Jesús y María Santísima, Reyes de la Angélica Milicia

Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al noveno y último día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día noveno

Meditación.
Jesús y María Santísima, Reyes de la Angélica Milicia.

I. Excelsa es la naturaleza de los Santos Ángeles; encumbrados han sido por la divina bondad en las alturas de la eterna gloria; bienhechores nuestros son, merecedores de nuestra gratitud y dignos de religioso culto; potentísimos para vencer y dominar a nuestros enemigos infernales, así como llenos de sabiduría celestial para iluminarnos y enseñarnos, inflamados en caridad para encendernos en santo amor de Dios y del prójimo, y, por último, eficacísimos intercesores nuestros ante el Señor. Debernos, pues, siempre venerarlos e invocarlos, tributarles culto e imitar sus virtudes y pedirles que oren por nosotros, y que presenten nuestras oraciones y buenas obras a Jesús y a María Santísima,
para que así lleguen al trono del Omnipo­tente.

Porque con ser tan excelsos y santos los bienaventurados Ángeles, no son más que súbditos fidelísimos de Jesús y de María, a quienes sirven y obedecen, procurando la salvación de nuestras almas.

El centro, la cabeza de toda la creación es nuestro Redentor adorable Jesucristo. El Verbo divino se hizo hombre, y por los in­sondables misterios de la sabiduría de Dios en la Encarnación, que nunca se sacian de contemplar los Santos Ángeles (1), Jesucris­to quedó constituido en Rey y cabeza de los Ángeles y de los hombres; “por Él fueron creados, dice el apóstol San Pablo, todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, ora sean tronos, ora domina­ciones, ora principados, ora potestades: todas las cosas fueron creadas por Él mismo y en atención a Él mismo” (2); Dios Padre, “colo­cándole a su diestra en los cielos, sobre todo principado y potestad y virtud y dominación, y sobre todo nombre y dignidad, por celebrado que sea, no sólo en esta vida sino también en la futura” (3), ha entronizado y proclamado Rey a Jesucristo, “el cual está a la diestra de Dios, habiendo subido al cielo y estándole sumisos los Ángeles y las potes­tades y virtudes” (4), es decir, todas las ce­lestiales jerarquías angélicas.

Uno es nuestro Maestro: Cristo, el que es la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida; y para adoctrinarnos se vale de la jerarquía visible que ha instituido en la tierra, y del invisible ministerio de los Ángeles a quienes comunica divinas iluminaciones acerca de los misterios de la gracia.

Cristo tiene sobre los Ángeles preeminencia de dignidad por la unión hipostática, preeminencia de perfección por la plenitud de la gracia, y preeminencia de dominio, porque todo lo ha sujetado el Padre a su po­der, y todos, aun los mismos Ángeles, parti­cipan de Él dones y gracias de vida sobrenatural.

Y María Santísima, la Inmaculada Vir­gen Madre, por la dignidad que le da el ser­lo de Dios, por la plenitud de sus gracias y méritos, por las singularísimas relaciones que con cada una de las tres divinas personas la une, atesora en sí mayor dignidad y santi­dad que todos los Santos y todos los Ánge­les juntos; Reina de los Ángeles la proclama la Iglesia y ellos se extasían contemplando sus virtudes y admirando su grandeza, y se postran reverentes ante ella venerándola y esperando sus mandatos.

Los Santos Ángeles desde el principio del mundo defendían y auxiliaban al huma­no linaje, llevaban a Dios las oraciones de los hombres y a éstos traían gracias y dones divinos; al instituir Cristo su Iglesia la ha dotado de fuertes gracias y dones, los Santos Sacramentos, es nuestro intercesor y abogado, ora y se ofrece perennemente en sacrificio por nosotros; mas no por eso ha cesado el angélico ministerio, sino que ha sido dotado de mejores medios de hacernos bien; por eso dijo muy acertadamente Orígenes que después de encarnarse el Verbo “los Ángeles nos defienden más eficazmente”.

¡Oh, cuán grandes, cuán llenos de sabidu­ría y misericordia son los designios de Dios para santificarnos y darnos la vida eterna!

II. Exponiendo la doctrina que antece­de decía el apóstol San Pablo a los colo­senses (5): Que nadie, pues, os seduzca con culto supersticioso de los Ángeles; y se refería a los herejes que, negándoselo a Cristo, atribulan a los espíritus celestiales el oficio de mediadores para con Dios. ¿Cómo recurrir a los miembros y súbditos con despre­cio de su cabeza y jefe?. Todo lo tenéis en Cristo que es la cabeza de todo principado y potestad (6).

Si en los tiempos de San Pablo había ta­les herejes, como en los del paganismo se adoraba a los Genios o espíritus, maléficos o bienhechores, y por desconocer el verdadero oficio de tan excelsos seres espirituales se pecaba pretendiendo venerarlos; también en nuestros días, como reacción, pero extra­viada, contra el crudo materialismo de la pasada centuria, se va extendiendo y propa­gando un espiritualismo erróneo y morboso; y tanto en las supersticiones espiríticas, como en los delirios teosóficos se presenta a los seres puramente espirituales con ac­ción e influencia independiente de Nuestro Señor Jesucristo, Contra tales errores nos previene nuestra fe. Todo ser espiritual que no obedece a Cristo ni enseña conforme a sus doctrinas es perverso y enemigo del hombre. Un Ángel bueno no puede obrar en nuestras almas sino para servir a Cristo, para aumentarnos su gracia y amor, y ni enseña contra la fe, ni induce a obrar contra la ley de Cristo y de su Santa Iglesia.

El más puro culto, la más aceptable devoción, el más grato obsequio que podemos tributar a los Santos Ángeles es esmerarnos en creer y obrar de perfecto acuerdo con la Iglesia.

Nada desea tan vivamente de nosotros el Santo Ángel como ver establecido en cada uno y en toda España el Reino de Dios. Ese Reino está dentro de nosotros mismos (7): si estamos en gracia, Dios reina en nuestro corazón; si caemos en pecado, levantamos al demonio trono de soberanía en nuestra alma.

Que sea este el fruto práctico que saquemos de esta novena; ciertamente, con nin­gún otro agradaremos tanto como con este al Santo Ángel Custodio de nuestro Reino: pureza de fe, creyendo cuanto enseña la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana; santidad de costumbres, esforzándonos en el cumplimiento y observancia de las leyes de Dios y de su Iglesia; y un amor ardiente a Jesucristo y a su Santísima Madre, dispen­sadora de todas las gracias, y amor, agrade­cimiento, y devoción al Santo Angel que sirve a Jesús y a María, defendiendo y pro­tegiendo esta noble tierra, tan amada de Dios.

Oración.

¡Oh Jesús, Hijo de Dios, Soberano Rey de cielo y tierra, cuyo reinado florece en los cielos sobre los Ángeles y los Santos y en la tierra sobre los justos! Postrados ante Ti, te adoramos como a nuestro Dios y te pro­clamamos por nuestro Rey. ¡Venga a nos­otros el tu Reino, que, “es la justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo!” (8).

Gracias fervientes te damos por haber destinado para nuestra custodia a un Ángel de los que te adoran y sirven. ¡Oh, Señor, gobiérnanos y dirígenos por medio de él, porque tú eres nuestro Salvador!

¡Oh, Virgen Santísima, Reina de los Án­geles, tú que tanto amas a nuestra Patria que te dignaste honrarla con tu presencia viviendo aún en carne mortal; haz que no desmerezca España tus constantes favores, que goce siempre de tu predilección y patrocinio!

Y tu, Ángel bendito, acoge benignamen­te estos cultos que te hemos dedicado; tú ves nuestro amor, nuestra gratitud y nues­tros vivísimos deseos de agradarte para me­recer cada vez más tu protección y ayuda. Cúbrenos con tus alas, para que al calor de tu defensa crezcamos en virtud; no nos de­jes caer en pecado, y si caemos muévenos a penitencia y enmienda; inspíranos el bien y danos muchas ocasiones de practicarlo; defiende en cada uno de nosotros y en to­dos los españoles el reinado de Jesús; para que todos tengamos una misma fe y un mismo corazón confortado con la gracia del Señor. Reinen en nosotros la justicia, la paz y el gozo de que el Espíritu Santo llena las almas de los justos; para que después de adorar y servir bajo tu protección a Dios en esta vida, gocemos en tu compañía de la eterna felicidad del cielo. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

La misma doctrina de la supremacía de nuestro divino Redentor Jesucristo sobre los Ángeles y sobre toda criatura, que revelada por el Espíritu Santo nos enseñó en sus Epístolas el apóstol San Pablo, fue inspirada al Evangelista San Juan en una maravillosa visión que describe en su Apocalipsis (9).

Arrebatado en éxtasis vio el cielo abierto y a Dios sentado en su trono, y cuanto le rodeaba entonaba cánticos de alabanza y adoración. Y tenía el Señor en su diestra un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y al mismo tiempo vio a un Ángel fuerte y poderoso pregonar a grandes voces: ¿Quién es el digno de abrir el libro y levantar sus siete sellos? Y nadie podía ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra abrir el libro, ni aun mirarlo.

Apenado por esto, dice el vidente apocalíptico que se deshacía en lágrimas, cuando uno de los ancianos le dijo: No llores: mira ya como el león de la tribu de Judá, estirpe de David, ha ganado la victoria para abrir el libro y levantar sus siete sellos. Y miró y vio que delante del trono estaba un Cordero como inmolado, el cual se acercó y recibió el libro de la diestra de Dios. Y apenas el Cordero (que representa a Nuestro Señor Jesucristo, león por su poder y fuerza inven­cible y cordero mansísimo por su inocencia y candor, por su mansedumbre y paciencia, león que venció y encadenó las potestades infernales, y cordero que con su sacrificio y su sangre borró los pecados del mundo), hubo abierto el libro, todos los que ro­deaban a Dios en su trono cayeron postra­dos ante el Cordero y le tributaron la melodiosa música de sus cítaras y los perfumes do sus incensarios de oro, que son las ora­ciones de los santos, mientras cantaban: Digno eres, Señor, de recibir, el libro y de abrir sus sellos, porque tú has sido entregado a la muerte y con tu sangre nos has rescatado para Dios de todas las tribus y len­guas y pueblos y naciones.

Y vio también y oyó la voz de muchos Ángeles alrededor del trono y su número era millares de millares, los cuales decían con poderosa voz: Digno es el Cordero que ha sido sacrificado de recibir el poder y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición.

Y a todas las criaturas que hay en el cielo y sobre la tierra y debajo de la tierra y las que hay en el mar; a cuantas hay, a todas oyó el Evangelista, que uniendo sus voces en armonioso cántico, adoraban a Jesucristo, diciendo: Al que está sentado en el trono y al Cordero, bendición y honra y gloria y potestad por los siglos de los siglos.

¡Oh, que nuestra voz no falte nunca en ese coro maravilloso; que en unión con la de su Santo Ángel la voz de España se levante siempre valerosa y esforzada para dar a Je­sucristo el testimonio de su fe, de su adoración, y de su amor!

(Continúa en la Antífona.)


1 I Petr. I, 12.

2 Colos. I, 16.

3 Efes. I, 20.

4 I Petr. III, 22.

5 Colos. II, 18.

6 Colos. II, 10

7 Luc. XVII.

8 Rom. XIV, 17.

9 Cap. V.

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