Angélica enseñanza

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Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al séptimo día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día séptimo

Meditación.
Angélica enseñanza.

I. No sólo nos protegen los Santos Án­geles defendiéndonos poderosamente de nuestros enemigos; principalísima misión suya es edificarnos en la virtud y fomentar nuestras buenas obras por medio de ense­ñanzas e ilustraciones celestiales.

Dios rige y gobierna los seres inferiores por medio de los superiores; a los hombres por medio de los Ángeles. Sapientísimos son por naturaleza, pero además por la visión beatífica ven cara a cara la increada Sabiduría y llenos de sus fulgores los derraman por divino mandato sobre la humanidad. Por eso San Dionisio llama a los Ángeles nítidos faros, esplendidísimas lumbreras, que llenas de celestiales ilustraciones, las derra­man fuera de si; y por eso dice también San Máximo: los Ángeles Santos elevan a los hombres a los esplendores que les son familiares, cual pedagogos educan en las buenas costumbres; y como de la mano conducen a una sublime sabiduría, siendo óptimos maestros y preceptores.

San Atanasio dice que los Ángeles han sido destinados a enseñar e iluminar, y Tertuliano afirmaba que los cristianos tienen por preceptores a los Ángeles del cielo, a quienes el Areopagita llamaba intérpretes e intermediarios de lo divino ante los hombres.

Ellos nos sugieren santos pensamientos, nos excitan a practicar el bien y nos pre­sentan favorables ocasiones, nos corrigen, nos exhortan, nos enseñan. En la sagrada Escritura frecuentísimamente aparecen para revelar misterios celestiales e instruir en las cosas necesarias para la salvación.

Del ministerio angélico se sirve el Señor para revelar a María el misterio de la Encarnación, para tranquilizar a San José ma­nifestándole la santidad y la grandeza de su inmaculada Esposa hecha Madre de Dios; para anunciar al mundo la nueva era de amor y de paz que empieza con el nacimiento de Jesucristo; para decir a los Magos que vuelvan por otro camino a su patria; para salvar la vida del Niño Dios haciéndole lle­var a Egipto; para confortar al mismo Ver­bo encarnado, cuando con tristeza mortal desfallecía de dolor en la oración del huerto; para anunciar la gloriosa resurrección del Salvador del mundo.

¡Siempre aparecen los Santos Ángeles de­rramando luz del cielo sobre la tierra!

Así, en particular, misión principalísima es del Santo Argel Custodio de nuestro Rei­no, enseñarnos, iluminarnos y enriquecer­nos con celestiales ilustraciones.

¿No debe despertar esto en nuestra alma vivísimos sentimientos de veneración y gra­titud, de amor y devoción al Santo Ángel?

II. Poderosísimo estímulo para la enmienda y santificación de nuestra vida por el perfecto cumplimiento de nuestros deberes, tanto individuales como sociales, debe­mos encontrar en la devoción al Santo Ángel Custodio del Reino.

La consideración do su sobrehumano poder debe inspirarnos un saludable terror, que a semejanza del que debemos tener a Dios de quien el Ángel es ministro y mensajero, es principio de sabiduría.

Tengamos presente que puede castigarnos, ya que, como enseña el Eximio Doctor Suárez, ese castigo sería obra de misericordia y muy en carácter con el oficio de pedagogo y custodio.

Amándole y meditando sobre sus virtudes nos sentiremos movidos a copiarlas en nosotros, y al calor de 1a devoción las iremos poniendo por obra. El pensamiento de su presencia y constante vigilancia nos debe tener siempre sobre nosotros mismos para evitar el pecado. Por eso dice San Bernar­do: “En cualquier sitio, en cualquier rincón que estés guarda reverencia a tu Ángel; no seas osado de hacer en su presencia lo que delante de mí no harías. ¿Dudarás acaso de su presencia porque no lo ves? ¿Y si lo oye­ras? ¿Y si lo tocases? ¿Y si por el olfato percibieras su presencia? Ya ves que no sólo por la vista se comprueba la presencia de las cosas.” Ni sólo por los sentidos. Aunque estos nada digan, la razón y la fe acreditan 1a existencia de los seres espirituales.

De ese modo la consideración y respeto debidos al Santo Ángel Custodio de España debe movernos a evitar todo pecado y practicar la virtud, especialmente cuando uno y otra tengan efectos de daño o edificación comunes. Los escándalos, las rebeldías, las violaciones de las leyes, el menosprecio de las cosas santas, los vicios de corrupción, la pereza y el desamor al trabajo, las penden­cias y rencillas, los odios y rencores, peca­dos son que, además de mancillar nuestras almas, forman un ambiente perjudicial para la vida pública, quebrantan los lazos de unión, siembran el desgobierno, empobrecen la Patria y la hacen menos cristiana, la alejan de Dios y de su bien, y ofenden y hieren muy dolorosamente a su Santo Ángel; así como las contrarias virtudes la prosperan, engran­decen y dignifican estableciendo y arraigando en ella el reinado de Dios, con gran contentamiento del Santo Ángel.

Y si queremos recibir sus celestiales ilustraciones y que nos ilumine con utilísimas enseñanzas, huyamos singularmente de los vi­cios deshonestos y cultivemos con amoroso cuidado la angelical virtud de la castidad, imitándole en su santidad e inocencia; porque como dice San Bernardino, “Dios y su Ángel no se manifiestan a cualquiera, sino a aquellos que son puros y castos de corazón”.

Oración.

Oh, purísimo espíritu, faro resplandeciente, luz de celestial sabiduría y limpísima lla­ma de caridad, todo inteligencia y amor; avergonzados y arrepentidos de nuestros pecados nos postramos en tu presencia. Ellos cubriendo como negras nubes nuestra alma nos privan de las luces celestiales; ellos vendan nuestros ojos, cierran nuestros oídos y endurecen nuestro corazón para que no percibamos tus ilustraciones y enseñan­zas y las suaves y dulcísimas mociones con que nos diriges al bien.

Con humildad y firme propósito de en­mendarnos clamaremos con el Real Profeta: ”Crea en mí, Señor, un corazón limpio”, para poder después decir: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Alcánzanos, Ángel Santo, esa limpieza de corazón, para que veamos, para que po­damos percibir tus celestiales enseñanzas; recoge nuestro espíritu tan distraído y disi­pado por las cosas mundanas, para que atentos a tu voz nos aprovechemos de las ilustraciones con que constantemente nos encaminas hacia Dios. Muéstranos los sen­deros del Señor y haz que nuestra Patria amada los conozca y los siga; que imite tus virtudes, que ame a Dios sobre todas las cosas y viva para servirle; esta, Ángel San­to, era en nuestros tiempos de oro la carac­terística de España; no consientas que la corrupción la acabe de pervertir, no toleres que consume su nefanda apostasía. Ilumínanos para que veamos nuestro verdadero bien; haznos castos, austeros, sobrios, traba­jadores, obedientes, disciplinados y caritativos.

Singularmente te suplicamos por nuestros hermanos que no tienen fe y con sus predicaciones impías tanto dañan a los demás; ilumina a los que yacen en tinieblas y som­bras de muerte. Fortifica a los débiles, infla­ma en caridad a los tibios, da esforzado aliento a los pusilánimes, convierte a los pecadores, enciéndenos en divino amor y fraterna caridad; para que guardando la ley de Dios, cumpliendo con nuestras obligaciones particulares y con nuestros deberes ciudada­nos, vivamos cristianamente, demos gloria a Dios y por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo merezcamos la gloria eterna. Amén.

Padre Nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

Son tantos y tan edificantes y consoladores los casos que en las Sagradas Escrituras se nos narran de la intervención de los Santos Ángeles en cuanto se refiere a la santifi­cación de los hombres, instruyéndolos, exhortándolos, en nombre de Dios, y hasta su­jetándolos a medicinales y reparadoras pe­nas, que precisamente en sus comentarios a la Sagrada Biblia es donde los Santos Pa­dres han llamado a los espíritus celestiales maestros y pedagogos de la humanidad.

Por vía de ejemplo sólo pondremos aquí algunos de los que se narran del Ángel Cus­todio de Israel.

En el Libro II de los Reyes, capitulo 24, el Ángel cumpliendo un castigo divino hiere de peste a mucho millares de Israelitas, hasta que compadecido el Señor dice a su Ángel: Basta ya, detén tu mano. En el capítulo primero del Libro IV el Ángel del Señor apa­rece a Elías, y le manda anunciar al Rey Ococías que por su pecado de idolátrica superstición Dios le condenaba a morir. ¿Para qué exponer más casos? Baste decir que, se­gún se narra en el capítulo XXI del Libro I de los Paralipómenos cuando el valiente y esforzado Rey David y los ancianos que le acompañaban vieron al Ángel del Señor de pie entre el cielo y la tierra con la espada desenvainada en la mano y vuelta hacia Je­rusalén, para castigarla, cayeron de cara al suelo y David, según la frase bíblica, quedó “aterrorizado con extremado temor viendo la espada del Ángel del Señor”.

Mucho más frecuentemente aparece el Arcángel San Miguel enseñando al pueblo por medio de sus profetas o sus caudillos en todo cuanto convenía para el servicio de Dios y bien y prosperidad de Israel. Así en el libro de los Jueces, capítulo II, sube San Miguel desde el Monte Gálgala, donde el pueblo hebreo se había circuncidado hacien­do solemne promesa de guardar la Ley mosaica, hasta un lugar donde exhortó al pueblo, recordándole los beneficios de Dios, redarguyéndole de ingratitud y excitándolo a penitencia con tan viva eficacia que por los gemidos y llantos en que prorrumpió el pueblo tomó aquel sitio el nombre de “Lugar de las lágrimas”. Asimismo en el libro de Josué, capítulo V, el Ángel Custodio de Israel se aparece al caudillo y en nombre de Dios le instruye minuciosamente para la prodigiosa conquista de Jericó. Igualmente en el capitulo VI del libro de los Jueces se narra la aparición del Ángel a Gedeón, convenciéndole con prodigios para que se pusiese al frente del pueblo y combatiese a los Madianitas, e instruyéndolo para conse­guir la victoria.

¡Oh, si con nuestras oraciones y nuestras penitencias, con gran pureza de costumbres y ardiente deseo de servir a Dios, merecié­semos que el Santo Ángel Custodio del Rei­no mostrase a España los caminos del Señor y la guiase y condujese por ellos; qué nueva era de prosperidad, bienandanza y gloria se abriría para nuestra amada Patria!

(Continúa en la Antífona.)