El Ángel Custodio del Reino

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Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al tercer día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día tercero

Meditación.
El Ángel Custodio del Reino.

I. Todos los Santos Ángeles forman con nosotros la familia de los hijos de Dios, herederos del cielo, todos nos ayudan a lograr nuestro supremo felicísimo destino. “¿Por ventura, decía el apóstol San Pablo (1), no son todos ellos espíritus que hacen el oficio de servidores o ministros enviados por Dios para ejercer ministerio en favor de aquellos que deben ser los herederos de la salvación?” Por eso dice San Agustín que la comunidad de los Santos Ángeles asisten y auxilian a la Iglesia peregrinante en la tierra, porque así como les ha de unir una misma felicidad eterna, así un mismo vínculo de caridad los une, pues para adorar a Dios han sido creados.

Doctrina católica es que Dios ha encargado a los ángeles la custodia de los hombres; lo dice la Sagrada Biblia en numerosísimos lugares, y la constante y común tradición de la Iglesia lo asegura.

Comentando sobre el capitulo décimo de la profecía de Daniel los Padres y escritores católicos toman ocasión de aquellas pala­bras “el Príncipe del Reino de los Persas, el Príncipe de los Griegos y el Príncipe de los Judíos” para exponer la común doctrina de que la Divina Providencia ha encomendado a la custodia y protección de un Ángel cada uno de los pueblos o naciones.

“Que cada Nación tiene su propio Ángel Custodio lo afirma la Escritura” dice Teodo­reto. “Unos Ángeles están al frente de las naciones, otros acompañan a cada uno de los fieles” afirma San Basilio.

Además de la contemplación de Dios que los beatifica, los buenos ángeles están ocu­pados en la guarda de la Iglesia, de las na­ciones y de los individuos; cada pueblo tiene su Ángel al frente, dicen San Gregorio, Casiano y San Isidoro.

San Cirilo se hace eco autorizado de la general creencia de que cada Reino tie­ne un ángel particularmente encargado de guiarle.

San Gregorio Nacianceno, el Niseno, San Juan Crisóstomo enseñan que a cada Nación ha sido dado un Ángel Guardián que la pro­tege e inspira santos pensamientos a los que guía.

San Jerónimo, San Hilario y San Ambrosio describen al ángel de cada Reino inter­cediendo por sus hijos y cubriéndoles con su protección.

San Juan Damasceno dice de ellos: “Men­sajeros y ministros de Dios ejecutan su vo­luntad, se muestran a veces a los hombres, están destinados para guardianes de ciertas regiones de la tierra, de ciertas naciones; se ocupan de nuestros intereses y nos prestan auxilio.”

Por último, todos los grandes teólogos de la Iglesia Católica han sostenido, como pre­sentada en la Sagrada Escritura y común a los Santos Padres, esa consoladora doc­trina.

Considera cuán misericordiosa es la providencia de Dios que ha destinado tan per­fectas criaturas a velar por tu bien y por el de tus allegados y compatriotas.

II. Pondera cuán conforme a razón es esa doctrina. Dios Nuestro Señor no creó al hombre para que viviese aislado y solitario; lo hizo social por naturaleza, de suerte que no por capricho ni mero pacto de conveniencia, sino según los designios divinos, se congregan los hombres, las familias y los pueblos, formando naciones o Estados; po­drán éstos variar, dilatarse o empequeñecerse, confederarse o disgregarse; pero siempre los hombres, para obtener el bien propio, necesitarán tener vida social, y esta vida so­cial se concretará en la formación de naciones por vínculos de lengua, afectos, tradiciones o intereses.

Y siendo tan misericordioso el Señor que confió a la angélica custodia, la suerte y go­bierno de la humanidad, convenía que así como quiso que un Ángel velase sobre cada hombre para que cumpliese éste fielmente su destino, así dispusiese que los que, con­gregados por intereses comunes formasen una sociedad, constituyesen un mismo Es­tado, tuviesen también un protector común que al Estado y a sus miembros amparase.

En esta consideración debes de encontrar un motivo más de agradecimiento profundo a la divina misericordia. Así como por ley natural debes procurar tu perfección y tu bien, y además el bien y mejoramiento de tu Patria, a la que debes amar y ser útil; asi­mismo no sólo por razones personales, sino que también por amor a tu Patria debes agradecer al Señor que se haya dignado po­nerla bajo la custodia de un ángel del cielo. Excita en ti estos nobles y levantados senti­mientos; dale gracias al Señor por haber concedido a España su Ángel Custodio, y venera y ama a este Santo Ángel, pidiéndo­le por la Patria, y confiando en su protec­ción.

Oración.

Oh gloriosísimo y bienaventurado espíri­tu celestial, a quien por dicha de los espa­ñoles Dios ha designado para custodio y protector de nuestro Reino, bendito seas de todos los hijos de España; en nombre de todos te damos culto y confiadamente te suplicamos que aceptes nuestras fervorosas acciones de gracias por tu constante y valiosísima protección. A tu amparo nos acogemos, Santo Ángel Custodio e imploramos tu vigilante defensa y tu acertada dirección. Sé tú siempre nuestro escudo ante los ene­migos interiores y exteriores; sé tú la luz que nos guíe en medio de las tinieblas de los humanos errores. Tú, que gozoso guias­te por los caminos del bien y de la gloria a nuestros padres, no permitas que degeneremos de ellos; tú, que protegiste en nombre de Dios sus altas empresas, infunde en nues­tros pechos sus heroicos y cristianos alientos; tú, a cuya poderosa intercesión, por el hecho mismo de constituirte en custodio nuestro, ha vinculado eficazmente el Señor tantas gracias, ruega por España, para que en cada uno de sus hijos y en todas las esferas de la vida nacional, se avive la fe y se acreciente la caridad; para que Dios nos perdone tantos pecados y tan graves ofensas como hemos cometido contra la infinita Majestad; para que nos libre de toda suerte de calami­dades y de males, y en paz y prosperidad concordes colaboremos todos al florecimien­to de las virtudes cristianas entre nosotros, para gloria de Dios, complacencia tuya y eterna salvación de nuestras almas. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

Llenas están las Sagradas Escrituras de prodigios realizados por Dios a favor del pueblo de Israel por medio del Santo Ángel que había deputado para su custodia. Era este San Miguel Arcángel, según se dice en el capitulo X de la profecía de Daniel; el mismo a quien según los Padres y Doctores ha sido encomendada la custodia de la Iglesia, una vez que terminada la Vieja Ley, disuelto el Reino judío y desparramado su pueblo por toda la tierra, se abrieron a todo el mundo las puertas del nuevo Reino de Israel, al cual pertenecen todos los justos, la Santa Iglesia católica.

En los días siguientes veremos algunas de esas maravillas realizadas por San Mi­guel, ya que ellas nos dan clara idea de lo que puede el Ángel Custodio de un Reino en favor de sus protegidos; hoy recordaremos sólo lo que nos dice la Sagrada Biblia en el capítulo XIV del sagrado libro de Éxodo:

Dios había sacado a Israel de la esclavi­tud de Egipto y capitaneado por Moisés lo llevaba a la tierra de promisión. Arrepenti­do el Faraón de haberles dejado salir en libertad juntó gran ejército y salió en busca de los Israelitas para batirlos y volverlos de nuevo esclavos a Egipto.

El Ángel del Señor precedía siempre a su pueblo, guiándolo y marcándole el camino, y aparecía como una columna de nube du­rante el día, como una columna de fuego por la noche.

Apenas los Israelitas divisaron a los Egipcios que les daban alcance se sobrecogieron de terror y prorrumpieron en gemidos y quejas contra Moisés, quien los arengó y ex­hortó a confiar en la omnipotencia de su Dios. Y he aquí que el Ángel del Señor que precedía a los hijos de Israel se colocó de­trás de ellos, y lo mismo la columna de nube y cubrió la retaguardia poniéndose entre el ejército egipcio y el israelita, y a aquél su­mió en impenetrables tinieblas, de suerte que los Egipcios no podían ver a los Israelitas ni acercárseles, mientras que a éstos iluminaba la noche y facilitaba el tránsito del mar que dividido en dos partes dejaba camino seco. A la primera luz de la mañana los Egipcios se lanzaban en seguimiento de los fugitivos y perecían mísera y totalmente en el mar Rojo, que los Israelitas acababan de pasar.

He ahí simbolizada y como representada en un hecho real toda la protección que el Ángel Custodio presta a un Reino. Nube de día, columna de fuego por la noche, guiando siempre a sus protegidos y siendo su escudo y defensa para que ni siquiera puedan acer­carse a ellos los enemigos que les persiguen. ¡Dichosos los pueblos que, cual entonces el de Israel, se dejan guiar por su Santo Ángel Custodio, confiados en él y en la divina pro­tección!

(Continúa en la Antífona.)


1 Hebr. I, 14.