Radiografía de una revolución (2.ª parte)

En esta segunda parte, el diálogo se centra en el papel de la Finanza internacional en las crisis occidentales y, en particular, en las rusas, destacando su papel en la desestabilización de Rusia y financiación de la Revolución rusa, y del aupamiento de Trotsky como agente suyo en la revolución. De paso, se narra el papel de éste en los sucesos de Sarajevo detonantes de la Primera guerra mundial. También se narra la intencionalidad «proletarizante» del Tratado de Versalles, para facilitar la revolución comunista en la República de Weimar, y el ablandamiento de su implantación y el ascenso de Hitler, financiado también por ellos, a partir de la caída en desgracia de Trotsky con Stalin, para dirigirlo contra éste y poder practicar una política derrotista en la URSS, como hicieron con los zares, que lo derroque. También se afirma el papel destacado, pero subordinado, de la masonería en todas las revoluciones contemporáneas, siendo los «cerebros» miembros de la Finanza. Por último, se indica que, a causa de la efectividad de las purgas stalinianas contra los trotskistas, interesa postponer el ataque de Hitler y se empieza a esbozar un cambio de planes para que ataque a las naciones occidentales.


R.—Prosigo cual si nada hubiese oído. Como usted es un escolástico de El Capital y quiero despertar sus dotes inductivas, le recordaré algo muy particular. Advierta con qué agudeza deduce Marx, frente al rudimentario industrialismo inglés de sus tiempos, todo el futuro y gigantesco industrialismo contemporáneo; cómo lo analiza y fustiga; cómo pinta al repulsivo industrial… La imaginación de usted, como la de las masas, cuando evoca la encarnación humana del monstruoso Capital, lo ven tal y como lo pintó Marx: un panzudo industrial, puro en boca, eructando satisfecho y violando a la esposa o a la hija del obrero… ¿No es así?… A la vez recuerde usted la moderación de Marx y su ortodoxia burguesa cuando estudia la cuestión moneda. En el dinero no aparecen sus famosas contradicciones… La Finanza, como entidad en sí, no existe para él, y el comercio y la circulación del dinero son consecuencia del malvado sistema de producción capitalista, que la subordina y determina en absoluto… En la cuestión dinero es Marx un reaccionario; y lo era, para mayor asombro, teniendo a la vista, llenando toda Europa con su brillo, aquella estrella de cinco puntas —como la soviética— de los cinco hermanos Rothschild, dueños con sus Bancos de la mayor acumulación de riqueza hasta entonces conocida… Este hecho, tan enorme, que alucinaba las imaginaciones de la época, pasa inadvertido para Marx. Algo extraño…, ¿no es verdad?… Acaso, de aquella ceguera tan particular de Marx proceda un fenómeno común a todas las revoluciones sociales ulteriores. Todos podemos comprobar que cuando las masas se adueñan de ciudad o nación muestran siempre una especie de temor supersticioso frente a Bancos y banqueros. Han matado reyes, generales, obispos, policías, sacerdotes y demás representantes del odiado privilegio; han saqueado e incendiado iglesias, palacios y hasta centros de enseñanza; pero, siendo revoluciones económico-sociales respetaron la vida de banqueros y han resultado intactos los soberbios edificios de los Bancos… Según mis noticias, hasta ser yo preso, el mismo hecho se repite ahora…

G.—¿Dónde?…

R.—En España… ¿No lo sabe?… Pues pregunte usted; y ahora, dígame: ¿no le parece todo muy extraordinario?… Induzca, policía… No sé si habrá usted observado la extraña semejanza que hay entre la Finanza Internacional y la Internacional Proletaria. Se diría que una es la contrafigura de la otra; y, de haber contrafigura, será en la Proletaria, por ser más moderna que la Finanza.

G.—¿Dónde ve una semejanza en cosas tan opuestas?…

R.—Objetivamente, son idénticas. Si, como ya he demostrado, la Komintern, secundada por la Reformista y por todo el sindicalismo, provoca la anarquía de la producción, la inflacción, la miseria y la desesperación de las masas, la Finanza, sobre todo la Finanza Internacional, secundada consciente o inconscientemente por las finanzas privadas, crea las mismas contradicciones, pero multiplicadas… Podríamos ya intuir la razón por la cual Marx encubrió las contradicciones financieras, que a su aguda visión no pudieron ocultarse, si tuvo en la Finanza una aliada, cuya acción, objetivamente revolucionaria, era ya entonces de una trascendencia extraordinaria.

G.—Coincidencia inconsciente; no alianza, que presupondría inteligencia, voluntad, pacto…

R.—Si le parece, aplazaremos ese aspecto… Ahora es mejor pasar al análisis subjetivo de la Finanza, y, aún más, veamos también la personalidad de sus hombres. La esencia internacionalista del dinero es demasiado conocida; de tal realidad procede que la entidad que lo posee y lo sublima sea cosmopolita. La Finanza, en su apogeo, fin en sí, la Finanza Internacional, niega y desconoce todo lo nacional. No reconoce al Estado; por tanto, es ella objetivamente anarquía, y lo sería en absoluto si ella, negadora de todo Estado nacional, no fuera por necesidad Estado en su esencia. El Estado puro es tan sólo Poder. Y el Dinero es Poder puro. El Dinero es Estado. El Superestado Comunista que desde hace un siglo construímos y cuyo esquema es la Internacional de Marx, analice y verá su esencia. El esquema, la Internacional, y su prototipo, la U. R. S. S., son también puro Poder. La identidad esencial es absoluta entre ambas creaciones. Algo fatal; porque la personalidad de sus autores también era idéntica; tan internacionalista es el financiero como el comunista. Los dos, por pretextos distintos y con distintos medios, niegan y combaten al Estado nacional burgués. El marxista, para integrarlo en el Superestado comunista; de ahí que sea el marxista un internacionalista; el financiero niega al Estado nacional burgués, y su negación parece ser fin en sí; propiamente, no se muestra internacionalista, sino como anarquista cosmopolita… Ésta es su apariencia hoy, pero ya veremos lo que él es y quiere ser. En lo negativo, como ve, hay una identidad individual entre comunistas internacionalistas y financieros cosmopolitas; como natural efecto, también la hay entre la Internacional Comunista y la Finanza Internacional.

G.—Casual semejanza subjetiva y objetiva en los contrarios, borrada y rota en lo radical y trascendental.

R.—Permítame no responder ahora para no romper el orden lógico. Sólo quiero ratificar el axioma fundamental: El dinero es poder. El dinero es hoy el centro de la gravitación universal… ¿Creo que se hallará de acuerdo?

G.—Prosiga usted, Rakovsky; se lo ruego.

R.—Saber cómo llegó la Finanza Internacional a ser dueña del dinero, ese mágico talismán que ha venido a ser lo que Dios y nación fueron para las gentes sucesivamente hasta la época contemporánea, es algo que supera en interés científico al mismo arte de la estrategia revolucionaria; porque también es arte y también Revolución. Se lo expondré. Cegados los ojos del historiador y de las masas por el clamor y fausto de la Revolución francesa, embriagado el pueblo por haber logrado arrebatar al Rey, al privilegiado, todo su poder, no advirtieron que un puñado de hombres, sigilosos, cautos, insignificantes, se habían adueñado del auténtico poder de la realeza, de un poder mágico, casi divino, que ella, sin saberlo, poseía. No advirtieron las masas que otros tomaron para sí ese poder que pronto las reduciría a una esclavitud más feroz que la del mismo Rey, porque él, por sus prejuicios religiosos y morales y su estupidez fue incapaz de usar de tal Poder. Así resulta que se adueñaron del mayor Poder del Rey los hombres cuya calidad moral, intelectual y cosmopolita les permitía ejercerlo. Naturalmente, fueron aquellos que de nacimiento no eran cristianos y sí cosmopolitas.

G.—¿Cuál pudo ser ese mítico poder de que se adueñaron?

R.—Ellos tomaron para sí el real privilegio de acuñar moneda… No se sonría usted, que me va a hacer creer que ignora lo que la moneda es… Yo le ruego que se ponga en mi caso. Mi situación frente a usted es igual que la del camarada doctor si se viese obligado a explicar bacteriología a un médico resucitado anterior a Pasteur. Pero me explico su ignorancia y la disculpo. El lenguaje, utilizando palabras que suscitan ideas falsas sobre cosas y hechos, gracias al poder de la inercia mental, no proporciona nociones reales y exactas. He nombrado la moneda; naturalmente, su imaginación ha reflejado en el acto la figura de la moneda física, de metal y papel. Pues no. El dinero no es ya eso; la moneda física circulante es un verdadero anacronismo. Si existe y circula es por un atavismo; sólo porque conviene para mantener una ilusión, hoy pura ficción imaginativa.

G.—Es atrevida y hasta poética tan brillante paradoja…

R.—Será brillante si quiere, pero no es paradoja lo que digo. Ya sé —y eso le hizo sonreír— que aún acuñan los estados en trozos de metal y papel los bustos reales o los escudos nacionales; pero ¿y qué?… La gran masa del dinero circulante, el de las grandes transacciones, la representación de toda la riqueza nacional, moneda, sí, moneda, la empezaron a emitir aquellos pocos hombres a que aludí. Títulos, letras, cheques, pagarés, endosos, descuentos, cotizaciones, cifras y más cifras, cual catarata desatada, invadió las naciones… ¿Qué fue a su lado ya la economía metálica y el papel moneda?… Algo intrascendente, mínimo, frente a la creciente marea que todo lo inundaba de moneda financiera… Ellos, finísimos psicólogos, en la impunidad de la ignorancia general, llegaron a más. Sobre la inmensa serie abigarrada de moneda financiera, a fin de darle un volumen rayano en infinito y la velocidad del pensamiento, crearon la moneda crédito…, abstracción, ente de razón, cifra, guarismo; crédito, fe… ¿Ya comprende usted?… Estafa; moneda falsa dotada de curso legal… En otros términos, para mejor hacerme comprender, Bancos y Bolsas y todo el sistema financiero universal es una máquina gigante para cometer la monstruosidad contra natura, como Aristóteles la calificó, de hacerle al dinero producir dinero, algo, que si ya es un delito de lesa economía, en el caso de los financieros es un delito de Código penal, por ser usura. Ya sé cuál es el argumento defensivo: que cobran ellos un interés legal… Aun concedido, que ya es mucho conceder, la usura existe igual, porque si el interés cobrado es el legal, ellos fingen, falsificándolo, un capital inexistente. Los Bancos tienen siempre, prestado o en movimiento productivo, una cantidad de moneda-crédito, moneda en números, cinco y hasta cien veces mayor que la cifra de moneda física emitida. No diré las veces que supera la moneda-crédito —la moneda falsa fabricada— a la moneda desembolsada como capital. Teniendo en cuenta que devenga interés legal, no el capital real, sino el capital inexistente, el interés ha de ser tantas veces ilegal como haya sido duplicado por la falsificación el capital real… Y tenga en cuenta que el sistema que detallo es el más inocente de los usados para fabricar moneda falsa. Imagine, si puede, a unos pocos hombres con un poder infinito de posesión de bienes reales, y los verá dictadores absolutos del valor en cambio; por tanto, dictadores de la producción y la distribución y, en consecuencia, del trabajo y del consumo. Si le alcanza su imaginación, eleve su acción a la escala mundial y ya verá su efecto anárquico, moral y social; es decir, revolucionario… ¿Ya comprende usted?…

G.—No, aún no.

R.—Naturalmente, resulta muy difícil comprender los milagros.

G.—¿Milagro?…

R.—Sí, milagro. ¿No es un milagro ver a un banco de madera transformarse en catedral?… Pues tal milagro lo han visto mil veces sin pestañear las gentes durante todo un siglo. Porque milagro prodigioso fue que los bancos donde los mugrientos usureros se sentaban para comerciar con su dinero sean hoy esos templos que ufanan sus columnatas paganas en cada esquina de la urbe moderna, donde la muchedumbre va, posesa de la fe, que ya no le inspiran las deidades celestiales, para ofrendar fervorosa todas sus riquezas a la deidad Dinero, que habita, según cree, dentro de la férrea caja fuerte del banquero, dedicada a su divina misión de multiplicarse hasta el infinito metafísico…

G.—Es la nueva religión de la podrida burguesía.

R.—Religión, sí; la Religión del Poder.

G.—Resulta usted un poeta de la economía.

R.—La poesía es necesaria si se quiere dar idea de la Finanza, la obra de arte más genial y más revolucionaria de todas las épocas.

G.—Es una visión equivocada. La finanza, como Marx y, sobre todo, Engels la definen, está determinada por el sistema de producción capitalista.

R.—Exacto, sólo que a la inversa: el sistema de producción capitalista es el determinado por la Finanza. El que diga lo contrario Engels, y hasta que intente demostrarlo, es la prueba más evidente de que la Finanza reina sobre la producción burguesa. Siendo, como es, la Finanza, desde antes de Marx y Engels, la máquina más potente de la Revolución —la Komintern a su lado es un juguete— no la iban a descubrir y delatar Engels y Marx. Al contrario, sirviéndose de su talento científico, debieron camouflar otra vez la verdad en beneficio de la Revolución. Y eso hicieron ambos.

G.—No es nueva la historia; me recuerda todo eso algo de Trotsky escrito hace más de diez años.

R.—Dígame…

G.—Cuando proclama él que la Komintern es una organización conservadora comparada con la Bolsa de Nueva York; señalando a los grandes banqueros como forjadores de la Revolución.

R.—Sí, él dijo esto en un pequeño libro en que vaticinaba el derrumbamiento de Inglaterra… Sí, decía eso y añadía: «¿Quién empuja a Inglaterra por el camino de la Revolución?»… Y se contestaba: «No Moscú, sino Nueva York».

G.—Pero recordará usted que también afirmaba que si forjaban la Revolución los financieros de Nueva York era inconscientemente.

R.—La explicación que ya he dado para razonar por qué camouflaron la verdad Engels y Marx es igualmente válida para León Trotsky.

G.—Sólo aprecio en Trotsky una visión, con cierto estilo literario, de un hecho ya de sobra conocido…, con el cual ya se contaba; porque como bien dice Trotsky mismo, esos banqueros «cumplen irresistiblemente, inconscientemente, su misión revolucionaria».

R.—¿Y cumplen su misión a pesar de que Trotsky se lo avisa? ¡Qué cosa más extraña que ellos no rectifiquen!…

G.—Los financieros son revolucionarios inconscientes, porque lo son sólo objetivamente… por su incapacidad mental para ver los últimos efectos.

R.—¿Lo cree usted sinceramente?… ¿Cree usted unos inconscientes esos verdaderos genios?… ¿Cree usted unos idiotas a los hombres a quienes obedece hoy el mundo entero?… ¡Esta sí que sería una contradicción estupenda!…

G.—¿Qué pretende usted?…

R.—Sencillamente, afirmo que son revolucionarios, objetiva y subjetivamente; totalmente conscientes.

G.—¡Los banqueros!… ¿Se ha vuelto usted loco?…

R.—Yo no… ¿Y usted?… Reflexione. Esos hombres son hombres como usted y yo. El poseer ellos el dinero, por ser sus creadores, sin conocido límite, no puede determinar el fin de todas sus ambiciones. Si crece algo en los hombres en razón directa a su satisfacción está la ambición. Y de todas, la que más, la ambición del Poder… ¿Por qué no han de sentir el impulso al dominio, al dominio total, esos hombres banqueros?… Igual, exactamente igual que usted y yo.

G.—Más si, según usted y creo yo, ya tienen el poder económico universal…, ¿qué otro pueden ellos desear?

R.—Ya lo he dicho: el poder total. Un poder como el de Stalin sobre la U. R. S. S.; pero universal.

G.—¿Un poder como el de Stalin? Pero con fin contrario…

R.—El poder, si en realidad es absoluto, solo puede ser uno. La idea de absoluto excluye la de pluralidad. Por tanto, el Poder al cual aspira la «Kapintern» y la Komintern, por ser absoluto y por ser ambos en un orden mismo, en el político, han de ser un solo e idéntico Poder. El Poder absoluto es fin en sí o no es absoluto. Y hasta hoy no se inventó otra máquina de poder total más que el Estado Comunista. El poder capitalista burgués, aun en su más alto grado, el cesáreo, es un poder restringido, porque si lo hubo en teoría con la encarnación de la divinidad en los Faraones y Césares de la antigüedad, el tipo económico de vida en aquellos estados primitivos y el atraso técnico del aparato estatal dejaban siempre un margen de libertad individual. ¿Comprende usted que los que dominan ya relativamente sobre las naciones y los gobiernos de la tierra pretendan el dominio absoluto?… Comprenda que es el único no alcanzado por ellos…

G.—Esto es interesante; al menos, como un caso de locura…

R.—Inferior, desde luego, a la locura de un Lenin soñando con dominar al mundo entero en una buhardilla de Suiza o a la de un Stalin soñando igual en su destierro dentro de una choza siberiana… Me parece más natural tal ambición acariciada por los señores del dinero desde lo alto de un rascacielos neoyorkino.

G.—Acabemos; ¿quién son ellos?…

R.—¿Es usted tan ingenuo que cree que si supiera quién son «Ellos» estaría yo aquí prisionero?…

G.—¿Por qué?…

R.—Por la sencilla razón de que quien los conoce a «Ellos» no lo ponen en situación de que sea obligado a denunciarlos… Es una regla elemental de toda conspiración inteligente, como usted puede comprender muy bien.

G.—¿No ha dicho usted que son banqueros?…

R.—Yo no; recuerde que siempre le he dicho la Finanza Internacional y que al personalizar he dicho siempre «Ellos» nada más. Si he de informarle con sinceridad, solo le diré hechos, no nombres, porque no los sé. No creo equivocarme si le digo que «Ellos» no son ninguno de los hombres que aparecen ocupando cargos en la política o en la Banca mundial. Según tengo entendido, desde el asesinato de Rathenau, el de Rapallo, no emplean en la política y en la finanza más que hombres interpuestos. Naturalmente, hombres de toda su confianza, con una fidelidad garantizada por mil medios distintos; así que cabe asegurar que los banqueros y políticos, tan solo son sus «hombres de paja»…, por grande que sea su rango, y aun cuando aparezcan personalmente como autores de los hechos.

G.—Aunque comprensible y lógico a la vez, ¿no pudiera ser su razonada ignorancia solo un subterfugio de usted?… A mi parecer, y según mis noticias, ha tenido usted demasiada categoría en esa conspiración para no saber más… ¿Ni siquiera induce usted la personalidad de alguno de ellos?

R.—Sí, pero acaso no me crea. He llegado a inducir que debe tratarse de un hombre u hombres con una personalidad…, ¿cómo le diría?…, mística, un Gandhi o algo así, pero sin su espectacularidad. Místicos del Poder puro, despojados de sus groseros accidentes. No sé si me comprende usted. Ahora bien: saber yo su nombre y residencia, eso no… Imagine usted hoy a Stalin dominando realmente en la U. R. S. S., pero sin estar rodeado de murallas ni de su guardia personal, sin más garantía legal para su vida que la de cualquier burgués. ¿Cuál sería su recurso para librarse de atentados?… El de todo conspirador, por grande que sea su fuerza: el anonimato.

G.—Hay lógica en cuanto dice; pero no lo creo a usted.

R.—Pues créame; nada sé; si lo hubiera sabido ¡qué feliz sería!… No estaría yo aquí defendiendo mi vida. Comprendo perfectamente sus dudas y la necesidad que debe sentir su vocación policíaca de averiguar algo personal. En honor a usted, y también por ser necesario al fin que perseguimos ambos, haré lo posible por orientarle. Sepa usted que la historia no escrita, sólo conocida por nosotros, nos señala como fundador de la Primera Internacional Comunista —naturalmente, secreta— a Weishaupt. ¿Ya recuerda su nombre?… Fue el jefe de aquella masonería conocida bajo el nombre de Iluminismo, cuyo nombre lo tomó de la segunda conspiración anticristiana y comunista de la Era, el Gnosticismo. Previsto por aquel gran revolucionario, semita y ex-jesuíta, el triunfo de la Revolución Francesa, decidió él, o le fue ordenado —hay quien señala como jefe suyo al gran filósofo Mendelssohn— fundar una organización secreta que impulsase la Revolución francesa más allá de sus objetivos políticos a fin de transformarla en Revolución social para instaurar el Comunismo. En aquellos tiempos heroicos, era un enorme peligro tan solo mencionar el comunismo como meta: de ahí, todas las precauciones, pruebas y misterios de que debió rodear al Iluminismo. Aún faltaba un siglo para que, sin peligro de prisión o muerte, se pudiera declarar comunista un hombre públicamente. Esto es más o menos conocido. Lo que se ignora es la relación de Weishaupt y sus secuaces con el primero de los Rothschild. El misterio del origen de la fortuna de los más famosos banqueros pudiera explicarse siendo tesoreros de aquella primera Komintern. Indicios hay de que cuando los cinco hermanos se reparten en cinco provincias el Imperio financiero de Europa, algo también oculto les ayuda a formar aquella fortuna fabulosa; pueden ser aquellos primeros comunistas de las catacumbas de Baviera, esparcidos ya por Europa entera. Pero dicen otros, creo que con mayor razón, que no fueron los Rothschild tesoreros, sino jefes de aquel oculto comunismo primero. Se apoya esta opinión en el hecho cierto de que Marx y los más altos jefes de la Primera Internacional, ya pública, entre ellos Herzen y Heine, obedecieron al Barón Lionel Rothschild, cuyo retrato revolucionario, hecho por Disraeli, premier inglés y también criatura suya, nos lo legó pintado en el personaje Sidonia, el hombre que, según el relato, conocía y mandaba, siendo un multimillonario, en más espías, carbonarios, masones, judíos secretos, gitanos, revolucionarios, etc., etc. Parece todo fantástico; pero está demostrado que Sidonia es el retrato idealizado del hijo de Nathan Rothschild, como también consta la batalla que libró contra el Zar Nicolás en favor de Herzen. Batalla que ganó. Si todo lo que se puede adivinar a la luz de estos hechos es realidad, como yo creo, ya podríamos hasta personalizar quién es el inventor de la formidable máquina de acumulación y de anarquía que es la Finanza Internacional, el cual sería, a la vez, el mismo que creó la Internacional Revolucionaria. Algo genial: crear con el Capitalismo la acumulación en el más alto grado, empujar al proletariado al paro y a la desesperación y, a la vez, crear la organización que debía unir a los proletarios para lanzarlos a la Revolución. Sería éste el capítulo más sublime de la Historia. Más aún: se recuerda una frase de la madre de los cinco hermanos Rothschild: «Si mis hijos quieren no habrá guerra». Es decir, que eran ellos árbitros, señores, de la paz y la guerra, y no los Emperadores. ¿Es usted capaz de imaginar un hecho de tan cósmica trascendencia?… ¿No se ve así ya la guerra en función revolucionaria?… Guerra-Commune. Desde entonces, toda guerra fue un paso de gigante hacia el Comunismo. Como si una fuerza misteriosa diera satisfacción al anhelo que Lenin expresó a Gorki. Recuerde: 1905-1914. Reconozca usted, por lo menos, que dos de las tres palancas que llevan al mundo hacia el Comunismo no son ni pueden ser manejadas por el proletariado. Las guerras no fueron provocadas ni dirigidas por la III Internacional ni por la U. R. S. S., que no existían aún. Tampoco pudieron provocarlas, aunque las ansiasen, y menos dirigirlas aquellos pequeños grupos de bolcheviques que languidecían en la emigración. Esto es una evidencia meridiana. Y menos aún pudo ni puede la Internacional ni la U. R. S. S. conseguir esa tremenda acumulación de Capital y la anarquía nacional e internacional de la producción capitalista. Anarquía capaz de hacer quemar ingentes cantidades de alimentos antes de darlos a las gentes hambrientas; capaz de lo que con frase gráfica escupió Rathenau: «Hacer que medio mundo se dedique a fabricar m… y hacer que el otro medio se dedique a consumirla». Y, por último, no podrá el proletariado sostener que se debe a él esa inflación en progresión geométrica creciente, desvalorización, robo permanente de la plusvalía y ahorro del capital no financiero, no capital-usura, por ello, incapaz de recobrar la baja constante de su poder adquisitivo, produciéndose así la proletarización de la clase media, la enemiga verdad de la Revolución… No es el Proletario quien maneja la palanca económica ni la palanca de la guerra. Es él, sí, una tercera palanca, la única visible y espectacular, que da el asalto definitivo a la fortaleza del Estado capitalista y la toma… Sí, la toma, cuando «Ellos» se la entregan…

G.—Vuelvo a repetirle que todo eso, tan literariamente relatado por usted, tiene un nombre que ya hemos repetido hasta la saciedad en esta inacabable conversación: «contradicción natural del Capitalismo», y si, como pretende, hay una voluntad y una acción ajena a la del Proletariado, le desafío a que me señale concretamente un caso personal.

R.—¿Sólo con uno se conforma?… Pues escuche una pequeña historia: «Ellos» aislaron diplomáticamente al Zar para la guerra ruso-japonesa, y los Estados Unidos financiaron al Japón, exactamente, Jacob Schiff, jefe de la Banca Kuhn, Loeb y C.ª, la sucesora, superándola, de la Casa Rothschild, de la cual procedía Schiff. Fue tal su poder, que logró que las naciones con imperio colonial en Asia apoyaran la creación del Imperio xenófobo nipón, cuya xenofobia ya la está sintiendo Europa. De los campos de prisioneros vinieron los mejores luchadores a Petrogrado adiestrados por los agentes revolucionarios que desde América se introdujeron en ellos, con permiso conseguido del Japón por sus financiadores. La guerra ruso-japonesa, con la organizada derrota de los ejércitos zaristas, provocó la Revolución de 1905, que, aun siendo prematura, estuvo a punto de triunfar, y que si no llegó a triunfar creó las condiciones políticas necesarias para la victoria de 1917. Aún hay más. ¿Ha leído usted la biografía de Trotsky?… Recuerde su primera época de revolucionario. Es un jovenzuelo, ha permanecido con los emigrados algún tiempo en Londres, París y Suiza, después de su evasión de Siberia; Lenin, Plejanov, Martov y demás jefes lo consideran sólo como un neófito que promete. Pero se atreve ya, cuando la primera escisión, a quedar independiente, intentando ser árbitro de la unificación. En 1905 tiene sólo veinticinco años, y vuelve a Rusia solo, sin partido ni organización propia. Lea usted los relatos no «purgados» por Stalin de la Revolución de 1905; los de Lunatcharski, por ejemplo, que no es trotskista. Trotski es la primera figura de la Revolución de Petrogrado; ésta es la verdad. Solo él sale de ella prestigiado y con popularidad. Ni Lenin, ni Martov, ni Plejanov la ganan, la conservan o disminuye. ¿Cómo y por qué se alza el ignorado Trotsky, ganando de golpe autoridad superior a los más viejos y prestigiosos revolucionarios?… Sencillamente, se ha casado. Junto a él viene a Rusia su mujer, Sedova. ¿Sabe usted quién es ella? Es la hija de Givotovsky, unido a los banqueros Warburg, socios y parientes de Jacob Schiff, grupo financiero que, como he dicho, financió al Japón, y, a través de Trotsky, financió a la vez la Revolución de 1905. Ahí tiene el motivo de que Trotsky, de un golpe, pasase a la cabeza del escalafón revolucionario. Y ahí tiene la clave de su personalidad verdadera. Demos un salto a 1914. Tras el atentado del Archiduque se halla Trotsky y el atentado provoca la guerra europea. ¿Cree usted de veras que el atentado y la guerra sólo son casualidades?…, como dijo en un congreso sionista Lord Melchett. Analice usted a la luz de la «no-casualidad» el desarrollo de la campaña de Rusia. El «derrotismo» es una obra maestra. La ayuda de sus aliados al Zar está reglada y dosificada con tal arte, que sirve de argumento a los embajadores aliados para conseguir de la estupidez de Nicolás ofensivas-masacres una tras otra. La masa de carne rusa era gigantesca: pero no inagotable. Las organizadas derrotas traen la Revolución. Cuando amenaza por todos lados, el remedio que se halla es instaurar la República democrática. La república —como Lenin la llamó— de las Embajadas; es decir, aseguran la impunidad de los revolucionarios. Aún hace falta más. Kerenski debe provocar otra ofensiva-masacre, y la realiza, para que sea desbordada la revolución democrática. Y más todavía: Kerenski debe hacer la entrega total del estado al Comunista, y la consuma… Trotsky puede ocupar «invisiblemente» todo el aparato estatal. ¡Qué ceguera más extraña!… Ésta es la realidad de la Revolución de Octubre, tan cantada… Los bolcheviques tomaron lo que «Ellos» les entregaron.

G.—¿Se atreve usted a decir que Kerenski fue un cómplice de Lenin?…

R.—De Lenin, no; de Trotsky, sí; mejor dicho, de «Ellos».

G.—¡Absurdo!…

R.—¿No puede usted comprender…, precisamente usted?… Me extraña. Si usted, como espía que es, bajo el secreto de su personalidad, consiguiese llegar a ser jefe de una fortaleza enemiga…, ¿no abriría usted las puertas a las fuerzas atacantes, a las que realmente servía?… ¿No sería usted un derrotado y un prisionero más?… ¿Acaso no correría usted el peligro de morir al ser asaltada la fortaleza, si un asaltante, ignorando que sólo era un disfraz su uniforme, lo creía enemigo? Creáme: sin estatuas ni mausoleo, le debe más el Comunismo a Kerenski que a Lenin.

G.—¿Quiere usted decir que fue Kerenski un derrotado consciente y voluntario?

R.—Sí; me consta. Comprenda que ya intervine yo personalmente en todo esto. Pero aún le diré más. ¿Sabe usted quién financió la Revolución de Octubre?… La financiaron «Ellos», precisamente, a través de los mismos banqueros que financiaron al Japón y la Revolución de 1905, Jacob Schiff y los hermanos Warburg; es decir, la gran constelación bancaria, una de las cinco de la Federal Reserve, la Banca Kuhn, Loeb y C.ª; interviniendo otros banqueros americanos y europeos, como Guggenheim, Heneauer, Breitung, Aschberg, de la «Nya Banken», ésta de Estocolmo… Yo estaba, «por casualidad»…, allí, en Estocolmo, e intervine en las transferencias de fondos. Hasta llegar Trotsky, yo fui el único que intervino del lado revolucionario. Pero Trotsky llegó al fin; debo subrayar que los aliados lo expulsaron de Francia por derrotista y los mismos aliados lo libertaron para que fuera derrotista en la aliada Rusia… «Otra casualidad» ¿Quién la conseguiría?… Los mismos que consiguieron hacer pasar a Lenin a través de Alemania. Sí, «Ellos», los de Inglaterra, consiguen sacar a Trotsky, el derrotista, de un campo canadiense y hacerle que llegue, dándole paso franco todos los controles aliados, a Rusia, otros «Ellos», uno Rathernau, consiguen el paso de Lenin a través de la Alemania enemiga. Si estudia usted la historia de la Revolución y de la guerra civil sin prejuicios y con el espíritu inquisitivo que sabe usted emplear en cosas menos importantes y de menor evidencia, tanto en el conjunto de los acontecimientos, como en los detalles y hasta en lo anecdótico, hallará usted una serie de «casualidades» asombrosas.

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