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Jue, 1970/01/01 - 01:00
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Carta abierta a un separatista / El oro de Moscú / La Reconquista

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Dom, 2019/07/21 - 10:47
nacionalismos vasco y catalan, los-pio moa-9788490550229 Doy por supuesto que mis amables lectores difundirán a fondo e insistentemente,  como siempre,  contenidos como esta carta abierta. Estimado señor:  Empezaremos por un asunto que a usted no le hace gracia, pero que es definitorio: el racismo. Después de la derrota nazi nadie quiere proclamarse racista, pero en el origen de sus separatismos está la idea de ser una  una raza superior. Superior y sin punto de contacto con ninguna otra, decía Arana. Superior y en peligro de contaminarse con los “españoles”, decían Prat de la Riba y los de la Esquerra. Esto está bien documentado, mal que le pese. Me dirá usted que eso ha cambiado y ya no es así. Muy bien, si ustedes no son una raza superior, no se diferenciarán de los demás españoles porque sus diferencias son mínimas, las clásicas regionales, al lado del fondo común cultural e histórico que nos identifica a todos. Pero ¡por supuesto que el fondo de todo su llamémosle pensamiento sigue siendo ese racismo tan peculiarmente necio y ahora disimulado hipócritamente! Si usted renunciara realmente a esa manía, todas sus demás manías de secesión quedarían en el aire. En su empeño en hacerse el diferente, usted da excepcional importancia al idioma regional, declarando ajeno y opresor al común que nos une a todos. Idioma de origen castellano pero hablado y entendido en toda España y al cual han contribuido todas las regiones. Usted pretende que la lengua común se ha impuesto y oprime a su lengua regional. Pero sabe muy bien que es falso. Lo que viene ocurriendo es justamente lo contrario: son ustedes los que tratan de marginar y excluir la lengua común. No voy a entrar en la discusión sobre el mérito de su lengua regional, y menos aún su derecho a hablarla y desarrollarla, pero sí le recordaré el hecho histórico de que el castellano se fue haciendo común por su mayor peso cultural en todos los órdenes, que fue aceptado sin necesidad de guerras por todas las regiones, y que a su desarrollo, literatura y pensamiento  han contribuido todas las regiones. Y que  con él se ha creado uno de los grandes ámbitos culturales del mundo. En su misma región, la cultura se ha desarrollado mucho más en el español nacional que en el español regional.  Y usted pretende privar a sus paisanos de la riqueza que en todos los órdenes supone la lengua común para imponerles la exclusiva de una de mucha menor influencia en todos los órdenes. ¿Y por qué pretenden ese absurdo? Por lo del principio, porque consideran la lengua regional como la propia en exclusiva.  ¿Propia de quiénes? De la “raza superior”, claro. Otro aspecto disimulado de su racismo es su jactancia de ser más ricos que otros españoles. Y esto conviene aclararlo también. Es cierto que en Barcelona y Bilbao surgió una clase empresarial e industrial de cierto fuste por primera vez en España. Y es igualmente cierto que esa clase fue especialmente protegida desde Madrid. Es decir, fue concebida y funcionó como una política nacional de España. Ninguno de esos empresarios era por entonces secesionista, porque, aparte de que ni se le ocurría, sabía bien que su prosperidad dependía del conjunto del mercado español y de la política española.  Esto no tiene nada de particular, todos los países han desarrollado su industria con proteccionismo y en algunos centros particulares, pues sus productos tardan en hacerse competitivos con los de otros países que se han adelantado. Así ocurrió en Usa, Alemania, etc. El problema reside en el grado de proteccionismo. Cuando es excesivo, como  ocurrió en España, crea mercados cautivos que frenan la innovación y la iniciativa empresarial, por una parte, y por otra absorben rentas de otras regiones, obligadas largo tiempo a comprar productos de menor calidad y a mayor precio que los extranjeros. Este problema influyó, por ejemplo, en la guerra de Cuba. En otras palabras, un proteccionismo excesivo, que no se abolió hasta 1960, ha permitido que algunos centros industriales de sus regiones se enriqueciesen perjudicando al resto. Y le recordaré otra cara de la moneda: también absorbieron sus empresas a  gran número de personas de otras regiones, precisamente porque el proteccionismo excesivo las mantenía en mayor pobreza. Es cierto que para esas personas fue una salida, pero no lo es menos que su riqueza regional de ustedes se debe en gran medida, y no debe olvidarse,  a aquellas personas, a menudo explotadas de mala manera. En buena medida, el separatista vivía de ellas y se permitía al mismo tiempo despreciarlas e insultarlas. El desprecio alcanza una cima cuando ahora se jactan ustedes de haberles ofrecido un pan que les negaban sus regiones de origen o bien  ”España”. ¡Qué generosos con los inferiores! ¿Entiende usted todo lo grotesco de ese laberinto de falacias? En fin, usted y sus correligionarios pretenden destruir una de las naciones que más ha contribuido a moldear la historia del mundo, y disgregarla en un conglomerado de pequeños estados como los de la llamada Edad Media, inevitablemente hostiles entre sí, insignificantes en el orden internacional y juguete de intereses de potencias mayores. Ese es el contenido de su programa y no hay otro. ¿Cómo es posible tanta estupidez? Estupidez agravada porque, ante la miseria moral y política de los gobiernos que llevamos sufriendo largo tiempo, ustedes han creído ya fácil cumplir su designio. Quizá le convenga reparar en que ese tipo de gobiernos ha sido bastante frecuente en España desde hace un siglo y medio, y a pesar de ello, todas las intentonas separatistas han fracasado, incluso ridículamente, una y otra vez. España, convénzase, tiene una densidad cultural, histórica y política que no se deja destruir fácilmente, y que debería tener usted muy en cuenta si no quiere provocar nuevas desgracias a un país que ya lleva sufrido bastante de chifladuras como la suya.

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La oposición a Franco en los años 60: su carácter y amplitud https://www.youtube.com/watch?v=9f24L_pMW9c

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El oro de Moscú El nivel de la actual historiografía española se pone de manifiesto en la cuestión periódicamente resucitada del oro enviado a Moscú por el gobierno de Largo Caballero, o más propiamente por tres de sus componentes: el propio Largo, Negrín y Prieto. La cuestión históricamente decisiva es que aquel envío, al margen de cualquier motivación que se haya esgrimido, puso al Frente Popular en manos de Stalin. Simplemente eso. Sin Stalin, el Frente Popular se habría hundido en seis meses a pesar de su aplastante superioridad material de inicio. Pues bien, este hecho está ausente o apenas mencionado en la mayor parte de la historiografía, que prefiere enredarse en aspectos secundarios. El principal aspecto secundario que ha dado lugar a multitud de intervenciones es el del motivo de su envío a Moscú. Sus autores han afirmado que se debió a que las democracias no aceptaban colaborar con el Frente Popular (“la república”, la llaman), a pesar de ser tan demócrata como ellas. Y por ahí siguen muchos historiadores de poco fuste. Al parecer no tienen relevancia hechos como que  Largo, Negrín y Prieto hubieran intentado en 1934 una insurrección contra la república para implantar un régimen de tipo soviético; o que hubieran organizado el fraude electoral de febrero del 36; o que  contribuyesen a crear un clima revolucionario a continuación, y una revolución abierta a partir del 18 de julio de aquel año. En los análisis de esa gente, estos hechos ni se mencionan. Se diría que los tres personajes eran unos buenos  demócratas que solo deseaban que otras democracias los apoyasen y que solo recurrieron a Stalin cuando se vieron sorprendidos por la falta de solidaridad de Londres y París. ¿Es que no sabían lo que representaba Stalin? Hay otros debates de interés menor, como el de la legalidad del envío. Desde luego fue manifiestamente ilegal, pero eso no era nada nuevo en un Frente Popular que en las propias elecciones y a continuación de ellas había pisoteado a conciencia cualquier legalidad o principio democrático.    Por otra parte, los debates secundarios sobre si el oro fue consumido o no, giran sobre problemas sin mayor interés, al no poder comprobarse fehacientemente. Excepto en  un sentido: el Frente Popular gastó, en cualquier caso, mucho más dinero que los nacionales en la adquisición de material en Rusia y otros países, y no fue solamente el oro. Lo cual arruina otra especulación de historiadores lisenkianos que aceptan la propaganda roja, según la cual se había perdido la guerra porque el Kremlin había ayudado poquito en comparación con las masas de armas suministradas a Franco  por Italia y Alemania. Y, repitamos, el efecto histórico mayor y definitivo fue que aquella decisión puso en manos de Stalin los destinos del Frente Popular. Si no se parte de ahí, todo el debate degenera en puros bizantinismos. Por cierto, un asunto derivado es el del arrepentimiento de Largo y de Prieto, pero no de Negrín, por el envío del oro y sus consecuencias. Arrepentimiento que costó a ambos su defenestración política. ¿O no tuvo nada que ver una cosa con la otra? ************

la reconquista y españa-pio moa-9788491643050

 He  expuesto (http://www.piomoa.es/?p=10595) razones por las que mi libro sobre la Reconquista es innovador y puede considerarse la mejor obra de síntesis escrita hasta ahora al respecto. Claro está que esto no es un dogma y cualquiera puede opinar lo contrario. Pero para ello debería dar asimismo razones y no sustituir estas por calificativos, como suele ser tan frecuente en estos “debates”

 

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FOLLOWERS

«-14mila followers dopo che abbiamo mostrato il nostro “pride”. Grazie». Tradotta dall’inglese suona suppergiù così la scritta sulla foto della Diesel. Con questo post su Instagram la ditta di abbigliamento praticamente dice «grazie di esservene andati» a quelli che non hanno apprezzato la sua posizione pro-Lgbt a livello mondiale. Avrà fatto i suoi conti…

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Dos concepciones de la sexualidad / Viñas, el sanguinario

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Sáb, 2019/07/20 - 09:05
No sabemos por qué, a partir de cierto grado de evolución, los seres vivos se reproducen sexualmente;  ni por qué, al menos en el caso humano, el acto sexual va cargado de un placer más intenso y distinto de cualquier otro, así como de sentimientos también de particular intensidad; ni tampoco por qué el dimorfismo sexual –no solo físico, también psíquico– es tan acentuado en el ser humano, más, probablemente, que en el resto de los mamíferos. Pero sea cual fuere la causa, los hechos son esos.    Dejando aparte la cuestión del amor, podemos deducir de ahí dos actitudes que, llevadas al extremo serían estas: la sexualidad como instrumento de reproducción y como instrumento de placer.  La primera concepción es la tradicional en el cristianismo, que algunas prédicas querían llevar precisamente al extremo, justificando el acto sexual solo si tenía como objetivo tener hijos. La segunda es la que se va imponiendo actualmente, de modo también más extremo cada vez: se trata de utilizar los órganos sexuales para obtener el placer correspondiente, sin relación con la reproducción  ni siquiera con la división biológica en sexos opuestos. Cada una de estas concepciones origina una moral propia.      La primera concepción, aun sin plantearse de modo extremista, relaciona la sexualidad con la reproducción, y al exigir esta un período de cuidados de la prole mucho más larga que en cualquier animal, impone una estabilidad y fidelidad conyugal también muy prolongada, que el cristianismo trata de que sea por vida, lo que se entiende por una familia. La sexualidad debería quedar regulada y ordenada aprovechando los sentimientos  amorosos naturales, el sentido del compromiso, etc., pero puede imponer obligaciones pesadas que reprimen la tendencia promiscua, sobre todo en el varón.    La segunda concepción gira en torno a un placer que puede obtenerse de muchas maneras, por lo que sería normal tanto la homosexualidad como la pederastia u otras formas como el sadomasoquismo, que ciertamente proporcionan placer a sus practicantes, pues de otro modo no se darían. La moral gira aquí, precisamente en torno al placer, y la relación con el otro o los otros participantes no exige más compromiso que ese, generalmente pasajero o muy pasajero, porque “el otro” suele tener necesidades o exigencias no siempre agradables.  La reproducción queda en segundo plano, a menudo como una consecuencia indeseada, según demuestra la masividad del aborto, la disminución de los matrimonio y el aumento de las separaciones y divorcios. Esta concepción se presenta como la propia de la libertad y los derechos humanos.    En fin, dejemos ahí la cosa, de momento.
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Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

Viñas, el sanguinario

   A estas alturas, creerse la propaganda según la cual el Frente Popular era un conglomerado de demócratas protegidos y orientados por Stalin y abandonados ignominiosamente por las democracias inglesa y francesas, requiere no ya de enormes tragaderas, sino de una notable estupidez. Tenemos, no obstante, un “historiador”, Ángel Viñas que no solo se lo cree sino que realiza esfuerzos ímprobos por convencer a la gente de semejante memez.

    El caso de Viñas tiene otra faceta, y es su carácter sanguinario. Está convencido de que Negrín obraba de forma valiente y honorable tratando de prolongar la guerra, con su cúmulo de sangre y sacrificios, para enlazarla con otra peor aún, la guerra mundial. A Viñas los torrentes de sangre que costó y aún costaría más si el designio de Negrín se hubiera cumplido,  no le impresionan lo más mínimo. Por su “democracia” considera que valdrían la pena.   Hace poco el “demócrata” sanguinario Viñas decía que es preciso llegar a un relato único sobre la guerra y el franquismo. Como en la república democrática de Corea del Norte o en la “Alemania democrática”, como la llamaban aquí: el relato de la “memoria histórica”. Hoy tenemos una universidad que acepta estas cosas, y al aceptarlas demuestra su indecencia moral, su totalitarismo político y su irrelevancia académica. Aún así, los Viñas y compañía van a tener más resistencia de la que creen.

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El otro día pasé por la calle Malasaña y por curiosidad busqué dos restaurantes que frecuenté en tiempo de clandestinidad y donde solía quedar con Delgado de Codes, que murió de un disparo de la policía. Uno de ellos el Bolívar, se llama hoy Bolívar-Barbadillo y ya no es barato. El otro La Glorieta, ya no existe, parece un restaurante indonesio.  Siempre me pregunto en qué consistirá el pasado y adónde habrá ido. Lo cito en “recuerdos sueltos” (https://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/flan-con-nata-1276231117.html ), que he incluido en Adiós a un tiempo.

 Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío] https://www.amazon.es/Adi%C3%B3s-tiempo-Recuerdos-sueltos-relatos-ebook/dp/B075L82G5B

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La guerra civil como guerra ideológica / Falsedad del átomo

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Vie, 2019/07/19 - 07:39
Sobre la plaga del feminismo: https://www.youtube.com/watch?v=kCLVsOVtTUE

*El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

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Dada la conflictiva  variedad de intereses presentes en la sociedades humanas, las guerras pueden surgir por objetivos muy variados: territoriales, económicos, políticos,  religiosos, ideológicos, etc., incluso personales. En la práctica suelen intervenir varios, aunque alguno siempre predomina y da carácter al conflicto . Si hubiéramos de definir el de España creo que su carácter ideológico sería el dominante. Grosso modo, una ideología viene a ser una concepción general del mundo, y el choque entre esas concepciones produce un tipo de guerras radicales, parecidas a las de religión. Cada bando piensa que el enemigo no solo le perjudica económicamente, por ejemplo, sino de manera total, siente que su mera presencia destruye todo lo que da sentido  a la vida social y personal, a los sentimientos que le permiten identificarse con su sociedad o sus esperanzas vitales. A estas situaciones se llega generalmente mediante procesos más o menos largos y en gran medida inconscientes para los mismos políticos.   El problema lo vio con claridad premonitoria el editorialista del diario El Sol que en el último día del año 1935 diagnosticó: “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común, ni la idea de patria, ni el régimen, ni las inquietudes de fuera ni de dentro, y mucho menos los postulados de la convivencia nacional”, abiertos esperanzadamente por la república. Recojo con frecuencia esta cita porque define la situación y explica, por ejemplo, la negativa de  Margarita Nelken o de Federica Montseny (entre tantas) a entender como “fratricida” la contienda: no había fraternidad alguna derivada de compartir un país y una cultura, porque las ideas y sentimientos al respecto se presentaban como radicalmente incompatibles. Dado que el término “ideología” se presta a muchas interpretaciones, expondré en qué sentido lo empleo aquí con más precisión del resumido más arriba. El concepto procede de Marx, para quien la ideología consistía en un conjunto de ideas sobre el mundo y la vida humana con pretensiones de valor general pero  creado en realidad para justificar la dominación de un grupo social sobre la mayoría explotada. Siendo esa su función, sus pretensiones explicativas son en realidad parciales y falsas, opuestas a la ciencia. La  religión sería la ideología por excelencia.  En mi ensayo sobre Europa en su historia, he expuesto la cuestión de otro modo: el hombre es en gran medida un misterio para él mismo, y la necesidad de encontrar sentido a su vida y actividad le obliga a depositar fe en algo fuera de su alcance, que les dé ese sentido. La base y sustancia de la cultura europea es el cristianismo, el cual entraña una fuerte tensión interna entre fe y razón o, como a veces se expresa, entre el legado de Jerusalén y el de Atenas. Esa tensión ya dio lugar en la llamada Edad Media  a intensos debates entre los escolásticos, con conclusiones divergentes. Con el protestantismo, la tensión se resolvió a favor de la fe y en contra de la razón, “la ramera de Satanás” en frase de Lutero, socavadora permanente de la fe.  El catolicismo, en Trento, buscó una vuelta a la difícil armonía entre ambos componentes, pero la Ilustración lanzó un nuevo embate contra el cristianismo al privilegiar la razón y someter la fe a un demoledor examen racionalista. La Ilustración afirmaba la creencia en que la razón conseguiría llegar a conclusiones universalmente válidas, necesarias y por tanto de aceptación forzosa para todo el mundo. Esto, sin embargo, no dejaba a su vez de ser una fe, y el resultado no fueron en modo alguno aquellas “verdades universales” sino ideologías diversas y a menudo radicalmente enfrentadas. Considero aquí, por tanto, que las ideologías son concepciones del mundo y del hombre, basadas en la razón, con los correspondientes programas prácticos. O más apropiadamente, basadas en una Razón divinizada y reforzada por la ciencia o un concepto de la ciencia. Las ideologías principales en los dos últimos siglos y medio han sido el liberalismo, el marxismo y, ya en la primera mitad del XX, el fascismo y el nacionalsocialismo. El encontronazo entre las tres daría lugar a la II Guerra Mundial y a una profunda decadencia de Europa. En cada una de esas ideología se aprecian, además, interpretaciones discrepantes y hasta opuestas, de modo que ni siquiera puede decirse de cada una que aporte unas conclusiones unívocas y necesarias. Todas ellas estuvieron presentes en la guerra de España, y  también otras menores, en particular el anarquismo, muy influyente en la contienda civil y en los movimientos que condujeron a ella. Para entender la conducta del Frente Popular y más ampliamente la guerra, será imprescindible, por tanto, examinar el contenido de las ideologías en pugna así sea a grandes rasgos: estudio casi siempre ausente en las historias de aquellos episodios.

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La teoría atomista de Demócrito suele presentarse como  un gran avance en el pensamiento científico, pero en realidad es una composición racionalista contradictoria. Racionalista porque extremaba el hecho de que toda la materia puede ir dividiéndose en “pedazos” más pequeños, por lo que había que llegar a un elemento  indivisible, pues de otro modo no existiría nada.  Sin embargo, el mundo resultante sería una acumulación gigantesca  de átomos iguales,  con un aspecto uniforme y solo diferenciado en tamaños. Como  evidentemente no era así, había que suponer “algo” ajeno a los átomos, que les haría comportarse de maneras muy distintas para originar un mundo tan multicolor y variado, lo cual eliminaba la propia teoría como explicación última. O bien atribuir a los átomos formas, colores y agarres diversos, lo cual implicaba composiciones distintas, es decir, negaba asimismo la propia teoría.      La teoría atomista se ha aplicado también, con pretensiones científicas, a la sociedad. Esta se compondría a su vez de átomos (individuo significa lo mismo que átomo), lo cual daría origen a sociedades perfectamente uniformes, más aún que las de las hormigas.  Hay en las ideologías una especie de nostalgia por  esa igualdad que garantizarían los átomos personales y que visiblemente nunca existió. También las ideologías quieren ser “científicas”. .
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18 de julio. / Colaboración con la ETA /Antifranquismo contra democracia

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Jue, 2019/07/18 - 13:39
Todos los 18 de julio deberían celebrarse  con reuniones, comidas y acciones exteriores como difusión de documentos breves sobre el significado histórico de Franco y gran número de pintadas de “Viva Franco”.  El medio son las asociaciones informales, tertulias o “grupos de afinidad”. Así funcionan en general los movimientos actuales feministas, animalistas y similares. Pero los “franquistas” parecen incapaces hasta de eso, prefieren  combinar la queja con la inacción, o con baladronadas o simplezas ridículas y antidemocráticas que hacen el juego a los otros.  A ver si vamos diferenciando y saliendo de ahí.    Otro ejemplo: dentro de la lucha contra la ley de memoria histórica, los oyentes del programa “Una hora con la historia” deberían tomar a pecho su difusión o la difusión de libros como Los mitos del franquismo. No se percibe casi nada de esto, salvo por un número muy reducido de francotiradores. Quizá piensen que eso de la memoria histórica no tiene importancia. ***********    El juez Pedraz ha rechazado la querella de VOX contra Zapatero por colaboración con banda armada. Con ello realiza un acto más de colaboración con la ETA. Creo que ese juez tiene un historial político harto peculiar, que no recuerdo ahora. ************** El antifranquismo habla en nombre de una presunta democracia, pero nada puede ser más revelador el hecho de que necesita vulnerar los principios más  elementales de la democracia para llevar adelante sus siniestros proyectos. *********** Ayer pasé por la calle Malasaña y por curiosidad busqué dos restaurantes que frecuenté en tiempo de clandestinidad y donde solía quedar con Delgado de Codes, que murió de un disparo de la policía. Uno de ellos el Bolívar, se llama hoy Bolívar-Barbadillo y ya no es barato. El otro La Glorieta, ya no existe, parece un restaurante indonesio. ¿Adónde irá el pasado? Lo cito en “recuerdos sueltos” (https://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/flan-con-nata-1276231117.html ), que he incluido en Adiós a un tiempo. ¿Adónde irá el pasado?

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La Reconquista y la España actual / Madrid, colonia inglesa

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Mié, 2019/07/17 - 18:15
Usted afirma que su libro sobre la Reconquista es el mejor que se ha escrito hasta ahora. –Creo que es el mejor como obra de síntesis.  Por supuesto, hay otros estudios mucho más detallados o mejores en unas u otras partes. De todos modos, usted puede mirar en internet los libros del mismo estilo publicados en los últimos años, y comparar. –Sin embargo, la universidad no le reconoce a usted siquiera como historiador.

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–Ese no es un argumento. En todo caso me hace un honor. La universidad actual se define por  su aceptación de la ley de memoria histórica. Y se define como moralmente miserable, políticamente totalitaria y académicamente infumable. Y no solo porque está dominada por los fulanos de la memoria histórica, sino que sus contrarios carecen del mínimo valor moral para sublevarse contra esa porquería. Esa universidad produce grandes cantidades de material muy mediocre, cuando no de auténtica basura, en letras y humanidades. Y eso es una tragedia porque la universidad viene siendo desde el siglo XII o XIII el espinazo de la cultura occidental. –Bien, ¿y qué hace su trabajo superior a los demás? –En primer lugar, el planteamiento. La Reconquista, que debería estar perfectamente asumida como hecho crucial de la nación, está siendo negada porque se está negando a España en un doble proceso que he señalado mil veces, de disgregación interna y de disolución en la burocracia de Bruselas. No es que se niegue a España porque la historia de la Reconquista sea una falsedad, sino que se niega la evidencia de la Reconquista porque se quiere negar a España. Si no se empieza por entender esto, entender la actualidad política de la Reconquista, lo que se estudie empezará por estar desenfocado y embrollará la cuestión en lugar de clarificarla. – ¿En concreto? –En concreto: España es una nación de lengua latina transformada, de historia cultural muy mayoritariamente romana y católica, de derecho derivado del romano, etc. etc.; cosas que nada tienen que ver con Al Ándalus.  ¿Cómo podría haberse llegado a esto sin la Reconquista? Pues esta reflexión tan elemental no la ha hecho casi nadie, con lo que la polémica –apenas existente– entre partidarios y opuestos a la Reconquista tiende a caer en discusiones inconcluyentes, de detalles o bizantinas. Por otra parte la Reconquista fue enormemente rica en avatares políticos, militares económicos y culturales, enlazados a menudo con lo que ocurría más allá de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar. Por esa misma riqueza es fácil perder el hilo al estudiarla. Piense en los separatismos, que nacen de una mezcla de integrismo religioso, racismo y anhelo de volver a la disgregación supuestamente maravillosa de la llamada Edad Media. Con lo que estamos en un intento de volver atrás el reloj de la historia para balcanizar España en estaditos enfrentados y manejados por potencias exteriores. ¿Ve usted hasta qué punto es importante la Reconquista? ¿Ve usted hasta qué punto es necesario un enfoque claro? Pues es lo que he intentado en mi libro. Hace años surgió la polémica entre Sánchez Albornoz y Américo Castro, de muchísimo interés pero inconcluyente en muchos aspectos. La idea de Sánchez sobre el “temperamento” no es mucho mejor, a mi juicio, que la de Castro sobre las “vividuras” y similares. ************** El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

******************* introduccion a su historia-pio moa-9788490608449

He propuesto la iniciativa de un documental con el título: “Madrid, capital de España o colonia inglesa”? Podría empezar por situar la cámara en algún punto de mucho movimiento e ir enfocando los miles de personas con ropas adornadas por frases, generalmente idiotas, en inglés o por la bandera británica. Es importante señalar las ropas y mochilas de los escolares, donde más se aplica esa política y no por casualidad. Un documental con pocos comentarios y mucha materia visual. Seguramente habrá quienes puedan hacerlo, otra cosa es que quieran.    Sería parte de la campaña sobre Gibraltar. Quiero recordar la necesidad de exponer el manifiesto una y otra vez en internet en wasap o por otros medios. Que permanezca presente durante meses. Este manifiesto se dirige a millones de españoles, por lo que invitamos a nuestros lectores y oyentes a difundirlo por todos los medios, con enlace a este blog (http://www.piomoa.es/?p=10249 ). En una segunda etapa pasaremos a recoger firmas. Se trata de crear una plataforma que ponga en primer plano un problema que es de primer plano, pues afecta íntimamente a la política exterior e interior de España. Un problema ocultado o desvirtuado sistemáticamente  por todos los partidos, con la excepción parcial de VOX. Se trata de si ha de continuar el actual proceso de satelización política y cultural a intereses ajenos, acompañado del desguace del propio país, o de reaccionar contra esas políticas nefastas de una vez y con máxima energía España soporta la única colonia en Europa, una invasión  en el mismo centro neurálgico de su eje defensivo Baleares-Gibraltar-Canarias. El hecho exige una reflexión en profundidad porque los gobiernos españoles, sean del PP o del PSOE, se declaran amigos y aliados de la potencia invasora, caso único en el mundo,  lo que automáticamente convierte a España en un país satélite y sin intereses internacionales propios. Esta posición, que hoy no toleran países del llamado Tercer Mundo, se manifiesta igualmente en intervenciones militares sucesivas bajo mando ajeno, en idioma ajeno y por intereses ajenos. Recordemos las acciones en Yugoslavia o Kosovo contra un país en proceso de disgregación por fuerzas internas y externas, cuando la propia España sufre hoy, precisamente, fuertes tensiones disgregadoras. O las costosas intervenciones sin salida  en Afganistán, un país absolutamente lejano a nuestros intereses. O en  Libia que dejó al país sumido en una guerra civil y un caos que continúa, con cientos de miles de víctimas y de huidos que han agravado las crisis inmigratorias en Europa y en la misma España.  Etc. O la presencia de aviones y tanques españoles amenazando y provocando por cuenta ajena a Rusia, un país con el que no tenemos ningún conflicto como sí lo tenemos, en cambio con el que invade nuestro territorio y que es la  segunda potencia de la OTAN, en estrecha vinculación con la primera. Debe recordarse  que en los años 60, España obtuvo en la ONU una gran victoria política sobre Inglaterra, al reconocerse la obligatoriedad de devolver Gibraltar a España. Dada la arrogante negativa de los invasores  a cumplir la resolución,  el gobierno español cerró la frontera con la colonia, aislándola y convirtiéndola en una ruina económica, con coste político y moral añadido y creciente para los ocupantes. Esta política, que habría dado fruto con el tiempo, fue radicalmente invertida por la casta política actual, que anuló aquella victoria, abrió la verja, multiplicó las facilidades a los invasores y convirtió la colonia en un gigantesco emporio de empresas opacas y contrabando masivo, con cuyas ganancias ejerce una auténtica colonización sobre el entorno –al que ha hundido económicamente– y una  corrupción sistemática sobre políticos, periodistas, abogados y jueces no solo en su entorno andaluz sino en toda España. Gibraltar ha albergado reuniones de grupos separatistas españoles y no hay duda sobre la intención de Londres y la colonia de jugar con los problemas internos de España para mantener a toda costa su ilegal, humillante y parasitaria presencia en el peñón y su entorno. El caso de unas clases políticas que no solo admiten la invasión de su territorio sino que multiplican los gestos de sumisión y zalamerías hacia el ocupante, es quizá único en el mundo. Y no se entiende sin otros rasgos, también únicos,  de esos partidos y gobiernos. Pues ninguna otra nación tolera gobiernos que en lugar de hacer frente a los separatismos disgregadores, los ha alimentado, financiado y promovido durante décadas hasta volverlos extremadamente peligrosos vaciando de estado a dos regiones y creando una situación de golpe de estado permanente desde una de ellas, cuyas autoridades se declaran en abierta rebeldía contra el resto del país. Esos gobiernos, sean de derecha o de izquierda, han incumplido mil veces  los puntos más elementales de la Constitución que garantiza la unidad nacional, y de la democracia, amparando toda clase de ilegalidades, acosos y propagandas contra quienes les resisten. Gobiernos que, declarándose demócratas, han propiciado leyes totalitarias de estilo comunista como la de memoria histórica u ofensivas contra la igualdad de derechos de las personas como las leyes de género. Gobiernos que vienen entregando ilegalmente la soberanía española a una burocracia no representativa con sede en Bruselas. No estamos, pues, ante un asunto menor, pues se conecta estrechamente con todos los demás problemas de fondo creados por la actual casta política y que no cesan de agravarse. El problema de Gibraltar no tiene solución militar, pero tampoco la necesita. Es indudable que  España tiene todas las bazas, sean económicas, políticas, morales o internacionales. Esas  bazas las han utilizado los gobiernos de PP y PSOE contra los intereses españoles y a favor de los ocupantes; procurando al mismo tiempo que la intolerable y escandalosa situación quede en la ignorancia para la mayoría de la gente o sea considerado por ella como un asunto de poca enjundia.  Gibraltar ilustra la abyección y miseria moral, intelectual y política de una casta política de la que el país debe deshacerse necesariamente y cuanto antes. Y denunciar la cuestión en sus verdaderos alcances y proyecciones, combatir el oscurantismo deliberado hacia la misma, su ocultación a los españoles,  es el primer paso al respecto.

 de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Biografía e historia

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Mié, 2019/07/17 - 08:24
  Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo) El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Es obvio que en el curso de los hechos históricos pesan de manera especial las decisiones de quienes tienen las mayores responsabilidades, los dirigentes, grosso modo, y ello de manera especial en las guerras, por lo que conviene prestar alguna atención a la personalidad de los mismos. Contra esa evidencia se ha levantado la doctrina que minusvalora su papel y señala el aparente absurdo  de que se preste más atención a unos pocos individuos que a los millones de personas que en definitiva “hacen la historia”, o a la economía o las instituciones y leyes  que dan continuidad a la sociedad. La atención a estas últimas no se opone a la atención a los personajes, que a menudo se encuentran en el origen de ellas, pero precisamente por dar continuidad son menos históricas, por así decir, ya que permanecen con escasa variación durante largos períodos. Otra tendencia historiográfica supone la existencia de leyes científicas ineluctables, cuyo conocimiento permitiría entender la marcha de la historia considerando a los dirigentes como meros reflejos personales y secundarios de unas tramas objetivas: la cuestión del individuo y la historia, que se arrastra desde Aristóteles y entendiendo por “individuo” a algunos muy particulares.     En cuanto a la cuestión de esos “individuos” y “las masas”, derivada a menudo de la tendencia anterior, la exponía así Bertolt Brecht en su muy citado poema “Preguntas de un obrero que lee: “¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?/ Los libros citan los nombres de los reyes / ¿Arrastraron los reyes los bloque de piedra?/ (…) El joven Alejandro conquistó la India / ¿Él solo?/ César venció a los galos / ¿No tenía siquiera un cocinero con él? Etc. Desde luego, ningún obrero se hizo nunca preguntas tan pueriles, que Brecht pone en su boca con alegre desenvoltura. Los obreros no habrían construido Tebas sin la idea y la orden de los reyes, cien mil cocineros no habrían vencido a los galos, y los soldados de Alejandro no habrían conquistado la India sin la dirección e iniciativa de  Alejandro, pues un ejército mal mandado habría perecido en la empresa.    Brecht, a su modo doctrinario, quiere oponer los líderes a sus seguidores, pero estos,  de un modo u otro, aceptaban la dirección de aquellos, cuyos nombres marcan la historia y que en ese sentido representaban a “los de abajo”. Aun si se hubiesen conservado los nombres de cada uno de los obreros, cocineros o soldados, no ayudarían nada a entender los sucesos. Sin la masa anónima, los dirigentes no habrían hecho nada, como tampoco dicha masa sin dirigentes.  Cuando se quiere focalizar la  historia en la vida de las masas, tan estimadas en la literatura marxista, se hace inevitable tratarlas como un todo borroso y sin relieve personal,  centrado por lo común en las preocupaciones económicas. En ese retrato los rostros y personalidades desaparecen o son dibujadas según la estimación subjetiva del historiador. Y resulta harto ilustrativo que en la política e historiografía marxista, el líder máximo sea prácticamente divinizado, como concentración de las inmensas potencias creadoras atribuidas a las masas, las cuales permanecen como tales.    Por tanto, las biografías de los personajes destacados son imprescindibles. En España no ha cundido mucho esta  modalidad historiográfica, y en la mayoría de los casos se presenta con caracteres próximos a la hagiografía o a la demonización, según la orientación política o ideológica del historiador, como ha señalado Stanley Payne. Aun sin ello, la biografía tiene serios problemas. Hay un aspecto misterioso sin remedio en la vida de las personas, pues nadie sabe por qué ni para qué ha venido al mundo, y ha de despedirse forzosamente de él, lo hay disfrutado más o menos; ni por qué ha nacido varón o mujer,  en una época, país  y  medio social determinado, ni con unos dones o dotes que puede desarrollar o no, pero que le vienen dados y  debe aplicar en unas circunstancias que no ha creado y que solo de modo muy limitado puede modificar.        Por otra parte, una personalidad tiene demasiadas facetas, algunas íntimas inasequibles al observador externo, algunas inconscientes para el mismo personaje, el cual nunca queda plenamente retratado en sus actos.  Desde fuera podemos percibir sus actos y atribuirles un significado, pero solo captamos indirectamente los cálculos, vacilaciones, angustias,  temores o esperanzas asociados a sus decisiones. Porque incluso las decisiones en apariencia mejor fundadas resultan a veces fallidas, pues tampoco es posible al ser humano prever sus consecuencias más allá de un limitado espacio. Por otra parte, “una cosa es lo que uno piensa, otra lo que dice y otra  más lo que hace”. Nunca existe coherencia precisa entre las tres funciones.     Las memorias de los personajes son indispensables, aun asumiendo que muy a menudo encierran desvirtuaciones o mentiras justificativas, ya que, sobre todo en política, la necesidad autojustificativa es muy fuerte. Pero quien habla de sí mismo dice casi siempre más de lo que pretende, y por otra parte es posible al historiador contrastar una memorias con otras y con los hechos conocidos. He seguido este método en  Los personajes de la República vistos por ellos mismos con resultado creo que muy fructíferos.  Con todas limitaciones, la vida de algunos personajes da impresión del desarrollo –siempre con un alto grado de azar– de un proyecto vital concebido en la juventud (Azaña, por ejemplo);  en otros parece resultado de mil avatares sin proyecto claro bajo ellos, o con proyectos cambiantes. Indalecio Prieto diría que de escribir unas memorias las titularía Una vida a la deriva.    Claro está que en una obra que trata hechos generales,  las biografías solo pueden aparecer como semblanzas,  ceñidas al tema y con solo alusiones a la personalidad a partir de sus actos, pero sin pretensiones de dar plenamente en el blanco. Se trata no tanto del proyecto íntimo o falta de él, como del proyecto político al que se han adherido y cómo lo han servido, aunque ello exija algunas observaciones de tipo más personal; pues con frecuencia esa adhesión obedece mucho más a razones sentimentales particulares algo oscuras, que a razonamientos y  convicciones intelectuales. Creo  que, aun con estas seria limitaciones, ayudan de modo importante a la comprensión de los sucesos.

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¿Es España una nación? ¿Puede hundirse?

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Mar, 2019/07/16 - 11:15
Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo) El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Así, con todas sus variedades internas, no mayores que las de otros muchos países,  España ha sido, insistamos en ello, una entidad política y cultural más estable y sostenida que casi cualquier otra europea. Pero, ¿constituye por ello una nación? Las discusiones en torno al concepto de nación han hecho correr ríos de tinta, nacidos a menudo en Bizancio.  Para evitar discusiones vanas, expondré mi concepto de nación con el que creo estará de acuerdo la mayoría: una nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, formas de derecho, religión, etc., que generan sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado. Si no hay estado, no hay nación, y si un estado se impone sobre diversas comunidades culturales, no es nacional, sino, por lo común, imperial. A veces se habla de “naciones culturales” (yo mismo lo he hecho) lo que solo embrolla la cuestión, ya que el estado es elemento imprescindible de la nación. Según este concepto, España es sin duda una nación, y una de las de más prolongada historia en Europa. La cuestión tiene enjundia más allá de las connotaciones emocionales o de orgullo, porque desde el siglo XIX las doctrinas nacionalistas atribuyen a la nación una dignidad especial, por residir en ella (en el “pueblo”) la soberanía; de ahí, por ejemplo, la llamada autodeterminación, según la cual toda comunidad cultural tendría derecho a dotarse de un estado propio. Pero conviene distinguir entre nación y nacionalismo, cosa que a menudo no se hace. La nación es muy anterior al nacionalismo. Este nace con la Revolución francesa y extiende como un concepto político y un derecho lo que en la historia se ha desarrollado espontáneamente como particularidad mucho más antigua en algunas comunidades. De la confusión entre nación y nacionalismo surge,  por ejemplo, el equívoco de que la nación española es fundada en 1812 por la Constitución de Cádiz (España sería así una especie de creación francesa): lo que se funda entonces en España es el nacionalismo (doctrina de la soberanía nacional) sobre la base de una nación preexistente de muy atrás.

 de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

Ahora bien, establecida la doctrina, el nacionalismo ha funcionado después como un instrumento para crear nuevas naciones, es decir, para dotar de estado a comunidades antes inmersas en un estado imperial o divididas entre varios de ellos. De este modo, el nacionalismo ha disgregado en los siglos XIX y XX a los antiguos imperios europeos, creando numerosas naciones nuevas. A su vez, los nuevos estados han reaccionado sobre su base democultural, “nacionalizándola” al máximo es decir, reforzando aquellos rasgos que considera distintivos e inventando o  añadiendo nuevas tradiciones a las más antiguas. Por otra parte, las comunidades culturales nunca se diferencian radicalmente de las vecinas, así las europeas tienen en común un vínculo tan poderoso como el cristianismo, que corrientes contrarias, en especial el marxismo, no han logrado erradicar; o basta considerar las considerables interinfluencias de todo tipo entre España y Francia o entre Francia y Alemania, etc. El doble fenómeno de las interinfluencias y de la capacidad “nacionalizadora” de los estados, ha llevado a menudo a concluir que las naciones son realmente creaciones del estado. Ciertamente esto puede aceptarse para las nuevas naciones procedentes de  la descolonización sobre territorios sin estado previo ni comunidades culturales muy definidas; pero es obvio que el proceso histórico ha sido el inverso. Los estados no nacen de la nada para crear naciones, idea poco razonable.  La historia indica que los estados surgen y se apoyan en comunidades culturales y a menudo genéticas. Si se limitan a dichas comunidades hablaremos de estados nacionales. Si desde esa base se imponen sobre otras comunidades o naciones previas, hablamos de estados imperiales (más raramente hay confederaciones, pero en ellas alguna de las comunidades lleva la voz cantante). Así, a lo largo de la llamada Edad Media (Edades de Supervivencia y Asentamiento) se formaron dos Europas, la de las naciones en el extremo oeste y la de los imperios en el centro y este del continente, hasta la descomposición total o parcial de estos últimos en los siglos XIX y XX. No creo que estas concepciones merezcan mucha discusión pues, como digo, saltan demasiado a la vista, aunque puedan ser oscurecidas y de hecho lo sean a menudo con consideraciones a menudo arbitrarias y ahistóricas. ****** Cuando hablamos de España, por tanto, no nos referimos solo a un ámbito geográfico sino, ante todo, a una entidad cultural y política conjunta, con diferencias regionales secundarias. Su carácter de nación no ha surgido de un nacionalismo previo ni de un “derecho de autodeterminación”, sino que se ha ido configurando de forma espontánea en un proceso de siglos y venciendo a veces obstáculos enormes que pudieron causar su desaparición. Por tanto, tiene un origen claramente delimitado en el tiempo (no la “España eterna” a veces mentada): como comunidad cultural se formó a partir de la invasión romana en la II Guerra Púnica, hacia el siglo III antes de Cristo y en un largo proceso de seis siglos, que extendió el latín, el derecho, numerosas actitudes, costumbres y técnicas, así como a partir de una época, la religión cristiana. Antes, Hispania, existía  solo como una denominación geográfica en la que vivían poblaciones muy diversas, agrupadas convencionalmente como íberos y celtas.  No había un país como entidad cultural y menos aún política, ya que sus numerosos pueblos, con frecuencia enfrentados entre sí, tenían lenguas, costumbres y religiones muy diversas y de orígenes distintos, y se habrían sentido tan sorprendidos de ser llamados españoles como los germanos o los celtas de llamarse “europeos”.  Cuando se habla, como Sánchez Albornoz, de la gran dificultad que tuvieron los romanos para dominar España, debe entenderse el aserto desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista cultural-político no existía tal España. La colonización latina tuvo efectos decisivos en todos los aspectos: cuando cayó el Imperio romano, no solo la cultura sino la genética de la población  había cambiado profundamente por las mezclas derivadas de las  migraciones internas, la milicia o el comercio. Los distintos pueblos agrupados en íberos y celtas eran cosa del pasado, y seguramente solo en las agrestes montañas del norte pervivían núcleos de población más o menos aislados y poco latinizados. Esta transformación ha sido la más crucial para la historia posterior del país, pues sus efectos perviven plenamente  en la actualidad. La impronta latina en España demostró su profundidad al ser capaz de revertir las consecuencias de la invasión árabe-bereber en el siglo VIII, al contrario de lo ocurrido en el norte de África, donde una floreciente cultura latino-cristiana quedó definitivamente arruinada hasta nuestros días. Creo que este punto no admite discusión en sus líneas generales, aunque sí matizaciones, como es natural. España no era entonces una nación, por carecer de estado, pero  sí ya  una comunidad cultural conjunta, bastante homogénea, integrada en el Imperio romano aunque con rasgos particulares. Por ello debemos diferenciar la historia de España propiamente dicha, que empezaría con la II Guerra Púnica (y lo mismo la historia de Europa, como he sostenido en Nueva historia de España)  de la de los pueblos asentados en Iberia, sean los anteriores a Roma o los posteriores ajenos a dicha base cultural, como los árabes y magrebíes. Historias interesantes pero, en rigor, no historia de España. No solo ha pervivido la transformación cultural, sino también la genética (o racial, en un sentido no ideológico) legada por Roma sobre la base de las poblaciones anteriores: ninguna de las inmigraciones posteriores (germanos, árabes y  bereberes, sobre todo, también de otros orígenes, en especial franceses) debió de superar el 5%, como mucho el 10% de la población configurada bajo el Imperio romano. Dejo de lado lo que Sánchez Albornoz llama herencia temperamental que se habría mantenido desde la época prerromana, porque, si bien debe de tener algo de cierto, resulta un tanto evanescente y especulativa frente  a los datos culturales y políticos, más precisables, implicados normalmente cuando hablamos de historia. Y fue sobre esta base cultural sobre la que se configuró, en el último tercio del siglo VI después de Cristo, el primer estado propiamente español, es decir, la nación española. Fue una creación de los visigodos en combinación con las autoridades hispanorromanas, pero no un estado germánico, sino esencialmente latino y con ambición definida de incluir en él a toda Hispania. De época algo anterior suele datarse la creación de la nación francesa, pero tiene interés señalar la dinámica contraria de esta y de la nación española: en Francia las tendencias dispersivas fueron muy intensas, con constantes divisiones y guerras entre reinos, mientras que la dinámica española fue la contraria, de una tenaz y en general exitosa unificación. La cuestión de si puede ser llamado “español” el reino visigodo ha originado controversias no muy fundadas. Podría considerársele una superestructura foránea si no fuera porque solo tuvo tal carácter en su primera etapa, cuando los godos eran uno de tantos pueblos errantes que se imponían sobre un territorio durante un tiempo para abandonarlo, por presiones exteriores u otras causas, y establecerse en otro lugar, sin ligarse con las poblaciones autóctonas. A partir de Leovigildo ello no fue así: su estado se concibió como hispanogodo, y el afincamiento y progresiva disolución de los godos en España fueron definitivos. España era ya una nación –no una mera comunidad cultural–, con sentimientos nacionales explícitos y voluntad de asentamiento definitivo en la península.  Es más, sin esa nación habría sido imposible la posterior dinámica de reconstrucción de España después de la conquista árabe. Es interesante comprobar cómo la invasión islámica pudo causar una definitiva división o balcanización de España en varias naciones, debido a que, por imperativo de las circunstancias, los núcleos de resistencia al Islam nacieron y se desarrollaron en considerable aislamiento unos de otros, creando toda suerte de particularidades e intereses que podrían haber concluido en un mosaico parecido al de los Balcanes. Esa tendencia tenía todas las de ganar en principio, porque materialmente eran las más fuertes. Sin embargo, al lado de las tendencias particularistas se mantuvo todo el tiempo una tensión unitaria en pro de la “recuperación de España”, que poco a poco fue imponiéndose y hasta lograr rehacer la unidad de la nación, salvo Portugal. De entonces acá, las fuerzas unificadoras han prevalecido siempre sobre las disgregadoras, de modo que España ha continuado básicamente igual a la de los Reyes Católicos.

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+++++++++++++++++++++++ Naturalmente, la antigüedad de una institución histórica, aunque prueba de solidez, no garantiza su pervivencia, y hoy vemos a la nación española sometida a muy fuertes tiranteces que por un lado intentan disgregarla y por otro disolverla  como nación en una entidad “europea”: secesionismo y europeísmo. Por una parte tenemos ejemplos de comunidades culturales divididas en varias naciones, como ocurre con Austria y Alemania o con Francia y la Bélgica valona; Rusia y Ucrania o Bielorrusia serían un caso semejante, incluso –solo hasta cierto punto– España y Portugal. En un pasado muy reciente hemos visto la descomposición de Yugoslavia pese a que las semejanzas culturales entre sus actuales estados son en principio mayores que sus diferencias, y observamos en Italia algunas tendencias semejantes, aunque de menor impulso. Por otra parte, la llamada Unión Europea está socavando lenta pero sistemáticamente, la soberanía de numerosas naciones de Europa. ¿Podrá resistir España la doble tensión? Creo que la disgregación, combinada con la disolución de España no son posibilidades descartables, porque un tercer e imprescindible factor de nacionalidad, además de la comunidad cultural y el estado, es la voluntad de una parte suficiente de una población de permanecer como nación unida. Como hemos visto, la voluntad reunificadora fue imponiéndose en la Reconquista –con la excepción de Portugal—a poderosas tendencias contrarias y desde entonces ha mantenido a España como nación. Pero desde hace tres decenios se percibe un aumento de la voluntad disgregadora y una especie de desfallecimiento de la voluntad integradora, que a menudo opta, en una especie de huida hacia delante, por la disolución en una amalgama sin la menor base histórica como es la Unión Europea, que quizá nunca debió pasar de Mercado común. Sin duda  España sufre hoy una prolongada crisis nacional –unida a otras crisis—, a la que me he referido en el capítulo anterior, y la puesta en cuestión del carácter nacional de España, incluso por las más altas jerarquías del estado, es una manifestación más, y muy aguda, de tal crisis. Su origen inmediato está en la forma como se hizo la necesaria transición democrática a partir de Suárez, y que he procurado explicar en La Transición de cristal. El país emergió del franquismo con una considerable salud social, la mayor y más sostenida prosperidad de su historia y sobre todo libre de los odios que habían hundido la república y conducido a la Guerra Civil. Sin embargo, a partir de la reforma de Suárez, las tendencias disgregadoras por una parte y disolutorias por otra, no han cesado de reforzarse, a menudo en alianza de hecho o de derecho con el terrorismo. En algunas regiones, especialmente en Vascongadas y Cataluña, han ido cobrando fuerza tendencias separatistas que exaltan las diferencias regionales por encima de los rasgos comunes y de la unidad histórica de siglos, y proclaman su deseo de disgregar España convirtiendo a las regiones en nuevas naciones, mientras el país ha ido perdiendo soberanía en un proceso sistemático. Es decir, nuestra época presenta a España desafíos muy graves, que afectan a su propia supervivencia. Pero el problema tiene un origen muy anterior a la Transición y perfectamente datable: el llamado “Desastre del98”a finales del siglo XIX, por lo que debemos examinarlo en capítulo aparte.  De la convulsión moral e ideológica de aquella fecha parten los movimientos secesionistas y totalitarios marxistas y anarquistas, muy violentos, que a su vez convulsionaron a España dando lugar a la ruina del régimen liberal de la Restauración, resuelta provisionalmente con la dictadura de Primo de Rivera, para hundirse después en una república epiléptica y cargada de odios, hundida a su vez por el proceso revolucionario del  Frente Popular  y por la Guerra Civil. La era de Franco permitió olvidar los viejos odios y trajo el mayor progreso material vivido por España en siglos, lo que facilitó una transición democrática en la que los viejos problemas parecían superados. Sin embargo han ido resurgiendo poco a poco, unidos a la desvaloración del pasado y la cultura hispanas, o más bien basados en esa desvaloración, y  sin encontrar la oposición debida hasta la difícil crisis actual. Porque si no se conforma una fuerte voluntad integradora y nacional,  las perspectivas son de disgregación o de disolución de una nación que durante siglos ha resistido las más difíciles pruebas.
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TEOLOGIA

«Risulta evidente, infatti, contrariamente alle parole d’ordine che, ancora oggi, si fanno circolare anche nel mondo cattolico sul conto della teologia della liberazione, che: non si trattava di un fenomeno religioso spontaneo, perché, se così fosse stato, sarebbe stato diverso da paese a paese ed avrebbe assunto caratteristiche diverse le une dalle altre a seconda delle situazioni politiche, economiche e sociali locali; non nasceva da esigenze religiose e spirituali della cosiddetta base, in quanto la diffusione contemporanea, simultanea ed “a comando” di certi slogan e di certi leit-motiv univoci presupponeva, viceversa, una rete capillare di operatori pastorali, di attivisti, di organizzazioni e di mezzi finanziari di notevole entità; non attecchì, esclusivamente in zone agricole e tra le popolazioni indie o sottosviluppate, ma viceversa con più virulenza nelle periferie dei grossi centri urbani, tra il proletariato più sindacalizzato e politicizzato» (Riccardo Pedrizzi, Formiche.net , 14.7.19).

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España y Grecia: el peso de la historia.

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Lun, 2019/07/15 - 10:49
Un poema del poeta griego Seferis lamenta el peso de la Grecia clásica, mantener el cual deja sin fuerzas al griego moderno, incapaz de ponerse a su altura. Hace años mencioné en el blog a García Terrés, helenista mejicano, que en su diario Reloj de Atenas comenta lo difícil de perdonar la vulgaridad de la Grecia actual teniendo presentes las glorias antiguas. Creo que algo así ocurre con España. Entre finales del siglo XV y mediados del XVII, España desplegó una gran cultura original, aparte de descubrir el mundo como conjunto y ponerlo en relación y de realizar hazañas políticas y militares asombrosas.  Todo ello ha sufrido la propaganda brutal de la leyenda negra, y sin duda es preciso acabar con ella en lo posible. Pero más allá de esa denigración sistemática , el contraste entre aquella época y la posterior, y la actual, es tan fuerte que recuerda al problema de los griegos de hoy. Se plantea la cuestión de si la España actual podría volver a significar algo realmente importante en el mundo, y de qué manera podría ser; o está condenada a la mediocridad y el resentimiento, quizá a la disgregación, como parece indicar su anemia cultural, intelectual y moral. Lo cual no puede resolverse con retórica.

 de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

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Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron. Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después. Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98. España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir. (20-III-2012) ***************

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Cabría decir que Francia ha sido la gran enemiga político-militar  de España desde el siglo XVI. Contra ella y contra el Sacro imperio mantuvo una lucha largo tiempo derrotada pero finalmente victoriosa con apoyo de protestantes, ingleses, escandinavos y en un momento dado, de la oligarquía catalana. Posteriormente España quedó parcialmente satelizada a Francia, aunque conservó el rango de gran potencia. Fue la invasión napoleónica la que dio el golpe de gracia a España como gran potencia en cualquier sentido, dejándola además internamente dividida y proclive a las guerras civiles. Solo en el franquismo logró el país una recuperación que podría inspirar, depurándola y adaptándola a circunstancias muy distintas,  una continuidad recuperadora. Pero hay que empezar por entender qué fue el franquismo.  

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El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE
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OSTILITA’

“Un’ostilità certo diffusa anche in Italia un po’ per ragioni ideologiche e un po’ perchè la politica dei “porti chiusi” del ministro Matteo Salvini funziona così bene che il business delle coop e Caritas sta andando a rotoli dopo anni di vacche grasse garantite dai governi di centro-sinistra” (Gianandrea Gaiani, LaNuovaBussolaQuotidiana, 14.7.19).

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De la guerra

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Dom, 2019/07/14 - 08:48
Según la definición canónica de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. También podría considerarse el fracaso de la política, si conceptuamos esta como el arte de mantener los equilibrios de convivencia en las sociedades humanas. Estas, a diferencia de las sociedades animales regidas por la seguridad del instinto,  se nos presentan como un hervidero de intereses, ideas, sentimientos y hasta personalidades distintas y a menudo opuestas, por lo que la convivencia es un esfuerzo permanente, que impone la existencia del poder, un fenómeno generado por la propia naturaleza conflictiva de las sociedades humanas. La política es en ese sentido el ejercicio del poder, el cual se asienta en una violencia implícita que se supone legítima por ser mayoritariamente aceptada. Cuando la política fracasa en mantener los equilibrios sociales, la violencia se hace explícita, y unos intereses, ideas, etc., pugnan por imponerse decisivamente a los contrarios y establecer un nuevo orden del poder. Por eso la guerra es una constante en la historia humana. Podríamos considerar la guerra como la sustitución de la política por la violencia  Sin embargo, esa sustitución solo es total en algunos casos. La política sigue existiendo en el seno de cada bando enfrentado, donde se generan tensiones y conflictos no siempre fáciles de resolver con acuerdos; y a menudo llega a imponerse en negociaciones entre los dos bandos, que eviten la aniquilación o la completa derrota de uno de ellos. La guerra civil española se inscribe en las muchas alteraciones políticas y militares que tuvieron lugar en Europa entre 1918 y 1945, y que terminaron con la entrada  del continente en una profunda decadencia política, militar y cultural –aunque no económica–. Dentro de ese conjunto de conflictos, y si excluimos la desembocadura de todos ellos en la II Guerra Mundial, el de España es el que mayor trascendencia ha tenido y el que mayor interés bibliográfico y de todo tipo ha despertado, porque en él confluyen todos los intereses políticos y las ideologías cuyas rivalidades culminarían en la II Guerra Mundial, y desde ese punto de vista debe ser estudiado. En una frase célebre, el pensador Ortega y Gasset afirmó que “España es el problema y Europa la solución”. La frase en sí misma es un absurdo, por decirlo suavemente, pero ha tenido y sigue teniendo enorme influencia como una consigna programática para disolver a España. Según Ortega y muchos otros intelectuales y políticos de la guerra civil, la historia de España sería una “anomalía” o una “enfermedad”, solo curable asimilándose a una “Europa” mítica, de la que no entendían mucho y a la que no habían dedicado ningún estudio serio. Lo adecuado habría sido decir: “España tiene  muchos problemas (que por cierto terminarían abocando a la guerra civil), y Europa, es decir, el resto de Europa,  tiene otros probablemente más graves ( que no se molestaban en analizar y que  terminarían en una conflagración mucho más destructiva que la española)”. Aquellos europeístas ya habían conocido la I Guerra Mundial, una advertencia muy seria, pero al parecer no les había enseñando nada. Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques  ilógicos y cargados de emocionalidad  han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30  sobre el que más falsedades se han contado.    En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia,  sino su elevación a un plano más racional y objetivo.
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Los misterios de la economía

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Sáb, 2019/07/13 - 16:50
FABRICIO.- Lo que dices, ¡oh Simplicio!, demuestra que unes en tu persona la más acrisolada virtud con una profunda comprensión de los arcanos de la ciencia económica. Además, ¡ya iba siendo hora de que se reivindicase el papel de la delincuencia, tan menospreciado tradicionalmente! Ya cuando estábamos en el talego me imaginaba yo que había una gran injusticia en el trato a los delincuentes, cuando constituyen un puntal de la sociedad, generador de riqueza y empleo. Un motivo de legítimo orgullo. Haré, no obstante, una seria objeción a tus doctas consideraciones, más allá de la envidia que mencionas. Porque, ilustre Simplicio, lo más probable es que las comarcas y provincias vecinas trocasen bien pronto su envidia en emulación y si todo el país quisiera convertirse en un paraíso del sexo, el juego y la delincuencia, las ganancias se repartirían demasiado, la productividad marginal descendería muchísimo y no saldríamos de pobres. Aparte de que, si todo el mundo se ocupara de eso, ¿de qué viviríamos? ¿Qué comeríamos? SULPICIO.- Adelantándome a nuestro envidiable Simplicio, te haré ver, preclaro Fabricio, que no tiene por qué haber envidia de otros a la riqueza que así acumularía nuestra comarca, porque el secreto de la opulencia se encuentra en la especialización. La comarca se especializaría en los negocios del sexo, el juego y el fomento y tratamiento de la delincuencia, tres líneas de desarrollo en las que podemos alcanzar la excelencia, eso salta a la vista. ¿Y qué harían los demás? Pues especializarse en otras cosas, qué sé yo: los unos en chachas que vinieran a servir en nuestros hogares, otros en la fabricación de preservativos, fustas, consoladores y utensilios diversos relacionados con el comercio sexual, otros en ruletas y aparatos varios relativos al juego, otros más allá  en útiles de videovigilancia… O en preparar comidas exquisitas que necesitaríamos, acordes con nuestra esperada y esperable opulencia… Creo que caes en un pesimismo infundado, ¡oh Fabricio! porque las posibilidades del ingenio humano son ilimitadas. No solo nos enriqueceríamos, sino que crearíamos riquezas sin fin a nuestro alrededor, de tal modo que no habría razón alguna para las envidias. ¡Especialización, caro Fabricio, especialización! SIMPLICIO.- Sin duda tu objeción, caro Fabricio, no por sutil deja de estar bien fundada. Pero ya alguien del público en el debate se te adelantó, si no te ofende que te lo diga, y he aquí la respuesta del experto alcalde: “La economía moderna –nos ilustró– se basa en la competencia, y aquel que toma la iniciativa y consigue un superior grado de excelencia se lleva el gato, el euro y el dólar al agua y a su molino. Evidentemente no basta con partir de una ventaja inicial como nuestras liberadísimas féminas y nuestros varones abiertos a… a… al futuro, porque si nos dormimos en los laureles enseguida nos sobrepasarán otros más espabilados. Por tanto organizaremos la sociedad, desde el principio, en torno al negocio del sexo, con una educación ad hoc desde la infancia, desarrollaremos las más refinadas técnicas y una preparación que ríanse ustedes del turismo sexual tailandés. Difícil, me atrevo a decirlo, muy difícil será que otros alcancen nuestro nivel. Como sabemos, la economía lo es todo, lo tenemos muy claro en nuestro partido, y sabremos organizar la sociedad entera de acuerdo con este principio elemental que solo los tontos pueden poner en duda. El negocio del sexo puede proporcionarnos riqueza pletórica, y con ella la libertad y otros muchos otros pingües bienes, y ahí está la clave. ¿Quién podría oponerse, razonablemente, a tal perspectiva?”. En cuanto a ti, Sulpicio, te doy la razón en todo, quizá me dejé llevar por un fantasmal temor a la envidia: el mundo puede ser más feliz y abolir las envidias para siempre, gracias a la especialización. ¿No os llena a todos de una ilusión esperanzada? PICIO.- ¿Y no estaban de acuerdo con eso los demás contendientes a la alcaldía? SIMPLICIO.- Pues no, absurdamente. Como cada cual iba a lo suyo, sin tener en cuenta el bien general,  hubo mucha polémica inútil: porque está claro que el argumento del alcalde puede aplicarse a los otros dos programas. PICIO.- Entonces, amigos, ¿tendríamos que abandonar nuestra ufana vida pastoril? ¿Deberían acabar  las actividades agrarias, la explotación e industrialización de los rosáceos granitos de Porriño,  la fabricación de bien pulidos ataúdes, que tanta fama y prez han ganado para la comarca en tiempos idos más dichosos…?  ¿Tendré que abandonar mi taberna…? Solo pensarlo me hace llorar. SIMPLICIO.- Por nada se cubren de agua tus ojos, amigo Picio, llevado de tu espíritu poético y por ende poco práctico. A nadie se va a obligar a nada. La gente mira por su interés y va a lo que más ganancia le dé, y si gana más en un burdel que fabricando ataúdes, no te quepa duda de que su propio interés le conducirá de cabeza al burdel, o a la casa de juegos o a un descansado y bien pagado empleo de carcelero, perdón, de reinsertador de personas erradas en cuanto a las leyes. Por lo que hace a tu merecidamente célebre Taberna del Bauprés, no tienes más que adecuarla a la modernidad, meter en ella vídeos porno, adaptar algunas pequeñas estancias para las placenteras y lúdicas labores de Eros, en fin, ampliar tu negocio y tus propios horizontes, añadiendo al oficio de tabernero el de madamo. PICIO.- ¡Triste progreso, pardiez! Siento como si me envileciera. SIMPLICIO.- Son solo tus prejuicios, admirable Picio. Tienes que liberarte de ellos, emanciparte. Lo importante en la vida es ganar dinero legalmente, y todo esto es perfectamente legal. FABRICIO.- Mas ¿no estaremos repitiendo el cuento de la lechera? Estamos ya sintiéndonos ricachones cuando la crisis sigue haciendo estragos, a duras penas logramos vender nuestros productos lanares y ovinos y quién sabe si esas brillantes iniciativas de nuestros políticos no resultarán al final un chasco, como tantas veces. Yo, de los políticos no me fío. Con los políticos me siento como Marieta. SALICIO ¿Marieta? FABRICIO.- Sí, aquella del corrido o lo que sea, mejicano: Marieta /no seas coqueta /porque los hombres son muy malos / prometen /  muchos regalos / y lo que dan son puros palos. Así son los políticos. Por eso propongo que, antes de hacernos ilusiones que pueden llevarnos a penosos desengaños y desarticulaciones anímicas, adquiramos una cabal comprensión de la crisis. Como sabéis, muchos políticos no paran de hablar de la necesidad del ahorro para superar el bache , cuando, ¡por Zeus!, ya  os lo he demostrado, el ahorro no existe, es metafísicamente imposible. MAURICIO.- ¡Ya vuelve con la misma historia!

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FATIMA

Il 13 luglio 1917 la Madonna a Fatima mostrò ai pastorelli l’Inferno, poi, tra le altre cose, disse anche: «Ma se gli uomini non smetteranno di offendere Dio, sotto il regno di Pio XI comincerà una guerra ancora peggiore. Quando vedrete un cielo notturno illuminato da una luce sconosciuta sappiate che è il grande segno che Dio vi dà per avvertire che punirà il mondo per i suoi crimini attraverso la guerra, la carestia e le persecuzioni contro la Chiesa e il Santo Padre». Le ultime parole mi hanno sempre lasciato perplesso. Se Dio intendeva punire il mondo per i suoi crimini, che c’entravano le persecuzioni alla Chiesa e al papa? Si puniscono i cattivi, mica i buoni. O no? Boh.

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Carr (II)

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Vie, 2019/07/12 - 21:37
La   versión que defiende Carr y, todavía, la mayor parte de los historiadores,   es, con algunas variaciones, la elaborada por la propaganda staliniana, cuya   enorme resistencia a los hechos y capacidad para deformarlos nadie ignora.
No extrañará, por tanto, que las revelaciones de España traicionada —en realidad no revelaciones, sino confirmaciones de cosas bien sabidas, aunque voluntariamente ignoradas por muchos— reboten contra el muro del prejuicio. De acuerdo con esa propaganda, Carr concluye: “Los españoles estaban envueltos en (…) la lucha contra Franco y los militares y clérigos. En ese conflicto, con independencia del recelo que sus intenciones hayan despertado (…) los comunistas fueron las tropas de primera línea”. La primera parte es difícilmente mejorable: no hubo propiamente guerra civil, sino un enfrentamiento entre “los españoles” y Franco más los curas y militares. En la propaganda stalinista tampoco hubo guerra civil, sino de independencia frente a la intervención alemana e italiana apoyada por sus peones españoles, pero en ambas variantes los comunistas fueron los grandes adalides de “los españoles” y su democracia, las “tropas de primera línea”. Chirriante contrasentido que, asombrosamente, no provoca en Carr ninguna vacilación. El historiador británico no puede hoy, claro, mantener la tesis de la guerra de independencia, porque salta a la vista que ocurrió exactamente al revés: ni Hitler ni Mussolini influyeron ni se inmiscuyeron en los asuntos españoles de modo ni remotamente comparable a como lo hizo Stalin. Éste obtuvo —le fue entregado por el PSOE— el control del grueso de los recursos financieros españoles, convirtiéndose en el amo de los suministros, y por tanto del destino del Frente Popular. También dispuso de completo dominio, como es generalmente reconocido, sobre el partido que pronto se hizo el más poderoso de las izquierdas, el PCE. Además, los asesores soviéticos tuvieron sobre las decisiones y operaciones militares una influencia que jamás lograron en el otro bando los alemanes e italianos; y el ejército izquierdista rompió con el modelo de Azaña para inspirarse en el soviético, desde las insignias y saludos hasta la politización extrema asegurada por los comisarios políticos, pasando por un código disciplinario casi terrorista. En cuanto a la policía secreta staliniana, operó en España al margen del gobierno español, como en una colonia. Los políticos opuestos a la hegemonía comunista, en especial Largo Caballero y Prieto, fueron expulsados del poder (Negrín, en cambio, nunca planteó problemas serios a Stalin). Estos y otros hechos permiten afirmar que el Frente Popular perdió realmente su independencia, cosa no ocurrida en ningún momento al bando nacional. Teniendo en cuenta este dato definitorio, que Carr omite graciosamente, ¿puede sostenerse que los comunistas defendieron la democracia de un pueblo al que empezaron por satelizar? A ello responde Carr con aparente ingenuidad: “Para Stalin, España fue siempre un peón en el juego diplomático de atraer a Francia y Gran Bretaña hacia un bloque antifascista y antialemán. ¿Realmente quería asumir la responsabilidad de apoyar a un satélite soviético en la otra punta de Europa, dados los peligros que tenía más cerca de casa?” Los esfuerzos —y logros— de Stalin por satelizar a España no admiten la menor duda, pero el prejuicio tiene tal fuerza que no parte de los hechos para poner en cuestión una teoría, sino de la teoría para poner en cuestión los hechos. El planteamiento correcto de la cuestión tendría que ser el contrario: puesto que Stalin satelizó realmente al Frente Popular, ¿puede sostenerse que se limitaba a utilizar a España de peón para atraerse a Francia y Alemania? El mismo Carr admite los hechos, aunque de forma reluctante y parcial, cuando señala: “Para controlar el ejército, los comunistas decidieron destruir a Caballero”. Pero no saca la consecuencia obvia, es decir, que los comunistas —Stalin— estaban en posición de deshacerse nada menos que del jefe del gobierno español, por obstaculizar éste sus designios. A Stalin, desde luego, la democracia española le importaba tan poco como la francesa o la británica, y sus movimientos tácticos (primero entendimiento con Londres y París, y después con Berlín) no se entienden sin tener en cuenta una concepción estratégica básica: convencido de la inevitabilidad de una próxima “guerra imperialista”, su objetivo era evitar que la misma estallara entre Alemania y la URSS, desviándola hacia una contienda entre Alemania y las potencias occidentales. Pues si ocurría lo primero, el sistema soviético se vendría abajo probablemente; pero en el caso opuesto, Europa quedaría arrasada y abonada para la revolución. La guerra de España le ofrecía la posibilidad de agravar las “contradicciones” entre las democracias y Hitler, y al mismo tiempo la de conseguir un peón en un punto estratégico de occidente. Eran opciones en alguna medida contradictorias, pero la política soviética trató de armonizarlas: dominar al régimen español, por un lado, e incitar a las democracias a intervenir contra los fascismos, por otro. Las democracias también tuvieron en cuenta, seguramente, el mismo problema que Stalin: una guerra en occidente podía dejar a Europa madura para el comunismo. Eso ayuda a explicar su actitud de entonces. Otro obstáculo al afán comunista de dominio fue el poder anarquista. Los documentos de España traicionada revelan, entre otras cosas, el odio de los comunistas hacia los ácratas, odio cuyo fundamento encuentra Carr en la versión stalinista, seguida acríticamente: “La CNT, en opinión de los comunistas, hacía imposible la creación de una industria de guerra eficaz (…) Además, en los primeros días, elementos incontrolados de la CNT habían ejecutado sumariamente a presuntos fascistas (…) Habían asesinado en masa a sacerdotes (…) y quemado iglesias. Habían matado monjas. Si los anarquistas seguían con su “pillaje y sus quemas” quedarían como una “mancha negra” en el movimiento antifascista”. Podía haber indicado Carr que una industria de guerra eficaz no consiguieron crearla ni los anarquistas ni los comunistas, pese a disponer de una infraestructura más que regular, y debido no sólo a las querellas entre unos y otros, sino también al desinterés de los obreros, a quienes todos decían representar. Más grave es la atribución de todos los desmanes a los ácratas, o la supuesta preocupación por la “mancha” en la pureza moral del movimiento antifascista. En el exterminio de la Iglesia, como de los fascistas, intervinieron con parecido ardor ácratas, comunistas, socialistas y republicanos, y no sólo en los primeros días, como está sobradamente documentado. Pasma que un historiador en otros aspectos solvente, repita a estas alturas los tópicos de la más inconsistente propaganda comunista. En la senda de dicha propaganda, Carr insiste: “Los republicanos, disgustados por los paseos anarquistas de julio, estaban decididos a recuperar los poderes del gobierno legítimo para controlar a los “incontrolables”. Odiaban el resurgimiento del anticlericalismo tradicional. Al carecer de amplio apoyo popular, eran por tanto aliados de los comunistas en tanto que hombres de orden”. El disgusto de los republicanos, salvo excepciones, no pudo ser por los paseos, en los cuales también intervinieron, así como en la formación de checas. Y esos crímenes no se limitaron, ni mucho menos, al mes de julio. El disgusto provenía más bien de que aquellos comités incontrolables privaban a los republicanos del poder, y de que el terror, del que informaba la prensa internacional, llegó a perjudicar seriamente los esfuerzos de los sucesivos gobiernos por aparecer a los ojos del mundo como demócratas. Y, contra lo que dice el aquí muy mal informado Carr, los republicanos no odiaban el anticlericalismo tradicional, pues habían sido ellos quienes más lo habían fomentado a lo largo de decenios, y era, en rigor, el único rasgo que unía a todas las izquierdas. Y tampoco, finalmente, estaban los republicanos “decididos a recuperar el poder” después de la revolución de julio del 36, porque su insignificante organización y apoyo popular no les permitía soñar con tal cosa, ni podían tener garantía, a la altura de septiembre del 36, de que los comunistas fuesen “hombres de orden”. En realidad el gobierno republicano de Giral se hundió en la impotencia tan pronto repartió armas a las masas, el 19 de julio, y en el gobierno compuesto un mes y medio después de la revolución de julio, los republicanos tenían un papel decorativo, mantenido con vistas a presentar una fachada de legalidad que le valiese el favor de Londres y París. El nuevo gobierno lo encabezaba el Lenin español, Largo Caballero, el principal enemigo de la república burguesa; y sus fuerzas reales eran los socialistas y comunistas. En noviembre entraron también otros republicanos ejemplares: los anarquistas. La historia subsiguiente del Frente Popular fue en gran medida la de las querellas, a menudo sangrientas, entre las tendencias revolucionarias principales, la socialista, la comunista y la anarquista.

 

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Entre Raymond Carr y Tuñón de Lara (I)

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Vie, 2019/07/12 - 07:57
Por cierto, decir que Stalin traicionó a “España”, es decir, al Frente Popular, no pasa de ser un tópico bastante idiota. De no ser por Stalin, en Frente Popular no habría durado seis meses. Y tuvo posibilidad de ganar. En cuanto a Carr, ya señalé, citando a Fusi, su gran influencia en la patética historiografía española. (en julio de 2012). Cuando, hace tiempo, reseñé en Libertad Digital el libro Spain betrayed, colección de documentos secretos soviéticos sobre nuestra guerra, me preguntaba qué harían los historiadores hoy oficiales para contrarrestar sus pruebas. La respuesta está a la vista: deformar los hechos en el molde de sus prejuicios. Éstos, arraigados durante décadas se resisten a morir, y acabamos de tener un ejemplo de ello en una reseña de R. Carr sobre el citado libro, publicada recientemente en ABC cultural, y antes en la prestigiosa New York Review of Books. Carr, prestigioso hispanista, no logra, lamentablemente, escapar a tópicos que hoy pueden considerarse demolidos. El mito troncal sobre la guerra, elaborado por la propaganda de izquierdas, especialmente la comunista, y del que derivan casi todos los demás, es la imagen de una lucha entre la democracia republicana y el fascismo o la reacción. Pese a que su falsedad sale a la luz tan pronto entramos en los datos reales —y los documentos de Spain betrayed hablan por los codos al respecto— el mito persiste contra viento y marea, ayudado por la impresión injustificada de que defenderlo significa, aún hoy, defender la democracia.

Mitos de la Guerra civil, los (Bolsillo (la Esfera))

Carr expone la tesis tratando de desmentir la opuesta: “La propaganda franquista presentó el alzamiento nacionalista militar contra el gobierno legal de España como una necesidad patriótica para impedir la toma del poder por los comunistas. El hecho es que los comunistas carecían de la posibilidad de organizar un golpe de Estado en potencia, sino que el gobierno de Giral no incluía ni a comunistas ni a ningún representante de otros partidos de clase obrera”. Pero la posición de los nacionales fue algo más compleja, y la realidad general también. El problema debe plantearse de otro modo. En octubre de 1934 ocurrió una sangrienta insurrección marxista-separatista. Entonces, la mayor parte de quienes se sublevarían en 1936, empezando por Franco, defendió la legalidad republicana, en lugar de aprovechar la ocasión para dar un contragolpe desde el poder y destruir así fácilmente a la izquierda y a la república. ¿Por qué, habiendo tenido esa oportunidad, esperó la derecha a 1936 para sublevarse, cuando ya no tenía el poder ni el control del dividido ejército, y corría muy serio riesgo de derrota? Tan serio que el golpe de Mola fracasó, y de no ser por el puente aéreo de Franco, la derrota de los sublevados habría sido segura. Esta cuestión no la plantea Carr ni casi ningún estudioso, y sin embargo encierra toda la clave de aquella historia. Pues las mismas fuerzas que en octubre de 1934 habían intentado explícitamente imponer un régimen de tipo soviético, más otros partidos que habían apoyado moral y políticamente la intentona, ganaron las (fraudulentas)  elecciones en febrero de 1936, coligados en el Frente Popular. Ello produjo horror a las derechas. ¿Estaba justificado ese horror? Carr y tantos más suponen que no. Según ellos, la izquierda en 1936 era básicamente democrática y moderada, y lo que temían las derechas, en realidad, era perder sus supuestos privilegios. Sin embargo es imposible hablar de democracia ni de moderación en la fracción mayoritaria del Frente Popular, constituida principalmente por el sector principal del PSOE (el de Largo Caballero, Lenin español y líder nada arrepentido de la insurrección del 34) y por los comunistas. Cuando se alude a la debilidad numérica del PCE por entonces se olvida su notable y creciente influencia política, y su estrecha alianza con el PSOE de Largo. Recordemos además a la poderosa CNT, anarquista, que, tras apoyar electoralmente al Frente Popular preparaba activamente su revolución. A ninguna de estas fuerzas puede llamársele democrática ni moderada. Pero, se dice, el gobierno frentepopulista no estaba en manos de esos revolucionarios, sino de los moderados, capitaneados por Azaña y apoyados desde fuera por el sector socialista de Prieto. Sin embargo, ¿eran éstos realmente moderados y demócratas? Para Prieto y Azaña, la derecha no tenía “títulos” para gobernar, aunque ganara las elecciones, como en noviembre del 33. Azaña había intentado golpes de estado al perder las elecciones de 1933, y los dos habían apoyado, activa o moralmente, la insurrección de octubre del 34, y aunque la consideraban un error, seguían justificándola. Su programa electoral incluía la amnistía y reposición en sus cargos de cuantos se habían sublevado contra la legalidad y contra un gobierno legítimo de derechas, y la persecución judicial para quienes hubieran cometido excesos defendiendo la Constitución. Sobre todo anunciaba reformas destinadas a “republicanizar el estado” (politizando la justicia, entre otras cosas), de modo que la derecha no pudiese volver al poder, quedando como una presencia testimonial y justificadora de una pretendida democracia. Al volver al gobierno, Azaña se apresuró a prometer que el poder no saldría ya de manos de las izquierdas. Los presuntos moderados resultaban no serlo, por tanto, ni tampoco demócratas, excepto por comparación con los comunistas, socialistas bolcheviques y anarquistas. Pero fue tal el miedo de las derechas a estos últimos, que inmediatamente apoyaron a Azaña como un último valladar frente al proceso revolucionario. El mismo Azaña observó con sorna cómo se había convertido en “ídolo” de la derecha. Había razones para ese miedo. Pues aunque, como dice Carr, los comunistas no estaban en condiciones de hacer una revolución inmediata, ni lo pretendían, sí estaban empeñados en dar pasos decisivos hacia ella, como no puede dudar quien haya consultado sus documentos. Uno de los pasos principales consistía en la disolución de los partidos derechistas y el encarcelamiento de sus líderes, empezando por Gil Robles. A ese fin presionaban constantemente a los republicanos en el (precario) poder. En cuanto al PSOE de Largo, desestabilizaba al gobierno de Azaña y luego de Casares con el fin de provocar una crisis y heredarlo legalmente. De esta manera podía emprender la revolución directamente desde el poder, con aparente legitimidad y sin correr el riesgo de una insurrección que podría ser vencida como la del 34. En cuanto a los anarquistas, su nuevo proceso revolucionario estaba en preparación acelerada. Estas evidencias suelen omitirlas o minimizarlas quienes mantienen el mito señalado.

La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El resultado fue una situación caótica que en cinco meses causó casi 300 muertos y más de mil heridos, asaltos a decenas o cientos de centros políticos, periódicos y domicilios particulares derechistas, quema de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, agresiones y exacciones de todo tipo, innumerables huelgas generales y parciales, atracos políticos, formación y desfiles de milicias, etc. ¿Obrarían los republicanos del gobierno como muro frente al proceso revolucionario, o bien le allanarían el camino? ¿Sería Azaña un Ebert o un Kerenski? Las derechas, pintadas en la propaganda como provocadoras de los desmanes, a fin de justificar la rebelión que preparaban, fueron las que pidieron reiteradamente en las Cortes la aplicación de la ley por el gobierno y el cese de la imposición de la fuerza en la calle. Pero sus peticiones fueron acogidas con insultos, gritos y amenazas de muerte, que terminarían cumpliéndose en el líder monárquico Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. El gobierno no se comprometió a cumplir con su más elemental misión de garantizar el orden, e incluso se proclamó “beligerante contra los fascistas”, causantes de una proporción mínima de las agresiones. En estas circunstancias, los republicanos deslegitimaban su poder, si es que no lo habían hecho desde el principio con su programa de impedir la vuelta de las derechas al gobierno. Éstas fueron comprendiendo que ante el acoso revolucionario no podían contar con un poder capaz de imponer la ley, y eso las empujó a una rebelión casi a la desesperada. Es dudoso que Carr aceptase con tanta benevolencia una situación semejante en su país. Él puede, si quiere, llamar legal o democrático a semejante gobierno pero no debe esperar que una persona informada comparta su criterio. Su frase explicativa podría invertirse de la siguiente manera: “la propaganda izquierdista presentó el movimiento de julio del 36 como un ataque injustificado contra un gobierno legal y democrático. El hecho es que el país soportaba la presión de un gobierno decidido a impedir que la derecha volviera al poder, así como la violenta actividad de partidos que preparaban activamente la revolución, sin que dicho gobierno hiciera nada práctico por cumplir y hacer cumplir la ley, favoreciendo así el proceso revolucionario”. Esta versión concuerda mucho más con los hechos que la de Carr, a la que siguen apegados tantos historiadores y políticos. La fuerza de los prejuicios se hace patente en opiniones como ésta: “En lo que se ha llamado su fase bolchevique, (…) Caballero usó la retórica de una revolución proletaria sin ninguna intención de organizar una edición española de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917”. Lo aseguran también Preston y otros. Pero el PSOE, dirigido por Largo Caballero, no sólo rompió en 1933 con los republicanos de izquierda y optó por la dictadura del proletariado, sino que marginó al sector moderado de Besteiro, creó un comité especial para organizar la guerra civil (textualmente), urdió maniobras desestabilizadoras contra el gobierno legítimo de centro derecha en el verano de 1934, lanzó en octubre del mismo año la más mortífera insurrección del período republicano, con un total de casi 1.400 muertos en 26 provincias. Vencida la insurrección, persistió en sus ideas y prácticas, y en 1936 volvió a eliminar políticamente a Besteiro, se enfrentó con el sector menos violento de Prieto, a quien los seguidores de Largo estuvieron a punto de linchar en el célebre mitin de Écija, organizó milicias y fomentó un clima social en extremo violento después de las elecciones de febrero de ese año. Si a esto le llama Carr “retórica” y “falta de intención revolucionaria”, ya extraña menos que considere democrático y legal al gobierno del Frente Popular.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Los años dorados del franquismo y el “milagro español”: https://www.youtube.com/watch?v=pzfMPUSWdII

 

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La batalla literaria y otros comentarios viejos

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Jue, 2019/07/11 - 20:07
(3 de julio de 2012 Hace mucho tiempo que el franquismo y, lo que es más grave, la verdad histórica, perdieron la fundamental batalla literaria. Una batalla más fundamental todavía que la historiográfica, pues deja una impronta más profunda en la mentalidad de la gente que los libros de historia, por lo común mucho menos leídos. Creo, como ya he dicho, que esa derrota empezó con La Colmena de Cela, buena como novela, aunque políticamente desvergonzada e históricamente falsa. Gironella, Agustí o Emilio Romero cambiaron esa derrota solo a medias y por un tiempo. Conforme pasaban los años y el régimen se liberalizaba y registraba sus mayores triunfos políticos y económicos, Gironella y Agustí evolucionaron o zascandilearon hacia una derecha antifranquista (juanista) y la novela de Romero tuvo siempre un toque  banal que la condenaba a testimonio menor de una época. Y no digamos tantos otros, de modo que ya desde antes de la Transición predominaba netamente en la literatura, el cine y otras medios de masas una visión radicalmente denigratoria de la generación que venció la revolución, salvó a España de la guerra mundial y venció al maquis y al aislamiento. Los peores han juzgado y calificado a los mejores. Me ha preguntado un lector, con cierta irrisión,  si Sonaron gritos y golpes a la puerta pretendía invertir esa masiva corriente. Pues sí, lo pretende y creo que, literariamente, lo consigue. Otra cosa es que su influencia político-intelectual llegue a ser grande, eso no depende de mí. **************************************** –Oigo ¡en Intereconomía! una “información” sobre la candidata de Bildu, que es presentada “asépticamente” como una intelectual, citando sus palabras de crítica a la democracia española por insuficiente y por tener “presos políticos” (que los tiene: así lo han declarado implícitamente los sucesivos gobiernos de la “salida política”), y hablando de su perfil  “académico”.  Eso es simplemente propaganda para la ETA, y falsea radicalmente la realidad: esa señora es cómplice política y moral –por lo menos– de 800 asesinatos cobardes y mil daños más, y la palabra democracia es en su boca sinónimo de crimen y de las rentas  políticas que espera obtener de él. No señalar este aspecto fundamental y decisivo es manipular la información en favor de los más criminales enemigos  de España y la democracia.  Y luego hay quien llama descerebrados a los etarras. Los descerebrados están en otra parte.   ****************************************** Europeísmo carpetovetónico Creo que fue Cela quien inventó el –injusto— calificativo “carpetovetónico” para designar algo paleto,  cutre y ramplón. El adjetivo  viene al pelo al europeísmo español. Resulta que España es el país más “europeísta” del mundo. Lo que significa que es el que está más dispuesto a perder su soberanía. Y más aún, su cultura, y a reducir a nivel inferior su propio idioma. ¿A cambio de qué? De unas ventajas materiales que espera le proporcionen otras potencias. Es difícil concebir algo más estúpido,  pero no podría esperarse menos de un país sometido durante más de treinta años al imperio de la mentira y la farsa política disfrazada de democracia. Aparte, ese europeísmo se apoya en una ignorancia profunda de lo que ha sido Europa y la propia historia de España; empezando por la ignorancia de nuestros políticos. Precisamente por ello escribí Nueva historia de España con un enfoque muy diferente de la mayoría o de la totalidad de los que normalmente se han escrito, como si España no estuviera, o apenas estuviera en Europa. Un buen ejemplo del caso es la ridícula crítica a los Austrias por habernos metido en asuntos europeos que supuestamente no nos concernirían. Otra,  la cantidad de sandeces que circulan, por obra de historiadores y políticos baratos, sobre la posguerra civil. ************************************* No compren Adidas Habrán visto cómo Adidas utilizaba el triunfo de la selección española para meternos más inglés. ¿Por qué lo hace? Pues por lo mismo que el “patriótico” barrio de Salamanca, de Madrid, está plagado de publicidad en inglés, y varias tiendas anuncian que abrirán pronto “opening soon”, etc. O por lo mismo que miles de memos llevan camisolas con frases, generalmente idiotas, en inglés, incluso, patriotas ellos, con la palabra Spain . Porque todos ellos creen que el español no es apropiado para estas cosas (el propio CEU tiene una “Business School”,  porque “Escuela” y “negocios”  les suena mal, por lo visto. Y porque dan por hecho que la masa española está lo bastante aborregada, esnobizada  y desarraigada para aceptar, incluso con gusto, el desplazamiento de su idioma y cultura. Por cierto, los planes de estudio del PP tienden a aumentar ese desarraigo cultural e histórico y a un mayor desplazamiento del español. El remedio no es demasiado difícil. Yo, por cierto, nunca entro en locales con nombre en inglés (no me importa hacerlo en otros con nombre italiano, alemán, francés o chino, porque estos no representan ningún peligro y al mismo tiempo hacen más variada la oferta)  ni compro ningún producto ni a ninguna empresa que se anuncie en inglés, e invito a mis lectores a hacer lo mismo. Pero esto es insuficiente. En la mayoría de los casos –excepto en las empresas anglosajonas–  estos anuncios en inglés no tienen ninguna intención digamos colonialista o gibraltarizante, sino que responden  al hecho de que, hoy por hoy no tienen respuesta ni críticas y creen que así venden más. Si ustedes se preocupan de enviar a esas empresas cartas protestando por este colonialismo, y reciben suficiente número de ellas, probablemente reconsiderarán su postura. Lo ideal serían campañas más amplias en la calle, pero eso, hoy por hoy y dada la escasísima combatividad de los patriotas, sería pedir peras al olmo. Ello aparte, las empresas anglosajonas, sean del tipo que sean y al revés que las españolas, sí practican una intensa y agresiva promoción de su lengua.
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De una huelga en la Escuela Oficial de Periodismo

Dichos, actos y hechos — Pío Moa - Jue, 2019/07/11 - 15:50

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 Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

(Recuerdos sueltos) Como  es sabido, tras el fracaso del maquis en su intento de encender de nuevo la guerra civil, el PCE se orientó con la mayor desenvoltura a una táctica de  “reconciliación nacional” –el pueblo estaba casi todo él reconciliado, como prueba el propio fracaso del maquis— y de infiltración en los sindicatos, en la universidad y en el mundillo intelectual. Esa táctica ya estaba diseñada grosso modo en el informe de Dimítrof al VII Congreso de la Comintern sobre los Frentes Populares. Se trataba de disimular el verdadero carácter propio invocando consignas antifascistas y democráticas, y ganar puestos de representantes, desde los cuales sabotear más eficazmente el sistema capitalista. De modo que me presenté a delegado. Mi curso era el tercero y por entonces el más alto, porque a nuestra promoción le correspondería estrenar el cuarto;  y según el reglamento, el delegado del último curso lo era también de toda la escuela, una norma intencionada porque se suponía que, estando ya a punto de terminar la carrera y buscar trabajo –que entonces era muy fácil–, la gente se volvía menos amiga de jaranas reivindicativas. En las elecciones solían competir unos cuantos alumnos por razones diversas: esperanza de obtener mejor trato de los profesores en los exámenes o alguna otra ventaja, vanidad, o por hacer algunas tareas poco claras con buenas intenciones de “representar a todos”, de “mejorar la escuela” y similares. Por mi parte elaboré una serie de puntos concretos a reivindicar, entre ellos que la EOP dejara el Ministerio de Información y Turismo y pasara a depender del  de Educación,  y otros que no recuerdo. También protesté del sistema de elección, pidiendo que el delegado general lo fuera tras unas votaciones de toda la escuela, algo que no ocurrió, pero no dejaba de ser un motivo para fomentar el descontento. Diría que entonces estaba como director Bartolomé Mostaza, periodista que, por lo que leo en Internet, había pasado de la Falange  y del Arriba al Ya, y era muy europeísta, más o menos democristiano  y moderado, evolución frecuente en el régimen. Pero tal vez me equivoque y Mostaza solo estuviera como director en mis primeros años. En cualquier caso, todo el conflicto que luego resumiré tuvo lugar con Emilio Romero de director y Luis María Ansón de subdirector. El primero procedía de la Falange y dirigía el diario de los sindicatos Pueblo, y el segundo era y es un monárquico juanista muy temido por el régimen, según él mismo ha reconocido: tan temido que el régimen le encargó la formación de los futuros periodistas. Bastantes años después, Ansón me permitiría escribir en ABC, algo muy de agradecer por mi parte, aunque su orientación política nunca me infundió mucho respeto. El funcionamiento de la escuela estaba muy reglado y no había ningún ambiente de rebeldía, como mucho cierto cinismo sobre el oficio de periodista que, “ya se sabe, es la voz del amo que le paga”; uno de los muchos tópicos tontos, pues unas veces ocurre y otras no. Me di cuenta de que, dijera la dirección  lo que dijera o quisiera lo que quisiera, yo tenía el arma del trato más inmediato con la gente, y que bastaba muchas veces comunicar a los alumnos una información de arriba, dándole  un ligero tonillo sarcástico, para desacreditarla. Por lo demás, yo preparaba  lo que debía decir en las asambleas, con moderación aparente –también es verdad que yo creía en lo que decía–, de modo que generalmente triunfaba sobre los contrincantes. Al mismo tiempo procuré movilizar a los elementos más “progres” y atraer al partido al que viera mejor dispuesto;  aunque fallé en el caso de  uno que ya estaba con los “pro chinos” y consideraba contraproducentes aquellas tácticas, porque ponían en manos de la represión a quienes las empleaban. En el PCE(r) yo también llegué a pensar así, y de hecho las CCOO y el Sindicato Democrático de Estudiantes habían sido descabezados en buena medida un año o dos antes. Pero el PCE tenía más razón: si se lograba mantener un equilibrio entre el activismo y la amenaza policial, se podía avanzar bastante en la “concienciación” de la gente y en el fomento de huelgas y otros movimientos subversivos. Además,  el régimen había aprendido que detener a representantes, sindicales o estudiantiles,  solía traer como consecuencia más agitación, noticias de prensa y mala imagen exterior. No se rendía a esas presiones, pero es obvio que le molestaban y procuraba evitarlas. Resumiré, como digo, en parte porque apenas recuerdo los detalles. Junto con alguno que entró por entonces en el PCE y otros del sector progre, organizamos una huelga que creo fue la primera en la historia de la escuela. Resultó muy instructiva la demagogia de Emilio Romero y más todavía la de Ansón, que procuraba dividirnos elogiando mucho, contra mí, a algunos de mis seguidores, procurando aislarme. No lo logró, la huelga salió a la calle y llegó a la prensa, hubo cierto barullo y finalmente la dirección cedió. La policía anduvo en torno pero no hizo nada. En una asamblea, entre las risas de todo el mundo, incluida la mía, Romero me ofreció hacer las prácticas de verano  en el diario Pueblo, cosa que acepté. Conseguimos total libertad para exponer carteles, lo que utilizamos a fondo,  criticando desde la guerra de Vietnam hasta las numerosas casas desocupadas existentes;  un fondo para conseguir y vender libros a bajo coste, que eran siempre de tinte marxista, incluyendo algunos prohibidos como La función del orgasmo, de Reich; traer a conferenciantes de nuestra cuerda y  unas prácticas de radio en la propia escuela que se convirtieron en un continuo ataque “antifascista”;  etc. La mayoría de los alumnos aceptaba aquello con bastante pasividad, aunque el ambiente iba cambiando considerablemente en sentido izquierdista. Algunos rezongaban, pero eran totalmente incapaces de dar la batalla con carteles o actividades contrarias.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

Otra aparente ganancia de la huelga fue que Romero nos permitió formar una comisión para trazar unos planes de estudio con vistas al paso al Ministerio de Educación. Incluso la escuela nos  pagó algunas “comidas de trabajo”. Enseguida entendí la trampa: una comisión de profesores hacía lo mismo en paralelo, y, desde luego, no iban a hacer el menor caso de nuestras propuestas. Además, hubo un desacuerdo fundamental: yo quería que Periodismo funcionase como una escuela especial con tres cursos muy prácticos, y mis compañeros de comisión estaban embelesados con la perspectiva de una facultad de cinco años (que diseñaban los profesores) y la convalidación del título. Para entonces yo estaba algo cansado, también de la falta de seriedad, manía de titulitis y caradura de otros compañeros que, después de haberse mostrado reticentes a la huelga –sin entender, claro, quiénes estábamos detrás—ahora eran los primeros en querer aprovecharse de los resultados conseguidos.  Además, para entonces yo dudaba mucho de la línea carrillista después de leer  La revolución proletaria y el renegado Kautski, de Lenin, así que fui desentendiéndome,  burlándome un poco de todo el asunto, mientras me aproximaba a la OMLE, como relato en De un tiempo y de un país. Es sorprendente la cantidad de progres e izquierdistas salida de los estudios de periodismo. En parte al menos, el proceso tuvo su inicio entonces.  Yo diría que donde recogió más fruto la táctica de infiltración y agitación del PCE no fue en las fábricas, desde luego, sino en la universidad. El clima creado en la Transición por la agitación de izquierdas, la actitud de la mayor parte de la prensa, el respeto casi general al marxismo y la parálisis de ideas de la derecha fueron sus mayores logros. Pero, ironías del destino, sería el PSOE, un grupo entonces insignificante que no hacía casi nada práctico contra Franco, quien recogiera los frutos de la empeñada labor comunista. Y aún más irónico que el PSOE fuera promocionado por todos los medios, por la derecha misma, a fin de oponerlo al temido PCE.
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