Culto debido al Santo Ángel

Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al quinto día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día quinto

Meditación.
Culto debido al Santo Ángel.

I. Es sentimiento natural y espontáneo en el hombre tener en honor, estima y vene­ración y mostrar sujeción y obediencia a los seres superiores que por sus dotes y virtudes, por su dignidad y grandeza aparecen encumbrados sobre los demás; ese senti­miento traducido en actos se llama culto.

Al prestarlo, al ejercitarse en tales actos el hombre, no sólo obra justa y razonable­mente, sino que se perfecciona a sí mismo, pues la contemplación de las virtudes y el acatamiento prestado al ser superior le eleva llenando su espíritu de nobles aspiraciones y levantados sentimientos; le acerca más a la perfección que venera.

Ahora bien, entre la naturaleza creada ¿no sobresale la angélica por su excelencia y sabiduría, por sus resplandores de gracia y santidad? Substancias espirituales, com­pletas, inmortales, amantes de Dios, cuya faz contemplan en los cielos; pródigamente adornados con las carismas de la divina gracia y los dones todos del Espíritu Santo; re­verberos de los resplandores divinos, ministros de Dios y ejecutores de sus supremos mandatos; enriquecidos con dones de per­fectísima naturaleza, en la cual son, como dice Tertuliano, los primeros después de Dios, superiores a todas las demás criaturas; dotados de inefables tesoros de gracia sobrenatural y para siempre confirmados en ella; y beatificados por la visión de Dios, por la eterna gloria, que es la consumación de la gracia; tan luminosos y resplandecien­tes aparecen a los ojos de nuestra inteligen­cia, que al contemplarlos extasiada la humanidad, ante perfección tanta doblaría la ro­dilla en humilde adoración, como San Juan, si la razón y la fe y la voz misma del Ángel no contuvieran en su justo punto la humana admiración.

Porque el acatamiento y sujeción, el honor y obediencia que se rinde a los seres superiores, y la expresión de esos sentimien­tos, el culto, deben ser proporcionados a la naturaleza de esos mismos seres. Distinto es el culto que se debe a Dios y el que se debe a las criaturas; y aún entre éstas ha de guar­darse diferencia por razón de especialísima relación con Dios. A Dios se debe culto su­premo, como omnipotente creador, infinita naturaleza y suprema bondad e igualmente a la Sacrosanta Humanidad de Nuestro Se­ñor Jesucristo, unida en un mismo ser personal al Verbo; ese supremo culto se llama la­tría. A los otros seres, que aunque sean per­fectísimos, aunque sean resplandecientes lumbreras de inteligencia y bondad, son criaturas, se presta culto de dulía; excepción hecha de la Santa Inmaculada Madre del Dios‑Hombre, a la cual por su augusta dignidad dotó Dios de tales prerrogativas, san­tidad y gracias que la constituyó superior a todos los espíritus angélicos, y la nombró Reina de ellos, Hija predilecta del Padre y Esposa del Espíritu Santo; a la cual se tributa culto de hiperdulía.

Pondera cuán justo es tributar a los Santos Ángeles culto de dulía, honrarlos y ve­nerarlos, levantando el ánimo hasta ellos para contemplar sus méritos y virtudes. Si los soberanos de la tierra mandan que se rindan especiales actos de respeto y honor a sus dignatarios y cortesanos; si Faraón hizo que José recorriese Egipto y que ante él, al clamor de pregón, todos doblasen la rodilla; si Asuero dispuso que a Mardoqueo se tributasen regios honores, clamando el heraldo “así será honrado a quien el Rey quisiera honrar”; ¿con cuánto mayor motivo no manda el Soberano Rey de los cielos que se tribute honor, veneración, homenaje y culto a su angélica corte, a los Ángeles sus ministros y embajadores?

II. Mas no sólo por sus excelencias de naturaleza y gracia, no sólo por el glorioso resplandor de que les reviste su categoría de íntimos e inmediatos servidores del Altísimo, merecen los santos ángeles que les hon­remos y rindamos culto; exígelo además el bien que constantemente nos hacen, pues a poco que meditemos sobre ello se levantará en nuestro pecho la voz de la gratitud recla­mando la humilde adhesión de nuestro ánimo y las fervorosas expresiones de nuestro acatamiento y obediencia a esas criaturas perfectísimas que constantemente nos favo­recen.

Ellos nos ilustran con enseñanzas celestiales; nos iluminan con pensamientos san­tos; velan sobre nuestro bien; nos defienden de las asechanzas y dañinas artes de los ene­migos de nuestras almas; como rodearon cantando el portal en que nació Jesús, como le acompañaron y sirvieron durante toda su vida mortal, así también le rodean, adoran y sirven ahora, postrándose ante el trono que tiene a la diestra de Dios Padre, intercediendo constantemente por nosotros; le llevan y presentan nuestras oraciones y sacrificios, y vuelven a nosotros con las manos llenas de gracias y de dones; disculpan nuestros ye­rros y aminoran nuestro reato, redarguyendo y desmintiendo ante el divino tribunal al enemigo malo, y así, elocuentes y solícitos abogados, se esfuerzan en reconciliar al humano linaje con nuestro Salvador y Señor.

Tras tantos beneficios y tantas obras de misericordia ¿cómo no tributar a los Ángeles nuestra acción de gracias, nuestro acata­miento y veneración, sin incurrir en la innoble tacha de ingratitud?

Pues pondera que por especialísimos motivos debemos todo eso al Santo Ángel que Dios ha destinado para Custodio de nuestra amada Patria; y que en la medida que el bien común supera al bien particular, debe au­mentarse nuestro agradecimiento hacia él; no es sólo a cada uno de los españoles, sino que además es a toda la. Patria a quien protege y socorre; de suerte que así como nuestros bienes particulares se mejoran y afirman con el bien común, así la protección del Santo Ángel Custodio del Reino por doble camino nos favorece y multiplicada gratitud merece de nosotros.

A la luz de estas certísimas verdades avi­va en ti la veneración y el culto que debes a nuestro Santo Ángel.

Oración.

Oh, Ángel bendito, naturaleza perfectísima, cuya inteligencia refleja la luz divina, cuya voluntad difunde las divinas bondades; resplandeciente reverbero de los divinos resplandores por la naturaleza y por la gracia; postrados ante ti te rendimos veneración y amor, obedeciendo al Supremo Hacedor que nos manda reverenciar en vosotros las más excelsas naturalezas salidas de sus manos; y llenas nuestras almas de profunda gratitud te damos gracias por tus incesantes favores.

¿Qué te daremos, Ángel Santo, por todo lo que tú das a nuestra Patria?, diremos glosando al Rey Profeta. ¿Qué ofrenda digna de ti podremos hacerte por tantos beneficios y favores, por librarnos de tantos males y de tantos enemigos? Ah, nada mejor podemos ofrecerte, oh espíritu bienaventurado y purísimo, que procurar siempre imitar tu inocen­cia y santidad; llenos nuestros corazones de admiración y amor, siempre te daremos culto, meditando en tus excelencias y virtudes, para educarnos en el amor de la santidad, para atraer cada vez más tu amor y protec­ción sobre nuestra Patria. Haz que toda ella te venere y ame; que en toda ella se te tribute el honor, la veneración y el culto que por tan altos títulos mereces; que ella te honre a ti para que Dios la honre a ella por ti; y que con tu auxilio y protección crezca­mos todos en virtud y santidad y merezca­mos ser felices compañeros tuyos en la gloria eterna. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

El culto debido a los Santos Ángeles, culto, no de adoración, sino de dependencia y veneración, claramente lo vemos expresado en las Sagradas Escrituras; así, mientras de una parte vemos a un Ángel prohibiendo al Evangelista San Juan que lo adore, y di­ciéndole que ambos deben adorar a Dios, de otra vemos a Josué postrándose ante el Ángel del Señor, y pidiéndole órdenes, como a enviado y mensajero de Dios. He aquí cómo lo narra el capitulo V del libro sagrado de Josué: “Estando Josué en el cam­po de la ciudad de Jericó, al levantar los ojos vio enfrente de sí, de pie, a un varón que tenia una espada desenvainada, y se llegó a él y le dijo: ¿Eres tú de los nuestros o eres acaso de nuestros enemigos? Y el varón le respondió: No; yo soy el príncipe de los ejércitos del Señor, y vengo ahora. Cayó Josué postrado en tierra, y adorando excla­mó: ¿Que dice mi Señor a su siervo? Quítate, contestó, el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es santo. Y lo hizo Josué como se le había mandado”.

En este y otros muchos semejantes pa­sajes de las Sagradas Letras, a la voz del Ángel se postran los patriarcas, los profetas y los Reyes, venerándole a él y adorando a Dios, que por sus labios envía órdenes y comunica mandatos.

La tradición cristiana plenamente lo confirma. En los primeros tiempos de la Iglesia ya decía San Justiniano: Damos culto al ejército de los ángeles buenos que obedecen a Dios y le son semejantes (1). En Roma, en España, en Grecia, en Alemania y Francia y en muchos otros países se levantan templos consagrados a Dios en honor y veneración del glorioso Arcángel San Miguel, en los mismos sitios en que se había aparecido a los fieles como protector de la Iglesia y de los ejércitos cristianos que luchaban contra los enemigos de la fe. En la Iglesia griega se da culto a San Miguel, conmemorando su aparición el día 6 de Septiembre; en la latina, el 8 de Mayo; el Papa León IV le edificó un espléndido altar en la Basílica Vaticana; igualmente tienen oficio litúrgico propio los Santos Ángeles Custodios y el Ángel Custodio del Reino.

Necio sería atribuir carácter idolátrico a este culto; como sería impiedad, irreveren­cia e ingratitud negarse a tributarlo al Án­gel de nuestra protección. Por religiosidad y por amor patrio debemos tributárselo muy ferviente. ¡Dios quiera que no tarde el día en que España entera levante un grandioso templo en honor de su Santo Ángel Cus­todio!

(Continúa en la Antífona.)


1 Apol. I, 6.