Radiografía de una revolución (3.ª parte)

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G.—Bien, aceptemos como hipótesis que no sea todo suerte. ¿Qué deduce de ahí a efectos prácticos?…

R.—Déjeme terminar esta pequeña historia, y luego ya deduciremos ambos… Trotsky, desde su arribo a Petrogrado es admitido sin reservas por Lenin. Como sabe demasiado bien, las disensiones entre ambos fueron profundas durante el tiempo que media entre las dos revoluciones. Todo se olvida y Trotsky es el artífice del triunfo de la Revolución, quiera Stalin o no quiera. ¿Por qué?… El secreto lo tiene la mujer de Lenin, la Krupskaya. Ella sabe quién es realmente Trotsky; ella es quien convenció a Lenin para que aceptase a Trotsky. Si no lo acepta, Lenin hubiera seguido bloqueado en Suiza; ésta ya era una poderosa razón para él y también lo fue el saber qué ayuda traía Trotsky a la Revolución. Supo Lenin, desde luego, que Trotsky traía el dinero y poderosas ayudas internacionales; el vagón precintado fue la demostración. Luego, la unidad en torno al insignificante Partido bolchevique de toda el ala izquierda revolucionaria, socialistas revolucionarios y anarquistas es obra de Trotsky, no de la intransigencia férrea de Lenin. No en vano, el antiguo Bund de proletarios judíos, del cual nacieron todas las ramas revolucionarias moscovitas, a las cuales dio el noventa por ciento de sus jefes, era el verdadero partido del «simpartido» Trotsky. Naturalmente, no del Bund oficial y público, sino del Bund secreto, insertado en todos los partidos socialistas y cuyos jefes están casi todos bajo su disciplina.

G.—¿También Kerensky?

R.—Kerenski también…, y algunos jefes más no socialistas, jefes de fracciones políticas burguesas…

G.—¿Cómo así?…

R.—¿Olvida usted el papel de la Masonería en la primera fase democrático-burguesa de la Revolución?…

G.—¿También obedecía al Bund?…

R.—Como inmediato escalón, desde luego; pero, en realidad, obedecía a «Ellos».

G.—¿A pesar de la marea marxista que se alzaba, la cual también amenazaba sus privilegios y sus vidas?…

R.—A pesar de todo eso; naturalmente, no veía tal peligro. Tenga usted en cuenta que todo masón ha visto y ha creído ver más que lo real con su imaginación, porque imaginaba lo que le convenía. La presencia en aumento de masones en los gobiernos y jefaturas de Estado de las naciones burguesas es para ellos una prueba del poder político de su asociación. Tenga en cuenta que en aquellas fechas, todos los gobernantes de las naciones aliadas eran masones, con muy contadas excepciones… Esto era un argumento de gran fuerza para ellos. Tenían absoluta fe de que la Revolución se detendría en la República burguesa, tipo francés.

G.—Según el cuadro que me han pintado de Rusia en 1917, se necesitaba que fueran muy ingenuos para creer eso.

R.—Lo eran y lo son. Los masones no han aprendido aquella primera lección que fue la Gran Revolución, en la cual jugaron un gran papel revolucionario, y devoró a la mayoría masónica, empezando por su Gran Maestre, el Orleáns; mejor dicho, por el masón Luis XVI, para continuar con girondinos, hebertistas, jacobinos, etc., y si sobrevivieron algunos fue gracias al Brumario.

G.—¿Quiere usted decir que los masones están destinados a morir a manos de la Revolución, traída con su ayuda?…

R.—Exacto… Ha formulado usted una verdad encerrada en un gran secreto. Yo soy masón; ya lo sabía usted ¿no?… Pues bien: le diré a usted cuál es ese gran secreto que se promete descubrirle al masón en el grado inmediato superior…, pero que no lo descubre ni en el 25, ni en el 33, ni en el 93, ni en el más alto de ningún rito… Naturalmente, yo no lo conozco por ser masón, sino por pertenecer a «Ellos»…

G.—¿Y cuál es?…

R.—Toda la formación del masón y el fin público de la Masonería tiende a que logren y concedan todas las premisas necesarias para el triunfo de la Revolución Comunista; naturalmente, bajo pretextos muy varios; pero que se cubren bajo su conocido trilema. ¿Comprende?… Y como la Revolución Comunista supone la liquidación como clase de toda la burguesía y la física de todo dirigente político burgués, el secreto auténtico de la Masonería es el suicidio de la Masonería como organización y el suicidio físico de todo masón algo importante… Ya comprenderá usted que tal fin reservado al masón, bien merece misterios, escenografía y tantos y tantos «secretos»… interpuestos para ocultar el auténtico… No se pierda, si usted tiene ocasión, presenciar en alguna futura Revolución el gesto de asombro y la estupidez reflejada en el rostro de un masón cuando se convence de que él va a morir a manos de los revolucionarios… ¡Cómo grita y quiere hacer valer sus servicios a la Revolución!… Es un espectáculo como para morir uno también…, pero de risa.

G.—¿Y aún niega usted la estupidez congénita en la burguesía?…

R.—La niego en la burguesía como clase; no en sectores determinados. La existencia de manicomios no indica una locura general. La Masonería puede ser también un manicomio, pero en libertad… Mas prosigo: ha triunfado la Revolución; la toma del Poder se consumó. Se presenta el primer problema: la Paz y con él la primera disensión dentro del Partido, en la cual toman parte las fuerzas de la coalición que disfruta el poder. No le relataré lo que ya es de sobra conocido sobre la lucha que se libra en Moscú entre los partidarios y adversarios de la paz de Brest. Solo le indicaré que lo llamado después Oposición trotskista, los liquidados y los por liquidar, ya se definieron allí; todos eran contrarios a firmar el tratado de paz. Aquella paz fue un error, traición inconsciente de Lenin a la Revolución internacional. Imagínese a los bolcheviques sentados en Versalles en la conferencia de la Paz y en la Sociedad de Naciones después, con el Ejército Rojo, acrecido y armado por los Aliados, dentro de Alemania. Hubiera sido soldar por las armas el Estado Soviético a la Revolución Alemana. Muy otro sería hoy el mapa europeo. Pero Lenin, un ebrio del poder, secundado por Stalin, que ya había probado el alcohol del mando, seguidos del ala nacional rusa del Partido, se impusieron por la fuerza material. Y entonces nació el «socialismo en un solo país»; es decir, el nacional-comunismo, que llega él a su apogeo con Stalin hoy. Naturalmente, hubo lucha; pero sólo en forma y extensión que no destruyese al Estado Comunista; condición con vigencia para la Oposición en toda su lucha ulterior hasta hoy. Esta fue la causa de nuestro primer fracaso y de todos los que se han seguido. Pero hubo lucha feroz, aunque disimulada, para no comprometer nuestra participación en el Poder. Trotsky organizó por sus enlaces el atentado de la Kaplan contra Lenin. Por su orden, Blumkin mató al embajador Mirbach. El golpe de estado de la Spiridonova y sus socialistas revolucionarios fue de acuerdo con Trotsky. Su hombre para todo esto era insospechado; fue aquel Rosemblum, un hebreo lituano, que usaba el nombre de O’Reilly, conocido como el mejor espía del Intelligence Británico. En realidad, un hombre de «Ellos». La razón de haber elegido a este famoso Rosenblum fue porque, conocido solamente como espía inglés, Inglaterra, no Trotsky ni nosotros, cargaría con la responsabilidad de atentados y complots en caso de fracaso. Y así fue. La guerra civil hizo abandonar el método conspirativo y terrorista; porque nos brindó la oportunidad de tener en nuestras manos la fuerza real del Estado, al llegar Trotsky a ser el organizador y jefe del Ejército Rojo. El ejército soviético, que retrocede sin cesar frente a los «blancos» y deja el territorio de la U. R. S. S. reducido al antiguo Ducado de Moscú, como por arte de magia, se torna victorioso. ¿Por qué cree usted?… ¿Por magia o casualidad? Se lo diré: al tomar Trotsky el mando supremo del Ejército Rojo, ya tiene él en sus manos la fuerza necesaria para tomar el Poder. Las victorias acrecerán su prestigio y su fuerza; los «blancos» ya pueden ser derrotados. ¿Cree usted verdadera la historia oficial, que atribuye todo el prestigio de la victoria soviética al mediocre, desarmado e indisciplinado Ejército Rojo?…

G.—¿A quién pues?

R.—En un noventa por ciento se lo debe a «Ellos». No debe usted olvidar que los «blancos» eran, a su manera, «democráticos». Con ellos estaban los mencheviques y los restos de todos los viejos partidos liberales. Dentro de tales fuerzas han tenido «Ellos» siempre muchos hombres a su servicio, conscientes o inconscientes. Al tomar Trotsky el mando, recibieron orden de traicionar a los «blancos» sistemáticamente y, a la vez, la promesa de participar más o menos pronto en el gobierno soviético. Maiski fue uno de aquellos hombres; uno de los pocos que vio cumplida en él la promesa, pero solo pudo lograrlo convenciendo a Stalin de su lealtad. Unido este sabotaje a la disminución progresiva de la ayuda de los aliados a los generales «blancos», ellos que, además, eran unos pobres idiotas, sufrieron derrota tras derrota. Por fin Wilson, en sus famosos 14 Puntos, introdujo el punto 6, lo cual bastó para que acabara para siempre todo intento de los «blancos» en la U. R. S. S. Durante la guerra civil se afianza para Trotsky la sucesión de Lenin. Era cosa indudable. Ya podía morir glorificado el viejo revolucionario. Si salió con vida de las balas de la Kaplan, no saldría él vivo de la disimulada eutanasia a la cual se le sometió.

G.—¿Abrevió su vida Trotsky?… ¡Gran clou para vuestro proceso!… ¿Sería Levin que asistió a Lenin?…

R.—¿Trotsky?… Acaso interviniera, que lo supiera es bien seguro. Ahora bien: la realización técnica…, lo accidental, ¿quién sabe?… Tienen «Ellos» demasiados canales para llegar adonde quieran.

G.—De cualquier manera, el asesinato refinado de Lenin es algo de primerísima categoría para llevarlo al próximo proceso… ¿Qué le parecería a usted, Rakovsky, ser esa cosa accidental, el autor?… Naturalmente, si fracasa usted en esta conversación… El caso técnico es muy adecuado para usted como médico…

R.—No se lo aconsejo. No toque usted ese asunto; es demasiado peligroso para Stalin mismo. Podrán ustedes con su propaganda hacer cuanto quieran; pero también tienen «Ellos» la suya, más poderosa, y un argumento superior a todas las confesiones arrancadas a Levin, a mí o a cualquier otro. El qui prodest hará ver en Stalin al asesino de Lenin.

G.—¿Qué quiere decir?…

R.—Que la regla clásica e infalible para descubrir a un asesino es averiguar a quién beneficia el asesinato…, y en el de Lenin el beneficiado fue su jefe, Stalin. Piénselo usted, y le ruego no haga estos incisos, que me distraen sin dejarme terminar.

G.—Bien, prosiga usted; pero ya sabe…

R.—Es de dominio público que si Trotsky no sucedió a Lenin no fue por fallar nada humano en el plan. La suma de poderes en las manos de Trotsky durante la enfermedad de Lenin era superior a la necesaria para conseguirlo. Hasta estábamos provistos de la sentencia de muerte contra Stalin. La carta que a su esposo le arrancó la Krupskaya contra su actual jefe bastaría en manos de un Trotsky dictador para liquidar a Stalin. Pero un estúpido accidente, como ya sabrá, frustró todos nuestros planes. Trotsky cae enfermo con una dolencia que adquiere casualmente, y en el momento decisivo, cuando Lenin muere, lleva meses incapacitado de toda actividad. Inconveniente, dentro de sus grandes ventajas, de nuestra organización: la centralización personal. Naturalmente, que un Trotsky formado para la misión que debía realizar no se improvisa repentinamente. Ninguno de nosotros, ni siquiera Zinoviev o Kamenev, teníamos la formación ni el alcance necesario, que, por otra parte, Trotsky, celoso de ser suplantado, no quiso facilitar a ningún otro. Así que cuando al morir Lenin nos enfrentamos con Stalin, que ha desplegado actividad febril, pero secreta, prevemos la derrota en el Comité Central. Debemos improvisar una solución y la que se adopta es unirse a Stalin, ser más stalinista que él, exagerar; por tanto, sabotear. El resto ya lo conoce usted. Nuestra lucha subterránea permanente y su continuo fracaso frente a un Stalin que se revela como un genio policíaco, sin precedentes en todo el pasado. Más aún: Stalin, acaso por un atavismo nacionalista, que no pudo extirpar en él su incipiente marxismo, acentúa su panrrusismo, suscitando tras él una clase que nosotros deberíamos exterminar, la del nacional-comunismo, en oposición al comunismo-internacional que somos nosotros. Él coloca la Internacional al servicio de la U. R. S. S., y a ésta obedeciéndolo a él. Si queremos hallar un paralelo histórico debemos señalar al bonapartismo, y si queremos hallar otro personal a Stalin, no encontramos un personaje histórico par. Pero yo creo hallarlo en lo esencial fundiendo dos: Fouché y Napoleón. Quitémosle a éste su segunda mitad, lo accesorio, uniforme, jerarquía militar, corona, etc., cosas que a Stalin parecen no tentarle, y sumados nos darán un Stalin idéntico en lo capital: en yugular la Revolución, no sirviéndola, sino sirviéndose de ella; en identificarse con el más viejo imperialismo ruso, como Napoleón se identificó con el galo; en crear una aristocracia, si no militar, ya que no tiene victorias, sí burocrático-policíaca…

G.—Basta ya Rakovski, que no está usted aquí para hacer propaganda trotskista. ¿Llegará usted alguna vez a lo concreto?…

R.—Naturalmente que llegaré; pero cuando logre que forme usted un ligero concepto sobre «Ellos», con los cuales habrá que contar para lo práctico y concreto. Antes no; me importa más que a usted no fracasar, como usted comprenderá.

G.—Pues abrevie cuanto pueda.

R.—Nuestro fracaso, que se acentúa de año en año, implica dejar sin objetivo inmediato cuanto en la post-guerra impusieron «Ellos» para el nuevo asalto de la Revolución. El Tratado de Versalles, tan inexplicable para políticos y economistas de todas las naciones, porque ninguno adivinó su real proyección, fue la premisa más decisiva para la Revolución.

G.—Es muy curiosa la teoría. ¿Cómo la explica?…

R.—Las reparaciones y las limitaciones económicas de Versalles no las determinó la conveniencia de ninguna nación. Su absurdo aritmético era tan evidente que hasta los más eminentes economistas de las naciones vencedoras lo denunciaron pronto. Sólo Francia reclamó para reparaciones mucho más de lo que valía todo su patrimonio nacional, más que si hubiera sido hecho un Sahara todo el suelo francés. Peor fue aquel absurdo acordado de hacerle pagar a Alemania muchas veces más de cuanto podía pagar, vendiéndose por entero ella y entregando la producción de todo su trabajo nacional. Al fin, en realidad, se llegó a la consecuencia práctica de imponerle a la República de Weimar hacer un dumping fantástico si quería pagar algo de las reparaciones. Y el dumping ¿qué era?… Subconsumo, hambre en Alemania y paro en la misma medida en las naciones importadoras. Si no importaban, paro en Alemania. Hambre y paro en una u otra parte; he aquí la primera consecuencia de Versalles… ¿Era o no el Tratado revolucionario? Se hizo más: se intentó una reglamentación igual en el plano internacional… ¿Sabe usted lo que la medida representa en plan revolucionario?… Es imponer el anárquico absurdo de hacer producir lo suficiente y propio a cualquier economía nacional, estimando que para lograrlo es indiferente su clima, sus fuentes naturales de riqueza y hasta la educación técnica de directores y de obreros. Siempre fue un recurso para compensar las desigualdades naturales, en calidad del suelo, clima, minerales, petróleo, etc., entre las economías nacionales el trabajar más los países más pobres; es decir, explotar más a fondo su capacidad de trabajo para suplir la deficiencia motivada por la pobreza del suelo, a la cual se deben agregar otras desigualdades, que también se compensaban por tal medio; por ejemplo, la diferencia en los utillajes industriales. No quiero extenderme más; pero la reglamentación del trabajo impuesto por la Sociedad de Naciones, evocando un principio abstracto de igualdad en la jornada, era en realidad, dentro de un sistema de producción y cambio internacional capitalista no modificado, imponer una desigualdad económica; porque ello era despreciar el fin del trabajo, que es la producción suficiente. El efecto inmediato fue una insuficiencia de la producción, compensada con las importaciones de los países natural e industrialmente autosuficientes, pagadas en oro, en tanto hubo en Europa oro. Prosperidad ficticia en Estados Unidos, que cambiaban su fabulosa producción por oro y el oro en billetes, que abundaban. Como toda anarquía de la producción, y la del periodo fue como no se vio jamás, la Finanza, «Ellos» la explotan, a pretexto de remediarla, con otra anarquía mayor: la inflacción de la moneda oficial y cien veces más con la inflacción de su propio dinero, la moneda-crédito, la moneda falsa. Recuerde las devaluaciones sucesivas en muchas naciones; la desvalorización alemana, la crisis americana y su efecto fabuloso… un record de paro: más de treinta millones de parados sólo en Europa y Estados Unidos. ¿Era o no premisa revolucionaria el Tratado de Versalles y su Sociedad de Naciones?…

G.—Podría serlo sin quererlo; no me podrá usted justificar por qué retroceden ante la consecuencia lógica, la Revolución, el Comunismo; es más, le hacen frente con el Fascismo, triunfante en Italia y Alemania… ¿Qué me dice?…

R.—Que excluyendo la existencia y el fin de «Ellos» tendría usted toda la razón…, pero no debe olvidar su existencia y su fin y tampoco el hecho de que ocupa el poder en la U. R. S. S. Stalin.

G.—No veo la relación.

R.—Porque no quiere; le sobran dotes inductivas y elementos de jucio. Le repito una vez más: Stalin es para nosotros un bonapartista, no un comunista.

G.—¿Y qué?…

R.—Pues que las grandes premisas que impusimos en Versalles para el triunfo de la Revolución Comunista en el mundo, y que, como ha visto, fueron una realidad gigantesca, no quisimos que sirvieran para dar el triunfo al bonapartismo staliniano… ¿Está bien claro?… Otra cosa hubiera sido si es Trotsky entonces el dictador de la U. R. S. S.; es decir, si son «Ellos» los jefes del Comunismo internacional.

G.—Pero el Fascismo es un anticomunismo integral, tanto del trotskista como del staliniano…, y si tan grande es el poder que les atribuye a «Ellos», ¿cómo no lo han evitado?…

R.—Porque son «Ellos» quien han hecho triunfar a Hitler.

G.—Bate usted todas las marcas del absurdo.

R.—Lo absurdo y lo prodigioso se confunden por incapacidad cultural. Escúcheme. Ya he reconocido el fracaso de la Oposición. «Ellos» vieron al fin que no podía ser derribado Stalin por un golpe de Estado. Y su experiencia histórica les dictó una solución. La repris con Stalin de lo hecho con el Zar. Una dificultad había que nos parecía insuperable. No existía en toda Europa un país invasor. Ninguno poseía situación geográfica o ejército bastante para invadir la U. R. S. S. Al no haberlo, debieron «Ellos» inventarlo. Sólo Alemania tenía población y posición adecuada para invadir la U. R. S. S. y para infligirle derrotas a Stalin; pero, como comprenderá, la República de Weimar no fue ideada, ni política ni económicamente, para ser invasora, sino para ser invadida. En el horizonte del hambre alemán empezó a brillar la fugaz estrella hitleriana. Un ojo perspicaz se fijó en él. El mundo ha presenciado su ascensión fulminante. No le diré que ha sido todo obra nuestra, no. Le dio sus masas, cada vez mayores, la economía revolucionario-comunista de Versalles. Aunque no fuera dictada para provocar el triunfo de Hitler, la premisa que impuso Versalles a Alemania fue la de su proletarización, de paro y hambre, y su consecuencia debió ser el triunfo de la Revolución Comunista. Pero frustrada ésta por la presencia de Stalin en la jefatura de la U. R. S. S. y de la Internacional, y no queriendo entregar Alemania al nuevo Bonaparte, los planes Dawes y Young atenuaron las premisas sólo en parte, a espera del triunfo en Rusia de la Oposición…; pero como no llegaba, las premisas revolucionarias existentes debían tener sus consecuencias. El determinismo económico de Alemania imponía a su proletariado la Revolución. Al deber ser contenida la revolución social-internacionalista por culpa de Stalin, el proletariado alemán se lanzó a la revolución nacional-socialista. Fue un hecho dialéctico. Pero con toda su premisa y su razón, la revolución nacional-socialista jamás hubiera podido triunfar. Hizo falta más. Fue necesario que, obedeciendo consignas, los trotskistas y los socialistas dividiesen a las masas que tenían una conciencia de clase despierta e intacta. En esto ya intervinimos nosotros. Pero fue necesario más: en 1929, cuando el Partido Nacional-Socialista sufre la crisis de crecimiento y sus recursos financieros le fallan, «Ellos» le envían un embajador; hasta sé su nombre: fue un Warburg. Se conviene la financiación del Partido Nacional-Socialista en negociaciones directas con Hitler, y éste recibe en un par de años millones de dólares, enviados por Wall Street, y millones de marcos de financieros alemanes, éstos a través de Schacht; el sostenimiento de las S. A. y de las S. S. y la financiación de las siguientes elecciones que dan el poder a Hitler se hace con los dólares y los marcos que le envían «Ellos».

G.—Los que aspiran, según usted, a un comunismo perfecto, arman a Hitler que jura exterminar al primer pueblo comunista… Esto sí lo creo, es algo lógico en los financieros…

R.—Vuelve usted a olvidar el bonapartismo staliniano. Recuerde usted que frente a Napoleón, el estrangulador de la Revolución francesa, el que le robó sus fuerzas, eran objetivamente revolucionarios Luis XVIII, Wellington, Metternich y hasta el autócrata Zar… Esto es de un rigor doctrinal stalinista de veintidós quilates. Se sabrá usted de memoria sus tesis coloniales en relación a las naciones imperiales. Si, según él, es objetivamente comunista el emir de Afganistán y el rey Faruk por su lucha contra Su Graciosa Majestad Imperial, ¿por qué no puede ser objetivamente comunista Hitler por su lucha contra el autócrata Zar «Koba I»?… En fin, sin digresiones; ahí tiene usted a Hitler creciendo en poder militar, extendiendo su III Reich, y lo que aún lo aumentará… lo necesario hasta que tenga potencia en acto suficiente para poder atacar y derrotar copiosamente a Stalin… ¿No ve la mansedumbre general de aquellos lobos de Versalles, que se limitan a débiles gruñidos?… ¿También es otra casualidad?… Hitler invadirá la U. R. S. S. y, así como en 1917 las derrotas del Zar nos sirvieron para derribarle, las derrotas de Stalin nos servirán para derribarle y suplantarle… Volverá a sonar la hora de la Revolución Mundial. Porque las naciones democráticas, adormecidas hoy, en el instante que Trotsky ocupe de nuevo el Poder, como cuando la guerra civil, realizarán una mutación general. Hitler será entonces atacado por el Oeste, sus generales se sublevarán y lo liquidarán… ¿Habrá sido Hitler objetivamente comunista, sí o no?…

G.—No creo en fábulas ni milagros…

R.—Pues si no quiere creer que «Ellos» son capaces de realizar lo que han realizado, prepárese usted para presenciar la invasión de la U. R. S. S. y el fin de Stalin antes de un año. Lo crea milagro o casualidad, prepárense a presenciarlo y a sufrirlo… ¿Pero será usted capaz de negarse a creer cuanto le he dicho, aunque solo sea en hipótesis?… Aguardando a obrar en consecuencia sólo cuando empiece a ver las pruebas a la luz de cuanto convengamos.

G.—Bien, hablemos en hipótesis… ¿Qué sugiere?

R.—Fue usted quien señaló nuestra coincidencia. A nosotros no nos interesa el ataque a la U. R. S. S. porque la caída de Stalin supondría el derrumbamiento de este comunismo, que, aún siendo formal, nos interesa su existencia, por tener la seguridad de que lograremos regirlo para transformarlo en Comunismo real. Creo haber sintetizado exactamente la situación del momento actual.

G.—Perfectamente; solución…

R.—Ante todo, debemos hacer que desaparezca el peligro potencial de un ataque hitleriano.

G.—Si, como afirma, fueron «Ellos» quienes lo hicieron Führer, han de tener poder sobre Hitler para que los obedezca.

R.—Por no haberme yo expresado bien, dada la rapidez, no ha entendido usted bien. Sí es cierto que «Ellos» financiaron a Hitler, no quiere decir esto que le descubrieron ni su existencia ni su fin. El enviado, Warburg, se presentó a él con una falsa personalidad, ni siquiera parece que Hitler adivinó su raza, y también mintió sobre quiénes eran sus representados. Le dijo ser enviado de un círculo financiero de Wall Street, interesado en financiar el movimiento nacional-socialista con el fin de crear una amenaza contra Francia, cuyos gobiernos seguían una política financiera que provocaba la crisis económica en Estados Unidos.

G.—¿Y lo creyó así Hitler?

R.—Lo ignoramos. No era lo importante que creyera en los motivos; nuestro fin era que triunfase, sin imponerle ninguna condición. El fin real, bajo cualquier pretexto, está conseguido, sin pacto, sin condición; porque nuestro fin era provocar la guerra…, y Hitler era la guerra. ¿Comprende ya?…

G.—Comprendo. Entonces no veo yo ninguna otra manera de contenerlo que una coalición de la U. R. S. S. y de las naciones democráticas capaz de intimidar a Hitler. Según yo creo, no es él capaz de lanzarse contra todos los Estados del mundo a la vez… Todo lo más, uno a uno.

R.—¿No le parece a usted una solución muy simplista…, hasta diría yo contrarrevolucionaria?…

G.—¿Evitar una guerra contra la U. R. S. S.?…

R.—Corte su frase a la mitad… y repita conmigo: «Evitar una guerra»… ¿no es una cosa contrarrevolucionaria en absoluto?… Reflexione. Todo comunista sincero, imitando a su ídolo, Lenin, y a los más grandes estrategas revolucionarios, debe anhelar siempre la guerra. Nada como la guerra acelera el triunfo de la Revolución. Es un dogma marxista-leninista que usted debería profesar… Ahora bien: ese nacional-comunismo staliniano, ese bonapartismo, es capaz de ofuscar la razón de los comunistas más puros que no ven la inversión en la cual incurre Stalin, la de subordinar la Revolución a la nación y no, como es correcto, subordinar la nación a la Revolución…

G.—Su odio a Stalin le ofusca y le hace contradecirse… ¿No habíamos convenido en que no era deseable un ataque a la U. R. S. S.?…

R.—¿Y por qué la guerra ha de ser necesariamente contra la U. R. S. S.?…

G.—¿A qué otra nación puede atacar Hitler?… Es cosa demasiado clara que dirigirá su ataque contra la U. R. S. S., sus discursos lo proclaman. ¿Qué más prueba quiere?…

R.—Y si usted, los del Kremlin lo creen tan firme e indiscutiblemente, ¿por qué han provocado la guerra civil en España? No me diga que por pura razón revolucionaria. No es capaz Stalin de plasmar en hechos ninguna teoría marxista. Si razón revolucionaria hubiera, no sería correcto quemar en España tantas y tan excelentes fuerzas revolucionarias internacionales. Es la nación más lejana de la U. R. S. S. y la más elemental cultura estratégica no aconsejaba malgastar allí las fuerzas… En caso de conflicto, ¿cómo podría Stalin abastecer y apoyar militarmente una república soviética española?… Pero soy sincero: desde otro punto de vista, la revolución y la guerra en España era correcta. Allí hay un punto estratégico importante, un cruce de influencias opuestas de las naciones capitalistas…, se podía provocar una guerra entre ellas. Lo reconozco, era correcto teóricamente…, pero en la práctica no. Ya ve cómo no estalla la guerra entre el capitalismo democrático y el fascista… Y ahora le digo: si Stalin se creyó capaz por sí solo de crear un motivo capaz de provocar la guerra que hiciera luchar entre sí a las naciones capitalistas…, ¿por qué no ha de admitir en teoría que otros puedan conseguir lo que no le pareció imposible lograr a él?…

G.—Aceptando sus premisas, puede admitirse la hipótesis.

R.—Entonces, hay otro punto más de coincidencia: primero, que no haya guerra contra la U. R. S. S.; segundo, que conviene provocarla entre las naciones burguesas.

G.—De acuerdo. ¿Lo dice usted como una opinión personal o como de «Ellos»?…

R.—Como una opinión mía. No tengo poder ni contacto con «Ellos»; pero puedo afirmar que coincidirán en esos dos puntos con el Kremlin.

G.—Esto es importante fijarlo previamente, por ser lo capital. Por tanto, quisiera yo saber en qué se basa usted para tener la seguridad del asentimiento de «Ellos».

R.—Si yo hubiera tenido tiempo de trazar su esquema completo, ya sabría usted los motivos de su aceptación. Por ahora, los reduciré a tres.

G.—¿Cuáles son?…

R.—Uno, que, como yo enuncié, Hitler, ese inculto elemental, por intuición natural y hasta en contra de la opinión técnica de Schacht, ha instaurado un sistema económico de tipo peligrosísimo. Analfabeto en toda teoría económica, obedeciendo sólo a la necesidad, eliminó, como nosotros hicimos en la U. R. S. S. a la Finanza Internacional y a la privada. Es decir, recobró para sí el privilegio de fabricar moneda, no solo la física, sino la financiera; tomó la máquina intacta de la falsificación y la hizo funcionar en beneficio del Estado. Nos aventajó, porque nosotros la suprimimos en Rusia y no se ha sustituído aún más que con ese grosero aparato llamado capitalismo de Estado; fue un triunfo muy caro pagado a la necesaria demagogia prerrevolucionaria. Éstas son las dos realidades comparadas. Hasta favoreció la suerte a Hitler; se halló casi exhausto de oro, por lo cual, no cayó en la tentación de crear su «patrón». Como solo disponía por toda garantía monetaria de la técnica y del trabajo colosal de los alemanes, técnica y trabajo fueron su «encaje oro»…, algo tan genuinamente contrarrevolucionario, que, ya lo ve usted, suprimió radicalmente aquel paro de más de siete millones de técnicos y obreros como por arte de magia.

G.—Por el rearme acelerado.

R.—¿Qué más da su objeto?… Si Hitler ha llegado a eso en contra de todos los economistas burgueses que lo rodean, sería muy capaz, sin peligro de guerra, de aplicar su sistema a la producción de paz… ¿Es usted capaz de suponer lo que sería ese sistema contagiado a un número de naciones y llevándolas a formar un ciclo autárquico?… Por ejemplo, a la Commonwealth. Imagínelo en función contrarrevolucionaria, si es usted capaz… El peligro no es inminente aún, porque hemos tenido la suerte de que no habiendo instaurado Hitler su sistema sobre ninguna teoría precedente, sino empíricamente, no se ha formulado de manera científica. Es decir, como él no ha discurrido por ningún proceso racional deductivo; no hay ni siquiera tesis científica, ni se formuló doctrina. Pero el peligro está latente; porque puede surgir en cualquier instante una formulación gracias a la inducción. Esto es muy grave… mucho más que todo lo espectacular y lo cruel del Nacional-Socialismo. Nuestra propaganda no lo ataca, porque con la controversia teórica podríamos nosotros mismos provocar la formulación y la sistematización de la doctrina económica contrarrevolucionaria. Solo hay un recurso: la guerra.

G.—¿Y el segundo motivo?…

R.—Si triunfó el Termidor de la Revolución soviética fue por la existencia de un nacionalismo ruso anterior. Sin tal nacionalismo, hubiera sido imposible el bonapartismo. Y si ocurrió así en Rusia, donde el nacionalismo solo era embrionario, personal, el Zar, ¿qué obstáculo no hallara el marxismo en el nacionalismo en plena forma de la Europa occidental?… Marx llegó a equivocarse respecto a la prelación del triunfo revolucionario. No triunfó el marxismo en la nación más industrializada, y sí en la Rusia casi carente de proletariado. Se debe nuestro triunfo aquí, entre otros motivos, a que Rusia carecía de un nacionalismo verdadero y las demás naciones lo tenían en su pleno apogeo. Véase cómo resurge en ellas con esa potencia extraordinaria del fascismo y cómo se contagia. Comprenderá que, sin mirar si hoy ha de beneficiar a Stalin, la yugulación del nacionalismo en Europa bien merece una guerra.

G.—En resumen, ha expuesto usted, Rakovsky, una razón económica y una razón política, ¿cuál es la tercera?…

R.—Es fácil de adivinar. Tenemos una razón religiosa. Sin abatir al Cristianismo superviviente le ha de ser imposible triunfar al Comunismo. La Historia es elocuente: costó a la Revolución permanente dieciséis siglos lograr su primer triunfo parcial, al provocar la primera escisión de la Cristiandad. En realidad, el Cristianismo es nuestro único enemigo, porque lo político y económico en las naciones burguesas tan sólo es consecuencia. El Cristianismo, rigiendo al individuo, es capaz de anular por asfixia la proyección revolucionaria del Estado neutral, laico o ateo y, como vemos en Rusia, hasta lograr crear ese nihilismo espiritual que reina en las masas dominadas, pero aún cristianas; obstáculo no superado aún en veinte años de marxismo. Concedemos a Stalin que no ha sido bonapartista en lo religioso. Nosotros no hubiéramos hecho ni más ni otra cosa que él… ¡Ah!… si Stalin también se atreve como Napoleón a cruzar el Rubicón del Cristianismo; su nacionalismo y su potencia contrarrevolucionaria se habrían multiplicado por mil. Y, sobre todo, si así fuera, una incompatibilidad tan radical hubiera hecho imposible toda coincidencia entre nosotros y él, aunque fuera temporal y objetiva… como la que ya debe usted ver que ante nosotros se perfila.

G.—En efecto; mi opinión personal es que ha definido usted los tres puntos fundamentales sobre los cuales pudiera trazarse la línea de un plan… Esto es cuanto hasta el momento le concedo. Pero le ratifico mis reservas mentales; exactamente, la incredulidad absoluta mía sobre cuanto ha expuesto en el terreno de hombres, entidades y hechos. Pero, en fin, sugiera ya de una vez las líneas generales de su plan.

R.—Sí, ahora sí; es el momento. Solo una salvedad previa: que yo hablo bajo mi propia responsabilidad. Yo respondo de interpretar en los tres puntos precedentes el pensamiento de «Ellos», pero admito que «Ellos» pueden estimar más eficaz a los tres fines propuestos un plan de acción parcial totalmente distinto al que voy a sugerir. Tenga esto en cuenta.

G.—Se tendrá. Diga ya.