Primera conferencia: «Los signos de los tiempos»

Esta primera conferencia de Castellani es una aproximaxión al hecho profético, centrada en la del Apocalipsis de San Juan, y presenta a trazos gruesos los principales signos que cree que se daban a finales de los 60. El conferenciante presenta también las principales leyes de interpretación, que ya están firmemente fijadas, que son: toda profecía es oscura, toda profecía tiene dos sentidos (y aquí presenta los conceptos de typo y antitypo, muy importantes) y las profecías se aclaran al aproximarse su cumplimiento. Es en conferencias posteriores donde desarrolla y comenta en detalle el Apocalipsis de San Juan.


La profecía y el Fin de los Tiempos
Primera conferencia: «Los signos de los tiempos»

impartida por el P. Leonardo Castellani (6 de junio de 1969)
Audio disponible en Página Católica.


El conocer profético: estado actual — «Los Signos» — Testimonios contemporáneos — Sucesos contemporáneos — La Guerra — El Capitalismo — La «Era Atómica» — El porvenir del mundo: alternativa


Vamos a hacer un recorrido llano y nada técnico sobre las profecías mayores del fin del tiempo. Profecías mayores son las llamadas canónicas, o sea que están en la Sagrada Escritura. «Fin del tiempo» es la palabra que usa la Escritura para la cercanía de la Parusía o de la Segunda Venida de Cristo. Nunca jamás dice la Escritura «fin del mundo», porque el mundo no va a tener fin. Lo que va a tener fin va a ser la historia del ciclo adámico; la historia que empezó con Adán: ésa va a tener fin.

En una audiencia general del 16 de abril, el Sumo Pontífice destacó como «misión ineludible del hombre de hoy —dijo— escrutar los “signos de los tiempos”». Esa palabra «signo de los tiempos» ha sido traída hoy a significar vulgarmente cualquier peculiaridad de la época. Pero Jesucristo la usa en el sentido de signos de los tiempos últimos y en ese sentido el Papa y el Concilio la usan seis veces.

(1) Respecto a las apariciones de la Virgen en Garabandal, Cantabria, es increíble lo poco que se sabe de ellas en la propia España y lo mucho que se cree y sigue el tema allende sus fronteras, sobre todo en las dos Américas. Si son verídicas (y S. Pío de Pietrelcina así lo afirmaba), están ligadas directa y explícitamente con las de Fátima y predice, en vísperas del Concilio Vaticano II, la gran desafección del clero que sucedió posteriormente, algo que no era previsible en su momento, en una España impregnada de nacional-catolicismo; como dice el dicho: con «curas hasta en la sopa», a diferencia de la «sopa de curas» de la II República y la actualidad.

Las profecías han atraído siempre la curiosidad de la gente, sobre todo en los tiempos turbados; basta recordar las muchedumbres que se agolparon en Fátima de Portugal y en nuestros días en Garabandal de España(¹). La gente se pregunta hoy día adónde va a parar este mundo. Desde 1914 esa pregunta se ha vuelto ansiosa. Los Testigos de Jehová, que son un grupo curioso protestante, sostienen que en 1914 se acabó el tiempo de las naciones y comenzaron los tiempos parusíacos; y se apoyan en un cálculo profético bastante discutible que dice que los tiempos de las naciones van a durar 2320 años y entonces se han acabado en 1914. ¿Por qué? Porque sitúan el comienzo donde les parece y entonces los hacen terminar en 1914; pero, en fin, no es descaminado decir que desde 1914 estamos en una nueva época. Pero no es la curiosidad lo más importante. Hay una cosa más importante en las profecías y es la esperanza. Créase o no, las profecías, tanto privadas como canónicas, han sido hechas para consuelo como dice San Pablo, «ad consolationem». Con esa intención hablo yo ahora, y no para satisfacer una vana curiosidad. Parece mentira, porque las profecías suelen anunciar calamidades, y las profecías canónicas, la mayor calamidad, la calamidad por excelencia, la mayor tribulación que ha habido en el mundo desde el Diluvio acá, dijo Cristo. O sea, como la agonía de este mundo, con todo lo que está dentro de él. Y sin embargo, Cristo termina su predicción, que está en Mateo, capítulo 24, diciendo que cuando veamos se cumplen esas cosas, cosas pavorosas por cierto, levantemos las cabezas e incluso nos alegremos. La razón es que las congojas que nos aquejan ahora y han aquejado también en otros tiempos a los hombres están descritas de antemano como pasaje a un estado feliz del hombre. Definitivo. Y esta persuasión de la esperanza es el fuste de la religión cristiana como fue el fuste de la hebraica. O sea, que los últimos dolores, que serán los más grandes de todos, no son agonía sino parto. Y esta metáfora del parto la usan literalmente tanto Jesucristo como su discípulo Juan, el apokaleta. Así pues, recurrimos aquí contra el miedo al único remedio que hay, que es la profecía. Me dirán que los que tienen miedo son unos cuantos locos, que la masa de la gente negocia, junta plata, se casan, se divierte, farrea, va al cine, contempla televisión y compra revistas descocadas. Y eso lo hacen, preguntaré yo, ¿con tranquilidad o con afán? Lo hacen con fiebre y afán, para aturdirse, porque tienen miedo; necesitan aturdirse. La especie de fiebre de diversiones, placeres, pamplinas y liviandades que sufren hoy día las masas probablemente tienen detrás el temor y obedece a la necesidad de aturdirse. No hay más que ver una cancha de fútbol o un ring de box para ver el estado de febrilidad en que está la gente, en un estado febricitante y no en un estado de tranquilidad, ni de diversión, ni de alegría, ni de gozo, ni de júbilo. La realidad es que hoy día la más grande emoción aislada que domina nuestra vida es el temor, dice David Lawrence, en USA News & World Report, octubre de 1965, una de las principales revistas de Estados Unidos. Podría multiplicar frases como esta, pronunciadas en U. S. A. por gente de gran predicamento. «Una plaga de desafuero y violencia está arrasando ahora el globo» dice el Times —el principal diario de los Estados Unidos, 6 de junio de 1968, es decir hace un año justo, hoy—. «Ahora surgen la discordia y la violencia de un extremo del orbe al otro», dice el mismo día la revista arriba dicha, o sea USA News & World Report. «Más de cien millones de americanos morirían en caso de un ataque nuclear soviético. Si llegase a incluir los grandes centros urbanos, el número de muertos sería de 149 millones» dijo el ministro de defensa yanqui en 1965. He aquí la causa principal del miedo: la bomba. Muchas otras frases de terror como esta trae la revista protestante Despertar del mes pasado, de la cual hablaremos otro día.

Lo notable es que los yanquis, y los argentinos, que no creen ni quieren creer nada de las profecías, pasan de un extremo de pesimismo a un extremo de optimismo, como el autor del libro Nuestro futuro nuclear, del ingeniero nuclear Teller, que después de anunciar el pavoroso poder y los pavorosos efectos de las bombas que él está ayudando a fabricar, concluye prediciendo en bajo que eso conducirá a una vida más feliz de toda la humanidad aunque sea, dice él, a costa de la vida de unos cuantos inocentes. ¿Cuántos inocentes, más o menos? ¿149 millones?

Y este es otro de los efectos del miedo actual: imaginaciones desaforadas de un futuro paradisíaco de la humanidad al cual no hay que hacerle caso; logrado con las solas fuerzas del hombre, no se sabe cómo y sin el menor fundamento. Que Cristo va a dar un futuro paradisíaco a la humanidad es otra cosa; eso lo creemos, pero esas predicciones de progreso indefinido y de grandes alcances, grandes adquisiciones de los hombres nada más que con sus fuerzas naturales y sin pensar en Dios —incluso rechazando a Dios— eso no hay que darle la menor entrada en el alma porque es un error, es una herejía actual. Obtener el isótopo 238 del uranio, durante la Gran Guerra Segunda, costó 2000 millones de dólares: los gastos ya no se cuentan por centenares ni por millares, ni por millones, sino por millares de millones, es decir por «billones» como dicen los norteamericanos. Lo cual, unido a esos _ para mandar esos cohetes o balas huecas con hombres adentro para mandar a la luna da una suma no imaginable: lo bastante para regalar un millón a cada uno de los hambrientos de los Estados Unidos, calcula la revista _Time. Y sobra.

(2) Es cierto lo que dice en la época de este discurso, aunque en la URSS también gozaba de gran popularidad. Básicamente hasta esa época los relatos podían clasificarse en tres categorías: utópico-humanistas, cuyo máximo exponente contemporáneo fue Arthur C. Clarke distópicas, destacando George Orwell (1984) y Aldous Huxley (Un mundo feliz, aunque no está claro si el autor la consideraba como tal; actualmente parece el manual de cabecera de la ONU); mixtas o de anticipación, una especie de «¿qué pasaría si…?»; o bien simplemente novelas de entretenimiento con trasfondo futurista: más especulativas que utópicas, a veces ucrónicas; quizá Isaac Asimov, el más sobrio y menos desaforado de los autores importantes del género, pertenezca a este grupo.

Es a partir de esta época cuando empiezan a aparecer novelas en las que el factor «racional» y «tecnológico» empieza a desdibujarse, cuando no desaparecer, y empieza a emerger otra temática, más centrada en la consciencia, los mundos interiores, relativización de los valores morales, sexo explícito, etc., cuando no claramente pseudomesiánica: es la «Nueva Ola» de autores, como Frank Herbert y su muy entretenida saga de Dune (de tipo pseudomesiánico, ecológica y psicodélica) o Philip K. Dick. En cualquier caso, considero que es el comienzo de la decadencia del género, con autores galardonados pero infumables como Philip José Farmer. Ya con los ordenadores apareció el género Cyberpunk y posteriormente el Postcyberpunk, actualmente ya muy manidos. Lo más destacado de este período, que dura hasta la actualidad, es que en la producción literaria de ciencia-ficción aparece una dicotomía bastante clara que anteriormente sólo era embrionaria: la Hard, en la que los elementos científicos y técnicos están tratados con el máximo rigor, incluso cuando éstos entran dentro de la pura especulación (la clásica «fanta-ciencia» de la que habla Castellani); y la Soft, en la que se contemplan los intentos por incorporar las ciencias sociales como la antropología, la historia, la sociología y la psicología al ámbito de la ciencia ficción; sus autores suelen caracterizarse por una escasa o nula formación científica y un interés casi exclusivo por lo meramente literario. Las de esta última puede que tengan mayor calidad literaria, pero la mayoría no son más que basura pseudointelectual que se cimienta en hipótesis que no son ni verosímiles en un futuro lejano ni en una realidad alternativa; en el fondo, es la muerte del género, es la impostura de una impostura —y los lectores se han dado cuenta de ello; si no, comparen cuántos estantes ocupaba y ocupa la ciencia-ficción en las librerías—; es una pena que ninguna llegue a la altura de novelas filosófico-moralistas del estilo y categoría de la precursora Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, que podría considerarse como la precursora avant la lettre de la categoría soft.

Es todo un signo de los tiempos que las preferencias actuales de los lectores de libros fantásticos (la ciencia ficción no deja de ser eso) se haya desplazado a los de «espada y brujería», género que empezó a despuntar precisamente con el comienzo del declive de la ciencia-ficción: hasta la «Razón» está de capa caída.

Existe hoy la novela de fantaciencia que le dicen, o ciencia ficción, un género nuevo que se puede llamar de creación yanqui, aunque sus inventores fueron un francés y un inglés, el cual si examinan verán que se divide en dos netas partes contrarias de profecías falsas: una que predice horrores y desastres sin medida y otra felicidades y ventajas sin medida, todo por medio de la ciencia, o sea de la técnica. Estas novela desaforadas y dementes algunas, bien escritas muchas, se pueden llamar literatura religiosa porque pertenecen a la actual idolatría de la Ciencia, una religión mala, por supuesto(²). Es más pavorosa que las religiones de los antiguos y también más prometedora que las religiones de los antiguos fenicios o de Grecia. Pero es una herejía, una herejía cristiana que parodia la escatología cristiana. La escatología cristiana que es la ciencia de los últimos tiempos o de las últimas cosas —eso significa «escatología»— predice una agonía o un parto muy difícil como he dicho antes y después un estado de resolución total, de solución total de los problemas humanos y de una nueva humanidad a la cual espero perteneceremos hecha por obra de Dios; y esto es al revés: predicen o grandes destrucciones y desastres que pone los pelos de punta, o bien grandes felicidades conseguido todo sin Dios, sin ninguna clase de Dios, al contrario, yendo contra los mandamientos de Dios. Es una especie de escatología especial, actual y herética. Y estos libros de los cuales he leído una cantidad, pero ni siquiera la centésima parte de los que hay, son los más se leen en Norteamérica, más que las novelas policiales. Y son libros religiosos en el fondo porque exigen una fe e intentan dar lo que da la profecía católica, o sea la Esperanza, o lo que da la predicación católica del infierno, por ejemplo, o sea temor. Intentan hacer eso. Toda esta desmesura intelectual, esta especie de locura… de hecho algunos de estos fantaciencios son locos: tienen el desprecio de las profecías verdaderas cuyo vacío se llena con profecías falsas.

Despreciando estas profecías vacías e idolátricas, nacidas de la idolatría de la Ciencia, descansemos en las serias, en las dignas de ser examinadas. Ellas son de tres clases: profecías naturales, profecías privadas y profecías canónicas. Estas últimas se reducen a profecías de Cristo, profecías de Pedro y Pablo, y profecías del Apocalipsis, o sea del Nuevo Testamento, el cual corona al Antiguo Testamento.

Primero, profecías naturales: son las que no proceden de lo sobrenatural, ni son milagrosas, mas proceden de las facultades cognitivas del hombre, o sea de su razón, su conocimiento de la historia y una especie de intuición poética que los lleva a figurarse el futuro porque están empapados del pasado, del cual prolongan las líneas de fuerza. Así vemos que muchos grandes talentos han predicho el advenimiento de suceso próximos que de hecho han venido. Así por ejemplo, Donoso Cortés predijo en 1850 más o menos, la caída del Imperio Inglés y el surgir de Rusia y también la Guerra Mundial que estaba a más de cincuenta años de distancia. La cual también por su parte, predijo Federico Nietszche, y Belloc en su libro El Estado Servil, predijo el estado actual del neo-capitalismo o neo-liberalismo solapadamente esclavizador: la restauración del Estado Servil, o sea, del estado de esclavitud. De otra manera: el mundo cristiano y apóstata, dice Belloc que es una cosa que iba a venir, lo dijo hace mucho tiempo, más de 38 años. Y vino. Porque hoy día, como dice un amigo mío, los argentinos no aspiran a otra cosa más que a una esclavitud confortable. Y para la esclavitud tenemos el tango. Esa esclavitud la proporciona hoy día el liberalismo o el progresismo: por lo menos la promete, aunque a veces no la proporciona nada. No queremos tanto desarrollo, queremos más libertad y más tranquilidad, dice la gente pobre y lo que dice Raimundo Ongaro ahí en este papel. Y quieren la libertad para ir a las canchas de fútbol, a las tabernas, al cine y al lupanar y para romper incluso las leyes de la familia si se les antoja. Y las leyes de la Ciudad, también. Y van a ver la cantidad de autos y televisores y de átomos para la paz que va a fabricar Krieger-Vassena dentro de poco. Esclavitud confortable, libertad para los vicios, completa falta de tranquilidad y en ese tiempo andarán los hombres angustiados por los ruidos del mar y de su zonda, dijo Cristo. El mar en la Sagrada Escritura significa el Mundo en contraposición a la Religión que es significada por la tierra firme. Y la zonda del mar son los grandes sucesos del mundo. Además de los tres hombres geniales que dije arriba, Donoso Cortés, Belloc y Nietszche, suelen citarse como profetas naturales a San Agustín, Savonarola, Juan Bautista Vico, Kierkegaard, Solovieff, incluso el poeta Heine y a Rousseau. Aquí mismo un amigo me decía anoche que Ramón Doll fue una especie de profeta en la Argentina porque escribió artículos de crítica hace 30 ó 40 años que usted los lee hoy y se ha verificado lo que dijo. Lo que dijo Doll por ejemplo, acerca de la carrera de Borges: Doll profetizó la ola de Borges y se cumplió así como él había dicho hace como 30 años. Es decir, son solamente predicciones, no profecías. Es la agudeza natural de la cabeza de algunos que llegan a ver adelante porque conocen mucho lo de atrás. Es decir, prolonga lo de atrás y ve lo que va a pasar adelante.

Segundo: profecías privadas. Las conocemos, hoy día hay muchas. Siempre las ha habido. Estas son de índole sobrenatural, cuando no son falsas. De cada cien revelaciones privadas, una sola es auténtica, dijo San Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas. Muy exagerado, evidentemente ¿no? Demasiado poco. Pero la verdad es que de las modernas la Iglesia solamente ha aprobado las de Lourdes y de Fátima; y eso indirectamente. Estas profecías son proferidas para consolar al pueblo cristiano en una coyuntura dada, o para prevenirlo o para amonestarlo. Son parciales y locales. Si no tienen nada contra la Fe, la Iglesia suele guardar reserva y no pronunciarse. Algunas se revelan como fraudes, tal los escritos de la Madre Raffo que se propagaban mucho cuando yo era muchacho. Otras como engaños subjetivos, tal como los prodigios del Cristo de Limpias en España, otras de dudosa autenticidad como la profecías de los Papas de San Malaquías, otras caen pronto en el olvido sin pena y sin gloria tal como La Saleta, tan ruidosa en su tiempo. Nadie está obligado a creer en una revelación privada, aunque estemos obligados a no despreciarlas. «No despreciéis las profecías» como dice San Pablo. Y cuando las creemos, las creemos con fe humana, no con fe divina.

Y con esto llegamos a las profecías de fe divina. Para los cristianos, las profecías de las Escrituras son de fe y por tanto, indefectibles. Bien sé que hay hoy muchos llamados cristianos que niegan las profecías, como los racionalistas y los cristianos liberales protestantes y los modernistas. Pero éstos son heréticos, aunque se incluya entre ellos el celebérrimo comentador del Apocalipsis, P. Ernesto Alló, del cual hablaremos muchas veces porque es el libro más visto hoy día por los que quieren enterarse de algo sobre el Apocalipsis; el cual niega el carácter profético del libro cuyo mismo nombre es «Profecía» o «Revelación». Y lo convierte en un poema filosófico acerca de las persecuciones de las Iglesia: son palabras textuales del P. Alló. Lo mismo se diga de su discípulo, el judeo-cristiano P. Bonsirven. Los cristianos creemos que las profecías de las Escrituras son nada menos que palabras de Dios. Pero la dificultad está en la interpretación, en la cual uno se ve arrojado a una selva intrincada de opiniones diversas, de donde muchos sacerdotes, incluso sabios, optan por dejarlas a un lado. Un sacerdote si no sabio, al menos muy erudito, me dijo un día al verme escribir un comentario sobre el Apocalipsis: «¡Deje eso! Todos los que han comentado el Apocalipsis se han vuelto locos o heréticos.». Lo contrario es verdad. Aunque si uno quisiera leer todos los comentarios del Apocalipsis —es físicamente imposible porque son centenares— claro que se volvería loco. Bastaría con que comenzara con Isaac Newton, el obispo Pastorini y Ruthenford, el actual cabeza de los Testigos de Jehová. Así que cito tres ejemplos de los más extravagantes que hay, de los comentarios más extravagantes. La interpretación de las profecías canónicas ha ido progresando lentamente desde los tiempos en que San Jerónimo decía «es un libro que tiene tantos enigmas como palabras» hasta nuestros días en que las grandes leyes de la interpretación están firmemente fijadas; las cuales son principalmente tres: primero, toda profecía es oscura; segundo, toda profecía tiene dos sentidos, el typo y el anti-typo, es decir, un suceso próximo y un suceso mucho más lejano que es el más importante; tercero, las profecías se aclaran al aproximarse su cumplimiento. Además, respecto del Apocalipsis tenemos las dos reglas de la recapitulación y la historicidad, que vienen desde los primeros intérpretes: San Justino Mártir s. II, Tyconio s. III, San Agustín s. IV, de los cuales hablaremos más adelante. «Recapitulación» quiere decir que el Apocalipsis no está escrito en línea recta como un relato o una crónica histórica, sino que es un relato que llega un momento se para y vuelve atrás y empieza de nuevo. Es la recapitulación que veremos más tarde. Y la historicidad significa que el Apocalipsis probablemente es una profecía de todo el tiempo de la Iglesia, desde la Ascensión de Cristo hasta los últimos tiempos, pero con una referencia constante a los últimos tiempos, como si uno se pusiese ya en el final y desde allá mirase allá todo el recorrido de la Iglesia hasta ese punto. Eso se llama la historicidad que comienza en el s. III, más o menos. Pero ya San Agustín había dicho «todo el tiempo que este libro encierra, comienza desde la Primera Venida de Cristo hasta describir el Fin de los Tiempos, que será cuando su Segunda Venida».

(3) Es interesante también, y podría entrar dentro de esta categoría, las controvertida y voluminosa obra El Poema del Hombre-Dios de María Valtorta, que toca de lleno el Apocalipsis y Los Últimos Tiempos; se ha publicado una compilación de las explicaciones que da sobre el tema, que ahora estoy leyendo y probablemente comente en un artículo.

Yo me puse a escribir hace seis años un comentario al Apocalipsis, principalmente para mi propio provecho a riesgo de ser tomado por herético o por loco, apoyándome en toda la tradición de 19 siglos, justamente porque encontré en la Iglesia actual una vehemente y extensa sospecha y esperanza de que el fin del tiempo está próximo. Innúmeros nombres, algunos de la mayor autoridad, formulan esa sospecha o esperanza: San Pío X, Paul Claudel, Belloc, Dawson, Frank-Duquesne, Maritain joven, Straubinger y, más atrás, Newman, Solovieff, Donoso Cortés, Josef Pieper, y, entre los artistas, Selma Lagerloef, Roberto Hugo Benson, Antonio Bouchet, Metri y entre nosotros Gustavo Martínez Zuviría en su novela 666; y entre los videntes Ana Catalina Emmerich, las niñas de Garabandal y otros muchos menores que éstos(³). Hay dos iglesias protestantes —no sectas, ahora no hay que llamarlas más sectas, hay que llamarlas «iglesias» pero es que… de todas maneras, _, si son sectas, siguen siendo sectas aunque ustedes las llamen iglesias— que predican permanentemente la cercanía del fin del mundo y casi ninguna otra cosa: los Adventistas y los Testigos de Jehová. La razón por que todos estos estiman próximos los últimos tiempos es porque ven o creen poder ver los signos cumpliéndose; unos ven unos y otros ven otros. Pues saben ustedes que Jesucristo dejó notados unos siete signos de su Segunda Venida, y mandó estuviésemos atentos a ellos. Los signos que me parece ver más claramente cumpliéndose son: _la guerra, el capitalismo y la era atómica.

(4) Y no incluye los actos terroristas generalizados y crímenes sin cuento, auténticas guerras encubiertas, de hoy en día.

La guerra: oiréis guerras y rumores de guerra, dijo Jesucristo. Pero ¿no se ha oído eso siempre en toda la historia de la humanidad? Sí, pero como ahora, nunca. Desde la Guerra del 14 hasta ahora ha habido en el mundo cuarenta guerras chicas y una grande(). El Papa Benedicto XV en 1917 durante la Primera Guerra Mundial dijo: «Jamás hasta ahora se había visto en el mundo la guerra como institución permanente de toda la humanidad», y esa es la gran diferencia, de los rumores de guerra que hay hoy en día. ¿Qué diría ahora? En 1945, al acabar la Segunda Gran Guerra, poco tiempo después, mejor dicho, el gran estratego inglés Capitán Lidell Hart escribió que vendría otra Tercera Gran Guerra Mundial. ¿Por qué? La razón que él dio: esta tragedia tendrá tres actos. Este segundo acto que acaba de terminar dejó pendientes todos los problemas que lo provocaron y algunos empeorados, por cierto. Y el intervalo será más o menos de veinte años, el tiempo necesario para aprovisionarse de nafta y para rellenar de odio los cráneos de la nueva generación, porque la vieja generación que ya hizo una guerra, no hace otra, pero a los jóvenes hay que lanzarlos a eso. Se equivocó Lidell Hart en el tiempo del intervalo, porque han pasado los veinte años ya, pero que una tercera guerra está pendiente ¿quién no lo ve? Dios nos pille confesados. Menos mal que Cristo añadió en seguida, «pero esto todavía no es el fin sino el comienzo de los dolores de parto». Usó la palabra griega oudinón que significa: «dolores de parto».

(5) Vale la pena detenerse en el pensamiento político de Castellani. Dice la reseña de su biografía:

«El tema central del pensamiento político de Castellani es el anti-liberalismo o, tal vez mejor, desde la fe y el pensamiento católico, juzga al liberalismo como una etapa del proceso de destrucción de la Cristiandad iniciado por la Reforma protestante, continuado con la Ilustración y la Revolución Francesa, y que engendró al comunismo. El liberalismo ha hecho mucho mal en Argentina y otros pueblos católicos: “Una herejía medio católica, medio protestante y medio atea […] vino a la vida justamente cuando nosotros los argentinos veníamos a la independencia. Nos hizo tanto mal como una damajuana de caña en una jaula de monos: y no nos arruinó del todo, porque por gracia de Dios aquí había fuertes vitaminas españolas. Y también había hombres que no eran monos.” Párrafos anteriores decía: “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron, y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz”, marcando una conexión necesaria entre liberalismo y capitalismo salvaje, que engendra el colectivismo marxista.»

Segundo, el capitalismo. El capitalismo es un monstruoso fenómeno actual que nos quiebra los ojos(). Y en el Apocalipsis está descripto el capitalismo de un modo que también quiebra los ojos. San Juan describe en forma inequívoca el derrumbe desastroso de la ciudad capitalista a la cual llama «la Gran Ramera», que puede ser, o bien una gran ciudad, cabeza del capitalismo, por ejemplo Nueva York o Londres o Roma, o bien muchas urbes de Europa y de América como creen el Cardenal Newman y Paul Claudel. O bien simplemente el mismo sistema actual capitalista considerado simbólicamente como una mujer, una mala mujer. No es que yo crea esa Gran Ramera es solamente la ciudad cabeza del capitalismo. Para mí es principalmente la cabeza de una religión falsa, o bien la actual religión adulterada que apoya o es apoyada por el capitalismo, porque del texto de San Juan sale… está claro que esa ramera está sentada encima de un dragón rojo y que propaga una falsa religión: está borracha con la sangre de los mártires, dice San Juan.

Tercero, la era atómica. Visitando en San Juan al Dr. Alberto Graffigna poco después de los desastres de Nagasaki e Hiroshima me dijo: «La bomba atómica está en el Apocalipsis». «No creo —dije yo—. ¿Adónde?». Pero reflexionando bien, la encontré. San Juan dice que el Anticristo tendrá poder para hacer caer sobre sus enemigo «fuego desde el cielo». La gran bola de fuego de un kilómetro y medio en Hiroshima (actualmente calculan que tendrá un diámetro mucho mayor —una legua por lo menos—). Estados Unidos tiene almacenadas cuarenta mil bombas nucleares más poderosas que las dos primeras. Rusia, no sabemos cuántas. China ya tiene sus seis o siete bombones de muerte. En su libro sobre la bomba atómica, dice el filósofo alemán Carlos Jaspers:

«Hay que hacer que la humanidad esté atenta a lo que la situación actual tiene de monstruoso: millares de voces debieran a su modo cada una renovar sin cesar este llamado. No es hora de dormir. La rapidez de relámpago con que se suceden desde pocos años ha los descubrimientos científicos, el misterio que nos rodea, la fabricación de bombas ante las cuales la de Hiroshima es un juguete de niños —la Bomba H tiene un poder un millón de veces mayor que la bomba clásica—, el cálculo de los desastres que podrían producir, los peligros de sus ensayos han creado una tensión, una psicosis, que es peculiar de nuestro tiempo».

Pero éste es uno de los que se ilusionan con falsas esperanzas porque él dice que hay que arreglar todo eso, que hay que arreglarlo, y para arreglarlo dice que hay que ser razonables y tener gobernantes razonables, conseguir gobernantes razonables. ¿Cómo vamos a conseguir gobernantes razonables si no se encuentran en el mercado ni en ninguna parte? Entonces ¿qué vamos a hacer? Si todos los hombres son razonables por supuesto que no va haber ningún peligro para la humanidad. Pero ahí está la cosa, que desde que el mundo es mundo los hombres no han sido todos razonables, ni siquiera la mayoría.

Estos signos a mí me parecen claros. Otros, veremos más adelante. Los sucesos contemporáneos muestran claramente una faz apocalíptica; cada día leemos en los diarios acontecimientos de miedo: por ejemplo, la bomba atómica, amenaza de la Tercera Gran Guerra, viajes espaciales que se dirigen, en el fondo, a la guerra. El movimiento Unimundista que quiere hacer una sola nación de toda la humanidad, crisis en la Iglesia, crisis de fe y de autoridad, agitaciones internas en las naciones, sediciones, tumultos, revoluciones, guerras civiles, hambre. Después de la Segunda Gran Guerra hubo la mayor escasez mundial de alimentos, dice la enciclopedia World Book, en 1966. El temor de la explosión, la famosa explosión demográfica que llaman, la indisciplina de las costumbres, crueldad, descontento general, descomposición de la filosofía y de las bellas artes, etc. El director de la F. B. I., la policía federal yanqui, Edgar Hoover, el hermano del ex-presidente, dice un telegrama de Washington el 31 de mayo del año pasado, «arremetió hoy contra los que argumentan que hay que reducir al mínimo el problema de la delincuencia en la nación, achacándolo al gran aumento de la población juvenil y a las tabulaciones más completas de la policía». Dijo Hoover que los que tratan de eliminar con explicaciones la verdad tan alarmante y tan desagradable que traen las estadísticas de criminalidad van al fracaso.

Yo no he venido para predicar la proximidad del fin del mundo como hizo San Vicente Ferrer en el s. XIV y se equivocó. Vengo solamente a traer a los males actuales la consolación del Hno. Bartfield, el cual en «El Salvador» pidió permiso para ir a la enfermería a visitar a un enfermo y le dijeron: «Sí, pero no lo aflija más, dígale palabras de consuelo». «Osté deja eso por cuenta mía» dijo el alemán. Y en efecto, al llegar al moribundo le dijo: «No hay que desafligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando no pasará y cosas peores vendrán». Así cuando las revistas argentinas laicas me dicen: «la Iglesia está en crisis, está por zozobrar», yo respondo: «Cristo dijo: “cuando yo vuelva, ¿creéis que encontraré fe sobre la tierra?”». Cuando me escriben: «¿qué pasa con los sacerdotes? ¿qué me dice del obispo peruano Cornejo?», yo respondo: «según San Pablo, un día debe venir una gran apostasía». Cuando me dicen: «¿están locos los hombres que piensan todavía en otra guerra?», respondo: «Cristo dijo que todo eso sucederá, pero no es todavía el fin, sino más el comienzo de algo que será arduo, pero al fin y al cabo feliz». Y así sucesivamente. O sea, no hay que desafligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando no pasará y cosas peores vendrán. O sea, todos estos males están predichos por Cristo, el cual, después de haberlos enunciado, concluyó sorprendentemente con estas palabras:

«De la higuera aprended una comparación. Cuando veis que retoña y veis unas hojitas verdes decís: “Cerca está el verano”. Así, cuando veáis todas estas cosas comenzando a suceder, levantad vuestras cabezas porque vuestra salvación está cerca».

A esta luz debemos mirar la crisis hodierna y ver que ella plantea una alternativa: pues o se resuelve o no. Si no se resuelve, ¡bien! entonces dije el imperativo de Cristo: «levantad las cabezas», porque los signos se cumplen. Así como está ahora esta crisis es la más grave que ha habido en la humanidad, tanto en la extensión, pues es mundial, como en la intensidad, pues afecta no sólo el mundo civil, sino a la Iglesia, la política y la religión, la muerte corporal, la apostasía y la desesperación del alma. No vivimos en tiempos comunes, esto nunca se ha visto. La moralidad en que hemos crecido está siendo desechada. Dios ha sido destronado, el sexo ha sido deificado, dice un diario de Australia en 1964. Muchos se contentarían con que las cosas se quedaran así como ahora, pero no es posible, las cosas se mueven, necesariamente. Y ahora se mueven para abajo. Los acontecimientos se precipitan, como decía un viejo loco que había en mi pueblo cuando era muchacho, en tiempos de la Guerra del 14. «Vivimos en una nación tilinga», me dijo un amigo el 25 de mayo, pero aceptémosla, porque aquí nos hizo nacer Dios y al fin de cuentas no encontraremos otra mejor.

La otra alternativa es que el mundo se arregle. Muchas crisis ha pasado el mundo que se han arreglado, cuando la gente creía no se podían arreglar, como en el s. XIV por ejemplo: la más conocida en el s. XIV cuando San Vicente Ferrer, como está dicho, predijo desde Valencia a Irlanda, en toda Europa, que se venía el fin del siglo y que venía el Anticristo. Para que esto suceda, es decir, la solución de la crisis actual, es necesaria la conversión de Europa, en la cual esperaron tanto Belloc y su amigo Chesterton, que trabajaron tanto para traerla. Hay que decir que este inmenso suceso feliz no contradice las profecías del Apocalipsis, es decir, puede arreglarse la crisis actual y no sería contrario a las profecías del Apocalipsis porque en él hay un pasaje algo oscuro o bastante oscuro que parece predecir un período de paz y de calma, de corta duración, antes de la aparición del Anticristo, o sea, antes del Séptimo Sello. Esta alternativa la pone Belloc, gran historiador católico, en dos de sus libros Las Grandes Herejías y Survivals and new arrivals (este último no está traducido, Las Grandes Herejías, está traducido [La editorial Vórtice acaba de publicar este volumen de Belloc con el título de Sobrevivientes y recién llegados N. del C.]). En este libro Belloc acentúa la posibilidad de una salida, es decir, en Sobrevivientes y sobrevivientes acentúa la posibilidad de una salida diciendo:

«Vivimos en un estado no solamente de confusión, desesperación e iracundia, sino también en un momento de oportunidad para la fe. Todavía no ha aparecido la contra-religión, o sea la última herejía que se está aproximando. Y en este momento surge la oportunidad para la fe, de tomar la iniciativa, después de su largo cerco de trescientos años. Pero otro evento entre estos dos, o sea entre la conversión de Europa y el advenimiento del Anticristo, yo no veo»

dice Belloc con el peso de su inmensa autoridad de historiador. En el otro libro, Las Grandes Herejías, el acento está puesto más bien en la otra eventualidad. De estas dos cosas, dice, una tiene que ocurrir. Uno de dos resultados tiene que definirse en el mundo actual y no muy lejos. Pero escribe largamente la última herejía que llama «El ataque moderno» a falta de nombre mejor. Propone varios nombres, como por ejemplo, el «modernismo», pero es diferente, es más virulento que el modernismo del siglo pasado; propone el nombre de «alogos», «aloguismo», que significa «contra la razón» o «sinrazón», y otros nombres, pero la cuestión es que este progresismo vago que nos está rodeado y que tiene tantas formas diferentes, no tiene nombre propio todavía. Posiblemente el dragón está esperando que aparezca un genio religioso maligno que convierta en una religión universal todas estas tendencias heréticas que hay por todas partes y, nada, eso también está profetizado en el Apocalipsis y se llama la Segunda Bestia, o sea el Pseudoprofeta. El ataque moderno, a falta de nombre mejor, que es lo que el siglo pasado se llamó «cristianismo liberal», «protestantismo liberal» y «modernismo», herejía en la cual Newman, y más atrás el P. Lacunza, vieron a la religión del Anticristo. Su fondo es el naturalismo religioso que es tan viejo como la Iglesia, o casi. El naturalismo religioso consiste en borrar el pecado original y todo lo sobrenatural y apropiarse de todo lo bueno que trajo la Iglesia como moralidad y como progreso y como comodidades temporales que trajo a Europa a la cual civilizó. Apropiarse de todo eso y atribuirlo al talento del hombre, a la cabeza del hombre. Y lo que pasa es que le hombre lo echa a perder apenas lo dejan solo. Belloc termina con las palabras con que quiero terminar yo mi disertación:

«Los hombres equivocados e ignorantes que hablan ahora vagamente de “iglesias” están empleando un lenguaje hueco. La anterior generación podía hablar, por lo menos en los países protestantes, de “iglesias”. La actual generación no puede hacerlo: no hay muchas “iglesias”. Hay una sola: está por un lado la Iglesia Católica y por otro, su mortal enemigo. El campo está cerrado. Estamos así ante el problema más trascendental que haya surgido nunca ante el espíritu del hombre; estamos pues en la bifurcación de caminos por donde pasarán todo el futuro de nuestra raza.»

Nada más, muchas gracias.