Radiografía de una revolución (1.ª parte)

En esta primera entrega el interrogatorio versa sobre la razón y métodos reales del Marxismo, los planes trotskistas previos a las purgas de Stalin con el ascenso de Hitler y un esbozo de las actuaciones de la Finanza internacional.


—INFORME—

INTERROGATORIO DEL ACUSADO CRISTIÁN GUEORGUIEVICH RAKOVSKI POR G. G. K. EN EL DÍA 26 DE ENERO DE 1938

Gabriel G. Kuzmin.—Según convinimos en la Lubianka, he solicitado el brindarle una última oportunidad; su presencia en esta casa le indica que lo he conseguido. Veamos si nos defrauda.

Cristián G. Rakovski.—No lo deseo ni lo espero.

(1) El OKW (Oberkommando der Wehrmacht: Alto Mando de las Fuerzas Armadas) oficialmente se creó pocos días después de este interrogatorio, el 4 de febrero de 1938, en sustitución del Ministerio de la Guerra. Fue el resultado de una intriga para concentrar el poder militar en Hitler, favorecer los planes para una futura guerra y controlar las decisiones del OKH, auténtico contrapoder militar. La alusión a este Organismo, por entonces inexistente, puede deberse al conocimiento de él por parte del espionaje soviético y a la conveniencia de su mención para el futuro proceso judicial. Nótese que enseguida particulariza el interrogador en el Estado Mayor.

El error en la transcripción de las siglas, subsanada más adelante, puede deberse a que en ruso (lengua a la que el propio Landowski tradujo el interrogatorio para el informe y del que se quedó una copia que adjuntó a sus memorias) tanto ‘v’ como ‘w’ se transcriben con la misma letra cirílica ‘в’.

G.—Pero antes una advertencia de caballero. Ahora se trata de la pura verdad. No de la «verdad oficial», esa que ha de resplandecer en el proceso a la luz de confesiones de todos los acusados. Algo que, como sabe, se subordina por entero a la razón política, a la «razón de Estado», como se diría en occidente. Los imperativos de la política internacional nos harán ocultar la verdad total, la «verdad verdadera»… Será lo que sea el proceso, las naciones y las gentes conocerán lo que deban conocer…, pero el que debe saberlo todo, Stalin, lo ha de saber… Ahora bien: sus palabras aquí, sean como sean, no pueden agravar su situación. Sabe que no admite agravación. Sólo pueden producir efectos a su favor. Puede ganar su vida, en este momento ya perdida. Dicho esto, vamos a ver: todos vosotros vais a confesar que sois espías de Hitler a sueldo de la Gestapo y del O. K. V.,(¹) ¿no es así?

R.—Sí.

G.—¿Y sois espías de Hitler?…

R.—Sí.

G.—No, Rakovsky, no. Diga la verdad verdadera, no la procesal.

R.—No somos espías de Hitler; odiamos a Hitler tanto como pueda odiarlo usted, tanto como pueda odiarlo Stalin; acaso más aún. Pero la cosa es muy complicada…

G.—Le ayudaré… Acaso yo sepa también algo. Vosotros, los trotskistas, tomasteis contacto con el Estado Mayor alemán. ¿No es así?

R.—Sí.

G.—¿Desde cuándo?…

R.—No sé la fecha exacta; pero no mucho después de la caída de Trotsky. Desde luego, antes de tomar Hitler el poder.

G.—Entonces, exactamente, no sois unos espías personales de Hitler ni de su régimen.

R.—Exacto; ya lo éramos antes.

G.—¿Y con qué fin?… ¿Con el fin de regalarle una victoria y unos territorios rusos a Alemania?

R.—No, de ningún modo.

G.—Entonces, como espías vulgares, ¿por dinero?

R.—¿Por dinero?… Ninguno hemos recibido ni un marco de Alemania. No tiene bastante dinero Hitler para comprar, por ejemplo, a un Comisario de Asuntos Exteriores de la U. R. S. S., que tiene a su libre disposición un presupuesto mayor que las fortunas de Ford, Morgan y Valderbilt juntas, sin obligación de justificar sus inversiones.

G.—Entonces, ¿por qué razón?…

R.—¿Puedo hablar con entera libertad?…

G.—Se lo ruego; a eso le invité.

R.—¿Es que Lenin no tenía una razón superior al recibir la ayuda de Alemania para llegar a Rusia? ¿Se han de aceptar las calumnias que fueron lanzadas entonces contra él? ¿No le llamaron también espía del Kaiser?… Su relación con el Emperador y la intervención alemana para que llegasen a Rusia los bolcheviques derrotistas, es evidente…

G.—Esa verdad o falsedad son extrañas a la cuestión…

R.—No; permítame terminar… ¿Es o no cierto que la acción de Lenin benefició en un principio al Ejército alemán?… Permítame… Ahí está la paz separada de Brest, en la cual se le cedían a Alemania inmensos territorios de la U. R. S. S. ¿Quién proclamó el derrotismo como arma bolchevique en 1913?… Lenin; me sé de memoria las palabras de su carta a Gorki: «La guerra entre Austria y Rusia sería una cosa muy útil para la Revolución, pero no es muy posible que Franz-Josef y Nickita nos brinden esa oportunidad»… Como ve usted, nosotros, los llamados trotskistas, los inventores del derrotismo en 1905, que luego profesa Lenin en 1913, seguimos hoy aquella misma línea. La línea de Lenin…

G.—Con una ligera diferencia, Rakovsky: que hoy existe en la U. R. S. S. el socialismo y no un Zar.

R.—¿Cree usted?…

G.—¿En qué?

R.—En la existencia del socialismo en la U. R. S. S.

G.—¿No es socialista la U. R. S. S.?

R.—Para mí, tan solo de nombre. Ahí está la verdadera razón de la Oposición. Concédame, y en pura lógica lo ha de conceder, que teóricamente, racionalmente, nosotros tenemos el mismo derecho a decir no que tiene Stalin a decir . Y si el triunfo del Comunismo justifica el derrotismo, quien estime al Comunismo frustrado o traicionado por el bonapartismo staliniano, tiene tanto derecho como Lenin a ser un derrotista.

G.—Creo Rakovsky, que su gran estilo dialéctico le hace teorizar. En público, claro está, yo le argüiría; es bueno, lo reconozco, su argumento, el único posible, dada su situación; pero creo que le podría demostrar que sólo es un sofisma… Quede para otra ocasión; ya tendremos una oportunidad… Espero que me conceda la revancha… Por el momento, sólo esto: si su derrotismo, si las derrotas de la U. R. S. S. sólo tienen como razón la instauración del socialismo, del auténtico socialismo, según usted el trotskismo, una vez liquidados sus jefes y su cuadros, como ya los hemos liquidado, el derrotismo, la derrota de la U. R. S. S., ya no tiene objeto ni razón… La derrota sería hoy la entronización de un Führer o un Zar fascista… ¿No es eso?…

R.—En efecto. Sin adulación, su conclusión es perfecta.

G.—Si, según creo, lo afirma con sinceridad, ya hemos logrado mucho: yo, stalinista, y usted, trotskista, hemos remontado un imposible. Hemos llegado a un punto de coincidencia; coincidimos en que hoy no debe ser derrotada la U. R. S. S.

R.—No creía yo, lo confieso, hallarme frente a persona tan inteligente… En efecto, por ahora, y acaso durante años, no podemos desear ni provocar la derrota de la U. R. S. S., porque hoy, es cierto, no estamos situados en posición de aprovecharla para la toma del Poder. No seríamos nosotros, los comunistas, los beneficiados. Esta es la situación exacta, y coincido con usted. No puede interesarnos hoy la destrucción del Estado stalinista; y lo digo afirmando a la vez que este Estado es el más anticomunista. Vea si hay en mí sinceridad.

G.—La veo; así es la única manera de llegar a entendernos. Le ruego, antes de más, una explicación de lo que yo tomo por contradicción: si para vosotros es el Estado soviético el más anticomunista, ¿por qué no deseáis hoy su destrucción?… Otro cualquiera sería menos anticomunista; por tanto, menor obstáculo para que vosotros instauraseis vuestro comunismo puro…

R.—No; ésa es una deducción demasiado simplista. Aun siendo el bonapartismo staliniano tan opuesto al Comunismo como lo fue Napoleón a la Revolución, es un hecho evidente que la U. R. S. S. continúa teniendo aún dogma y forma comunista; tiene un comunismo formal, no real. Y así como la desaparición de Trotski permitió a Stalin transformar automáticamente el comunismo real en formal, la desaparición de Stalin nos permitirá transformar su comunismo formal en comunismo real. Nos bastaría una hora. ¿Me ha comprendido?…

G.—Sí, naturalmente; nos ha dicho una clásica verdad, la de que nadie destruye aquello que desea heredar. Ahora bien: todo lo demás es artificio sofístico. Se basa en un supuesto que la evidencia repudia; el supuesto anticomunismo staliniano… ¿Hay propiedad privada en la U. R. S. S.?… ¿Hay plusvalía personal?… ¿Hay clases?… No continuaré aduciendo hechos, ¿para qué?…

R.—Ya he concedido la existencia del comunismo formal. Todo eso que cita son meras formas.

G.—¿Sí?… ¿Con qué fin?… ¿Por un capricho banal?…

R.—No, desde luego. Es una necesidad. La evolución materialista de la historia es imposible detenerla; todo lo más, se la frena… ¡Y a qué costa!… A costa de aceptarla en teoría para frustrarla en la práctica. Es tan invencible la fuerza que lleva a la Humanidad al Comunismo, que sólo esa misma fuerza torcida, oponiéndola a sí misma, pueden lograr disminuir la velocidad de la evolución; más exactamente, disminuir el avance de la revolución permanente…

G.—¿Un caso?

R.—Hitler, el más evidente. Él ha necesitado del socialismo para vencer al socialismo. De ese su socialismo antisocialista que es el Nacional-Socialismo. Stalin necesita de un comunismo para vencer al comunismo. De ese su comunismo anticomunista que es su Nacional-Comunismo… El paralelo es evidente… Pero, a pesar del antisocialismo hitleriano y a pesar del anticomunismo staliniano, ambos, a su pesar, contra su voluntad, objetivamente, trascendentalmente, hacen Socialismo y Comunismo…, ellos y muchos más. Quieran o no quieran, lo sepan o no lo sepan, construyen un Socialismo y un Comunismo formal que nosotros, los comunistas de Marx, hemos fatalmente de heredar…

G.—¿Heredar?… ¿Heredar quién?… La liquidación del trotskismo es absoluta.

(2) La alusión a la Policía Secreta zarista —en vez de mencionar la entonces operante NKVD (НКВД) o su famosa antecesora Cheka (ЧК)— al hablar de Stalin es realmente ofensiva, puesto que, además de asociarlo con un zar, corría el rumor que Stalin había pertenecido a ella antes de la Revolución. Con esto realmente Rakovski se la juega y gratuitamente, aunque su exceso de sinceridad puede deberse al efecto de las drogas, que le sueltan la lengua.

R.—Aunque usted lo dice, no lo cree. Por gigantescas que las «purgas» sean, nosotros, los comunistas, sobreviviremos. No todos los comunistas están al alcance de Stalin, por muy largos que sean los brazos de su «Ochrana»... (²)

G.—Rakovski, le ruego, y si es necesario se lo mando, que se abstenga de hacer alusiones ofensivas… No abuse de su «inmunidad diplomática».

R.—¡Yo plenipotenciario! ¿Embajador de quién?…

G.—Precisamente, de ese inalcanzable trotskismo, si así acordamos llamarle…

R.—Del trotskismo a que usted alude yo no puedo ser su diplomático; no me ha concedido su representación ni me la he tomado yo; es usted quien me la da.

G.—Empiezo a confiarme. Anoto en su haber que al yo aludir a ese trotskismo, no me ha negado su existencia. Ya es un buen principio.

R.—¿Y cómo negar?… He sido yo quien ha hecho la mención.

G.—Reconocida la existencia de un trotskismo muy particular, por mutua conveniencia, yo deseo que usted me haga ciertas sugerencias tendentes a explotar la coincidencia señalada.

R.—En efecto; yo puedo sugerir cuanto estime pertinente, pero por propia iniciativa, sin asegurar que sea siempre el exacto pensamiento de «Ellos».

G.—Así lo he de considerar.

R.—Hemos convenido que, por ahora, no puede interesar a la Oposición las derrotas y la caída de Stalin, por hallarnos en la imposibilidad física de reemplazarlo. Es en lo que coincidimos ambos. Ahora un hecho indiscutible. El atacante en potencia existe. Ahí está ese gran nihilista, Hitler, apuntando la peligrosa pistola de la Wehrmacht contra todo el horizonte. Queramos o no, ¿disparará contra la U. R. S. S.?… Convengamos que para nosotros esa es la decisiva incógnita… ¿Estima usted bien planteado el problema?

G.—Está bien planteado. Ahora bien: para mí no tiene ya incógnita. Estimo infalible el ataque hitleriano a la U. R. S. S.

R.—¿Por qué?

G.—Sencillamente porque así lo dispone quien manda en él. Hitler solo es un condotiero del Capitalismo internacional.

R.—Le concedo la existencia del peligro; pero de ahí a proclamar como infalible su ataque a la U. R. S. S. media un abismo.

G.—El ataque a la U. R. S. S. lo determina la esencia misma del fascismo; además, lo impulsan a él todos los Estados capitalistas, que le han autorizado su rearme y la toma de todas las bases económicas y estratégicas necesarias. Es la evidencia misma.

R.—Olvida usted algo muy importante. El rearme de Hitler y las facilidades e inmunidades que le dieron hasta hoy las naciones de Versalles, fíjese bien, se las dieron en un período singular…, cuando la Oposición aún existía, cuando aún podíamos heredar a un Stalin derrotado… ¿Estima el hecho casual o mera coincidencia temporal?…

G.—No veo ninguna relación entre que permitieran las potencias de Versalles el rearme alemán y la existencia de la Oposición… La trayectoria del Hitlerismo es una trayectoria clara y lógica en él. El ataque a la U. R. S. S. se halla de muy antiguo en su programa. La destrucción del Comunismo y la expansión hacia el Este son dogmas en Mi Lucha, ese Talmud del nacionalsocialismo…, y que vuestro derrotismo haya querido aprovechar esa conocida amenaza contra la U. R. S. S., es natural dada vuestra mentalidad.

R.—Sí, todo eso, a primera vista, parece lógico y natural, demasiado lógico y natural para que sea verdad.

G.—Para que no lo fuera, para que Hitler no nos atacase, deberíamos confiar en la alianza francesa…, y esto sí que sería ingenuidad. Sería tanto como confiar en que el Capitalismo se sacrificaría por salvar al Comunismo.

R.—Discurriendo sin más nociones políticas que las propias de un mitin de masas, tiene usted toda la razón. Pero si es usted sincero hablando así, perdóneme, yo estoy decepcionado; creí más elevada la cultura política de la famosa policía staliniana.

G.—El ataque del hitlerismo a la U. R. S. S. es, además, una necesidad dialéctica; es tanto como elevar al plano internacional la fatal lucha de clases. Junto a Hitler, por necesidad, estará todo el capitalismo mundial.

R.—Así, con su dialéctica escolástica, créame, yo me formo una idea más pobre aún sobre la cultura política del stalinismo. Le oigo hablar como podría escuchar Einstein a un alumno de liceo sobre la física cuatridimensional. Veo que sólo saben del Marxismo lo elemental; es decir, lo demagógico y popular.

G.—Si no es muy larga y oscura, le agradecería que me revelase algo de esa «relatividad» o «quanta» del Marxismo.

R.—Nada de ironías; estoy hablando animado del mejor deseo. En ese mismo Marxismo elemental, que aún les enseñan en la Universidad stalinista, puede hallar una razón que contradice su tesis sobre la infalibilidad del ataque hitleriano a la U. R. S. S. Aún les enseñan como piedra angular del marxismo que la contradicción es la enfermedad incurable y mortal del Capitalismo…, ¿no es así?

G.—En efecto.

R.—Y siendo así, aquejado el Capitalismo de la contradicción permanente en lo económico, ¿por qué no la ha de padecer también en lo político?… Lo económico y lo político no son entidades en sí; son estados o dimensiones de la entidad social, y las contradicciones nacen en lo social, repercutiendo en la dimensión económica o política o en ambas a la vez… Sería un absurdo suponer falibilidad en lo económico y, a la vez, una infalibilidad en lo político, algo necesario para que sea fatal ese ataque a la U. R. S. S. que usted cree necesario en absoluto.

G.—Entonces usted fía todo a la contradicción, a la fatalidad, al error ineludible que ha de padecer la burguesía que impedirá el ataque de Hitler a la U. R. S. S. Yo soy marxista, Rakovski, pero aquí, entre nosotros, sin escandalizar a ningún militante, le digo que, con toda mi fe en Marx, no fiaría yo la existencia de la U. R. S. S. a una equivocación de sus enemigos…, y creo que Stalin tampoco.

R.—Pues yo sí… No, no me mire así, que no me burlo ni estoy loco.

G.—Permítame, por lo menos, tener mis dudas, en tanto no me demuestre su afirmación.

R.—¿Ve usted cómo tenía yo motivo para calificar de mediocre su cultura marxista?… Sus razones y reacciones son las mismas que las de un militante de base.

G.—¿Y no son las verdaderas?

R.—Sí; las verdaderas para el pequeño dirigente, el burócrata y la masa. Las convenientes para los que sean luchadores de fila… Ellos las deben creer y repetir al pie de la letra… Escúcheme usted en el terreno confidencial. Con el Marxismo sucede igual que con las antiguas religiones esotéricas; sus fieles debían saber sólo lo elemental y hasta grosero si se quería suscitar la fe, algo absolutamente necesario, tanto en religión como en Revolución.

G.—No querrá usted revelarme ahora un Marxismo misterioso, algo así como una masonería más.

(3) Sobre la personalidad del Marx auténtico, Rino Cammilleri en Los monstruos de la Razón traza un perfil bastante inquietante, el de un hombre atormentado y cruel, y pone como ejemplos escritos y poemas de juventud:

Quiero vengarme del que reina por encima de nosotros

(…)

Quiero construirme un trono en las alturas,

su cima será glacial y gigantesca,

tendrá por baluarte un terror supersticioso,

por mariscal la agonía más tétrica.

en Invocación de un desesperado

Enseño palabras enroscadas en una confusión diabólica, así cada uno puede creer verdadero lo que quiera pensar

en Sobre Hegel

Mira esta espada: el Príncipe de las tinieblas me la ha vendido

(…)

Mas yo tengo el poder, con mis brazos

de machacaros y trituraros

con la fuerza de un huracán

mientras para nosotros dos se abre el abismo

tremendo en las tinieblas

desapareceréis en sus cavernas más profundas

a donde yo os seguiré riendo

y susurrandoos al oído:

“¡desciende, ven conmigo, amigo mío!”

en Oulanem (anagrama invertido
de «Manuelo», Emmanuel)

También afirma:

Marx era un hombre muy conocido en su época. Afiliado a la logia francesa de los Filadelfos, era estrecho colaborador de Annie Besant, quien sucedió a Madame Blavatsky al frente de la Sociedad Teosófica (Madame Blavatsky, vestida de hombre, caracoleaba junto a Garibaldi en el Lacio, con la finalidad de abatir el Papado).

[…]

Como ya se ha señalado, el encuentro determinante para el giro «científico» de Marx fue el que tuvo con Moses Hess, comunista y patrocinador de uno de tantos movimientos sionistas de la época. De Marx decía Hess en una carta escrita en 1841: «Él será quien dará el golpe de gracia a la religión y la política medievales.»

Hess puso en contacto a Marx con Proudhon. Los dos tenían en común físicamente el aspecto hirsuto, que era también, por cierto, el que presentaba un amigo común, Bakunin. Hay que señalar que la barba tupida y los cabellos intonsos no eran precisamente la característica de las modas románticas de la época, sino que, en realidad se trataba de la divisa obligatoria de la secta de Giovanna Southcott (que se creía en relación con el demonio «Shiloh»). Será quizá una coincidencia, pero el hecho es que fue en ese momento histórico cuando la secta abrazó el comunismo. Según Bakunin, Proudhon adoraba a Satanás (de Proudhon es la famosa frase: «Dios es el mal») y el propio Bakunin escribía en Dios y el Estado: «… Debemos despertar en el pueblo al diablo y excitar en él las pasiones más viles.»

[…]

Mazzini llegó a decir de Marx: «Tiene un espíritu destructor y su corazón rebosa más de odio que de amor por los hombres».

Vale la pena leerse entero el capítulo 10 «Las curiosas costumbres del joven Marx», págs. 92-106; es muy esclarecedor de los ambientes y corrientes intelectuales y espirituales que hicieron cristalizar el Comunismo; ninguna de ellas recomendable y la mayoría repleta de alucinados, por cierto.

R.—No; nada de esoterismos. Al contrario, se lo presentaré con meridiana claridad. El Marxismo, antes que sistema filosófico, económico y político, es una conspiración para la Revolución. Al ser la Revolución para nosotros la única realidad absoluta, filosofía, economía y política son verdad en tanto y cuanto llevan a la Revolución. La verdad intrínseca, subjetiva llamémosla así, en la filosofía, economía y política y hasta en la moral no existe; será verdad o error en abstracción científica; pero al ser para nosotros subordinadas a la dialéctica de la Revolución —única realidad y, por tanto, la única verdad—, para todo auténtico revolucionario, como lo fue para Marx,(³) ha de ser así, debiendo obrar en consecuencia. Recuerde usted aquella frase de Lenin cuando alguien le dijo como argumento que su intento se oponía a la realidad: «Lo siento por la realidad», respondió. ¿Cree usted que Lenin dijo una sandez? No; para él, toda realidad, toda verdad, era relativa, frente a la única y absoluta: la Revolución. Marx fue genial. Si su obra sólo fuera una crítica profunda del capital, ya sería una labor científica sin par; pero donde alcanza la categoría de obra maestra es como creación irónica. «El comunismo —dice— ha de triunfar, porque le dará el triunfo su enemigo el Capital». Tal es la tesis magistral de Marx… ¿Cabe más grande ironía?… Para ser creído le bastó con despersonalizar a Capitalismo y Comunismo, trasmutando al ente humano en ente de razón, con un arte de prestidigitador maravilloso. Tal fue su ingenioso recurso para decirle a los capitalistas, que son la realidad del Capital, que triunfaría el Comunismo por su congénita idiotez: porque sin idiotez perpetua en el homo economicus, no puede haber en él la contradicción permanente proclamada por Marx. Lograr que el homo sapiens se transmute en homo stultun es poseer un poder mágico, capaz de hacerle descender al hombre en la escala zoológica a su primer peldaño; al de la bestia. Sólo dada la existencia del homo stultun en esta época del apogeo del Capitalismo puede Marx formular su axiomática ecuación: Contradicción + Tiempo = Comunismo. Créame, cuando nosotros, los iniciados, contemplamos una efigie de Marx, aunque sea la que se ufana sobre la puerta principal de la Lubianka, no podemos reprimir una carcajada interior, y es que Marx nos contagia; le vemos a él reírse de toda la Humanidad tras sus barbazas.

G.—¿Será usted capaz de burlarse del más prestigioso sabio de la época?

R.—¿Burlarme yo?… ¡Si es admiración! Para lograr Marx engañar a tantos hombres de ciencia era necesario que él fuera superior a todos. Ahora bien, para juzgar a Marx en toda su grandeza, debemos contemplar al Marx auténtico, al Marx revolucionario, al del manifiesto. Es decir, al Marx conspirador, ya que durante su vida la Revolución vivía en estado de conspiración. No en vano, sus avances y victorias ulteriores los debe la Revolución a aquellos conspiradores.

G.—¿Niega usted entonces el proceso dialéctico de las contradicciones del Capitalismo en el triunfo final del Comunismo?

R.—Tenga usted la seguridad de que si Marx hubiera creído que la victoria del Comunismo sólo llegaría gracias a la contradicción capitalista, jamás hubiera nombrado la contradicción ni una sola vez en los miles de páginas de su obra científico-revolucionaria. Hubiera sido un imperativo categórico de la real naturaleza de Marx, no científica, sino revolucionaria. Un revolucionario, un conspirador, jamás revela él a su adversario el secreto de su triunfo. Jamás le da información; le da desinformación, como usted sabe hacer en la contraconspiración, ¿no es así?

G.—Pero, en fin, llegamos a la conclusión, según usted, de que no hay contradicciones en el Capitalismo, y que si Marx las señala, sólo es como recurso estratégico revolucionario… ¿No es esto?… Pero las contradicciones colosales, en ascenso constante, del Capitalismo ahí están… A que ahora resulta que Marx mintiendo dijo la verdad…

R.—Es usted peligroso como dialéctico cuando rompe usted el freno de la dogmática escolástica y da rienda suelta a su propio ingenio. En efecto, Marx dijo la verdad mintiendo. Mintió al proclamar el error, la contradicción, como «constante» de la Historia económica del Capital y al declararla «natural y fatal»; ahora bien: a la vez dijo la verdad, ya que sabía que las contradicciones se producirían y aumentarían en progresión creciente hasta llegar a su apogeo…

G.—Entonces…, resulta usted antitético.

R.—No hay antítesis. Marx engaña por razón táctica, sobre el origen de las contradicciones del Capitalismo, no sobre su evidente realidad. Marx sabía como se producían, como se agudizarían y cómo llegarían a crear la anarquía total de la producción capitalista, como prólogo del triunfo de la Revolución comunista… Sabía que ocurrirían porque conocía él a los que las producían.

G.—Es una novedad extraña el venir ahora a descubrir que no es la esencia y ley innata del Capitalismo la que lo lleva a «matarse a sí mismo», como dijo en frase feliz, ratificando a Marx, un economista burgués, Schmalenbach. Pero me interesa, me interesa, si por ahí llegamos a lo personal.

R.—¿No lo había usted intuído?… ¿No advirtió usted cómo en Marx se contradicen la palabra y la obra?… Él proclama la necesidad, la fatalidad, de la contradicción capitalista, evidenciando la plusvalía y la acumulación. Evidenciando una realidad. A mayor concentración de los medios de producción —discurre con acierto— corresponde mayor masa proletaria, mayor fuerza para instaurar el Comunismo, ¿no?… Pues bien: a la vez que así lo proclama, funda la Internacional. Y la Internacional en la lucha de clases diaria es «reformista»…, es decir, una organización destinada a limitar la plusvalía y, si puede, a suprimirla. Por tanto, la Internacional es objetivamente una organización contrarrevolucionaria, anticomunista, según la teoría marxista.

G.—Ahora resulta que Marx es un contrarrevolucionario, un anticomunista.

R.—Ya ve usted cómo se puede explotar una cultura marxista primaria. El poder calificar de contrarrevolucionaria y de anticomunista a la Internacional con rigor lógico y doctrinal es no viendo en los hechos más que su efecto visible e inmediato, y en los textos, la letra. A tan absurdas conclusiones, bajo su aparente evidencia, se llega por olvidar que palabras y hechos están subordinados, en el Marxismo, a las reglas estrictas de la ciencia superior a la que sirven: a las reglas de la conspiración y la Revolución.

G.—¿Llegaremos, al fin, a una conclusión definitiva?…

R.—Desde luego. Si la lucha de clases en el área económica es, en su primer efecto, reformista y contraria por ello a las premisas teóricas determinantes del advenimiento del Comunismo, en su auténtica y real trascendencia es puramente revolucionaria. Pero, vuelvo a repetir, subordinándose a las reglas de la conspiración; es decir, a la disimulación y ocultación de su verdadero fin… La limitación de la plusvalía y, por tanto, de la acumulación, en virtud de la lucha de clases, tan sólo es apariencia, un espejismo creado para provocar el movimiento revolucionario primario en las masas. La huelga es ya un ensayo de movilización revolucionaria. Independientemente de si triunfa o fracasa, su efecto económico es anárquico. Al fin, este medio para mejorar el estado económico de una clase es en sí un empobrecimiento de la economía general; sea cual sea el volumen y el resultado de una huelga, ella es una merma en la producción. Efecto general: más miseria, de la cual no se libra la clase obrera. Ya es algo. Pero no es el único efecto, ni siquiera el principal. Como sabemos, fin único de toda la lucha de clases en el ámbito económico es ganar más y trabajar menos; traducido a efectos económicos, es consumir más produciendo menos. Tal absurdo económico —en nuestro léxico, tal contradicción—, inadvertido por las masas, cegadas de momento por un aumento de salario, es automáticamente anulado por un aumento en los precios, y si éstos se limitan por coacción estatal, ocurre igual, la contradicción de querer consumir más produciendo menos es remediada con otra: la inflacción monetaria. Y así, se provoca ese círculo vicioso de huelga, hambre, inflacción, hambre.

G.—Menos cuando la huelga es a costa de la plusvalía del capitalismo.

R.—Teoría, pura teoría. Para entre nosotros: tome usted cualquier anuario de la economía de un país y divida las rentas y utilidades totales entre los asalariados y ya verá qué cociente tan extraordinario logra. Es ese cociente lo más contrarrevolucionario, y debemos guardarlo en el mayor secreto. Porque si del teórico dividendo restamos los salarios y gastos de dirección que implican la supresión del propietario, resulta casi siempre un dividendo pasivo para los proletarios. Pasivo en realidad siempre, si computamos la disminución del volumen y la baja de la calidad en la producción. Como usted ve, proclamar que la huelga es luchar por el bienestar inmediato del proletariado, sólo es un pretexto; un pretexto necesario para lanzarlo al sabotaje de la producción capitalista; sumando así a las contradicciones del sistema burgués la del proletariado; doble arma de la Revolución… que, como es evidente, no se producen por sí mismas, porque hay organización, hay jefes, hay disciplina y, sobre todo, ninguna estupidez… ¿No puede sospechar usted que las famosas contradicciones del Capitalismo, de la Finanza específicamente, son también organizadas por alguien?… Como base de inducción, le recuerdo que la Internacional Proletaria en su lucha económica coincide con la Finanza Internacional, produciendo la inflacción…, y donde hay coincidencia puede haber acuerdo. Son sus propias palabras.

G.—Entreveo un absurdo tan enorme o un intento de tejer una nueva paradoja, que no quiero ni siquiera imaginar. Parece como si usted quisiera insinuar la existencia de una especia de Internacional capitalista, una otra Komintern…, naturalmente opuesta.

R.—Exactamente, al decir Finanza Internacional yo personalizaba igual que si dijera Komintern; pero al reconocer yo la existencia de una «Kapintern», no digo que sea la enemiga…

G.—Si pretende usted que perdamos el tiempo con ingeniosidades y fantasías, le debo advertir que ha elegido un mal momento.

R.—¿Acaso me cree usted aquella favorita de las Mil y una noches, derrochando imaginación velada tras velada para salvar su vida?… No; si estima que divago, es un error suyo. Para llegar adonde ambos nos hemos propuesto, si yo no quiero fracasar, debo ilustrarle antes sobre cosas esenciales, dada su incultura total en lo que yo llamaría «marxismo superior». No puedo prescindir de la explicación, porque sé bien que la misma incultura hay en el Kremlin… Dígame si prosigo…

G.—Puede proseguir, pero le soy leal: si todo resulta luego un mero recreo imaginativo, su diversión tendrá muy mal epílogo. Queda usted advertido.