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Jue, 1970/01/01 - 01:00
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Por qué Rajoy es un delincuente (I)

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Hace 1 hora 33 mins
Algunos me han reprochado que hable de Rajoy y su gobierno como delincuentes. Veamos: el delito es la infracción grave de la ley. Claro que como las leyes son variables, a veces un supuesto delincuente se convierte al final en héroe. Pero dudo mucho de que este sea el caso.    Para empezar, toda la política seguida por ZP y Rajoy con respecto a la ETA entra en el delito tipificado de colaboración con banda armada. Si ud ayuda a la ETA con mil euros o facilitándole datos sobre alguna persona contra la que atentar, está colaborando con ella. Hay otras formas de colaboración de las que la ETA disfrutó desde el principio y que la han “hecho grande”: disculpa, justificación o apología más o menos disimulada a sus crímenes, etc.    Pues bien, esos evidentes delitos han sido sobrepasados a un nivel gigantesco por ZP y Rajoy. Con Aznar, la ETA estaba al borde del precipicio, y ZP la rescató mediante conversaciones clandestinas, que siguen ocultas a la opinión pública. La colaboración se resume en la relegalización. La legalidad implica no mil euros sino grandes cantidades de dinero público. No información sobre algún ciudadano, sino el censo con datos de todos. No simple disculpa o justificación de sus asesinatos, sino presencia en las instituciones y proyección internacional. Sin contar la liberación de presos, que se hace por la puerta de atrás, debido a la indignación que provocaría en la opinión pública… aunque las dádivas anteriores son mucho más graves que la suelta de asesinos con los correspondientes homenajes.    Todo esto son delitos cometidos al máximo nivel. ZP y Rajoy han hecho del asesinato  un modo aceptado de hacer política en esta democracia fallida. Aceptado y recompensado. Algunos memos o ingenuos excesivos dicen que “por lo menos la ETA ha dejado de matar”. Esto es el colmo del delito, precisamente. Con la política de Aznar, basada en el Estado de derecho, la ETA ya había sido reducida a la inoperancia e incapacidad para matar. De haber proseguido un par de años esa política, habría quedado reducida a la nada o al nivel del GRAPO. Pero el delincuente ZP, por afinidad política manifestada también en su ley de memoria histórica, favorable a chekistas y etarras, aprovechó la situación para montar esa colaboración en gran escala. Muy conveniente para los asesinos porque, en su lastimosa situación, necesitarían mucho tiempo para recuperar su capacidad anterior y, no menos importante, un apoyo popular que venían perdiendo a chorros. Esta política delictiva, cómplice, la ha proseguido Rajoy, incluso ampliándola (Bolinaga, Parot…).    Estos hechos  son simplemente evidentes, están a la vista de todos. Y sin embargo, casi nadie las quiere ver. Parece que un político, en España, como en las repúblicas bananeras, tiene bula para cometer cualquier desmán, so pretexto de los votos obtenidos. Esto significa la destrucción del estado de derecho, sin el cual hablar de democracia es hablar de nada. En comparación,  los escándalos de corrupción económica con que nos asaltan constantemente los medios son casi nimiedades.    La cuestión afecta a los partidos, convertidos cada vez más en mafias: los cuatro en candelero, más los separatistas, apoyan los delitos de ZP y Rajoy, son igualmente cómplices. Pero afecta más aún a los medios de masas. ¿Cómo es posible que no se haya elevado una ola de denuncia e indignación contra los políticos delincuentes, más allá de quejas irrelevantes y lloriqueos por asuntos secundarios como los homenajes públicos a etarras? ¿Cómo es posible que la liquidación del estado de derecho, que permite la explotación del asesinato como forma de hacer política, no suscite la menor reacción en analistas, comentaristas…?   Es posible por una simple razón: ninguno de ellos entiende la democracia. Este concepto se ha convertido en una palabra mágica que cada cual utiliza a su conveniencia y dándole el sentido que prefiera. No existe una cultura democrática debido al modo como se hizo la transición. Aunque este es otro tema, está muy relacionado con la delincuencia de los políticos, con la fuerte tendencia de los partidos a convertirse en mafias. He explicado algo en La guerra civil y los problemas de la democracia en España.    Pero no es este el único caso que permite afirmar que la clase política española se compone hoy de delincuentes, empezando por Rajoy. Examinaré algunos otros. Y alguien tiene que decirlo en este maremágnum de farsa y palabrería vacua en que se ha convertido la política española.

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Cómo hicieron grande a la ETA: https://www.youtube.com/watch?v=myRxMiMjf10&t=51s

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Lo que nos enseña el atentado de Barcelona

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Vie, 2017/08/18 - 12:23
1.- Lo primero que debía haber habido es una declaración oficial del gobierno, de la guardia civil y de la policía sobre el atentado. Pero ha sido la Generalidad y sus mozos de escuadra (los “mosus” dicen todos los cantamañanas) quienes han corrido con esa formalidad.  Sin embargo las competencias antiterroristas  no han sido transferidas ni podrían serlo, pertenecen al gobierno, no a la autonomía, la cual se ha comportado como dueña de país independiente. Este dato esencial no ha sido advertido por casi ningún analista, reflejo de cómo la política en España se ha transformado en una orgía de palabrería vacua, en una farsa. Algo parecido ha ocurrido con la seguridad del aeropuerto del Prat, que es competencia exclusiva del gobierno y debiera estar en manos de la Guardia Civil en todo momento.  Rajoy y sus ministrillos simplemente incumplen la ley y reconocen por la vía del hecho consumado, una vez más, el estado residual del estado allí, y la práctica secesión de Cataluña. Y un gobierno que ni cumple ni hace cumplir la ley es simplemente un gobierno antidemocrático y delincuente. Aunque casi todo el mundo persista en hacer como si no se enterase, debido a la ausencia o precariedad  de cultura democrática en España. 2.- Rajoy ha apelado en tuíter a la unidad contra el terrorismo. Pero ¿unidad con quién? Rajoy, precisamente, es el seguidor de Zapatero, que rescató a la ETA del borde del abismo, premió sus crímenes con legalidad, dinero público, presencia institucional, proyección internacional, liberación de presos, etc., admitiendo así los asesinatos como modo de hacer política y lograr puestos “representativos”. Ello supone destruir el estado de derecho, anulando la democracia en uno de sus rasgos principales. Nuevamente, la ausencia de cultura democrática en los partidos, analistas y comentaristas de los medios pasa por alto una operación delictiva absolutamente escandalosa, que ha hecho de España una democracia fallida, convirtiéndola en “el país de la Gran Patraña”, como la URSS era “el país de la Gran Mentira”. 3.-  Dentro de esta farsa brutal hemos visto a los jefes de la Guardia Civil y la policía y otros mucho tratar de censurar las imágenes del atentado. Hipócritamente hablan de “respeto a las víctimas”, los mismos que han promocionado al máximo imágenes como la del bebé sirio ahogado. A quienes respetan realmente es a los terroristas, y la causa es simple: tratan de impedir lo que llaman “la islamofobia”. Esto, en un país donde la cristianofobia, los ataques directos e indirectos al cristianismo, base de la cultura europea, son el pan nuestro de cada día desde todos los ángulos, desde los LGTBI al gobierno y a los amigos del Frente Popular, más cada día.  Lo que se persigue con esa política es desarmar de antemano cualquier oposición al islam, con el pretexto de que los yijadistas son solo una minoría. 4.-  Los terroristas son siempre minorías, pero pueden tener más o menos apoyo. Y es evidente que tienen mucho. Irónicamente escribí en tuíter: “Creo que los cientos de miles de musulmanes en Cataluña van a manifestarse con furia contra el terrorismo islámico”. En París se convocó una manifestación de esas, a la que acudió un centenar de personas, no todas musulmanas. Los hechos reales son que la mayoría de los islámicos desprecian nuestra cultura, a lo que tienen derecho, pero no en nuestros países. La consideran una cultura decadente, en lo que probablemente tienen alguna y aun bastante razón. Y la tendencia general en el mundo islámico no es, desde hace muchos años, a una “occidentalización” sino a todo lo contrario. Basta ver fotografías de mujeres en Teherán, El Cairo Kabul y muchos otros lugares hace treinta o cuarenta años y las actuales. La misma Turquía, antaño una peculiar democracia tutelada por el ejército, sigue esa orientación. Y dentro de Europa, las crecientes minorías musulmanas tienden a una mayor radicalización. En España es particularmente peligroso porque la memoria de Al Ándalus sigue muy viva en el  mundo islámico, como de vez en cuando se encargan de recordarnos. 5.- La Comisión islámica de España ha condenado “todo tipo de terrorismo”. La expresión es significativa, como la del PNV cuando, en relación con la ETA, “condenaba” todo tipo de violencia, es decir, la violencia “represiva” de los cuerpos de seguridad, equiparándola hipócritamente a los crímenes etarras. Hay que decir que, en la perversión del lenguaje habitual con el término terrorismo, no dejan de tener un argumento aparente: la UE, por medio de la OTAN, ha ayudado a sembrar el caos y la guerra civil, con cientos de miles de muertos, en Afganistán, Irak, Libia o Siria, provocado un golpe militar en Egipto, etc. El terrorismo islamista aparece entonces como una respuesta a tales hechos. Especialmente sangrante, y por haber intervenido España directamente en el crimen, fue el derrocamiento de Gadafi, que llevaba años de política moderada, derrocamiento  que destruyó literalmente una sociedad antes tranquila, ordenada  y rica. ¿Han visto a alguno de los políticos europeos causantes hacer el más mínimo análisis autocrítico al respecto?  So pretexto de “democratizar” esos países los han llevado al desastre, y de paso están haciendo lo mismo en Europa. Me quedo prácticamente solo en la exigencia clave para España de abandonar la OTAN, una organización que supone una alianza con un país invasor de nuestro territorio (Inglaterra) en un punto clave para nuestra defensa, así como la desprotección de Ceuta y Melilla, ciudades españolas de hecho reservadas por la OTAN a Marruecos, a plazo más o menos largo. Una organización que convierte a nuestras fuerzas armadas en un ejército cipayo al servicio de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en lengua ajena.   6.- Repliqué a uno de esos tuits que predicaban la unidad para acabar con los yijadistas: “Lo primero sería acabar con los repugnantes gobiernos que han premiado a la ETA y favorecido a los islámicos. Sin eso no hay nada que hacer”.

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El vacío al final de la aventura

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Jue, 2017/08/17 - 10:00
Digas lo que digas, la novela deja un regusto de absurdo y de fracaso en todo. O bien, como ese tema eterno en la literatura y el cine: dos amantes triunfan en su amor después de incontables peripecias y obstáculos internos. –Esas dos interpretaciones se excluyen. Pero está bien que me presentéis esas cuestiones, me obligan a pensar sobre el contenido de la novela, porque “salió” así, con muy poca planificación previa. No es que lo que vengo diciendo sobre ella estuviera planeado conscientemente, sino que, dando vueltas al relato, uno puede encontrar tales o cuales cosas no previstas. Quizá refleja una visión de la vida del propio autor, o más bien una actitud inconsciente. De eso hablaré…  Sí, después de tantas peripecias, Carmen y Alberto se casan y llevan una vida feliz, dice Alberto que la lleva, aunque la cosa no es tan simple. Podría considerarlo un final feliz, no solo por Carmen, pues también la causa por la que ha luchado y sufrido tanto ha ganado la partida, y ya no sería necesario seguir en las mismas. Pero el protagonista duda, sin explicarlo, sobre si no tendría más valor su vida tormentosa de joven que su vida amorosa y productiva posterior. Máxime cuando los hijos no le han salido a su gusto, sino que se han dejado llevar por ambientes… En ese género eterno que dices se llega a un final feliz, aunque no se explica qué pasa después.    –Sí, esa sensación de cosa incompleta que dejan los finales felices. También en  las novelas de aventuras. La isla del tesoro, para mí es el gran modelo y nos deja una impresión decepcionante. Después de tantos riesgos y demás, los protagonistas vuelven ricos y ya se acabaron las aventuras: tanta acción emocionante para llevar una vida presumiblemente aburrida. Aquí no triunfa el amor sino la riqueza, una idea muy inglesa. El final feliz nos deja una sensación de vacío en los dos géneros, los de amores y los de aventuras. – Estoy bastante de acuerdo. Ahí está la sensación de absurdo: la acción culmina, y lo que viene después ya es poco interesante: no se explica, el relato no se alarga,  porque es poco interesante, precisamente. Entonces, ¿qué sentido tiene lo anterior? ¿Y por qué nos parece interesante la vida llena de peripecias peligrosas del joven Alberto y tan insípida la vida de profesor del Alberto maduro, a la que evidentemente he dedicado muy poco espacio?  Claro que la novela podría tener una continuación mostrando los acuerdos y desacuerdos de la pareja, las intrigas de la universidad, los apuros económicos, el contraste entre la educación de los hijos, que Carmen hace tan católica, y el resultado, muy poco católico, como ha ocurrido tantas veces en la realidad. O   las decepciones y las alegrías académicas, la experiencia con los alumnos, las reacciones psicológicas de unos y de otros. De hecho existen muchas novelas más o menos así, pero en contraste con la vida anterior parece todo banal. Y ese contraste da también la sensación de absurdo. –Pero usted ha dicho que su novela no entra en el género del absurdo, que el absurdo es una contradicción en sí mismo. –Sí,  eso creo. Si realmente crees que la vida es absurda, que no tiene sentido, ¿para qué vas a escribir una obra de teatro o una novela? Algunos me han criticado cosas como estas: yendo a Rusia, los dos amigos entablan una estrecha amistad con otros dos personajes, un campesino analfabeto y un profesor de química. El profesor toma al campesino bajo su tutela, le enseña a leer y escribir, y el ex analfabeto revela ciertas dotes poéticas.  Luego, después de tantos peligros compartidos, el profesor y su alumno mueren en una ofensiva rusa. También Paco morirá después de haber provocado un terrible desastre en las relaciones entre ellos. Y me dicen ¿por qué haces morir a esos personajes? Ciertamente podría haberlos “salvado”, como también a Iliena. Esta podría haber venido a España con Alberto (alguna que otra rusa lo logró) y la trama tomaría un desarrollo nuevo con el conflicto entre el amor por así decir tranquilo y sensato por  Carmen, y el apasionado por la rusa. Pero no he querido escribir una especie de cuento de hadas. Gran parte de lo expuesto en Rusia está sacado de los diarios y relatos de divisionarios, y la realidad se pareció mucho más a como la expongo que a como podría hacerlo usando la arbitrariedad del novelista o el deseo de evitar ciertas crudezas que a muchos lectores les parecerán inconvenientes. Incluso la captura del campesino por los rusos, y su fuga, ocurrieron en la realidad. Hubo uno que realizó la proeza, muy difícil, volviendo a las filas españolas… para morir poco después  en un combate o por una bala perdida, no recuerdo bien. –Vuelvo a lo mismo, ¿no pretende reflejar ahí el absurdo de la guerra, por ejemplo? –Si me ha salido algo así no ha sido por mi voluntad. No es una novela pacifista. Tampoco belicista. Todo tiene un sentido, pero solo percibimos algunos reflejos de él.  La preocupación semiconsciente por esas cosas se le presenta a Alberto en un sueño en el tren que le lleva de Alemania a Rusia. En él, millones de hombres marchan en trenes para enfrentarse a muerte unos con otros. No saben por qué. Unos irán con entusiasmo, otros con miedo, unos convencidos, otros horrorizados. Pero en definitiva no saben por qué  Aparentemente quienes lo saben son otros pocos hombre aislados en castillos remotos (o algo así, hablo de memoria), que envían a los ejércitos y los dirigen,  pero resulta que ellos tampoco lo saben. Es decir, nadie sabe por donde va la historia, que suele burlarse de los más sesudos análisis. La capacidad humana de ver y de prever es a corto plazo. Ahora bien, una cosa es decir que “no sabemos”  o “no entendemos” y otra deducir de ahí que el mundo es absurdo. Eso es dar un gran salto ilegítimo. Claro, si ud tiene una religión, la de Jesús, la del Progreso, la de la Libertad, del Comunismo, de Mahoma  o lo que sea, entonces cree conocer el significado de la vida y le da un significado. Entonces el espíritu descansa, pero yo prefiero la frase de Omar Jayam: no sabemos. Y no obstante, dentro de no saber, actuamos, la vida misma nos empuja a actuar, a trabajar, a esforzarnos, a luchar con más o menos suerte o resultados, que muchas veces son los contrarios de los que deseamos y planeamos…  Dentro de no saber, sabemos algo, aunque no todo lo que quisiéramos. La novela no dice eso, no teoriza sobre eso, solo lo refleja en la acción, mejor o peor.
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Evolución de posturas regeneracionistas

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Mié, 2017/08/16 - 09:00
En Una historia chocante expuse sobre el regeneracionismo: “Las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los turcos y de los protestantes, etc., eran miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas por los refundadores. Para ellos, España había sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes. La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los críticos” Y una clave más o menos clara de todo el asunto habría estado en la nefasta Reconquista. Ortega llevaba el mal o la enfermedad hasta los visigodos, un pueblo decadente, contaminado por el contacto con la decadencia romana, al revés que los francos, frescos y puros en su barbarie creadora.    No es difícil percibir la extraordinaria semejanza de aquel regeneracionismo con los nacionalismos vasco y el catalán, a todos los cuales cabe calificar también de regeneracionistas a su modo. Los regeneracionistas  despreciaban el pasado real de España tal como Arana o Prat de la Riba despreciaban el pasado real de Cataluña y de Euzkadi, supuesta historia de opresión consentida hasta con abyecta alegría por vascos y catalanes. Aunque, a diferencia de aranistas y pratistas, los regeneradores no sembraban el odio o el resentimiento hacia ninguna parte de España, coincidían en fomentar la aversión por el común legado hispano y por el liberal régimen de  la Restauración. También se asemejaban sus estilos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual, y su pretensión de fundar naciones. Curiosa en cambio la divergencia en las conclusiones a partir de las mismas premisas: unos aspiraban a refundar la nación española, de tan “anormal” pasado; los otros a desarticularla y hundirla de una vez por todas, lo que no sería menos lógico.     Los regeneracionistas pretendían destruir el liberal régimen de la Restauración, tildado de “necrocracia” o dominio de los muertos, para  refundar España “como si nunca hubiera existido”. Refundar  una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana,  tarea realmente titánica, en comparación con las cual las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero, sorprendentemente, aquellos personajes no tenían nada de titanes ni de héroes. Ante todo  procuraban “arreglarse la vida” mediante alguna oposición que les incorporase al funcionariado de la “necrocracia” para verter impunemente sus prédicas desde esa posición segura y aprovechando las libertades del régimen. No respondían al tipo de fanático entregado a una causa imaginaria, como Arana o Prat, ni al hombre inspirado o al hombre de acción, sino más bien al tipo del “señorito” clásico, frívolo y desconocedor de los rigores de la vida.     El regeneracionismo contribuyó, junto con el terrorismo anarquista, la demagogia socialista y el auge de los separatismos, a hundir el régimen que les permitía organizarse y hacer propaganda. Tras el fallido intento estabilizador de la dictadura de Primo de Rivera, los regeneracionistas tuvieron su oportunidad histórica con la II República, que fue entre otras cosas una orgía de palabrería desenfrenada. En ella demostraron su incapacidad política, hasta verse arrastrados a la guerra civil por los extremismos totalitarios y guerracivilistas, a cuyo triunfo en unas fraudulentas elecciones habían colaborado. La refundación de España estaba resultando un proceso de  descomposición extremadamente peligrosa.    Cuando acusan de “franquistas” a las reivindicaciones del pasado español, entre ellas la de la Reconquista,  no dejan de tener alguna razón, porque un aspecto del franquismo fue la reivindicación de la España real e histórica, quizá con excesiva atención al catolicismo, que determinaría la ruina del régimen. Pero por otra parte la reivindicación se hizo en general con gran amplitud, permitiendo versiones diversas. No es aquí el momento de entrar en detalles al respecto, pero debe señalarse que ya antes de la muerte de Franco cundían versiones semejantes a las de los regeneracionistas, complicadas con análisis marxistas y similares. Estas, ante la escasez de la respuesta teórica tienen ahora de nuevo gran importancia, con las consecuencias verborreicas y disgregadoras sabidas. Llegó a imponerse un verdadero tabú sobre cualquier versión que pudiera identificarse con el franquismo, y sobre esa condena en el fondo totalitaria se han desarrollado las campañas distorsionadoras más extremas, parejas a las del regeneracionismo,  de las que hemos ofrecido un pequeño muestrario en relación con la Reconquista.  Y esta es la situación en que nos encontramos hoy, y de la que es preciso salir..  
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BIFFI

“La sua ‘teologia’ è farneticante, la sua abituale frequentazione dei ricchi e dei colti lo induce a farsi annunciatore di una Chiesa povera e semplice. La sua affinità elettiva con chi ha il potere dei mezzi di comunicazione (televisione, Corriere della sera, etc.) gli dà una risonanza e un’amplificazione del tutto sproporzionata e ingiusta” (card. Giacomo Biffi su padre Turoldo, in Lettere a una carmelitana scalza, Itaca, 2017).

►►► Le ultime novità in libreria di Rino Cammilleri.

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Los agresivos y despóticos enemigos de la Reconquista

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Mar, 2017/08/15 - 07:21

 

   Según otra versión muy divulgada, España va construyéndose por primera vez en esos ocho siglos, negligiendo u omitiendo los anteriores períodos romano e hispanogodo. Pretensión realmente chocante para un historiador, pero mantenida por muchos profesores. En tal caso tampoco valdría el término Reconquista, sino algún otro como “Construcción nacional”. La  idea parte de Américo Castro, quien asegura que los peninsulares anteriores a la invasión árabe, romanizados, cristianizados  e hispanogodos, no eran propiamente españoles, a pesar de que hablamos una derivación del latín, la mayoría se sigue considerando católica. Por el contrario, imaginó que España se habría formado en una “España de las tres culturas” (cristiana, judía y musulmana) en tolerancia mutua. La Reconquista habría sido un fenómeno negativo, que habría destruido la convivencia, impuesto por la violencia el poder de los cristianos, el grupo más fuerte pero también el  más atrasado e inculto. Y de ese trauma histórico habría nacido el “cainismo” español, su tendencia a la guerra civil, etc. Es obvio que Castro partía de unos conocimientos parciales y mediocres tanto sobre la Reconquista –como le reprochó y demostró Sánchez Albornoz– como sobre otros países europeos próximos, en los que podría encontrar ejemplos de cainismo y guerracivilismo mayores que en España; por no hablar del Magreb o Marruecos, donde las guerras civiles han sido un dato histórico casi permanente. La idea caló en algunos ambientes porque cultivaba mitos de “tolerancia”  muy en boga, por fuera de la realidad histórica que estuvieran.    Pero lo significativo es que, a pesar de la evidencia histórica,  los enemigos de la Reconquista han ganado muchos puntos en la universidad, la política y los medios de masas, hasta el punto de que el uso de la expresión se ha convertido en tabú en numerosos departamentos de historia e institutos, incluso con prohibición expresa de usarlo a los alumnos. La aversión va desde el ataque y prohibición de la palabra, hasta la admisión del fenómeno histórico, pero conceptuándolo como nefasto. Uno de los periodistas más influyentes en los últimos decenios. J. L. Cebrián, ha calificado a la Reconquista de “insidiosa”, un calificativo extravagante pero en todo caso muy negativo. Los ejemplos podrían multiplicarse. En museos, monumentos, etc., se exalta la impronta musulmana y se denigra o exhibe con indiferencia la cristiana. Los políticos islamófilos –y generalmente tan incultos como corrompidos, esta es una realidad realmente deplorable y temible— acosan en lo que pueden la herencia cristiana, tratando de hacerla “laica”, como en la catedral de Córdoba, no persiguen las numerosas y crecientes agresiones contra iglesias y personas católicas mientras exhiben su preocupación contra lo que llaman islamofobia  y favorecen la inmigración de unos musulmanes que no han olvidado a Al Ándalus. Cualquier reivindicación del pasado histórico real de España es desacreditada como “fascista” o “facha”.  La fobia a la Reconquista  ha ido adoptando tonos cada vez más agresivos, como los incidentes y  manifestaciones contra el aniversario de la toma de Granada. Esa fobia viene casi siempre unida a la exaltación de un islam repleto de tolerancia y  perfecciones culturales,  por lo demás puramente imaginario.    Entre otros muchos comentarios y denuncias a tal fenómeno cabe espigar esta del  escritor y periodista César Alonso de los Ríos, en un artículo titulado “Don Julián, hoy”,  denunciando el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Para ello utilizaba la figura del conde Don Julián, que según la leyenda facilitó la invasión musulmana, reivindicada por el escritor Juan Goytisolo, discípulo de Américo Castro.   Dicho de forma esquemática, la idea básica es que en la invasión árabe ganaron los buenos y en la Reconquista ganaron los malos. Goytisolo fue el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: “la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad… Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual”.  No deja de ser significativo que la aversión, a veces odio abierto,  a la Reconquista coincida hoy con la ideología LGTBI, con los separatismos que aspiran a disgregar a España, con complacencias hacia ciertos terrorismos, y tendencias similares.   No cabe duda de que se trata de un fenómeno llamativo, por el cual gran número de descendientes  de los reconquistadores, influidos por políticos e intelectuales diversos, infaman a sus antepasados, exaltan a sus enemigos, niegan las más obvias evidencias históricas y se muestran hostiles o indiferentes a su propio país, su cultura e historia. Entender este curioso fenómeno exige remontarse, como dije,  a la gran quiebra moral  del  “Desastre del 98″. Una derivación del Desastre fue el llamado regeneracionismo, que propugnaba “echar siete llaves al sepulcro del Cid” o calificaba la historia de España, desde los visigodos, como “anormal”, “enferma” (Ortega), explicaba la época de mayor influencia del país, posterior a la Reconquista, como “un imperio de mendigos y frailes aliñado con miseria y superstición” (Azaña). Etc. Aquella sarta de disparates malintencionados  dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional   
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El valor de la vida y su criterio

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Dom, 2017/08/13 - 20:38
–No eres sincero al decir que Sonaron gritos… no contiene ninguna tesis. De ser así, no valdría siquiera la pena escribirla. Sería como aquel teatro del absurdo, que quería mostrar el sinsentido de las cosas. Si realmente no tienen sentido, no hay nada que mostrar ¿no? ¿Para qué escribir una novela, entonces?Eso me parece también. Además, ¿por qué empezar y terminar con esas escenas de muerte y asesinato? Su novela podría versar, vamos a decir, sobre un joven que durante esos diez años de guerra y convulsiones, se las arregla para vivir su vida al margen de todo ello y sin ningún acontecimiento “emocionante”. Eso podría resultar aburrido, aunque hay autores que consiguen hacer entretenido el aburrimiento. Pero entonces, los sucesos de su novela ¿no serían simplemente un truco para provocar emociones, sin ningún objetivo, sin ninguna tesis, solo por motivos comerciales, para impresionar a la gente y que la compre? Hay mucha literatura así. ¿No es una especie de tremendismo innecesario? –Vamos por partes: la novela gira en torno al destino y al valor de la vida. Todas lo hacen de un modo u otro. La literatura desciende directamente del mito, y el mito eso es lo que hace. Los amigos, en la novela, se preguntan sobre el sentido de lo que hacen, del mundo, filosofan, pero, claro, no llegan a nada preciso. Los filósofos llevan siglos haciendo esos ejercicios sin conclusión definitiva y  a pesar de ello esos ejercicios son necesarios. Pero junto a la filosofía está la acción, que impone sus propias exigencias y su propia lógica, que nunca llegamos a entender bien. En un momento dado, en Rusia, un oficial se enfada con Alberto y Paco porque están dando vueltas a las justificaciones de la guerra y los motivos del adversario, y uno de ellos replica que es bueno pensar esas cosas siempre que no interfieran con lo que hacían: habían ido a Rusia, sabían a qué y a lo que se exponían, no había vuelta atrás ni remordimiento. Lo que discutían, ¿era entonces un simple juego intelectual vacío? Creo que no. Era el contrapunto que da a la acción una dimensión distinta de sí misma. La tesis de la novela, si os queréis poner así, es que la acción, la vida sigue su rumbo en gran medida ajeno a los deseos y pensamientos y a las mismas acciones de los hombres, porque estos no pueden prever sus consecuencias o solo un poco. Y a pesar de ello, la acción y el pensamiento deben tener un sentido, no pueden ser absurdas.  Los moralistas lo “encontrarían” enseguida, pero, claro, sus soluciones resultan casi siempre convencionales y empobrecen el relato. Lo diré de otro modo: imaginad que existe el más allá y que después de la muerte hay que dar cuentas de la vida terrena. Probablemente nos llevaríamos una gran sorpresa viendo que los criterios con que nos hemos justificado aquí serían diferentes de aquellos otros criterios con que nos juzgasen.    –Me parece algo confuso, pero está la cuestión del tremendismo. Su novela empieza y termina con actos en cierto modo tremendos. ¿Por qué? ¿Para provocar emociones fuertes? Existen novelas muy distintas, introspectivas, etc., y un buen escritor sabe sacarles partido y hacerlas interesantes aunque la acción sea anodina. Yo no veo esa confusión que usted dice, en todo caso una confusión que refleja la de la propia vida y que debe quedar a su vez reflejada en la novela. Claro que pueden hacerse grandes novelas sobre vidas  más bien anodinas y convencionales, solo hay que recordar las de Proust, o a Madame Bovary, o las de Valera… Y hay muchísima literatura de acción tan trepidante como banal, aunque una novela de acción o aventura no tiene por qué ser banal. Ahora bien, una novela con mucha acción, como es la mía, no fue concebida así en absoluto por motivos comerciales. La acción parte de un suceso real al principio de la guerra civil y se desarrolla en consecuencia durante los años posteriores. Los personajes obran así en parte por las circunstancias, en parte por identificación con el bando nacional u odio a lo que ven en el Frente Popular, aunque eso queda un tanto desdibujado,  y en parte porque  son hombres de acción. Pero no los clásicos tiratiros sin casi nada en el cerebro. Son personajes complejos, Aquilino Duque los ha comparado con “claroscuros dignos de novela rusa”, no sé muy bien qué quiere decir, pero más o menos se entiende.      Lo del tremendismo se opone a la tragedia y a la épica. En Cela consiste en jugar con aspectos brutales y personajes sin verdadero relieve, porque él tiene la tesis de que los hombres actúan determinados por las circunstancias sociales, con lo cual se difumina su individualidad y vuelve la acción cenicienta, por así decir, grisácea, sin gracia. Pero el Pascual Duarte  creo que es la novela española más traducida después del Quijote. Eso revela que no deja de ser una obra importante y que en el extranjero la han visto, bien como un reflejo de la España “real”, incluso de la España “franquista”, o bien como una profundización en la condición humana. Pero no es mi punto de vista, claro. –Es verdad que el libro tiene algo de mítico al estilo griego, y ya te he oído decir que sin embargo nada que ver con el freudiano “matar al padre”. Pero si tuviera esa explicación, al menos habría una coherencia. Resulta que el protagonista se encuentra finalmente con el hombre, bueno, uno de los hombres a los que va a causar la muerte, y descubre que es su padre real. Lo encuentro un poco traído por los pelos, un poco inverosímil. – Lo ves así porque conoces poco de la época. Por eso algunos creen inverosímil que alguien estuviera en la guerra civil, en Rusia y luego contra el maquis. O que en el maquis hubiera algunos que habían luchado en Rusia al lado de los partisanos, pero los había. Y resulta que en el padre de Alberto hay un paralelismo. Se trata de un obrero anarquista que evoluciona al comunismo –pasó en bastantes casos—y que ha tenido una carrera muy parecida a la suya, pero en el bando contrario, y también en Rusia. Alberto descubre este parecido en la trayectoria vital, que le impresiona, y le impresiona aún más el encontronazo, casi físico, con el hecho de que él, Alberto,  no habría llegado a existir siquiera de no ser por aquella persona a quien tiene muchas razones para odiar. La agudísima impresión del destino, de la imposibilidad de penetrar en su sentido, es lo que le hace abandonar definitivamente aquella vida. No se arrepiente, simplemente la abandona y se abandona. Además, su amigo Paco ha muerto en los Balcanes y ya no tira de él. Por consiguiente elige una vida anodina, al menos si la comparamos con la anterior, al lado de Carmen y como profesor. ¿Está satisfecho con ella cuando, ya viejo, decide recordar y escribir sobre su juventud? Afirma haber sido feliz con Carmen, ser con ella  “una sola carne”. Pero queda cierta inseguridad, remarcada por su evidente insatisfacción con respecto a sus hijos. ¿Qué vida fue mejor, según su criterio,  cuál tiene más valor, la de su juventud violenta y azarosa, con tanta muerte por medio, o la tranquila, burguesa, productiva y pacífica posterior? No expongo en la novela la duda, pero creo que queda bien implícita. 

  

 

 

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Algunos estoicos

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Dom, 2017/08/13 - 07:57

De Nueva historia de España:

“En Cicerón, el ideal estoico se fundaba en la virtud y la razón, o en la virtud como expresión de la razón, expresión a su vez de la naturaleza, del logos divino implícito en el mundo. Propugnaba al hombre dueño de sí, imperturbable por los avatares de la vida gracias a su fortaleza de espíritu fundada en la razón virtuosa. La libertad consistiría en evitar las pasiones y vivir de acuerdo con ese “logos” que determina nuestro destino, pues necesariamente todo ocurre según el plan de la naturaleza, excluyente del azar. Ese orden se manifestaría en un derecho natural subyacente a las leyes accidentales, e implicaría una igualdad esencial entre los humanos (cosmopolitismo)… Los males vendrían de ignorar ese orden cósmico, que los estoicos creían conocer    La crítica a los dioses mitológicos, de conducta contradictoria y a menudo inaceptable moralmente, había expandido el escepticismo, incluso el ateísmo. Cicerón veía el escepticismo como un mal, por lo que  recurrió a argumentos pragmáticos para justificar la creencia en la divinidad: no puede ser un error cuando la comparten todos los pueblos, y sin esa creencia la sociedad se descompondría. Con lo cual invertía insensiblemente el argumento metafísico: ya no es la “existencia” de la divinidad la que da sentido a la vida y a la razón humana, sino que esta crea a su conveniencia a la divinidad y le da sentido. Cicerón tendía a rechazar la pluralidad de dioses, mientras que la sociedad romana no cesaba de adoptar otros nuevos traídos de los países conquistados(…)    También el epicureísmo cundía entre las capas intelectuales y políticas. En Lucrecio venía a ser un hedonismo refinado y ateo: concreta el sentido de la vida en la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento. Parece una teoría clara, casi evidente, pero ofrece dificultades (…)    Horacio desconfía del logos cósmico: la religión no ofrece consuelo, “la piedad no detiene las arrugas ni la vejez inminente ni la implacable muerte”, y expresa la angustia dolorosa del transcurrir del tiempo y el fin inevitable.  “No quieras saber, es peligroso, lo que los dioses te reservan (…) Limita a un breve espacio tus grandes esperanzas. El tiempo envidioso se nos escapa, aun mientras hablamos. Cosecha el día  (carpe diem) y fía poco en el mañana”. No hay en ello mucho consuelo ni alegría de vivir y, como observaba melancólico en otra oda, “polvo y sombra somos”, otra de sus frases tomada para siempre por la literatura (…)    Séneca desarrolló con cierta originalidad el estoicismo griego… Admitía la religión oficial por respeto a la ley, no por creencia, y de hecho despreciaba el politeísmo y la superstición con argumentos que habían de emplear los cristianos: el culto a los dioses sustituía el amor por el temor, y sus ritos constituían más bien un ultraje. Tiende a un monoteísmo peculiar, con exclusión de oraciones y súplicas: Dios protege al hombre sin necesidad de ellas, y al hombre sabio le basta  obrar conforme a la razón. Dios sería “el alma del universo, accesible al pensamiento y no a la vista”. Podría llamársele Naturaleza, “porque de ella nace todo”; o Mundo, porque él es “el todo con sus partes y se sostiene por su propio poder”; o Destino, porque este es “la serie de causas que se encadenan y la primera de todas las causas, de la que siguen las demás”. Contradiciendo su idea de que el Mundo se sostiene por su propio poder, llega a considerar a Dios separado del universo, al que gobierna.    Una derivación sorprendente de sus argumentos afirma que el hombre sabio, obrando según la razón, está libre de todo temor, como Dios, del cual solo difiere en no ser eterno. Más aún, el hombre, por su valor ante la adversidad, puede incluso superar a Dios, que no sufre esas asechanzas. Séneca desdeña la metafísica como una quimera: la tarea filosófica debe ocuparse del hombre, para hacerlo firme y valeroso ante los males que le cercan, capaz de despreciarlos y triunfar moralmente sobre ellos. Aceptando que su ideal es prácticamente inalcanzable, lo propone como orientación justa  (…) Los únicos males y bienes reales son de tipo moral, y no  hay que temer ni desear  ningunos otros”.    Marco Aurelio  ve al hombre como parte de un Todo (Dios, el Uno, la Naturaleza, la Razón, la Ley…) que le sobrepasa absolutamente, como ínfima porción de la materia universal, del tiempo infinito y del destino.  Los seres y los hechos están entrelazados, en constante cambio y en una armonía esencial. El hombre que comprende esta realidad, la fugacidad del tiempo y la memoria, la precariedad de la vida, se adapta racionalmente a la ley de la naturaleza, vive en armonía con el Todo, atiende al presente y no se angustia por el pasado o el futuro. El miedo a la muerte brota de la impresión del aniquilamiento, pero el sabio entiende que este no existe, pues la muerte es solo un cambio dentro de la marcha del universo y dentro de la eternidad  todas las cosas se reproducirán una y otra vez en formas semejantes. La consideración del Todo, entiende el emperador filósofo, nos induce a moderación, a rehuir las pasiones, a la benevolencia; el hombre guiado por la razón “es al mismo tiempo tranquilo y resuelto, radiante y firme”. Su moral es individual porque solo se puede juzgar el bien y el mal en lo que depende de nosotros y en nuestra propia conducta; no obstante, el criterio individual debe armonizarse con la sociedad y con el Todo (…).    La virtud preconizada y en general practicada por Marco Aurelio tiene, sin embargo, difícil asiento en la naturaleza, pues esta parece ajena a la moral e integra todos los comportamientos humanos, los que solemos considerar mejores y peores. “Quienes han llevado una vida de implacable enemistad, sospecha, odio… ahora están muertos y reducidos a cenizas”. Cierto, igual que quienes habían hecho el esfuerzo de vivir en la virtud, como podría haber recordado Horacio (…).    Su muerte le impidió comprobar esa ambigüedad básica del Todo tras haber cometido el peor error de su vida, el nombramiento de su hijo Cómodo como sucesor. En principio era una buena elección: Marco Aurelio le había aleccionado desde la niñez, y durante los tres años últimos de su vida lo había asociado al poder, a fin de proporcionarle experiencia. Cómodo llegó al imperio apenas salido de la adolescencia e invirtió resueltamente la política de su predecesor. Entre la concepción estoica del gobernante  como servidor de la comunidad y el principio de que sus decisiones  constituían la legitimidad legal y moral optó por lo segundo. Era la vieja querella  presente también en el conflicto entre Confucio y la escuela legista, o en el mito de Antígona.  Así, Cómodo se presentó como fuente de la ley, la moral y la religión, se divinizó como reencarnación de Hércules e hijo de Júpiter e hizo cambiar el nombre de Roma por el suyo propio, atacó al Senado y derrochó sin tasa el dinero del Estado para atraerse al pueblo mediante fastuosos juegos de gladiadores y similares (…) Sin embargo, al invertir la política de su padre no podría decirse que contrariase a la naturaleza, pues sus actos formaban parte necesariamente de ella… como también las conspiraciones que culminaron en su asesinato”. (De Nueva historia de España: la romanización)   
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“Sonaron gritos…” Conversación de café

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Vie, 2017/08/11 - 20:51

  

–Ud se presenta en las redes sociales como historiador, novelista y analista político. Pero solo ha escrito esa novela Sonaron gritos y golpes a la puerta… – También me atribuyen otra, yo creo que con bastante razón: El erótico crimen del Ateneo. Es una parodia de novela negra. Pero aunque solo fuera una, es suficiente. Otra cosa es que sea buena o mala, eso no puedo decidirlo yo. Pero creo que original sí es. – Debe de ser imposible o casi escribir una novela realmente original a estas alturas. Deben de haberse escrito millones de novelas con todos los temas y tramas posibles, y cada año, solo en España,  se escriben cientos o miles, y no creo que haya nadie que las lea todas, o siquiera una parte importante de ellas. ¿Cómo puede decir que es original? Además, su novela, que yo sepa, no ha tenido repercusión mediática. – Ciertas las dos cosas: nadie puede leer todo lo que se escribe en un año, solo eso ya le llevaría la vida entera o más. Y cierto que mi novela no ha tenido apenas repercusión mediática. Siendo buenos podríamos pensar que, precisamente por ser tanto el material publicado, solo una parte mínima de él puede acceder al privilegio de recibir reseñas y críticas en los medios, por lo que mi novela estaría entre las del montón. Y siendo malicioso, cabe sospechar que ocurre lo mismo que con mis libros de historia, rodeados de un silencio sepulcral en casi todos los medios, a pesar de que son libros innovadores, como señalaba Stanley Payne: yo no escribiría un libro de historia para repetir lo archisabido con más o menos detalles particulares. En todo caso, mi novela no es “del montón”. Es más, yo creo que no ha recibido atención no solo por venir de un servidor, sino precisamente porque choca un tanto en el medio literario actual. Los críticos habituales no acaban en clasificarla y eso les repele. Ha sido reseñada en diversos blogs de internet, nada más, siempre con “muy buenas calificaciones”. – Dejémoslo así. ¿En qué consistiría su originalidad? – Para empezar, si usted repasa los suplementos culturales o literarios de los últimos cuarenta años se asombrará de la enorme cantidad de “obras maestras” literarias que se han producido y  de las que nadie se acuerda. Pero ahora mismo, antes de que usted y mi amigo llegaran,  estaba leyendo la presentación de novelas para el verano. Son muchas, pero prácticamente todas  tremendamente banales. Le leo: “Una novela sobre el amor, sobre la necesidad de que cada cual edifique su vida a partir de lo que tiene…” “Cinco amigas, un viaje a Fiji y un nuevo comienzo…” “Daniel Sullivan y Claudette Weiss son una pareja atípica: él es de Nueva York y tienen dos hijos en California, pero vive en la campiña irlandesa; ella es una estrella de cine…” “Un nuevo y extraño enemigo ha irrumpido desde las estepas y lo arrasa todo a su paso. Nadie sabe quiénes son ni de dónde proceden. Ningún historiador, ningún geógrafo los ha descrito antes…” “Una novela que consigue trasladarnos a la Barcelona y al París del siglos XIX, llena de personajes ficticios y reales…” “Un joven degusta las mieles del abandono erótico en un triángulo fogoso del que solo la juventud posee el secreto…” – Vale, vale, sí puedo estar de acuerdo con ud en que no vivimos precisamente una gran época literaria, aquí ni fuera. Pero no me ha contestado. –Bien, mi novela puede describirse en varios planos. El más íntimo y por así decir esquelético es este: un adolescente, Alberto,  contempla el asesinato de su padre y el apresamiento de su madre y hermana, que seguramente serán también asesinadas. Consigue huir y en compañía de un amigo piensa vengarse del asesino, pero este se sitúa pronto en una posición inalcanzable para ellos. Diez años después, de manera inopinada, lo tiene a su alcance y le ocasiona la muerte, después de llegar a saber que es realmente su padre biológico. ¿Conoce alguna novela, por lo menos novela actual, con esta trama o parecida? – Así, de pronto, qué le voy a decir. No se me ocurre… –El asunto no es caprichoso. Alguien ha dicho que tiene algo de tragedia o de mito griego, una cosa muy ajena a la tradición literaria española. El relato parte de un trauma brutal y termina con otro, y va subtendido por una trama amorosa, y este es otro plano de la obra, y creo que también muy poco frecuente en la novelística, no solo española: una hermana de su amigo, Carmen, está enamorada de Alberto, que tiene hacia ella una actitud digamos neurótica. No es que se aleje de la chica, siempre a medias, porque esté obsesionado con vengar a su familia. Nada de eso; pero por efecto del asesinato se aleja de la sociedad normal, rechaza la vida familiar que representa Carmen, y como resultado inconsciente del trauma de aquel crimen, busca en la acción y el peligro una vía de escape, junto con su amigo, Paco, que se le parece pero es mucho más acentuadamente hombre de acción y sin neuras. Por lo tanto, los dos colaboran con la Quinta Columna en Barcelona y de paso procuran lucrarse con la evasión de perseguidos por el Frente Popular. Tras un intermedio de tedio en Madrid, llegada la paz, los dos van a Rusia, a la División Azul, donde los amigos se separan tras otro episodio amoroso que termina muy mal. Y finalmente, tras la muerte de Paco que se queda en Rusia, Alberto se introduce en el maquis por cuenta de la Falange, sin ser falangista, para desarticular unas partidas. – Un acción, me parece, poco verosímil y excesivamente violenta. – Se equivoca. Hubo por entonces bastantes que participaron en la guerra civil, en la campaña de Rusia y contra el maquis, alistándose allí donde hubiera acción y peligro de muerte. ¿Por qué? Podríamos pensar que en el caso de Alberto, y este es un nuevo plano, se trataba de una huida de Carmen y en el fondo de sí mismo y  todo lo que Carmen representaba, a pesar de sentirse atraído por ella. Vuelvo a decirle: ¿conoce alguna novela con estos digamos planos en la literatura actual? – Hoy la literatura me parece que  va más por terrenos psicológicos y por vidas más normales… o más anormales. La literatura de acción y aventuras es casi siempre superficial y tosca, para adolescente más bien. – De nuevo va usted mal si piensa en una simple novela de aventuras y de acción.  Observe esto, o hágalo cuando lea la novela, si le apetece: el trauma inicial empuja a Alberto a una vida al margen de la sociedad; y el trauma final, descubrir que ha causado la muerte de su padre real, vamos, de su padre biológico, aunque difícilmente podríamos llamarle su padre real, vamos, ese nuevo trauma,  no menos brutal, le introduce definitivamente en la vida normal de la que huía. Acepta la vida familiar, quizá anodina, tampoco lo sabemos, productiva en un sentido corriente, al lado de Carmen. ¿Tiene esto coherencia psicológica? Yo diría que sí.  –  Ahí no le puedo decir  nada. Las novelas en su mayoría tratan de personas corrientes y sus problemas psicológicos, o bien de aventuras un poco forzadas, ahí le doy la razón. O con ese tremendismo y truculencia que gusta tanto en la literatura norteamericana y en otras por imitación… Sus personajes, los de su novela son desde luego anormales. – Pero no he querido dar soluciones moralistas o aleccionadoras. Así que no sabemos si su vida con Carmen constituye una liberación o no. Él se hace profesor de filosofía en una universidad, en parte  por inclinación, en parte por recuerdo de su amigo Paco, con quien desde casi la infancia solía sostener todo tipo de discusiones filosóficas. Carmen les llamaba “filósofos de perra gorda”, porque sus problemas le aburrían. Pero, falto del estímulo de su amigo, su carrera universitaria es gris,  habiendo perdido la frescura de las cuestiones y limitándose a repetir lo que está en el programa, por así decir. ¿Ha acertado al cambiar de vida? No queda claro. Ello coincide además con la entrada de España en un período más anodino después de las luchas anteriores. – Creo que su novela ha sido clasificada como histórica. –No, para nada. Es una novela sin más, aunque se desarrolla claramente en una etapa histórica muy definida, este es otro plano del asunto, sin más.  Observe que la  nueva vida del protagonista se cimenta en  la negación y olvido de sus avatares anteriores, una negación quizá neurótica. Es siendo anciano, muerta Carmen, cuando se percata de que quizá la etapa más valiosa de su vida ha sido aquella de juventud, extremadamente violenta, que ha dejado voluntariamente  en el olvido durante tanto tiempo; pero tampoco está seguro de ello, ¿quién sabe en qué consiste el valor de la vida? Se dará cuenta de que dista mucho de ser una novela católica, o ideológica, en las que siempre queda clara, aunque sea implícitamente, una solución moral. Literariamente, eso no funciona bien. Como autor, no doy una solución, tampoco la conozco. Y el anciano pasa revista a sus tres hijos, a quienes no ha contado casi nada de sus viejas peripecias, cosa por otra parte común en las familias de derecha, que querían olvidar la guerra. Dos de ellos, chico y chica,  se han convertido en “ejecutivos agresivos” muy típicos y tópicos, y el tercero, el más querido, se había hecho comunista en la universidad le había dado muchos disgustos, había  huido al extranjero. A la muerte de Franco había vuelto, había intentado hacer carrera en el PSOE, como tantos ex comunistas, pero su espíritu no es el del trepador y termina en un instituto  como profesor de matemáticas, amargado y mediocre.  Vuelvo a preguntarle: ¿se trata de una novela original o no? – Supongo que sí, pero me extraña que no sustente ninguna tesis. – No hay una tesis explícita. Ni tampoco implícita, al menos claramente. Creo que la vida no se sustenta en tesis, por eso todas las obras literarias de tesis naufragan. Vamos, en mi opinión.
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Felicidad y moral (IV) la sexualidad

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Jue, 2017/08/10 - 18:40
De manera directa o indirecta relacionamos estrechamente la felicidad con el placer y la desdicha con el displacer. Por eso parece poco clara la relación entre virtud y felicidad, ya que el cultivo de la virtud suele ser fatigoso y a veces enfrenta al individuo con el medio social que aprecia poco los ejemplos virtuosos, como en el ejemplo del Evangelio. En esta línea encontramos que el placer físico más intenso es seguramente el placer sexual, por lo que en principio podríamos identificar la felicidad con la sexualidad. Y, en efecto basta  para ello comprobar la inmensa masa de producción artística –desde canciones populares a relatos, poesía, música, pintura, etc.,– que trata la felicidad desde el punto de vista de la relación sexual, o a la inversa.  La expresión  del placer sexual se utiliza a su vez como imagen de otras manifestaciones  como el éxtasis religioso. Sin embargo nadie o casi nadie habla de la prostitución o de la masturbación o de la práctica ocasional como muestras de felicidad, sino más bien de lo contrario, como algo decepcionante y “sucio” en un sentido que podría analizarse. Más bien se entiende la felicidad como amor sexual o sexualidad amorosa,  que en algunos extremos encuentra el ápice en la sensación misma de amor, sin su consumación física (como en Dante).  Del mismo modo el arte ha tratado en innumerables obras la desdicha íntima de un amor sexual no logrado. Se dice que el amor sexual es amoral, pero desde luego no es así. Como decíamos, la sexualidad está ligada a la reproducción de la especie, lo cual importa por lo  mucho que difiere de la nutrición, referida solo al mantenimiento de los individuos. Así como los actos  y medios de obtener la nutrición son claramente conscientes y racionales, los sentimientos y actos que produce la sexualidad parecen provenir de una fuerza ajena al individuo, son muy difíciles de controlar, y la satisfacción, no solo física, que producen, la relacionamos con la idea de felicidad más que cualquier otra actividad humana. ***************** Dicho de otro modo:  “Qué importancia tiene el dato de si la palabra Reconquista se usó en uno u otro momento? Lo importante es si se adecua al fenómeno que describe. Aquí estamos usando  constantemente expresiones como “Edad Media” referentes a un tiempo histórico, cuando los europeos de la época no tenían la menor idea de vivir en esa época. Pero, a diferencia de Reconquista”, el término “Edad Media” es una solemne estupidez en su perfecta inadecuación. Todas las edades son medias y antiguas con respecto a otras. Y todas contemporáneas y modernas con respecto a sí mismas. Pero a nadie se le ocurre decir que “la Edad Media es un mito” porque la expresión sea disparatada. El nivel de la universidad española, excepciones de rigor –pocas– aparte.
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RICOLFI

«Nella storia della cultura occidentale il politicamente corretto è stato il modo nel quale una parte politica, la parte progressista o liberal, ha preteso di stabilire come le persone dovessero parlare e, per questa via, che cosa dovessero pensare» (Luca Ricolfi, «Sinistra e popolo», Longanesi).

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La Reconquista, ¿mito o realidad?

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Dom, 2017/08/06 - 19:21
   En 711 una invasión procedente de África empezó a transformar profundamente el panorama político y cultural de la Península Ibérica. Hasta entonces Hispania o Spania, era un estado de religión cristiana, lengua y derecho latinos, integrado en la civilización eurooccidental como uno de los reinos más consolidados surgidos del derrumbe del Imperio romano de occidente.  A partir de entonces se iría imponiendo una nueva cultura: religión islámica, lengua árabe, derecho musulmán o sharia e integración en una civilización asiático-africana. España desapareció para convertirse en Al Ándalus.    No era la primera vez en la historia en que la Península ibérica, por su situación geográfica, estuvo muy cerca de entrar en el ámbito africano-oriental. Lo mismo había ocurrido cosa de diez siglos antes durante las guerras entre Roma y Cartago. La península había quedado incluida en el área de influencia de Cartago,  una potencia justamente africana-oriental, y de no ser por la victoria de Roma en la II Guerra Púnica su destino habría sido muy otro que el que conocemos. La disyuntiva quedó resuelta  entonces con bastante rapidez,  aunque después le costase a Roma largos y penosos esfuerzos por imponerse en Iberia. Y esa disyuntiva que, por simplificar, podríamos definir como “o África o Europa”, volvió a plantearse  a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, de apariencia definitiva.    España, pues, desapareció, pero no del todo. Muy pronto surgieron en las regiones más inaccesibles del norte de la península reductos que reivindicaban, desde el principio o desde muy pronto, la España “perdida”. Y cerca de ocho siglos más tarde,  los descendientes de aquellos rebeldes del norte tomaban el reino de Granada,  último bastión islámico en Iberia. La lucha había sido muy prolongada,  llena de altibajos y alternativas, períodos de paz y de guerra abierta, y finalmente la península volvía a llamarse España, con una cultura cristiana, romana e integrada en la civilización eurooccidental. Dadas las circunstancias de aquella larga pugna, lo más probable habría sido que la derrota del islam  se hubiera acompañado de la dispersión de la península en varios estados y naciones poco amigas entre sí, al modo de los Balcanes. Pero terminó unida, con la excepción menor de Portugal, lo que no deja de ser un dato revelador, aunque sorprendente.      A ese largo proceso se le ha llamado Reconquista, y el nombre  ha originado un sinfín de discusiones. Muchos han puesto en duda la existencia de tal cosa, tachándola de “mito”. Ortega y Gasset, por ejemplo, dice que un proceso tan largo no puede ser llamado Reconquista, aunque no explica por qué su duración lo invalidaría. Otros (Olagüe) niegan incluso la realidad de una invasión islámica suponiendo que una gran masa de españoles se habría convertido pacíficamente al islam.  Otros insisten en que lo que realmente hubo fue la formación de varios reinos “cristianos”, en general enemigos entre sí y sin la menor idea de un propósito común de volver a formar España. Los historiadores Barbero y Vigil han sostenido que los reinos cristianos no reconquistaron nada, sino que utilizaban el recuerdo del reino visigodo para inventarse una legitimidad ficticia. De hecho, en numerosos departamentos de historia, y entre políticos y periodistas, el término “Reconquista” es denostado o incluso prohibido a los alumnos. Recientemente Peña, un catedrático de historia, ha sostenido que el término Reconquista es ilegítimo porque no se usó en la época sino a partir de principios del siglo XIX, para legitimar la ideología de una nación antes inexistente. Así, critica a Sánchez Albornoz por decir que Pelayo empezó a fundar la nación española, cuando no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos como noción de patria. Para colmo de males, Franco habría utilizado el término nefando, lo que acabaría de desacreditarlo. En resumen, la Reconquista habría sido un mito “nacionalista”, incluso “franquista”, “y sin utilidad alguna para analizar el pasado medieval. Es hora de que le confinemos al lugar que le corresponde: al rincón de los fósiles culturales, donde duermen los mitos gastados el sueño de sus mejores -o más inquietantes- recuerdos”.       Dejando aparte a Olagüe, que se basa en interpretaciones un tanto peregrinas y sin sustentación documental, el fondo de todo el debate puede concretarse en este punto: ¿es el término Reconquista adecuado para definir un proceso histórico? Los hechos indiscutibles son que antes de la invasión árabe la península estaba ocupada por un estado europeo, cristiano, latino, etc; que durante un largo tiempo fue sustituido por otro radicalmente distinto, Al Ándalus; y que finalmente Al Ándalus fue derrotado y expulsado de la península por unos reinos que se consideraban españoles y reivindicaban con más o menos claridad el reino hispanogodo anterior. Y que este proceso se dirimió fundamentalmente por las armas. ¿Cabe llamar  reconquista a este proceso? Obviamente sí, se haya inventado antes o después (también se llama Edad Media a una larga época que nunca se llamó así cuando existió, por ejemplo). Pueden buscarse otros términos, como “reeuropeización”, “recristianización”, “relatinización,  “recuperación”… pero son menos expresivos  y no implican el carácter bélico del fenómeno: a la larga, la victoria de los reinos españoles y finalmente de España, implicaba la desaparición de Al Ándalus, y viceversa.      Una historiografía especialmente mediocre ha gastado enormes energías en crear discusiones bizantinas  buscando cinco pies al gato.  Pero la  discusión terminológica encierra otro problema, también en gran medida bizantino: el de la nación, confundiendo nación con nacionalismo. Peña decide por su cuenta, dogmáticamente, que en tiempos de Pelayo no existía la noción de España como unidad política y menos aún de patria. La realidad es que existía desde mucho antes, desde Leovigildo y Recaredo, como está perfectamente documentado. ¿Era una nación el reino hispanogodo? Depende de cómo se quiera definir la palabra “nación”.  Si la definimos según las ideas de la Revolución francesa, es decir, como un estado cuya soberanía radica en la nación, en el pueblo y no en el antiguo “soberano” o monarca, entonces está claro que no existieron naciones anteriores en Europa. Sin embargo el término, con otra concepción política, es mucho más antiguo. Lo que cambia es el depósito teórico de la soberanía, el nacionalismo aportado por la Revolución francesa. Y posiblemente dentro de algún tiempo la idea teórica de la nación cambie nuevamente, con lo que veríamos a muchos  aficionados a Bizancio sostener que las naciones anteriores eran ficticias, inexistentes. Estos galimatías han dado lugar a ideas tan  estrafalarias como que España no existe hasta la Constitución (nacionalista) de Cádiz, con lo que seguiría sin existir, porque dicha Constitución nunca fue realmente aplicada. Y ello a pesar de que España es abundantísimamente mencionada, dentro y fuera del país, desde muchos siglos antes; y no como definición meramente geográfica, según pretenden algunos, sino claramente cultural y política.       Una definición más clara, más acorde con la historia y menos propensa a disputas verbalistas, explica la nación como una comunidad cultural bastante homogénea y con un estado propio, cosa que existía en la península desde Leovigildo y Recaredo. Hay, por lo tanto, que excluir la idea de que Pelayo y los suyos partían de la nada y sin ningún objetivo político, como si se tratase de las  antiguas tribus astures dedicadas a la rapiña de las tierras adyacentes. Otra idea muy divulgada y poco aceptable es la de que España se forma en la Reconquista, que en tal caso no debería llamarse así. Los reinos que luchaban por expulsar poco a poco a los invasores tenían muy claro el precedente hispanogodo. Indudablemente España tomó forma como comunidad cultural con Roma, y como nación, es decir, con un estado propio, desde Leovigildo. No era un estado “moderno”, claro, pero era un estado bastante centralizado, con leyes propias, ejército, aparato fiscal, etc., y reconocido como tal por otras potencias. Aunque los documentos sobre la reivindicación de la España perdida hispanogoda sean algo posteriores a Pelayo, es difícil creer que no la tenía en mente cuando construyó a su vez un embrión de estado para irlo expandiendo a costa de Al Ándalus.   Sin el precedente hispanogodo, la Reconquista sería muy difícil de imaginar, y lo más probable habría sido que la península se integrase definitivamente en el Magreb o se balcanizase.     La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso negándola. Una tendencia que cobró fuerza en el “Desastre” del 98 y dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional. Esto merece un análisis aparte.
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CRISTIANESIMO

«ARTE E FEDE è un binomio inscindibile che accompagna la Chiesa Cattolica da duemila anni. Nessuna religione ha espresso tanta cultura, tanta arte, tanta bellezza, quanto la religione cristiana. E perché? Perché il cristianesimo è l’unica religione monoteista a non essere ANICONICA (=priva di immagini)». Monsignor Domenico de Toma, Vicario zonale e parroco della parrocchia di Santa Maria del Pozzo a Trani,, cit. da Cristina Siccardi.

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