La SS o Seguridad Social progresante, o cómo darle «matarile» con talante

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«Vamos, progres... ¡Alegradme el día!»«Vamos, progres... ¡Alegradme el día!»

La imagen de la derecha es un motivo para una camiseta, de la época de las últimas elecciones presidenciales de EE. UU. Parece algo exageradillo y violentillo, ¿no? Pues al paso que va el mundo, y quiénes lo dirigen, me temo que pronto va a ser que no, porque parecen empeñados en liquidarnos a unos cuantos, aunque eso sí: siempre por nuestro bien y el de la sociedad. Comentaba con sorna y acierto un blogger en «Hay prisa por matar»:

«Qué progresista y adelantado a su época fue ese gran filántropo de la humanidad llamado Adolf Hitler, y su doctor Brandt, promotor del plan de eutanasia terapéutica.

»Qué visionarios los nazis, que a pesar de haber utilizado después sus métodos de exterminio con una minoría racial (en una lamentable desviación de su programa original), al principio los usaron con quienes corresponde: minusválidos, personas con síndrome de Down, ancianos.

»Un lema sublime para estos gobiernos progresistas: “Una vida que no merece ser vivida”. Lo inventó ese otro gran filántropo, Joseph Goebbels».

Aunque la cosa viene de lejos, supongo que todo el mundo se acuerda del caso holandés, ¿no? Y del caso de Luxemburgo, ¿verdad?, a cuyo soberano (de quien, por cierto, me sentiría muy orgulloso si fuera súbdito suyo) de paso le recortaron los poderes.

Tampoco hay que irse tan lejos: ¿qué tal nuestro gran «benefactor», el Dr. Montes y su «Sendero Luminoso», y el gran apoyo mediático y político que recibió? ¿Sabían que por poco le dan el pasaporte al Prof. Jesús Neira? Menos mal que todavía en España hay muchos médicos que son médicos, y espero que la crisis no empuje a la administración sanitaria a practicar o imponer «terapias progresistas», porque si no… antes de ir al hospital, mejor preparen el testamento (y confiesen: con este gobierno, a saber cuánto tiempo más duran los capellanes en la S. S.).

¿Tremendo? Pues esperen, que hay más. Parece que al otro lado del charco tienen el mismo problema, según informa The American Spectator en «The Doctor Will Kill You Now», que no tiene desperdicio. Pasen y vean la nueva cámara de los horrores.


Ahora el médico te matará

por Daniel Allott, 2009-abr-01
©2008 The American Spectator

El pasado junio en Eugene (Oregón, EE. UU.) Barbara Wagner, de 64 años de edad, recibió una carta del Plan de Salud del estado de Oregón, la cual padecía una recaída de cáncer de pulmón en aquel momento, en la que se le informaba de que su póliza de seguro no cubriría el alto coste (aproximadamente 4000 US$ al mes) de la medicación paliativa del cáncer.

«El tratamiento del cáncer avanzado destinado a la prolongación de la vida, o al cambio del la evolución de esta enfermedad, no es un prestación cubierta por el Plan de Salud de Oregón», puntualizaba la carta que recibió Wagner.

Pero la carta informaba que el plan cubriría el coste —sólo 50 US$— de un tratamiento muy diferente: el suicidio asistido por médico.

«Creo que esto es un error —dijo Wagner, que falleció en octubre, a los periodistas—. Decirle a alguien “te pagaremos para que mueras, pero no para que vivas” es cruel —dijo—. Me enfurece. ¿Qué se habrán creído?»

Así es la vida en Oregón, que, hasta hace poco, era el único estado en donde era legal el suicidio asistido por médico.

La eutanasia de vez en cuando resurge como artículo de primera plana. Hace una década, Jack Kevorkian llenaba titulares cuando se le envió a prisión por asesinato en segundo grado después de asistir en el suicidio de un paciente (aunque sólo después de haber ayudado a acabar con sus vidas a otros más de 130 pacientes).

Hará cuatro años esta semana, la muerte de Terry Schiavo por inanición y deshidratación causó tal revuelo que hizo que nuestro actual presidente cometiera lo que calificaría posteriormente como su «mayor error» en el Senado de los EE. UU. al votar por una legislación que permitía a la familia de Schiavo trasladar su litigio de los tribunales estatales a los federales en un intento de detener su asesinato.

Para la mayoría, sin embargo, la eutanasia ha quedado como un asunto político de segunda fila, incluso en círculos pro-vida, en donde generalmente ha quedado subordinado al aborto, a la educación sexual y a las células madres [embrionarias].

Pero esto está a punto de cambiar. El pasado noviembre, los votantes hicieron de Washington el segundo estado que legaliza el suicidio asistido médicamente. En diciembre, un juez de Montana dictaminó que la eutanasia es legal en ese estado. Mientras tanto, en Oregón, cuyos votantes legalizaron la eutanasia en 1994, se registraron en 2008 un récord de 60 suicidios médicamente asistidos. Este año se han promulgado leyes de legalización del suicidio asistido en Hawai y Nuevo Hampshire.

Add to these developments the perfect storm of record budget shortfalls, a looming entitlements crisis fueled by scores of millions of baby boomers on the cusp of retirement and end of life, and a president and Congress that embrace a utilitarian view of human life, and it’s easy to see why euthanasia is reemerging as a top issue. This time it might be here for good.

Advocates of assisted suicide like to talk about compassion and choice. But utilitarian principles are driving the new push for euthanasia.

Environmentalists continue to speak about the threat of overpopulation. Last week, Jonathon Porritt, a top “green” advisor to British Prime Minister Gordon Brown, called for cutting in half, from about 60 million people to about 30 million people, Great Britain’s population, which, Porritt said, “is putting the world under terrible pressure. Each person in Britain has far more impact on the environment than those in developing countries so cutting our population is one way to reduce that impact.”

A handy way to cut down on the living is to kill off the ballooning population of elderly, who strain government-run health care schemes. Though physician-assisted suicide is officially outlawed in Britain, a recent report found that approximately 2,500 patients a year are given drugs that accelerate their death in what some are calling “euthanasia by the back door.”

Last week, the British government announced that Parliament will consider a provision to allow suicide tourism, making it legal for Britons to travel to other countries to commit suicide.

In the United States, where 30 percent of Medicare spending pays for care in the final year of patients’ lives, the euthanasia movement has an opportunity. The American public is ambivalent about the morality of doctor-assisted suicide. According to Gallup polling, between 2004 and 2007, the share of Americans who considered assisted suicide morally acceptable actually decreased from 53 to 49 percent, while the share that felt it was morally wrong increased from 41 to 44 percent.

But an ambivalent public won’t stop those determined to put us on the road to liberalized euthanasia laws and health-care rationing. In recent years, a number of state legislatures have considered futile-care bills, which permit doctors to refuse treatment to patients even if it violates the patient’s written advance directive.

Tucked inside the “there’s no time to debate” stimulus bill was $1 billion for research into creating guidelines to direct doctors’ treatment of difficult high cost medical problems. The provision establishes within the Department of Health and Humans Services an Office of the National Coordinator for Health Information Technology, part of whose purpose is to “reduce health care costs resulting from inefficiency, medical errors, inappropriate care, duplicative care, and incomplete information.” Soon Washington will have to agree that treatment you receive is cost-effective.

Recently, American Values President Gary Bauer and I argued that the abortion movement has undergone a philosophical shift, from being “pro-choice” to “pro-abortion.” Policies enacted by President Obama and the Democratic-controlled Congress force all American taxpayers to underwrite abortion at home and abroad, and the repealing of conscience provisions will compel pro-life medical professionals to participate in abortion.

The debate surrounding doctor-assisted suicide is changing in the same way. Many of its advocates have moved beyond trying to secure “the right to die.” Soon the burdensome will have a duty to die.

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