Relaciones angélico-humanas

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Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al segundo día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día segundo

Meditación.
Relaciones angélico-humanas.

I. ¿Has meditado alguna vez detenidamente sobre las estrechas relaciones que unen al mundo angélico con la naturaleza humana?

Ambas han sido creadas con un mismo supremo destino: para ser consciente mani­festación de la divina gloria, consciente reflejo de la divina bondad; coros, celestial el uno, terrenal el otro, que con acordados concentos cantasen las alabanzas del poder, la grandeza y la hermosura de Dios derramadas por toda la creación, y que fijasen luego en éxtasis de felicísimo amor por toda la eternidad su vista en la divina esencia, fuente de todo bien y de toda hermosura.

Criaturas inteligentes la angélica y la hu­mana, a ambas destinó al cielo por un mismo camino: por el de la voluntaria y libre aceptación, por el del amor. Para ello a am­bas sujetó a prueba; y en ambas tuvo la prueba el mismo resultado. Muchos ángeles se apartaron de Dios y en loca rebeldía se precipitaron en la desgracia eterna, como muchos hombres despreciando las amorosas finezas del Señor se abrazan con el pecado y caen en la eterna condenación.

Pero todos estaban llamados a un mismo fin, para todos era la divina gracia, que nos hace hijos adoptivos de Dios y nos llama a la herencia de su gloria.

Pondera aquí cuán grande debe ser el amor que nos tiene el Santo Ángel, que nos mira como a hermanos suyos, hechuras del mismo omnipotente Dios y destinados a una misma eterna bienaventuranza; hermanos menores, por la inferioridad de nuestra naturaleza, y tal vez por eso más tiernamente amados con amor de compasión; pero ver­daderos hermanos en la comunicación de la naturaleza divina por la gracia.

II. Es más, los Santos Ángeles no ven sólo en la naturaleza humana una bellísima obra de Dios, inteligente y libre, destinada al cielo; ven más, mucho más. Dios la esco­gió para desposarse en ella con la creación toda; para elevar así todo lo creado. ¡El Ver­bo se hizo hombre! Un hombre, no un ángel, es Hijo de Dios natural, y ese Hombre‑Dios es jefe y cabeza de los Ángeles y de los hom­bres (1). A ese Hombre adoran los Ángeles, mientras que adorar a un ángel sería pecado; a la diestra del Padre está la naturaleza hu­mana en la persona del Verbo exaltada, glo­rificada, revestida de divinos resplandores, y los ángeles te cantan himnos de adoración y de amor. ¡Oh, poderosa causa de rebelión y de envidia para los ángeles malos, que no han querido adorar al Verbo hecho hombre, que en nosotros lo odian y lo persiguen afa­nándose en borrar de nuestras almas su di­vina imagen!.

¡Oh, inefable privilegio concedido por Dios al humano linaje; siendo inferior por naturaleza lo ha hecho superior por gracia, pues los santos ángeles en Cristo adoran a su Dios y en María reconocen, dan culto y obedecen a su Reina y Señora!

Contempla, pues, a los Ángeles Santos formando con nosotros una misma sociedad de adoradores, amando y reverenciando en nosotros la semejanza de Cristo; ayudándo­nos solícitos a imitarle y asemejarnos más a Él; afanándose porque ninguno de nosotros muera a esa sociedad, que es la vida verda­dera del alma; regocijándose cada vez que un pecador resucita de nuevo a ella (2); ve­lando sobre nuestra flaqueza y corruptibili­dad; cooperando con Cristo y con María en la obra de nuestra salvación para llevarnos a ser como ellos en el cielo cumpliéndose en cada uno de nosotros aquellas palabras del Redentor: “Serán como los Ángeles de Dios” (3), más aún, para que seamos seme­jantes a Dios según las palabras de San Juan: “Seremos semejantes a El” (4).

Prorrumpe en acciones de gracias a Dios Nuestro Señor, y en coloquios de ternísimos afectos con los Santos Ángeles, y en particular con el Custodio de nuestra Patria, con quienes tan estrechos y amorosos lazos te unen:

Oración.

¡Oh, Santo Ángel Custodio de España, perfectísimo espíritu creado para alabar al Señor y disfrutar de la eterna beatitud! El primer acto de tu existencia fue adorarle con profunda humildad y bendecirle con ardentísimo amor; desde entonces, confirmado en su gracia, no cesas de contemplar sus infinitas perfecciones, abismado en el océano de interminable felicidad, ni dejas de servirle, velando por su gloria, obedeciendo sus man­datos y protegiéndonos para llevarnos a El.

Alcánzanos de Dios, oh Santo Ángel, que todos nosotros te imitemos; que cada uno de nuestros actos sea una alabanza del Se­ñor, que toda nuestra vida sea como una consciente y amorosa adoración!

También nuestra Patria, como todo cuan­to existe, ha sido formada para dar gloria a Dios, y sólo procurándosela cumple sus destinos. ¡Cuánta le ha dado en los pasados tiempos, y cómo Dios la bendecía y recom­pensaba! Hoy el ángel rebelde, que sober­bio se apartó de Dios, arrastrando en pos de sí muchos espíritus, ya para siempre des­graciados, pretende seducirla con los falaces sofismas, y los halagadores desenfrenos de la impiedad, para que renuncie a su históri­ca religiosidad, se aparte de Dios, abomine de su antiguo carácter, apostate en su vida de nación de las creencias de nuestros ma­yores, y laica y atea busque sólo sus medros temporales, olvidando fines más altos. No permitas, Ángel bendito, que nuestra Espa­ña caiga en tan funesta tentación; ilumina a todos tus protegidos, desbarata las intrigas y tenebrosos planes de los impíos, ruega al Altísimo que confirme a España en su servi­cio, que sea siempre la Nación Católica por excelencia, que en ella siempre viva, reine e impere Jesucristo, que de esa suerte Dios la colmará de prosperidades y de glorias; al­canza del Señor la conversión de todos los que por error o por depravación quieren acarrear a España tan graves males y ob­tennos a todos la eterna salvación para can­tar contigo las divinas alabanzas por los si­glos de los siglos. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

Hermosísima confirmación de la doctrina que acabamos de meditar encierra el capítu­lo XXII y último del Apocalipsis.

Dios Nuestro Señor había enviado un Án­gel a revelar a San Juan las misteriosas profecías en la isla de Patmos; por medio de maravillosas visiones y de sentenciosas palabras había desempeñado el Santo Ángel su misión; al final dice el ángel: Dios me ha enviado, y he aquí que velozmente he ve­nido.¡Bienaventurados los que observen las palabras de profecía de este libro! “Y yo mismo Juan, añade el vidente, soy el que ha oído y visto todo esto. Y después que lo oí y lo vi, caí postrado en adoración ante los pies del Ángel que me lo mostraba, y me dijo: ¡Guárdate de hacerlo!, porque consiervo tuyo soy y de tus hermanos los pro­fetas y de todos los que guarden las pala­bras de profecía de este libro”.

Consiervo nuestro, se llama el Santo Án­gel; criatura de Dios como nosotros, destinado también a su servicio y gloria; siervo como nosotros de Jesucristo, hijo de Dios, sobre quien versa la profecía apocalíptica, en la cual repetidas veces aparecen los án­geles adorándolo y obedeciéndole.

¡Qué honor para nosotros formar con los ángeles una sociedad de adoradores de Dios y de Jesús! ¡Cuán provechoso nos sería para adelantar en la virtud fomentar esas relaciones con los Santos Ángeles por medio de culto y devoción en que les expresáramos nuestros afectos e implorásemos sus ilustraciones y favores, sus consejos y defensa para servir al divino Dueño de los Ángeles y de los hombres!

(Continúa con la Antífona.)


1 Colos. II. 10. – Eph. IV, 15 – I, 10

2 Luc. XV, 10

3 Math. XXII, 30

4 I. Juan III, 2