Radiografía de una revolución (4.ª parte)

Sigue y concluye la transcripción del interrogatorio a Rakovski en esta cuarta entrega. Esta parte se centra en los detalles y oportunidad de un pacto entre Hitler y Stalin, justificándolo con la historia cercana y nombres personales y de instituciones, muchas de ellas, estadounidenses. Concluye con una justificación filosófica que enlaza el idealismo hegeliano con el naturalismo de Spinoza, filosofía que, según Rakovski, es la de los personajes que están tras la Finanza («Ellos»), y que lo que buscan es la síntesis entre la tesis comunista y la antítesis capitalista en lo que devendría un capitalismo-comunista detentado por ellos.


R.—Simplifiquemos. Carente ya del objeto para el que fue creada la potencia militar alemana —darnos el Poder en la U. R. S. S.—, ahora se trata de lograr una inversión de frentes; dirigir del oriental al occidental el ataque hitleriano.

G.—Exactamente. ¿Ha pensado en un plan práctico de realización?

R.—Sobraban muchas horas en la Lubianka. He pensado. Vea usted: Si lo difícil ha sido entre nosotros hallar un punto de coincidencia, y lo demás ha fluido de manera natural, el problema se reduce a descubrir algo donde Stalin y Hitler coincidan también.

G.—Sí; pero reconocerá que es todo un problema.

R.—No tan insoluble como cree. En realidad, sólo hay problemas insolubles cuando implican oposición dialéctica subjetiva… y, aún así, nosotros creemos siempre posible y necesaria la síntesis, superando el «imposible moral» de los metafísicos cristianos.

G.—Vuelve a teorizar.

R.—Es en mí necesario por mi disciplina mental. La gran cultura prefiere venir a lo concreto desde la generalización y no lo contrario. Hitler y Stalin pueden coincidir, porque, aun siendo muy distintos, son idénticos en su raíz; si Hitler es un sentimental en grado patológico y Stalin es normal, ambos son egotistas; ninguno es un idealista; por eso son ambos bonapartistas; es decir, imperalistas clásicos. Y siendo así, ya es fácil una coincidencia entre ambos… ¿Por qué no si también fue posible entre una Zarina y un Rey prusiano?…

G.—Rakovsky, es usted incorregible…

R.—¿No adivina?… Si Polonia hizo coincidir a Catalina y a Federico, cada uno modelo del «Zar» y del «Rey» actual de Rusia y Alemania, ¿por qué no puede Polonia ser causa de coincidencia entre Hitler y Stalin? La línea histórica zarista-bolchevique y monárquico-nazi así como la personal de Hitler y Stalin pueden coincidir en Polonia. La nuestra, la de «Ellos», también: es una nación cristiana y, para mayor agravante, católica.

G.—¿Y dada la triple coincidencia?…

R.—Si hay coincidencia, es posible un acuerdo.

G.—¿Entre Hitler y Stalin?… ¡Absurdo! ¡Imposible!

R.—No hay absurdos ni tampoco imposibles en política.

G.—Imaginemos en hipótesis: Hitler y Stalin atacan a Polonia…

R.—Permítame interrumpirle: su ataque sólo puede provocar esta alternativa: guerra o paz…, debe admitirla.

G.—Sí; pero ¿y qué?…

R.—¿Estima usted a Inglaterra y a Francia, con su inferioridad en ejército y aviación frente a Hitler, capaces de atacar a Hitler y a Stalin unidos?…

G.—En efecto, me parece difícil…, a no ser que América.

R.—Deje usted por el momento a los Estados Unidos. ¿Me concede que no puede haber guerra europea por un ataque de Hitler y Stalin a Polonia?…

G.—En lógica, no parece muy posible.

R.—En ese caso, el ataque, la guerra, sería casi inútil. No provocaría la destrucción de las naciones burguesas entre sí: la amenaza hitleriana contra la U. R. S. S., realizado el reparto de Polonia, seguiría subsistiendo, porque, teóricamente, Alemania y la U. R. S. S. se habrían fortalecido por igual; prácticamente, Hitler más, porque ni tierras ni materias primas necesita la U. R. S. S. para fortalecerse más y Alemania sí.

G.—Está bien visto…; pero no parece haber otra solución.

R.—Sí hay solución.

G.—¿Cuál?…

R.—Que las democracias ataquen y no ataquen al agresor.

G.—¡Desvaría usted!… Atacar y no atacar a la vez…, eso sí que es un imposible absoluto.

R.—¿Cree usted?… Serénese… ¿No serían dos los agresores?… ¿No hemos convenido que no se produciría el ataque, precisamente por ser dos?… Bien…, ¿qué inconveniente hay para que sólo ataquen a uno de los dos?…

G.—¿Qué quiere usted expresar?…

R.—Sencillamente, que las democracias solo declaran la guerra a un agresor; precisamente, a Hitler.

G.—Solo es una hipótesis gratuita.

R.—Hipótesis, pero gratuita no. Reflexione usted, toda nación que debe luchar contra una coalición de Estados enemigos tiene como su máxima aspiración estratégica el batirlos separadamente, uno a uno. Es regla tan conocida y racional, que sobra toda demostración. Pues bien: esa oportunidad, convendrá usted conmigo, no hay ningún inconveniente de brindarla. Con que Stalin no se sienta ofendido con el ataque a Hitler y no se una con él, creo resuelta la cuestión. ¿No es así?… Además, la geografía lo impone y, por tanto, la estrategia. Por estúpidas que fueran Francia e Inglaterra pretendiendo luchar a la vez contra dos potencias, una de las cuales quiere ser neutral y la otra por sí sola ya es mucho adversario para ellas…, ¿por dónde iban ellas a realizar el ataque contra la U. R. S. S.?… No tienen frontera, si no la atacan por el Himalaya… Sí, queda la frontera aérea…, pero, ¿con qué y desde dónde podrían atacar a Rusia?… Están en inferioridad en el aire frente a Hitler. Todo esto que arguyo no es ningún secreto, es demasiado público. Como ve, todo se simplifica mucho.

G.—Sí, circunscribiendo el conflicto a las cuatro potencias parecen lógicas sus deducciones; pero no son cuatro, sino muchas, y la neutralidad no es cosa muy fácil en una guerra de tal envergadura.

R.—Desde luego, pero la posible intervención de más naciones no modifica la correlación de fuerzas. Haga su balance mental y verá cómo subsiste el equilibrio aunque intervengan más o todas las naciones europeas. Además, y esto es lo importante, ninguna otra nación que pudiera entrar en la guerra junto a Inglaterra y Francia les podrá quitar a ellas la dirección; por tanto, seguirán siendo válidas las razones que les impidan atacar a la U. R. S. S.

G.—Olvida usted a los Estados Unidos.

R.—Ya verá usted cómo no los olvido. Limitándome a estudiar su función en el programa previo que ahora nos ocupa, le diré que América no podrá obligar a que ataquen Francia e Inglaterra simultáneamente a Hitler y a Stalin. Para poderlo hacer tendrían los Estados Unidos que entrar en la guerra desde el primer día. Y ello es imposible. Primero, porque América no ha entrado ni entrará jamás en una guerra si no es agredida. Pueden sus dirigentes lograr ser agredidos cuando les convenga. Esto se lo concedo. Cuando no ha tenido éxito la provocación y el enemigo la ha encajado, la agresión ha sido inventada. En su primera guerra internacional, la guerra contra España, cuya derrota no era dudosa, ya fingieron la agresión, o se la fingieron «Ellos». En el 1914, tuvo éxito la provocación. Se discutirá técnicamente si la hubo, es cierto; pero es regla sin excepción que quien comete agresión sin convenirle, la comete por provocación. Ahora bien: esta magnífica táctica americana, que yo aplaudo, se subordina siempre a una condición: a que la agresión ocurra «oportunamente», cuando conviene al agredido, a los Estados Unidos; es decir, cuando están militarmente armados. ¿Estamos hoy en ese caso?… Evidentemente, no. América tiene hoy poco más de cien mil hombres en armas y una mediocre aviación militar; solo posee una respetable escuadra…, pero comprenderá que no podría convencer con ella a los aliados para un ataque a la U. R. S. S., cuando Inglaterra y Francia en lo único que tienen superioridad es en el mar. He vuelto a demostrar que no puede haber por ese lado alteración en la correlación de fuerzas en presencia.

G.—Aún admitido, explíqueme la realización técnica.

R.—Como ha visto, dada la coincidencia de intereses entre Stalin y Hitler para su ataque a Polonia, todo se reduce a lograr formalizar la coincidencia y a pactar su doble agresión.

G.—¿Y lo cree usted cosa muy fácil?…

R.—Sinceramente, no. Sería necesaria una diplomacia más experta que la staliniana. Tendría que hallarse en servicio la que ha decapitado Stalin o la que se pudre ahora en la Lubianka. Litvinov, en pasados tiempos, con ciertas dificultades, hubiera sido capaz, aunque su raza hubiera sido un gran handicap para tratar con Hitler; pero ahora es un hombre acabado, lo consume un pánico espantoso, le tiene un miedo cerval, más que a Stalin, a Molotov. Todo su talento está embargado en lograr que no lo crean trotskista… Oír él que debería iniciar una aproximación a Hitler, sería tanto como decirle que fabricase por sí mismo la prueba de su trotskismo. No veo el hombre capaz; desde luego, debería ser un ruso puro. Yo me ofrecería para orientar. De momento, sugiero que quien inicie las conversaciones, que deberán ser en un terreno estrictamente confidencial, derroche sinceridad… Sólo con la verdad, dado el muro de prejuicios existente, se podrá engañar a Hitler.

G.—Vuelvo a no entender su lenguaje paradógico.

R.—Perdone, pero sólo en apariencia lo es; me obliga la síntesis a ello. Quería decir que debe jugarse limpio con Hitler en lo concreto e inmediato. Hay que demostrarle que no se trata de una jugada de provocación para envolverle en una guerra de dos frentes. Por ejemplo, se le puede prometer y demostrar en el momento pertinente que nuestra movilización se limitará sólo a las pocas fuerzas necesarias para la invasión de Polonia, que, en realidad, serán pocas. Nuestro dispositivo real deberá situar sus gruesos dispuestos a repeler una supuesta agresión anglofrancesa. Stalin deberá ser espléndido en los abastecimientos previos que Hitler solicite, principalmente en petróleo. Esto es lo que se me ocurre de momento. Surgirán mil cuestiones más del mismo género, que deberán ser resueltas dando a Hitler la seguridad práctica de que sólo vamos a tomar nuestra parte de Polonia. Y como así ha de ser en el orden práctico, será engañado con la verdad.

G.—Pero, en ese caso, ¿dónde se halla el engaño?…

R.—Le dejo unos instantes para que usted mismo descubra dónde se halla el engaño a Hitler. Antes quiero subrayar, y usted debe anotarlo, que hasta el instante yo he dibujado un plan lógico, normal, por el cual se puede llegar a conseguir que se destruyan entre sí las naciones capitalistas, haciendo chocar a sus dos alas, a la fascista contra la burguesa. Pero, repito, es normal y lógico mi plan. Como ha visto, no intervienen factores misteriosos ni extraños. En una palabra, no intervienen «Ellos» para que sea posible su realización… Desde luego, creo adivinar su pensamiento: está usted pensando en este mismo momento que ha sido estúpido el haber perdido el tiempo en demostrar la indemostrable existencia y potencia de «Ellos»…, ¿no es así?…

G.—En efecto.

R.—Séame sincero. ¿De verdad no ve usted su intervención?… Le advierto, en ayuda de usted, que su intervención existe y es decisiva; tanto, que la lógica y naturalidad del plan sólo es apariencia pura… ¿No los ve a «Ellos» de verdad?…

G.—Francamente, no.

R.—Es tan sólo apariencia la lógica y la naturalidad de mi plan. Lo natural y lógico sería que Hitler y Stalin se destruyeran entre sí. Una cosa sencilla y fácil para las democracias si su objetivo fuera el proclamado por ellas, aunque muchos demócratas lo crean, porque les bastaría con permitirle, fíjese bien, «permitirle», a Hitler atacar a Stalin. No me diga que podría vencer a Alemania. Si el espacio ruso y la desesperación de Stalin y los suyos bajo el hacha hitleriana o frente a la venganza de sus víctimas no era suficiente para lograr que agotasen la potencia militar de Alemania, ningún obstáculo habría para que las democracias ayudasen sabiamente, metódicamente, a Stalin, si lo veían flaquear, prolongando su ayuda hasta el total agotamiento de los dos ejércitos. Esto sí que sería fácil, natural y lógico, si los motivos y fines de las democracias, que la mayoría de sus hombres creen verdaderos, fueran una realidad y no lo que son: pretextos. Hay un fin, un único fin: el triunfo del Comunismo; que no se lo impone a las democracias, sino Nueva York; no la «Komintern», sino la «Kapintern» de Wall Street… ¿Quién si no sería capaz de imponer a Europa una contradicción tan patente y absoluta?… ¿Cuál puede ser la fuerza que la lleve al suicidio total? Sólo hay una capaz: el Dinero. El Dinero es Poder; el único Poder.

G.—Seré sincero con usted, Rakovski. Le concede dotes de talento excepcional. Hay en usted una dialéctica brillante, agresiva, fina; cuando ella le falla, su imaginación tiene recursos para tender su telón multicolor fingiendo luminosas y claras perspectivas…; pero todo eso, si me deleita no me basta. Paso a interrogarle, tal como si yo creyera todo cuanto me ha dicho.

R.—Y yo le daré la respuesta, con la única condición de que usted no me atribuya ni más ni menos de cuanto yo haya dicho.

G.—Prometido. Afirma usted que «Ellos» impiden e impedirán la guerra lógica desde un punto de vista capitalista, la guerra germano-soviética… ¿Interpreto bien?…

R.—Exactamente.

G.—Pero la realidad actual es que permiten la expansión y el rearme alemán. Esto es un hecho. Ya sé que, según usted, ello lo motivaba el plan trotskista, fracasado por las «purgas» hoy; por tanto, ya sin objeto. Frente a la nueva situación, sólo sugiere usted que Hitler y Stalin pacten y se repartan Polonia. Y yo le pregunto: ¿cómo se nos garantiza de que con pacto o sin pacto, con reparto o sin reparto, no atacará Hitler a la U. R. S. S.?…

R.—No se garantiza.

G.—Entonces, ¿para qué hablar más?…

R.—No se precipite usted; la formidable amenaza contra la U. R. S. S. es práctica, real. No es hipótesis ni amenaza verbal. Es un hecho, un hecho que dicta. «Ellos» ya tiene una superioridad sobre Stalin; una superioridad que no han de abdicar. A Stalin se le brinda sólo una alternativa, una opción; no una plena libertad. El ataque de Hitler se producirá por sí mismo; nada deben «Ellos» hacer para que se produzca; tan sólo dejarlo a él obrar. Ésta es la realidad básica y determinante olvidada por usted con su mentalidad muy Kremlin… Introversión, señor, introversión.

G.—¿La opción?…

R.—Se la definiré una vez más, pero escueta: ser atacado Stalin o realizar el plan que yo he trazado, haciendo que se destruyan entre sí las naciones capitalistas europeas. Yo he llamado a esto alternativa; pero, como ve, sólo es alternativa teórica. Stalin se verá obligado, si quiere sobrevivir, a realizar el plan propuesto por mí, una vez ratificado por «Ellos».

G.—¿Y si se niega?…

R.—Le será imposible. La expansión y el rearme alemán continuarán. Cuando Stalin lo vea frente a sí, gigantesco, amenazador…, ¿qué ha de hacer?… Se lo dictará su propio instinto de conservación.

G.—Sólo parece que los acontecimientos se han de realizar según la pauta trazada por «Ellos»…

R.—Y así es. Naturalmente, en la U. R. S. S. no sucede hoy así; pero tarde o temprano sucederá igual. No es difícil predecir y hacer realizar algo cuando ello conviene al que debe realizarlo, en este caso, Stalin, al que no creemos un suicida. Es mucho más difícil vaticinar e imponer la ejecución de algo que no conviene a quien lo ha de ejecutar, en este caso, las democracias. He reservado para este momento concretarle la verdadera situación. Abdique usted de la idea equivocada de que son ustedes árbitros en esta situación dada; porque los árbitros son «Ellos».

G.—«Ellos» una y otra vez… ¿Deberemos tratar con fantasmas?…

R.—¿Son fantasmas los hechos?… Será prodigiosa la situación internacional, pero no fantasmal; es real y bien real. No es un milagro; ahí está determinado la política futura… ¿La cree usted obra de fantasmas?…

G.—Pero, vamos a ver; supongamos que se acepta su plan… Algo tangible, personal, deberemos conocer para tratar.

R.—¿Por ejemplo?…

G.—Alguna persona con representación, con poderes…

R.—¿Y para qué?… ¿Por el placer de conocerla?… ¿Por el placer de hablar?… Tenga en cuenta que la supuesta persona, caso de presentarse, no les traerá credenciales con sellos ni escudos, ni vestirá casaca diplomática, por lo menos, la de «Ellos»; cuanto diga o prometa, cuanto pacte, no tendrá ningún valor jurídico ni contractual… Comprenda que no son «Ellos» un Estado; son lo que fue la Internacional antes del 1917; lo que aún es ella oficialmente: nada y todo a la vez. Imagínese usted a la U. R. S. S. tratando con la Masonería, con una organización de espionaje, con los comitadjis macedonios o con los ustachis croatas… ¿Habría nada oficial, escrito, jurídicamente contractual?… Esos pactos, como el de Lenin con el Estado Mayor alemán, como el de Trotsky con «Ellos», se realizan sin escritos ni firmas. La garantía única de su cumplimiento radica en que cumplir lo pactado conviene a los pactantes…, garantía que es la única real en todo pacto, por grande que sea su solemnidad.

G.—En ese caso, ¿cómo empezaría usted?

R.—Sencillamente, yo empezaría mañana mismo a sondear Berlín…

G.—¿Para convenir el ataque a Polonia?…

R.—Yo no empezaría por ahí… Me mostraría transigente, algo desengañado de las democracias, aflojaría en España… Esto sería un hecho alentador; luego, se aludiría vagamente a Polonia. Como usted ve, nada comprometedor; pero lo suficiente para que los elementos del O. K. W., los bismarckianos, como se llaman ellos, tengan argumentos para Hitler…

G.—¿Nada más?…

R.—por el momento, nada más; ya es una gran tarea diplomática.

G.—Francamente, dadas las ideas reinantes hasta el momento en el Kremlin, yo no creo que nadie se atreva hoy a sugerir siquiera un viraje tan radical en la política internacional. Yo le invitó, Rakovski, a sustituirse mentalmente en la persona que deba decidir en el Kremlin… Sin más que sus revelaciones, sus razones, sus hipótesis y sus sugerencias…, me concederá que nadie puede convencerse. Yo mismo, que lo he oído a usted, que, no debo negarlo, he sufrido su gran sugestión verbal y personal, ni por un momento me he sentido bajo la tentación de considerar prácticamente lo de un pacto germano-soviético.

R.—Los acontecimientos internacionales obligarán con fuerza incontrastable…

G.—Pero será perder un tiempo precioso. Discurra usted algo tangible, algo que yo pueda presentar como prueba de veracidad… De lo contrario, yo no me atreveré a elevar el informe de nuestra conversación; lo redactaré con toda fidelidad, pero irá él a dormir en un archivo del Kremlin.

R.—¿Bastaría para la toma en consideración que alguien, aunque fuese extraoficialmente, hablase con alguna persona de categoría?…

G.—Sería, según creo, algo sustancial.

R.—Mas… ¿con quién?…

G.—Sólo es mi opinión personal. Rakovski, habló usted de personas concretas, de grandes financieros; si mal no recuerdo ha citado usted algún Schiff, por ejemplo; también citó a otro que les sirvió de enlace con Hitler para su financiación… Habrá también políticos o personas de rango que sean uno de «Ellos» o, si quiere, que les sirvan. Alguno así podría servirnos para iniciar algo de tipo práctico… ¿No sabe usted de nadie?…

R.—Yo no veo la necesidad… Reflexione: ¿de qué van ustedes a tratar?… del plan que yo sugiero seguramente, ¿no?… ¿Para qué?… En ese plan, por ahora, nada tienen «Ellos» que hacer; su misión es «no hacer»… Por tanto, ninguna acción positiva pueden ustedes convenir ni exigir… Recuerde, medite bien.

G.—Aún siendo así, nuestro estado de opinión personal impone la necesidad de una realidad, aunque sea innecesaria… Un hombre cuya personalidad haga verosímil el poder que usted les atribuye a «Ellos»…

R.—Le complaceré, aún convencido de la inutilidad. Ya le dije que yo ignoro quién sean «Ellos». Con seguridad, por habérmelo dicho persona que debía saberlo…

G.—¿Quién?…

R.—Trotsky. Por habérmelo dicho Trotsky, sólo sé yo que uno de «Ellos» fue Walter Rathenau, el de Rapallo. Vea usted al último de «Ellos» que ocupa un poder político y público, cómo es él quien rompe el bloqueo económico de la U. R. S. S., a pesar de ser él uno de los más grandes millonarios. Desde luego, lo fue Lionel Rothschild. Con seguridad no puedo decirle más nombres. Ahora sí, puedo nombrar muchos más, cuya personalidad y hechos me los definen coincidentes en absoluto con «Ellos», que manden u obedezcan esos hombres es algo que no puedo yo afirmar.

G.—Dígame algunos.

R.—Como entidad, la banca Kuhn, Loeb y C.ª, de Wall Street; dentro de esta casa está la familia Schiff, Warburg, Loeb y Kahn; digo familia, al señalar diferentes apellidos, porque se hallan todos enlazados por matrimonios entre sí. Baruch, Frankfurter, Altschul, Cohen, Benjamín; Straus, Steinhardt, Blum, Rosenman, Lippmann, Lehman, Dreifus, Lamont, Rothschild, Lord; Mandel, Margenthau, Ezechiel, Lasky… Supongo que serán suficientes nombres; si atormento más mi memoria podría recordar más; pero, repito, yo no sé quién puede ser uno de «Ellos» y ni siquiera puedo afirmar que necesariamente alguno lo es; quiero salvar toda mi responsabilidad. Pero sí creo firmemente que cualquiera de los citados por mí, aún no siéndolo, haría llegar a «Ellos» una proposición de tipo sustancial. Desde luego, tanto si se acierta o no en la persona, no debe esperarse una respuesta directa. La contestación la darán los hechos. Es una téctica invariable, que respetan y hacen respetar. Por ejemplo, si usteden deciden hacer una gestión diplomática, no deberán emplear un lenguaje personal, dirigido a «Ellos»; limítese a expresar una reflexión, una hipótesis racional, subordinada a incógnitas precisas. Luego sólo resta esperar.

G.—Comprenderá que no tengo ahora un fichero para identificar a todas las personas que usted ha mencionado; pero supongo que deben hallarse muy lejos. ¿Dónde?…

R.—La mayoría, en los Estados Unidos.

G.—Comprenderá que si decidiéramos una gestión invertiríamos en ella mucho tiempo. Y hay urgencia; una urgencia no nuestra, sino de usted, Rakovski…

R.—¿Mía?…

G.—Sí, de usted; recuerde que su proceso ha de celebrarse muy pronto. Yo no lo sé, pero no creo aventurado suponer que si lo tratado aquí pudiera interesar al Kremlin, convendría interesarlo antes de que usted compareciera ante el Tribunal, sería cosa muy decisiva para usted. Creo que, por su propio interés, debe brindarnos algo más rápido. Lo esencial es lograr, mejor en días que en semanas, una prueba de que usted ha dicho algo de verdad. Yo creo que si brindase usted esto casi le podría yo dar seguridades relativamente grandes de salvar la vida… De otra manera no respondo yo de nada.

R.—En fin, me aventuraré. ¿Sabe usted si está en Moscú Davies?… Sí, el embajador de Estados Unidos.

G.—Sí, creo que sí; debe haber vuelto.

R.—Sería un conducto.

G.—Creo que, si es así, debió usted empezar por ahí.

R.—Sólo un caso tan extraordinario creo que me autoriza, contraviniendo reglas, a usar un conducto oficial.

G.—Entonces, podemos pensar que el Gobierno americano se halla detrás de todo esto…

R.—Detrás no; bajo eso…

G.—¿Roosevelt?…

R.—Yo que sé. Tan sólo puedo inducir. Sigue usted con su manía del espionaje novelístico. Yo le podría fabricar para complacerle toda una historia; me sobra imaginación, datos y hechos verdaderos para darle apariencia de verdad rayando en la evidencia. ¿Pero no son más evidentes los hechos públicos?… Y ponga usted con su imaginación el resto si le place. Vea por sí mismo. Recuerde aquella mañana del día 24 de octubre de 1929. Un tiempo llegará en que será para la Historia de la Revolución un día más importante que el 25 de octubre de 1917. El día 24 es el krak de la Bolsa de nueva York; principio de la llamada «depresión», auténtica Revolución. Los cuatro años de Hoover son de avance revolucionario: doce a quince millones de parados. En febrero de 1933 es el último golpe de la crisis con el cierre de los Bancos. Más no pudo hacer la Finanza para batir al «americano clásico» aun encastillado en su Reducto Industrial y esclavizarlo económicamente al Wall Street… Sabido es que todo empobrecimiento de la economía, sea social o animal, es un florecer de lo parasitario y la Finanza es el gran parásito. Pero aquella Revolución americana no tenía sólo el fin usurario de acrecentar el Poder del Dinero; ambicionaba más. El Poder del Dinero, aunque poder político, sólo se había ejercido de manera indirecta, y ahora debían convertirlo en un poder directo. El hombre a través del cual lo ejercían sería Franklin Roosevelt. ¿Ha comprendido?… Anote usted esto: En este año de 1929, el año primero de la Revolución americana, en febrero, sale Trotski de Rusia; el krak es en octubre… La financiación de Hitler es acordada en julio de 1929. ¿Cree usted todo casual?… Los cuatro años de Hoover son los empleados en preparar la toma del poder en Estados Unidos y en la U. R. S. S., allí, por medio de la Revolución financiera; aquí, por la guerra y el derrotismo subsiguiente… ¿Tendrá más evidencia para usted una buena novela imaginativa?… Comprenderá que un plan de tal envergadura requería un hombre excepcional rigiendo el Poder Ejecutivo en Estados Unidos, destinados a ser la fuerza organizadora y decisiva: ese hombre fue Franklin y Eleanor Roosevelt, y permítame decirle que ese ser bisexual no es ninguna ironía… Había que huir de posibles Dalilas.

G.—¿Roosevelt uno de «Ellos»?…

R.—Yo no sé si es uno de «Ellos» o si sólo les obedece a «Ellos»… ¿Qué más da?… Lo creo consciente de su misión, pero no puedo afirmar si obedecerá por chantaje o si será uno del Mando; pero es cierto que cumplirá su misión, realizará la acción a él asignada con toda fidelidad. No me pregunte más, que yo no sé más.

G.—En caso de que se decidiera dirigirse a Davies, ¿qué forma sugiere?…

R.—Primeramente, deben elegir la persona… Un tipo así como el «barón»; él podría servir… ¿Vive aún?…

G.—No lo sé.

R.—Bien, quede la persona para vuestra elección. Deberá mostrarse vuestro enviado confidencial e indiscreto, mejor como cripto-oposicionista. La conversación será llevada con habilidad hacia la situación contradictoria en que las llamadas democracias europeas colocan a la U. R. S. S. con su alianza contra el Nacional-Socialismo. Es aliarse con el Imperialismo británico y francés, un imperialismo real, actual, para destruir a un imperialismo potencial… Un eslabón verbal servirá para engarzar la falsa posición soviética con una idéntica de la democracia americana… También ella, por defender una democracia interior en Francia e Inglaterra, se ve impelida a sostener un imperialismo colonial… Como usted ve, puede plantearse la cuestión sobre una base lógica fortísima… De ahí a formular hipótesis de acción es facilísimo. Primera: que ni a la U. R. S. S. ni a los Estados Unidos les interesa el imperialismo europeo, ya que la disputa se reduce a una cuestión de dominio personal. Que ideológica, política y económicamente, conviene a Rusia y a América la destrucción del imperialismo colonial europeo, sea directo o indirecto. Más aún a los Estados Unidos. Si Europa perdiera en una nueva guerra toda su fuerza, Inglaterra, que no la tiene propia y sí como nación hegemónica europea, desaparecida Europa como potencia, su imperio de habla inglesa, en un solo día, vendría a gravitar hacia los Estados Unidos, como es política y económicamente fatal… Vea lo que usted empezó a escuchar bajo aquel aspecto de conspiración siniestra, como puede ser dicho sin escandalizar a cualquier inefable burgués americano. Al llegar aquí, puede hacerse un paréntesis de días. Luego, vista la reacción, se debe avanzar más. Hitler está lanzado; puede ser imaginada cualquier agresión, él es un agresor integral, no cabe una equivocación… Y pasar a interrogar: ¿Qué actitud común deberían adoptar Estados Unidos y la U. R. S. S. frente a la luz de que, bajo cualquier motivo, será siempre una guerra entre imperialistas que poseen e imperialistas que ambicionan?… La respuesta será: neutralidad. Nuevo argüir: sí, neutralidad; pero ser neutral no depende sólo de la voluntad de uno, depende también del agresor… Sólo puede existir la seguridad de ser neutral cuando al agresor no le conviene o no puede agredir. A tal fin, lo infalible es que el agresor ataque a otra nación; evidentemente, a otra nación imperialista… De ahí a pasar, por razón de seguridad, a sugerir la necesidad y la moralidad de que si el choque no se produce por sí mismo entre los imperialistas, debe ser provocado, ha de resultar facilísimo… Y, aceptado en teoría, como se aceptará, concertar prácticamente las acciones es ya pura mecánica. He aquí el índice: 1.º Pacto con Hitler para repartirse Checoslovaquia o Polonia; mejor ésta. 2.º Hitler aceptará. Si él es capaz del bluf en su juego de conquistas, tomar algo en unión de la U. R. S. S. lo creerá infalible garantía de que las democracias transigirán. No puede creer él en sus amenazas verbales, sabiendo, como lo sabe, que los más belicistas son a la vez desarmistas y que su desarme es real. 3.º Las democracias atacarán a Hitler y no a Stalin; dirán a las gentes que, aun siendo igualmente culpables de agresión y reparto, la razón estratégica y logística les impone el batirlos por separado. Primero, Hitler; luego, Stalin.

G.—¿Y no nos engañarían con la verdad?…

R.—¿Y cómo?… ¿Es que no queda Stalin en libertad de ayudar en la medida necesaria a Hitler?… ¿No dejamos en sus manos el prolongar la guerra entre los capitalistas hasta el último hombre y hasta la última libra?… ¿Con qué lo iban a poder atacar?… Ya tendrían suficiente las naciones agotadas de Occidente con la Revolución comunista interior, que triunfaría…

G.—¿Pero y si Hitler triunfase rápidamente?… ¿Y si movilizase, como Napoleón, a toda Europa contra la U. R. S. S.?

R.—¡Es increíble!… Olvida usted la existencia de los Estados Unidos; desecha usted el factor potencial más importante… ¿No es natural que América, imitando a Stalin, ayude por su parte a las naciones democráticas? Concertar «contra el reloj» las dos ayudas a los dos bandos combatientes asegura infaliblemente la duración indefinida de la guerra.

G.—¿Y el Japón?…

R.—¿No tiene ya bastante con China?… Que le garantice Stalin su «no intervención». Los japoneses son muy dados al suicidio; pero no tanto que sean capaces de atacar a la U. R. S. S. y a China a la vez. ¿Más objeciones?…

G.—No; si de mí dependiera probaría… Pero… ¿cree usted que el embajador?…

R.—Creer, sí creo. No me han dejado hablar con él; pero fíjese usted en un detalle: el nombramiento de Davies se hace público en noviembre del 36; debemos suponer que Roosevelt pensó y gestionó mandarlo mucho antes, todos sabemos los trámites y el tiempo que requiere dar estado oficial al nombramiento de un embajador; más de dos meses. Debió ser acordado su nombramiento allá por agosto… ¿Y qué pasa en agosto?… Que son fusilados Zinoviev y Kamenev. Yo juraría que su nombramiento sólo tiene como fin el articular de nuevo la política de «Ellos» con la de Stalin. Sí, lo creo firmemente. Con qué ansiedad ha debido ir viendo caer uno tras otro a los jefes de la Oposición en las «purgas» sucesivas… ¿Sabe usted si asistió al proceso de Radek?…

G.—Sí.

R.—¡Lo ve usted!… Háblenle. Se halla esperando desde hace muchos meses.

G.—Por esta noche, debemos terminar; pero antes de separarnos quiero saber algo más. Supongamos que todo es verdad y que se realiza con pleno éxito. «Ellos» impondrán ciertas condiciones. ¿Adivina cuáles pueden ser?…

R.—No es difícil suponerlas. La primera será que cesen las ejecuciones de comunistas; es decir, de trotskistas, como ustedes nos llaman. Se impondrá, desde luego, fijar unas zonas de influencia…, ¿cómo diría yo?…, los límites que han de separar al comunismo formal del comunismo real. En lo esencial, no será más. Habrá compromisos de ayuda mutua durante el tiempo que dure la realización del plan. Verá usted, por ejemplo, la paradoja de que una muchedumbre de hombres, enemigos de Stalin, le ayuden; no, no serán proletarios precisamente, no espías profesionales… En todos los rangos de la sociedad, por muy altos que sean, surgirán hombres valiosos, que ayudarán a este comunismo formal staliniano cuando pase a ser, si no comunismo real, un comunismo objetivo… ¿Me ha comprendido?…

G.—Un poco; pero envuelve usted la cosa con tan oscuro casuísmo…

R.—Si hemos de terminar, sólo así puedo expresarme. Veamos si puedo aún ayudarle a comprender. Sabido es que se ha llamado hegeliano al Marxismo. Así fue reducida la cuestión a la vulgaridad. El idealismo hegeliano es la vulgar adaptación a la grosera inteligencia occidental del misticismo naturalista de Baruch Spinoza. «Ellos» son spinozistas; acaso sea lo inverso y que el spinozismo sea «Ellos», siendo aquél sólo versión adecuada para la época de la propia filosofía de «Ellos», muy anterior y superior… En fin, Marx, hegeliano y, por tanto, spinozista, fue infiel a su credo, pero sólo temporalmente, tácticamente. No es, como el Marxismo propugna, por el aniquilamiento de un contrario el devenir de la síntesis. Es por integración superadora de tesis y antítesis como la síntesis se hace una realidad, una verdad, en un acorde final de lo subjetivo y objetivo. ¿No lo ve usted ya?… En Moscú, Comunismo; en Nueva York, Capitalismo. Igual a tesis y antítesis. Analice ambas. Moscú: Comunismo subjetivo y capitalismo objetivo, capitalismo de Estado. Nueva York: Capitalismo subjetivo y comunismo objetivo. Síntesis personal, real, verdad: Finanza Internacional, capitalismo-comunista. «Ellos».

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