Excelencia de la naturaleza angélica

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Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al primer día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día primero

Meditación.
Excelencia de la naturaleza angélica.

I. “Consideremos, escribía en el siglo I de la Iglesia el Papa San Clemente (1), consi­deremos el ejército de Ángeles que circun­dan a Dios y obedecen a su voluntad.”

Dogma es de nuestra santa fe católica que desde el principio del tiempo creó Dios la naturaleza espiritual, además de la corporal y de la humana, común de ambas, como com­puesta que es de espíritu y cuerpo (2). Esta verdad pertenece al número de aquellas que la humanidad en todos los tiempos y lugares ha poseído, como restos del tesoro de la re­velación primitiva, aunque la corrupción y el error las deformase y mixtificase. Todos los pueblos han reconocido la existencia de los Ángeles, seres invisibles, incorpóreos, su­periores al hombre, influyentes en su vida y sus destinos.

“Que existen los Ángeles y los Arcánge­les —predicaba San Gregorio Magno (3)— ­lo dicen casi todas las páginas de la Sagra­da Biblia.” Desde el libro del Génesis hasta el del Apocalipsis, en el período Patriar­cal, en el Mosaico y en el Cristiano cons­tantemente figuran los Santos Angeles, ora como criaturas y servidores de Dios encargados de manifestar la divina voluntad a los hombres, ora administrando y ejecutando los salutíferos rigores de su justicia, ora anunciando con arrobadores cánticos el na­cimiento del Verbo encarnado, ya defendien­do a las almas contra las insidias y seducciones de los ángeles pecadores y caídos. Aunque no los veamos, decía San Agustín, por la fe sabemos que existen los Ángeles; no nos es lícito dudarlo.

Incontable es su número; el profeta Da­niel, que en una de sus visiones los contem­pló rodeando el trono del Altísimo, dice de ellos: “Millares de millares le servían y mi­llones de millones asistían ante Él” (4). La misma frase emplea San Juan en el Apoca­lipsis (5) para indicar lo indefinido y grande del número que no puede expresarse con lenguaje humano como explica San Jerónimo. Muchos, innumerables son los Ángeles que rodean al Hacedor según confiesan todos los profetas, dice San Ireneo (6) y en igual sentido se expresan todos los Santos Padres.

Considera cuán grande sea el poder de Dios, a quien como a Soberano y Señor circundan y sirven los Ángeles atentos a sus mandatos, obedientes a la más leve señal de su voluntad; y tú, criatura suya como ellos, proponte estar y permanecer siempre a su divino servicio, lleno de agradecimiento porque te es dado servir y complacer al Rey de infinita majestad.

II. ¿Y cómo concebir con mente humana y expresar con lenguaje terrenal las ex­celencias de naturaleza y de gracia con que ha enriquecido el Omnipotente a sus Ángeles? Criaturas perfectísimas ajenas a toda composición material y a toda corrupción; inteligencias puras que no con el lento paso de nuestro raciocinio, sino instantáneamente, por intuición, adquieren el conocimiento de la verdad; si es grande el hombre por su inteligencia, y ella lo constituye en Rey de la naturaleza material, que subyuga a su servicio, ¿cuánto más no lo será el Ángel cuyo vuelo intelectual no traban la pesadumbre e imperfección de la materia? Con razón decía Tertuliano: Después de Dios los Ángeles; y San Agustín: Por dignidad de naturaleza precede la angélica a cuanto Dios creó.

Y no se contentó el Creador con dotarlos de tan perfecta naturaleza, sino que los ele­vó a la vida sobrenatural, derramó sobre ellos los carismas de su gracia y santifica­ción, les concedió filiación adoptiva, y se manifestó a ellos tal cual es en si mismo; así ven ellos cara a cara a Dios, y esta intuitiva contemplación de tal suerte los llena de luz y los inunda de felicidad, que son para siempre bienaventurados. Ellos forman su corte en la Celestial Jerusalén, le alaban y bendicen, y postrándose con amorosa hu­mildad le proclaman tres veces Santo.

Pondera la sabiduría del Supremo Hace­dor y su infinita bondad, de la cual son re­flejo las angélicas perfecciones; pídele que, pues se ha dignado darte inteligencia, la cual te asemeja a los Ángeles y aun a Él mismo, no consienta que te degrades y envilezcas sirviendo a las groseras inclinaciones de la carne; bendícele y alábale en unión con los angélicos espíritus, y dale gracias por haber deputado a una de estas perfectísimas cria­turas para que sea poderoso custodio tuyo, de tu familia, y de todos los que formamos una misma Patria.

Oración.

Oh, gloriosísimo Ángel Custodio de España, criatura nobilísima enriquecida por Dios con tan excelsos dones de naturaleza y de gracia, tú que gozando de la eterna bienaven­turanza vives consagrado a servir al Señor en la custodia y defensa de nuestra Nación, al­cánzanos del Todopoderoso la gracia, que por tu intercesión confiadamente le pedimos, de vivir siempre a su servicio. ¡Qué felices tiem­pos aquellos en que nuestra Patria amadísima por medio de sus piadosos Reyes, de sus inspirados artistas, de sus iluminados docto­res, de sus heroicos guerreros y de sus innu­merables santos se esforzaba en dar gloria a Dios propagando y defendiendo la Religión Católica y mereciendo ser coronada de glo­riosos laureles en todos los ramos de la hu­mana actividad, madre fecunda de numerosos pueblos, señora de otros muchos y maestra de todos! Tú, Angel Santo, bajo cu­yas alas protectoras nos puso el Señor, ilumi­na nuestras mentes, mueve y aúna nuestras voluntades, para que con unidad de fe y concordia de acción, busquemos todos el Reino de Dios y su justicia, seguros de que todo lo demás se nos dará por añadidura y de que así lograremos para nuestra Patria glorias inmarcesibles y para cada uno de nosotros la gloria eterna. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria.

Ejemplo.

Bellísimo símbolo de la admirable provi­dencia con que Dios gobierna el mundo por medio del ministerio de sus Ángeles es la visión que en sueños tuvo el patriarca Jacob.

Dice el sagrado libro del Génesis (capítu­lo XXVIII), que Jacob, habiendo partido de Bersabée proseguía su camino hacia Harán. Y llegado a cierto lugar, queriendo descansar en él después de puesto el sol, tomó una de las piedras que allí había y poniéndosela por cabecera, durmió en aquel sitio. Y vio en sueños una escala de pie sobre la tierra y cuyo remate tocaba en el cielo: y Ángeles de Dios que subían y bajaban por ella; y el Se­ñor apoyado sobre la escala que le decía: “Yo soy el Señor Dios de Abraham tu padre y el Dios de Isaac; la tierra en que duermes te la daré a ti y a tus descendientes.”

¡Hermosísimo cuadro! Abajo descansa plá­cidamente el justo perseguido, reponiendo sus fuerzas; arriba se le aparece el Señor que desde la altura lo rige todo, y entre uno y otro, yendo y viniendo, los Ángeles Santos, ministros y servidores del Altísimo, ejecuto­res fieles de sus mandatos, bajando para mo­ver a los hombres al bien, iluminar sus mentes, inflamar en santos afectos sus voluntades, defenderlos de las asechanzas del ángel caído, que envidioso de la gloria de Dios y de la felicidad a que estamos destinados, ex­plota para nuestro mal nuestra facilidad al pecado y el desorden de nuestra concupis­cencia; o subiendo como para recibir nuevas órdenes de su amoroso y divino Soberano; descendiendo para servir al Señor en la custodia de cada uno de los hombres, y de sus diversas agrupaciones, o Estados, y singu­larísimamente de la Santa Iglesia Católica y sus distintas corporaciones; o ascendiendo al cielo para ofrecer al Altísimo las flores de devoción y de amor, los frutos de virtudes y buenas obras, el oloroso incienso de las oraciones, las lágrimas de resignado dolor, los suspiros de contrición y penitencia que de la tierra dirigimos al cielo.

De ahí viene el nombre de ángel, que no expresa la naturaleza, sino el ministerio, pues equivale a decir nuncio, enviado, men­sajero; porque esas perfectísimas criaturas sirven a Dios, como dice San Bernardo, tra­yéndonos sus gracias y llevándole nuestras oraciones y buenas obras, ofreciéndole nuestras lágrimas y nuestros trabajos y volviendo a nosotros con sus dones.

(Continúa con la Antífona.)


1 Ep. I ad Cor, 34‑5.

2 Concilio Vaticano I, Ses. III. cap. I.

3 Hom, 24 in Evans.

4 Dan. VII, 10.

5 Apoc. V. 7.

6 Contra Hoer I. 2. c. 7. núm. 4.