente en Jerusalén; y el falso, pero oficial, Cecilio I, con sede en Roma. Cuando años más tarde Cecilio I muere, es elegido para sucederlo el propio Juliano Felsenburgh, quien reúne así todos los poderes. Mas la Iglesia no ha muerto, ya que los católicos fieles tienen sus Patriarcas e Inspectores clandestinos, que a la muerte de León XIV eligen a Juan XXIV.

En fin, como puede verse, Su Majestad Dulcinea es una novela teológica acerca del fin de la historia. «Estos tiempos son muy buenos —dice su protagonista, el Cura Loco, que no es otro que el mismo Castellani—, porque son eficacísimos para hacernos renegar de lo que Cristo llamó “el mundo”». Dejemos, por el momento, la consideración de esta novela, local y universal a la vez.

Estima Castellani que el mundo se encuentra ya suficientemente ablandado y caldeado para recibir al Pseudoprofeta del Apocalipsis, al que desde hace tiempo está preanunciando la predicación de los «falsos profetas», contra los cuales tan insistentemente nos precavió Cristo (cf. Mt 24, 14.24), y cuya aparición es otra de las señales predichas: «Pseudoprofetas a bandadas».

Anteriormente hemos señalado que para nuestro autor las Siete Iglesias a las que se envían sendos mensajes (cf. Ap 1-3) son tipos simbólicos de siete épocas del devenir histórico de la Iglesia. Cuando el vidente se dirige a las primeras Iglesias las impele a purificarse, pero cuando llega a las postreras, Filadelfia y Laodicea, el «haz penitencia» se trueca súbitamente en «he aquí que vengo pronto» (Ap 3, 11), y después: «mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20). Quizás estemos en esos momentos terminales, en los tiempos que corresponden a la Iglesia de Laodicea, una Iglesia tibia, ni fría ni caliente, con barnices de cristianismo, con ropajes de fe católica, pero signada por el convencionalismo y la rutina. Una Iglesia a la que Dios amenaza con vomitar de su boca. No dice: «te vomitaré» sino «comenzaré a vomitarte» (Ap 3, 16), amenaza que, según Castellani, corresponde a la «gran apostasía» anunciada por Pablo y el mismo Cristo. Por suerte el vómito no se consumará. Los que resistan o hagan penitencia se salvarán. Será la época de la parábola de la cizaña. Cuando llega el tiempo de la siega es cuando la cizaña se parece más al trigo. Por eso Cristo, al ver el mundo futuro desde aquel montículo de Jerusalén desde donde se divisaba el Templo, profetizó la Gran Tribulación Final, así como la decadencia de la Iglesia en su fervor, e incluyó en la profecía parusíaca, como typo de ella, la caída de la Sinagoga y el Templo, sobre todo en razón del fariseísmo que corrompió a la Sinagoga y es el mayor mal de la Iglesia actual. De ahí las palabras que el vidente dirige a la Iglesia de Laodicea: «Porque tú dices: rico soy, me he enriquecido, nada me falta. Y no te das cuenta de que eres un mendigo, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3, 17).

Tal será el papel especialmente encomendado al Pseudo-profeta. El Apocalipsis nos muestra el Templo profanado, no destruido. La religión se mantendrá, pero adulterada; sus dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica. También el Templo perdurará, porque no hay que destruir los templos sino la fe. El Templo servirá para que allí se siente el Anticristo, «haciéndose adorar como Dios» (2 Tes 2, 4). Es «la abominación de la desolación», como dijo Daniel (9, 27) y repitió Cristo (cf. Mt 24, 15). Al parecer, Daniel designaba con esa expresión un altar pagano que Antíoco Epifanes había erigido en el Templo de Jerusalén. Trátase de un hebraísmo que significa «la peor inmundicia», «la última basura». Los israelitas lo usaban para designar el sacrilegio supremo: los ídolos puestos en el templo de Dios. Pero Castellani se esmera por dejar en claro que la corrupción de la Iglesia no será total. A ello tenderá sin duda el intento del Pseudoprofeta. Logrará, sí, que el Atrio y las Naves sean conculcados. Pero el Tabernáculo o Sancta Sanctorum restará preservado.

¿Cómo se concretará esta adulteración del cristianismo? De la manera que antes hemos señalado, es decir, consintiendo la Iglesia, ella también —en su sector adúltero, se entiende—, a las tres tentaciones del desierto que en su momento Cristo supo rechazar. Una Iglesia abocada a lo temporal, polarizada en ello, en la adquisición de los bienes terrenos, en la distribución abundante de pan. He aquí la primera tentación. Una Iglesia en busca de renombre, que emplea sus poderes religiosos para alcanzar prestigio y ascendiente, que reemplaza la contemplación por la agitación burocrática. Tal la segunda tentación. Y la tercera: una Iglesia al servicio de los que son poderosos, buscando el reino en este mundo, con los medios más eficaces, que son hoy los satánicos. La acusación de Dostoievski da, ahora sí, en el blanco.

A este «naturalismo religioso» o «aloguismo», Castellani lo sintetiza así: «Es el ideal de la Añadidura antes que el Reino, o la Añadidura sin el Reino, o el Reino Milenario desde ya y sin Cristo, es decir, el cristianismo expurgado de la cruz de Cristo y de su Segunda Venida».

La parte corrupta de la Iglesia puesta al servicio del Anticristo. He ahí el gran logro de la Primera Bestia. El Pseudoprofeta será el que «actúe», es decir, «ritualice» el proyecto del Anticristo, el que lleve a cabo su «propaganda sacerdotal». El Apocalipsis resume su quehacer en tres iniciativas. Ante todo, organizará la veneración colectiva de la Primera Bestia, imponiendo la adoración idolátrica de su icono nefando, so pena de terribles persecuciones (cf. Ap 13, 12.14-15). En segundo lugar realizará increíbles prodigios en favor del Anticristo, haciendo llover fuego del cielo, si es necesario (cf. Ap 13, 13), y sobre todo haciendo hablar a la imagen de la Bestia (cf. Ap 13, 15). Hoy es ello factible, como dijimos, merced al apabullante progreso de la técnica. La Bestia podrá hablar un día, y a través de la televisión ser visto y oído por multitudes reunidas en plazas y templos, todo un universo exaltado. Y finalmente inventará una muerte y una resurrección amañada de la Bestia (cf. Ap 13, 3.12), para que emule la de su Adversario divino.

Dicho triunfo sólo será factible con la ayuda del sector adúltero de la Iglesia. Bien escribe Castellani: «El mundo quiere unirse y actualmente el mundo no se puede unir sino en una religión falsa. O bien las naciones se repliegan sobre sí mismas en nacionalismos hostiles, o bien se reúnen nefastamente con la pega de una religión nueva, un cristianismo falsificado; el cual naturalmente odiará de muerte al auténtico. Sólo la religión puede crear vínculos supranacionales». La unificación del mundo se realizará por el terror y por la mentira, por el terror político y por la mentira de la falsa religión, o de un cristianismo falsificado.

4. Las Tres Ranas

Ya tenemos varios de los personajes del drama: el Dragón, el Anticristo, el Pseudoprofeta. ¿No será, nos preguntamos, la nueva trinidad, el simiesco y satánico remedo de la Trinidad divina: el Dragón emulando al Padre, el Anticristo al Verbo, y el Pseudoprofeta al Espíritu Santo?

El Apocalipsis nos informa que los tres personajes son fecundos: «Y vi que de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del Pseudoprofeta salían tres espíritus inmundos en forma de ranas. Son tres espíritus demoníacos, obradores de prodigios, y se encaminan donde los reyes de toda la tierra para convocarlos a la gran batalla… Los convocaron en el lugar llamado en hebreo Armagedón» (Ap 16, 13-14.16).

En estas Tres Ranas, eruptadas por el Dragón, el Anticristo y el Pseudoprofeta, Castellani cree ver el liberalismo, el comunismo y el modernismo, en cuya conjunción o alianza alcanza su plenitud el viejo naturalismo que, como lo señalamos, es en el fondo el gran proyecto del Anticristo. Tres herejías que parecen ranas porque son vocingleras, saltarinas, pantanosas y tartamudas, dice.

Muchos creen que el liberalismo está en las antípodas del comunismo. Nada más lejos de la realidad ya que, como lo demostró fehacientemente Dostoievski, el segundo, ese espíritu batracio que sale de la boca de la Bestia, es hijo del primero. Tanto el liberalismo como el marxismo tienen todas las características de una religión. Pero por si ello no quedara claro, el modernismo, que a los ojos de Castellani es el fondo común de aquellas dos ideologías contrarias, aunque no contradictorias, algún día las copulará estrechamente por obra del Pseudoprofeta. «El «cuá-cuá» del liberalismo es «libertad, libertad, libertad»; el «cuá-cuá» del comunismo es «justicia social»; el «cuá-cuá» del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: «Paraíso en la tierra»; Dios es el Hombre; el hombre es Dios».

El Modernismo es la herejía suprema. Según decía Pío X, las engloba a todas, es como su encrucijada. Será la última herejía, porque en materia de falsificación del cristianismo no parece posible ir más allá. ¿Puédese imaginar acaso una idolatría más execrable, una apostasía más perfecta que la adoración del hombre en lugar de Dios, y eso bajo formas cristianas, manteniéndose incluso el armazón exterior de la Iglesia? En su novela Los papeles de Benjamín Benavides pone Castellani un ejemplo típico de dicha actitud de espíritu. Alude allí a un libro de los modernistas donde se habla con emoción de la Misa cantada: es un espectáculo imponente, se lee en el mismo, no hay que dejar esa egregia conquista del «patrimonio cultural» de la Humanidad, sino procurar que se conserve y perfeccione… podada, eso sí, de la pequeña superstición que ahora la informa, a saber, la presencia real de Cristo en el Sacramento. Con lo que la ceremonia, concluye Castellani, queda «vacía», o mejor, «queda vacía hasta que otro ocupe el lugar de Cristo en el Sacramento».

He aquí las tres herejías, que al decir de nuestro autor, «se van a unir por las colas —cosa admirable, dado que las ranas no tienen cola— contra lo que va quedando de la Iglesia de Cristo, un día que quizá no esté lejano».

5. El Pequeño Resto

En los tiempos del Anticristo, el señorío del demonio será tremendo, le hace decir Castellani al judío Benavides, y se desatará en todas las direcciones: en operaciones esotéricas y nefandas de magia y espiritismo; en el poder abrumador de la «ciencia moderna», que ya se ha vuelto capaz de arrojar fuego del cielo con la bomba atómica y hacer hablar a una imagen mediante la televisión combinada con la radio; en la tiranía implacable de la maquinaria política; en la crueldad de los hombres rebeldes y vueltos «fieras en la tierra»; en la seducción sutil de los falsos doctores que usarán el mismo cristianismo contra la cruz de Cristo, una parte del cristianismo contra otra, y a Jesús contra su Iglesia.

La opción por Cristo o por el Anticristo se hará universal e ineludible. La sola profesión de fe cristiana pondrá a los fieles en situación de martirio. El poder político más totalitario y universal que haya existido, revestido de religiosidad falsa, hostigará a los fieles, persiguiéndolos a sangre y fuego. La mayoría caducará, de modo que la apostasía cubrirá al mundo como un diluvio. Bien decía San Pablo que Cristo, sí, volvería, pero «primero tiene que venir la apostasía» (2 Tes 2, 3). Los que resistan serán poco numerosos, los contados 144.000 de que habla el texto sagrado (cf. Ap 7, 4), un pequeño resto, perdido en el océano de las multitudes apóstatas. Esos pocos «no podrán comprar ni vender» (Ap 13, 17; 14, 1), ni circular, ni dirigirse a los demás a través de los medios de comunicación, ahora en manos del poder político. Cualquier intento de emigración se tornará impensable, ya que el mundo entero será una inmensa cárcel, sin escape posible. Sólo quedará «refugiarse en el desierto» (cf. Ap 12, 14).

Los que permanecerán fieles serán los que «no se ensuciaron con mujeres» (Ap 14, 4), es decir, con la Mujer, la Ramera. Hombres límpidos, «en cuya boca no se encontró mentira» (Ap 14, 5), hombres lúcidos y valientes, verdaderos baluartes en medio de un huracán, acosados por la traición y el espionaje. En las novelas Su Majestad Dulcinea y Juan XXIII (XXIV), Castellani los imagina cual «guerreros de Cristo», nueva Caballería, al modo de las antiguas Órdenes religioso-militares; los «cristóbales», los llama, «la resurrección de Don Quijote». Sean «combatientes», sean «pacientes», poco les será concedido. Verán el Templo hollado por los impíos, verán cómo la jerarquía del Pseudoprofeta —mercenarios en vez de pastores— enseña una religión nueva. Para colmo, Dios guardará silencio y parecerá endurecer sus oídos a las súplicas de los héroes. Aparecerán como derrotados (cf. Ap 13, 7). Satanás y sus ministros les dirán con sorna: «¿Dónde está vuestro Dios?», y ellos callarán.

Porque lo exterior siempre es secundario. Lo más dramático serán los tormentos interiores que experimentarán los que se obstinen en su fidelidad. Se verán sometidos a noches oscuras interminables, a conflictos de conciencia desgarradores, que en muchos casos no se resolverán en esta vida. Habrá quienes deberán luchar, con sangre en el alma, durante años y años, sin resultado aparente, contra tentaciones supremas, sufriendo «el bofetón de Satanás» (2 Cor 12, 7), sin la ayuda de la gracia sensible; porque «el sol se oscurecerá, la luna se volverá color de sangre, y caerán las estrellas del cielo»… (Ap 6, 12-13). Nadie podría aguantar si Cristo no volviese pronto.

Los primeros mártires debieron luchar contra los emperadores, los últimos contra el mismo Satanás. Por eso serán mártires mayores. Ni siquiera serán reconocidos como mártires, agrega San Agustín, ya que se los condenará como delincuentes ante las multitudes, víctimas de la propaganda. La llamada «opinión pública» estará en favor de esta persecución.

Serán contados, decíamos, los que resistan. Porque las situaciones de heroísmo, sobre todo de heroísmo sobrehumano, son para pocos. El mismo Cristo dijo que cederían «si fuera posible, los mismos escogidos» (Mt 24, 24). Mas no es posible que caigan los escogidos. Un ángel ha comenzado a marcar sus frentes con el nombre del Cordero y de su Padre (cf. Ap 14, 1), y Dios ordena suspender los grandes castigos hasta que estén todos señalados, abreviando la persecución por amor de ellos.

«Su único apoyo serán las profecías —escribe Castellani—. El Evangelio Eterno (es decir, el Apocalipsis) habrá reemplazado a los Evangelios de la Espera y el Noviazgo; y todos los preceptos de la Ley de Dios se cifrarán en uno solo: mantener la fe ultrapaciente y esperanzada… Los fieles de los últimos tiempos sólo se salvarán por una caridad inmensa, una fe heroica y la esperanza firme en la próxima Segunda Venida».

Acompañarán en su resistencia a este pequeño resto dos personajes misteriosos, los llamados Dos Testigos (cf. Ap 11, 1 ss.). No se sabe de cierto quiénes serán. Para algunos, Enoc y Elías; para otros, Moisés y Elías. En el Apocalipsis aparecen como dos grandes y santos paladines, que defenderán a Cristo, y tendrán en sus manos poderes prodigiosos. El Anticristo «les hará la guerra, los vencerá y los matará» (Ap 11, 7). Sus cadáveres quedarán expuestos frente al Santo Sepulcro. Pero luego de tres días y medio el Señor los resucitará (cf. Ap 11, 11).

Hemos considerado ya varios de los personajes del drama apocalíptico: el Dragón, la Primera y la Segunda Bestia, los fieles heroicos y los dos testigos.

Compendiemos lo dicho hasta acá transcribiendo un texto donde Castellani nos ha dejado una especie de «retrato» del Anticristo, junto con una descripción de su modo de gobierno:

El Anticristo no será un demonio sino un hombre demoníaco, tendrá «ojos como de hombre» levantados con la plenitud de la ciencia humana y hará gala de humanidad y humanismo; aplastará a los santos y abatirá la Ley, tanto la de Cristo como la de Moisés; triunfará tres años y medio hasta ser muerto «sine manu», no por mano de hombre; hará imperar la abominación de la desolación, o sea, el sacrilegio máximo; será soberbio, mentiroso y cruel, aunque se fingirá virtuoso; fingirá quizá reedificar el templo de Jerusalén para ganarse a los judíos, pero para sí mismo lo edificará y para su ídolo Maozím; idolatrará la fuerza bruta y el poder bélico, que eso significa Maozím, «fortalezas» o «munimentos»… pero él será ateo y pretenderá él mismo recibir honores divinos; en qué forma no lo sabemos: como hijo del hombre, como verdadero Mesías, como Encarnación perfecta y Flor de lo humano soberbiamente divinizado…

Fingirá quizá haber resucitado de entre los muertos; ¿usurpará fraudulenta la personalidad de un muerto ilustre? ¿O restaurará un Imperio antiguo ya muerto? Reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo que fomentará una falsa Iglesia. Matará a los profetas y tendrá de su parte una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la interpretación y la predicación del Apokalypsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habrá verdaderos monstruos que ocuparán sedes y cátedras y pasarán por varones píos religiosos y aun santos porque el Hombre del Delito tolerará un cristianismo adulterado.

Abolirá de modo completo la Santa Misa y el culto público durante 42 meses, 1.260 días. Impondrá por la fuerza, por el control de un estado policíaco y por las más acerbas penas, un culto malvado, que implicará en sus actos apostasía y sacrilegio; y en ninguna región del mundo podrán escapar los hombres a la coacción de este culto. Tendrá por todas partes ejércitos potentes, disciplinados y crueles. Impondrá universalmente el reino de la iniquidad y de la mentira, el gobierno puramente exterior y tiránico, una libertad desenfrenada de placeres y diversiones, la explotación del hombre, y su propio modo de proceder hipócrita y sin misericordia. Habrá en su reinado una estrepitosa alegría falsa y exterior, cubriendo la más profunda desesperación…

La caridad heroica de algunos fieles, transformada en amistad hasta la muerte, sostendrá en el mundo los islotes de la fe; pero ella misma estará de continuo amenazada por la traición y el espionaje. Ser virtuoso será un castigo en sí mismo, y como una especie de suicidio…

6. La Mujer Coronada

En el capítulo 12 del Apocalipsis se habla de otra mujer: «Un signo magno apareció en el cielo. Una mujer vestida de sol y la luna debajo de sus pies. Y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y gestaba en su vientre y clamaba con los dolores de parto y con el tormento de dar a luz» (12, 1-2). Los exégetas han aplicado este texto, algunos a la Santísima Virgen, otros a la Iglesia o a Israel. A la Santísima Virgen no parece cuadrarle del todo, al menos directamente, por lo de los «dolores de parto», de que careció, si bien no deja de ser legítimo aplicárselo figurativamente, como lo hace la liturgia y el arte cristiano.

¿Será aplicable a la Iglesia? Así lo han entendido algunos comentaristas según los cuales aquella mujer simboliza a la Iglesia de los últimos tiempos, cristianos y judíos convertidos, que tantas veces los Profetas representaron con los rasgos de una mujer, a la que se promete el perdón de su infidelidad, la purificación plenaria y el Desposorio final. Sin embargo, no parece convenirle plenamente, aunque sí por extensión.

Para otros, figura al Israel de Dios, «que da a luz un hijo varón» (Ap 12, 5). Así lo interpreta Castellani, en la inteligencia de que dicho texto se refiere a la conversión final de los judíos, preanunciada por San Pablo y los profetas. Cuando lleguen los tiempos postreros, los judíos, cuya sangre corre por las venas de María, y de cuya estirpe nació la Iglesia, van a concebir a Cristo por la fe —expresión usual en las Escrituras— y lo van a dar a luz con grandes dolores. En el Calvario le gritaron: «Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en ti» (Mt 27, 40.42), y allí Él les dirá: «Creed en mí y bajaré de la Cruz», escribe nuestro autor.

Por lo general, la tradición católica ha visto en la Parturienta a la Iglesia y a la Sinagoga a la vez, pues entre ellas hay continuidad a los ojos de Dios. Si San Juan vio acaso a María en ese extraño cuadro que nos traza, fue porque María resume a la Iglesia y a la Sinagoga, siendo como es la corona de ambas.

Recordemos que antes se nos habló de otra mujer, la Fornicaria, o Gran Ramera, que simbolizaba la Babilonia pecadora, o también la religión pervertida, entregada a los poderes temporales. Según Castellani, las dos mujeres del Apocalipsis, la Prostituta, que cabalga la Bestia roja, y la Parturienta, vestida del sol de la fe, pisando la luna del mundo, representan la religión en sus dos polos extremos, la religión corrompida y la religión fiel. Una prostituta no se distingue esencialmente de una mujer honesta. Sigue siendo mujer, no se vuelve bestia, si bien San Juan la describe montada sobre la Bestia. Las dos mujeres son hermanas, nacidas de una misma madre, la religión, o mejor, el instinto religioso, inerradicable en el ser humano. Representan las Dos Ciudades de San Agustín, en el paroxismo de su enfrentamiento teológico.

De manera concisa escribe nuestro autor: «El significado concreto y ya esjatológico de las Dos Mujeres es éste, según parece: la Mujer Celestial y Afligida es el Israel de Dios, Israel hecho Iglesia; y concretamente el Israel convertido en los últimos tiempos; la Mujer Ramera y Blasfema es la religión adulterada ya formulada en Pseudo Iglesia en los últimos tiempos, prostituida a los Poderes de este mundo y asentada sobre la formidable potencia política y tiránico imperio del Anticristo».

La mujer vestida de sol sería, pues, Israel, que finalmente entrará en la Iglesia. El proceso histórico fue según sigue. Al comienzo, los judíos rechazaron al Mesías. Pero dicho rechazo no dejó de ser providencial ya que, como escribe San Pablo, «la caída de los judíos trajo la salvación a los gentiles» (Rom 11, 11). Dios permitió la obcecación de los judíos para que el Evangelio, por ellos repudiado, fuera trasladado a los Gentiles. Así las naciones se convirtieron, estableciendo la Cristiandad. Al fin de los tiempos, tras la apostasía de las naciones, los judíos acabarán por convertirse, trayendo con dicha conversión inmensos bienes a todos. Por eso escribió San Pablo: «No quiero, hermanos, que ignoréis este misterio: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura» (Rom 11, 25-26). Por lo que concluye el Apóstol: «Si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión?» (Rom 11, 15).

En su libro sobre las Parábolas del Evangelio, Castellani relaciona con la imagen de la Parturienta lo que dijo Jesús en la Última Cena: «La mujer que da a luz, sufre porque le llegó la hora; pero cuando ha dado a luz un niño, ya ni se acuerda de su trance, porque nacido es un hombre para el mundo» (Jn 16, 21). A su juicio, las palabras del Señor se refieren de algún modo al retorno glorioso de Cristo. Desde el nacimiento carnal de Jesús —tal sería el hombre nacido para el mundo—, comienza la larga preñez de la Humanidad hacia el nacimiento del Cristo integral. El pueblo judío lo dará a luz con dolores de parto.

El «Signo Grande» se relacionaría, así, con los dos nacimientos de Cristo —typo y antitypo—, y principalmente con su segundo nacimiento integral en la totalidad de su Cuerpo, que acaecerá en los tiempos parusíacos. La Parturienta simbolizaría al Israel que dio a luz a Cristo dos veces; la primera por María Santísima; la otra, futura aún, por su anunciada conversión a Cristo. De este modo los judíos, a cuya raza perteneció María, van a concebir a Cristo de nuevo por la fe, y lo van a dar a luz, por la pública y dolorosa profesión de esa misma fe.

¿En qué momento se convertirán los judíos? Los Santos Padres tienen dos opiniones al respecto. Según algunos, ocurrirá antes de que aparezca el Anticristo. Otros, por el contrario, sostienen que los judíos serán los primeros adeptos del Anticristo, a quien reconocerán como al Mesías esperado, constituyendo su escolta y guardia de corps, según aquello que dijo el Señor: «Yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero Otro vendrá en su nombre y a ése lo recibiréis» (Jn 5, 43). Sólo a la vista de la Segunda Venida de Cristo, los judíos se convertirán. «Mirarán a quien traspasaron», preanunció el profeta Zacarías (12, 10).

Es sentencia frecuente de los Padres que dicha conversión se deberá principalmente a la predicación de Elías. El mismo Jesús dijo: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo» (Mt 17, 11; cf. Mc 9, 11). Junto con Elías, volverá Enoc, el otro Testigo, posiblemente a predicar a los Gentiles.

Apoyándose en Billot, Castellani cree detectar en la actualidad ciertos indicios de una posible conversión de los judíos. Por ejemplo, la propagación del «sionismo», merced al cual los israelitas han recobrado el ardor cívico y las virtudes guerreras, de que el mundo los creía incapaces. Una lengua muerta ha sido resucitada, hecho único en el mundo; en la Universidad de Jerusalén se habla en la lengua sacra de la Biblia. Asimismo se produjo su retorno a Tierra Santa: el término de la dispersión de los judíos por el mundo, que no fue sino castigo de su infidelidad, puede ser también el preludio de su conversión. Hay profecías alusivas en Ez 37, 21; Am 9, 11-12; Bar 2, 34-35.

Sigamos con el texto del Apocalipsis. Cuando la Mujer estaba por dar a luz, un fiero Dragón rojo se detuvo delante de ella con la intención de devorar a su hijo; pero el «hijo varón» (Ap 12, 5), apenas nacido, fue llevado al Trono de Dios para regir a todas las naciones con el cetro mesiánico. El Dragón, lleno de furia, persiguió a la mujer, mas el Señor le dio dos alas como de águila, con que voló al desierto donde sería alimentada durante 1260 días (cf. Ap 12, 13-14). La soledad significa quizás el abandono y desprecio de los neófitos por parte de los judíos no convertidos y del ingente mundo apóstata que los rodea. Al fracasar en su intento, el Dragón «se fue a hacer guerra a los otros de su semilla» (Ap 12, 17). Pareciera suponerse que hay dos grupos de «hijos de la Mujer», los judíos convertidos, y nosotros, los cristianos de la gentilidad; los judíos neófitos y los cristianos viejos.

Del Dragón se dice que «con su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra» (Ap 12, 4). Para explicar este texto recurre Castellani a un teólogo del siglo V, llamado Teodoreto, según el cual las estrellas del cielo que serán arrastradas a la tierra por el Dragón, representan «a los varones brillantes, príncipes no sólo políticos mas también eclesiásticos, doctores y religiosos», que en los tiempos finales perderán la fe, y se pondrán al servicio del Anticristo; apóstatas «inmanentes», los más peligrosos de todos.

A continuación, el texto sagrado describe un combate en las alturas: «Y prodújose una guerra en el cielo. Mikael y sus ángeles salieron a guerrear con el Dragón» (Ap 12, 7). He aquí otro personaje de este drama sagrado, una figura que si bien aparece fugazmente, no por ello su acción resulta menos contundente, la de Mikael, empeñado en lucha grandiosa con el Dragón y sus adláteres de la tierra. Se juntan aquí dos batallas, muy separadas en el tiempo. En la primera, que se desarrolla en las alturas, el Ángel arroja al Dragón del cielo a la tierra (cf. Ap 12, 9). Allí el demonio recobra el aliento e instaura su reino por medio del Anticristo. Entonces los que se arrodillen ante la Bestia gritarán: «¿Quién como la Bestia? ¿Y quién podrá luchar contra ella?» (Ap 13, 4). Grito siniestro, que se enfrenta con el grito de San Miguel. Como se sabe, Mikael significa «¿Quién como Dios?». Mikael es un nombre y un clamor. Son dos gritos que se confrontan: «¿Quién como la Bestia?» y «¿Quién como Dios?». Cuando la victoria del Anticristo y de su Pseudoprofeta parezca ineluctable, «en aquel tiempo se levantará [de nuevo] Mikael, Príncipe de nuestro pueblo», como profetizó Daniel (12, 1). La lucha en el cielo será doblada de una última lucha religiosa sobre la tierra.