Sueños de aire azul

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Imperdonable

Mar, 2018/02/13 - 16:16


Escenas como la que, por desgracia, presencié en unos conocidos almacenes, una de estas tardes que el frío te obliga a refugiarte y de paso tomar algo caliente, te dejan siempre un sabor amargo y un dolor en el alma que no hay analgésico que lo calme.

El hurto es tan viejo como la humanidad, el apropiarse de lo ajeno sin remordimiento ni piedad, es una ignominia, un deshonor que merece la repulsa de cualquiera que tenga un mínimo de respeto al prójimo y más aún si se sufre alguna discapacidad. Para el cleptómano sin embargo llega a convertirse en una necesidad que raya en el placer, a pesar de ser un trastorno psiquiátrico, por el cual la persona tiene una conducta repetitiva de adueñarse de aquello que no le pertenece y padece un irrefrenable impulso de robar. Pero éste no fue el caso. La víctima era una anciana invidente, ciega y apoyada en un andador para mayor seguridad. Parece que ya era la segunda vez que le ocurría y al ir a pagar en la caja y no encontrar la cartera, sonrió a la dependienta y con gesto de resignación añadió:" bueno, ya van 200 euros".
No tuve palabras, no las tengo, los ciegos se conforman con oír una voz amable, aunque no les gusta que les demuestres compasión, entienden en silencio las manos y palpan tiernamente, intuyen, "ven" a su manera y acarician los planos de las mesas, siguen las paredes y tocan largamente las esquinas. Sonríen, comprenden algo, pero si dices "luz" se quedan absortos, inclinan la cabeza vencidos: no distinguen. Saben que con la luz los hombres van deprisa, sin ella, como ciegos, a tientas. Saben que la luz es el agua más suave que llena los vacíos y rebota en las cosas o las traspasa dulcemente.

Alguna vez me han preguntado cómo es esta luz y yo hubiera querido pintarles, inventarles lo grande que es, como se funde con el cuerpo y con el alma, llenándolo todo de melodía, de mar, de una enorme flor sin pétalos.
Dios mío, no saben, no pueden comparar, no conocen los colores, en su cerebro nunca se estampó el rojo, el azul, ni el verde. Yo les daría bocanadas de luz, todo lo que cuando abro mis párpados atraviesa. Ojalá pudiera convertir su deficiencia en dicha, iluminando esa oscuridad profunda donde nunca un rayo de claridad ha penetrado. 

No lo pude evitar y me fui con el corazón roto.








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