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Diderot

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(Cap. primero § 4. del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

En cuanto á Diderot, se sabe que sin ser llamado, sino como buen voluntario voló al encuentro de los principales conjurados. D’Alembert lo consideró esencial al objeto de la conspiracion, pues descubrió en él un cráneo enfático, un entusiasmo de pitonisa á favor del filosofismo al que Voltaire habia dado el tono, un desórden en sus ideas solo comparable al del caos, y una volubilidad con la que su lengua y pluma seguian todos los ímpetus y vaivenes de su fogoso cerebro. D’Alembert viendo á Diderot con tales prendas, y tan extraordinarias por desgracia, le tomó por compañero para hacerle ó dejarle decir lo que no se atrevia él mismo. Ambos estuvieron unidos íntimamente á Voltaire hasta la muerte, como Voltaire lo estuvo á Federico. Si como los cuatro juraron de destruir la religion cristiana, se hubiesen resuelto á sustituir otra religion, ó á fundar cualquier escuela, es cierto que no se habrian convenido, pues parece imposible se reunan otros cuatro hombres menos conformes y unánimes para una empresa de este género.

Federico II

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(Cap. primero § 3. del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

En este Federico II, á quien los sofistas llamaron el Salomon del Norte, habia dos hombres. Uno era aquel rey de Prusia, menos digno de admiracion por sus victorias y táctica militar en el campo de Marte, que por sus desvelos consagrados en dar á sus pueblos, á la agricultura, al comercio y á las artes una nueva vida; aunque con estos desvelos de la sabiduría y beneficencia, de la administracion del interior de sus estados, no parece compensó lo bastante las quiebras y daños que causaron sus triunfos mas brillantes que justos. El otro era un personage el que menos podia enlazarse con la sabiduría y dignidad de un monarca. Él era el filósofo pedante, el aliado de los sofistas, el escritor impío, el incrédulo conspirador, el verdadero Juliano del siglo XVIII, menos cruel y mas astuto, pero igual en el odio; menos entusiasta, pero mas pérfido que Juliano, tan famoso con el nombre de apóstata. No es fácil que la historia revele todos los misterios de iniquidad de este impío coronado; pero es preciso que, especialmente en esta parte, diga la verdad, para que los reyes sepan la parte que este su colega tuvo en la conjuracion contra los altares, y descubran el orígen de la conspiracion contra sus tronos.

D'Alembert

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(Cap. primero § 2. del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Si Voltaire era capaz de representar en un ejército de sofistas conjurados el papel de Agamenon, d’Alembert podia representar el de Ulises. Si la comparacion parece demasiado noble, sustitúyase la de la Zorra. D’Alembert tenia las astucias, imitaba los rodeos y sabia agazaparse como este animal; él fue un sugeto que tenia mas que otro alguno derecho á ser el primogénito, y por lo mismo heredero de la inmoralidad é impiedades del patriarca Voltaire. Nunca este tuvo tanto acierto en sus elecciones como en esta de d’Alembert. Hijo ilegítimo de Fontenelle, ó, según otros, del médico Astruc, jamas supo quien fue su padre. La historia le puede dar tantos padres, cuantos podian suponer los escándalos de su madre. Claudina Alejandrina Guerin de Tencin, religiosa del monasterio de Montfleuri en el Delfinado, cansada de las virtudes de su estado, y apóstata del mismo, juntó un Paris una tertulia de ciertos literatos, á los que la buena señora llamaba sus bestias (1); y de su sacrílega comunicacion con alguna de estas bestias, nació el digno primogénito del espíritu de Voltaire. Para ocultar el crimen y la infamia de su nacimiento, tuvo á bien su ex-religiosa madre desprenderse de él relegándole á los expósitos. Al principio se llamó Juan-le Rond, nombre del oratorio en el umbral de cuya puerta le hallaron envuelto en mantillas, la noche del 17 al 18 de noviembre de 1717.

Voltaire

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(Cap. primero § 1. del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

El primero de estos conspiradores, que antes se llamaba Maria Francisco Arouet, nació en Paris á 20 de Febrero de 1694, hijo de un antiguo notario de un tribunal y carcel de Paris llamado Châtelet; pero su vanidad hizo que se mudase el apellido de Arouet en el de Voltaire, que le pareció mas noble, mas sonoro y mas á propósito para sostener la gloria á que aspiraba. Ningun hombre habia visto el mundo con tanto talento y tanta ambicion para mandar en la república literaria. Pero la naturaleza no le habia dotado de gravedad de costumbres, de espíritu de meditacion, ni de ingenio para las discusiones é investigaciones profundas; y aun por desgracia halló en su mismo corazon las semillas de aquellas pasiones que hacen nocivos los talentos. Por el uso que de estos hizo desde su juventud, manifestó que se valdria de ellos para conspirar contra la religion. Aun era simple estudiante de retórica en el colegio de Luis el Grande, cuando ya mereció oir de la boca de su maestro el jesuita Le Jay: Infeliz! tu serás el portaestandarte de la impiedad (1). Ningún oráculo se ha cumplido con mayor exactitud. Desde que salió del colegio no trató ni amó á otros hombres que á los que podian fortalecer sus inclinaciones á la impiedad por la corrupcion de las costumbres. Se acompañó con Chanlieu, el Anacreonte del tiempo, y poeta de los voluptuosos. Se asoció con algunos epicureos que tenian sus sesiones en el palacio de Vendome. Sus primeros ensayos fueron unas sátiras que merecieron la desaprobacion del gobierno, y algunas tragedias que no hubieran anunciado sino al émulo de Corneille, de Racine y Crebillon, si desde entonces no se hubiera ya dado á conocer por el imitador de Celso y Porfirio, y de todos los enemigos de la religion. 3

Principales autores de la conspiración

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(Capítulo primero del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Voltaire. — D’Alembert. — Federico II. — Diderot. — Incertidumbre y variedad en las opiniones filosóficas de los gefes de la conjuración.

A mediados del siglo XVIII, se dieron á conocer tres personages poseidos de un odio el mas irreconciliable contra la religion cristiana. Fueron estos Voltaire, d’Alembert y Federico II, rey de Prusia. Voltaire aborrecia el cristianismo, porque tenia envidia de su autor y de los héroes que son su gloria; d’Alembert le aborrecia, porque su insensible corazon era incapaz de amar; y Federico le aborrecia, porque no le conociera sino por el trato con sus enemigos. A estos tres se agregó Diderot, que aborreció la religion, porque amaba a la naturaleza como un loco, y porque, entusiasmado del caos de sus ideas, le era mas grato forjarse desatinos y quimeras, que someter su fe al Dios del Evengelio. Un gran número de iniciados entró en esta conspiracion; pero los mas solo en calidad de admiradores estúpidos, ó de agentes secundarios. Voltaire fue el patriarca; d’Alembert, el agente mas astuto; Federico, el protector, y á veces consejero; y Diderot, el hijo perdido. 2

Discurso preliminar del autor

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(del primer tomo del libro del abate Augustin Barruel
Memorias para servir á la historia del Jacobinismo, 1827,
transcrito con la ortografía original de la obra.)

Importancia de la historia del Jacobinismo. — Primer error que se debe disipar sobre la causa de la revolucion. — Verdades opuestas á este primer error. — Segundo error sobre la naturaleza de la revolucion. — Verdades opuestas á este segundo error. — Consecuencia legítima de estas verdades. — Importa á los pueblos saber los proyectos de los Jacobinos. — Interes de las Potencias. — Objeto de estas Memorias. — Triple conspiracion que se ha de manifestar, y plan de estas Memorias. — Consiguientes de estas conspiraciones.

Augustin Barruel, el autor de estas MemoriasAugustin Barruel, el autor de estas Memorias

Desde los primeros dias de la revolucion francesa, se manifestó, con el nombre fatal de Jacobinos, una secta, que enseña y sostiene que todos los hombres son iguales y libres. En nombre de esta igualdad y libertad asoladoras, los Jacobinos derribaron los altares y los tronos; y, proclamando igualdad y libertad, excitaron la rebelion y precipitaron los pueblos en la mas horrorosa anarquía. En el instante que apareció, contó la secta con trescientos mil iniciados y la sostenian dos millones de brazos, que se movian á su voluntad en toda la Francia, armados de teas incendiarias, de picas, de segures y de todos los rayos abrasadores de la revolucion. Las atrocidades inauditas que se vieron y cometieron, y la sangre de los pontífices, sacerdotes, nobles y ricos, de ciudadanos de toda clase, edad y sexo, que inundó aquel vasto imperio, fue obra de los Jacobinos, que protegieron, pusieron en movimiento y dieron impulso y accion á los asesinos. Estos, despues de haber ultrajado y cubierto de ignominia en una larga prision al rey Luis XVI, á la reina y á la princesa Isabel su hermana, los asesinaron autorizadamente sobre un cadalso, amenazando al mismo tiempo á todos los X soberanos de la tierra con el mismo destino. Ellos han hecho de la revolucion francesa el azote de la Europa y el terror de las potencias, que se coligaron en vano para atajar los progresos de los ejércitos revolucionarios, mas numerosos y devastadores que los de los Vándalos.

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