«Ágora»: una película hypática más bien hepática

Raquelita, chata, ¿quién te manda meterte en estos berenjenales?Raquelita, chata, ¿quién te manda meterte en estos berenjenales?

Y es que el director Alejandro Amenábar y el co-guionista Mateo Gil han vomitado toda la bilis de su fobia anticristiana en el guion que, como impostura histórica, tiene visos de verosimilitud al contar semiverdades, que son las peores de las mentiras; de hecho, ésa parece que era la intención, como se jacta en la Cuatro. Lo peor de todo: ha mezclado en este enredo a una de mis actrices favoritas, y esto no se lo perdono.

La crítica no se ha mostrado muy complaciente con la película; incluso alguna destaca que lo que evita que uno se levante del sillón a mitad de película es el buen hacer de la actriz británica Rachel Weisz. Hasta alguno agnóstico y descreído se ha dado cuenta que el producto no funciona. Al menos podrías, ¿eh, majete?, haber hecho que vistieran las actrices túnicas diáfanas de tejidos sutiles, algún cameo… pero no, ni eso, ni siquiera sirve para relajar la vista. Ya veremos si acabáis de cubrir gastos, pero el hecho de que en cada exhibición le recortéis el metraje y que empieces a aplicarte la venda antes de la herida no es buena señal, que digamos. A los cejateros, como viven aislados por los altos muros de la subvención y la exacción —es más cómodo y rentable plegarse al agit-prop, sobre todo si falta talento, que desfilar por el INEM— puede que les parezca muy chic y «progresista» la propaganda anticristiana, pero me temo que vas a descubrir que hará que tus bolsillos críen telarañas.

La bella y la bestia en el último festival de Cannes.La bella y la bestia en el último festival de Cannes.

No es que me alegre de que os pase esto, a ti y a Telecinco Cinema (bueno, sí, pero sólo un poquito, je, je); es que me subleva que desde hace décadas el cine español esté parasitado por elementos de tu jaez y peores que lo desacreditan; mucho se queja la SGAE de las redes P2P, pero me pica la curiosidad de saber cuánto tráfico «ilegal» genera en realidad el cine español actual, si es que genera algo: si sirviera para establecer el reparto del pastel del Cánon Audiovisual, me barrunto que la mayoría acabaría mendigando a la puerta de una de esas iglesias que tanto detestáis. Dedícate a lo tuyo, el cine de terror, que al menos no se te da del todo mal (y terror era lo que dabas en el Festival de Cannes: a ver si nos acicalamos un poco). Me cuesta creer que en España no haya ningún talento —o, al menos, profesional avezado, que a veces basta con eso— que pueda rodar alguna superproducción buena o simplemente entretenida y comercial con 50 M€ (¡más de ocho mil millones de las antiguas pesetas!). Desde luego, en vuestra camarilla, seguro que no. Me revienta que «superproducciones» como Alatriste, una excelente historia, se haya quedado en una mera exhibición de buen atrezzo y ambientación; hasta es posible que otro gallo hubiera cantado con el quiero-y-no-puedo de Tirante el Blanco, otro gran relato tirado a la basura, si le hubieran concedido a Vicente Aranda esa millonada, que al menos intentó sacar algo mínimamente decente, aunque fallido, de los cuatro duros que pudo rascar, que fue la gran limitación con la que tuvo que lidiar.

A estas alturas supongo que te habrás dado cuenta de que salir del armario puede que vaya bien para que te lluevan pesetillas e innumerables Premios Polla (¡huy!, me he equivocado de tecla) del Sindicato del Autobombo (en el país de los ciegos, el tuerto es rey) con la inmundicia de apología del matarile clínico que es Mar adentro, pero pensaba que con tus andanzas hollywoodienses con Los otros te habrías percatado que en el mercado estadounidense las «progradas» no tienen tan buena acogida ni os ríen tanto las gracias, salvo que factures, por mucho reparto internacional que contratéis. Ya sabes: si os cuesta distribuirla en EE. UU., que os jodan, por sectarios e idiotas. Por cierto, maridos y novios, no me acabo de tragar del todo el rollo de que sea de la otra acera, quizá no sea más que una pose para poder medrar mejor en el degenerado ambiente artístico patrio: elige demasiado bien a sus actrices. ¿Se acuerdan de Shampoo o la más castiza (y antigua) No desearás al vecino del 5.º? Si dejan a solas con este individuo a la parienta, sobre todo si está buena, les recomiendo que empleen un aparato de efectividad contrastada que parece que vuelve a hacer furor en los países escandinavos.

Rachel Weisz interpretando a Hypatia de Alejandría.Rachel Weisz interpretando a Hypatia de Alejandría.

Habrán observado que no he hablado apenas ni del argumento de la película ni de la historia auténtica de Hypatia. Mucha falta no hace, porque Internet está que echa humo sobre el tema, aunque puedo indicarles algunas recomendaciones. Lo primero es saber dónde empieza la historia y dónde la pura especulación biográfica, y también acudir a ensayos históricos críticos y solventes, como por ejemplo Hypatia de Alejandría de Maria Dzielska (y no a noveluchas históricas) que indagan y esclarecen las diversas fuentes históricas de una época tan lejana como es el siglo IV de nuestra era; hasta hay confusión entre distintas Hypatias más o menos contemporáneas. Otra muy importante es enterarse del contexto, caracterizado en lo religioso por el cesaropapismo: al contrario de lo que se cree, en esa época es el poder civil el que condiciona, cuando no fuerza, el poder religioso, incluso hasta extremos aberrantes; o sea, que de teocracia, nada de nada. Es también el momento de las grandes discusiones cristológicas, hacía poco que se condenó y todavía coleaba el arrianismo, que grandes quebraderos de cabeza dio a la Iglesia, herejía que estuvo muy presente sobre todo en el ejército y en las clases altas (y éste, en el Imperio, era casi como decir «el Estado») y de la que ya nadie se acuerda porque se extinguió completamente en Occidente; para este tema, recomiendo el tercer capítulo (y los previos, que centran el asunto) de Las grandes herejías de Hilaire Belloc, que cuenta muy amenamente esa gran herejía, que fue muy influyente, mucho más que las posteriores (semiarrianismo, monofisismo...) y para que se sepa cómo se las gastaban los emperadores con los Concilios. (Además, es interesante el capítulo siguiente porque analiza el Islam como herejía del cristianismo, y predice —habiendo sido escrito en los años treinta— su resurgir futuro y violento). En lo que concierne a la muerte de la neoplatónica Hypatia (escuela cuyo pensamiento aprovecha san Agustín de Hipona, o sea, que lucha entre razón/filosofía y barbarie/religión, tampoco) se ha llegado a escribir que murió despellejada por conchas de moluscos (Carl Sagan dixit), cuando en realidad se cuenta que murió descalabrada con ostrykion, o sea, tejas (en aquella época, y más en la convulsa y levantisca Alejandría, la chusma era bruta, pero no tanto). También se ha pintado al obispo Cirilo como una especie de antifeminista misógino, cuando en realidad fue un gran defensor del dogma de la Theotokos.

No quiero alargarme más; lean por ejemplo «Los tres engaños de la película “Ágora” de Alejandro Amenábar», «No dejes de leer esto si vas a ver “Ágora”» y «Desmontando “Ágora”», junto con lo que puedan descubrir por su cuenta, y ya se podrán hacer una buena idea de la diferencia entre la impostura cinematográfica y la realidad histórica. Y ya, para concluir, para que veas, Amenábar, lo agradecido que estoy por haber metido a la pobre y adorada Rachel Weisz en este embrollo (espero, guapa, que hayas cobrado tus honorarios por adelantado, por si las moscas) te dedico estos versillos:

«Amenábar, Amenábar
progre de la progresía,
el día que estrenaste
magras señales había.

Estaba la taquilla en calma,
la progresía estaba crecida;
progre que en tal signo sale,
ha de decir gran mentira».

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