Intercesión angélica

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Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al octavo día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día octavo

Meditación.
Intercesión angélica.

I. El tercer oficio, importantísimo, que desempeñan los Santos Ángeles en favor de la humanidad es el de interceder por nosotros. Ocupando por su naturaleza un puesto medio entre Dios y los hombres, y constituidos por Dios protectores de éstos, son solícitos mediadores, que llevan al Señor nuestras preces, nuestras lágrimas y nues­tras buenas obras, y vuelven a nosotros car­gados de las divinas gracias que nos alcan­zan. Doctrina es esta claramente expresada en las Sagradas Letras y enseñada por to­dos los Santos Padres.

A San Juan se le manifestó en su visión apocalíptica de poética y expresiva manera. Vio un altar de oro y ante él apareció un Ángel con áureo incensario y se le dieron multitud de inciensos, que son, dice el Sa­grado Texto, las oraciones de los santos, para que las ofreciera en el altar que está ante el trono de Dios, y de la mano del Ángel subió el humo del incienso de las oracio­nes de los santos a la presencia de Dios (1). ¿Y no era e1 Arcángel San Rafael el que ava­loraba las fervientes oraciones y caritativas obras de Tobías presentándolas al Señor?

“Solícitamente, dice San Agustín, los San­tos Ángeles ofrecen a Dios nuestras oracio­nes, nuestros trabajos, nuestras lágrimas, nos obtienen la propiciación de la divina benignidad y nos traen la deseada bendición de la gracia”. San Bernardino de Sena los compara con fidelísimos mensajeros “que van y vienen entre Dios y el alma, el amado y la amada, llevando suspiros y trayendo dones, avivando el amor de ésta y aplacan­do los justicieros rigores de Aquél; los Ángeles Custodios, verdaderos mediadores, suben hasta Dios, le ofrecen nuestras oraciones, nuestros gemidos y nuestros votos; le piden perdón y gracia y bajando de prisa nos lo traen”.

No sólo llevan nuestras oraciones y bue­nas obras, sino que al presentarlas las enri­quecen con sus súplicas en nuestro favor, para alcanzarnos la divina misericordia.

¡Y cuán eficaz es su intercesión! Si la oración del justo tiene tanta fuerza que ex­clamó San Agustín: “Suba la oración del justo y descenderá la conmiseración de Dios”, ¿cuál no será la eficacia de esos espíritus purísimos, inmaculados y confirmados en gracia por la consumación de la santidad, que es la bienaventuranza eterna? Y aún para aumentar su eficacia alegan su misión, de Dios recibida, de protectores, tutelares y procuradores nuestros, y presentan el mis­mo cuerpo del Hijo de Dios, dice San Juan Crisóstomo, y ruegan por el género humano, diciendo al Señor: He aquí que te pedimos por los mismos por quienes has dado tu vida en 1a cruz, por quienes has derrama­do tu sangre, por quienes has inmolado este tu divino cuerpo.

¡Cuánto debemos confiar en la angélica intercesión, y con qué humilde agradeci­miento y encendido amor debemos procurar hacernos dignos por nuestras virtudes y buenos deseos de tan excelso patrocinio!

II. Apliquemos esta doctrina al Ángel Custodio de nuestro Reino. ¡Con qué fervor ora siempre por esta Nación que Dios le ha encomendado! ¡Con qué gozo presenta al Señor las buenas obras que para su gloria se realizan en ella! Y ¿cómo no pensar en la alegría que le inundaría en pasados y glo­riosos tiempos, cuando nuestra Patria se cu­bría de laureles luchando infatigable contra la barbarie de la media luna, cuando enviaba sus hijos a evangelizar mundos nuevos, cuan­do oponía con sus leyes y sus armas insupe­rable dique a las desbordadas herejías, cuan­do las privilegiadas inteligencias de sus sabios irradiaban luz de sana ciencia teológica por todo el mundo, cuando la inspiración de sus artistas revestía de exquisita belleza las verdades y los sentimientos de la fe, cuando sus Santos llenaban de fervor y de gloria a toda la Iglesia! ¡Con qué inefable complacen­cia presentaría el Santo Ángel ante el Señor tantos tesoros de buenas obras, pidiendo bienes sin cuento para nuestra Patria!

Mas también debemos ponderar la amar­gura que le causan los pecados y malas obras. Cierto es que no puede padecer dolor ni amargura un espíritu celestial; pero tene­mos que expresarnos de ese modo, por carecer nuestro lenguaje de frases que co­rrespondan a los sentimientos del bienaventurado. Comentando Orígenes aquellas pala­bras de Jesucristo: “Habrá gozo en el cielo por un pecador que haga penitencia”, dice que, por el contrario, lloran los Ángeles cada vez que pecamos; y San Agustín también dice que nuestras faltas dan tristeza a los Ángeles y gozo a los enemigos. Ya antes la Sagrada Escritura había usado de ese lenguaje, diciendo por Isaías: Llorarán los Ángeles de la paz.

Actualmente ¿da nuestra Patria gozo, o más bien tristeza al Santo Ángel? Tanto pe­cado público, tanta apostasía, tanta y tan descarada y tolerada propaganda de funestos errores y vergonzosos vicios tienen que cau­sarle profunda amargura por ser ofensas al Señor, ruina para nosotros y causa de gran­des castigos del Altísimo. ¿Nos obstinare­mos en nuestra perdición? ¿Tendrá que decir de España el Santo Ángel lo que de Babilo­nia se dice en la profecía de Jeremías: “Hemos curado a Babilonia y no ha sanado: abandonémosla”?

En el Evangelio de San Lucas se lee una parábola muy consoladora; un señor tenía en su campo un árbol de quien en vano un año y otro año esperaba fruto; por fin dio orden de que fuese arrancado y echado al fuego; al oírla el hortelano se compadeció y dijo: ¡Se­ñor, espera un año más, trabajaré y abonaré este árbol con especial esmero, a ver si da fruto! Ese árbol infructuoso somos nosotros y el Ángel es quien por nosotros ruega. Alen­temos con confianza, multipliquemos nues­tras buenas obras para que valiéndose de ellas el Ángel nos consiga nuevas gracias, nuevas bendiciones. Por amor a Dios, al Santo Ángel y a nuestra Patria corrijamos nuestras costumbres, enmendemos nuestra vida, abstengámonos de todo pecado, pase­mos por todas partes haciendo bien, y oremos sin cesar.

Oración.

Oh, bondadosísimo Ángel Custodio de España, que ardiendo en caridad eres nues­tro abogado ante el trono del Altísimo, pre­sentándole nuestras buenas obras, disculpan­do nuestros defectos, implorando del Señor que tenga clemencia, paciencia y misericor­dia, y pidiéndole gracias y auxilios para que corrijamos nuestra vida, lloremos nuestros pecados y nos reconciliemos con la infinita justicia; de todo corazón damos gracias al Señor que te ha destinado para que tan caritativamente nos protejas, y te las damos a ti suplicándote que nunca nos abandones. Muchos son nuestros pecados, muchos los castigos que merecemos; pero confiados en la gracia divina, en los méritos de nuestro Redentor, en la protección de la Santísima Virgen y en tu mediación e intercesión va­liosísima, proponemos firmemente enmendarnos.

Intercede tú siempre por nosotros; estas nuestras oraciones suban por ti a nuestro Señor Jesucristo; humildemente reconoce­mos que no somos como debíamos ser; que no corresponde actualmente nuestra Patria a los misericordiosos designios del Señor sobre ella; pero las oraciones que hoy de ella se levantan y las buenas obras y cristianas virtudes que en ella se practican, pueden mover a piedad la divina misericordia y atraernos nuevas y eficaces gracias, podero­sos auxilios de lo alto para reformarnos, si tú, Ángel Santo, las presentas al Señor ava­lorándolas con tus fervientes suplicas. ¡Que suban de tu mano hasta cl trono del Omnipotente como aroma de suavísimo incienso de adoración y amor, para que desciendan después sobre nosotros raudales de gracias que iluminen nuestras inteligencias, enfervo­ricen nuestros corazones, conforten nuestras voluntades para luchar con el espíritu del mal y vencerle, para gloria de Dios, gozo tuyo y salvación de nuestras almas. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

Hermosísimo caso de eficaz intercesión del Ángel Custodio a favor del pueblo que Dios le encomendara es el que se lee en el capítulo I de la profecía de Zacarías.

Israel padecía aún los tristes efectos de su recién terminada cautividad; en ruinas el templo desde setenta años antes, derrumba­das las murallas de Jerusalén, ausente toda­vía gran parte del pueblo, gemía aún saboreando las amarguras de los terribles casti­gos que se había atraído con sus grandes infidelidades a Dios.

Y he aquí que Zacarías tiene una proféti­ca visión en la cual aparece el Santo Ángel Custodio de Israel diciendo a Dios: “Oh Se­ñor de los ejércitos, ¿hasta cuándo no te apia­darás de Jerusalén y de las ciudades de Judá contra las cuales estás enojado? Ya este es el año septuagésimo.”

¡Cuánta compasión y cuánto fervor en esta breve y tierna oración del Ángel interce­diendo por su pueblo! No se hicieron esperar sus saludables efectos. Inmediatamente dijo el Señor palabras de bondad y de consuelo y recibió orden Zacarías de clamar diciendo: “Esto dice el Señor de los Ejércitos: Me ha­llo poseído de grande celo por amor de Je­rusalén y de Sión, y estoy altamente irritado contra aquellas naciones poderosas” (es a saber, las que oprimían y avasallaban al pueblo escogido); “por tanto, esto dice el Señor: Volveré mis ojos compasivos hacia Jerusalén y en ella será edificado mi tem­plo …. mis ciudades aún han de rebosar en bienes y aún consolará el Señor a Sión y de nuevo Jerusalén será su elegida.”

¡Cuánto aliento debe infundirnos esa her­mosa página bíblica, y cuán poderosamente debe movernos a pedir constantemente al Santo Ángel de nuestro Reino que interpon­ga en favor nuestro su valiosísima interce­sión!

Aunque hayan sido sin número los peca­dos, y aunque los justísimos castigos del Se­ñor lleguen a ser como principio de mortal agonía, puede la angélica intercesión poner remedio, reconciliar a Dios con el pecador, aplacar los divinos rigores y devolver la an­tigua bienandanza.

En el capitulo XXXIII del sagrado libro de Job se describe al pecador afligido por justos castigos hasta el punto de que “está para expirar y desahuciada su vida” y se añade que, sin embargo, si intercediese por el un Ángel, mostrándole la justicia de los castigos que sufre y pidiendo al Señor por él, Dios se apiadaría de él, lo libraría de la muerte y le devolvería la lozanía de la ju­ventud.

Instemos con fervorosas oraciones a nuestro Santo Ángel para que abra nuestros ojos, ilumine nuestras inteligencias, nos haga concebir un santo horror de todo cuanto sea ofensa del Señor y pida fervorosamente por nosotros para que corrigiéndonos y aplacando los rigores de la divina justicia volvamos a gozar de días prósperos, fecundos en toda suerte de bienes.

(Continúa en la Antífona.)


1 Apc, VIII.