Angélica defensa

Eijo Garay, L., Novena al Santo Ángel Custodio de España, , 1.ª, Madrid, Imprenta Enrique Teodoro, pp. 105, 1917.

Meditación y oración correspondiente al sexto día de la Novena al Santo Ángel Custodio de España.


Día sexto

Meditación.
Angélica defensa.

I. Establecida por Dios esa íntima y consoladora relación entre todos los seres intelectuales, sobre la que meditamos el día segundo, consideremos hoy la forma en que las puras inteligencias, los Santos Ángeles protegen y auxilian a la humanidad.

Claramente dicen en repetidos lugares las Sagradas Letras, y creencia ha sido de la Santa Iglesia Católica desde los primeros siglos, que la misericordiosa providencia del Señor rige los destinos de los hombres por el ministerio de los ángeles, constituyendo a éstos en custodios, protectores y poderosí­simos defensores de aquellos.

¡Qué alentadora es esta creencia de nues­tra fe!

Verdad que el enemigo malo, ángel tam­bién, inteligencia tan perfecta, nos pone asechanzas, nos incita al pecado, levanta en nuestra alma rebeldes ambiciones, azuza nuestras concupiscencias para que avasallen al espíritu envileciéndolo con la esclavitud de desordenados placeres; verdad que, como “león rugiente nos rodea buscando a quien devorar” (1); pero no estamos solos; Jesucristo, la Santísima Virgen y los Santos nos protegen e interceden por nosotros, y si án­geles malos nos tientan, los Ángeles buenos fieles al Señor y ansiosos de nuestra salva­ción, extienden por orden divina sus alas para cobijarnos; mandados por Dios nos custodian en todos los pasos de nuestra vida para salvarnos de mortales tropiezos (2), y a ­las malas astucias del enemigo oponen su activa y celosa labor en bien de nuestras almas. Sólo nuestro libre albedrío puede rendirnos a nuestro enemigo, pues si bien es más poderoso por naturaleza, no sólo no lo es por la gracia, sino que encuentra en torno de nosotros a otras naturalezas perfectísimas que nos amparan, cumpliendo aquella dulcísima promesa del Eterno: Enviará el Señor su ángel en derredor de los que le temen y los salvará (3); lo que interpreta San Jerónimo de esta manera: “El Ángel de Dios, nues­tro custodio, está a nuestro lado, y por do quiera nos rodea, para que el demonio no pueda hallar entrada hasta nosotros.”

Alentémonos, pues, llenos de segura confianza y de humilde agradecimiento al Señor y a nuestro Santo Ángel que tan amorosa­mente nos defiende, y con los ojos puestos en Dios y en él, propongamos enmendar y santificar nuestra vida.

II. “¿Quién no rebosará de inefable gozo, dice San Lorenzo Justiniano, al meditar so­bre el auxilio de los Santos Ángeles, que in­fatigable e incesantemente dan guardia al pueblo de Dios y a las congregaciones de los fieles?“

Comentando aquella parábola evangélica de que habla el Señor en el capítulo XXI de San Mateo, dicen los Padres e intérpretes que el vallado que defendía la viña represen­ta la angélica custodia que Dios ha puesto alrededor de su pueblo. De la defensa angé­lica hablaba Dios por el profeta Isaías al decir:

“Sobre tus muros, Jerusalén, he puesto guardia.”

“Oh ciudad verdaderamente fuertísima, exclama San Bernardo, porque el Ángel Santo la rodea defendiéndola, detiene lejos de ella a sus enemigos y rechaza a cuantos son osados de caer sobre ella, reprime su audacia, y atacándolos poderosamente los derrota.”

He allí clara imagen de lo que es una Nación defendida por su Ángel Custodio. ¡Cuántos enemigos, internos y externos, que tra­man su daño privándole de sus bienes y sus glorias!

¡Cuántos que conspiran para arrebatarle el mayor bien de que preciarse puede un pueblo: su religiosidad, su vida cristiana, la santidad e inocencia de sus hijos, la rectitud y moralidad de sus costumbres, y con ello el vigor y la lozanía, la virilidad y el honor de sus habitantes!. Los que con propagandas impías tratan de descristianizar al pueblo; los que comerciando en libros y revistas y grabados deshonestos atentan contra la limpieza del alma y corrompen vilmente la juventud; los que detestando de la piedad de nuestros mayores pretenden con fanático sectarismo que España borre de su frente la señal de la cruz, reniegue de Cristo y no le confiese valientemente en medio de las naciones; los que predican utópicos conceptos de la vida social, reñidos con el código del Evangelio, ¿qué son sino temibles enemigos, seguidores del padre de las tinieblas, discí­pulos y remedadores de los desaciertos de pueblos extraños, ante cuya labor corren gravísimo riesgo la paz, el orden, la prospe­ridad y aun la misma vida de nuestra Na­ción?

¿Pero qué pueden todos ellos contra el brazo del Señor y la celestial defensa de que ha dotado a los suyos? Lo mismo en el or­den social que en el personal, sólo nuestra voluntad puede perdernos; si los miembros sanos de un pueblo acuden al Señor, invo­can la angélica protección y enérgicamente rechazan las invasiones del mal, lejos de ser vencidos, dan a su patria el triunfo de la vir­tud y del bien.

Ea, pues, acudamos a nuestro celestial defensor; si nuestra voluntad es decidida, con su auxilio podemos vencer; imploremos su valiosísima defensa y las potestades del mal serán vencidas. Puesta nuestra confianza en Dios y en el Santo Ángel, esforcémonos en enmendar nuestra vida, y en cooperar en la medida de nuestras fuerzas para que en nuestra Patria triunfen el orden, la moralidad y las virtudes cristianas.

Oración.

Oh, fortísimo Ángel Custodio de España, enviado por Dios para que defiendas y libres a nuestro pueblo de sus enemigos; de lo más profundo de nuestro corazón damos gracias al Señor por habértenos concedido; tú eres el escudo Protector con que El nos defiende de nuestros enemigos infernales; por medio de ti nos salva su diestra omni­potente; por ti endereza nuestros caminos y nos defiende de la impiedad que por dentro y de fuera pone asechanzas a la tradicional religiosidad de nuestra Patria.

En ti confiamos, Ángel invencible; tú, revestido de fortaleza y ceñido de poder, confirmarás a nuestra Nación, que jamás podrá ser conmovida. Gozosos ensalzaremos al Señor, nuestro Creador, porque por medio de ti nos custodia y nos librará siempre del mal.

Alcánzanos tú fortaleza para luchar denodadamente contra nuestros corrompidos ins­tintos y viciosas pasiones; no consientas que nuestros pecados, nuestras ofensas al Señor y nuestra vida desordenada frustren la poderosa defensa con que favoreces a nuestra Patria; haz que, por el contrario, santificándonos individualmente cuente ella con hijos y ciudadanos nobles, honrados, virtuo­sos, buenos cristianos y esforzados paladi­nes de la causa de Dios, que es también la causa de la Patria.

Mira, Ángel Santo, que son muchos los enemigos que luchan por la descristianiza­ción y por la ruina de España; desbarata sus planes e insidias y da fortaleza a los defensores de la fe.

Defiéndenos en la vida, y en la hora de la muerte preséntanos en tus brazos al Corde­ro inmaculado, para que nos reciba en su reino de paz y de gloria eterna. Amén.

Padre nuestro… Ave María… Gloria…

Ejemplo.

Muy abundantes son en la Sagrada Biblia los casos de un Ángel Custodio defendiendo los intereses de 1a Nación, cuya custodia le está encomendada. Naturalmente, los más frecuentes se refieren a la protección dispensada por San Miguel al pueblo hebreo, pero no faltan otros que se refieran a otros pueblos; unos y otros dan clara idea de lo que por cada Nación hace, o puede hacer, su res­pectivo Ángel y lo que por la Iglesia hace desde su fundación San Miguel, bajo cuya custodia la puso e1 Señor.

En el capítulo X de Daniel se presenta el Ángel Custodio de Persia y de Grecia, lu­chando por defender a los pueblos sus prote­gidos.

La heroica Judit manifestó que el Ángel del Señor la custodió, defendió y ayudó en su atrevida empresa de decapitar a Holofer­nes y salvar a su pueblo.

En el capitulo XI del 2º libro de los Macabeos se narra que al atacar Lysias con numerosas y aguerridas tropas a los judíos, viéndose el caudillo de éstos, Judas Macabeo, muy inferior en armas, no por eso des­mayó su ánimo, sino que con lágrimas y­ clamores pidió al Señor que enviase al Ángel bueno para salvación de Israel; y cuan­do él y sus esforzados compañeros de armas salen a hacer frente al feroz y poderoso ene­migo, he aquí que aparece ante ellos un jine­te vestido de blanco, con armas de oro, blandiendo una lanza; entonces todos bendijeron a Dios misericordioso y cobraron ánimo; e iban decididos, confiados en la misericordia de Dios y en el celestial defensor, y cayeron como leones sobre sus enemigos, haciendo en ellos gran mortandad y poniendo en fuga a los restantes.

Igualmente en el capitulo 3º se narra como el Ángel apareció en el templo, arro­jando de él violentamente al impío Heliodoro.

La Sagrada Liturgia en el oficio del Santo Ángel Custodio de España, como si indica­se que pueden tener aplicación a nuestra Patria, usa de unas palabras del libro IV de los Reyes que se refieren a la gran derrota, profetizada por Dios, del Rey de los Asirios Senaquerib. “Esto dice Dios del Rey de los Asirios, profetizó Isaías: No entrará en esta ciudad, ni lanzara contra ella flecha, ni la ocupará armadura, ni la asediará ejército; por donde viene se volverá. Protegeré esta ciudad por mi honor y por mi siervo David.”

Y aquella misma noche el Ángel del Señor vino y pasó a cuchillo a 185.000 hombres del campamento de los Asirios; de ma­ñana vio Senaquerib la mortandad y vol­viéndose sobre sus pasos se marchó a Nínive, donde sus propios hijos le asesinaron.

Al ver este pasaje citado en el oficio litúrgico de nuestro Santo Ángel no puede menos de venir a la memoria aquella glorio­sísima página de la historia de España en que está escrita con caracteres de oro la gran batalla ganada sobre el poder de la media luna, la que decidió de la suerte de España entera: la victoria de las Navas de Tolosa.

Un innumerable ejército de mahometanos había pasado el estrecho; la nueva invasión amenazaba someter a España para siempre. Las tropas de la península, y sólo ellas (pues las extranjeras que acudieron al llamamiento del Papa Inocencio III y del Rey de Castilla Alfonso el Bueno, se retiraron desde Ca­latrava) llegaron, muy inferiores en número, al pie de Sierra Morena. Por lugar estrecho y fragoso tenían que pasar para llegar a contacto con los moros; y asentado el ejército de éstos en el paso y en las alturas amena­zaban con muerte cierta a los cristianos si seguían adelante. Temerosos e indecisos los cristianos no sabían qué partido tomar, cuan­do un joven desconocido de todos, que dijo ser pastor, y de quien después de la lucha nadie volvió más a saber, guió el ejército por caminos ocultos hasta aparecer en las alturas de la sierra. El 16 de julio de 1212 después de pasar la noche nuestros soldados en hacer oración, confesar y comulgar, lan­záronse sobre sus enemigos; trabose fiera­mente la pelea y fue tan grande la victoria y tan manifiesta la protección celestial, que quedaron muertos sobre el campo 200.000 enemigos, y en cambio, sólo murieron de los nuestros unos 25. “La verdad es, dice el P. Mariana, que esta victoria nobilísima y la más ilustre que hubo en España, se alcanzó, no por fuerzas humanas, sino por la ayuda de Dios y de sus Santos.” En Roma presi­didas por el mismo Romano Pontífice, y en todo el mundo cristiano, se habían hecho grandes rogativas. Extraordinarios prodigios se refieren ocurridos en la batalla, y era corriente en el pueblo la creencia de que el que con apariencias de pastor guió a los cris­tianos por oculto y seguro camino al alto de los montes era un Ángel. Nada ha dicho sobre esto la autoridad de la Iglesia y nada podemos asegurar. Lo cierto es que la Iglesia conmemora como milagrosa esta victo­ria con la fiesta anual del “Triunfo de la santa Cruz”.

(Continúa en la Antífona.)


1 I. Petr. 5.

2 Ps. XC.

3 Ps. XXXIII

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